Disclaimer: Nada me pertenece. No lo hago con fines de lucro. Es una adaptación. Personajes: J. K. Rowling. Historia: Penny Jordan.

Capítulo 3

Había pasado otro día... gracias a Dios. Hermione suspiró, cerró la puerta de la oficina y salió deprisa. Estaban a principios de noviembre y afuera había oscurecido y hacía frío.

Habían estado muy ocupados, pero no era por eso por lo que estaba tensa e inquieta. Incluso Draco, su socio, comentó que ya que no era la misma mujer fría y serena de antes. Y todo por culpa de Harry, pensó con rabia y apretó los labios.

La semana anterior había recibido una carta de su madre en la cual le decía lo emocionados que estaban ella y James al saber que la tendría en casa por Navidad... al parecer Harry ya les había dado la noticia.

Era lógico; estaba cerrándole todas las puertas para asegurarse de que no pudiera encontrar la forma de no tener que volver a casa. ¿Estaría muy enfermo James? Frunció el ceño; cada vez que le preguntaba a su madre por su padrastro recibía respuestas tranquilizadoras pero evasivas. Según su madre se trataba de una simple angina de pecho, pero ¿y si era más que eso, y si era...? Sabía que no podría perdonarse que James muriera sin haberla visto antes.

Aun así, la situación le resultaba muy desagradable. ¡Si Harry no viviese tan cerca de Queensmeade! Como él se había hecho cargo de la dirección de la fábrica, entraba y salía constantemente de Queensmeade. Allí es donde trataba los negocios con su padre. Ella no se presentaba en aquella casa a no ser que estuviese segura de que él no iba a estar. No soportaba la idea de verlo en el sitio donde habían sido tan felices.

Conociendo la arrogancia de Harry, era lógico que esperase que Hermione olvidara el pasado y actuara como si nada hubiese ocurrido. Si Romilda no le hubiera abierto los ojos se habría casado con él y nada tendría remedio ahora. Habían planeado contarles a James y a su madre lo que sentían cuando ellos volvieran de sus vacaciones; Harry incluso habló de una boda en Navidad. Que inocente fue al creer que la quería de verdad; y qué bien había sabido él ocultar sus verdaderos sentimientos.

Lo que más le dolía no era el haberle querido, sino que también había confiado en él, le había admirado y adorado durante su infancia... Se había quedado tan aturdida ante el maravilloso hecho de que su dios la quería, que no tuvo la cordura suficiente como para preguntarle por qué un hombre experimentado de más de veinte años se había enamorado apasionadamente de una adolescente inexperta a quien conocía de toda la vida.

Al entrar en la estación del tren subterráneo se preguntó con cinismo si hubiera sido mejor que Romilda no le hubiera abierto los ojos. ¿No se habría conformado con dirigir un negocio pequeño en sus ratos libres, mientras dedicaba la mayor parte de su tiempo a ser la mujer de Harry y la madre de sus hijos?

No era ambiciosa ni lo había sido nunca, lo cual no significaba que se considerase inferior o esclava de ningún hombre. Su madre le había demostrado que era posible que una mujer fuese «femenina» conservando al mismo tiempo su independencia y autoestima. Ella había podido ver cómo James, a pesar de su riqueza y poder, dependía de su madre tanto como ella de él, y quizá un poco más. Cualquier sentimiento que se tuviera hacia alguien, convertía a las personas en seres vulnerables, dependiendo. Algunas de sus amigas se llevarían una enorme sorpresa si pudieran leerle la mente, pensó con ironía mientras se bajaba del tren y se mezclaba con la multitud.

Mientras iba corriendo a su pequeña casa de estilo victoriano, el viento soplaba con fuerza. Había comprado aquella casa con la pequeña cantidad de dinero que su padre le había dejado. Cuando la compró está casi derruida y muy descuidada. Cinco años después se convirtió en un magnífico ejemplo de la clase de trabajo que hacían en su compañía.

Entró en el pequeño recibidor y encendió las luces; la alfombra era de color azul claro, y las paredes estaban pintadas de color amarillo, también claro.

Como siempre, lo primero que hizo al llegar a casa fue ir a su habitación para quitarse el elegante traje que usaba en el trabajo.

