Capítulo nueve.
Desde sus monótonas clases de lengua francesa, hasta el humor negro del profesor Sullivan con sus clases de arte contemporáneo e historia antigua. Deseaba que llegara la mitad de semana para poder comenzar con las prácticas de entrenamiento y ver a los chicos correr por el campo. Además de poder asistir a las clases extracurriculares que había elegido. Hacer arte con sus manos desde luego era algo que quería probar.
Jessica la encontró a medio camino de la cafetería. Estaba elaborando el menú que deseaba comer ese día. Algo rico en fibra para ir preparando su cuerpo…
-¿Oíste las últimas noticias?
-No, tú asistes a todas las clases con Lauren.
La castaña convino afirmativamente.
-Cierto…
Bella acomodó su bolso y enarcó una ceja en su dirección.
-¿Entonces… cuáles son?
Su amiga rió y le dedicó una mirada significativa.
-Hay dos estudiantes nuevos, son de intercambio.
La gente se arremolinaba en las mesas, pero no en la suya. Nadie tocaba la mesa que su grupo y ella misma ocupaban desde el primer año escolar. La fila para tomar la comida comenzaba a agrandarse y si no se movía con rapidez, no llegaría a tiempo.
-¿Ah, si? Eso es genial.
Murmuró sin perder de vista su mesa. Notó como varias cabezas giraban y los murmullos se volvían más bajos, en un patético intento de ser discretos.
-Bueno, dirías eso con más entusiasmo si los hubieras visto. Hay uno que está en nuestras clases de deportes, tiene una beca muy buena. Casi le rogaron que asistiera a esta escuela.
-¿Crees que merecen tanta atención además que lo obvio por ser nuevos?
La risa de Jessica la hizo voltearse para mirarla.
-Dímelo tú.
Levantó la vista hacia la puerta de la cafetería.
Todo el cuerpo se le volvió gelatina. El bolso que traía en el hombro resbaló de su lugar hasta colgar de uno de sus dedos. Su mandíbula cayó y luego se presionó en una línea firme. Como una película, los recuerdos del verano pasaron frente a sus ojos despertándola como si llevara tiempo dormida. De un golpe duro y despiadado. El esfuerzo por recobrar la normalidad de su vida decayó como muros de hojas secas en pleno viento otoñal.
-Bebe, te extrañé. Al fín te veo...
De forma posesiva sintió un brazo rodearle la cintura y unos labios extraños le besaron la mejilla. Ni siquiera pudo reaccionar a tiempo.
Contuvo el aliento.
Edward la miraba a la distancia a través de todo el estudiantado, sin expresión alguna en sus ojos claros.
.
Antes de que pudiera reaccionar salió fuera la incomodidad de la cafetería y la siguió fuera. Corrió por las escaleras. Demasiado tarde para encontrarla, la vio arrancar un pequeño y moderno Civic rojo. A toda velocidad, la perdió de vista.
Quemó el camino a casa, mucho antes de lo que hubiera esperado llegar. Solo quería llegar a su habitación y convencerse de que todo era un sueño. O mejor dicho, una terrible pesadilla.
Se paró en seco y miró dentro de la sala.
-¿Qué sucede aquí?
René levantó la vista hacia su hija. Ojos rojos, maquillaje corrido y el salto de cama cubriendo su cuerpo. Su visa se movió hacia los hombres de traje negro y corbata, sentados frente a ella con neutralidad. Enarcó una ceja y se acercó.
-Cariño, no te esperaba tan temprano…
-Lo veo. ¿Qué sucede?
Esta vez fue menos sutil.
-No es asunto de niños, señorita…
-Está en mi casa, yo decido si es de mi incumbencia o no. Soy lo suficientemente mayor.
Saltó mentalmente el hecho de estar a unos meses de la mayoría de edad. Su madre no intentó detenerla, por lo que optó por seguir con su acto. Se adentró y tomó asiento a un lado de su madre.
-¿Va a decirme?
Uno de los hombres acomodó su corbata con incomodidad y arrastró unos papeles hacia ella. De forma decidida tomó el archivo. Comenzó a leer en voz clara.
-Como le decía... tienen aproximadamente dos meses para pagar la cuenta excesivamente acumulada que tienen Señora Swan. O serán desalojados. La mayoría de sus bienes están embargados.
