Capítulo uno.
-¿No crees que la playa se ve mejor de cerca?
Su abuela la trajo de vuelta al mundo real. La verdad es que podría ser una posibilidad. Pero no sentía especial motivación por abandonar ese cómodo sofá debajo del ventilador dentro de la casa. Su cabeza seguía dando vueltas al asunto desde hacía tres días. En ese mismo lugar que se había negado a abandonar. Más que para acompañar a su abuela al mercado o a la casa de alguna amiga. En la que seguía con la misma inactividad.
-Seré muy anciana y aburrida para pasar un verano, pero sé que eso no es lo que te molesta. Te agrada venir aquí.
-Lo es.
Susurró sin mirarla todavía.
-¿Qué parte "lo es"? ¿La que algo te sucede o que te gustaba venir aquí?
Bella suspiró y se giró hacia su abuela con resignación.
-Tengo demasiado en mi cabeza, abuela.
La anciana no pretendió restarle importancia a sus palabras pero sonrió.
-Suenas como alguien de treinta, cariño. Vamos, cuéntame qué ha sucedido.
-¿Por qué se casaron mis padres?
Sin necesitar más que otra respuesta, lo supo de inmediato. La vieja Marie era astuta y muy despierta para su edad. Su vivaz vida no había sido en vano.
-¿Qué oíste, pequeña?
Le tomó de la mano y le dio un apretón. Bella no pudo retener ni un segundo más lo que se hallaba dentro de su interior. Le detalló la conversación y lo terrible que se sentía.
-No creo que sea la persona adecuada para hablarte de estas cosas.
-¿Sabes lo cansada que estoy de oír "eres demasiado pequeña para estas cosas"? No soy estúpida y estoy harta de que me traten de esa forma.
-Bella... el pasado es pasado. Tus padres te aman y han hecho todo lo que han hecho para llegar a donde están ahora. Pero tienes que entender que a veces el pasado es demasiado cruel como para dejarlo pasar del todo y vuelve a nosotros para para hacernos decir cosas que no queremos decir en realidad.
-Lo entiendo. Pero no merezco que me oculten las cosas y tenga que oírlas accidentalmente.
Marie sonrió.
-Tienes toda la razón. Lo hecho está hecho, ellos están atravesando una crisis que necesitan pasar juntos ¿acaso no podemos disfrutar al menos de que ya estés aquí?
Marie le indicó que la siguiera a la cocina. Se puso de pie y la siguió.
-¿Para qué es todo esto?
A penas había sido consciente de que su abuela había preparado bollos azucarados, tortas y pastelillos suficiente para un regimiento.
-Es la día anual de festejo del centro de ancianos y voy a llevarte conmigo. No puedo cargar esto sola y me gustaría que conozcas un par de personas.
Bella enarcó una ceja.
-¿Abuelitos?
Marie chasqueó la lengua en desaprobación.
-No, pequeña condescendiente. Habrá jóvenes también. Quiero que conozcas a Ángela, es nieta de la vieja Jackie. Tiene al menos tu edad, tendrás una amiga con quién relacionarte y hacer cosas que hagan los niños de tu edad. ¿Qué opinas?
-Que es fantástico.
El día anual de festejo era solo eso. Un día de festejo. No había un motivo por el cual festejar. Aún así los ancianos sonreían, comían lo que podían masticar y bebían zumo de colores. Todo parecía resplandecer y fue la primera sonrisa que había logrado en casi una semana.
Su abuela le tomó el brazo con suavidad.
-¿Cariño, puedes ir por más vasos? Acaban de llegar más familiares a la fiesta.
Se giró para ir por ello. Pero tal vez con demasiada brusquedad. Dos pilas de vasos de plástico se desparramaron por el suelo ocasionando un gran estruendo en el salón. El chico que las llevaba en sus manos se enfureció.
-Oh, gracias. Me había llevado media hora organizar esos malditos vasos.
-De verdad lo siento.
Se disculpó. Se agachó para ayudarlo a levantar los vasos y los apiló como estaban anteriormente. Él ignoró su disculpa con el ceño fruncido y sin mirarla. Con gestos brutos fue apilando los vasos del otro extremo. Nadie en el salón se había perdido del intercambio casi amistoso. Todos conocían a Edward. Solo contuvieron el aire para esperar su reacción.
-Soy Bella...
-No te pregunté.
Normalmente esa era su defensa para evitar que las niñas se mantuvieran alejada de él, solía verlas gritarle o ignorarlo por patán. Pero no ella. Ella soltó una carcajada y se puso de pie alisando la falda acampanada que colgaba de su cintura de forma delicada.
-De acuerdo, señor mal humor. Ya te pedí perdón, no voy a rogar por que lo aceptes. Que tengas un buen día.