Como el resto de la casa, el dormitorio estaba decorado con tonos amarillos y azules, pero en esa habitación el amarillo era casi de color crema, y el edredón que hacía juego con las cortinas era de una tela sedosa con flores estampadas.

La casa sólo tenía dos dormitorios, cada uno con un baño propio; Hermione decoró el suyo en colores dorados y amarillos para que hiciera juego con el dormitorio. La habitación de los invitados estaba decorada con muebles de caoba y bronce, de estilo Victoriano, más adecuados para las habitaciones de techos altos.

Su ritual nocturno era siempre el mismo, y mientras se desvestía y se duchaba decidió que tal vez estaba empezando a comportarse como una solterona. Decidió olvidar ese pensamiento... no tenía ganas de casarse...

Bajó a la cocina para prepararse unos huevos revueltos y una taza de café, y llevó la bandeja al estudio —salón que estaba en la parte trasera de la casa.

Acurrucada en una cómoda mecedora, cenó y se puso a ver distraída la televisión.

Sólo era capaza de relajarse allí, en sus dominios, pero ahora incluso allí no se sentía tan a salvo como antes. ¿A salvo? Frunció el ceño. ¿De qué diablos tenía miedo? ¿De Harry? La obligaba a presentarse en su casa para pasar la Navidad, pero no lo hacía por él; Harry no tenía ningún interés en ella. Hermione no tenía que temer nada de él en el aspecto emocional o sexual, porque sabía que él no la quería.

No, el miedo que sentía era por ella misma, reconoció. Por eso y por la certeza de que no podría ocultar sus sentimientos si se veía obligada a estar con él mucho tiempo. Por eso no podía volver a casa; a pesar de sus esfuerzos, no podía arrancarlo de su corazón.

Cuando acababa de decidir que se acostaría temprano, sonó el timbre.

Frunció el ceño; no esperaba a nadie. Una imagen de Harry cruzó por su mente y tembló; era como si el pensar en él la hubiese conjurado a presentarse ante su puerta.

Pero no era Harry; era Cho. Antes de poder reconocer el profundo desencanto que sintió, la chica empezó a suplicarle que la dejase entrar.

Al apartarse para dejarla pasar, Hermione miró atónita los vaqueros y la chaqueta empapados que llevaba la chica. Su melena rubia también estaba mojada. Cuando Hermione recordó el momento en que Cho sugirió ir a visitarla con su madre, miró a la jovencita con incredulidad. Por lo que sabía de los padres de Cho, llegó a la conclusión de que su madre no era de la clase de mujer que saldría de compras con una hija vestida así.

—Tenía que venir; no tenía otro sitio —se estremeció y no pudo seguir hablando. Hermione empezó a preocuparse. Se daba cuenta de que Cho estaba al borde de la histeria.

Con amabilidad, la llevó hasta el estudio y la hizo sentarse junto al fuego mientras corría buscar toallas.

—Sécate el pelo y quítate la ropa mojada —le ordenó con¬ calma mientras le daba una bata y una toalla—. Iré a preparar café.

Cuando volvió con las dos tazas, Cho estaba acurrucada de frente al fuego envuelta en la bata. Al darle la taza, notó que a la chica le temblaban los dedos; también se dio cuenta de que había perdido peso y de que en sus ojos había una expresión de angustia que no había tenido antes.

—Puedo suponer que no has venido a Londres con tu madre —dijo con ironía y se sentó enfrente de ella.

Cho la miró con ansiedad y negó con la cabeza.

—No. Yo... me he escapado de casa.

¡Escapado de casa! ¿Por qué diablos se sorprendía? Se preguntó Hermione. Debió adivinarlo en cuanto abrió la puerta.

—Comprendo —intentaba pensar con rapidez—. ¿Saben tus padres dónde estás?

Cho volvió a negar con la cabeza.

-—No, y no quiero que lo sepan si no, vendrán a buscarme y mi padre me obligará a casarme con Harry.

Empezó a llorar otra vez, mientras Hermione intentaba asimilar la noticia.

—Obligarte...

