Capítulo 3: Dulces sueños, Cloud.

1.
La academia del color no era un lugar precisamente colmado de paz. Aunque los edificios exhibieran bonitos acabados y las instalaciones estuvieran provistas con diversos objetos de última tecnología. Allí las cosas eran estrictas, nada fáciles y más sombrías de lo que alguien podría llegar a imaginarse. El primer gran obstáculo para quienes aspiraban a formar parte de sus listas, era el examen de admisión. En antaño, la primera fase de dicho examen consistía en atravesar el inmenso bosque que rodeaba la academia y solo aquellos que lo lograran, tendrían permitido pasar a la segunda fase: someterse a un minucioso análisis médico y después competir contra los demás postulantes en unas pruebas físicas y teóricas que pretendían medir las capacidades, tanto como clasificar sus aptitudes en diferentes rangos y sistemas de puntos. Ahora la primera parte de la prueba había sido abolida, pero eso en lugar de facilitar las cosas, las había complicado. Eran demasiados candidatos, muchos más de los que alguna vez hubo en periodos anteriores.

Después de que Zack dejara a Cloud por su cuenta en la cafetería, este había caído en una especie de estupor que lo dejó clavado al suelo, incapaz de moverse. El ruido de la escoba y los pasos de quien la arrastraba por el suelo, eran los únicos presentes en el recinto. Por demás, todo estaba en silencio. Y Cloud seguía atravesado como un idiota, mediando con sus inanes pensamientos, aun cuando todo el mundo se había retirado ya. Seguía sin comprender a ciencia cierta lo que acababa de pasar. Una batalla de comida que lo había tenido a él por protagonista. Cloud era un ser tan simple que nunca imaginó poder llegar a ser el desencadenante de algo como eso, pese al recuerdo del suceso rayando lo trágico acontecido meses atrás, que había servido de incentivo a su decisión de aceptar el nuevo reto: ser un miembro más de la academia.

Hubo un pequeño estallido en el núcleo del rubio, algo así como una diminuta gota de agua cayendo en medio del mar. Cloud tomó aire como si se hubiera estado ahogando y salió a toda prisa tras la mirada iracunda del aseador que por poco y le trapeó los pies para indicarle que se moviera.

Si rodeas el edificio encontrarás unos baños… la voz de Zack le llegó desde un lugar remoto. Cloud contorneó el espacio según lo indicado con el pelo pegado a la cara, inadvertido de la sangre que brotaba de su ceja y dibujaba una línea amorfa surcando su mejilla hasta morir en su quijada. La gente que había dispersa por ahí lo miraba, como intentando dilucidar si se trataba de una epifanía o de un chico de carne y hueso.

Cloud caminó tanto que, en el momento en que se encontró deambulando por un amplio paraje de hierba, no se sintió en lo más mínimo ofuscado ante la realización de haberse perdido, sino aliviado. Buscaba un baño, y en vez de eso se topó con el que sería su escondite preferido en el mundo: un anticuado establo, firme entre la maleza, como un paria solitario y marginado. El color rojo de la desgastada madera con que estaba construido brilló para Cloud, que se dejó llevar cuál polilla hacia las llamas.

—¿Hola? —dijo el rubio con timidez, empujando lentamente la puerta. No había nadie adentro, solo una vieja yegua llamada Pixie que desde su sitio le miró con inteligencia.

Cloud observó los equipamientos: los habitáculos de madera, las carretillas amontonadas, el heno apilado en las esquinas, el cielorraso cayéndose a trozos, el tramo de paja bajo sus pies... dio varias vueltas, la mirada hacia el techo. Avanzaba girando pero se detuvo en seco cuando repentinamente apareció un espejo frente a él. Cloud sintió un escalofrío apabullarlo al vislumbrar su propio rostro. Tenía un pésimo aspecto; la boca inexpresiva, los ojos inyectados en sangre, la piel pálidamente lisa. Temblaba y no le gustó el miedo que vio reflejado en su semblante.

—Campo B, Sector Oriente —susurró Cloud despacio. Los labios en su reflejo se movieron macabramente lento. Tuvo miedo de seguir mirando—. Campo B, Sector Oriente —apretó los puños. La voz en aumento—. ¡Campo B, sector oriente! —un estallido de cólera— ¡Campo B, Sector Oriente!