Edward se detuvo y la vio marcharse con pomposidad. Toda vaporosa y sonriente mientras todos se volteaban a verla con discreción. Claramente y obviamente, él también se había dado la vuelta al verla entrar pero ella no había reparado en él. Ni siquiera cuando se giró y tiró su bandeja con vasos de mala calidad.
Gruñó con molestia y se prometió que no permitiría que su abuelo lo arrastrara a ese lugar de nuevo. Ésta vez era la última.
-¿Qué pasó allí, Bella?
Ella le sonrió despreocupada. Marie dejó de fruncir el ceño.
-Solo fue un accidente.
-Lo sé, pero con ya sabes quién.
-¿Quién?
Se volteó discretamente hacia las mesas del otro extremo donde el chico que acaba de maltratarla servía las bebidas a los ancianos inamovibles con una tenue sonrisa. Se había impresionado con el verde de su mirada, pero más sorprendente era su mirada fiera. De furia contenida, como si fuera a saltar a su yugular en cualquier momento. Y como era de esperar de su energía y su aspecto, le ladró. Pero había aprendido a manejar ese comportamiento. Su madre solía ser así en sus días. Ella había aprendido a sobrellevarlo con humor. Si otra persona lo estaba pasando mal, da lo que siente. Pero si recibe algo peor termina siendo suicida. Entonces solo pudo reír ante su arranque. Debía de estar enojado por que una tonta arruinara su trabajo "de media hora".
-Es Edward Cullen.
Se volvió hacia su abuela.
-¿Qué hay con él?
La anciana se encogió de hombros.
-Solo se que se van a mudar luego del verano. Su hermano tiene una beca para estudiar en una buena escuela y él una buena propuesta para jugar en un interesante equipo de fútbol americano.
-¿Qué escuela?
Se volteó para verlo. Tenía una contextura muscular buena, de se guro era buen lanzador. Sus brazos se veían potentes. Era mucho más alto que ella y era atractivo. Oh, eso no se lo negaría ni al mismísimo espejo y estaba segura de que él sabía aquello. Por su forma confiada de moverse y sonreír con sorna.
-No tengo idea.
Asintió sin prestarle atención a su abuela.
-Solo... ten cuidado con él si te lo cruzas por ahí.
La voz de cuidado de Marie solía estar finamente justificada. Ella jamás juzgaba y si le decía que tuviera cuidado, era por algo.
-¿Por qué dices eso?
-Es un niño problemas.
La amiga de Marie eligió ese momento para interrumpirlas y presentar a Ángela. Su nieta y su nueva amiga. Era una chica agradable y pensó que tal vez estar allí ese verano no fuera tan malo. Donde ella vivía no había playa y un sol tan perfecto como lo había en Portland.
Su intriga picaba cada vez más fuerte, retorciendo sus entrañas hasta que finalmente cedió con molestia. La buscó con la mirada mientras fingía jugar al poker con uno de los amigos de su abuelo. Había elegido un lugar donde podía verla fijamente sin que ella lo notase. Entablaba una animada conversación con Ángela. Conocía a la chica, era una de las buenas del pueblo. Pero no era esa justamente la que llamaba su atención.
Sino la morena de cabellos ondulados y suaves ojos color pardo. Tan extraños que casi se había permitido quedarse viéndolos. Casi. Hasta que ella había reído y le había devuelto la jugada. Nunca nadie lo había hecho y decidió que era por que lo conocían. Nadie se metía con Edward Cullen. Ella estaba en serios problemas.
¿De qué tipo? Del que lo obsesionaba su forma de sonreír con facilidad. Pero lo intrigaba el hecho de que ese brillo no subía a sus ojos. Allí estaba de lo que estaba hablando. Ángela la dejó para ir por algo de bebida y ella apartó la mirada al exterior con seriedad. Como si allí estuviera la respuesta a todos sus problemas.
-Tú turno, Cullen.
Bajó la vista al juego y maldijo en silencio. Tiró una carta y cruzó los dedos para que fuera a su favor. Volvió a levantar la vista y la encontró sonriendo de nuevo. Pero no era Ángela la que estaba frente a ella. Era Jacob Black.
-Maldito imbécil.
Una risotada y perdió la partida.
-¿De verdad? Creí que te conocía, apostaría a que te he visto por aquí otra vez.
Bella rió suavemente y estaba deseando que se alejara de ella. Conocía a los de su tipo. La rodeaban todo el tiempo. Pero su buena educación y su perfecta conducta le impidieron ser grosera y apartar su patético acto de "te conozco de algún lado y sino, déjame conocerte".
-¿Bella, cierto?
Asintió nuevamente.
-Eso es.
Jacob se sentó a su lado en el lugar que ocupaba Ángela anteriormente.
-Ese lugar está ocupado.
-Oh, a Ángela no le importará.
Bella se giró para verlo mejor y desplegó su mejor sonrisa sorprendida.
