Capítulo once.
Salió de la clase sin que fuera interceptada. Ni por Jessica que trató de alcanzarla. Se escabulló entre los estudiantes del pasillo y tomó la salida de emergencias lateral hacia un costado del edificio. Dejó su espalda reposar contra el concreto y dejó caer el bolso al suelo. Cerró los ojos y trató de mantener una respiración uniforme.
Sentía sus pulmones a punto de estallar al igual que su cabeza. Sabía lo que era. Los había sufrido desde que era pequeña. Pero casi los había olvidado.
Un ataque de pánico.
Edward corrió por detrás de ella. Dispuesto a darle una pelea. Cuando la encontró luchando por respirar olvidó toda su furia. Dejó caer su mochila y corrió por ella. Colocó una de sus manos sobre su estómago y otra a un costado de su cuello.
-Tranquila. Está todo bien, estoy aquí. Respira conmigo.
Bella se agitó.
-Vete... se pasará...
Jadeó intentando de apartarlo. Edward afirmó sus manos.
-No me iré.
Edward marcó un paso regular de respiraciones. La culpabilidad se instaló en su cuerpo. Verla tan vulnerable y sensible, tan débil y lastimada. Bella calmó su acelerado pulso y su creciente desesperación cedió a la calma. Las manos de Edward jamás la dejaron sola. Llevándola a respirar con él. Hasta que su caja torácica dejó de convulsionarse y su cabeza se aclaró. Lentamente abrió los ojos.
-¿Mejor?
Asintió despacio. Bella se mantuvo muy quieta, pegada a la pared, lo más alejada que pudiera mantenerse de Edward. Solo entonces dejó caer sus manos. Su verde mirada era superficial, vacía. Se mantuvieron en silencio unos segundos.
Bella no podía mantenerse firme. Se dejó caer hasta el suelo y recargó la cabeza sobre sus rodillas. Edward estuvo sobre ella en un segundo.
-Ven, voy a llevarte a tu carro.
-No.
Lo apartó y se aventuró a mirarlo a los ojos. Lentamente se puso de pie. El cuerpo parecía gelatina, pero mientras antes enfrentara a Edward, mejor sería para ambos.
-Tenemos que hablar.
-Eso puede esperar.
Muy a su pesar podía dejar la charla para después. Nada le importaba más que el bien estar de Bella. Y ella no lucía particularmente bien en ese momento. Estaba pálida y podía ver cómo temblaba su cuerpo. Pero no podía acercarse a ella más de lo estrictamente correcto. Algo en su interior se lo impedía. Seguro de que una vez que cruzara aquel límite, todo estaría perdido y estaría rogando por su amor antes siquiera de haber exigido una respuesta.
-No puede. Es ahora.
-De acuerdo.
Se alejó unos cuántos pasos para mirarla completamente. Ella lucía como el demonio, pero podía hacerlo. Recordando la forma en la que ese desgraciado la había rodeado con sus brazos y él había tenido que mantenerse firme frente a ella.
-¿Quieres hablar? Empieza por explicarme quién demonios es Mike Newton.
Ella se puso firme. El dolor se clavó en su corazón tan profundo que estaba segura de que no podría sacarlo nunca de allí. Su máscara de indiferencia fue un golpe bajo para Edward.
-No, no es eso lo que tengo que explicarte. Es dejarte en claro que ésta es mi vida ahora, esta es lo que soy yo. Tu y yo, no nos conocemos. Vienes de lejos y yo soy de aquí. Así es.
-¿Así es?
Murmuró. Sus ojos dejaban a la vista el dolor y ella no pudo soportarlo por mucho tiempo. Sabía que era por el bien de ambos que aquello no continuara.
-Te equivocas, te conozco... y ésa no eres tú. Yo conozco a la Bella auténtica.
-Isabella. Mi nombre es Isabella.
Se enderezó y tomó el bolso sobre su hombro.
-La que conociste no existe más. Soy lo que ves. Finalmente puedes ver cómo soy. Tengo una vida y una reputación que mantener, ruego por tu silencio. Fue una aventura de verano. Te lo dije, y así se mantiene. No te me acerques, Edward. Tú no me conoces.
