Capítulo veinte.

Se dio una última mirada al espejo y sonrió. Recogió su cabello en una cola de caballo y ajustó su ropa deportiva. Tomó el bolso de viaje y corrió hacia la cocina. Había tenido uno de los despertares soñados. Edward dormido era todo un poema. Pero verlo despertar, abriendo los ojos de a poco, desplegando la perezosa sonrisa y envolviéndola en sus brazos para rogar cinco minutos más. Era el espectáculo que quería ver cada día de su vida.

-Te ves bien.

Ajustó la caja de leche en sus manos para que no cayera y se giró hacia la mesa redonda de la cocina. René estaba abrazada a sus piernas y le daba una sonrisa sincera. Limpia de rencores y una mirada amistosa.

-Gracias. Hola mamá, no sabía que estarías despierta.

Apenas se habían visto en la semana y simplemente, había esperado que se iría sola. Pero allí estaba su madre. Se fijó en la mesa, el tazón con sus cereales favoritos y las frutas. Se sentó frente a ella.

-Quería despedirme, no te veré por dos días completos. Sé que desayunas esto cada día.

-Si, gracias.

Algo la hacía sentirse levemente incómoda. No es que no estuviera acostumbrada a la presencia de René. Admitía que no habían sido unidas anteriormente, y luego de la huida de su padre, algo había terminado por romperse. Ahora se trataba de su única familia.

-Bella...

Y nunca era tarde para recuperar cualquier tipo de vínculo. René se estiró y tomó su mano con fuerza.

-... me enteré de todo.

Bella tragó pesado, apartó la vista y asintió. Se esforzó por no apartar la mano.

-Lo siento.

-Tú no hiciste nada.

-Sí lo hice. No soy ciega de la clase de hija que tengo.

-Mamá...

René presionó su mano y la obligó a mirarla a los ojos.

-Lo siento. Dejé que cargaras tú sola con el peso. Yo soy la que le debía el dinero a los Newton, no tú. Era mi deber dejar que hicieras tú vida sin darte las responsabilidades que no te correspondían. Pero estaba tan ensimismada que no pude verlo.

Bella presionó la mandíbula y ajustó la mirada.

-Lo hice porque quise.

-Lo que no significa que esté bien. Solo te empujé hacia Mike porque pensé que era lo correcto. Pero estaba siendo muy egoísta pensado que eras yo. Tienes dieciocho años, más de los que yo tenía cuando estaba embarazada de ti. Pero tú no tienes ningún bebé del que ocuparte. Tu padre y yo tuvimos que pelear duro por darte todo lo que merecías.

Apartó la mano con violencia.

-No quiero hablar de eso.

René se enderezó en la silla.

-¿Por qué no? Que se haya ido no quiere decir que esté muerto. Sigo amándolo y seguiré sin entender por qué se fue, Bella. Eso no cambia el hecho de que nos amamos y formamos una familia.

Bella se giró despacio hacia ella.

-¿Lo amabas?

La primer sonrisa de verdad que había visto en años. Esa que solo ella tenía hacia Charlie. Apareció en su rostro como si fuera el amanecer más hermoso.

-Con todo mi corazón.

-¿Cómo es que... por qué él dijo que todo hubiera sido mejor si te casaras con Maurice?

René frunció el ceño.

-No sé donde oíste eso... pero, en realidad, dejé todo por Charlie. Mi familia tiene una buena posición social, estaba comprometida con Maurice. Lo quería, pero lo que sentía por él no estaba ni cerca de ser lo que sentía por tu padre. Entonces, tú llegaste y supe que no podía irme lejos de él.

Bella se dejó caer en la silla sin dejar de mirarla.

-Me desheredaron. Hasta donde supe, mis padres fallecieron hace tiempo y la herencia pasó a una prima.

René se encogió de hombros.

-Nunca conté con ellos, no lo hago ahora tampoco ni me importa su dinero.

-¿Por qué me dices esto ahora?

-Porque necesitas dejar de culparte por la idea de Charlie.

