Capítulo 5: Mako
1.
Reno arremetió coléricamente por los pasillos de la academia. Fue capaz de burlar la seguridad hasta llegar a la recepción. Su meta era el despacho sagrado, y como había una chica nueva atendiendo, no dudaría en aprovecharse. Colocó un pie sobre el mostrador y el antebrazo en la rodilla en una actitud chula digna de un criminal.
—Quisiera ver al presidente —solicitó con autoridad, engrosando la voz a propósito.
Abrupta, la mujer lo contempló por encima de sus gafas sin dejar de digitar en el teclado.
—¿Tiene cita? —preguntó.
—Así es.
—Muy bien, ¿cuál es su nombre?
—Reno.
La recepcionista no pudo evitar juntar un poco las cejas.
—¿Reno? —repitió torpemente.
—Sí, Reno… como el animal.
—R-E-N-O —deletreó ella. Esperó un momento analizando algo desconocido para el chico en la pantalla vuelta del ordenador—. Lo siento mucho, no existe ningún registro en la base de datos con ese nombre.
La pose cool del pelirrojo se desinfló.
—Puede marcar a su oficina —insistió.
—Eso sería imprudente.
—Entonces escríbale un mensaje.
—No, me temo que no.
A modo de plan B, siempre tenía un plan B, Reno recobró su chulería enderezándose y exhalando un suspiro.
—Se trata de algo importante y urgente —dijo haciendo resbalar una identificación falsa hasta la mano de la muchacha—. No puedo dar muchos detalles. La información es estrictamente confidencial. Vengo en representación del señor Demian Coner, del departamento de milicia y justicia…
De pronto, de la bocina del citófono brotó una carcajada histérica. A juzgar por el tono se trataba del mismísimo presidente, Rufus ShinRa. Había estado escuchando desde el principio.
—Maggie —dijo a la secretaria—, por favor, déjale pasar.
—Sí… señor —contestó contrariada.
La expresión incrédula de Reno no tenía precio.
—¿Rufus? —balbuceó.
Ambos hermanos, Lazard y Rufus compartían responsabilidades en la academia. El primero encargándose de la parte humana, el segundo desempeñándose como director ejecutivo.
2.
Cuando Reno ingresó en el despacho vio al presidente enjugarse los vestigios de las lágrimas provocadas por la risa con un pañuelo blanco.
—Milicia y justicia… —fue su saludo—. ¿Es en serio?
Sin dejarse afectar, Reno cerró la puerta tras de sí. Se rascó la nuca, enfurruñado.
—Si no te hubieras reído, se lo hubiera creído.
—Aunque no lo hubiera hecho, no habría manera de que eso pasara. ¿Crees que no le advertí sobre ti? —Rufus soltó otra risita—. Ahhh por favor dime por qué tengo un empleado tan tonto —hizo una pausa mientras lograba regular su respiración y luego extendió la mano en dirección a su subordinado—. Dámela.
La incomprensible petición dejó a Reno con la guardia baja, desorientado y confundido.
—¿Qué cosa? —inquirió.
—La tarjeta falsa con tu nombre.
Dudando…
—La recepcionista se quedó con ella.
—Sé que tienes otra. Dámela.
—No tengo…
—Hablo en serio —expresó Rufus seriamente, aunque se reía de vez en cuando. Reno dudó un momento pero al final, torneando los ojos, le alcanzó lo que pedía y el presidente lo echó sin ceremonias a la basura. Puso los codos sobre el escritorio, uniendo los dedos en sus puntas—. Dime, ¿a qué has venido?
—Oh, estoy seguro de que ya lo sabes.
—No, dime rápido, tengo una reunión en veinte minutos.
Por fin, la frustración del pelirrojo se disipó un poco.
—He preguntado… —inició.
—No —le interrumpieron.
—¿Qué?
—No voy a restablecer tu acceso al helipuerto nunca jamás.
—¡Me dijiste que no sabías a lo que…! —Reno contuvo un alarido de desesperación, regulándose—. ¿Por qué no?
—Eres un derrochador importante, muchacho. Si estuvieras sentado donde estoy ahora, acabarías la academia. Sólo te tomaría unos segundos.
—¿Me has hecho venir hasta aquí para poder burlarte de mí?
—En realidad… —Rufus se puso de pie y rodeó el escritorio—. Sí —aceptó. Reno se dio la vuelta, molesto, dispuesto a marcharse con el rabo entre las patas—. Espera, Reno. Acabo de recordar que me debes un… —la puerta se cerró de un golpetazo— …favor.
El presidente se recargó en el escritorio, cruzado de brazos. Suspiró:
—No tiene remedio.
3.
Jueves, 29 septiembre.
Los cuatro días posteriores a su primera prueba fueron cuña de grandes revelaciones.
La primera de ellas se presentó de manera casual mientras bebía del grifo que daba a las puertas del sector oeste. Cloud ya era consciente del odio que despertaba en sus compañeros, por lo que no se extrañó cuando tres chicos detuvieron su marcha para quedárselo mirando con unos ojos bien abiertos en medio de sus expresiones entre dudosas y hostiles.
No obstante no pudo ignorar su conversación al pasarles por el lado. ¡Decían que los instructores tenían preferencia por él!
—¿Qué dicen? —se volvió iracundo. Aquello era el colmo de las ideas disparatadas—. ¡Pero si Sephiroth y Genesis lo único que hacen es sobrecargarme de trabajos! Ayer tuve que presentar la prueba escrita dos veces porque a alguien se le ocurrió que mi letra no era lo bastante clara.
Era de esperarse la reacción sorprendida de los otros, puesto que Cloud era un muchacho pacífico y sumiso, y hasta entonces no había respondido a ninguna de las provocaciones.
