Capítulo 4: De las cenizas resurgiendo.
Cabía anotar algo muy llamativo con respecto a los integrantes de la academia: sus uniformes. Consistían de un pantalón y una camisa completamente negros, sobre la que se ponía una chaqueta y un chaleco con correas; las mangas de la chaqueta podían recogerse a la altura de los codos por comodidad. El conjunto se complementaba con unas botas de cuero, guantes, una cinta varia alrededor del bícep derecho y, lo más llamativo, una pañoleta en torno al cuello (de diferente color según el rango) con la que solían cubrir sus bocas y nariz y a veces, cuando la situación lo ameritaba, la cabeza entera.
Esa era la vestimenta oficial en los entrenamientos, aunque había otras características propias de cada organización, pues no todos allí desempeñaban el mismo papel.
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Domingo, Septiembre 25 del año 30.
Ciclo XC
4:30 de la mañana.
1.
Barret entró por las malas en la habitación, abriendo la puerta de una violenta patada.
—¡BUENAS TARDES, SEÑORITAS! —exclamó al tiempo que encendía las luces para ver a sus alumnos retorcerse en sus colchones como gusanos invidentes. Se quejaban en el idioma de los dormidos, intentando protegerse de los regaños de su entrenador con la sábana—. ¡A levantarse! —volvió a gritar, quitándole la cobija Reno—. ¡Muévanse!
—Son las cuatro de la puta madrugada —se quejó Squall. Dormía sin almohadas porque se las había aventado todas a Reno durante la noche para acallar sus ronquidos.
—He dicho… ¡muévanse!
Leonhart obedeció de mala gana, mientras le escrutaban con ojos de puñal, durante todo su recorrido hacia el baño. Barret, después de asegurarse de que Rude y Reno ya colocaban los pies en el suelo, se apresuró hacia Zack. Éste se había colocado el brazo sobre la cara, en un gesto típico de quien intenta dominar por encima de su voluntad, su cuerpo.
—Squall —se oyó a Reno en el fondo—. ¡Apúralo! ¡Me hago viejo!
De un tirón, el impaciente Barret iba a sacar a Zack de la cama, pero se encontró pisando el cuerpo de una cabeza rubia acurrucada en la alfombra y tuvo que detenerse. La morena piel de su rostro se contrajo tanto por la duda como por el asco.
—¿Quién es ese? —inquirió.
Indolente, Reno levantó la frente de la puerta del baño.
—El nuevo cáncer de Fair —contestó. Como en ese preciso instante Squall salía del baño y Reno se había distraído, Rude aprovechó para colarse dentro—. ¡Hey! —tiró el pelirojo del picaporte, tratando de abrir, sin éxito—. Ahh —se resignó.
Ignorando ese hecho, Barret volvió a mirar a Zack en busca de una respuesta madura. Solo que Zack no parecía recordar mayor cosa tampoco. Como pudo se arrastró por el colchón y se asomó hacia abajo, sorprendiéndose de hallar al chico rubio en tan complicada posición.
—¿Quién es? —insistió el entrenador.
Sin saber qué decir, Zack se encogió de hombros.
—Un amigo —respondió.
—Amigo —repitió Barret lúgubremente—. Pues más te vale que lo despiertes o llegarán tarde. ¡Tienen cinco minutos!
De la misma forma que entró (azotando la puerta), Barret salió. Dentro de la habitación volvió a reinar la paz. Reno rezongó, como siempre hacía todas las mañanas:
—Ahhh, cada vez está peor.
En ese instante, Vincent bajó del techo. A diferencia de sus compañeros lucía despejado y prolijo. Vio a Squall luchar con el pantalón del uniforme y no pudo evitar reparar en que su cabello seguía seco.
—¿No han tomado una ducha? —quiso saber Vincent algo incrédulo. Su voz era áspera y deliciosa. Todos lo miraron levantando una ceja—. ¿Qué?