No aguantó y le atestó un puñetazo al espejo. Éste al romperse por el impacto hizo tanto ruido que logró sacar al rubio de su ensimismamiento. Cloud contempló su pecado. Una parte del cristal aún resistía en la pared, dividiendo su cara en dos. Miró su ojo azul en él, sus largas pestañas surcadas por gotas de sangre como si las hubiera llorado. Allí permaneció respirando con dificultad.

El chico analizó aquello que lo rodeaba y súbitamente, tomó unas tijeras clavadas en la columna de la derecha. Soltó la liga que sujetaba parte de su cabello en la nuca y, tembloroso, dirigió hasta ahí el filo. Los hilos dorados de su pelo se esparcieron de inmediato por el piso al caer, confundiéndose con la paja. Siguió manoteándose con rabia, arrancándose mechones sin meditar muy bien lo que hacía. Se detuvo cuando sintió el escozor de la nueva herida. Se había abierto los nudillos con el golpe. Volvió a mirarse en el espejo que acababa de quebrar.

—Dios… —su cabello (era un milagro que aún tuviera) estaba también ensangrentado.

Cloud dejó caer las tijeras.

Antes de darle tregua a las lágrimas, mandó las manos hacia el estanque que permanecía lleno justo debajo, en frente de él, y hundió su miseria en el agua. Sollozó, se peinó hacia atrás y suspiró. Su cabeza entera escurría agua y el eco de ella al caer proporcionaba el perfecto telón a la voz que rugía en su consciencia: Sé un hombre.

2.
De Zack se esperaba que fuera frío, implacable y prepotente; como cualquier líder de su profesión, pero en lugar de eso, y para asombro de muchos, era alegre, amable, humilde. Fue la última de estas cualidades con la que Angeal finalmente convenció a Sephiroth, el temible instructor, de encargar una cuadrilla completa a su cuidado.

"Vamos, no encontrarás a otro chico como él en ninguna parte" —insistía Angeal.

"Y no lo dudo" —respondía Sephiroth satíricamente mientras miraba a su interlocutor de soslayo, con una ceja levantada y una sonrisa.

En aquella época del año, el viento solía comportarse de una forma particularmente vivaz. Pasaba sacudiendo los árboles y el prado, logrando una imagen casi paradisíaca de aquel pequeño tramo de tierra. Zack venía sorteando las piedras del camino, despreocupado de su aspecto multicolor por la comida que todavía lo adornaba. Angeal, que caminaba junto a él, lo miró divertido.

—Eres, sinceramente, la única persona capaz de no perder la cabeza durante los inicios de ciclo —le dijo el mayor. Era él el encargado de coordinar las acciones de Zack y lo conocía bastante bien. Siempre había admirado esa cualidad muy suya de no ceder ante pequeñeces, aunque fuera tan hiperactivo…

—Es el estrés —musitó Zack, sonriendo. Se detuvo al avistar la bahía del lago (su lugar de entrenamiento) a unos pocos pies delante de él. Por un momento pensó en Cloud y en si había hecho bien al dejarlo solo en aquel estado. Quizás deseó consultarlo con su mentor, Angeal, pero lo que salió de su boca a continuación no tuvo relación alguna con el meollo del comedor—. ¿Empezamos el calentamiento?

Angeal decidió darle la espalda a su pupilo. Se cruzó de brazos, pretendiendo no escucharlo y murmuró:

—Tan cerca…

—¿Hmm? —inquirió Zack.

—Mis favoritas y las de Sephiroth —Angeal Hewley señaló las flores del otro lado del lago.

Una vez cada año, dichas flores crecían de manera asombrosa, atrayendo a las luciérnagas en la noche. Si además, la época de floración coincidía con luna llena, estas tenían la peculiaridad de brillar.

—El espectáculo que dan es increíble —comentó Zack. Recordaba haber visto aquello en alguna ocasión y fue hermoso. Sin embargo, frunció un poco el ceño. Se obligó a callar. Una duda con respecto al incidente de la cafetería había surgido—. ¿Estás muy enojado?

Hubo un corto silencio. Angeal se alejó un poco por toda respuesta, estuvo quieto un instante y luego se volteó con brusquedad para gritar:

—¡Zack, cuidado!

