Capítulo tres.

"Si quieres hacer algo, hazlo o no lo hagas. Pero no lo intentes". Esa frase había quedado marcada a fuego en su cabeza. Y lo que más quería en ese momento era besar a Edward. Habían bailado por horas, sintiendo su calor como si fuera propio. Le había dado para beber algo refrescante y no le había permitido que se sobrepasara. La había protegido de manos traviesas y no había mirado hacia otro lado cuando una muchacha semi desnuda se paseaba por allí. Era solo ella.

-¿Quieres irte?

Asintió cuando la casa se había llenado lo suficiente como para comenzar a sentirse molesta. Le hacía mucho calor y le comenzaba a doler la cabeza. Edward le tomó la mano y la llevó fuera. Consiguió respirar aire puro y aclarar su cabeza. La había pasado grandioso pero era suficiente para un solo día.

-¿Estás bien?

Sonrió y asintió.

-Aturdida.

Él la acompañó de cerca al coche y la ayudó a abrochar su cinturón.

-¿Sabes? no estoy borracha como para no poder hacer eso por mi cuenta.

Él rió mientras levantaba el rostro, lo suficientemente cerca del suyo como para casi tentarse.

-¿Seguro?

Enarcó una ceja y ella se mordió el labio inferior. Sin poder evitar el impulso, Edward levantó con pereza la mano hasta que con su pulgar liberó el labio de la prisión de sus dientes y admiró fijamente sus labios. Llenos, rosados y brillantes por su saliva. Tentadores.

-Será mejor que lo hagas, entonces.

Pero eso no era lo que tenía en sus planes. Se apartó y dejó a una confundida Bella en su asiento.

Ella dio por sentado que sabía donde estaría viviendo y lo dejó conducir. Aquel pueblo era tan pequeño y todos tan cercanos que no desperdiciaría su tiempo apostando a algo seguro, como que él, conocía con exactitud la dirección de Marie. Relajó su cabeza en el asiento y estiró sus piernas. Edward cambió la marcha del mono comando y rozó su pierna con el dorso de su mano. Evitó un respingo y se mantuvo tiesa, simulando que nada había pasado. Pero un mundo de revelaciones la arrebató la respiración de golpe.

Deseaba a Edward con cada parte de su cuerpo. Lo quería haciendo cosas malas en su cama y besándola largamente. Lo quería con tanta impaciencia que casi parecía que iba a terminar con ella. La necesidad abrazadora la asustaba y sorprendía. Lo adjudicó a la bebida y las cantidades exageradas en la que las había consumido a lo largo de un solo día. Pero presentía que una vez que su turbación pasara, el sentimiento seguiría estando allí. Que si él deseaba besarla ella querría más y más y luego no podría parar. Tenía que alejarse de él.

Reconoció la parte trasera de la casa antes de que él llegara. Apenas se detuvo el coche actuó rápido antes de que su sagacidad la detuviera y no pudiera escapar.

-Gracias por traerme a casa, adiós.

Parpadeó y la vio en el camino de piedra directo a la casa. Se bajó rápido y la siguió. La alcanzó antes de que abriera la puerta de la cocina y la atrajo a sí.

-¿Qué ocurre?

Susurró casi con furia. De momento todo parecía marchar bien y de momento no ¿qué demonios había pasado en el medio? Ella temblaba bajo su brazo y no lo miraba. ¿Miedo?

La obligó a mirarlo. No, ella estaba lejos de sentir eso. En un movimiento pegó su espalda a la pared y la encarceló entre sus brazos.

-Contéstame.

Bella tragó en seco y se aventuró a mirarlo a los ojos.

-¿Qué tan segura puedo estar de que el pacto sea mutuo?

Tan seguro como la mierda de que no sería capaz de pensar en otra chica mientras la tuviera solo a ella. Pero no se trataba de eso. Lo sabía de ante mano. Bella adivinaba que él no jugaba y si le pedía que solo fuera él, él estaría solo con ella. Era algo recíproco.

-No es eso, se honesta.

Casi cedió. Abrió su boca y la volvió a cerrar. Casi.

-Bella...

Estaba perdiendo la paciencia y estaba muy tentado como para seguir presionado todos sus botones para que ella finalmente hablara.

-Ahora no me creo que capaz de hablar, la cabeza me da vuelta y siento que...

Movió sus manos señalando a ambos y él enarcó una ceja esperando que siguiera.

-¿Qué sientes?

El arrebato de deseo oscureció su voz, la volvió más ronca. Jane contuvo el aliento.

-No tengo idea de lo que esperas de mí, Edward. Pero se que que quiero más y no voy a conformarme solo con un beso...

-Pero es justamente por donde vamos a empezar.