El agua de la cabaña era demasiado fría para el cuerpo a esa hora de la madrugada. Bañarse sería cometer suicidio. Por eso todos preferían esperar el medio día, momento en que las regaderas comunitarias con agua caliente se abrían al público. Sinceramente preferían desnudarse en frente de sus compañeros que bañarse en la mañana.
Los chicos se pusieron a pullar a Vincent por su obsesión con la limpieza, formándose de pronto una pequeña revuelta que Zack mandó a callar con un gesto de la mano. Ya había recobrado el sentido y se dispuso a despachar a Cloud.
—Oye —lo sacudió suavemente por el hombro—. Oye, despierta. Hoy es la segunda parte de tu prueba, no querrás llegar tarde.
Por leves segundos, a Cloud se le ocurrió pensar que estaba en su casa y quien interrumpía su sueño era su abuela, no el chico de ojos raros que tanto lo había ayudado.
—Uhmngh…cinco minutos más —refunfuñó. Zack sonrió divertido.
Desde su sitio, en lo que se acomodaba las botas, Rude suspiró:
—Al final le has dejado dormir en la alfombra.
Como si lo hubieran arrojado a un lago congelado, Cloud se enderezó de inmediato, sentándose y miró en todas direcciones.
—¿Es muy tarde? —preguntó alarmado, tratando de recobrar la vista limpiándose los ojos con las palmas de las manos porque todo era borroso a causa de su repentino despertar. Los demás le dedicaron unas miradas de desdén, salvo por Zack, que parecía muy contento de volver a verlo. Lo ayudó a incorporarse y todo.
2.
Se había ofrecido a acompañarlo. Todavía estaba oscuro y helaba fuera. Cloud se sobaba el cuello, víctima de una tortícolis desarrollada por la postura incorrecta al dormir. Se sentía cansado y a la vez nervioso, por eso hablaba con la esperanza de despejarse aunque fuera un poco.
—Y si todos deben usar el mismo atuendo, ¿cómo se las arreglan para diferenciar cada dependencia? —preguntó el rubio a Zack, quien caminaba a su vera. Se veía despampanante en su uniforme negro. Daba una cierta sensación de autoridad, era un chico muy alto, pero sin perder su encanto amigable.
—Portamos un lazo del color correspondiente en el brazo —informó él—. El mío es azul, lo que quiere decir que pertenezco al área de fuerza y asalto. Pero hay rosas, relativos al área de salud; rojos para estrategia, inteligencia y espionaje; blancos son los desarrolladores e investigadores; verdes si son exploradores, naranja llevan algunos instructores... en fin, son demasiados. Dentro de cada sección hay más clasificaciones. Cuesta un poco aprenderlo. Sólo los uniformes de fuerza y asalto permanecen prácticamente iguales al trabajar, los demás cambian por completo.
Un poco descolocado por la nueva información, Cloud empezó a frotarse las manos.
—Wow… ¿Y qué me dice de las pañoletas?
Antes de responder, Zack se dio la vuelta, con las manos tras la nuca, para caminar de espaldas mirando hacia arriba como si pensara.
—El color en mi sección varía según el rango, las del resto son marrones.
Cloud recordaba muy bien el aspecto de esos hombres que le habían salvado la vida en aquella ocasión. Del incidente no había surgido mayor revuelo ni en la prensa ni en las noticias, pero él muy bien sabía que se trataba de unos Okamis. Precisamente, dichosos seres eran legendarios de la academia y no entendía cómo es que no había visto ninguno. O eso creyó. Estaba a punto de indagar sobre este respecto, pero vio que Zack se volvía de frente de nuevo para señalar las tiendas de campaña de los chicos que ya empezaban a formarse en el campo.
—Vaya —silbó el pelinegro—. Me gustaría ser así de puntual —Zack, que estaba mostrando ser muy receptivo, calló de súbito al reparar en la expresión atemorizada de su compañero—. ¿Te encuentras bien?