El joven se sobresaltó, mirando en todas direcciones. Extrañado al no encontrarse con nada potencialmente peligroso, compuso una mueca de desconcierto. Se rascaba la cabeza a punto de protestar, cuando sintió a su mentor capturarle por detrás y arrastrarle hasta tirarlo directo al lago.

¡Gyaaah!

El agua fría se coló entre los pantalones de Zack.

—¿P-por qué…? —fue todo lo que atinó a decir Zack antes de levantar la mirada y quedarse mudo ante la desconcertante y majestuosa que le ofrecía el otro—. ¿Qué rayos ha sido eso? —entonces Angeal fue incapaz de continuar con su patraña y se echó a reír. El joven comprendió que todo había sido una broma y salpicó agua en una muestra falsa de indignación—. ¡Oh, tú…!

—He perdido la cuenta de cuantas veces te he dicho que no me des la espalda.

—Vaya manera de recordármelo —mientras salía a tierra, Zack se miró la camisa anteriormente manchada de comida—. Oye, ya está limpia.

Ambos prorrumpieron en carcajadas.

No fue hasta el atardecer, durante un duelo de esgrima, que el elegante Vincent se acercó púdicamente hasta ellos:

—¿Zack? —las espadas cesaron el movimiento—. Creo que tienes trabajo.

3.
Los postulantes se habían reunido en el campo B, Sector Oriente, que era más específicamente un espacio repleto de obstáculos de tortura. Génesis Rhapsodos se limaba las uñas de la mano izquierda, trepado en una tapia mientras contemplaba a los aspirantes, que parecían más bien unos corderitos a la espera de su turno para ser ejecutados. No se molestó en disimular su descontento cuando murmuró hacia Barret:

—Acabemos con esto de una vez.

—¿Qué propone, jefe? —preguntó Barret a Génesis—. ¿Seleccionarlos al azar y esperar tener suerte?

Cloud llegaba recién. Con el corazón desbocado se puso a buscar algo incierto entre la multitud. Era tal el desorden que por unos instantes deseó no haberse cortado el cabello sino apuñalado los ojos. De reojo capturó la imagen de una chica de melena castaña que trataba de infundir ánimos a un grupo de estudiantes indispuestos. Genial, alguien amable, para variar. Cloud avanzó con la intención de dirigirse hacia ella pero entonces Sephiroth apareció de la nada, cortándole el paso. Fue un rayo veloz. La gente se estremeció.

—¿A alguien no le han quedado claras las instrucciones? —inquirió Sephiroth con propiedad. Una vez más su voz primaba por encima de todo sonido sin necesidad de levantarla. Cloud sintió que la garganta se le cerraba. ¿Instrucciones?

—Aún no las hemos dictado —habló Génesis, acercándose a Sephiroth. Miraba con desdén a las criaturas que como Cloud, estaban a sus órdenes—. Siguen saliendo de aquí, de allá… —suspiró—. De todas partes.

En eso, un subordinado de uniforme extraño se agregó al pelotón para entregarle a Sephiroth un documento. También intercambió algunas palabras con él y con Génesis. Murmuró, asintió y desapareció tan rápido como había llegado. Cloud deseó tener oídos superdesarrollados. Veía que todo el mundo se hallaba en el más puro estado de ansiedad ante lo desconocido.

Génesis besó a Sephiroth en la mejilla y se fue. Así, este quedó nuevamente solo. Levantó el documento, lo leyó tomándose su tiempo y luego se dirigió a los postulantes.

—Bueno —empezó Sephiroth—, una fuerza muy poderosa se ha puesto de su lado —a Cloud no le gustó la sonrisa ácida que vio plasmada en el rostro del instructor—. Tal parece que son demasiados como para presentar la prueba del día de hoy a la vez, y además, se está haciendo tarde —miró hacia el horizonte—. Pero como no podemos simplemente despacharlos, haremos un pequeñísimo ensayo —otra vez esa sonrisa—. Quien lo fallé se irá a casa.

Un corillo de murmullos desconcertados se desprendió de la multitud.

—¿Quién quiere ser el primero?

Como entreviendo algo oculto en las lesivas palabras del instructor, batallando con su cerebro y su corazón, Cloud levantó la mano.