Deslizó su mano por la curva de su cuello y la acarició lentamente. Tenía el rostro cerca de su boca. Bella tenía los labios entre abiertos y sus alientos se mezclaban. La miró a los ojos y se perdió en esos faroles claros que brillaban aún en la oscuridad. La deseaba y supo que él tampoco iba a conformarse con pavonear. No solo la quería en su cama, la quería en su vida.

-Jane... antes de dar el paso que nos dejará más cerca del otro, necesito preguntarte algo importante.

-¿Justo ahora?

Sonrió ante su evidente ansiedad y sintió un timbre de nervios recorriendo sus venas.

-Si, ahora. Se que vienes de lejos y solo estarás dos meses que serán una tortura si no puedo tenerte. Pero necesito saberlo.

-¿Qué es?

Susurró. Edward la miró directamente a los ojos.

-¿Hay alguien más?

Ella contuvo la respiración. Pero nada vino a su mente. Negó y luego dijo:

-No.

Edward asintió y supo que se entregaba al vacío de brazos abiertos. Acortó al distancia y sintió la dulce caricia de sus labios sobre los suyos. En un arranque de adrenalina profundizó el beso. Se lamentó no poder ser suave y dedicado con ella, pero el deseo lo acariciaba tan cerca que lo desequilibraba. Su lengua hizo contacto con su fuente de perdición y se perdió en conocer cada parte de su boca. La besó hasta que olvidó su propio nombre. La presionó más fuerte contra la pared y mantuvo quieta sus manos antes de que pudiera impulsarla a hacerlo allí mismo.

Definitivamente el alcohol se le había subido a la cabeza. No pensaba con claridad y había olvidado como se respiraba. Sus labios eran adictivos y seductores. Se negaba a permanecer alejados de ellos por mucho más tiempo.

-Edward...

La silenció de nuevo con sus labios y saboreó su boca, apenas más calmado. Pero el fuego inicial seguía estando allí.

-Tengo que irme, Bella.

Tenía que irse antes de hacer una locura.

-De acuerdo.

La volvió a besar más lento y se alejó. Bella quedó en una nebulosa de confusión. Encendida hasta parecerse un hogar chispeante en pleno invierno. Le temblaba el cuerpo del deseo y Edward estaba alejándose de ella. Centímetros parecían kilómetros.

-Te veré mañana.

Le besó la mejilla y se alejó. Por que si volvía a besar sus labios, no podría irse nunca.

En la oscuridad de su habitación rememoró cada parte de la noche. ¿Cómo podía él tener tanta fuerza sobre ella? ¿Cómo era posible que su cuerpo la traicionara de esa forma? Lo quería y lo añoraba cuando no estaba con ella. Lo conocía de un día y se sentía de como una vida.

-Estás algo pálida esta mañana.

Ella ignoró el comentario.

-Tomaré una fruta y saldré a correr.

-De acuerdo.

Prefería que le dejaran pasar sus dramas de adolescente en soledad. Su madre jamás era entrometida. Es más, a veces la dejaba demasiado sola y eso no suponía problemas pero lo era cuando ella necesitaba a una madre y no la tenía. Recordar a sus padres le hizo hervir la sangre de la ira. Ajustó el paso de la carrera y rememoró la conversación que había oído de sus padres.

¿Tanto podía odiarla su madre? ¿Tanto podría haber arruinado su vida? Ella ni siquiera había decidido nacer ¿por qué simplemente no abortar y ahorrarse el drama? Poco le importaba que tan perfecta podría haber sido su vida sin ella. ¿De qué valía si era ella quién iba a pagar con creces las consecuencias? ¿Aborrecía su vida actual? ¿Era por eso que se escondía detrás de una máscara social?

No tenía una jodida respuesta a todas las preguntas que atosigaban su mente con crueldad. Todo lo que parecía seguro hasta ahora se desmoronaba. Había vivido una mentira. Por que parte de lo que sabía, sus padres se habían casado y ella había venido al mundo a los nueve meses. Entonces se habían casado por que ella venía y no por que en realidad quisieran atar sus vidas para siempre. Jamás se habían peleado en su presencia, pero recordaba que de pequeña solía oír las discusiones. De mayor ya las había olvidado, sus padres parecían la pareja perfecta, el uno para el otro. Pero los problemas seguían allí. Invisibles a sus ojos.

Eliminó con furia la lágrima solitaria que caía sobre su rostro y continuó corriendo a ciegas.

Su padre. Él siempre la había amado, apoyado y seguía con amor cada logro. La llevaba a cenar cuando todo iba bien y le llamaba todo el tiempo para saber cómo estaba. Pasaban días separados por el trabajo pero jamás lo había sentido distante. En cambio, su madre. Era otro cantar.

