Disclaimer: Nada me pertenece. No lo hago con fines de lucro. Es una adaptación. Personajes: J. K. Rowling. Historia: Penny Jordan.
Capítulo 5
—Bien hecho, me alegro de que por una vez actúes con sensatez.
Hermione estuvo a punto de tirarle la maleta a la cabeza por aquel comentario, pero dejó que él la cogiera y la metiera en el maletero del coche. Se trataba del BMW que había estado aparcado delante de su casa la noche de la fiesta.
Tenía ganas de decirle a Harry que el motivo de su visita a Queensmeade no tenía nada que ver con él, pero no lo hizo.
Hasta hacía dos noches estuvo decidida a encontrar la manera de no ir. Pero de pronto, al día siguiente, todo cambió. Su madre la llamó por teléfono por la tarde para decirle que se alegraba mucho de que fuera a pasar las Navidades a casa. La insinuación de que podría ser la última Navidad de James, hizo estremecerse a Hermione. Parecía que su enfermedad del corazón era mucho más grave de lo que sospecharon al principio, y que sus posibilidades de vivir más de unos cuantos meses eran escasas. Todo aquello hizo que Hermione olvidara sus razones para no volver a Queensmeade.
—Pero no debes hablarle de su enfermedad —le advirtió su madre—. Le disgusta que hablemos de eso. Prefiere fingir que todo sigue... como siempre.
Hermione se imaginó la situación y se le hizo un nudo en la garganta. Aunque James era el padre de Harry, ella también le quería. De repente se dio cuenta de lo poco que había visto a su madre y a su padrastro desde que se fue de casa.
— ¿Vas a quedarte parada ahí toda la noche?
Apretó los labios y entró en el coche. No pensaba hablar con Harry de su preocupación por James. En la cara de su hermanastro no había señales de inquietud. ¿Por qué iba Harry a preocuparse por él? Detuvo sus pensamientos y reconoció que estaba siendo injusta. Harry quería a James, lo sabía.
—Mi madre me ha dicho que James está mucho peor de lo que creían.
Harry se volvió a mirarla con expresión ceñuda y encendió el motor. Parecía más viejo y cansado; había rasgos de tensión en su cara.
—Sí —contestó cortante como si aquel fuera un tema prohibido. Pero por alguna razón ella insistió.
— ¿No pueden hacer algo... operarle, darle medicamentos?
—Hay un medicamento nuevo, pero aún está en la etapa de prueba. Si puede sobrevivir doce meses más, entonces...
— ¿Podrá sobrevivir doce meses, Harry? —preguntó.
—Quizás... si tiene algún incentivo.
Por el tono de voz que usó Harry, Hermione se dio cuenta de que no quería hablar con ella sobre James.
—Tiene muchas ganas de verte —aquel comentario la sorprendió, y vio que los labios de Harry se curvaban con cinismo—. Vamos, Hermione; sabes que siempre fuiste su favorita.
No podía negarlo; James siempre quiso a su hijo, pero a quien mimó fue a ella.
—Te ha echado de menos.
La habló en un tono tan suave que se sintió culpable. Pero en realidad era Harry quien debía sentirse así, no ella. Harry fue el motivo de que ella se fuera de casa; fue Harry quien destrozó sus sueños, y los destrozó con la cruda realidad. Hermione se fue de casa porque Harry le había roto el corazón, pero no se lo había dicho nunca.
Estaba claro que disfrutaba con lo que hacía y estaba orgullosa de su trabajo; sin embargo, era lo bastante sincera como para reconocer que sin la ayuda de Draco en la parte financiera, se habría tenido que conformar con un trabajo más humilde. Su carrera era algo que podría combinar con las responsabilidades de una familia y una casa, y al ver la felicidad de Ginny empezó a envidiarla.
Si hubiese conocido a alguien que hubiera ocupado el lugar de Harry... alguien a quien querer y que la quisiera, se habría casado casi de buena gana. La fachada que enseñaba era sólo eso; se parecía mucho a su madre y no le gustaba la soledad. En realidad no lamentaba el hecho de vivir sola, sino de desperdiciar la posibilidad de formar una familia.
