Disclaimer: Nada me pertenece. No lo hago con fines de lucro. Es una adaptación. Personajes: J. K. Rowling. Historia: Penny Jordan.
Capítulo 6
A la mañana siguiente se despertó con el ruido de los cacharros y el aroma a café. Al abrir los ojos vio a su madre poniendo una bandeja encima de la mesilla.
—Mamá, no debiste hacerlo —protestó, sintiéndose culpable e incorporándose—. Estás demasiado ocupada como para mimarme —miró la hora y se horrorizó al ver que eran más de las diez. Hacía mucho que no había dormido tan bien. Estaba claro que su subconsciente la había dejado tranquila por una noche.
— ¡Tonterías! Mereces un poco de mimo. Además, no siempre tengo una oportunidad así.
Una vez más volvió a sentirse culpable; las palabras de su madre le recordaron lo poco que visitaba aquella casa.
— ¿Cómo está James? —preguntó Hermione cambiando de tema mientras se bebía el café.
—Me temo que no muy bien —contestó su madre con tristeza—. Se porta como un buen chico, hace todo lo que la doctora Pomfrey le dice, pero...
—Harry me comentó que existía la posibilidad de un nuevo medicamento.
—Sí, pero podría pasar un año antes de que esté disponible, aunque la doctora Pomfrey asegura que las pruebas que han hecho hasta ahora demuestran que es excelente —tocó el brazo de Hermione—. No sabes lo que tu noticia significa para James, Hermione. Él siempre te ha adorado; a veces creo que se casó conmigo sólo para tenerte a ti como hija —sonrió para demostrar que el comentario era sólo una broma, y luego añadió en serio —Saber que Harry y tú vais a casaros, es justo lo que necesitaba para aferrarse más a la vida. Algunos días tiene unos dolores terribles, y eso es lo que más creo preocupa a la doctora Pomfrey. No puede darle nada para aliviar el dolor, y creo que empieza a ser demasiado para él.
Su madre empezó a llorar y eso extrañó mucho a Hermione. En ese momento se dio cuenta de que ella y James no eran inmortales. Cuando era pequeña siempre buscaba consuelo en su madre, y de pronto los papeles se invertían. Acarició la cabeza canosa de su madre y se sintió incómoda, sin saber qué decir. Las palabras de consuelo típicas no tenían sentido en ese momento.
—He sido una tonta al dejarme llevar así por los sentimientos; es sólo que tu noticia no podía haber llegado en un momento más oportuno; es como la respuesta a mis plegarias. Harry ya nos había insinuado hace tiempo, cuando James enfermó por primera vez, que pensaba casarse, pero nunca nos imaginamos... ¿Sabes? Para James es como un sueño hecho realidad. Siempre tuvo la esperanza de que vosotros dos... Tengo que visitar al vicario esta tarde... estoy organizando la decoración para la misa de Nochebuena. Harry ha dicho que vosotros me acompañaríais para discutir con él los detalles de la boda. Supongo que quieres que sea algo muy íntimo.
¿Qué podía decir? No podía echar por la borda la ilusión y el placer que veía brillar en los ojos de su madre. Se remontó al pasado y empezó a pensar en los actos de amor que ésta había hecho por ella, toda la atención y el cariño que le había dado. Ahora llegaba su turno.
— ¿Qué harás con el vestido?
—Nada... de momento. No he tenido tiempo para pensar en eso. Creo que encontraré algo adecuado en York...
—Mmm. Mañana podríamos pasar allí el día. De todas formas tenía planeado ir a York para terminar mis compras de Navidad. Como cada año, vamos a celebrar una fiesta para entregar los regalos a los empleados... Será una magnífica oportunidad para anunciar vuestro compromiso... y la boda. ¿Vendrán Ginny y Neville?
La situación se le estaba yendo de las manos, pensó Hermione abatida, y trató de dominar el interrogatorio de su madre.
—Hemos querido que James y tú fuerais los primeros en saberlo —contestó inquieta—. Me gustaría que Ginny estuviera en la boda, claro.
Se abrió la puerta del dormitorio y apareció Harry. Llevaba un traje oscuro.
—Estoy a punto de salir hacia la fábrica —les dijo—. Pensé en venir a despedirme antes de marcharme.
Su madre se levantó y le sonrió con ojos relucientes.
—Harry, ¿te parece bien que vayamos a ver al vicario a las tres?
—Muy bien; no tengo ningún compromiso, pero quiero terminar algunos asuntos pendientes antes de las vacaciones de Navidad. Y eso me recuerda que mañana es la fiesta del personal. Será en el edificio de correos... una cena-baile. Me había olvidado de decírtelo antes, cariño —Hermione contuvo el aliento con indignación ante aquella palabra de ternura—. Tendremos que ir, por supuesto.
—No puedo ir, Harry. No tengo nada que ponerme.
