Capítulo siete.
Bella sentía sus manos y su boca por todo su cuerpo. Las ropas mojadas habían sido el primer obstáculo vencido. Edward era todo poder y sensibilidad, la besaba con ternura con gestos suaves, pero con determinada pasión y descontrol. Cada caricia en la medida y en la forma justa para hacerla perderse y olvidarse de lo que los rodeaba.
No podía parar. De eso estaba más que seguro ahora. Bella se retorcía del placer bajo su cuerpo y sus gemidos llenaban el aire como una melodía contagiosa. Tenía la piel suave y tersa, perfecta.
-Abre los ojos, nena.
Ni siquiera era consciente de que los había cerrado. Edward acariciaba su mejilla con suavidad y besaba sus labios en cortos besos. Su profunda y verde mirada era todo lo que podía mirar ahora. Lo sintió acomodarse entre sus piernas y oyó palabras dulces para tranquilizar su alocado corazón. No tenía miedo, pero sí sentía la incertidumbre. Totalmente nuevo para ella, para ambos. Edward jamás había amado con tanta dedicación a una chica y presintió que Bella, era a la única para quién conservaría el momento.
-Te quiero, Bella.
Susurró sobre sus labios.
-Eres todo para mí. No importa qué pase.
Sus palabras se perdieron con el rugido del viento y su intenso jadeo. La invadió lentamente y con suavidad hasta lo más profundo. Volvió a besarla mientras se quedaba tieso. Se perdió en su boca y sus caricias. Él era todo para ella, lo quería todo.
-Edward…
La casi súplica lo impulsó a moverse. Tan estrecha y tan sensual, gemía con su mirada fija en la suya. Su corazón saltó fuera de su cuerpo para posarse dentro de ella. Lo había perdido. Se refugió en la curva de su cuello, respirando pesado casi doloroso. Su mente estaba en blanco y todo lo que podía sentir era a Bella. Acomodó sus piernas y penetró más rápido. Si amar a un imposible era pecado, se había ganado un pase al infierno.
-Bella, mírame.
Exigió. El aire se volvió turbio e insoportable, escapaba de sus pulmones y escaseaba hasta hacerles perder la cabeza. Tirando por la ventana el último ápice de cordura. Entregándose al sentir, al disfrutar y al regocijo del placer.
Bella se sentía muy cerca del borde, arrastró sus uñas por los músculos de la espalda de Edward y ajustó sus piernas. Lo sentía hundirse hasta lugares insospechados y se le encogía el corazón, lo quería cada vez más cerca del suyo. Edward contuvo el aire y dejó ir su última voluntad. Con un jadeo sintió su orgasmo acariciarla como miles de estrellas fugaces, acorralando su aliento dentro de su cavidad torácica y volviendo a circular la sangre acumulada hacia el resto de su cuerpo, mientras él la atraía a su cuerpo.
Se dejó llevar y se rindió de lado, atrayendo a Jane cerca de él, envuelta en sus brazos. De donde no debería de salir nunca. Cerró los ojos y soltó su respiración contenida. Bella se abrazó a su cintura y pegó su oído sobre su acelerado corazón, cerró los ojos y sintió los párpados pesados.
Las lentas caricias sobre su espalda la espabilaron de su letargo. Se removió sobre el cuerpo de Edward y sintió sus mejillas enrojecer furiosamente.
-Oh… ¿ahora te pones toda tímida?
-Eso creo…
Edward la dejó de espaldas al suelo y besó su mejilla, su mandíbula y descendió por su cuello. Donde se detuvo y elevó su mirada.
-Conmigo, no hay vergüenza ni pudor. Conmigo, eres auténtica. De esta forma.
Una lenta sonrisa apareció en sus labios. No dijo nada, no podía explicar en una simple oración que aquella primera vez que se entregaba al sexo opuesto había sofocado cualquier triste intento de mantener su virginal apariencia. De solo recordarlo le ardían las mejillas y su cuerpo se conmocionaba. Pero más que el hecho había sido por Edward. Él destilaba perfección y había sido todo dulzura con ella. Había adorado cada segundo de compartirlo con él.
-De acuerdo.
Una sonrisa traviesa cruzó sus labios y un destello hizo chispear sus ojos azules. Con la luz del sol su piel se veía más clara y su cabello más oscuro. Las pequeñas pecas sobre sus mejillas eran apenas más visibles.
-Quiero que cada vez que me veas…
Comenzó y se acercó para besar su clavícula.
-... pienses en nosotros de ésta forma.