Añoraba los espacios abiertos del campo, el calor de la gente; de vuelta a Queensmeade aumentaría su insatisfacción. Pero no tenía otra alternativa. Sabía que podría encontrar trabajo en Yorkshire, pero volver a casa significaría vivir cerca de Harry, y eso era algo que no podía soportar. Sólo tenía que verlo para sentir una mezcla de desprecio y desesperación, para desearle de una forma vergonzosa que la hacía desear no haberle visto con Romilda; no haber oído nunca las revelaciones de aquella mujer. Si se hubiese casado con él...
No quería pensar en ello. Si se hubiese casado con Harry, tarde o temprano habría sufrido una desilusión. Era una estupidez aferrarse a un sueño que nunca existió. La verdad era que aún le quería.
—En el asiento de atrás hay un termo y bocadillos. Tardaremos un rato en llegar, y no quiero pararme, a menos que tú me lo pidas.
Hermione movió la cabeza y dijo:
— ¿Por qué prolongar el martirio? Cuanto antes lleguemos, mejor para mí.
Harry apartó la mirada de ella y apretó los labios. Hermione no podía creer que en otros tiempos habían sido espontáneos y naturales el uno con el otro, aún sin necesidad de hablar.
—Insistes en provocarme, ¿verdad? ¿A quién quieres convencer de tu frialdad a mí o a ti?
Era demasiado listo, y se había dado cuenta de que estaba tensa.
—A nadie le gusta que le obliguen a hacer algo que no quiere, Harry —contestó—. Que todos los demás cedan ante tu maldita arrogancia, no significa que yo tenga que hacer lo mismo.
— ¿Arrogante? ¿Me consideras eso?
Estaban en las afueras de Londres a punto de entrar en la autopista. Hermione sintió la penetrante mirada de él, pero se negó a volver la cabeza.
— ¿No eres así? —dijo burlona. Habría sido mejor no contestar e ignorarlo; no quería enfrascarse en una discusión con él.
Como él no contestó, le miró de reojo y vio que la estaba mirando con una expresión de ironía.
—Antes te gustaba —le recordó—. Te resultaba excitante que yo fuera... el amo.
Hermione se atragantó al oír aquello; y lo peor era que no podía negarlo. Ella misma había usado aquella frase alguna vez.
—No te digo que no fuera así cuando tenía dieciocho años —dominó la rabia que sentía y la disfrazó con un tremendo sarcasmo—. Afortunadamente, ya he aprendido la lección.
—Eso es lo que tú crees —la corrigió con cortesía—. Ninguna mujer respeta o desea a un hombre que permite que ella le domine, y si eres sincera confesarás que es verdad.
En parte reconocía que tenía razón, pero nunca se lo diría.
—Creo que en una relación tienen los mismos derechos el hombre y la mujer —dijo con frialdad—. La imagen del hombre dominante ya ha pasado de moda, Harry. Los días en que el hombre podía destrozar los pensamientos y opiniones de una mujer sólo porque era el hombre, ya han terminado.
—Estoy de acuerdo —su aceptación la dejó boquiabierta—. Pero sigo pensando que la mayoría de las mujeres desean a un hombre que pueda demostrarles que es el hombre. En otras palabras; un hombre en quien puedan apoyarse cuando haya problemas.
Tenía razón, pero tampoco se lo diría.
—Pero hay una diferencia entre fuerza y arrogancia —fue lo único que pudo contestar. Afortunadamente se estaban acercando a la carretera, y Harry tendría que concentrarse en lo que hacía en vez de provocarla más con sus comentarios.
Cuando se reclinó en su asiento, se dio cuenta de que le gustaba discutir con él. Le miró de reojo y observó la seguridad y confianza de sus movimientos. En seis años no había cambiado físicamente; tenía el mismo atractivo que la había enamorado entonces.