Su madre estaba físicamente pero la veía pocas veces. Solía estar en lo de Abby hablando de la última moda, o de compras con Rebeca por el centro comercial. O podría estar en su propia casa encerrada en su estudio donde pintaba y pasaba largas horas. No cocinaba y no limpiaba. De eso se ocupaba Sue, la amable encargada de la casa. Su madre era la perra. O la que no sabía cómo demonios vivir en familia. Pero sin embargo, no la recordaba tan mala. De pequeñas las cosas eran más fáciles, ella era su muñeca. De adulta solo esperaba que terminara casada con Mike.

Se mente se detuvo pero su cuerpo aceleró el ritmo. ¿Mike? ¡Demonios! Ese idiota ni siquiera había venido a su mente cuando Edward le había preguntado si había alguien más. Estaba claro que no significaba más que un papel desechable para ella. Pero él era todo lo que su madre esperaba de ella.

Se había despertado con la certeza de que todo iba mal. De que sus padres no lograrían superar esta crisis y estarían separados para antes de que ella llegara a la universidad. Desde luego que iba a extrañar a ambos. Ese ambiente que se habían ocupado de crear a su alrededor. Los viernes de películas con palomitas de mantequilla y los helados del domingo en la cama grande viendo The Bing Bang Theory. Nada de eso volvería a ser como antes.

La idea de que nada volvería a ser como antes. Se clavó como un puñal en su corazón.

-¿Estás seguro de que quieres terminarte eso antes de que venga el tren? Tendremos que hacer todo a la velocidad de la luz y no tendrás...

Su vista captó unas llamativas zapatillas color amarillo y definitivamente reconoció a la atractiva castaña que corría sin miramientos. Calzas deportivas ajustaban su figura y un top pequeño enseñaba su plano estómago. Frunció el ceño. Miró a lo lejos y el tren se avecinaba. Se volvió hacia la chica y ésta llevaba audífonos.

-Mierda...

Corrió como llevaba años haciéndolo a través de un campo de juego.

-¡Bella, detente!

Pero como lo adivinó, ella no lo oyó. La alcanzó antes de que el tren se diera paso y la aplastara. En un salvaje movimiento la derribó al suelo.

Bella vio pasar el tren frente a sus ojos y se congeló. Las lágrimas se atascaron en sus ojos y se apartó con brusquedad de los vagones tambaleantes chocando con quién estaba por detrás de ella. Edward arrancó con violencia sus audífonos y ella se volteó para verlo con total sorpresa.

-¿Es que acaso quieres morir?

Él pasó de su furia cuando notó sus ojos enrojecidos y los rastros de lágrimas en sus mejillas empolvadas. Se acercó a ella arremolinando el polvo a su alrededor y acarició su rostro. Ella estaba pálida y desenfocada. En shock.

-¿Están bien?

Su hermano se acercó a su altura y los analizó. Dos personas más corrían detrás de él. Su padre y su madrastra.

-Si, busca algo de agua fría.

Edward se puso de pie y la levantó en sus brazos como si no pesara más que una almohada. Apenas la alzó en vilo ella se desplomó en sus brazos. Esme, su madrastra ahogó un grito.

-¡Dios mío! ¿Quién es esta muchacha?

-Calma, Esme. Necesitamos llevar a esta niña a un sitio seguro.

Su padre había logrado domar a la bestia. Edward pasó de largo y terminó por dejarla sobre las cajas de embalar. No era el mejor lugar pero no era tan duro como los tablones donde él había estado sentado minutos atrás. Indian le dejó la botella de agua y él derramó un poco sobre sus mejillas y frente. Sopló y esperó que reaccionara. Su cuerpo se agitaba por el esfuerzo y solo esperaba que ella abriera los ojos, respiraba suavemente y eso le desagradaba.

Volvió a insistir. Bella salió de su nebulosa con pesada lentitud, como si hubieran partido un ladrillo en su cabeza. Le dolía horrores y gimió con potencia. Parpadeó y se esforzó por alejarse del zumbido de sus oídos.

-¿Edward...?

Su voz sonó ronca y rasposa.

-Si, aquí estoy. Toma un poco.

La ayudó a incorporarse lentamente y bebió ávidamente el agua que él le ofrecía. Los mareos fueron pasando, dejando lugar a un potente dolor de cabeza que dividía su vista y la hacía volver a marearse.

-Toma cariño, una barrita dulce.

La apartó ante la arcada que eso le produjo.

-Bella, tienes que comerla.

Se obligó a hacerlo y sintió que su estómago se asentaba. Los malestares pasaron y dejó de lado la botella de agua.

-¿Quieres que llamemos a alguien?

Se fijó en la voz alterada que acaba de hablar. No había reparado en ella, una mujer de aspecto nervioso, ni el hombre de hombros anchos y claros ojos que estaba a su lado. Emmet estaba en una esquina y trató de sonreír pero los músculos de su cara no se movieron. Frunció el ceño. Genial ¿cómo había logrado reunir a todos los Cullen?

-No, me ocuparé de ella. ¿Pueden dejarme a solas? Ella está mejor ahora.