Hubo un momento de silencio, y Hermione se dio cuenta de que su madre la observaba ceñuda. Quizá había sido demasiado cortante, pero estaba harta de que Harry la manipulara.
—Estoy segura de que mañana encontrarás algo, Hermione. Sé que te lo pasarás muy bien. James y yo siempre Íbamos, pero este año...
Al ver la tristeza de su madre, sintió remordimientos.
—James quiere que vayáis vosotros. El personal os lo agradecería mucho, y ya es una tradición.
Hermione sabía que estaba derrotada; dominó su ira, se encogió de hombros y dijo con ironía:
—Bien, parece que no tengo elección —su madre estaba delante de la puerta. Sabía que con ese estado de ánimo no soportaría más enfrentamientos con Harry, así que añadió con un tono insinuante—: No quiero entretenerte más, cariño, estoy segura de que tienes prisa.
—No tanta prisa como ganas de dar los buenos días a mi flamante prometida —su voz era suave como la seda, y la expresión de su mirada era el sueño de cualquier chica recién comprometida, pero Hermione no se dejó engañar. Esperó a que su madre saliera, cerraron la puerta y se lanzó al ataque.
—No sé qué haces aquí, Harry, pero ya puedes irte... ahora mismo —ordenó—. ¿O pretendes burlarte de cómo conseguiste meterme en tu trampa?
Harry apretó los labios y se acercó a la cama. Ella estaba acostada y sólo llevaba un fino camisón de satén. Según se iba acercando a ella, Hermione iba dándose cuenta de su vulnerabilidad, y de lo mucho que aquel hombre la excitaba. Se fijó en su piel morena que asomaba por debajo de la camisa. Harry se acercó más a ella, y Hermione tembló sin dejar de mirarlo fijamente. Pero en vez de tocarla, alargó la mano hacia la taza de café y la cogió. Luego se bebió lo que quedaba.
—Vaya, nadie prepara café como tu madre. Sólo he venido porque ella esperaba que lo hiciera —contestó con calma—, nada más.
Su lógica explicación la dejó aturdida y, por un extraño motivo, sintió deseos de provocarlo, de hacerle reaccionar de manera violenta.
—Eso está muy bien para ti —replicó—. Tú no te ves obligado a sacrificar tu vida. Tú...
Harry la cogió por los hombros y casi la sacó de la cama. La delicada tela del camisón se le pegó a los pechos, pero Harry no pareció percatarse de eso. La sacudió con fuerza con los labios apretados de rabia.
—Maldita sea, ¿cuándo vas a madurar? —dijo enfurecido—. Claro que estoy haciendo un sacrificio. ¿No se te ha ocurrido que este matrimonio me asquea tanto como a ti? Si no te hubieses entrometido...
— ¿Entrometerme? No lo hice. Fue Cho quien vino a verme, yo no la busqué; y si no quieres casarte conmigo, ¿qué fue lo de ayer? Me dijiste que me deseabas —le recordó.
Harry se tranquilizó y sonrió con sarcasmo mientras la miraba. Hermione estaba ruborizada.
—Y así es —contestó con voz ronca—, pero no necesito casarme contigo para satisfacer esa necesidad.
La arrogancia de su afirmación la dejó sin aliento; abrió mucho los ojos y lanzó un grito de rabia. De repente, él rompió a reír y empezó a acariciarla a través del camisón. Llegó hasta uno de sus pezones que se había puesto duro, y se lo frotó suavemente.
—Podría hacerte el amor ahora mismo —dijo con sarcasmo—, y es más, podría hacer que disfrutases de cada instante... para luego pedirme más. Pero no es por eso por lo que voy a casarme contigo.
—No —dijo Hermione desconsolada sin darse cuenta de la cara de pena que ponía—. Te casarás conmigo por James —bajó la mirada para ocultar su expresión—. Porque es tu padre y lo quieres —tragó con dificultad, abatida por lo poco que había cambiado la situación. Todavía quería el amor de Harry; la amargura de esa certeza hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas.
—Sí —asintió Harry muy serio; la soltó y se incorporó—. Me caso contigo por amor.
Cuando se marchó, Hermione reconoció que estaba atrapada, y no sólo por su amor y lealtad a James. Quería ser la mujer de Harry; siempre lo había querido. Pero no así, no sin amor. Hacía seis años había huido de él jurando que no se casaría con un hombre que no la quisiera, pero en ese momento estaba comprometida a un matrimonio sin amor. Las lágrimas le cerraron la garganta y su cuerpo se contrajo de dolor y tristeza. Por Dios, tenía veinticuatro años... no dieciocho. Quizá el matrimonio fuese algo de lo que no podría escapar, pero, no tenía por qué traicionar sus sentimientos ante Harry.
—Hay una tienda cerca de aquí donde tal vez tengan algo. Nunca he comprado nada en ella, pero muchas veces he visto cosas preciosas en el escaparate. La chica que atiende el negocio ha diseñado muchas de las cosas que venden allí. Está especializada en trajes de novia y de noche.