Bella apartó con violencia las ganas de llorar.

-¿Lo hago?

-Siempre has sido más adulta de lo que deberías, Bella. Responsabilizarte por todo siempre ha sido tu fibra sensible. No necesitabas seguir con Mike por compromiso, no necesitabas conseguir un empleo ni vender tu coche. Pero lo hiciste porque simplemente había que hacerse. ¿Lo ves?

Asintió. René sonrió, se acercó a ella y acarició sus mejillas.

-Solo me alegra de ver color en tus ojos de nuevo.

Bella apenas sonrió.

-Espero que sea quién sea al que hayas elegido ante Mike, valga la pena.

René no era tonta por más ausente que pudiera verse. Ni ciega como para no notar el brillo que tenía reluciente a Bella. La abrazó fuerte y besó su coronilla.

-Solo quiero que seas feliz, mamá.

-La prioridad eres tú. Tú me haces feliz.

Los estudiantes estaban reunidos en en grupos dispersos en el aparcamiento de la escuela. El sol apenas comenzaba a salir, la neblina llenaba el lugar e imposibilitaba la vista a más de tres metros. Ataviada con una gruesa campera, le dio le último adiós a su madre y acarreó con su bolso hasta la agrupación.

Por primera vez notó, que no tenía a quién recurrir. Edward no parecía ser una opción ahora, Emmet y Rosalie eran menores y ese viaje era solo de los de fin de curso. ¿Tan absorta en su propia vida podría haber estado?

-Miren quién ha llegado.

Se giró hacia Cayo y negó con su cabeza.

-¿Tratando de sentirte joven de nuevo?

Cayo rió fuerte.

-Eso fue un golpe bajo, Swan.

Sonrió con majestuosa sonrisa.

-Lo sé... no sabía que vendrías.

Cayo suspiró con fingido aburrimiento.

-No es de mis pasatiempos favoritos estar rodeados de adolescentes, pero no tenía otra opción. Astrid no vendrá.

Bella enarcó una ceja.

-¿De verdad? Ella lo hace todos los años.

-Bueno, este no, sabelotodo. Está camino al hospital, su hija está por tener a su segundo hijo.

-Genial. ¿Así que... cuánto lloraste por levantarte esta mañana?

-Más de lo que me hubiera gustado. Mi cama estaba caliente.

Hizo una mueca.

-Si, la mía también.

Cayo abrió sus ojos y luego los empequeñeció.

-¿Hay algo que no me estés contando?

Bella rió.

-Definitivamente.

-¿Serán las dagas que me está enviando Cullen a través de su mirada en este mismo momento por estar hablando contigo, justo lo que estás ocultando?

-Justo eso.

Cayo palmeó su hombro y dejó la mano allí.

-Tú y yo tendremos una larga conversación, señorita.

Bella estuvo a punto de responder si su boca no se hubiera silenciado casi tan rápido como había mirado a Edward. De pie frente a ella, alternando su mirada entre Cayo y ella. Hasta que la detuvo en ella.

-¿Puedo hablar contigo?

Vulturi apartó la mano. Jugar con un adolescente hormonal, eso era su pasatiempo. Le envió una sonrisa plena a Bella.

-No olvide... nuestra charla, señorita Swan.

Estaría en grandes problemas por eso. Cayo estuvo lejos antes de que pudiera patear su trasero por eso. Edward enarcó una ceja.

-¿Una charla?

-Puedo explicarlo.

-No te preocupes, tendremos un largo viaje. Vas a sentarte conmigo.

Bella sonrió de forma forzosa.

-Gracias caballero, pero prefiero que me lo propongan no que me lo impongan.

Sus palabras dieron justo donde quería que dieran. Edward casi sonrió. Se giró a tiempo para retenerla de la cintura y atraerla hacia él. Desplegando finalmente su sonrisa.

-¿Segura? Soy difícil de eludir.

Estaba más que segura de que nadie se había perdido aquello. Pero entonces, era en lo menos que podía pensar cuando tenía a Edward a tentadores centímetros de su rostro.