Bella apartó la vista. No había abierto la boca desde que se había recuperado completamente y Edward había sido paciente con ella. Pero presentía que eso estaba por acabarse.

-¿Estás bien?

Se sentó a su lado y acarició la tierna piel de su antebrazo. Ella cerró los ojos y asintió. Él se acercó y ella descansó su cabeza en el hueco de su cuello. Las lentas caricias de su brazo subieron hasta terminar en la parte posterior de su cuello. Su pulgar se movía con lenta ignavia y su cuerpo logró relajarse por completo.

-¿Qué pasó allí afuera, Bells?

Ella suspiró en su pecho y se acomodó.

-Solo estaba corriendo y perdí la noción de lo que hacía.

No era extraño en ella. Siempre le pasaba en la ciudad, a lo sumo corría treinta vueltas al parque hasta que algo la hacía volver. Chocarse con alguien, lluvia, el tiempo o solo el dolor físico. Pero su poderosa mente obnubilaba cualquier cosa coherente que pudiera estar haciendo.

-¿Qué pasaba por tu mente?

Sentía su cálida respiración en su cuello y trató de mantener la serenidad. Ella estaba mentalmente bloqueada e incapaz de soportar más que esa charla. Además, necesitaba saber qué demonios la había hecho perderse de semejante forma.

-Montones de cosas.

Murmuró. Él no presionó. Lo haría cuando ella se encontrara con sus cinco sentidos.

-Lo siento, no fue mi intensión.

Susurró mientras se apartaba y miraba el vacío. Él atrajo su mirada hacia él.

-Solo... ten cuidado. No estaré allí la próxima vez y esa cosa podría haberte matado.

Bella apenas podía moverse sin que el cuerpo le temblara pero insistió en que quería caminar. Se despidió sin exigir explicaciones de quiénes eran y subió al todo terreno de Edward. Él fue despacio y ella lo agradeció. No quería llegar tan rápido a casa de su abuela y tener que enfrentar la histeria de su cuestionamiento. Él parecía entender eso.

El coche se detuvo y ella miró la casa.

-¿Quieres que te ayude a bajar?

-A subir, si no te importa.

Se mordió el labio inferior con duda y él se abstuvo al pedido.

-¿No va a importarle a Marie?

-No está.

Señaló el aparque solitario y él asintió. Bella esperó que él bajara y la ayudó a entrar en la casa. Era un lugar sencillo y sin mucha decoración, pero cálido y agradable. El olor a comida dulce llenaba los espacios. Bella tomó un par de bollos de canela y una botella de jugo. Mientras Edward la ayudaba a subir. A mitad del tercero ella se detuvo, sin fuerzas. Él volvió a cargarla y ella indicó la tercera puerta de la derecha.

-¿Mejor?

Ella sonrió.

-Justo donde te quiero.

Edward enarcó una ceja y colocó sus manos en jarras.

-Querrás decir, justo donde yo te quiero a ti.

Ella estaba tendida en la cama y él de pie a su lado.

-No me refiero a eso.

-Ilumíname, por favor.

Rió y se enderezó en la cama. Palmeó a su lado y él la enfrentó. Estiró su mano y tomó la suya. Sus ojos verdes eran implacables, cálidos y silenciosos. Ella sabía que tenía un montón de preguntas que no se animaba a hacer pero tal vez algún día fuera lo suficiente importante como para contarle lo que le había ocurrido.

-Estoy bien. Gracias.

Pero él cambió el sentido de la autocompasión. Su mano acarició la parte interna de su brazo y fue subiendo lentamente.

-No es esa la respuesta que estoy esperando.

-¿Te refieres a que te tengo a mi disposición?

Su voz suave dio justo en el blanco.

-Bella... juegas con fuego.

-Porque quiero quemarme contigo.

-¿No es demasiado peligroso?

Ella sonrió mientras se acercaba un poco más.

-Dímelo tú.

Edward no pudo contenerse a besarla. Cada vez que sus labios se rozaban era algo mágico y celestial. Atrapó su rostro con ambas manos y la atrajo más hacia él. Bella lo jaló de la camiseta y lo arrastró con ella en la caída hacia la cama. Se acomodó por encima de ella y se juró que se mantendría quieto. Ella no merecía una pérdida de control.

Sus labios apenas se separaban para respirar. Bella se había recuperado en un abrir y cerrar de ojos. Edward no dudaba de ello. Podía sentir sus pequeñas manos recorriendo su abdomen y estaba comenzando a cegarlo. En medio de sus piernas abiertas, su miembro luchaba por despertarse. Lo mantuvo a raya pero su centro se sentía caliente justo donde lo necesitaba.