Hermione reprimió un suspiro mientras seguía a su madre por una calle de York. Los acontecimientos se estaban sucediendo a una velocidad vertiginosa, e incluso el destino parecía estar en su contra. El día anterior, después de la visita al vicario, Ginny llamó.
Su madre le dio la noticia de la boda antes de que ella pudiera hacer nada por detenerla.
Hermione pudo oír las exclamaciones de placer de Ginny, desde el otro extremo de la habitación. Su prima la reprendió por haber mantenido en secreto su romance, por supuesto, pero dejó claro que ella y Neville irían a la boda.
—Es una pena que Molly no sea un poco más mayor —suspiró Ginny antes de colgar—. Habría sido una dama de honor preciosa.
—No será esa clase de boda —le dijo Hermione, a pesar de las protestas de Ginny.
Su madre la miró con recelo.
—No quiero un vestido de boda tradicional, mamá —le advirtió.
—Ya lo sé, cariño, pero no perdemos nada con ver lo que ofrece Lavender, ¿o sí? Y no olvides que tienes que comprarte algo para esta noche.
Hermione no quería que se lo recordaran; la irritaba la idea de tener que asistir a la fiesta de esa noche. No sabía si con aquel estado de ánimo podría interpretar el papel de la enamorada prometida de Harry.
Hermione dejó que su madre le explicara a Lavender lo que quería, y luego se arrepintió al ver a la diminuta y sonriente rubia enseñarle toda una gama de vaporosos vestidos de satén y encaje.
—Mamá, no quiero algo así —le recordó—. Además, son demasiado juveniles para mí.
—Tonterías —afirmó su madre—. Tienes veinticuatro años, por Dios. Sé cómo te sientes, Hermione, yo pasé por lo mismo, pero te aseguro que después me arrepentí.
—Estos vestidos cuestan una fortuna —protestó Hermione cuando Lavender se volvió—. No puedo permitírmelo, mamá.
Su madre la miró con una sonrisa triunfal.
—Eso no es problema; James quiere comprarte el vestido de novia —al ver la cara de Hermione, añadió suplicante—: Por favor, cariño, significa mucho para él. Eres tan hija suya como lo es Harry, y tú lo sabes.
—Sé que, en ese caso, este matrimonio sería un incesto — gruñó Hermione, pero en el fondo empezaba a ablandarse. Acarició un vestido de seda color crema con amplios pliegues desde la cintura y el corpiño de encaje y perlas al estilo Tudor.
—Pruébatelo —la instó Lavender—. Ese es el vestido que tengo aquí siempre para que las novias se hagan una idea, pero es una talla muy pequeña. Puedo hacerle todos los arreglos que quieras en muy poco tiempo.
Parecía que el destino estaba en su contra, pensó Hermione abatida al dejarse convencer de probarse el vestido. No fue necesario que le dijeran que le quedaba perfecto.
La expresión de su madre al verla, acalló el impulso de rebelarse. Se dio cuenta de que ella quería que llevara ese vestido, y no se sintió con fuerzas para decepcionarla.
Se imaginó que después de encontrar el vestido de novia, buscar el traje adecuado para la fiesta sería toda una aventura, pero se equivocó.
—Tengo justo lo que necesitas —le dijo Lavender—. Es de la misma talla que el vestido de novia, así que estoy segura de que te quedará bien. Espera un segundo.
Desapareció por la trastienda y volvió con un vestido en el brazo. Lo levantó para enseñárselo y le preguntó a Hermione:
— ¿Qué opinas?
El vestido era color azul cobalto, adornado con diminutas lentejuelas negras. El estilo imitaba los exóticos trajes de las bailarinas de América del Sur, aunque era más recatado.
Hermione se lo comentó a Lavender, y ésta asintió.
—Sí, de allí cogí la idea. Esos vestidos son muy sensuales, ¿verdad? —Hizo una mueca—. Este no es tan atrevido como aquellos, por supuesto, pero creo que llamará la atención.
Hermione tocó la delicada tela y movió la cabeza. La simple idea de aparecer frente a Harry con un vestido como ese hacía que su corazón se agitara. A pesar de que era de manga larga y con un escote bastante recatado, podía imaginarse perfectamente la expresión de su prometido cuando viera el vestido amoldado a su cuerpo.
—Es precioso, pero quizá un poco atrevido para la fiesta de la fábrica.
— ¡Tonterías!
El comentario de su madre la asombró. Se volvió y la miró con inquietud.
—Es muy provocativo, mamá.
—Claro que no; si te lo pusieras en Londres nadie se sorprendería, y no somos tan anticuados en York, ¿sabes? Ve a probártelo.