Harry tuvo que frenar bruscamente, y cuando el cinturón de seguridad se tensó contra su pecho, Hermione alargó una mano para no irse hacia adelante. Rozó sin querer el muslo de él, y eso la hizo temblar. Quitó la mano enseguida, pero aun así pudo percibir su calor.
—Lo siento —se disculpó nerviosa—. Creí que iba a darme un golpe en la cabeza.
No podía mirarle; si lo hacía, Harry leería en sus ojos todo lo que intentaba ocultar. Ese contacto desató un montón de recuerdos y sensaciones; como la sedosa firmeza de la piel, las caricias que él le había hecho, el placer que le había regalado y que ella aprendió a darle también. La sensación de su carne bajo la mano estaba tan grabada en su mente que, sin quererlo, se le cruzaron mil imágenes por la cabeza. De repente fue totalmente consciente de cuánto deseaba volver a tocarle, para descubrir de nuevo su cuerpo.
— ¿Te encuentras bien? —preguntó él preocupado—. Estás muy pálida.
—Ha sido el susto.
— ¿Porque me has tocado sin querer? —dijo Harry irónico—. No te creo, Hermione; ya no tienes dieciocho años, y aunque los tuvieras... —dijo Harry insinuante.
—No ha sido por haberte tocado —protestó sin aliento—. Lo que quería decir es que me asusté cuando frenaste de pronto. Hay algo que no ha cambiado, Harry... sigues creyendo que el mundo gira a tu alrededor.
—Tu mundo lo hizo una vez.
Aquellas últimas palabras fueron seguidas de un profundo silencio; Hermione estaba sorprendida de su crueldad. No podía defenderse de ninguna manera; lo que había dicho Harry era verdad.
—En el fondo tú no eres una mujer de carrera —añadió cortante—. Necesitas un marido, hijos.
Hermione quiso decirle que se equivocaba, y comprendió que no podía hacerlo.
—Siempre tienes que salir con algo así —dijo con amargura—. Sin duda crees que el sitio de una mujer sólo está en la casa.
—No necesariamente. Algunas mujeres necesitan el reto de una carrera que ocupe todo su tiempo, otras trabajan por motivos económicos. No soy antifeminista aunque lo creas, Hermione. Sólo he dicho que no eres una mujer totalmente entregada a su carrera. Tú tienes otras preocupaciones —añadió—, y es evidente. Has adelgazado mucho, y estás tan tensa y nerviosa que parece que vayas a romperte en pedazos.
Estaba tan sorprendida que no pudo defenderse. Peor todavía: sabía que lo que él había dicho era verdad. Apartó la mirada de él, cerró los ojos, y dejó que el suave movimiento del coche la arrullase.
Se despertó con la sensación de que estaban perdiendo velocidad. Tenía la mente nublada y el cuerpo entumecido. Abrió los ojos y se encontró con una oscuridad casi absoluta.
— ¿Por qué nos hemos parado?
Harry se quitó el cinturón de seguridad, y cuando alargó la mano para desabrochar el de ella, Hermione se puso tensa.
—Estás más nerviosa que un gato —comentó—. Me pregunto por qué.
— ¿Dónde estamos, Harry?
—A unos veinte kilómetros de casa.
—Entonces, ¿por qué has parado?
—Para darte esto.
Le sujetó la muñeca izquierda con una mano, y con la otra se sacó una cajita del bolsillo. Hermione contuvo el aliento cuando Harry la abrió y vio el gélido destello de los brillantes. Reconoció la sortija de inmediato; la habían comprado juntos en York, justo antes de que ella cumpliera los dieciocho.
Hermione intentó ver su cara en la oscuridad. En ese momento sintió una fuerte tensión y quiso apartarse de él.
—Harry, ¿qué diablos crees que estás haciendo?
Sintió el frío del oro en su dedo cuando él le colocó el anillo. La voz de Hermione, antes tan desdeñosa y sarcástica, perdió toda su fuerza.
—Creo que es obvio, ¿no? —preguntó irónico. Luego movió un poco la cabeza y ella pudo ver una fuerte determinación en su mirada.
— ¿Se trata de alguna clase de juego? —Hermione casi no podía respirar.
