Capítulo ocho.
Seis horas cuarenta de viaje. Se habían sentido como un vertiginoso lapso de tiempo. Se estaba despidiendo de su abuela, había parpadeado y ya estaba camino a casa en la parte trasera del carro de su padre. Silencioso, de una forma extraña. Nadie la importunó. Ni su ansiosa madre. Como si advirtieran que no debía molestarla en sus cavilaciones.
Las cuales eran nulas.
Desde que había despertado sola en una cama que nunca antes le había parecido tan enorme, se había sentido como un fantasma. Tenía la mente en blanco y se movía por inercia, porque debía hacerlo. De ser por ella, todavía estaría tendida en aquella cama sin moverse. Sin creer que todo había llegado a su fin.
René le dio un breve abrazo, llevaba el sedoso y claro cabello suelto. Toda ella parecía brillar. Le extrañó que luciera tan arreglada, pero pasó por alto el comentario. No sentía especial inclinación por hablar, menos con su madre. Le dedicó una sonrisa tenue y subió las escaleras hacia su recámara. Su cama doble parecía invadir la habitación. Apabullarla. Se dejó caer sobre el sofá de en enfrente y suspiró.
Al fin en casa.
Sin embargo, no creía que fuera a caer en esa cama de nuevo. No sin sentirse tan sola y desdichada.
Dos golpes a su puerta la sacaron de su ensimismamiento.
-Cariño, hay alguien que quiere verte.
Gruñó.
-Me siento enferma, dile que venga después.
-Cariño, no seas grosera con Mike…
Ese nombre. Se le revolvió el estómago.
-Dije "después".
Sentenció con voz dura y no volvió a ser importunada durante el resto del día. Sus padres le dieron un especial espacio y lo agradeció. Lo aprovechó para ponerse al día con la escuela y organizar sus elementos para la semana siguiente. Como si los meses del verano no hubieran pasado.
Ya quisiera.
.
Solo habían pasado tres horas desde que había regresado y ya se sentía sofocada. El lunes debería de comenzar las clases comunes, con sus profesores de siempre y sus amigos de toda la vida. Pero por alguna razón, eso no la seducía. Se había mantenido en casa y había evitado el contacto con quien fuera que quisiera verla. Aunque tampoco habían sido muy insistentes desde la primera negativa. Sobre todo, Mike y Jessica. Los que al menos, de los que hubiera esperado un poco más de esmero.
El domingo temprano, tomó su bolso y se vistió para ir al centro comercial. Tal vez una vuelta de compras podía refrescar su cabeza.
Con el lento caminar se dirigió a la serie de galerías de moda. Ni siquiera los maniquí tenían ropa atractiva que deseara comprar.
-¿Qué tal un tatuaje, hermosa?
Se giró hacia su derecha. Un hombre la miraba desde su completa altura como si fuera un halcón. Llevaba una camiseta negra que se ajustaba a su silueta y la piel que dejaba a la vista estaba cubierta por tatuajes de colores. Las perforaciones de su ceja, naríz y boca le daban un atractivo diferente.
-¿Lo estás pensando, cierto?
-En realidad, si.
El hombre rió fuerte.
-Vamos, puedo mostrarte algo para que te decidas.
Antes de que pudiera analizar lo que estaba haciendo, siguió al hombre dentro del local. Un cuarto espacioso, oscuro y tenue. Al pasar por un espejo se sintió terriblemente desentonada. Sus claros jeans ajustados y la blusa color amarillo eran algo que no convinaba con el ambiente.
-¿Quieres un retrato de ti misma?
Ella hizo una mueca y luego negó.
-¿Algo en mente?
Mi madre decía que los únicos libres, son los pájaros. Que los humanos lo son con quién realmente aman... Las palabras iluminaron su mente como por arte de magia. Sonrió al hombre.
-Totalmente.
Sin escatimar en gastos, dejó ir todos sus ahorros en aquella obra de arte. Jamás se había sentido tan libre de hacer lo que quisiera.
-Por cierto, mi nombre es Dimitri.
Le indicó mientras pagaba por el trabajo.
-Soy Bella.
El hombre sonrió.
-No luces como alguien mayor.
-No lo soy.
Dimitri detuvo sus movimientos y la miró. Ella sonreía tan brillante y segura de sí misma que soltó una carcajada.
-Te diré que vamos a hacer.