Hermione obedeció con recelo. Para poder ponérselo tuvo que quitarse el sostén; y como ya había supuesto, la fina tela del vestido se pegaba totalmente al cuerpo. Aunque era muy cerrado por delante, no podía decir lo mismo respecto a la espalda, que tenía un escote que llegaba casi hasta la cintura. La falda era de vuelo, y se movió insinuante alrededor de sus piernas cuando salió del probador para enseñárselo a su madre.
— ¿Ves a qué me refiero?
—Te queda muy bien —afirmó su madre. Luego sonrió con provocación y añadió—: ¿Te preocupa que a Harry no le parezca bien? Sé que es un poco celoso, Hermione; todos los hombres enamorados lo son, pero estoy segura de que se sentirá muy orgulloso de ti. ¿No ves que querrá lucirte?
Hermione quiso decirle a su madre que estaba equivocada, pero se contuvo. Era muy tarde para corregir el error; aunque no quisiera estaba comprometida en matrimonio, y no conseguiría nada diciéndole a su madre que Harry no la quería, sino que sólo la deseaba.
—Me llevaré los dos —dijo su madre mientras ella iba al probador a cambiarse.
Pasaron el resto de la tarde en York, terminando las compras de Navidad de su madre y visitando, ante su insistencia, una floristería para que le hicieran el ramo de novia.
—No es necesario tanto escándalo —protestó Hermione cuando salieron de la tienda, pero sabía que perdía el tiempo. Su madre disfrutaba con todo eso, ¿y por qué no? Por lo menos así se evadía un poco del problema de James. Notó que su madre había envejecido en los últimos años; tenía más arrugas y había perdido parte de su energía. Sin embargo, ese día su vitalidad reapareció con toda su fuerza.
Cuando estaban a punto de volver a casa, Hermione pensó que probablemente todos esperaban que le hiciera un regalo de Navidad a Harry. Por supuesto, no tenía nada para él. Cuando iban hacía el coche, su madre se paró y empezó a lamentarse:
—Oh, no, quería haber ido a la peluquería para pedir hora antes de la boda. Mañana cierran hasta después de Navidad. Tengo que volver. Toma —le dio a Hermione las llaves del coche—, espérame en el coche.
Era imposible encontrar un regalo de Navidad y bodas para un hombre amado y odiado a la vez en menos de media hora, pero de forma increíble, encontró algo enseguida.
Cerca de donde la dejó su madre había una joyería especializada en artículos de oro y piedras semipreciosas hechos a mano. Tan pronto como vio los gemelos en el escaparate, Hermione supo que eso era lo que buscaba. No tenían la etiqueta con el precio, pero, después de mirarlos detenidamente, calculó que serían muy caros.
Tenía dos pequeños brillantes colocados a cada lado del oro, y eso les daba un toque lujoso. Aquellos gemelos eran una obra de arte poco común; y las piedras tenían el mismo color que los ojos de Harry. Era la clase de regalo que una mujer daría sólo a un hombre muy importante; o que una mujer exquisita y rica compraría a su amante, reconoció con una tenue sonrisa. De algo estaba segura, ningún hombre se los compraría a sí mismo.
Antes de cambiar de opinión, Hermione entró en la tienda. Los gemelos eran tan caros como había imaginado, pero supo que quería comprárselos. Cerró los ojos al sacar la tarjeta de crédito, y se dio cuenta de que cada centavo gastado valdría la pena sólo por ver la expresión de Harry cuando abriera el paquete.
Su madre y James pensarían que era el regalo de una prometida enamorada, pero Harry reconocería la verdadera intención. Dijo que la deseaba, y aquellos gemelos decían que ella también le deseaba, y que además, estaba dispuesta a pagar por ese placer. Harry se pondría furioso, pero ya era hora de que se diera cuenta de que no siempre podía salirse con la suya.
Hermione llegó al coche unos segundos antes que su madre, y guardaron juntas los paquetes en el maletero.
La temperatura bajó mucho durante ese día, y hacía mucho frío.
—No me extrañaría que nevara —comentó su madre mientras volvían a casa—. Puedo oler la nieve en el viento.
James dijo lo mismo cuando los tres se sentaron a tomar el té frente a la chimenea encendida. Hermione tenía la esperanza de que el mal tiempo hiciera que Harry cambiara de opinión acerca de salir esa noche, pero se equivocó. Él se presentó poco después de las seis y negó con la cabeza cuando la madre de Hermione le ofreció una taza de té.
—No tengo tiempo —contestó y consultó su reloj—. Tendremos que marcharnos a las siete. Será mejor que suba a ducharme. Aunque no rechazaría algo más fuerte si me lo sirviera mi encantadora prometida.
Hermione se ruborizó y se puso furiosa. ¿Qué pretendía con aquello? ¿Convencer a sus padres de que ya eran amantes?
—Vamos, Harry, basta ya —le advirtió James—. ¡Estás avergonzando a la niña!