—Para mí no lo es. Mi padre está muy enfermo, Hermione — dijo con calma—. Quiere verme casado y ser abuelo. Pero si de ti depende, eso no ocurrirá por ahora, ¿verdad?
— ¿Te refieres... a Cho? —se sentía muy débil, la piel le ardía donde los dedos de Harry le sujetaban la muñeca. Además, él la estaba acariciando las venas con un dedo. Luego dejó de hacerlo y la miró ceñudo.
— ¿Cho? Sí, claro —asintió con desgana—. Ya me has privado dos veces de una novia, Hermione. Pero no habrá una tercera vez.
Tardó varios segundos en comprender lo que decía; cuando al fin lo hizo, le miró horrorizada y dijo con angustia:
—No... No querrás decir que... pretendes que me case contigo
—Claro que sí. Mi padre se muere, Hermione —le recordó bruscamente—. No puedo perder más tiempo.
— ¡Estás loco! —gritó asustada.
—No creo que tu madre o James piensen lo mismo.
Ella intentó buscar en su cara algún rasgo que le dijese que todo aquello no era más que una broma, pero lo único que vio fue una expresión de absoluta convicción.
—No puedes obligarme —dijo desesperada—. No puedes obligarme, Harry.
—No te arrastraré al altar, pero hay otros métodos.
Sabía que iba a tocarla, se apartó llena de asombro y miedo.
— ¿Por qué yo? —protestó con voz ronca mientras él la sujetaba con fuerza de los hombros y tiraba de ella.
—Porque James te quiere, porque estás aquí y por esto.
La besó con violencia, y en Hermione se despertaron un sinfín de recuerdos que habría preferido no evocar. Él deslizó las manos por la espalda de ella y la estrechó contra su pecho. Con los dientes empezó a tirar de su labio inferior para provocarle una respuesta.
Hermione apretó los dientes para evitar sus besos. En ese momento, Harry apartó la boca y ella sintió una extraña sorpresa... y desencanto. Con sus fuertes manos le rodeó la cintura, y ella gimió sobresaltada cuando él cogió la base del jersey y tiró de él con fuerza hacia arriba. Cuando consiguió tener las manos libres para apartarlo de sí, ya fue demasiado tarde; Harry ya estaba acariciando las líneas de sus pechos y quitándole el fino sostén de encaje.
La ira y el deseo lucharon en su interior. Sintió que iba a perder el control bajo aquel estremecimiento de placer. No debía ceder; no podía permitir que él supiera con cuánta facilidad podía despertar en ella un ardiente deseo. Cerró un puño para pegarle, pero él bajo la cabeza y, con los labios, empezó a acariciarle los pezones. El contacto de su boca desató una oleada de pasión en su interior; abrió el puño despacio, se apretó contra él y suspiró profundamente. Cuántas noches en los últimos años había recordado aquellas caricias... No, pero no así. Antes siempre había sido delicado, y en ese momento no lo era; había una sutil violencia en la forma como la tocaba. Pero, sorprendida, vio que su cuerpo respondía a ese contacto.
Harry siguió jugando con sus pechos, y luego empezó a besarla por el cuello.
—No ha cambiado nada, Hermione —le susurró al oído—. Todavía te deseo, y tú a mí también.
Ella quiso negarlo, pero empezó a temblar al sentir la excitación de otro beso. Aturdida, se dio cuenta de que él se movía y la levantaba en brazos. La estrechó contra sí hasta que quedó tendida sobre su cuerpo. Él le soltó los botones de la camisa, y Hermione percibió el temblor que le sacudió cuando sus pechos se aplastaron contra el suyo.
Sintió una sacudida muy fuerte en el vientre y tomó consciencia de lo excitado que estaba Harry y de su propio deseo. Él bajó las manos por su espalda y la estrechó con fuerza. Su respiración era cada vez más agitada y ronca. Le acarició la parte posterior del muslo y volvió a subir acariciándola en la base de la espalda.