-Segura. Has hecho un buen trabajo...

-...tachando cada nombre de tu lista.

Sonrió con eficiencia.

.

La reserva era más amplia de lo que ellos habían imaginado. Un largo camino de tierra empedrada estaba custodiado por pinos altos. El sol de medio día apenas calentaba sus pieles. La residencia principal era similar a un motel, pero rústico. Con paredes de piedra y ladrillo, la galería estaba protegida con barandales de madera antigua y la escalera rechinaba en cada escalón. El techo era de tejas rojas desteñidas, de dos plantas y grandes ventanales.

-Las chicas estarán en la habitación superior mientras que los chicos, en al inferior. No queremos ningún tipo de cambios de media noche ¿entendido?

Edward le envió una triste mirada y rió, codeó su brazo y continuó por el camino hacia la estancia.

A un costado tenían su propio abastecimiento con un huerto de frutas y verduras de estación, más lejos estaban los gallineros y tenían una vaca amarrada a un árbol mientras pastaba. El establo era lo que más lejos se encontraba.

-¿Por qué se supone que estaremos aquí?

Bella asinitó, pensó que era una respuesta interesante.

-Sentir la vida de la naturaleza. De ahora en más, detallarán todo lo que vean. La forma de vida del campo, los vecinos, los animales. Todo lo que puedan explayar en un ensayo de veinte hojas para hacerme feliz acerca de la vida en las montañas.

Las quejas fueron a coro. Cayo los detuvo con la mano en alto.

-Por la noche habrá una fogata que se hará alrededor del fuego central.

Señaló un punto en medio del patio. Un círculo de piedras encerraba un amontonamiento de maderas de todos los tamaños. A los alrededores habían colocado troncos como forma de asientos.

-Tienen exactamente quince minutos para establecer sus cosas y bajar a almorzar al comedor principal.

Luego del almuerzo las actividades se repartieron en grupos. Edward tuvo el desdicha de estar en un grupo de trabajo diferente de Bella. Ella más bien se sentía cómoda haciendo nuevos amigos.

-¿Crees que te consolará tenerme a mí en el equipo?

Golpeó amistosamente a Jasper.

-Seguro ¿qué tenemos que hacer?

Juegos. Para ser adolescentes poco acostumbrados a ello, los habían obligado a dejar todos sus aparatos tecnológicos en las habitaciones.

A media tarde comenzó la primera actividad. Cada grupo poseía un color diferente y estaban acompañados por un profesor. Las banderas de cada equipo estaban ocultas dentro del radar establecido. El objetivo era hallar la que les correspondía, sin revelar cuándo habían visto otra de otro equipo.

-Parece fácil.

Cayo hizo una mueca.

-Oí a Molly distribuir las banderas. No será fácil.

Bella caminó a su lado mientras el resto del grupo seguía por detrás buscando en otros sitios.

-¿Crees que haya dejado algunas sobre los árboles?

-Es muy pequeña para hacer eso.

Cayo amplió el mapa y señaló un punto.

-En teoría estamos aquí.

-¿Eso supones?

Bella tomó el mapa y lo giró. Señaló el punto de partida.

-Así. Salimos de aquí y caminamos en línea recta.

-¿Crees que fue recta esa curva de árboles?

Ella apartó el mapa.

-No será muy difícil.

Aún oían los otros equipos gritarse entre unos para avanzar o para cubrir las pistas de los rivales. Edward bajó el árbol de un salto y negó.

-Es la roja.

Lucy, una chica morena estaba cansándose de aquello.

-Es la tercera bandera que encontramos y no es la nuestra. Nadie nos dirá dónde está la azul.

Edward siguió caminando.

-Puede ser ¿por qué estás tan agotada? Es un juego divertido.

-Lo es para los chicos, las chicas nos cansamos de ésto.

Jasper se encogió de hombros.

Pasó la vista por el río, y se volvió hacia un punto. En medio de la corriente había un árbol. De la forma más extraña que pareciera. En una de sus ramas estaba la bandera azul, y del otro extremo, la blanca. Bella bajó el larga vista y se volvió hacia Cayo.