Si ella acordaba que jamás diría dónde se había echo el tatuaje, ambos ganaban. Él un negocio limpio, y ella su pequeño detalle.
-Me parece justo.
-De acuerdo, todos felices. ¡Marco, ponte adelante, tengo trabajo que hacer!
Recostada todavía en la camilla de la parte trasera del negocio, respiró con lentitud. Dimitri había sido particularmente rápido, pero había sido doloroso. Todavía podía sentir el golpeteo de la aguja contra su piel y hueso, una de las cosas que jamás olvidaría. Sobre todo, por el simple hecho de que acaba de hacerse un tatuaje sin supervisión adulta, basándose en un fundamente sobre el que no quería profundizar. Simplemente, lo había hecho.
Ella le había prometido que no lo olvidaría. Y tenerlo grabado en su piel, era algo que le debía, cuando él ya estaba estacionado de por vida en su alma.
-¿Lista?
Sin sentirse mareada, se puso de pie mientras el profesional limpiaba el área.
-Ten especial cuidado. Te daré cremas pero cuando éstas se acaben, puedes volver por más. Vuelve para un vistazo y jamás lo pierdas de vista. Es algo delicado, aunque muchos crean que es una tonteria.
-Ya lo creo.
-Muy bien, señorita perfección. Espero que tus padres em adoren luego de esto.
Ella sonrió.
-Una pena que no recuerde quién me lo hizo.
-Astuta. Veo que aprendes rápido.
Caminó de regreso a casa con una malteada en al mano y una sonrisa desplegada. ¿Realmente lo había hecho? ¿Gastar trescientos dolares por una tinta? ¿Una permanente?
-Totalmente fuera de control.
Rió.
.
Jessica dio pequeños aplausos en su dirección y se lanzó a sus brazos. Le devolvió el gesto y sonrió. Esa mañana se había levantado con más humor, dispuesta a seguir adelante. Pero al ver a su antigua amiga de siempre, sintió una punzada de añoranza. No era a esa chica a la que quería a su lado al comienzo de clases.
-Te ves más morena, no me agrada pero eso creo que se lo debes a la playa ¿no?
-Eso creo.
Murmuró. La superficial Jessica siempre saltaba a al vista. Su cabello largo y castaño estaba peinado con tenazas alisadoras. La pequeña chica frunció el ceño, Bella había olvidado que Jessica era mucho más baja de estatura que ella y eso la molestaba con furia. Más de una vez había destacado con sarcasmo sus largas y pálidas piernas. Ese era el motivo por el cual su amiga, jamás iba sin tacones. Aquello era producto de los celos, y varias veces trató de convencerse de que no era cierto. Pero ahora podía ver las cosas con mayor claridad. Su amiga era una ególatra y si algo no era de su estatus o no le agradaba, entonces era que estaba mal.
De todas formas, no podía cortarse las piernas simplemente porque Jessica estuviera opuesta a la idea de que Bella fuera más alta. Era así.
-¿Qué pasó contigo? ¿Has dormido algo?
Jessica le tendió una galleta dulce y ella la rechazó.
-Absolutamente nada en tres días.
Admitió sin interés. Bella rodó los ojos. Como si alguna vez Jessica pusiera atención a lo que saliera de otra boca que no fuera la suya.
Pero bueno, se detuvo mentalmente. ¿De dónde salía todo ese cinismo? ¿Realmente creía que siendo tan cruel las cosas cambiaría?
-Bueno, ya podrás contarme. De seguro querer ver a Maike está que te quita el sueño.
Su estómago se revolvió de neuvo. Estaba más que segura de que eso no era totalmente cierto.
-¿Lo has visto?
Jessica se miró al espejo para controlar su maquillaje.
-Seguro, por ahí… ¿vamos por un mocaccino?
-Claro.
La fácil distracción le ahorró la tarea de dar explicaciones. Lo cierto es que planeaba hablar con Mike, pero ahora sentía extrañas y poderosa fuerza para hacerlo y dejar de fingir. Lo sentía profundamente por la sensibilidad de su madre, pero no iba a pretender a amar a alguien que realmente quería bien lejos. En cierta forma, le hacía recordar a Jacob.
La cafetería estaba comenzando a llenarse mientras tomaban asiento en la mesa que había pertenecido a ellas desde siempre. Esa apartada del resto donde solo los alumnos más destacados se sentaba, a la que pronto dejaría de pertenecer en cuanto dejara al capitán del equipo. Miró su reloj con impaciencia. Contaba con ansias los minutos para que la campana la salvara del tedio que se sentía al volver a la escuela. No estaba especialmente entusiasmada como había imaginado que estaría.