El tamaño del espacio era desconcertante. De pronto Cloud se sintió pequeño, casi minúsculo. Tembló un poco intentando contener las ganas de ocultarse bajo una roca. Le quemaba la boca de su estómago como si hubiera ingerido lava al desayuno en lugar de las rebanadas de pan de centeno y queso que el otro le ofreció con amabilidad.
—¿Qué ocurre? —continuó Zack. Siendo muy cuidadoso, estiró la mano para acariciar el brazo ajeno. Ese era un gesto típico de él, era como si tocando a las personas pudiera comprender mejor sus sentimientos.
—Nada —casi gritó Cloud. Enseguida cayó en cuenta de su error y se cubrió la boca—. Sólo quería agradecerle. Desde que llegué no he sido más que una molestia y usted, quiero decir, usted ha sido muy amable… gracias —Zack sonreía, considerando un halago sagrado las palabras que le dedicaban—. Si hay algo que pueda hacer, o sea, que sea a prueba de tontos como yo…yo…
Olvidando los límites del espacio personal, Zack se acercó a Cloud y lo tomó suavemente por los hombros encarándolo. De la forma más cortés, le dijo:
—Sólo hay tres cosas que desearía hicieras por mí —el rubio asentía como un lerdo. Un rubor adorable se había apoderado de sus mejillas. Ahora le quemaba el pecho también, pues su corazón latía enloquecido—. Uno —Fair levantó en dedo índice—, llámame por mi nombre. Dos —Fair levantó un dedo más, enumerando —, da lo mejor de ti en esa prueba.
Sí, se esforzaría. Su abuela lo había desterrado de su hogar y no tenía a donde ir en caso de no ser admitido. Cloud estuvo muy de acuerdo con las proposiciones de Zack. No obstante, frunció el ceño cuando el silencio se prolongó demasiado.
—¿Y la tres? —musitó muy tímido.
Zack le dio una amistosa palmada en el cuello y sonrió.
—Iba a pedirte que almorzáramos juntos.
Aquello pareció más un regalo para el joven chico rubio que para el de cabellos azabaches. Con todo, Cloud asintió aceptando, prudente, obediente y respetuoso.
3.
La anterior prueba pasaba como un juego de niños en comparación a lo monstruosa que esta resultaba. Primero estaban los nervios, capaces de sacar lo peor de los novatos. Luego el hecho de que parecían existir "ciertas preferencias" según Cloud escuchó de las bocas de unos chicos congregados en el rincón. Varias veces, en varias ocasiones lo miraron mal. Y él no podía llegar a explicarse la razón de susodicha hostilidad. ¿Sería tal vez porque lo habían visto caminando con Zack? ¿Pero que no era él un simple estudiante más con la única diferencia de ser un jefe de grupo?
Durante el recorrido en ferri hacia la academia, Cloud se había leído la información completa de unos folletos, periódicos y libros que hacían mención al prestigioso lugar. Sin embargo nada podría haberlo preparado para lo que estaba presenciando.
Y aquello le sentaba mal. Siempre había sido un chico muy mimado y dócil, acostumbrado a los buenos tratos que tanto contrastaban con el frío y rígido proceder de los instructores. Quizás por eso había congeniado un poco con Zack.
Justo después de que se dictaron las instrucciones, Sephiroth, en lugar de formar las conocidas filas de siempre y sacándole un jadeo de impresión a todo el mundo, excepto a Génesis que solo levantó la mirada de golpe y a Angeal que frunció un poco el ceño, volvió a recurrir a la técnica de la vez pasada, pidiendo por voluntarios para empezar.
Nadie quiso arriesgarse como Cloud había hecho ya, en vista de lo que tuvo que atravesar. Y por eso, a falta de imbéciles ofreciéndose para ser humillados, Cloud decidió tropezar con la misma piedra dos veces y levantó la mano.
4.