-La vi. Está en el río.

El último grito de victoria. Cayo frunció el rostro.

-Eso significa que somos los últimos dos equipos que quedan. Se volvió una competencia.

-¿El río? Eso está lejos.

Bella volvió a pasear la vista por el río. Del otro lado divisó el grupo azul. Gruñó.

-Tengo una idea, distrae al grupo azul, voy a correr por la bandera blanca y la victoria será nuestra.

Un chico de su clase de literatura frunció el ceño.

-¿Eso no es trampa?

Bella sonrió.

-Es estrategia.

Edward llevó el grupo hacia adelante, el tercer grupo había encontrado la bandera. Casi caía la tarde y ellos aún no habían podido lograrlo, al igual que la blanca no había aparecido. Desvió su camino hacia un grupo de arbustos y oyó los bajo murmuros.

-La azul.

Hizo que su grupo se callara, arrastró su cuerpo por el suelo para no ser visto y se asomó entre los arbustivos.

-¿Entonces la blanca sigue sin aparecer?

-Si, la última que vimos era la azul atada al pilar de madera.

Lo que en realidad no era un pilar de madera, sino una pira en homenaje a las brujas quemadas allí en las viejas tradiciones indígenas. Se volvió hacia el grupo.

-El equipo blanco dice que encontró al bandera azul en la pira.

Jasper frunció el ceño.

-Pasamos por ahí dos veces y no estaba.

Edward se volvió a asomar, Bella no estaba entre sus compañeros. Frunció el ceño y volvió a esconderse.

-Si, encontramos todas menos la nuestra ¿quién demonios las escondió?

-De seguro quién fuera, no quería que ganáramos.

Volvió a bajar la cabeza, su vista captó un movimiento. Se giró hacia la derecha. Bella corriendo a toda velocidad hacia el lado opuesto del campo. Maldijo. Se puso de pie y corrió hacia a Jasper.

-Es una trampa. Lleguen frente a la casa principal, voy por la bandera.

Bella ajustó el paso, otra gota aterrizó en su mejilla. Miró el cielo. Antes despejado, ahora completamente encapotado. Tenía el río a unos tres metros y no llegaría a tiempo si la lluvia detenía su paso.

El silencio no fue lo único que oyó en sus oídos. Se volteó y encontró a Edward siguiendo sus pasos luchando por igualar la carrera. Hizo acopio de todas sus fuerzas y llegó al borde del río antes que él. La lluvia comenzó a caer, fina y constante. El único camino para llegar al árbol era saltar las grandes piedras hasta las raíces del árbol. Tomó un respiro y con el primer envión llegó a la primera piedra plana.

-¡Bella, espera!

Edward estaba a una carrera lejos de ella. Saltó a la segunda piedra, la lluvia se volvió más copiosa. Con la tercera y cuarta piedra, llegó a la raíz. Saltó sobre sus pies y tomó la bandera. La levantó en alto y rió.

-¿Estás loca? No se puede saltar un río cuando comienza a llover, Bella.

Arrancó la bandera azul y la metió en su bolsillo. Bella rió y besó su mejilla de paso hacia las piedras. Se detuvo antes de saltar, Edward al sostuvo por la cintura.

-Edward...

-¿Qué sucede?

-La primera piedra desapareció.

Edward elevó la mirada hacia la naciente del río, la corriente iba más veloz que cuando habían llegado. Llevaba casi todo el día amenazando con una tormenta por allí abajo, pero eso le decía que en la cima llevaba tiempo lloviendo. Como si fuera poco, la lluvia se volvió más constante, con más fuerza y cantidad.

-Iré primero. Tienes que ser rápida y segura, Bella. Tenemos que salir del río antes de que la crecida nos atrape.

-De acuerdo.