Susurró. Su aliento cálido dio justo en su centro y rió. Se cubrió los ojos con una mano.
-¿Cómo podría?
Él se movió hasta su oído.
-Usa la imaginación.
Edward paseo su mano derecha por su abdomen y acarició el borde de su ombligo. Todo su cuerpo lo llamaba. Ante la caricia, hundió su estómago y sonrió. Un escalofrío la recorrió entera.
-O puedes solamente rememorar.
Paseó sus dedos hacia arriba de nuevo.
-Quedaré tan marcado en tu piel que no dejarás que nadie más vuelva a tocarte…
Sus ojos se conectaron. No era una broma y ella lo sabía. El tono de su voz había rozado la rudeza territorial y la firmeza viril. Edward la había reclamado como suya y no permitiría que nadie más se atreviera a tocarla. No mientras él pudiera evitarlo. Era un pensamiento un tanto cavernícola, pero que lo tacharan como hombre de las cavernas que bien podría encerrarla allí mismo si fuera necesario para mantenerla cerca suyo.
-¿Lo prometes?
Tragó pesado.
-Edward… pides un futuro donde ni siquiera puedo ver un mañana.
Susurró. Él se acercó para besar sus labios y tranquilizarla.
-Lo sé, nena. Pero así será.
Aseguró con total seguridad. El momento se perdió cuando comenzaron a besarse de nuevo, con igual o mayor intensidad que antes. El calor del momento los apartó en risas. ¿Cómo unos labios podían volverse tan adictivos y ser tan devastadores para su alma?
Bella se enderezó, cubriéndose con la manta. Sentía el cuerpo dulcemente adolorido y el cabello revuelto. El sol acariciaba el horizonte, enviando destellos anaranjados y amarillos por el cielo que comenzaba a cubrirse de oscuras nubes. Un atardecer se veía apropiado para el momento. Edward besó su hombro y la envolvió con su brazo izquierdo.
-Deberíamos irnos, está haciendo frío y podría llover.
-¿Con que frío, eh…?
Rió fuerte y besó su mandíbula.
-Vamos…
En lo que tardaron en acomodar sus ropas y juntar la tarde de picnic, las nubes formaban una masa acuosa sobre sus cabezas. Sin salir inmunes de las precipitaciones corrieron a través del campo abierto hacia el todo terreno.
Edward pensó que nunca había sido tan feliz en su vida. Finalmente, podía darle la razón a bella. Sí había logrado superar la muerte de su madre y disfrutar de la belleza de los momentos. La admiró mientras ella reía y trepaba costosamente al coche. El cabello mojado se oscurecía unos tonos y se pegaba a su rostro cayendo de forma desordenada. Amar su cuerpo lo había hecho acercarse a su corazón y lo presentía. Por la forma en que ella lo miraba, esa salvaje honestidad y pura feminidad.
Era única. Podía tratar, y debería hacerlo… pero jamás iba a olvidarse de ella.
El aguacero los atascó en un bajo techo de una granja, camino a la civilización de regreso. En medio de la nada. Sus ropas se habían secado de tanto esperar. Bella se sentía cansada. Sonrió en dirección a Edward, quién llevaba tiempo sin dejar de mirarla. De analizarla lentamente, como si quisiera grabarla en su mente todo detalle que fuera posible.
-Parece que tendremos para rato…
Enarcó una ceja mientras le tendía los brazos.
-¿Algo en mente?
Su melodiosa risa llenó la cabina. Se refugió en sus brazos mientras él la acunaba cerca de su pecho.
-Dormir.
-¿Conmigo?
Sonrió. Lentamente fue ascendiendo su mano por su pecho. Cualquier respuesta sonaría estúpida.
-Claro que sí.
Convino. Edward sintió dicha interna mientras ella comenzaba a guardarle un espacio especial en su vida.
-¿Qué hay de ti?
Susurró. Un pacto de retroalimentación. Le pareció justo.
-Solo tú, nena.
Su mano llegó al afina y larga cadena de plata que rodeaba su cuello. La tomó y la sacó debajo de la camiseta húmeda. El dije era una placa de plata de forma cuadrada, de tamaño mediano. En el centro había un grabado muy detallado que observó cuidadosamente. Dos pequeñas palomas en pleno vuelo, de alas desplegadas y picos hacia arriba, ascendiendo. Por debajo, en una preciosa letra curva rezaba la palabra "Libertad".
-Era de mi madre.
Susurró sin mirarla, sabiendo que analizaba de cerca su colgante.