Le dio la espalda y se retiró con lo poco que quedaba de estabilidad en su cuerpo. Incapaz de admitir que si se acercaba podría caer en sus brazos e implorar por su perdón, le impidió que se le acercara. Pero en contraste con sus palabras. Era por que él sí la conocía realmente y nada la aterraba más. Sentía ese verano como si hubiera sudo algo muy lejano e irreal. Edward era parte de aquello y tenerlo allí, era un vil recordatorio de su burda realidad. La que debía enfrentar porque nada estaba a su favor. Debía mantener la frente en alto y ser firme hasta el final. Tal vez pudiera mantener a Mike a raya y cuando dejara la escuela terminar con la farsa.
Pero por ahora, tenía que seguir el plan. Ser un modelo de alumna para entrar con una beca completa en alguna escuela decente que pudiera mantener con algún sueldo de empleada de segunda.
El pecho se le oprimió. La última mirada de Edward estaba grabada a fuego en su cabeza.
Edward pateó el montón de hojas acumuladas y deseó gritar. Correr hacia Bella y exigirle más explicaciones. No iba a tolerar esa excusa barata de ser "la aventura de verano". Aunque le dolía en el alma abrir los ojos y darse cuenta de que nunca había sido más que eso.
-Aquí estas, vamos a llegar tarde a Summ's ¿nos vamos?
Asintió en dirección a su hermano y caminó por delante de él.
-¿Qué ocurre contigo?
-Quiero arrancarme algo del cuerpo.
Su mente para evitar que cada recuerdo de Bella lo atormentara hasta cuando dormía. Cualquier cosa que le recordara a ella y cómo había lucido. Su esplendor, su sonrisa y sus besos. Su piel, su amor. También quiso extirpar su corazón. Si es que ese músculo era el culpable de sus sentimientos. Los que quería desterrar con esmero y no lograba.
-Empieza por las hojas ¿qué demonios estuviste haciendo?
-Déjame en paz.
Gruñó mientras se sacudía la chaqueta y parte del pantalón.
-¿Tiene algo que ver con Bella?
Emmet era astuto. Desde luego que iba a saberlo de momento a momento. Pero no tenía que saber justo ahora que acaba de ser rechazado cruelmente sin explicaciones por parte de la única chica a la que había accedido a contarle su mundo y ofrecerle su voluntad en una bandeja de plata. Dentro de una caja con un gran moño. Había sido un estúpido.
Se giró y tomó a su hermano por la camiseta. Luego lo empujó lejos.
-No vuelvas a mencionármela.
.
Bella lloró todo el camino de regreso al departamento. Sabía que su madre no estaba y paseaba por el centro en búsqueda de suerte por algún empleo disponible. Aprovechó la oportunidad para derramar sus lágrimas de forma tendida.
Ése era el momento en el que necesitaba un amiga y no la tenía. Jessica no era de confiar. No es de las que le cuentas las travesuras que hiciste en un verano. Menos si se trata de la mano derecha de tu novio. Novio. Tembló de pánico.
Mike había organizado una cena y ni siquiera se había molestado en avisarle. Dio por sentado de que lo haría. Enfrentar a toda la familia Newton siempre le había dado pavor. Ahora no toleraría mirar a la cara a su padre, su suegro, quién las había ayudado a ella y a su madre a salir del apuro. Deber un favor a alguien podía costar la libertad de su alma.
Se dio una ducha de agua fresca y limpió sus pensamientos. Tenía que pensar en frío. Por más que fuera doloroso, había aclarado un ítem de su lista. Edward. Él sabía qué lugar ocupaba en su vida, aunque él creyera que era mucho menor al que realmente tenía.
Lo segundo, era encontrar un trabajo de medio tiempo.
Tomó la chaqueta y condujo hacia el centro. No tenía ni idea de lo que hacía, caminando por las calles esperando un poco de iluminación mágica o inspiración divina. Tal vez debería buscar un periódico y probar su suerte en la lista de empleados. O recurrir al Mc Donald del centro comercial. Aunque sería lo último a lo que recurriría.
Entrada la tarde estaba desesperada. Había preguntado en dos tiendas de ropa y en dos supermercados. Nadie necesitaba una ayuda extra. Paseó su vista por la acera y encontró la librería abierta. Encuentra tu consuelo con una taza de té y un buen libro. Rezaba el cartel de la entrada. El lugar se veía pacífico y lúgubre. Rústico de madera y pasillos tenues poco iluminados por luces amarillas.
