Disclaimer: Nada me pertenece. No lo hago con fines de lucro. Es una adaptación. Personajes: J. K. Rowling. Historia: Penny Jordan.
Capítulo 7
Oh, Harry, ¡es preciosa! ¿Dónde la encontraste? Estaban desenvolviendo los regalos, y Hermione miró sobre el hombro de su madre para ver la delicada miniatura que le había regalado Harry. Su madre las coleccionaba, pero esa era especialmente delicada.
—La vi en una tienda de antigüedades de la calle Bond — contestó él sonriente—. Me alegro de que te guste.
— ¿Gustarme?
Al ver cómo le abrazaba su madre, Hermione se sintió un poco excluida. Ya había visto el regalo que le había dado Harry, de manera rápida y sin que nadie la viera. Se sintió culpable al darse cuenta de que había sido elegido con esmero y de que era muy caro. Sospechaba que en comparación el suyo resultaría casi ofensivo.
Hermione ya llevaba puesta la joya y al tocarla en ese momento y sentir el liso metal en su cuello, se estremeció.
Harry la observaba por encima de la cabeza de su madre. En realidad, su valor económico era lo de menos, lo que emocionó a Hermione fue lo bonito que era y el cuidado con que Harry lo eligió. El collar tenía la forma de un círculo que se estrechaba en la parte de atrás. Era de un oro muy amarillo y estaba adornado con diminutas perlas y turquesas.
Aquel collar era sin duda una hermosa obra de arte, con exquisitos detalles y poco común; justo la clase de joya que ella misma se habría comprado de haber tenido el dinero. Además era el tipo de regalo que sólo alguien que conocía sus gustos habría podido elegir para ella.
—Todavía no has visto el regalo de Hermione —le comentó James a su hijo.
Harry apartó la mirada de ella y contestó:
—Me reservo lo mejor para el final.
A través de la distancia que los separaba, Harry volvió a mirarla y sonrió. Hermione se sintió incómoda y deseó haber tenido una forma de reaccionar apropiada. Cada vez le resultaba más difícil hacer el papel de feliz prometida y, además, le atormentaba todavía la ridícula reacción que había tenido ante él la noche de la fiesta. Por Dios, si hubiese llevado colgado un cartel con enormes letras, sus sentimientos no habrían sido tan evidentes. Intentó culpar al vino que había bebido, pero sabía que no era una buena excusa. Lo que ocurrió es que le deseó tanto que no pudo contener su respuesta. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que él adivinara que sentía mucho, mucho más que un simple deseo físico por él?
Los otros tres guardaban silencio, y Hermione miró a Harry frunciendo el ceño. Acababa de abrir el regalo y estaba estudiando detenidamente los gemelos.
—Está de moda que una mujer compre brillantes al hombre que quiere —le explicó Hermione a James y su madre, pero sabía que no podría engañar a Harry.
Ese mismo día, por la tarde, él le demostró ese hecho al encontrársela a solas en el salón.
—Todavía no te he dado las gracias por tu regalo —dijo con voz aterciopelada—. ¿Quieres el pago en efectivo o en especias?
—No quiero pago alguno —contestó frívola—. Considéralo como una compensación por lo que he recibido hasta ahora.
— ¿Eres tan generosa con todos tus amantes?
Aquellas palabras la dolieron, aunque sabía que se las merecía.
—En el caso de ellos no necesito ser tan generosa —contestó con un tono dulzón—. Después de todo, reciben el beneficio de tus enseñanzas.
Vio la expresión de sus ojos y supo que había ido demasiado lejos, pero antes de que él pudiese replicarla, su madre entró en la habitación y le ofreció a Hermione la oportunidad de escapar de aquella situación.
Debido a la enfermedad de James, pasaron una Navidad bastante tranquila. En la fiesta del día siguiente, sólo estuvieron los amigos más íntimos. Todos se mostraron muy complacidos con el compromiso y Hermione se vio sometida a muchas bromas bien intencionadas. Notó que Harry conseguía permanecer indiferente a los provocativos comentarios, pero sabía que él podía ser muy frío cuando se lo proponía. Cuando sus miradas se encontraron, se dio cuenta de que todavía tendría que darle algunas explicaciones por sus comentarios del día de Navidad. Hermione tembló y maldijo el haber sido tan impulsiva.
El día de la boda llegó muy pronto. Ginny y Neville llegaron la noche anterior, justo antes de la cena. Mientras estudiaba la expresión de James, que estaba viendo cómo Neville abrazaba a su hijita dormida, Hermione supo que Harry no había mentido al decir que su padre se moría por tener un nieto.