En cuánto finalizó la prueba, que resultó extenderse hasta las seis, como pudo, el desbaratado Cloud corrió a todo lo que dieron sus piernas, pero aun así llegó tarde.
Para empeorar las cosas, las personas ya habían abandonado el comedor cerrado y se amontonaban en los alrededores, saturándole el paso. Buscó a Zack por encima de sus cabezas, pensando en lo tonto que era por esperanzarse en encontrarlo después de tantas horas de retraso. Sin embargo, a pesar de eso y para alivio suyo, de buenas a primeras lo avistó sentado en el suelo, contra la pared de la cafetería. Sus brazos estaban extendidos hacia el frente y los codos los tenía sobre las rodillas. Una pose muy guay.
Impulsado por el acto reflejo, Cloud intentó arreglarse un poco el cabello y la ropa. No había tenido tiempo de acicalarse propiamente, así que su aspecto era luctuoso. Dio algunos pasos inciertos y volvió a detenerse, al ver que Zack mantenía una agradable conversación con alguien que estaba de pie mirándolo hacia abajo. A Cloud le costó reconocer que se trataba de Génesis. Ambos se reían y charlaban… solo entonces, analizando las facciones del joven de pelo negro, Cloud se percató de que Zack era muy atractivo.
—Hola —saludó en una voz tan baja que nadie lo escuchó. Su cara se puso roja. Quizás debió esperar a que el instructor se marchase, así que se quedó ahí de pie, mudo y procurando no moverse demasiado. Los ojos de Génesis se dirigieron bruscamente hacia Cloud cuando capturó su silueta. Se despegó de la pared y sonrió con malicia. No dijo nada hasta que le pasó al rubio por el lado.
—¿Nos estabas espiando? —escupió.
Un hormigueo de terror se expandió por la espalda baja de Cloud. Quiso aclarar sus intenciones de inmediato, pero el instructor no parecía muy interesado. Rió mientras se alejaba y desaparecía.
—No le hagas caso —murmuró Zack conciliador, desde el suelo. En sus manos estrujaba una pañoleta negra. Tenía solo el pantalón, las botas y una camisilla blanca. Palmeó el suelo a su lado para indicarle al otro que se sentara, sin mostrarse en lo más mínimo ofendido por la tardanza—. ¿Qué tal ha salido todo?
Muy obediente, Cloud se sentó con las piernas recogidas, aunque eso sí algo distante porque temía oler a tierra y a sudor.
—Siento… —empezó a balbucear una disculpa que Zack acalló con un gesto. Sabía que las pruebas no eran nada fáciles y llevaban tiempo, a pesar de que nunca las hizo. Él estaba ahí por razones y por medios muy distintos a los de todos los demás.
—Nunca debes disculparte por algo que no ha sido tu culpa. Créeme, Cloud. Comprendo cómo funciona este lugar. No estoy molesto, por el contrario, me alegro mucho de que hayas venido. A veces la gente simplemente termina demasiado cansada y se va a la cama —aquí, el rubio no pudo evitar bajar la cabeza. ¿Quería decir eso que era costumbre de Zack invitar a sus conocidos a almorzar? No le molestaba, solo de repente le disgustó saber que no era especial—. En cuyo caso tampoco me hubiera disgustado. Primero lo primero —el mayor se removió, buscando algo—. Y hablando de prioridades. Supuse que tendrías hambre.
Cloud se petrificó al contemplar lo que el otro le alcanzaba. Era un almuerzo perfectamente empacado.
—¿Para mí? —se sorprendió. Zack asintió y Cloud le recibió el presente—. Muchísimas gracias.
Sin embargo, el menor no comió hasta que se lo indicaron, avergonzado todavía por mostrarse tan irrespetuoso hacia su superior. En cuanto quitó la tapa del recipiente, asestó cucharadas veloces en el contenido que se llevó a la boca sin más. Sabía delicioso.
—Ya he comido —comentó Zack casualmente—, espero no te incomode. Puedo aguantar muchos días al sol siempre y cuando tenga comida a la mano. El hambre es una cosa terrible. ¿Qué tal está?