—Sí; la semana pasada tuvimos una fuerte discusión sobre eso. Me gusta Harry, Hermione, pero no quiero casarme con él. No quiero casarme con nadie todavía, quiero ser libre, viajar, hacer algo con mi vida. Mi padre no entiende que no quiero convertirme en una muñeca elegante y malcriada como mi madre. Yo no soy así.

—Bien, te comprendo —la tranquilizó Hermione mientras se preguntaba cómo era posible que el padre de Cho hubiese hecho algo tan estúpido como angustiar de aquella manera a su hija obligándola a huir—. Sé que me dijiste que tu padre está muy interesado en que te cases con Harry —continuó con calma—, pero Cho, no es él quien debe decidir. Harry tiene derecho a opinar sobre el asunto, y no puedo creer que él te obligue a casarte contra tu voluntad si no quieres.

—Eso pensé yo —admitió Cho deprimida—, pero anoche, cuando intenté decirle lo que me pasaba, él no dejó de hablar de cuánto necesitaba una mujer, de cuánto deseaba darle un nieto a su padre —tembló—. Es terrible, Hermione. Siempre me gustó, incluso... —se ruborizó—. Bien, incluso me atraía bastante... es muy distinto de los chicos con los que había salido antes. Para empezar se atreve a enfrentarse con mi padre, y eso me gusta, pero cuando se puso a describir a la esposa que quería, la clase de vida que tendría ella... —volvió a temblar—. ¡Era una heroína de novela victoriana!

— ¿Le hablaste de la presión que ejercía tu padre?

—Iba a hacerlo, pero no pude. No puedo casarme con él, Hermione. No quiero. No podía recurrir a otra persona, así que vine a buscarte —rompió a llorar otra vez.

Hermione la miró llena de ternura.

— ¡Por favor, deja que me quede aquí!

—No tengo otra alternativa —contestó Hermione secamente—. No puedo echarte a la calle en una noche así, ¿me equivoco?

Cho la correspondió con un impulsivo abrazo.

—Sabía que lo entenderías —Hermione le dedicó una leve sonrisa.

—Puedes quedarte aquí esta noche, Cho, pero mañana les diremos a tus padres que estás aquí. Estarán muy preocupados por ti —afirmó. Hermione pensó que después de aquello a los padres de Cho no les quedaría duda de que su hija era muy inmadura.

—Me obligarían a volver para casarme con Harry.

—No necesariamente —le dijo Hermione con calma—. Después de todo, tienes más de dieciocho años.

— ¿Hablarás con ellos, Hermione? —le suplicó la joven—. A ti te escucharán.

Hermione no estaba tan segura, pero al ver que Cho estaba de nuevo al borde de la histeria, dijo en un tono tranquilizador:

—Mañana cuando les llámenos les sugeriré que vengan aquí

— ¿Les dirás que no quiero casarme con Harry? —No, se lo dirás tú, Cho —afirmó Hermione. Luego añadió—: Pero no olvides que eres mayor de edad. Si ves que insisten en obligarte a casarte con él... bien, tengo una habitación de más aquí... — ¿Quieres decir que podría venir a vivir contigo a Londres? Mientras se preguntaba en qué diablos se había metido, Hermione reiteró con firmeza: —Hablaremos mañana.

Cuando terminó de fregar las tazas, ya eran más de las once y, a pesar de sus negativas, resultó evidente que Cho estaba muy cansada. A sus padres no les vendría mal preocuparse por ella durante una noche, decidió Hermione. Además, no estaba en condiciones de aguantar la ira de unos padres a esa hora de la noche. Mientras buscaba en su armario algunas prendas para dormir y unos vaqueros para el día siguiente, preguntó pensativa: — ¿Cómo has llegado a Londres, Cho? Hubo un breve silencio. Hermione se volvió a mirarla. Cho parecía avergonzada, aunque desafiante. —He venido en auto-stop —dijo por fin. Hermione se estremeció; era más rebelde de lo que se había imaginado. ¿Cómo era posible que Harry pensara en casarse con ella?