Aunque se suponía que estaban comprometidos, su madre no les preguntó si querían compartir la misma habitación. Sus padres no eran anticuados, y quizá si no hubiesen sido hermanastros además de prometidos; si la novia de Harry hubiese sido una desconocida, tanto James como su madre habrían fingido no ver cualquier relación sexual encubierta antes del matrimonio. Quizá su madre pensaba que ya eran amantes... habría sido algo natural si hubiesen estado enamorados de verdad... pero no le agradaría que durmiesen juntos, mientras vivieran en casa. Estaba segura de que Harry lo sabía. Probablemente sólo quería provocarla, y no se había dado cuenta de la interpretación que darían sus padres a esas palabras. —Hermione, creo que será mejor que tú también vayas a arreglarte —le sugirió su madre de pronto—. De lo contrario, llegaréis tarde.
— ¿Asustada?
— ¿De ti, o de la velada que nos espera? —dijo Hermione cuando Harry paró el coche frente al edificio y apagó las luces.
La verdad era que estaba muy nerviosa, pero se negaba a admitirlo delante de Harry. Cuando él abrió la puerta del coche, Hermione tembló de frío y sus pezones se pusieron rígidos contra la fina tela del vestido. Harry no hizo comentarios cuando la vio bajar por la escalera, pero Hermione supo que en su silencio la estaba observando y estudiando cada milímetro de su cuerpo.
—Debiste traer un abrigo —la reprendió ceñudo mientras cerraba el coche—. No estamos en Londres, ¿sabes...? aquí suele hacer mucho frío.
—Yo he crecido aquí —le recordó Hermione y apretó los dientes—. Pero, por desgracia, no sabía que saldría esta noche, así que no me traje ningún abrigo apropiado.
—Entonces, vamos, de prisa —dijo Harry.
El aparcamiento estaba cubierto de pequeños copos de nieve. Harry la rodeó con un brazo. La sensación de la suave tela de su chaqueta contra su piel desnuda le resultó extrañamente erótica, y en esa ocasión tembló, pero no de frío.
Quería apartarse de él, pero sabía que, al hacerlo, provocaría comentarios hirientes, así que dejó que la condujese de prisa hacia el interior del edificio, envuelta en el calor de su brazo.
Quizá porque estaba preocupada por otras cosas, la velada no resultó ser el suplicio que había imaginado. De hecho, se sorprendió al ver que la gente la recordaba de cuando iba a pasar sus vacaciones de verano trabajando en la oficina de James.
Todos la trataron muy bien y la aceptaron como hija de su madre y como futura esposa de Harry. Hermione bailó casi toda la noche; con Harry sólo lo hizo una vez, cuando estaban a punto de irse, y en ese momento tembló de debilidad, recordando con gran claridad la sensación de encontrarse entre sus brazos, con su mano puesta en la espalda desnuda mientras sus dedos le acariciaban la piel.
Harry se dio cuenta de cómo su contacto la hacía reaccionar; sus pezones duros, su cuerpo relajado mientras la estrechaba contra él. Sí, Harry notó su excitación, lo mismo que ella la de él. Cuando se iban a ir y se abrió la puerta principal, Hermione tembló de frío y unos copos de nieve entraron dentro.
—Parece que hace muy mal tiempo —comentó un hombre—. No envidio su viaje de vuelta, joven.
El aparcamiento estaba cubierto y no dejaba de nevar. Hermione salió con cuidado y lanzo un grito de sorpresa cuando Harry la cogió en brazos, para gran diversión de los pocos invitados que todavía no se marchaban.
—No quiero que mi novia coja una pulmonía —bromeó, pero no la bajó hasta que llegaron al coche, y aun entonces lo hizo muy despacio, disfrutando del placentero contacto de su cuerpo que se deslizaba contra él.
—Basta, Harry —dijo sin aliento, cuando la presionó con su cuerpo contra el coche—. No quiero esto.
— ¡Mentirosa!
Harry se apartó para abrir la puerta del coche. Hermione no habría reconocido por nada del mundo que echaba de menos el calor de su cuerpo, y que había tenido razón al llamarla mentirosa.
Mientras salían del aparcamiento, Hermione agradeció el estar con Harry; no habría confiado en otra persona para llevarla de vuelta a casa con ese tiempo. Como no tenía ganas de empezar una conversación decidió ponerse a mirar la creciente nevada.
—Quizá debimos quedarnos en el hotel —murmuró inquieta cuando dieron un giro para salir del camino principal y notó que las ruedas patinaban en la nieve.
—Lo intenté, pero sólo tenían una habitación disponible — contestó Harry con tranquilidad. Luego la miró un momento y sonrió para añadir con suavidad—: ¿Decepcionada?
Parecía que hubiese visto las eróticas imágenes que pasaron por su mente, pensó Hermione. Estaba tensa y sentía un extraño dolor interior. No era posible que la deseara de verdad cuando acababa de rechazar una excusa perfecta para quedarse a solas con ella esa noche.