-Ella decía que la libertad solo era de los pájaros, que los humanos solo apenas tocamos una parte cuando estamos junto a quienes… amamos.
Deseosa de preguntar si había sentido alguna vez ese tipo de libertad, solo hizo la observación más obvia que venía a su cabeza.
-Hermosa.
-Lo sé. Es lo único que tengo de ella.
Ella dedicó una sonrisa apreciativa.
-Eso es una mentira. Cada recuerdo que ella se encargó de crear para ti, aún sigue en tu corazón y en tu mente. Eso es lo primero que se queda.
Como si supiera qué decir en cada momento él deseo poder soltar cada una de sus malditas ataduras y decirle lo que tanto presionaba su pecho desde hacía seis semanas. Con las palabras atascadas en su garganta, la besó con pasión.
La lluvia no cesó pero aminoró y pudieron retornar a la casa. Edward la dejó con la promesa de regresar apenas su padre lo desocupara. No quería desperdiciar ni un minuto lejos de ella.
Tras una ducha caliente y comida abundante, se encaminó con resignación a su teléfono y tecleó por pura inercia. La primera llamada, a Jessica, fue enviada al buzón. La segunda, tardó en ser contestada.
-¿Amor?
Las palabras se clavaron en su pecho como un puñal.
-Si… soy yo. ¿Cómo has estado?
Susurró sin fuerzas. Con voz temblorosa.
-Te extraño tanto, bebe. ¿Cuándo regresas?
-En una semana.
-Eso es tan…
Oyó un gemido de su parte, fuerte. Jane frunció el ceño.
-¿Estás bien?
-Si lo siento... di el pie contra el mueble, la casa se ha quedado a oscuras.
-Tan mal.
-Si bueno… bebe, te veo en una semana. Estoy ansioso, te llamo luego.
-De acuerdo. Adiós.
Aquello había sido más breve de lo que había pensado.
Hipócrita. Tenía esa palabra escrita en medio de su cabeza. Lanzó el móvil en modo silencio al fondo de su cajón y dijo que no lo volvería a hacer en una semana ni en un mes, hasta verlo para el comienzo de clases. No podía jugar con los sentimientos de Edward, ni con los de ella misma. Mike no significaba nada para ella, pero era su futuro seguro. Eso que su madre aseguraba que necesitaría si en verdad quería ser alguien.
Y ella era alguien. Fuera de Portland, ella era alguien. Mantener su imagen dependía solamente de ella y sus acciones, ese verano debería quedarse atrás una vez que saliera del pueblo de su abuela.
Cerró los ojos y estampó su cara en la almohada. Deseaba llorar.
.
-Esperaba que al menos este verano fuera un respiro.
-¿Y qué pasó?
La morena extendió su cabello por la toalla y se colocó los lentes oscuros para poder ver a Bella con más claridad.
-Estoy hecha un lío.
Con frustración se dejó caer a su lado.
-¿Puedes contarme? Sigo creyendo que pareces necesitar una amiga.
Se cubrió el rostro con ambas manos y soltó un suspiro.
-Alguien que casi detesto está esperando a que regrese, algo así como… un novio. El que pronto será un ex novio.
Ella silbó y se enderezó espaldas al sol.
-¿De verdad?
Asintió.
-Edward no lo sabe ¿cierto?
-No, tampoco planeo decírselo ¿para qué? Mike jamás significó para mí en la forma que Edward lo hace.
-Pero tu conciencia está intranquila ¿qué hay del otro chico?
-No lo sé, solo me ha llamado una vez. La única en la que justo me encontraba con Edward. Fue incómodo, pero prometí devolverle la llamada. Y lo hice, pero...
-Vamos, Bella, se que puedes sacar toda la información si que esté preguntando a cada rato.
Bufó de forma audible.
-Sabíamos y lo pactamos desde un principio. Era una cosa de verano, pero se nos fue de las manos Ángela. Está fuera de control. Ya no es algo de lo que simplemente pueda pasar e irme sin mirar atrás.
Ella le dedicó una larga mirada, Bella la evitó apartando la mirada hacia lo lejos.
-Te enamoraste…
-Totalmente segura de eso.
-¿Lo sabe?
-No.
Tampoco iba a saberlo. Sería demasiada dura realidad para afrontar una vez que tuviera que marcharse. Ella acarició su mano y le sonrió.
-Estoy segura de que podrás seguir adelante. Tienen dos caminos por separados y muy distintos. Tú volverás a la escuela en la ciudad y él se marchará del pueblo, ni siquiera se quedará. No tienes alternativa, más que mirar hacia adelante.