Harry dejó de besarla un momento y le dijo al oído con voz ronca:
—Te deseo, Hermione. Dime que tú también me deseas.
El pasado estaba olvidado, y el cuerpo de Hermione respondía con ardor a su contacto; aquel hombre había vuelto a despertar en ella la pasión.
—Harry... —susurró ella con una mezcla de súplica y entrega. Luego entreabrió los labios insinuantes. Sólo podía pensar en las sensaciones que él le despertaba, y en el deseo de consumar aquel amor. De pronto, y de forma inesperada, él la soltó, la colocó de nuevo en su asiento y se arregló la ropa con aparente indiferencia.
—Ahora, dime que no quieres casarte conmigo —la desafió con calma.
Hermione se ruborizó y se sintió humillada.
—Me deseas, Hermione, y yo a ti —volvió a decir mientras ella seguía callada—. Podía haberte hecho el amor aquí mismo y no habrías hecho nada por pararme.
—Que te desee físicamente no significa que quiera casarme contigo, Harry —dijo finalmente. Él soltó una ronca risita que la molestó.
—Ya, pero verás, soy un tipo anticuado —la provocó con ironía—. La única manera de conseguir mi cuerpo es con todas las de la ley.
Hermione seguía sorprendida por la facilidad que tenía para desarmarla. Estaba dolida por el hecho de que Harry sólo viera en ella a la sustituía de Cho, a la esposa que necesitaba con urgencia.
—No puedes hacerme esto, Harry.
Hermione habló entrecortadamente; estaba empezando a deprimirse. Un matrimonio... casarse con Harry. Después de todos esos años volvían a lo mismo. El círculo se cerraba, pero lo más increíble para ella no era la reacción de él, sino sus propios sentimientos. Deseaba casarse con Harry, reconoció desconsolada. O, al menos, una parte de ella sí quería hacerlo.
—No te estoy haciendo nada —dijo él cortante—. Lo hago por James. Para variar, intenta pensar en alguien que no seas tú. Mi padre está muy enfermo, y nada le alegraría más que saber que nos vamos a casar. Es algo que siempre ha deseado —añadió en voz baja.
Hermione le miró con odio.
— ¡Y probablemente fue por eso por lo que me propusiste el matrimonio aquella vez!
Harry entrecerró los ojos intentando ocultar sus pensamientos.
—Ahora no tenemos tiempo para discutir lo que pasó entonces, aunque sé que te gustaría hacerlo.
—No podemos casarnos —susurró. Incluso al negarse sabía que su protesta no tenía fundamentos.
—Podemos, y lo vamos a hacer —aquellas palabras sonaron como golpes contra ella. Harry quería atarla contra su voluntad.
Quizás se estaba engañando y un parte de ella sí quería ceder, convertirse en la mujer de Harry. La ambigüedad de sus sentimientos la horrorizaba y sintió pánico. Vio que Harry se ponía otra vez el cinturón de seguridad y encendía el motor.
— ¡No puedes hablar en serio! —gimió desesperada.
—Sabes muy bien que sí.
—Nadie creerá que estamos enamorados. Mi madre...
Harry la miró severo, pero dijo con voz dulce:
—Tu madre no está ciega —la firmeza de aquellas palabras hizo que Hermione perdiera la serenidad.
— ¿Qué quieres decir? —dijo mirándola con recelo. Sabía que no luchaba sólo contra él, sino también contra sí misma. Sería muy fácil ceder, convencerse a sí misma de que no tenía otra alternativa, permitir que se casara con ella y pasar el resto de su vida anhelando su amor. Eso era lo que no podía soportar... reconocer que le quería, sabiendo que él no sentía lo mismo. Cada vez que la tocara, Hermione tendría que luchar contra sus sentimientos para no revelarlos.
—Averígualo tú.
Harry habló con un tono frío e indiferente. Tenía la atención puesta en la carretera. Angustiada, Hermione intentó sacar un sentido a sus palabras. Quizás estaba sugiriendo que su madre sabía que había estado enamorada de él. Tal vez sí; los adolescentes no saben ocultar sus sentimientos. Seguramente, durante los primeros días de su relación, Hermione actuó de forma evidente, buscando siempre la compañía de Harry, poniéndose su ropa más bonita, haciendo todo lo que pudiera por parecer más deseable como mujer, y no como su pequeña hermanastra.