Cerró los ojos y se entregó al sentir. Edward recorría su abdomen con las manos y acariciaba la piel con lentitud torturadora. Su boca se separó de sus labios y movió su cuerpo con obvia necesidad. Él deslizó sus labios por su mandíbula y bajó hacia su cuello. Su lengua encontró salada la base de su cuello. No pudo reprimir un gemido. Coló sus manos por debajo de su camiseta y acarició los tensos músculos de su espalda, mientras los raspaba suavemente con sus uñas.

-Bella...

Ella abrió los ojos de inmediato. Esa no era la voz de Edward. Él se apartó de golpe y giró por la cama. Bella se puso de pie de prisa y caminó hacia la puerta.

-¡Iré enseguida, estoy en la ducha!

Cerró despacio tras su espalda y respiró con agitación. Edward le daba la espalda y se obligó a

darle su tiempo.

El corazón le iba a mil por hora, tenía una erección que rompería sus pantalones y la sangre tan caliente que corría peligro de que fundiera sus venas. Controló su respiración y se obligó a pensar en frío. La abuela de Bella estaba abajo. Abrió los ojos ¡Su camioneta!

-Ella sabe que estoy aquí.

No obtuvo respuesta. Se giró y encontró a Bella con el rostro cubierto con ambas manos.

-¿Bella Jane?

Ella soltó una carcajada y luego la terminó con una mano sobre su boca.

-¡Por supuesto que lo sabe! Nada pasa por debajo de su lupa.

-Mierda...

Pasó una mano por su despeinado cabello y rió despacio.

-Estamos en problemas.

-Si ella no encuentra nada, lo dudo.

Se puso de pie y se acercó a ella. Bella se alejó de la puerta y acortó la distancia. Su audacia cas le hacía dar risa.

-Lo siento...

-¿Te arrepientes de eso?

Señaló la cama sin mirar en esa dirección. Ella negó con absoluta certeza.

-Claro que no, lamento la situación incómoda que te hará saltar por la ventana mientras recupero nuestras reputaciones.

Lo arrastró de la mano y le señaló la escalera a un costado. Edward pensó que era lo único que le quedaba por hacer. Antes de bajar la besó largamente y le guiñó un ojo.

-Un placer estar a su disposición, señorita.

Bella rió y corrió a pasar por el agua de la ducha. Dos minutos más tarde se encontraba bajando las escaleras con veraniego vestido de flores azules y unas simples sandalias. El cabello húmedo y tan ondulado como siempre. Se esforzó en mantener su humor con neutralidad. Edward y los diez minutos pasados habían sido lo más cerca que había tenido a un chico en su cama.

-¿Vas a almorzar conmigo o tienes planes?

-No, me quedo.

-De acuerdo.

Antes de que eligiera un lugar, tomó el lugar que su abuela le indicó y distraídamente levantó la vista hacia la ventana. Donde anteriormente estaba estacionada la camioneta de Edward. La pasta se le atragantó en la garganta.

-¿Así que por qué ventana bajó tu invitado?

-No se de qué estás hablando.

Otro bocado monumental de pasta y su abuela pasó por alto el hecho de que la había descubierto. Se propuso escucharla y evitar desviar su mente.

.

Se quedó diez minutos fuera de su casa. No podía entrar y sentir que lo llenarían de preguntas. Su padre podría mantener la discreción y solo atenerse a preguntar por el bien estar de Bella. Pero su madrastra lo retorcería hasta que lograra sacarle toda la información. Emmet bien podía besarle el trasero con lo que opinara.

Su mente volvió a los veinte minutos atrás. Otra vez había quedado prendido de lo que ella quería. Caía tan fácil en su encanto que estaba decidido a hacerle al amor cuando la había oído gemir. Dios, ese punto tan dulce en su cuello era la perdición y estaba dispuesto a utilizarlo a su favor en el futuro.

Un golpe en su vidrio le hizo levantar la cabeza del volante.

-¿Atrapado?

Captó el doble sentido de las palabras. Atrapado era poco, más bien encadenado. Emmet sonrió con sorna y gruñó mientras bajaba.

-La cena está lista.

Lo siguió sin decir una palabra y envió miradas feroces a quién se atreviera a preguntar algo. Agradeció que se mantuvieran de su lado de la línea y desapareció antes de que pudiera arrepentirse. El sol hecho de pensar en Bella iba a consumirlo.

-Vamos, Bella, tienes que terminar con eso antes de mover los cajones por aquí.

Suspiró con cansancio y se apartó el cabello del rostro mientras terminaba de acomodar las letras del cartel de enfrente del centro de ancianos. El gran cartel rezaba un feliz cumpleaños a lo grande y recién iba por la tercera letra de la primera palabra.

Su abuela la había tenido atareada entre la organización del cumpleaños número noventa de una de las ancianas de de sus amigas. Todas eran muy mayores para ser amigas de su abuela, que apenas pasaba los sesenta pero parecía ser lo único que había por aquí.