-Claro que le importará ¿qué clase de caballero le ocuparía el lugar a una chica?
Ladeó su cabeza un poco y parpadeó al mejor estilo "soy rubia ¿qué esperas de mí?". Sin embargo, él no desistió. Tomó otro tema de conversación y ella le siguió la corriente. Pero se largaría de allí al primer intento de acercarse. Aquellos desgraciados aprovechan la mínima ocasión para flirtear. No importaba que demonios estuviera haciendo él allí, si había una chica linda a la que pudiera tirarse, allí estaría.
Esperó pacientemente a que Ángela regresara y cuando la divisó, se volvió hacia Jacob y su discurso de cómo llegó a ser el número uno del deporte local que apenas recordaba cuál era.
-¿Me disculpas un segundo? Tengo que ir al baño.
Táctica de mujeres. Una muy conocida, muy buena y muy reveladora. Porque cuando una chica te dice exactamente esa línea "tengo que ir al baño" algo estás haciendo mal. Muy mal como para que ella desee irse y perderte de vista.
Bella logró perderse entre los ancianos que bailaban muy enérgicamente y evitó ser descubierta para que él no lograra seguirla. Nunca sabía cómo podían tomar aquel escape. Si como una invitación a seguirla o como un rechazo...
-¿Escapando?
Sobresaltada retrocedió de un salto empujando la bandeja que él llevaba de nuevo en los brazos. En un ágil movimiento la equilibró a tiempo y los pastelillos que reconoció como los de su abuela, se mantuvieron en su lugar.
-¿Qué costumbre es esa de derribar todo lo que traigo?
Bella frunció el ceño.
-Lo tuyo es bipolaridad.
Le enseñó una sonrisa astuta. Algo encantador, decidió ella. Sus labios se curvaban de forma agradable y subían más del lado derecho, sus dientes eran perfectos y llevaba un arete que había pasado por alto en el labio inferior del lado izquierdo. Sus ojos estaban enmarcados por pestañas oscuras y profundizaban el color de sus ojos.
-¿Crees que he pasado la prueba... Bella?
Él enarcó una ceja oscura y fina. Su tez blanca era del tono perfecto. Demasiado extraño para ser un chico de playa. Se apartó de él y volvió a mirar hacia el otro lado del salón. Jacob miraba la hora y Ángela estaba ya con su abuela.
-Va a esperarte allí por horas, si es necesario.
Le regresó la mirada.
-¿Qué hago para que me deje en paz?
Él la miró con sorpresa. Edward estaba sorprendido, desde luego. ¿Una chica como Bella queriendo alejarse de un chico como Edward? Eso era una jodida buena oportunidad que no desearía dejar escapar.
-Conozco un lugar al que nunca iría.
-¿Dónde?
Estaba dispuesto a seguirlo a ese lugar fuera donde fuera de ese roedor. Jacob no carecía de atractivo pero sí de hombría. Cabello perfectamente peinado, perfume adecuado para una cena de gala no una reunión de ancianos. Polo rosa y pantalones claros. ¿Acaso venía de un partido de golf?
-La cocina.
Captó de inmediato la idea. No pudo evitar soltar una carcajada.
-Definitivamente allí vamos.
-¿Vamos?
Acomodó su postura por una más relajada y seductora, toda su altura parecía envolverla.
-De acuerdo, puedes decirme donde está y me sentaré allí hasta que decida que no regresaré.
Ante una invitación tan implícita podría rechazarla pero no quería hacerlo. No quería dejar de mirar aquellos ojos casi amarillos de leopardo que lo hipnotizaban.
-Tengo que dejar esto en un par de mesas, espera aquí.
Pacientemente esperó a que él dejara sin cuidado los pastelillos y regresara a su lado casi a zancadas.
-Larguémonos de aquí.
-Oh, tengo que avisarle a mi abuela...
Él le dedicó una sonrisa mientras abría las puertas de la cocina y ella dudó.
-Cualquiera podrá decirle que te fuiste conmigo, si ella preguntara. Parece que nadie está mirando, pero en realidad todo el mundo lo hace. Jacob se enterará en medio segundo.
Eso pareció determinar su decisión. Se adentró a la cocina y él la siguió de cerca.
-Este es un lugar que suele estar casi lleno y todos corren de un lado para otro. Pero se han tomado el día ya que la cena era a donación de aportes.
Bella sonrió mientras elegía para sentarse una de las sillas de mimbre a un costado del ventanal que daba a la playa.
-Y los abuelos adoran las cosas dulces.
-Por supuesto, llegar a la tercera edad en forma para deshacerte en pastelillos debe ser genial.