4.
Vincent y Zack llegaron tropezando ansiosamente por los escalones de madera. En la cabaña, los ocupantes discutían a viva voz.

—¡Dormirá afuera! —gritó Reno, refiriéndose a Cloud, dirigiéndose a Yuffie.

—¡No es un perro, Reno! —gritó ella de vuelta—. ¿Por qué los hombres sois tan egoístas? ¿Qué hay de malo en que duerma con alguno de ustedes?

Yuffie miró a Squall, quien, cruzado de brazos, desvió la mirada.

—Yo tampoco lo quiero —farfulló.

—Puede dormir en la alfombra —sugirió Rude.

—¡Dios! —exclamó la chica—. No tenéis tacto, sois todos unos animalejos horribles.

Reno torció la boca:

—Pues que vaya y duerma con alguna de vosotras.

La expresión de Yuffie cambió.

—No puede —saltó indignada.

—¿Por qué? —preguntó Squall sin interés.

—Bueno... porque… porque… yo… esto…

Zack y Vincent escudriñaban por la ventana.

—¿No puede dormir contigo por hoy? —mencionó el primero.

—¿Debo recordarte que duermo en el techo? —dijo el segundo.

—Tienes razón.

Cuando las voces que salían de la cabaña comenzaron a convertirse en bramidos, Cloud se levantó resignado, se encaminó hacia la puerta y la abrió golpeando a Zack en el hombro sin querer. El sonido, aunque leve, hizo callar a todos.

El rubio sostuvo la falleba con fuerza para no irse de espaldas. Su torpeza ya le había traído problemas con Squall y ahora seguramente con Zack también. Abrió la boca aterrorizado.

—¡Perdón! —logró chillar.

—Todo el mundo tranquilo —comenzó Zack, ignorando el desliz y pasando al interior de la cabaña—. Se trata de las camas, ¿o no? —Squall volteó la cara, Reno refunfuñó, Yuffie asintió y Rude simplemente se encogió de hombros—. No hay problema, el postulante dormirá conmigo —el pelinegro buscó a Cloud para saber si estaba de acuerdo, pero al volverse este ya había desaparecido. Zack miró a Vincent y él le señaló con indolencia la escalera.

5.
La valentía es a veces una barra energética que se desgasta entre más se la usa y requiere de tiempo para recuperarse. Por eso Cloud echó a correr ante el peligro de verse envuelto en una situación parecida a la ocurrida en el comedor, aun cuando había tenido las agallas de retar a Sephiroth en el campo.

Había levantado la mano y el instructor lo había mirado como si no pudiera creerlo, al principio ofuscado, después burlón. Cloud casi necesitó de un quiropráctico para poder recobrar el movimiento, paralizado por la visión majestuosa de Sephiroth que le miraba sin parpadear. Pequeño, veamos si tu ímpetu ha sido una muestra de valentía o estupidez.

Estupidez, definitivamente. Nadie encaraba a Sephiroth y salía bien librado. Sin embargo, como si una fuerza impropia a su carácter se hubiera apoderado de él y estuviera controlando sus acciones, Cloud no retrocedió.

La prueba que le impusieron fue la más dura que había tenido en toda su vida. Así, de un solo tirón, perdió lo poco que aún conservaba de su autoestima y confianza. Cloud no tenía fuerza, ni habilidad, ni características que lo hicieran sobresalir por encima del resto y sin embargo, aunque falló en todo; en tiempo, velocidad, estrategia… Sephiroth no lo botó como a un perro. Lo único que hizo fue enviarlo a su respectiva cabaña (la de la cuadrilla de Zack), situación que le hizo ganarse unas inexplicables miradas de odio, después de indicarles a todos que el examen se realizaría mañana temprano en grupos de a tres.

Cloud estaba muy nervioso. No se entendía. Le había plantado frente a Sephiroth y le huía a Zack, en cambio. Su barra de valentía agotada. Las manos del chico se posaron dócilmente sobre la columna tras la que permanecía escondido, mientras vigilaba cautelosamente la escalera por la que había bajado, en espera de Zack.

Lo que no esperaba, sin embargo, era que este se le apareciera por detrás.