Se alejó para notar que la letra estaba mal pegada y volvió a despegarla. Nunca terminaría con esas endemoniadas letras ni podría manejar el calor al mismo tiempo. Era insoportable.

-Esta vista es perjudicial para la salud.

Sobresaltada casi cae de la silla que apenas lograba mantenerla. Edwrard la tomó de la cintura y la ayudó a bajar. Casi deseoso de tomar la sudadera que llevaba puesta y amarrarla a su cintura. Su bien formado trasero estaba a la vista en un pequeño short que dejaba demasiado a la imaginación mientras que su camiseta se subía y dejaba ver la piel de su espalda y cadera. Nadie tenía permitido deleitarse con eso más que él.

-¿Tengo que ponerte un GPS? He tardado dos días en localizarte en este pueblo de dos por dos.

Ella rió mientras se acomodaba.

-Mi abuela me ha tenido como su asistente de aquí para allá con esta fiesta de cumpleaños.

No la soltó, sino que la acercó a su cuerpo y besó sus labios. Esos malditos labios que estaba adorando. Deseando con locura.

-Espero que esta tarde pueda liberarte, entonces. Hay una fiesta en la playa.

-Solo si termina con lo que le he pedido.

Se apartó educadamente, pero sin tratar de negar lo que había estado haciendo. Sonrió a la anciana.

-Buenas tardes, Marie.

-Vamos, intento de niño bueno. Ella podrá irse antes si le ayudas con ese endemoniado cartel. Es la única que al menos puede mantenerse en pie sobre una silla.

-A la orden, señora.

Pasaron la siguiente hora colgando el cartel de felicidades. Las indicaciones de Marie era duras y no fue fácil complacerla acomodando los asientos para crear una circular pista de baile. Las bolas de boliche no se lucían de día y las luces de colores debían repararse.

-Solo creo que todo esto la estresa.

Edward le pasó un vaso de jugo y se sentó a su lado en las banquetas de la entrada. Marie gritaba órdenes a diestra y siniestra. Las mesas no se encontraban como ella quería y los distribuidores de bebidas llevaban retrasados alrededor de dos horas. Estaba furiosa.

Bella rió y esperó que ella les diera la espalda.

-Vamos, antes de que ella pueda notarlo.

Lo arrastró afuera y aprovechó para darle un fugaz beso en el cuello. Él no la dejó escapar y la mantuvo cerca de él.

-¿Nos saltamos la fiesta de la playa?

Su voz cargada de deseo la encendía a fuego lento. Pero no quería perderse esa fiesta y quería ver a Ángela, la chica le caía bien y los nuevos amigos también. Le agradaba la vida de la playa.

-Ni lo sueñes. Llévame a casa para que pueda cambiarme.

-Estas perfecta.

Bella le devolvió la sonrisa.

-Tal vez, pero no para ir a la playa.

Con resignación arrastró su trasero hacia la camioneta y condujo las cuatro cuadras hacia la pequeña casa de la playa de su abuela. Bella se atrevió a mirarlo mientras conducía. Le gustaba mirarlo. De día podía apreciar más sus rasgos laterales. Su nariz era del tamaño justo, sus labios eran plenos y cada vez que la besaba tenía la sensación de que la absorbían. Adoraba el rasgo de sus ojos almendrados. La forma en la que su sonrisa subía a su mirada e iluminaba el profundo verde esmeralda de sus ojos.

-¿Ves algo que te guste?

Ella se encogió de hombros.

-Estoy decidiendo.

-¿Cuál parte de mí es la más sexy?

Rió y lo empujó suavemente del hombro.

-¿Qué tan grande es tu ego?

Bella subió rápidamente las escaleras sin esperar que él la siguiera, pero allí estaba. De nuevo en la habitación que ocupaba como suya cada vez que había ido de visitas allí. Edward se quedó de pie en el umbral mientras miraba por primera vez la habitación en detalle. Era simple y clara. La ventana iluminaba con imperiosa grandeza y la cama doble de doseles tenía cortinas blancas. Muy del siglo pasado, pero le agradó. Era muy Bella. Se la imaginó con un vestido vaporoso muy propio de la época y sonrió. Bella sería preciosa en cualquier cosa que se pusiera.

Era muy complicado pensar en qué demonios ponerse cuando tenía a Edward seguirle los pasos y una cama en el mismo ambiente. No quería ser atrapada de nuevo, pero no le molestaría intentar atacarlo de nuevo. Sentía que se había abalanzado sobre él, aprovechando su propia debilidad como un arma. Pero había perdido la cabeza.

¿Dónde había quedado toda esa perfección sobre la que había trabajado por años? Esa regla que sabía que jamás debía romper y esa línea que nunca debía cruzar. Todo se había ido al demonio cuando él se había metido en su camino. Había olvidado a quién era, había desencajado su eje y la había hecho girar más rápido de lo que alguien hubiera logrado en toda su vida. ¿Seguía siendo ella misma o es que había cambiado? Por que no se sentía a como si se hubiera perdido, al contrario.