Cloud asintió rápidamente en señal de agrado, puesto que tener la boca llena le impedía hablar. Eso llenó de energía a Zack. Como si estuviera orgulloso de sí mismo dijo:
—Son bobozanas. Las he preparado yo. Espero no sufras de diabetes porque contienen altos montones de azúcar.
De manera que Zack era cocinero. Ese joven era el colmo de la perfección entonces. A Cloud le fascinaban los platillos de su abuela, una excelente chef. Le sorprendía mantenerse delgado aun cuando se atiborraba de comida a cada rato.
Los dos chicos pasaron el resto de la tarde hasta que anocheció, charlando. Cloud agradeció muy educadamente la comida, se disculpó otra vez (ganándose una mirada de reproche) y le estrechó la mano a Zack. El apretón tuvo el efecto de un pacto. Ambos levantaron la mirada, en medio del silencio de la noche, el frío, la oscuridad, encontrándose ya no un conocido en los ojos del contrario, sino un amigo. Uno verdadero.
5.
Había largas filas en torno al deshuesadero de la academia. Como en un concierto de rock se oían las voces demandantes de los personajes ahí congregados. La meseta asemejaba una trinchera.
Cid empleaba unos binoculares desde el interior.
—¡Jum! —resopló—. Habrá que andarse con cuidado, Reno y su pandilla encabezan la primera plana —Barret bufó, apuntaba con su brazocañón en todas direcciones—. ¿Pero qué haces, macho?
—Practico —respondió bruscamente el moreno—. Por si las cosas se salen de control.
Tseng emergió de la última sala, impoluto. Se arreglaba la corbata. Echó un vistazo alrededor y dijo:
—Por favor, no vayáis a cometer el error de entregar las armas de los instructores o las vuestras. En especial, tened cuidado con el Masamune de Sephiroth y el Estoque de Génesis…
—Y la bebé de Angeal —alguien habló tras la puerta, fuera.
Rodando los ojos, Tseng distorsionó su semblante regio para mascullar con molestia:
—Reno, vete de aquí.
El chico contestó:
—No puedo, me han tirado de allá arriba. Os tardáis demasiado, ¿puedo pasar?
—Eres un maldito estorbo — le regañó Barret—. De nada nos sirves aquí.
—Ahh, que vas de chulo —siguió Reno. Barret de pronto quiso agujerear la puerta a balazos—. Sólo quiero desmentir un rumor que he escuchado hace poco en el comedor.
Tseng meneó la cabeza, comprobó que estuvieran todas las cosas en orden para la repartición de municiones y buscó una en especial.
—Es cierto —dijo. Los presentes le miraron confundidos—. Necesitarás algo más que tu palabrería para que te dejen pilotear los helicópteros esta vez.
Reno abrió la boca, ofendido.
—Me estás jodiendo —exclamó.
Cid y Barret intercambiaron miradas, sonriéndose con complicidad porque siempre era bueno fastidiar a los estudiantes. En especial a Sinclair que solía ser tan testarudo, cínico y despreciable.
—No —volvió a la carga Tseng, ya nuevamente serio—. Rufus se dio cuenta de lo que hacíais tú y Rude allá atrás y…
—¡Qué no hacíamos nada, hombre!
—Claro, sólo manipulabais los controles para 'volar' más rápido, cambiabais la configuración de seguridad y derrochabais el combustible en tontas peleas aéreas.
El pelirrojo miró a Rude que permanecía a su lado en una actitud solemne. Tan elegante y leal como siempre.
—Ya, qué cojones… —maldijo Reno y bajó la voz—. Nos han pillado, colega.
—¿Te decantas por tu varita mágica? —le preguntó Tseng al abrir la puerta. Tenía el arma característica del joven en la mano. Sin esperar replica alguna se la lanzó y lo miró severo—. Ahí está, ahora lárguense.