—¿Qué haces? —preguntó Zack con inocencia. Cloud dio un respingo tan exagerado que se aporreó la frente contra la columna. El sonido del golpe no le pasó desapercibido a Zack—. ¿Estás bien?

De pronto, el rubio sintió mucha vergüenza. Lamentó no haberse dado más fuerte y así desprenderse el cerebro y morir. Se quedó apretado contra la madera de la columna con los ojos cerrados, el corazón desbocado. Pensaba que si ignoraba a su interlocutor, este se marcharía. Más lo que ocurrió después fue algo muy diferente.

—Tienes una araña en la camisa —continuó Zack. Como si alguien lo hubiera electrocutado, Cloud pegó un brinco que casi lo clava al techo y comenzó a sacudirse las ropas con furia. Zack lo vio rebotar, preocupado—. Espera, quédate quieto.

Con algo de esfuerzo, Zack pudo hacerse con los brazos de su compañero para inmovilizarlo. Aferrándolo con fuerza. Retiró el insecto de sus ropas y lo liberó, sacudiéndoselo. En ese momento, Cloud abrió los ojos. Y una vez más volvió a encontrarse de lleno con esos ojos de extraño color mirándole con compasión.

—Tranquilo —dijo Zack. Le dio un apretón en los brazos antes de soltarlo y retroceder un poco. Analizó al chico rubio que parecía muy sorprendido. Tenía sus ropas sucias con tierra, comida, polvo y… sangre—. Te llamas Cloud, ¿no? ¿Cómo te va?

A esas alturas, el mayor no iba a resignarse a esperar una respuesta. Nunca había conocido a una persona así de callada, pero inmediatamente decidió que le gustaba. Él hablaba mucho y no le costó encontrar las palabras.

—Hace mucho frío, parece que lloverá. A veces cuando eso pasa, se forman arcoíris en la mañana y créeme no hay nada más bonito que un arcoíris en la mañana… ¿Por qué te cambiaste el peinado?

Cloud abrió los ojos, estupefacto. No se había cambiado el peinado, se había mutilado la cabeza con unas tijeras hasta reducirla a un montón de mechones desordenados y puntiagudos. Se sintió algo inseguro por las intenciones que pudiera tener ese chico de mirada extraña, pero hasta entonces ninguna voz de alarma había sido disparada y se aseguró a sí mismo que podía confiar en él.

—Es complicado —respondió Cloud.

Una ráfaga de viento arreció. Zack, que se había puesto a dar vueltas por ahí, se detuvo.

—Hablaste —sonrió. Cloud asintió—. Di algo más —pareció pensar—. ¿Qué tal la prueba de hoy?

—Bien, supongo. Me lastimé la mano.

—Oh diablos —dijo Zack, al comprobar la veracidad de esas palabras—, ¿te duele mucho?

Cloud miró sus nudillos.

—No es nada.

—También te has lastimado la ceja.

La mano de Cloud subió automáticamente hasta el corte. —Me lo hice… —recordó el plato volando por los aires— No importa.

Zack extendió vehemente los dedos en dirección al otro, haciéndolo sobre reaccionar (no estaba acostumbrado al contacto). Zack apenado, retrajo su mano impetuosa hacia el pecho y ahí la dejó. El gesto lo hizo ver lindo.

—Tengo una amiga en la enfermería —trató de sonreír—. Sería conveniente visitarla… digo, si quieres, seguro que puede hacer algo.

Zack casi sintió la repentina urgencia de dar media vuelta y emprender la retirada con el rabo entre las patas al notar la línea pálida que ahora era la boca del otro muchacho. Pero no lo hizo. Porque el cuerpo de Cloud reaccionó. Finalmente, la mueca seria que había mantenido hasta entonces se transformaba en una afable.

6.
De vuelta a la cabaña, Cloud miró la apestosa alfombra con asco, pero por supuesto, tal sentimiento no se reflejó en su talante impasible. Los demás habían decidido ignorarle, así que de momento se sentía tranquilo. Se arrastró a cuatro patas sobre la felpa asquerosa, que era como la piel de un animal tieso. Nada cómodo. Abrazó sus piernas, mirando en derredor y una buena sorpresa se llevó al ver de frente al tipo que había intentado cortarle el cuello antes en el comedor.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Zack que salía del baño.

—N-nada —respondió Cloud con nerviosismo. El otro se apresuró a explicarse.