—Ven a ayudarme a meter en la cama a tu ahijada —le ordenó Ginny. Ésta cogió a la niña dormida de los brazos de su padre mientras hablaba con Hermione.
Era una buena excusa para librarse un rato de Harry; todo estaba preparado para la boda al día siguiente, y tenía los nervios de punta. Estaba tan sensible a la presencia de Harry, que podía darse cuenta de cuándo entraba en una habitación porque todo su ser empezaba a vibrar y se ponía tensa. Si se sentía así en la relativa seguridad de la casa de sus padres, ¿cómo reaccionaría cuando estuviese a solas con él? El simple hecho de que se negaba a pensar en esa posibilidad, era suficiente para demostrar lo vulnerable que era.
—Vaya, vaya, estás llena de sorpresas —bromeó Ginny al poner a Molly en la cama y empezar a desvestirla—. Por supuesto —añadió sonriente mientras quitaba el pañal a su hija—, jamás me creí el cuento que me contaste. Siempre sospeché que había algo más de lo que decías en tu relación con Harry. ¿La cuidas un momento mientras voy a prepararle el baño?
Obediente, Hermione se arrodilló junto a la risueña niña y le cosquilleó el estómago, mientras Ginny desaparecía en el baño.
—Reconozco que os casáis un poco precipitadamente —añadió Ginny con cierta maldad cuando Molly estuvo bañada y vestida.
—Harry está preocupado por James —contestó Hermione—. No se encuentra nada bien.
La expresión de su prima cambió de golpe.
—Vaya, cariño, ¡lo siento mucho! —Murmuró y puso una mano en el rígido brazo de Hermione—. Sé cuánto quieres a James; siento haber tenido tan poco tacto. Es lógico que Harry quiera darle a James el placer de veros casados antes...
—No es tan grave, Ginny —la interrumpió Hermione al ver lo nerviosa que se había puesto su prima—. James está muy enfermo, pero existe la posibilidad de que, si lucha unos meses más, puedan ayudarle con una medicina nueva que va a salir pronto al mercado. Los dos tenemos los dedos cruzados —se agachó para coger en brazos a su ahijada.
—Ya podemos ponerla en la cuna —dijo Ginny—. Se quedará dormida en un segundo. ¿A dónde te llevará Harry de luna de miel? —preguntó después de comprobar que la niña estaba tapada y apagar la luz.
—A Suiza —contestó Hermione—. Por estas fechas casi siempre pasa allí tres semanas esquiando. Siempre se queda en el mismo hotel; los dueños son un matrimonio francés. Además del hotel, tienen algunas casas independientes.
—Vaya, creo que este año no esquiará mucho —bromeó Ginny avergonzando a su prima.
Hermione agradeció que todos se hubieran acostado pronto debido a la enfermedad de James; Ginny parecía dar por sentado que ella y Harry estaban muy enamorados, y la tensión de mantener esa apariencia ante otras personas le resultaba insoportable.
Nadie se sorprendió cuando se excusó, poco después de que James y su madre se hubieran retirado a dormir.
Harry la acompañó hasta la puerta del salón, la abrió y la siguió hasta el recibidor. Hermione se puso tensa y se volvió para mirarlo cuando la puerta estuvo cerrada.
—No necesitas actuar como mi carcelero, Harry —lo acusó indignada—. No me voy a escapar.
Algo extraño y atemorizante cruzó por sus ojos mientras la miraba. Luego dijo en un tono algo duro:
—Se supone que estamos muy enamorados... y a punto de casarnos. Ginny y Neville se extrañarían si no te siguiera. Probablemente se imaginan que en este momento estamos encerrados en tu habitación disfrutando de un poco de placer ilícito que dejará de serlo mañana.
Hermione se sintió avergonzada. Harry tenía razón, por supuesto; Ginny era una mujer muy moderna y directa. Ella y Neville fueron amantes antes de casarse, y Hermione no dudaba de que su prima creyera que pasaba lo mismo entre ella y Harry.
—Estoy muy cansada, Harry —contestó nerviosa—. Y en este momento no me encuentro de humor para discutir contigo. A fin de cuentas, a partir de mañana tendremos el resto de nuestras vidas para hacerlo, ¿no te parece?
Se fue antes de que él pudiese contestar, y casi se puso a correr por la escalera para llegar a su habitación enseguida.