Un fuerte zumbido atentó contra sus oídos. René se dejó caer de espaldas sobre el sofá mientras comenzaba a sollozar. Bella estaba tiesa. Se giró hacia su madre.
-¿Dónde está papá?
Su madre hizo fuerza por no llorar.
-Se fue esta mañana.
Se puso de pie y corrió escaleras arriba. ¿Su padre las había dejado? ¿Abandonado? Prácticamente estaban en la calle. ¿De dónde sacarían el dinero? Su madre no tenía un trabajo y dudaba de que supiera hacer algo que sirviera como para ser tomado en cuenta en un empleo. Jadeó de dolor. Uno muy profundo y diferente del que había estado escapando esos días. Aquello era decepción.
El sobre descansaba sobre el blanco edredón de pluma. Lo tomó con mano temblorosa y lo desgarró lentamente.
Mi pequeña Bella:
Cuando leas esto, ya estaré muy lejos. Quiero pedirte perdón por mis actos, debes pensar que soy la peor persona del mundo y lo entiendo. Lo soy. He tratado con todas mis fuerzas de evitar esta situación pero fue inútil. Tú madre no tiene la culpa, es todo mía y aún, todavía soy lo suficientemente cobarde como para no revelarte por qué. Van a encontrar una forma de solucionarlo, lo sé. René es muy capaz y lo hará. De verdad lo siento. Te amo hija, la luz de mis ojos.
Charlie.
Sollozó con todo lo que había en su corazón. Una grieta que había comenzado a principio del día en su perfecta estructura, terminó por quebrar su muro. Como una represa rota, sus sentimientos se sintieron como el agua en búsqueda de libertad. Dejó ir el dolor.
Cada pensamiento se volvía contra ella misma. Edward, el único amor de su vida que ahora parecía burlarse de ella en todo su esplendor. Su perfecto verano, con todas y cada unas de sus vivencias. Sus nuevos amigos a los que ella extrañaba y no podía olvidar. Su padre con sus mentiras y su realidad fingida. La René sollozante que podía oír desde su habitación.
¿En qué momento su vida se había ido al demonio?
.
Luego de pasar toda la noche llorando, descargando su alma, se prometió que no volvería a hacerlo. Era hora de encontrar una solución. Su madre la necesitaba entera.
Hizo su aparición una hora antes de medio día, no se sentía con ganas de ir a la escuela.
-Buenos días.
El susurro de su madre la dejó en una pieza. Sentada frente a su taza de café, aún en ropa de cama y desalineada. Tragó pesado y se sentó a su lado.
-Mamá...
Su madre presionó su mano con fuerza y una débil sonrisa.
-Sabía que esto pasaría, cariño. Era cuestión de tiempo. Pero al menos esperaba tener algo de tiempo extra para encontrar una solución.
-La encontraremos...
-No. Ya lo he hecho.
Bella elevó la vista hacia su madre.
-¿Qué?
-He estado toda la mañana trabajando en esto. Nos mudamos esta misma tarde al departamento cerca del centro. Pertenecía a una vieja amiga que se irá de viaje por unos meses. Tal vez logre convencerla para que nos lo alquile hasta que termines la escuela.
Asintió despacio.
-¿Qué hay del dinero?
-Se lo pedí a Maurice Newton.
Bella se quedó petrificada.
-¿Por qué? ¿De todas las personas se lo pides a él?
Su madre la soltó, terriblemente insultada.
-No seas desagradecida, es un viejo amigo que nos aprecia demasiado. Él ofreció su ayuda sin nada a cambio. Además... es el padre de tu novio ¿cierto?
Cerró los ojos unos segundos.
No tenía otra escapatoria. El plan que había elaborado caía tan rápido frente a ella que no podía evitar darse de patadas mentalmente. Tenía que dejar aquello atrás. Maurice las había salvado de una gran mierda mientras que su padre había huido atemorizado y avergonzado. Así que él sí sabía que lo arreglaría, entonces lo tenía planeado desde un principio. Arruinar su familia por permitir que su madre pidiera el dinero a su viejo amigo. De todos sus amigos, a él.
El padre de su novio, como ella lo había dicho.
Le dedicó una sonrisa débil.
-Cierto, mamá. Lo es.