Se sentía como si se hubiera reencontrado consigo misma.

Edward la llamó dos veces pero ella se había quedado tiesa y con la vista en el vacío. De nuevo esas cosas poderosas la apartaban de la realidad. ¿Quién demonios se colgaba de esa forma espantosa? De modo que se acercó y colocó una mano en el hombro. Ella pareció recordar su presencia y le sonrió.

-No encuentro mi vestido morado. No puedo recordar dónde lo dejé.

Se apartó mientras revolvía su otro cajón.

-¿Cuánto más vas a mentirme?

Bella se giró suavemente y enderezó su espalda. Sin sentirse turbada ante el comentario.

-No estoy mintiéndote. Solo que... hay cosas que nunca deben salir de mi cabeza.

Revolvió el último cajón y sonrió con gloria.

-¡Aquí esta! No tardaré.

Le besó la mejilla a la pasada y se encerró en el baño. Ella tenía razón, absolutamente total razón. No quería arruinar su diversión con Edward por esas cosas estúpidas que sucedían en su aburrida vida pasada. Quería tomar ese presente y explotarlo al máximo. Antes de que parpadeara y tuviera que despedirse para siempre.

Se miró al espejo de cuerpo entero y sonrió a gusto con lo que veía. El vestido no era recatado pero tampoco demasiado atrevido. Se ajustaba a su figura superior y remarcaba las líneas de sus pechos, el escote redondo estaba muy por arriba y se decoraba con una gruesa cadena dorada. Desde la cintura la campana se abría hasta medio muslo y presentía que si una brisa se atrevía, lo podía levantar con facilidad. Recogió su cabello en un despeinado moño y dejó un par de mechones sueltos. Maquilló su ojos de una forma muy oscura y sus labios un color rosado fuerte. Corrió por sus sandalias. Atravesó la habitación por su perfume y se volvió hacia el baño para terminar con el rubor de sus mejillas.

-¿Vamos?

Él hizo una mueca mientras bloqueaba la puerta.

-No creo que quiera dejarte salir de esta habitación.

Bella sonrió y luego rió.

-Vamos, puedes esforzarte mejor para decirme lo bien que me veo.

Cualquier cosa que pudiera decir sería insuficiente. Ella estaba más perfecta de lo que podía imaginarse posible. No iba vestida de gala pero resplandecía y su largo cabello recogido era algo que le agradaba. Dejaba más a la vista la curva de su cuello y el lunar en forma de corazón que decoraba su clavícula izquierda.

-Eres hermosa, ni toda una vida diciéndotelo sería suficiente para que alcanzara.

Lo susurraba como si fuera el secreto más preciado de la historia, como si además, le costara soltar aquellas palabras. Lo cierto era eso. Jamás le había dicho a una chica lo bella que era ni había reaccionado ante ninguna de ellas como lo había hecho con Bella. Cuando la vio correr directo hacia la muerte ni siquiera lo pensó. Tenía que salvarla. Es solo que... ¿ella alguna vez le permitiría llegar a su corazón?

-Gracias, Edward.

Se puso de puntillas y lo besó despacio. Su perfume a vainilla envolvió los pocos sentidos que le quedaban y cerró los ojos cediendo a su sirena. Se entretuvo en un danzar de su lengua con la suya, de recorrer la línea de sus dientes y saborear su labio inferior con lentitud. Sus manos estuvieron en su cintura en un rápido movimiento, uno que la enviaría directo a la cama.

-Tenemos que irnos...

Susurró contra la necesidad de quedarse y dejar que aquél chico la amara hasta olvidar por qué vivía, por qué respiraba y hasta por qué se había negado a aparecer allí durante los años anteriores.

-No puedo, te necesito.

Suspiró mientras se apartaba.

-Yo también. Pero quiero ir a esa fiesta y bailar. Pasar más tiempo contigo y Ángela. Olvidar que tengo una cabeza muy grande y no deseo ser atrapada de nuevo.

Edward le pondría fin a eso lo antes posible. Tendría que encontrar un lugar dónde estar con Bella. A pesar del deseo físico y la necesidad de tenerla, la quería. Quería que fuera especial para ambos y fuera una de esas mierdas románticas inolvidables. El mensaje de aquello había estado explícito desde siempre. Ella era una aventura de unos meses y luego lo dejaría. Él viajaría lejos y tal vez nunca se vieran de nuevo. No era partidario fiel de las relaciones a distancia y tampoco estaba seguro de que se tratara de aquello. Bella no presionaba pero le gustaría saber qué pasaba por su cabeza con respecto a él.

-Bien.