—Muchos de nuestros invitados tenían habitaciones reservadas, y pensé que si nos quedábamos en la misma habitación, empezarían a murmurar. Esto no es como Londres —añadió para provocarla—. En esta región la gente espera de los demás que respeten los convencionalismos.
—Pues antes eso no te detuvo —en cuanto terminó de decirlo se puso tensa y se preguntó por qué lo había hecho.
—Quizás no me detuvo —le contestó cortante—, pero no te sometí a la clase de habladurías que causaría el estar juntos en un hotel público —se rió seco y su voz se volvió dura—: Me debes estar confundiendo con algunos de tus amantes. Espero que hayan sabido apreciar lo que te enseñé.
Si no hubiera estado conduciendo, le habría pegado. Pero en ese momento tuvo que contenerse mientras intentaba ignorar el dolor que le había causado su comentario. ¿Era así como la veía, como una mujer que compartía la cama de cualquiera? ¿Tan poco valor tenía para él todo lo que habían compartido?
—Maldita sea; ya está. El coche no puede seguir.
Aquel anuncio repentino interrumpió sus pensamientos. El coche se había parado sin que ella lo notara, y al mirar por la ventana, Hermione se dio cuenta de que estaban en medio del estrecho camino que llevaba a la casa.
—Las ruedas se han hundido en la nieve y no puedo arriesgarme. Sin duda patinaríamos y nos daríamos contra el muro. Tendremos que andar un kilómetro.
— ¿Andar?
Hermione le miró horrorizada, y pensó en los delicados tacones de sus zapatos y en su espalda desnuda.
—Atrás tengo un abrigo gordo que puedes ponerte —le dijo él cortante—. Vamos, cuanto antes echemos a andar, mejor. Cuando salimos esta noche no imaginé que nevaría tanto.
Alargó la mano para coger el grueso abrigo que estaba en el asiento trasero. Hermione se lo puso, se acurrucó en su cálido interior, e hizo una mueca de disgusto al ver la largura de las mangas. Pero por lo menos estaría abrigada y seca. Como sabía que los tacones altos serían un estorbo, se quitó los zapatos antes de bajarse del coche. Sería más fácil si iba descalza.
Harry estaba ocupado cerrando el coche y no vio lo que hacía. Cuando la alcanzó, Hermione ya había andado varios metros.
Al principio no tuvo problemas; todavía nevaba y los copos de nieve le caían sobre la piel y le mojaban el pelo, pero el abrigo era muy grueso, y tan largo que no creyó que sus pies le causaran problemas.
Hasta que no llegaron a la verja de entrada no se dio cuenta de que ya no los sentía. Harry tuvo que disminuir el paso para seguir junto a ella, en cuanto se volvió a mirarla, Hermione tropezó.
Cayó hacia adelante; la nieve amortiguó el golpe, pero aun así fue una caída espectacular. Su cuerpo cansado no le respondía, y cerró los ojos, estremecida, dispuesta a quedarse allí. Pero Harry no se lo permitió; la hizo levantarse y echó maldiciones mientras la sacudía la nieve.
— ¿Qué diablos...?
Hermione lo miró aturdida. Harry contemplaba con incredulidad sus pies desnudos.
—Sólo tenía los zapatos de tacón —balbuceó nerviosa—. Yo...
— ¿Estás loca? So... —sacudió la cabeza y la cogió en brazos, a pesar de que insistía en que podía andar.
— ¿Andar? Vaya. Prefieres arrastrarte a dejar que te ayude, ya lo sé. ¡Tonta! Podías haberte congelado —sintió que el corazón de Harry latía con violencia y que su voz vibraba con furia.
— ¿Congelarme? ¿No exageras? —ya podía darse el lujo de ser hiriente; se sentía bastante aliviada con el delicioso calor de su cuerpo, aunque debía insistir en andar hasta la casa, era muy agradable seguir de aquella manera, así que prefirió no objetar más.
Los copos de nieve caían lentamente, y levantó una mano para apartarlos de la cara de Harry. No quería que aquel paseo terminara, deseaba quedarse así para siempre... Harry parpadeó y la nieve se le quedó en las pestañas. Hermione las tocó con la lengua y sintió que el hielo se derretía; la piel de Harry estaba muy fría.
—Hermione, ¿qué diablos haces? ¿Estás borracha?
La dureza de la voz de Harry la hizo volver a la realidad. ¿Estaría borracha? Meditó un momento y luego decidió que no, no lo estaba; sólo había tomado tres copas de vino; aunque estaba en un delicioso estado de euforia.
—No estoy borracha —dijo solemne. De pronto empezó a temblar cuando la puso en el suelo, y se dio cuenta de que habían llegado a la casa—. Pero tengo frío, mucho frío —era verdad. Un violento temblor la sacudió.