-Tienes razón.
Divisó a Edward mientras se acercaba a las dos muchachas tendidas en la playa. Su andar lento y sensual, con los lentes sobre sus ojos y su sonrisa ladeada le calentaba el corazón.
-¿Puedo imaginar lo que tienes en mente?
Rió fuerte y lo apartó suavemente de su oído.
Él era un imposible con todas las letras.
.
Desde su lugar en la playa podía verla bailar con Ángela. El vestido color azul acentuaba su piel y no sabía por qué demonios estaba fijándose en algo como eso. La noche anterior la había besado hasta que debió obligarse a recordar que su abuela estaría pegada a la puerta de entrada para oírlos. Sentía a Bella como una extensión de su propio cuerpo, que le arrancarían cuando tomaran caminos separados.
Alex le trajo su cuarta cerveza. La cabeza le bailaba ligeramente y solo podía verla moverse al compás de la música demasiado fuerte. Él no había querido eso, no había pedido enamorarse de una chica que pertenecía a otro mundo. Pero tampoco había puesto especial empeño en evitarlo y hacerle el amor, había sido un error. Uno que se había grabado a fuego en su cuerpo. Le sería difícil de superar, casi tanto como lo había sido la muerte de su madre.
Todo dependía de esa noche. No le podía arrojar las cadenas y anclarla a su vida si ni siquiera sabía qué sería de él mismo después de ese verano. No podía hacerle prometer amor eterno pero no había nada que deseara más. Que Bella fuera completamente suya.
Un presentimiento le hizo darse la vuelta y buscarlo en la multitud. Edward tenía la vista sobre ella, una oscura y pesada mientras bebía con avidez. No le gustaba aquella mirada, así que se dio la vuelta. Llevaba todo el día con esa actitud y ella no lo entendía. Tenían esa noche, sería la última, su vuelo salía demasiado temprano como para siquiera despedirse. Su abuela había hecho una cena y él había tenido una excusa para ausentarse. Solo la había retirado para ir a esa estúpida fiesta sin dirigirle ni si quiera la palabra. El corazón le había dolido muy profundo.
Y supo que era su manera de apartarse poco a poco.
Desde que habían llegado a la fiesta lo había perdido de vista cuando Ángela se reunió con ella. Mientras ella quería absorber cada segundo junto a él, Edward la evitaba. Como si ya no fuera objeto de su atracción.
-Oí que mañana te vas.
Se volteó para encontrarse a Tyler. Sonrió, aquel chico sí que le caía bien.
-Si, mi verano ya terminó aquí.
Él hizo una mueca y le ofreció una lata de gaseosa.
-Es una pena. Espero verte al menos en las vacaciones de invierno.
Bella tuvo que fingir una sonrisa.
-Eso espero, no podría soportar mantenerme alejada de éste lugar.
-Nos encanta tenerte de visita. La playa es hermosa con el clima frío.
A punto de contestar la apartaron con brusquedad.
-Y no serás tú quién se la enseñe. Piérdete.
Edward se enfrentó a ella, sin poder disculparse con Tyler. Se apartó un paso, notando la mano fuerte que presionaba su brazo izquierdo. Lo movió, pero él no cedió. Su mirada era brutal.
-¿Qué demonios sucede contigo?
Aplicando su máxima fuerza, apartó el brazo y logró equilibrarse en el camino. Fuera de él.
-Es tarde, deberías ir casa.
Rió con acritud, apartando el cabello de su rostro. Edward estaba fuera de sí.
-Pues, tú deberías hacerlo ¿o aún no has bebido lo suficiente?
Se tomó el puente de su nariz y cerró los ojos unos segundos antes de que la zamarreara allí mismo.
-Bella, por favor.
El dolor era palpable. Era duro para ambos. Pero no era ella quién estaba actuando de forma egoísta y estúpida. Edward hacía sus grandes esfuerzos por quedar como un tonto.
-No Ésta es la última noche que tengo aquí y quiero disfrutarla. Lamento que eso no esté en tus planes.
Se encaminó en medio de la multitud para ocultarse de él. Los ojos le picaban y no iba a verla llorar. La música ya no tenía el mismo sentido y la bebida tenía un sabor amargo. La cabeza comenzaba a darle vueltas y el sitio en el que se encontraba su corazón, dolía. Como si mil patadas karatecas hubieran sido descargadas allí mismo. No la enfadaba la hostilidad de Edward. Lo era el hecho de que fuera capaz de ignorarla cuando al menos, quería sentir que la extrañaría.