—No me mires así —gimió Cho Poniéndose a la defensiva—. Era un hombre muy ariete-

— ¿De verdad? —Hermione se sorprendió de su propio tono de voz—. ¿Y si no lo hubiese sido? ¿Lo hubieses tomado como otro método cualquiera para castigar a tus padres?

Cho se ruborizó, con expresión ceñuda mientras jugueteaba con el cinturón de la bata.

—Bien, no soy yo quien debe darte el sermón —comentó Hermione—. Por lo menos estás aquí a salvo. Intenta dormir y mañana por la mañana hablaré con tus padres.

¿En qué rayos se estaba metiendo? Se preguntó Hermione al acostarse. Se sentía muchísimo mayor que Cho, y no eran sólo los celos lo que la hacía pensar que aquella no era la mujer adecuada para Harry. Harry... No le sentaría nada bien el saber que se entrometía en sus asuntos, pensó con cierto temor. Pero tampoco tenía otra alternativa. No podía echar a Cho, y su conciencia no le permitía obligarla a recoger sus cosas para mandarla de nuevo con sus padres sin hacer nada por ayudarla.

—Hola, te he traído un poco de té – la imagen de Cho sentada en su cama, con el pelo negro recogido en lo alto de la cabeza y su expresión alegre y relajada, hizo que Hermione se apoyase en un codo mientras recordaba lo ocurrido la noche anterior. Era increíble el poder de recuperación que tenían los muy jóvenes, pensó mientras observaba a la chica. — ¿Qué hora es? —hizo una mueca al consultar su reloj. Tendré que llamar a mi oficina para decirles que no iré hoy, y luego —miró a Cho con seriedad— llamaremos a tus padres. El angustiado sollozo de alivio que le lanzó la señora Chang cuando supo que su hija estaba a salvo hizo que Hermione se sintiera culpable por no haberles avisado o durante toda una noche, la estaba mirando con preocupación desde el otro extremo de la habitación. Pero la expresión de sus ojos se convirtió en angustia cuando Hermione le dijo que hablara con su padre. Con los años, Hermione se había acostumbrado a tratar con hombres enfurecidos y agresivos, y su fría voz, muy cortante, interrumpió de inmediato los gritos del señor Chang.

Con serenidad e indiferencia le explicó por qué su hija había buscado refugio en ella, y añadió que sería bueno para todos que él y la madre de Cho la visitaran en Londres para discutir el problema.

El padre de Cho pegó unos gritos más y le preguntó por qué se metía en algo que no era dé su incumbencia.

—Tiene razón —contestó seca—. Pero quiero recordarle que Cho ya es mayor de edad, y que le he ofrecido un sitio conmigo si considera que no puede volver con ustedes.

—No tiene ni un centavo propio, y no recibirá nada de mí.

—No importa —dijo Hermione cortante y furiosa—. Estoy totalmente dispuesta a mantenerla mientras se prepara para encontrar un trabajo.

La discusión concluyó con la reacia aceptación del señor Chang de presentarse ese mismo día.

— ¡Has estado fantástica! —Aplaudió Cho—. ¡Tan fría y serena! Me gustaría ser como tú. ¿De verdad me dejarás quedarme?

Hermione esperaba no tener que llegar a eso. Bajo la aparente furia del padre de Cho, pudo notar el verdadero amor que sentía por su hija. Si conseguían hacerle entender que una mujer podía ser tan buena trabajadora como un hombre, Hermione sospechaba que el problema se resolvería para satisfacción de todos. Excepto de Harry, por supuesto. Harry no estaría nada complacido cuando supiera que le habían quitado a la novia.

—Tus padres llegarán en un par de horas —le dijo a Cho—. Te aconsejo que pases ese tiempo trazando un plan concreto para enfrentarte a tu padre. Dices que quieres ser independiente y tener una carrera. Demuéstraselo; describe cuáles son tus ambiciones y cómo pretendes lograrlas. Demuéstrale que eres capaz de manejar tu propia vida.

Cuatro horas después, cansada pero muy aliviada, Hermione se paró frente a la ventana del salón y vio cómo Cho y sus padres se alejaban en el coche.

Todo se había desarrollado como habían anticipado. La actitud calmada y a la vez firme de Cho consiguió apaciguar la ira paterna, y el señor Chang, de mala gana, aceptó sentarse a escuchar lo que ella tenía que decir.