Casi no pudo ni ver cómo él abría la puerta y encendía una luz. Dio por hecho que su madre y James estarían dormidos; nunca se acostaban muy tarde. Harry cerró la puerta y se inclinó hacia ella; volvió a cogerla en brazos y fue hacia la escalera.
—Quédate aquí —ordenó al dejarla encima de la cama—. Iré a buscarte algo de beber.
Hermione tenía mucho frío; no, no era sólo frío, estaba helada. Lo que necesitaba era un baño muy, muy caliente.
Fue con dificultad hasta el cuarto de baño, abrió los grifos del agua y, con los dedos paralizados tiró de su vestido mientras se llenaba la bañera.
— ¡Hermione!
El sonido de la voz de Harry la sobresaltó; se había olvidado de que había dicho que volvería. Era demasiado tarde para ponerse el vestido, pero, de todas formas, corrió a recogerlo para cubrirse con él mientras Harry abría la puerta del baño.
— ¿Qué rayos estás haciendo?
—Voy a tomar un baño. Está claro ¿no? —contestó indignada.
Para sorpresa de Hermione, él no se movió de su sitio y dijo cortante:
—Bien, entonces empieza de una vez. Al agua.
¿Al agua? ¿Con él allí?
-¿Qué...?
Lanzó un chillido de horror cuando Harry la cogió en brazos y la empezó a quitar las medias y las bragas. Luego la tiró dentro del agua caliente.
—Quiero que te marches —protestó rabiosa y avergonzada.
—Olvídalo. En el estado en que te encuentras ahora, si te vuelvo la espalda seguro que te ahogas.
—Me parece una buena idea —contestó sarcástica—. Al menos así no tendré que casarme contigo. Harry... ¿qué haces? — preguntó con voz trémula cuando él se quitó la chaqueta y se enrolló las mangas de la camisa. Tenía los brazos muy musculosos y morenos, y con sólo mirarlos fue suficiente para despertar en ella todo tipo de sensaciones. Él cogió una esponja, se agachó sobre la bañera, la cogió un tobillo y empezó a frotarle el pie con fuerza. Hermione sintió un fuerte dolor y se mordió el labio inferior para no gritar. Se le saltaban las lágrimas.
—Te lo mereces por ser lo bastante estúpida como para andar descalza por la nieve —le dijo Harry sin compasión.
Ella lo miró furiosa y se olvidó por completo del dolor.
— ¿Y quién ha tenido la culpa? Yo no fui quien rechazó una magnífica habitación en un hotel para viajar en un coche que se ha quedado atrapado en la nieve.
—No, no fuiste tú, ¿verdad?
La suavidad de su tono la inquietó. En el calor de la discusión había olvidado que estaba desnuda, pero de pronto lo recordó y sintió vergüenza.
—Interesante —comentó irónico mientras observaba el cambio de color de su cara—. Nunca pensé que las mujeres de tu edad y experiencia hicieran cosas como esa. Y sobre la habitación del hotel —siguió con calma ignorando la mirada asesina que ella le lanzó—, si eso es lo que te ha puesto de tal mal humor...
Hermione empezó a protestar cuando la sacó de la bañera. Le exigió sin aliento que la pusiera en el suelo y, al mismo tiempo, se agarró con fuerza a sus hombros para no resbalarse.
—Tus palabras me dicen una cosa —se burló Harry mientras la llevaba en brazos hasta la habitación—, pero tu cuerpo pide otra.
Su sarcasmo la hizo volver a la realidad, y se apartó de él en cuanto la tiró sobre la cama.
—Muy bien, ya te has divertido bastante, Harry —dijo cortante—. Pero ya basta. Por favor, márchate.
—No hasta que esté seguro de que no estás congelada o en peligro de sufrir las consecuencias de la congelación.
Mientras decía aquello sonreía, pero en sus ojos había un brillo sospechoso.
—Toma, bebe esto —le dio una copa de brandy que había traído, y se quedó de pie frente a ella mientras se lo bebía y hacía una mueca de disgusto. Vació la copa y volvió a ponerla en la mesita; al moverse, la lámpara iluminó la redondeada curva de uno de sus pechos.
—Bien, ya me lo he bebido —dijo al volverse a mirarle, pero se quedó paralizada al ver la expresión de sus ojos—. ¿Harry?
Aquello sonó más como una súplica que como una amonestación, debía reconocerlo. Luego Harry dijo con voz ronca:
—Había olvidado lo femenina que eres.
Alargó una mano y le tocó los pechos. Hermione pudo haberse apartado, pero no lo hizo. No sabía el porqué.
¿No lo sabía? ¿A quién pretendía engañar? se preguntó angustiada. Deseaba eso, llevaba deseándolo tanto tiempo que ese calor ya formaba parte de ella. Casi sin darse cuenta, empezó a excitarse y a llenarse de fuertes sensaciones.