Y dio resultado; pero después de irse de casa, llegó a comprender que lo único que sentía por ella era deseo. Nunca la quiso, pero la consideró la mujer ideal para hacer de ella una esposa dócil y tierna. Además, así tendría la oportunidad de reunir de nuevo la herencia de su padre.
El coche empezó a aumentar de velocidad, y a menos que abrirse la puerta y saltara, parecía que no tenía más alternativa que aceptar la farsa que él la obligaba a representar. Reconocía que Harry había sido muy astuto al esperar hasta ese momento para decirle las cosas. Pero aunque le permitiese continuar con la mentira de que estaban comprometidos, no podía obligarla a casarse con él. Empezó a tranquilizarse; él la había cogido por sorpresa, pero ella encontraría la manera de escapar de aquella trampa. Después de todo, los compromisos podían romperse.
—Sólo faltan cinco minutos —anunció Harry con frialdad, pero ella no dejó que la engañara. ¿Qué pensamientos estarían pasándole por la cabeza?
A pesar de la oscuridad, las curvas del camino le resultaban conocidas, y su cuerpo se puso tenso cuando Harry frenó delante de las verjas de entrada.
James había comprado esa casa al mismo tiempo que la fábrica situada en las afueras de York, y era el único hogar que Hermione había conocido. Era muy joven cuando su padre murió, y no podía recordar nada de su vida antes de que su madre y ella llegaran a vivir allí. La casa, de estilo Victoriano, más que elegante era sólida y cómoda. Cuando pasaron delante de la puerta principal, vio algunas luces encendidas.
—Dejaré el coche en la parte trasera —dijo Harry—. Ya no lo voy a usar esta noche.
Entraron por la puerta de la cocina. Harry iba delante, y cuando entraron la cogió con fuerza de la muñeca. Ella había tenido la esperanza de que él se quedara fuera sacando las maletas, pero sabía muy bien por qué no lo había hecho.
Su madre, que había llegado a esa casa como cocinera y ama de llaves, todavía prefería cuidar personalmente de la casa y hacer la comida, aunque todos los días venía a ayudarla una mujer que vivía en el pueblo. Los deliciosos olores de la cocina transportaron a Hermione a su infancia.
Encima de la mesa de madera había bandejas con pastel de carne picada y frutas. Su madre se volvió para recibirles con una radiante sonrisa.
— ¡Hermione, Harry! Habéis llegado antes de lo que esperábamos.
— ¿Y James? —Hermione no pudo evitar preguntar por su padras¬tro en cuanto vio a su madre.
—Hoy ha pasado un buen día —contestó ella con ternura—. Os está esperando en el salón —bajó la vista y vio el anillo de compromiso de Harry. Cogió la mano de Hermione para verlo bien y luego la miró interrogante.
—Por fin conseguí convencerla.
Harry era un actor nato, pensó Hermione mientras él contestaba con ironía a la muda pregunta de su madre.
—Creo que la cogí en un momento de debilidad.
Hablaba como si sus supuestos sentimientos por ella fuesen un hecho conocido, y eso molestó a Hermione. Pero entonces su madre dijo emocionada:
—Bien, dijiste que nos darías una sorpresa esta Navidad; aunque nunca pensé que fuera esto.
— ¿No? —Hermione observó la sonrisa de su madre.
—Bueno, más o menos. Digamos que lo esperábamos, tu padre y yo. Se pondrá muy contento cuando lo sepa. Cuando insinuaste que ibas a comprometerte se llevó una gran alegría.
¿Qué diría su madre si supiera que cuando Harry insinuó que iba a comprometerse estaba pensando en una prometida muy diferente?
—Id a decírselo; yo prepararé el café.
En cuanto entraron en el recibidor, Hermione le dijo en voz baja y con amargura:
—No me habías dicho que tu padre esperaba tu compromiso.