Hermione no dijo nada en todo ese tiempo, pero estaba prepara¬da para intervenir si Cho le pedía ayuda. Afortunadamente no fue necesario. Como le había dicho a Cho antes de la lle¬gada de sus padres, el señor Ch estaría mucho más conven¬cido de su madurez si ella misma exponía con claridad sus argu¬mentos en vez de dejar que Hermione lo hiciera.

Como Hermione ya había supuesto, el padre de Cho, al igual que muchas otras personas de éxito y dominantes, respondía mejor cuando le desafiaban. Pudo notar, que aunque intentaba ocultarlo, estaba orgulloso y muy impresionado por la calmada determinación de su hija.

Cuando se quedó sola, Hermione se puso a pensar en el papel que había jugado Harry en todo aquello. Sin el respaldo del padre de Cho, sería imposible obligar a la chica a casarse, y él se pon¬dría furioso cuando supiera de su participación en eso.

Una extraña sensación le recorrió la espalda, ¿temor? A diferencia del padre de Cho, Harry nunca levantaba la voz; no lo necesitaba. Con mirar esos fríos ojos era suficiente para que cualquiera enmudeciera. Levantó la barbilla; los días en que debía darle explicaciones a Harry ya habían pasado. Pero no pudo evitar el recuerdo de lo que sintió cuando Cho le dijo que Harry quería casarse con ella.

Era ridículo que se sintiera celosa; después de todo, ella podía haber sido su esposa si hubiese querido. Y el papel de Cho en su vida había sido justo el mismo que el de ella, Harry no quería a la jovencita; sin embargo, aseguró que a ella sí la quería.

Apretó los labios, fue a la cocina y se puso a fregar las tazas de café. Su sentido común le decía que había hecho lo correcto al abandonar a Harry, al negarse a verle o a contestar su carta cuando él se enteró de donde estaba... al negarse a aceptar un matrimonio Preparado por interés. Sin embargo su corazón... Emocionalmente seguía siendo tan vulnerable como antes; por eso siempre había evitado verle, y por eso temía tanto ir a casa en Navidad.

¿Había ayudado a Cho por motivos altruistas, o lo había hecho, en parte, por celos?

Eso era lo de menos. Cho había decidido que no quería casarse y fue a pedirle ayuda. Pero, ¿entendería Harry la situación? se preguntó nerviosa. El padre de Cho prometió que hablaría con Harry para aclarar que no iba a obligar a su hija a casarse si no quería. Hermione sabía que no le serviría de nada el que los Chang no mencionaran su participación en el asunto. Tarde o temprano, Harry intentaría vengarse.

«Vamos, ¿qué te pasa?» Se dijo ceñuda. «No le temas. Es sólo un hombre».

Sólo un hombre... sus propias palabras se burlaban de ella, porque eran mentira. Quizá fuese sólo un hombre, pero en lo que a ella se refería, Harry era El Hombre, el único, y si no se había dado cuenta antes, el fin de semana que pasó en casa de Ginny la hizo ver la verdad.

Sólo tenía que verlo para perder el control, sus sentidos respondían de manera espeluznante ante su presencia. El deseo físico que había despertado en ella a los dieciocho años siguió creciendo con el tiempo en vez de apagarse.

El celibato no era bueno, pensó sarcástica; tendía a controlar demasiado sus actos. Habría sido mejor contar con un buen número de amantes, pero eso era algo que siempre la había fastidiado, lo cual era ridículo si se paraba a pensar en la intensa pasión física que Harry había encendido en ella. Era extraño que fuese tan fría con otros hombres cuando había sido tan apasionada con uno. Ese era un defecto de su naturaleza que la irritaba. Defecto que, en condiciones normales, habría ocultado cuidadosamente... Hasta que apareció Harry de nuevo. En ese momento todo volvió a funcionar: el corazón agitado, la tensión interior, la piel sensible anhelando su contacto.

El trabajo, se dijo con firmeza mientras secaba las tazas. El trabajo era la solución, eso acallaría el dolor. Trabajo, trabajo y más trabajo.