La camisa de Harry estaba mojada por el agua de la bañera. En ese momento, en silencio, Hermione se inclinó hacia él. Le temblaron los dedos cuando le desabrochó los botones. Él se quitó la camisa y estrechó a Hermione contra sí.
El contacto de su duro pecho contra los suyos fue una agradable forma de tormento. La manera como él murmuró su nombre antes de besarla hizo que un intenso calor le recorriese las venas.
Estuvo lo que pareció una eternidad acariciándola y besándola hasta hacerla casi enloquecer.
—Hermione —su nombre sonó en un suave susurro. Luego la besó suavemente en el cuello. Hermione echó la cabeza hacia atrás y tembló por la violenta excitación de su cuerpo, la cual no intentaba ocultar.
Sintió cómo la acariciaba todo el cuerpo mientras la mordisqueaba con suavidad el lóbulo de la oreja.
Describiendo círculos tan ligeros como un suspiro, delineó la curva de sus pechos; su contacto era tan suave y delicado que resultaba una tortura. Hermione debió emitir algún extraño gemido, porque de pronto Harry aspiró profundamente y empezó a acariciarle los pezones con la lengua mientras murmuraba:
— ¿Es esto lo que quieres, Hermione? ¿Esto?
Su respuesta fue un ronco gemido de rendición arrancado de lo más profundo de su ser; enredó los dedos en su pelo negro, le estrechó contra sí y dejó libres los dolorosos espasmos de placer que provocaban aquella boca. Las manos de Harry empezaron a deslizarse por su piel y la obligaron a tumbarse en la cama. Ella se dejó llevar.
—Harry... —gimió angustiada al sentir que se apartaba de ella.
—Calla; todo está bien —se puso al lado de la cama y se quitó los pantalones. Hubo un tiempo en que conoció aquel cuerpo mejor que el suyo propio, pero al verlo ahora tuvo que contener el aliento de placer.
—Harry.
Él había percibido el deseo en su voz, y no había duda alguna de que estaba excitada. El cuerpo de Hermione pedía todo; alargó las manos hacia él para tocarle, pero se sorprendió mucho cuando, de pronto, él le sujetó las muñecas y se apartó de ella.
Aquel rechazo la destrozó, pero Harry parecía indiferente ante su frustración. Empezó a vestirse rápidamente.
—De prisa, métete en la cama —le ordenó y apartó las sábanas al ver que ella no se movía.
—Hermione.
Mientras él hablaba, ella oyó que alguien llamaba a la puerta antes de abrirla. Cuando su madre entró en la habitación, Hermione estaba tumbada dentro de la cama, y Harry seguía parado a su lado con la copa vacía en la mano.
— ¿Harry?
Era típico de su madre el dirigirse a Harry cuando quería una explicación.
—No te asustes; tuvimos problemas para volver a casa. El coche se quedó atascado en la nieve y tuvimos que volver andando. Pero tu hija decidió quitarse los zapatos, así que tuve que subir con ella cuanto antes para meterla en agua caliente. Acabo de traerle una copa de brandy; creo que ya se encuentra bien — miró a Hermione interrogante y ella asintió débilmente.
—Iba a bajar para preparar una taza de té; no podía dormir y vi la luz encendida. ¿Seguro que estás bien, Hermione?
—Muy bien, gracias a los cuidados de Harry —contestó intentando aparentar que estaba tranquila. Era ridículo que Harry y ella reaccionaran como un par de adolescentes avergonzados; pero reconocía que él no lo hacía por ella, sino por su madre. Dudaba de que a Harry le hubiese preocupado que le sorprendieran a punto de hacerle el amor si se hubiera tratado de otra persona.
—Bien, si estás segura... —su madre se acercó a la puerta y Harry la siguió.
—Me encuentro bien —insistió Hermione.
—Creo que yo sufro más que ella —comentó Harry irónico cuando abrió la puerta y salió detrás de la madre de Hermione.
Tuvo tiempo suficiente para salir de la cama y ponerse el camisón cuando oyó que volvían a llamar a la puerta.
—Te he traído un poco de té —dijo su madre al entrar, y puso la taza junto a la cama—. Harry ya se ha acostado; me alegro de que te hayas puesto el camisón —añadió con sarcasmo—. Eso te ayudará a conservar el calor. Yo sé lo que es querer a un hombre, Hermione —comentó sonriente—. Después de todo, Harry es digno hijo de su padre.
Su madre parecía estar insinuando que no se había creído la historia que le había contado Harry. Si todavía le quedaba alguna esperanza de evitar casarse con Harry, acababa de estropearla. Ahora que su madre imaginaba que eran amantes, tendría que continuar con la farsa. No tenía otra salida.
Gracias a todos los que han dejado un comentario, y por ustedes otro capítulo, ya faltan pocos. Gracias a los follows y los favoritos. Besos.