— ¿No? Iba a hacerlo; probablemente me olvidé —la expresión de sus ojos la hizo ruborizarse.
—Por eso me obligas a esta farsa, ¿verdad? Por tu orgullo. Porque no puedes soportar que alguien te rechace —cada palabra que decía le causaba un intenso dolor, pero no podía controlarse.
—Supongo que no te has parado a pensar que quizás no actúo por egoísmo, sino que sólo quiero hacer feliz a mi padre. Sí, es cierto que insinué que en Navidad estaría comprometido, pero no quiero proteger mi orgullo, Hermione, sino a mi padre.
Estaban parados discutiendo con violentos susurros.
—Después de todo fuiste tú quien me quitó a la novia, ¿no es así? Así que es justo que compenses mi situación de alguna manera. No puedo decepcionarlo —añadió Harry con suavidad. Su ira desapareció de repente—. Y un matrimonio entre nosotros no sería tan desagradable, ¿o sí?
Por un momento se quedó cautivada con la expresión de sus ojos. ¿Serían imaginaciones suyas o era verdad que Harry parecía suplicarla?
Tuvo deseos de alargar la mano y tocarle; de pronto no sabía lo que quería.
La puerta de la cocina se abrió y su madre apareció en el recibidor con una bandeja. Al verlos arqueó las cejas.
—Acabamos de comprometernos —le recordó Harry con una sonrisa de complicidad.
Hermione se ruborizó y sintió rabia por la manera tan natural con que actuaba Harry.
Su madre abrió la puerta del salón y ellos la siguieron. James estaba sentado frente a la chimenea leyendo el periódico. Cuando los vio, sus ojos se iluminaron.
Hermione notó angustiada que había adelgazado, y la alegría de su cara al verla la llenó de culpa. Harry la tenía cogida de la cintura, y aunque sabía que no era esa su intención, aquel contacto le brindaba consuelo.
—Vamos. ¡Esta sí que es una sorpresa!
James miró a Hermione, luego a Harry y luego otra vez a Hermione.
—Te he traído un regalo de Navidad anticipado —le dijo Harry a su padre. Luego hizo que Hermione se acercara.
— ¿Mi hijastra? —sus canosas cejas se arquearon. Harry sacudió la cabeza.
—Tu futura nuera... mi mujer.
La cara de placer que puso James, reforzó todo lo que Harry le había dicho. Hermione escuchó aturdida todos los comentarios y se vio obligada a sonreír cuando era necesario. Se preguntó si alguien notaría que su comportamiento era artificial.
—No tardaréis mucho en casaros —fue una afirmación, no una pregunta. El pánico la asaltó y se le hizo un nudo en la garganta.
—No mucho —le aseguró Harry—. Queremos que la ceremonia se haga cuanto antes, después de Navidad, y luego iremos a Suiza.
¿Suiza? Su cerebro se había desconectado un momento, pero luego recordó... cómo podía haber olvidado... que Harry pasaba allí tres semanas al año para esquiar.
Su madre sirvió el café. Hermione aceptó una taza y se la bebió de manera automática. James estaba diciendo algo de beber champán.
—Hermione.
Se volvió y se encontró con la mirada de su padrastro.
—No sé cómo decirte lo feliz que me hacéis, querida mía. Tú y Harry... es lo que siempre había deseado.
Su aspecto había decaído mucho desde la última vez que lo vio, y el amor y el miedo la invadieron de golpe. ¿Cómo podría decirle que era una mentira?
Mirando por encima de la cabeza de su padrastro pudo ver la expresión de triunfo de Harry; finalmente había conseguido rendirla.
Aldana-N-A. Gracias por tu comentario. :-D pues si actualizo pronto porque ya está completo.
ImageBreaker gracias por tu comentario. Que bueno que te gusto ya vamos por la mitad
HGHP95 gracias por comentar de nuevo. Lo aprecio mucho. No todos lo hacen. Si ya estamos a la mitad . y el fic esta completo.