Una vez en ella, se asustó al ver que temblaba; paseó por la habitación durante unos minutos, rabiosa, y se preguntó qué había en Harry que la hacía actuar como una tonta. Cuando tenía dieciocho años no se comportaba de una manera tan estúpida... claro que, entonces, creía que Harry la quería tanto como ella a él. Sus ataques verbales, su deseo de hacerle daño y provocarle, nacían del temor, reconoció, y se paró para sentarse en la cama. Y ese temor se debía a que Harry podría descubrir lo que sentía por él. No se veía capaz de soportar la humillación de que Harry se enterase de lo vulnerable que era ante su presencia.
Se levantó cansada, fue al baño, y su cuerpo se puso tenso cuando alguien abrió la puerta. Supo que era Harry incluso antes de que entrara. Era un presentimiento que nunca le fallaba cuando se trataba de él.
Harry cerró la puerta despacio y se reclinó contra ella un segundo, mientras Hermione lo miraba con la garganta seca. Parecía muy relajado y tranquilo, pero al moverse lo hizo con una cierta tensión con un aire de contenida violencia.
— ¡Harry!
—Está bien, no he venido para discutir —se burló. Aquellas suaves palabras, en vez de tranquilizarla, aumentaron su miedo. Retrocedió y dijo angustiada:
— ¿Entonces a qué has venido? No voy a dejar que me toques, Harry —le previno.
—No te preocupes... no lo haré; aunque deseo hacerlo. Quizá eso nos vendría bien a los dos —añadió con un susurro. Al ver la expresión de disgusto de ella sonrió sin humor—. Vamos, Hermione —dijo—, eres una mujer, no una niña. Una mujer con un bonito cuerpo que sin duda ha tenido ya muchas experiencias. La frustración física es difícil de soportar, pero esta situación no va a durar mucho tiempo más —miró sus redondos pechos y Hermione se sintió furiosa al ver que éstos reaccionaban poniéndose duros.
Se echó a temblar llena de ira y dolor.
— ¡Lárgate! —estalló furiosa—. Has conseguido obligarme a aceptar este matrimonio, pero nunca podrás obligarme a compartir tu cama.
Vio que el humor desaparecía de sus ojos y que apretaba los labios con crueldad.
— ¿Qué te hace pensar que necesito obligarte? pero haremos lo que tú digas, Hermione —añadió con indiferencia—. Vine aquí con la esperanza de que pudiéramos aclarar las cosas, pero parece que me equivoqué. Hasta mañana, mi futura esposa —se burló mientras se volvía hacia la puerta.
Cuando ya hacía un buen rato que Harry se había ido, Hermione seguía tumbada en la cama, tensa y despierta, diciéndose que no aceptaría someterse físicamente sólo por el hecho de estar casada. Sin embargo, reconocía que si él se lo proponía, habría muy pocas cosas que no le daría. Después de todo, tenía ya la parte más importante; ella le había dado su corazón hacía seis años. Harry todavía lo tenía en su poder y siempre sería así.
Hermione había oído decir que las novias se pasaban el día de su boda sin saber qué ocurría a su alrededor, y eso fue exactamente lo que le pasó. Sólo se dio cuenta de la realidad cuando James fue con ella por el pasillo hasta donde estaba Harry. Por un breve momento tuvo deseos de volverse y huir. En ese momento, casi como si hubiese leído sus pensamientos, James susurró emocionado:
—Hermione, no sabes lo que esto significa para mí, ver que tú y Harry os casáis. Es lo que siempre he deseado, para los dos, aunque nunca imaginé que me haríais esperar tanto —añadió con una risita picarona.
Ya era demasiado tarde. Cuando quiso darse cuenta estaba al lado de Harry y el cura empezó la ceremonia.
Justo antes de salir del convite para ir a cambiarse y vestirse para el viaje, Harry se la encontró a solas y le murmuró al oído con un dulce tono:
—Eres una novia preciosa, señora Potter, aunque confieso que el vestido blanco me ha sorprendido.
La crueldad de su provocación la sacó de sus casillas.
—Fuiste tú quien me desvirgó, Harry.
—Es cierto, pero después de mí hubo muchos otros, aunque, la verdad, mi comentario no iba por ahí... estoy seguro de que la mayoría de las novias de hoy no se casan vírgenes... Es sólo que me sorprendió el hecho de que aceptaras vestirte de novia tradicional; esperaba algo mucho más severo y a tono con la deslumbrante imagen de mujer de carrera que proyectas tan bien últimamente.