—Me refiero a por qué estás sentado en esa cosa.

—Uh… me dijeron que podía dormir aquí.

—¿Quién?

Cloud levantó la mirada hacia Squall (en realidad había sido Rude), dormido plácidamente en la cama de al lado. Zack alargó un suspiro de resignación.

—Squall… bueno, ¿qué importa? Puedes dormir en mi cama.

Las alarmas se dispararon.

—No podría usurpar su lugar…

—¿Usurpar? —repitió Zack—. Yo pensaba más en compartir —Cloud negó con la cabeza, Zack pareció extrañarse—. ¿No?

—Quiero decir, estaré bien aquí. Muchas gracias.

Zack se quedó mirando al chico por varios minutos, luego, mientras trepaba a su cama, le preguntó:

—¿Cuántos años tienes?

Advirtió el color rosa que se apoderó de las mejillas de Cloud.

—Dieciséis…. ¿y usted?

—Diecinueve. ¿Estás seguro de que puedes dormir allí abajo? —Cloud asintió—. Bueno pues como quieras, pero que sepas que la oferta sigue en pie.

El pelinegro se recostó, apagando las luces. Cloud cerró los ojos. Cinco minutos después unos ronquidos provenientes del chico pelirrojo perturbaron el silencio. Intentó sobrellevarlo, pero dado un punto de la noche se hicieron inaguantables. Cloud miró con amargura la oscuridad y de súbito la silueta de Squall se irguió. Cloud se preparó mentalmente para recibir una paliza, sin embargo, todo lo que hizo el castaño fue tomar una de sus almohadas y arrojarla con violencia al vacío. Se oyó el trozo de tela impactar en la cara de alguien, seguido de un gruñido quejumbroso y nada más… Squall había vuelto a caer en su letargo y el silencio reinaba otra vez.

Aliviado, Cloud miró el reloj. Marcaban las 12 a.m. Cerró los ojos, los volvió a abrir, y eran la 1 a.m. Se dio cuenta de que durante esa hora de inconsciencia había comenzado a llover. Como había predicho Zack. Pensó en él, en su pelo negro con flequillos, en su torpeza, en la forma cómo lo había defendido y soportado. Pensó también en Sephiroth con su larga melena y la forma en que lo había levantado del suelo, una manera rígida pero no animal y la prueba…

Anheló tanto su cama… Se abrazó a sí mismo intentando retener el calor.

Una gota helada le cayó en la punta de la nariz, Cloud levantó el rostro y varias más le cayeron en las rodillas y las manos.

—No puede ser… —farfulló. Se movió rápido entre las sombras para hacerse a un lado, pero en el proceso se estrelló contra la mesita de noche.

Quedándose súbitamente quieto, esperó a que ninguno de los muchachos se levantara para matarlo. Inclinó hacia arriba la cabeza y su desordenado copete rubio removió accidentalmente algo pesado que le impactó en la frente, derramando su contenido sobre él. Maldijo su mala suerte mientras manoteaba en todas direcciones, mojado y ciego sin poder encender la luz sin perturbar el sueño de los demás.

—¿En qué me he metido, abuela? —se lamentó. Un relámpago iluminó el sitio, descubriendo monstruos horribles. De repente le dio la impresión de que el techo se iba a caer.

Entonces, una mano desconocida tanteó el aire y cayó en su cabello.

—Oye… —Cloud giró bruscamente. A sus espaldas estaba el joven de antes, hablándole dormido— ven aquí.

Cloud iba a replicar y no pudo. Quiso declinar la oferta y tampoco pudo. El frío le tenía entumecidas las extremidades. Los labios. Sentía los dedos de Zack enterrados en su nuca, como un vago calor que iba y venía a su antojo. Cloud se puso de pie tambaleándose con violencia para finalmente caer otra vez al suelo.

—¿Por qué soy tan estúpido? —se dijo con amargura.

—¿Tiednes fdrio? —Zack, sonámbulo, reacomodó su cuerpo para abrirle campo a su lado (incluso desdobló la cobija), pero la cama era demasiado pequeña y Cloud no se atrevió a cometer semejante insensatez.

En la alfombra, después de un rato largo, Cloud se durmió.

Y soñó con agujeros negros.