-Cambia ese gesto de molestia, enseguida llegará Mike para que puedan recuperar el tiempo perdido.
Con furia dejó su café achocolatado de lado. ¿Por qué insistía con él? Estaba dispuesta a sacarlo de sus planes, pero si Jessica lo traía a colación oración de por medio, alguien iba a molestarse realmente esa mañana.
-¿Qué has hecho de tu verano, Jess?
La castaña la miró con los ojos empequeñecidos.
-¿Por qué? ¿Has oído algo?
Frunció el ceño y envió las manos al aire en señal de resignación.
-Hay alguien que está inllevable esta mañana. Solo estoy preguntando.
Gruñó. ¿Jessica a la defensiva? Solía ser difícil de llevar y a veces hacía sus máximos esfuerzos por manejar la situación de su bipolaridad, pero su tolerancia y su paciencia rayaban el cero. No se creía capaz de soportarlo por un año más.
-Esa eres tú, cariño. ¿Qué hay de tu verano?
Se encogió en su lugar. Detuvo de inmediato los atiborrantes recuerdos. Dejó seguir en blanco su mente, completamente vacía, como su cuerpo y sus sentimientos. De repente sintió un escalofrío de los recuerdos reprimidos. El frío la envolvía desde hacía tres días. Una sensación espantosa que estaba deseosa de olvidar y sacar de su cuerpo.
-Nada importante.
Elevó su mirada, trabándola a lo lejos. El alma se le cayó al suelo. Jessica sonreía abiertamente.
-¡Aquí viene Mike! ¿ya lo viste?
Deseó perderlo de vista. No entendía el entusiasmo de su amiga ni la presión que parecía estar emitiendo. No se sentí alista, no lo estaba. Tomó su bolso y se puso de pie con movimientos descuidados, muy fuera de lo común en Bella y su medida calibrada de todas las cosas. Atinó a irse, no podía le hacer frente.
-¡Ey! ¿Qué te sucede? ¿Quieres que le diga que te siga…?
-Cállate de una vez, Jessica.
La autoridad nunca antes utilizada, vibró en cada una de las palabras. La pequeña mujer se enderezó en su lugar. Sin poder creer que Isabella Swan había elevado su voz con frialdad. Tembló del terror y eso fue tan notorio que enmudeció. Sin detenerse a analizar la situación, Bella tomó camino hacia el baño femenino. El repiqueteo de sus tacones picaba en su dolor de cabeza tan fuerte como incontrolable. El cuerpo le temblaba de forma espantosa y los ojos amenazaban con soltar un llanto que hacía días contenía.
Se miró al espejo en la soledad del espacio sanitario.
El reflejo le devolvía una imagen de ella misma. El cabello caoba oscuro caía en perfectas ondas, echadas a un lado como una cascada. Su rostro estaba maquillado evitando que los surcos morados bajo sus ojos fueran tan notorios, peor eran tarea difícil. Sus ojos estaban delineados hasta resaltar el amarillo pardo de sus ojos. Sus labios llevaban un brillo rosa opaco y resaltaba en su piel bronceada. Su ropa, era perfecta. Camisa azul hielo, ajustada y abotonada hasta el lugar correcto. Sin enseñar, pero insinuando. La amplia falta plisada ajustaba solamente su cintura y terminaba cinco dedos antes de sus rodillas. Los tacones habían sido sus favoritos antes. Ahora deseaba ir descalza y caminar por arena.
Cerró los ojos con fuerza.
Antes de que todo le pareciera tan artificial.
Suspiró.
-No puedo seguir de esta forma.
Murmuró para sí misma. Humedeció la parte trasera de su cuello y tomó un hondo respiro. Debía enfrentar su último año. Estudiar, sacar los usuales sobresalientes y enviar las solicitudes para llegar a la universidad.. Reencontrarse con Mike, besar a su novio con añoranza y salir de compras con su mejor amiga. Volver a entrenar para el equipo de animadoras y salir a correr en las mañanas. Antes de tomar el primer avión que saliera hacia Nueva York y dejar todo atrás
Tenía que retomar su vida.
Luego de que la campana sonara se movió con rapidez hacia el salón de matemáticas. Jessica ya la esperaba en sus asientos y se esforzó por devolverle la sonrisa.