Pero… ¿a quién quería engañar?
Aquello era insoportable para ambos. Habían jugado con fuego hasta quemarse. Más bien, ardían poderosamente ahora. Abriendo el camino de sus corazones y jugando con la paciencia del destino. Exponiendo todas sus cartas en las que secretamente, sus sentimientos se habían puesto en juego. Creían poder superarlo. Tomarlo como una aventura. Pero era demasiado pedirle a su razón que olvidara cada recuerdo que su corazón custodiaba entre algodones en una caja preciada de oro. La inocencia de sus actos se volvían en su contra. Porque mientras más se dejaban llevar, más se ataban el uno con el otro.
En un posible "para siempre".
Tan inexistente como imposible.
Casi tambaleando, se acercó a Tyler. Le tocó el brazo suavemente y él se giró de inmediato. La sonrisa se congeló en su rostro, frunciendo el ceño rápidamente. Ella sabía que debía de lucir horrible. Haciendo un esfuerzo sobrehumano por no llorar. Sus ojos estarían por delatarla.
-Lo siento ¿Puedo pedirte un último favor?
Tyler se apartó del grupo de amigos y rodeó sus hombros de forma amistosa.
-Vamos, te llevaré a casa.
Con el recuerdo de sus últimas palabras martilleando en su cerebro, se había mantenido callada, sufriendo en silencio. Tyler no la había presionado en absoluto y le agradecía por ello. La avenida principal estaba vacía y él conducía rápido, como si presintiera su necesidad por llegar lo antes posible. Una multa sería el menor de sus problemas. Mi última noche… ella había dicho. La alegría estaba fuera de esa frase casi dolorosa. Si no llegaba a tiempo podría lamentarlo para siempre.
Su nuevo amigo la despidió con un abrazo.
-Espero que al menos me dejes ir a visitarte algún día.
Ella rió sin gracia. Tyler era un tanto extraño en todo aquello, apenas había cruzados breves palabras con él y allí lo tenía, brindando su apoyo. que prometía ser incondicional.
-Consigue mi número y dalo por echo.
Antes de que pudiera irse, la retuvo de la mano.
-No seas tan dura contigo misma. Aquello con Edward es solo una aventura de verano que se caló muy hondo en ustedes. Tal vez ninguno de los dos lo había esperado. Conozco a ese patán y jamás lo había visto comportarse de esa forma protectora con ninguna chica.
Bella no supo que responder. Tyler se lo facilitó.
-No creas que soy el único que lo ha visto, Bella. Eres sensacional y sin duda, has deslumbrado a más de uno. Edward suele ser un repelente para las chicas desde hace un tiempo, pero sin embargo allí estaba, prendido de ti. Sorprendiendo a todos.
-¿Por qué me dices eso?
-Para que veas que esa actitud desinteresada y ruda, es una máscara. No lo conoces lo suficiente.
-¿Qué puedes decir tú sobre él?
-Que se ve enamorado pero no piensa admitirlo, eso le haría más difícil dejarte ir.
No lloraba, las lágrimas se habían secado y no por escasez de motivos. Tyler le había soltado una bomba frente a su cara. La realidad de cómo se veía desde afuera. Él tenía razón, no conocía a Edward y después de ver su lato totalmente amable le molestaba que pudiera comportarse con frialdad. Había escapado del detalle de que Edward era un potencial aislante de sentimientos y al mostrarlos tan abiertamente con ella, era totalmente nuevo.
Pero no tenía tiempo para descubrir qué tan profundos eran. Se habían terminado.
Casi entre sueños sintió sus brazos alrededor de su cintura. Pero no estaba dormida, no había podido pegar un ojo en toda la noche.
Tenía que perdonarlo.
Se volteó entre sus brazos y se acercó más a su pecho, escondiendo su rostro. Aspirando su perfume adictivo. Edward soltó un suspiro de resignación. De esos que venía dejando escapar desde hacía un tiempo. Los dos meses más veloces de su vida. Que deberían de haber transcurrido con lentitud y en consideración.
-Lo siento…
Susurró con voz ronca. La segunda vez que se disculpaba tan seguido. Pero no podía evitar comportarse como un idiota en su entorno. Sin abrir los ojos, buscó sus labios y él respondió a su beso con urgencia. Como si en ello se le fuera la vida.
-Yo igual.
Quedaban apenas unas horas para que tuviera que alistarse. Se acercó más a su fuente de calor. A sabiendas que la próxima vez que abriera sus ojos… ya no lo vería nunca más.