La acompañó en la risa y mientras ella apartaba la vista para admirar el paisaje, paseó la vista por lo que veía. Sonrisa suave y mejillas apenas sonrosadas. Una falda de colores que contrastaba con su piel cremosa y unas delicadas sandalias de tacón bajo que combinaban con su neutra camiseta sin mangas. No exuberaba pero tenía buenos pechos y eso le agradó.
-No eres alguien acostumbrado a la charla ¿cierto?
Ahora esos ojos de animal salvaje lo miraban con intriga. Eso lo hizo sonreír. Con extrañeza notó dos cosas. La primera, era que estaba acostumbrado a ver reproche, odio o simple repulsión en los ojos de las demás personas. Pero en los de ella solo había curiosidad o intriga y eso le gustaba. La segunda cosa más impactante fue que no le costaba sonreír en su presencia, no gruñía para apartarla. Mientras más simple se mostrara ella parecía perderse un poco más a sus propias reglas.
-¿Qué quieres saber?
Encogió su pequeño hombro y le sonrió.
-¿Qué necesito saber de ti?
¿Necesitar? Demonios. Si tuviera que ponerla sobre aviso acerca del peligro que corría en su ausencia ella saldría corriendo sin pensarlo. Pero la gente se ocuparía de mantenerla alejada de él y tal vez, ése fuera el único momento en el que pudieran hablar a solas antes de que ella decidiera que Jacob era una mejor opción.
Soltó una carcajada.
-¿Es que acaso yo necesito saber algo de ti para que hagas esa pregunta?
Enfatizó la palabra necesitar. Bella hizo una mueca.
-No lo sé... que solo estaré aquí dos meses del verano. ¿Tal ves eso cuente?
Edward estiró sus piernas sin cuidado y casi rozó las de ella.
-¿Serías como una aventura de verano?
Rió mientras cruzaba sus piernas para alejarse de las de él. En cierta forma, su atractivo la perturbaba. No del sentido de terror. Sino más bien, que le impedían pensar con claridad.
-¿Para quién?
Clavó su mirada en él. Edward se enderezó de golpe.
-¿Para quién quieres serlo?
Las puertas de la cocina se abrieron de repente. Marie entraba con tres bandejas apiladas. Las estridentes risas de dos ancianos más los sobresaltaron.
-¡Cariño, aquí estas!
Marie le dedicó una sonrisa cortés a Edward. Éste se la devolvió con igual calor. Bella se puso de pie y le dio la espalda a su abuela para que no oyera. Tuvo en cuenta que tan solo contaba con un par de minutos.
-Estoy considerando mi lista de opciones.
Un atisbo de algo oscuro pasó por su verde mirada y se clavó en ella con ferocidad. No sonreía, era una seriedad que le quitaba el aliento.
-¿Quiénes están en esa lista?
Susurró al igual que ella. Bella supo que no le quedaba más tiempo, su abuela presionaría para sacarla de allí cuanto antes. ¿Cómo dejarle claro sutilmente a un chico que su interés estaba sobre él? Su vieja amiga Jessica sabía como hacerlo y se lo había enseñado hasta el cansancio.
Desplegó una sonrisa diferente. Una seductora y una mirada cargada de algo desconocido para ella. Jamás había sido necesaria en otro momento. Edward dejó de respirar. Bella colocó su mano en la cintura y lo miró de forma intensa.
-Descúbrelo.
Antes de poder reaccionar ella salía por delante de su abuela. ¿Estaba alucinando o esa recatada chica caída del cielo estaba coqueteando con él? ¡Coqueteando! Es decir, acaba de dejarle en claro que él era uno de esos que le interesaba y apostaba todo el dinero que tenía a que Jacob no estaba allí para competir.
-Demonios, chica.
Bella terminó por ayudar a empacar los restos en la camioneta de Marie y se subió a su lado. Llevaba una sonrisa genuina pintada en el rostro. Nunca se había sentido tan mala en su vida. Nunca había seducido a un chico ni había dejado tan claro lo que quería. Era la ventaja de ser una desconocida. Lo que muchas veces jugaba tanto a favor como en contra.
En cierto modo, le habían advertido que debería de mantenerse alejada de él ¿acaso sería él capaz de hacerla quedar mal? Por que si dejaba en claro que su reputación era dudosa, sería un aguijonazo para su abuela.
-Te ves muy callada.
-Creo que acabo de cometer un error.
Marie rió fuerte mientras aceleraba camino a casa.
-Ser joven, no es un error. No soy tonta, Bella. Solo te advertí porque Edwad es un seductor sin escrúpulos y no quiero que vaya a lastimarte.
Bella suspiró largamente y se giró hacia su abuela.
-¿Sabías que eres la mejor, abuela?
-¡No cambies de tema, señorita!
Rió mientras dejaba atrás al conversación. Ya tenía la aprobación de Marie. Solo esperaba no haber hecho algo estúpido de lo que tuviera que arrepentirse más tarde.