-Te ves mejor.
Señaló.
-Lo siento, fue una mala mañana.
-De acuerdo.
Le restó importancia antes de volverse al profesor. Uno sexy que pasaba su edad unos cinco años. Jessica quedó prendida. Era fácil fijarse en alguien atractivo. Ella apenas lo veía hablar frente a su rostro, tenía la mente forjando un plan cuidadoso de cómo demonios pasar el último año escolar.
-Mike dijo que te vería en el almuerzo.
Tragó pesado.
-Qué más quisiera.
Bingo. La respuesta que Jessica había estado esperando recibir desde el comienzo. Esa fue la última vez que trajo el tema de su novio a colación. Si lo hubiera sabido, tal vez lo hubiera soltado antes, pero ahora se sentía lista para enfrentarlo.
La clase no podría volverse más aburrida. Admirar por la ventana el clima fresco y soleado le recordó al verano. De tal forma que apartó la vista de forma violenta.
-Tal vez la señorita Swan quiera decirnos cómo se trazan las coordenadas geográficas en un mapa terráqueo.
Se detuvo en seco. ¿Él la había nombrado a ella? ¿Había oído bien? ¿A la más distraída de toda la clase? Posiblemente. Elevó su vista hacia el profesor, la pasó por la pizarra y tragó pesado. ¿En qué momento él había dibujado los gráficos de colores?
-Estoy esperando una respuesta.
Sentenció. Sr Vulturi. Recordó. El Sr Vulturi quería una respuesta… ¿cuál era la pregunta?
-Es una larga respuesta.
Respondió haciendo acopio de su valentía en demostrar que no era una pregunta realizada al azar. Que además, quisiera responder. Los ojos azules del profesor brillaron y creyó verlo sonreír. Pero no lo hacía. Cruzaba sus brazos sobre su pecho y la medía con curiosidad. Aquel movimiento resaltó sus potentes bíceps y ella no era la única que se estaba fijando en eso.
-Ilumínenos, señorita Swan.
Su acento era extraño. Tal vez debería de haber oído con más atención la explicación sobre sí mismo. Recordó que era nuevo en la escuela, probablemente también en la zona. Aunque eso no era lo que la distraía... ¿Cómo era que sabía su nombre en la primera clase?
-Bueno…
Analizó los puntos de ejemplo en la pizarra y sonrió. Su cerebro se despertó con rapidez.
-... Tokio: sus coordenadas son de 40º latitud norte, es decir, que está a 40 paralelos del ecuador, y 140º longitud este, es decir, a 120 meridianos del meridiano de Greenwich hasta el este, claro.
El Sr Vulturi asintió sin dejar de mirarla mientras hablaba. Bella recordó por qué algunos profesores la detestaban y otros la amaban. Sonrió con delicadeza y apenas ladeó su cabeza.
-¿Cree que esté bien?
Preguntó con timidez sobre fingida. Jessica ahogó su risa en una tos poco discimulada. Cayo Vulturi enarcó una ceja.
-¿Usted cree que esté mal?
Eso era jugar sucio. Bella volvió a analizar el mapa y el punto de referencia. Volvió la vista hacia el profesor. La había atrapado vagando sin sentido, la había traído de vuelta de una sacudida educativa. No estaba de más enseñarle quién era Isabella Swan y por qué se sentaba en la primer banca del centro en todas sus clases.
Sin poder evitarlo, sintiéndose muy poderosa, paseó su mirada por el hombre. Joven, rozando el pecado para sus alumnas. Alto, de un cabello extremadamente rubio y corto de forma prolija. Una mueca de diversión oculta detrás de su antifaz de profesor serio. Intentando llenar ese espacio vacío en su mente, lo admiró en detalle aún más. Delgado, pero no carente de musculatura. De ajustada camisa, correcta y precisa. Pantalones de vestir de un corte apreciativo. Sus piernas se veían agraciadas. Volvió a su mirada, algo no tan fuera de lo común. De un azul claro, casi transparente.
-No, Sr Vulturi.
-De acuerdo…
Ignorando que su alumna prácticamente lo había acosado hasta sentirse incómodo, prosiguió con la clase sin darle pie a más distracciones. Ahora sí que prestaba atención. Isabella se acomodó en su asiento y miró a Jessica. Ésta le guiñó un ojo y anotó los ejercicios de la pizarra.
Lentamente volvía a sentir que todo encajaba.