Necesitaba un poco de paz.
Encontró a una muchacha en la entrada, de cabellos desordenados y cortos, cubiertos por una gorra azul de lana. Algo fuera de lo común para el fin del verano. Ella elevó su mirada, unos grandes ojos azules y una sonrisa amistosa.
-¿Puedo ofrecerte algo?
Bella se acercó un poco más.
-Solo quiero sentarme a leer y beber algo de té.
La chica sonrió y le indicó la sala vacía.
-Gracias.
-Serviré tu té en un instante.
Asintió y se dejó caer en el sofá. No había muchas personas dada las dimensiones del local, pero varios estudiantes, incluso universitarios parecían sumirse en sus lecturas. Con café, chocolate calientes, té o capuchino. Estiró la mano para tomar un ejemplar de la mesa pequeña. Era uno interesante. Bram Stoker. Ya había leído Dracula en otras ocasiones, era un libro demasiado bueno en su opinión.
Le dejaron su té sin que ella lo notara, se había perdido en el comienzo de otro de sus libros preferidos. Orgullo y prejuicio. Podía leerlo y jamás cansarse. La trama era atrayente. Las historias basadas en otras épocas eran su pequeña pasión. Las adoraba. Los caballeros y las damas. El amor puro y real. Tan distinto de la literatura moderna.
-Demonios...
Se levantó de inmediato a sostener la escalera de una anciana que ordenaba los libros de la estantería superior. Varios libros habían caído al suelo.
-¿Está bien?
-Seguro, niña. ¿Puedes pasarme esos desgraciados? Han escapado del orden, los muy desagradecidos.
Rió mientras los tomaba. Era la selección completa de Jane Austen.
-Gran escritora.
La mujer se volteó para tomar los libros.
-¿Los has leído?
-Lo suficiente como para formar una opinión.
-Dímela, por favor.
Bella se lo pensó. Jane no era una de sus escritoras preferidas, pero si amaba a uno de sus libros. Por lo tanto, tenía una buena opinión al respecto.
-Bueno... hace un descarnado análisis psicológico de la hipocresía, el orgullo mal entendido, los prejuicios o la debilidad de carácter y el miedo. Sus obras están llenas de sus experiencias personales. Todas aparecen reflejadas cuyas protagonistas son mujeres de la burguesía o incluso de la baja nobleza, pero con pocos recursos que no pueden elegir su vida, buscan su sustento o acceder a su herencia por su condición femenina.
Bella sonrió recordando partes de diferentes de sus historias. Denominadas novela rosa por algun motivo fantástico.
-Tiene mujeres fuertes, inteligentes e ingeniosas que no están dispuestas a abandonar quiénes son ante los deseos de los demás. Pero dan sus vidas por el amor. Pero éstas siempre exigen ser tratadas como criaturas racionales, tan capaces y dignas de respeto como cualquier hombre. Creo que sus obras representan el valor de respetar a las mujeres, para la época en la que se encontraba era un gran acto de valentía.
Sus mejillas se tiñeron de rojo y soltó una carcajada. Había estado soñando y deliberando en voz alta.
-Lo siento.
La anciana ya había descendido hábilmente de las alturas. Esptantada frunció el ceño.
-Jamás pidas perdón por tus conocimientos, niña.
-De acuerdo.
Le ofreció una sonrisa amable.
-¿Cómo es tu nombre, jovencita?
-Isabella...
Dijo de forma automática.
-...pero puede decirme Bella.
-Y dime... ¿qué opinas de Brontë?
-Retorcida, pero apasionada.
La mujer rió mientras palmeaba su hombro.
-Ven, sígueme.
Bella siguió a la mujer hacia el recibidor. La muchacha de cabellos negros levantó su vista hacia las dos personas frente a ella. Sonrió con afecto hacia la mujer.
-¿A quién acabas de pescar, Bree?
-Calla, insolente.
Se giró hacia Bella y la tomó de un hombro para acercarla.
-Alice, te presento a Bella, nuestra nueva asistente de literatura.