—Fue un deseo de mi madre —le dijo Hermione—. Ella...
—Siento interrumpiros, pero ya es hora de que Hermione se cambie —anunció Ginny. Luego se volvió hacia Harry y añadió con una sonrisa burlona—: Lo diré de otra manera. Cuanto antes se cambie, antes podréis coger ese avión y podrás tenerla para ti sólo, Harry.
—Bien, en ese caso será mejor que te la lleves.
Harry interpretaba su papel con gran facilidad, pensó Hermione mientras se iba con Ginny. Todavía se sentía atrapada en una interminable pesadilla. Su único consuelo era saber que algún día se despertaría.
Ginny no paró de hablar mientras la ayudaba a cambiarse, y Hermione intentó contestar con la mayor naturalidad posible a todas sus preguntas. La ropa de esquiar de Hermione estaba en Londres. Esa ropa todavía le quedaría bien, aunque estaba pasada de moda, ¿qué importaba? Mientras que cualquier otra novia se habría vestido para llamar la atención de su marido, Hermione sabía que a Harry no le importaría lo que se pusiera.
Escogió la ropa del viaje pensando en la comodidad y no en la elegancia, pero los ceñidos pantalones de pana verde que llevaba puestos resaltaban sus piernas esbeltas. Encima llevaba una blusa y una chaqueta blanca. Sin embargo sólo se echó un rápido vistazo en el espejo mientras se cepillaba el pelo y se retocaba los labios.
Alguien llamó a la puerta del dormitorio.
—Debe ser Harry —le dijo Ginny—. Iré a avisar a los demás de que estás lista para salir.
La puerta se abrió y Harry entró con una enorme caja de cartón. Al igual que ella, llevaba pantalones de pana y una camisa de cuadros. En la mano llevaba una cazadora de piel del mismo color que los pantalones.
—Avisaré a todos de que vais a salir pronto —dijo Ginny al salir por la puerta—. No tardéis mucho —añadió sonriendo a Harry—. ¡No queremos que perdáis el avión!
Cuando la puerta se cerró, se miraron en silencio; Hermione notó que, por primera vez, Harry no parecía estar relajado ni tranquilo. Incluso su manera de andar era poco normal.
Se paró cerca de ella y le alargó la caja.
—Es una propuesta de paz y tu regalo de bodas —su voz era insegura.
Hermione cogió la caja y se dio cuenta angustiada de que estaba a punto de empezar a llorar. Nunca pensó que Harry la haría un regalo de bodas... y tampoco lo deseaba. Sin embargo, le temblaron los dedos al poner la caja en la cama y abrirla.
Lanzó una exclamación de asombro al ver la piel que apareció después de separar varias capas de papel de china.
La chaqueta era de corte informal, tenía un capuchón y un corpiño holgado. Era ideal para esquiar, aunque las preciosas pieles de zorro gris eran demasiado lujosas para eso. Cogió la prenda con manos temblorosas y notó que Harry fruncía el ceño.
—Si no te gusta...
Por primera vez, el desdén de su voz no la hirió.
—Me encanta, Harry —dijo en voz baja. Se puso la chaqueta enseguida; le quedaba muy bien. Cuando quiso darle las gracias se abrió la puerta de pronto y entró Ginny.
— ¡Cielos! — Dijo admirada y estudió a Hermione con envidia—. Qué maravilla, pero tendrás que darle las gracias después, Hermione —añadió—. De lo contrario perderéis el avión.
Harry pensó ir en coche hasta el aeropuerto, dejarlo allí y recogerlo a la vuelta.
—Empezaremos a buscar casa cuando volvamos —dijo él mientras llegaban al aeropuerto—. El apartamento será suficiente por ahora, pero no servirá cuando tengamos hijos —aparcó el coche con maestría y ayudó a Hermione a bajarse. Un mozo vino a ayudarles con el equipaje y Harry la cogió del brazo. En ese momento se dio cuenta por primera vez de que estaba comprometida para siempre.
Nunca le había gustado volar, y ese día no fue una excepción. Lo único que deseaba era dormir y despertarse cuando estuvieran a salvo en tierra. Al despegar el avión, se puso tensa y nerviosa, pero se relajó en cuando Harry la estrechó sus puños cerrados.