Tomó la delantera y dio le primer salto. Las piedras estaban mojadas y resbaladizas, mantenerse en pie era tarea difícil y el equilibrio era casi imposible. Edward le tomó la mano con firmeza y la sostuvo en su misma piedra hasta que saltó por la segunda. Cuando llegó al última, el río la había cubierto por completo.

-Vamos a mojarnos.

Bella sonrió con nerviosismo.

-¿Más de lo que ya lo estamos?

Edward se mantuvo en pie en la piedra, pero era muy pequeña como para que cupieran ambos. El agua le llegaba a las pantorrillas. Si se quedaba a un lado de la piedra, corría el riesgo de ser arrastrado por la fuerza del agua.

-¡Salta a la orilla!

-¡No!

-¡Edward, hazlo, vamos a caer los dos si no lo haces!

Bella insistió. Edward saltó lejos, lo más cerca que pudo quedarse de la piedra para saltar por ella si sus pies llegaban a fallar. Bella respiró profundo y saltó. La corriente arrastró sus piernas y se inclinó sobre sus rodillas para mantener la estabilidad.

-¡Salta, te sostendré!

No podía saltar hasta que no tuviera los pies firmes y el agua amenazaba con no dejarla lograr el cometido. Pero si lo pensaba demasiado tiempo, iba a terminar en la corriente. Enderezó el cuerpo y saltó hacia la orilla.

La atrajo a su cuerpo y respiró con normalidad. Se apartó y apartó el cabello húmedo de su rostro.

-¿Estás bien?

Bella sonrió, tenía los labios morados y comenzaba a temblar.

-Congelada hasta los huesos.

Un rayo iluminó el cielo, el estruendo fue lo suficientemente fuerte como para dejarlos sordos. Bella se echó a temblar. No llegarían a tiempo a la residencia principal si la lluvia decidía aumentar. El suelo no era firme y tenían que ponerse al resguardo lo antes posible.

Bella señaló un punto, luchando por quitarse el agua de los ojos.

-En esa dirección hay un granero.

Gritó cerca de él para que la oyera. Los rayos estaban siendo más seguidos e igual de fuertes. Corrieron hacia el oeste del río. El granero tenía abiertas las dobles puertas de madera. El olor a heno y caballo invadió sus narices de inmediato. Había funcionado como estable tiempo antes. Se trataba de una morada antigua. La pared lateral a su izquierda tenía una colección de cuadros, enmarcaciones de antiguos logros. Edward rebuscó con su vista y abrió un arcón de madera labrada. Extrajo dos pesadas mantas y extendió una sobre los cuadrados de forraje.

-Este olor va a descomponerme.

Edward le tendió la manta.

-Es mejor que estar mojándose. Quítate la ropa y envuélvete en ésto.

-Creo que no puedo moverme.

Él levantó una ceja en alto.

-¿Quieres que te ayude?

Sus mejillas se tiñeron de rojo y rió, pero no apartó su mirada. Aún recordaba lo de cero vergüenza cuando estaba junto a él.

-Está bien, gracias.

Tenía cada cosa mojada. La chaqueta de deporte, la camiseta y los pantalones. Sus zapatillas eran solo agua. Edward le dio su espacio mientras ella se desvestía. No había nada con lo que pudieran prender fuego. Solo un par de velas, las lámparas de queroseno estaban agotadas.

Se dejó caer en medio de la manta y se abrazó a su cuerpo. No pudo apartar la vista de la espalda desnuda de Edward. Recordaba su cuerpo como si fuera el suyo propio, pero ahora parecía más musculoso, incluso más alto. Se quitó los pantalones y envolvió su manta por sus hombros.

-Estás temblando.

No podía aclarar que no se trataba de frío. Por lo que se dejó abrazar, el calor de Edward la envolvía tan bien que se sentía justo. Apartó la manta de su cuerpo y se tendió a su lado cubriéndolos a ambos. Su piel estaba fría al tacto. Poco a poco dejó de sentir frío. Edward se acercó a su cuerpo pequeño. Encajaba en sus brazos como si hubiera sido creada para ellos.

-¿Mejor?

Edward sonrió.

-Mejor que nunca.