La caída del sol era desmesurada. El cielo apenas cubierto de suaves nubes se teñía de un color anaranjado y se entre mezclaba con la creciente negrura de la noche. La playa estaba adornada de antorchas que comenzaban a ser prendidas. Había una carpa con comida y bebida, la música parecía salir del mismo lugar. La gente rodeaba el espacio blanco y sus pies iban descalzos. Imitó eso y cargó con su calzado en su mano. Edward tomó su mano libre y le sonrió con apremio.

-¡Ángela!

La muchacha morena se giró y parpadeó de la sorpresa al verla. Vestía una prenda de seda verde que resaltaba su piel y su cabello lucía con el brillo de un ópalo. Le devolvió la sonrisa y se abrazaron con delicadeza.

-Te ves hermosa.

-Gracias, tú también. Hola, Edward.

-Ángela.

Edward sonrió a la conocida muchacha y rodeó a su acompañante en un posesivo abrazo. Jacob se dirigía hacia ellos con una estúpida sonrisa en su cara, una que estaría deseoso de borrar de un puñetazo. Bella le presionó la mano y sonrió amable cuando ésta la saludó solo a ella, pasando del hecho de que estaba siendo abrazada por alguien que ni se signó a mirar.

-Te vez exquisita.

Jane convulsionó internamente por la risa y asintió.

-Gracias ¿has venido con Leah?

Astuta ante todas las cosas. Edward sonrió ahora y le dejó todo a la muchacha. Si alguien podría manejar a ese idiota sin golpearlo, esa sería ella. Jacob sonrió incómodo.

-Seguro, está por allí.

-¿En serio? ¡Genial! ¿Por qué la has dejado sola? De seguro estará buscándote...

-Seguro... nos vemos luego.

Jacob desapareció de sus vistas y ella se giró dentro del abrazo de Edward. No lo había apreciado lentamente como ahora mientras deslizaba sus manos por la piel desnuda de sus brazos. Los músculos se tensaban ante su contacto y eso al hizo sonreír. Llevaba una camiseta de una banda de rock en un color azul oscuro, que sobrepasaba la cinturilla de su pantalón. Uno ajustado y desgastado. Había dejado la chaqueta de cuero en su camioneta al igual que su fino abrigo de lana.

-Me gusta como te vistes.

Edwardn asintió. Incapaz de apartarse del hecho de que ella estaba acariciándolo de forma sugestiva en medio de un evento lleno de niños. Sus ojos pardos se movían con sagacidad sobre sus brazos. Estaba seguro como el demonio de que ella estaba respirando hondo para no pedirle que se perdieran esa fiesta en el trasero y fueran a un lugar más privado. Miles de chicas lo habían hecho antes y no la creía tan recatada como para pedirlo también. Pero su aire de inocencia estaba allí y no sabía de dónde venía. Tal vez podía imaginarlo, pero necesitaba oírlo de ella misma.

-¿Vamos por un trago?

Y así comenzó la noche. Él le había dado su espacio para que pudiera estar con Ella, bailar con ella y platicar con las demás chicas. Pero no había despegado un ojo de sus movimientos. De los suyos y del roedor que la miraba desde la otra esquina. Casi ansiaba que él se moviera para poder entrar en acción. Llevaba tiempo deseando un motivo por el cual ponerle las manos encima. Jacob había tratado de hacer su vida miserable desde la escuela preparatoria y ahora que tenía a la chica, no se quedaría de brazos cruzados viendo como se la arrebataban. Podía haberlo esperado de cualquiera e incluso, aceptado. Pero no de Edward. Lo conocía lo suficiente como para saber cuál sería su siguiente movimiento.

-¿A quién vas a asesinar esta noche?

Chocó su cerveza con Alec y no abandonó su actividad.

-Bella está conmigo y ese idiota está tratando de acosarla incluso frente a mis narices.

Alec rió. Era la historia de siempre. Jacob queriendo todo lo que rodeaba a Edward. Incluso cuando sobrepasó a todos en el último juego de la temporada pasada y se quedó con el puesto en el Seatlle School para jugar en el equipo mejor preparado de la historia. Él podría alcanzar su sueño y Jacob se estancaría en su propio destino. Pero cuando sabes jugar, lo sabes tú y el resto del mundo. Cuando te ganas a los demás, apestas y tratas de disimularlo. El mundo también sabe eso, pero prefiere ignorarlo.

-¿Así que... la nueva, eh?

-No, ella no va a quedarse.

Su amigo abrió mucho los ojos.

-¿Estás seguro de eso? Había oído que Ben dijo que ella venía para quedarse.

Estaba seguro de que eso no era cierto, pero sin embargo, la duda picó hondo en su cabeza. ¿Bella quedarse en Portland? ¿Allí en Maine? Tenía que ser una broma. Justo cuando él estaba por marcharse de ese apestoso pueblo al otro lado del país. El destino solía jugar crueldades con él.

¿Por qué habría de detenerse ahora?