Cuando la azafata les ofreció una bebida, él negó con la cabeza. Cuando les ofrecieron algo de comer fue Hermione quién dijo que no quería nada. Tenía el estómago tan revuelto que no podía comer. Harry también rechazó la comida. Mientras él hablaba con la azafata, Hermione lo miró disimuladamente y sintió angustia al pensar en lo que nunca sería su matrimonio. Si pudiese simplemente volver seis años atrás; hasta el momento antes de enterarse de la verdad... si él la quisiera como ella a él. Pero no era así.
— ¿Te pasa algo?
No se había dado cuenta de que Harry la estaba mirando y se puso colorada.
—No, nada —nerviosa se humedeció los labios con la lengua—. Estaba pensando...
— ¿En tu amante? —Notó que la expresión de Harry se volvía sombría y asimiló sus palabras con una extraña sensación de miedo—. Bien, no pensarás en él esta noche —le aseguró Harry con dulzura—. Eso puedo asegurártelo, Hermione.
Cuando llegaron, tuvieron que coger un taxi y tardaron una hora hasta el hotel. Hermione estaba tan cansada que no dijo nada en todo ese tiempo. Harry respetó su silencio.
Aunque sabía esquiar, Hermione nunca había estado en aquel sitio. Cuando llegaron al hotel ya era de noche y no pudo ver el paisaje. El interior del hotel era muy tradicional, con el tipo de suelos y muebles apropiados para soportar la ropa siempre mojada de los esquiadores.
Hermione se mantuvo alejada mientras Harry hablaba con la recepcionista. Luego él se volvió con las llaves en la mano.
—Nuestra casita está lista. Alguien llevará nuestro equipaje. Por aquí —volvieron a salir. El viento frío, después del calor de la recepción, la hizo temblar.
En la puerta les esperaba un trineo tirado por caballos. Harry la ayudó a subir y le envolvió las piernas con una manta mientras el conductor ponía en movimiento el trineo. Las bridas de los caballos llevaban diminutos cascabeles que sonaban con cada movimiento y la nieve crujía bajo los patines del trineo.
—Es el medio de transporte más rápido y económico —le explicó Harry cuando ella le habló maravillada, acerca de la rapidez con que iban—. Nuestra casita es la más alejada del hotel... pero aunque es independiente podemos disponer de todas las instalaciones del hotel siempre que queramos. Pensé que preferirías cenar en la casa esta noche —miró su reloj—. Son casi las siete y media; he pedido que nos trajeran la cena dentro de una hora.
Pasaron junto a varias casitas de madera y, finalmente, pararon frente a una que estaba al final. Esperaron con paciencia a que metieran el equipaje dentro.
La casa estaba construida con troncos; el piso de arriba tenía un pequeño balcón desde el cual Hermione se imaginó que, durante el día, habría una maravillosa vista del valle y los campos nevados.
El conductor del trineo abrió la puerta y entró con las maletas; Harry hizo entrar a Hermione y luego dio una propina al silencioso hombre. La puerta daba directamente a una sala grande y agradable, con suelo de madera pulida y algunas alfombras de piel de cabra. La chimenea de piedra estaba encendida y había dos cómodos sillones y un sofá tapizado en lana. En las estanterías de la pared había una televisión y un teléfono; y una escalera de madera de anchos peldaños conducían al piso de arriba.
—La cocina está por allí —le dijo Harry señalando una puerta en la pared más alejada—. Podrás verla más tarde. Ahora sólo tenemos tiempo de cambiarnos para la cena.
— ¿Cambiarnos? —Hermione le siguió con la mirada mientras él subía con las maletas. Como Harry le había dicho que cenarían allí mismo, pensó que lo harían con ropa informal.
Aturdida, le siguió hasta el piso de arriba, donde sólo había una puerta al final de un estrecho pasillo. Harry estaba frente al fuego calentándose las manos mientras observaba el dormitorio.
Tenía una cama enorme, muy alta y con mullidas almohadas; la colcha que la cubría era muy gruesa y bonita. En una de las paredes estaban los armarios y unos muebles con cajones. También tenían cómodos sillones, una mesa y un pequeño escritorio. En la pared, donde se apoyaba la cama había otra puerta que daba al baño; Hermione sintió curiosidad por ver cómo era y abrió la puerta. Se quedó asombrada ante lo que vio. Harry estaba a su espalda, pero ella no se dio cuenta de ello hasta que la habló al oído.
—Es un jacuzzi —le dijo—. Resulta muy relajante después de todo un día esquiando.
—No lo dudo —asintió Hermione nerviosa. Luego salió de la habitación y cerró la puerta. Reconoció que al ver aquel baño le asaltaban algunas ideas perturbadoras. Al ver la familiaridad que tenía Harry con esa casita, supuso que la había ocupado antes; o por lo menos una parecida. Y, seguramente no estuvo solo allí, pensó celosa mientras revivía imágenes eróticas del cuerpo desnudo de Harry metido en aquel jacuzzi con una desconocida. Probablemente Harry encontrase muy relajante eso de hacer el amor en el agua caliente y burbujeante. Los celos empezaron a invadirla y su cuerpo se puso tenso mientras intentaba dominarlos.
— ¿Quieres ducharte tú primero, o lo hago yo? —preguntó Harry con tranquilidad.
—Empieza tú; yo iré echando un vistazo a la casa. Es evidente que conoces este sitio mejor que yo.
—La distribución de la casa es muy similar a la de una que ocupé otra vez que vine con amigos; aunque ésta es más pequeña —explicó—. Nunca había estado aquí; las otras veces que vine a esquiar, no buscaba la intimidad que busco ahora —añadió con ironía.
Por lo menos no había estado allí con otra mujer, pensó Hermione mientras Harry se metía en el baño. Ella se puso a deshacer las maletas.
Lo que menos le apetecía en ese momento era cambiarse para una cena que no iba a disfrutar, pero sería más sencillo seguir el juego de Harry que tener que pasar por el martirio de discutir con él.
Harry no tardó mucho en ducharse, y poco después apareció con la cabeza empapada y envuelto en una gruesa bata. Hermione sintió miedo y excitación; estaba tan nerviosa como una virgen con su primer amante, pensó irritada. En parte era verdad; él había sido su primer amante, y probablemente sería el último. En todo caso, lo que estaba claro es que era el único. Sin embargo él no lo sabía, y no iba a saberlo nunca, decidió mientras recogía la ropa interior limpia y entraba en el cuarto de baño sin mirarle.
Fue tan rápida como él, y cuando salió del baño se lo encontró vestido con pantalones oscuros y una impecable camisa blanca. Harry se detuvo para mirarla mientras se ponía los gemelos que eran los que ella le había comprado. Cuando miró a Harry a los ojos se le resecó la garganta y se puso tensa. Harry dio un paso hacia ella y de pronto sonó el timbre.
—Debe ser la cena —dijo Harry con calma—. Bajaré a abrir.
En vista de la formalidad de Harry, Hermione se sintió obligada a vestirse de la misma manera. Sin duda, si hubiese sido una novia de verdad, habría elegido un camisón exótico y muy femenino, pero aunque hubiese querido hacerlo no tenía nada de eso entre su ropa. Lo único que tenía eran dos camisones cortos de manga larga. Estaban hechos de satén y tenían grandes escotes. Si a Harry no le gustaban, podía... podía... Su cuerpo tembló al pensar en lo que él podría hacer, y sin duda haría, para demostrar su enfado. Con manos temblorosas sacó el sencillo vestido de seda que había decidido ponerse para cenar.
La suave tela de color crema resaltaba el color de su piel. Era un vestido estrecho que se amoldaba perfectamente a su cuerpo y caía en amplios pliegues hasta los pies. Las mangas eran estrechas y tenían un pequeño escote delante. Se maquilló un poco, se puso los zapatos y bajó por la escalera.
Enfrente de la chimenea había una mesa redonda con un mantel de damasco, y dos sillas, sin duda sacadas de la cocina, colocadas una frente a la otra. También había una botella de vino dentro de una cubitera, y otra de champán junto a la mesa. Harry estaba inclinado sobre el carrito que, según supuso Hermione contenía la cena. Cuando se enderezó y la vio, entrecerró los ojos para observarla detenidamente.
— ¿Por qué será que un vestido tan largo y modesto me recuerda cómo eres cuando estás desnuda?
Su tono frío e impersonal la hizo enmudecer; con una sola frase había destruido todas las barreras que ella había intentado poner entre los dos al elegir aquel vestido tan recatado. Lo único que pudo hacer cuando él se acercó con su copa de champán en la mano, fue mirarlo horrorizada.
Adana, Anyeli, HGHP: Gracias a todas por sus comentarios. Como ya dije los capítulos están terminados. Incluso subí una historia nueva. Las actualizaciones serán rápidas. Gracias por sus comentarios y por tomarse el tiempo de hacerlos. Espero que este capítulo también les haya gustado.