—Sí, bueno —dijo la única mujer del grupo haciendo mala cara—. De alguna forma se debe disimular que seas tú el único postulante con permiso de dormir en una cabaña de admitidos.
Comprendió pues porque nunca entraba en debates: siempre perdía. Cloud retrocedió asustado y se alejó sin decir nada más.
Una parte de él lo torturaba con la idea de ser un lambiscón, alguien que ganara las cosas fácil a costa de adular a los demás. Otra le gritaba que tal cosa no podía ser. Incapaz de decidir a cuál obedecer, se propuso buscar a Zack y consultarle. Y entonces vino la segunda revelación.
Desde esa tarde de domingo en que almorzó en su compañía, no había vuelto a verlo. Ni llegó en la noche a dormir. Varias veces se levantó de su alfombra para comprobar si el dueño de la cama la ocupaba, encontrándola vacía y sola.
No era posible que algo así lo afectara tanto, se reprochó. Pero empezó a buscarlo en los alrededores como alma en pena. Preguntó por él en la secretaria disimuladamente, sin obtener respuestas… a la hora de la cena se quedaba esperándolo.
Un día, de pie frente al lugar a las afueras de la cafetería que habían ocupado alguna vez, terminó por aceptar lo que ocurría: Zack le gustaba.
Antes de internarse en la selva habitada por sus odiosos compañeros, el joven rubio completó su rutina visitando a la única persona aparte de Fair que no le parecía un monstruo.
Aerith Gainsborough.
Al verlo ahí de pie, lo reconoció de inmediato. Dejó la libreta que usaba para escribir anotaciones, sobre el pequeño mostrador y se le acercó sonriendo.
—Nos volvemos a ver —musitó con las manos tras la espalda, balanceándose en sus talones como una niña juguetona. Llevaba su cabellera arreglada en una trenza y vestía un uniforme blanco de enfermera—. ¿Por qué no pasas? Puedo invitarte a una taza de café.
La había conocido la primera noche en la institución, cuando Zack se ofreció a llevarlo a enfermería. Aerith trató sus heridas. En quince minutos Cloud se encontró sentado en una camilla con un vendaje especial en la ceja, mano y muñeca.
—Te he dejado los dedos libres —le había dicho Aerith muy amable—, pero procura no moverlos mucho, ha sido un raspón importante.
—Gracias.
—¿Sabes? Muchos chicos llegan heridos el primer día durante las pruebas. Me da mucha pena, algunos son demasiado jóvenes —revisó el documento sobre la cama—, como tú, Cloud, de dieciséis años.
Él la estudio unos instantes. Era una chica bonita, de ojos verdes y piel clara.
—Tú también eres joven —le dijo.
—Sí —asintió ella—, la mayoría lo son —de pronto, el semblante feliz que había mantenido hasta entonces se vio opacado por el recuerdo de algo amargo—. Jóvenes, niños… muchos son huérfanos. Han venido a este lugar buscando una oportunidad… —silencio— ¿Qué hay sobre ti?
—No hay mucho que decir de mí.
—¿De pocas palabras?
—¿Eh?
Una sonrisa.
—Soy Aerith.
Esa ocasión también fue el oasis sanador en medio del desierto. Lo escuchó con atención.
El miércoles cinco de Octubre, Cloud y Zack volvieron a cruzar caminos. El primero comía el mazacote insípido a base de maíz que servían en la cafetería, cuando una sombra se proyectó sobre el plato, obligándolo a levantar la vista.
Un Zack resplandeciente le alcanzaba una carpeta azul. Contrariado, ya fuera por lo inesperado de esa presencia y la alegría que casi lo tira de no haber estado sentado, Cloud la tomó perdido en la preciosa curva de su sonrisa.
—Felicidades —le oyó decir mientras se apoyaba cruzado de brazos en el borde de la mesa.
El bullicio de la afluencia fue acallado por un pitido de triunfo en los tímpanos del rubio. Había abierto la carpeta. El contenido general, sus datos, fotos, etc, quedaba opacado por el gran sello en rojo que rezaba: APROBADO. Como si quisiera corroborar la noticia, Zack asintió.
—Bienvenido —musitó. Antes de poder añadir algo más, sintió como Cloud se precipitaba sobre él en un irreflexivo espasmo.
—Gracias, gracias, gracias —lo abrazó—. ¡Gracias!
Devolviendo la caricia, el otro le sobó la espalda después de una profunda risa.
—No me agradezcas nada, Cloud. Has si tú quien lo ha logrado gracias a tus esfuerzos —Zack hizo una pausa. Tomó al chico de los brazos para hacer que lo mirara—. Ahora solo queda un último obstáculo por sortear —a Cloud debió notársele el desconcierto en la cara porque enseguida el otro añadió—: Estoy seguro de que será pan comido para ti.
Con eso se despidieron otra vez. Esa noche Zack tampoco llegó a dormir a la cabaña.
4.
Dos días más. Se habían acabado las pruebas, pero no se habían iniciado los entrenamientos. En cambio, a los postulantes que habían sido admitidos se les daba clases teóricas en los auditorios del segundo piso del edificio La unión. Cloud no había podido sacarse las palabras que el otro le dijera en la cafetería. Una última prueba.
Esa noche regresó a la cabaña, pensativo. Afortunadamente el resto de ocupantes estaban embebidos en sus propias cuestiones así que no tuvo que aguantarse sus insultos y sus malos tratos.
Reno y Rude jugaban cartas sobre la cama y Vincent leía en el techo. Squall no estaba.
Haciendo el menor ruido posible, Strife se despojó de su uniforme en el baño, tomó una ducha fría, se lavó los dientes y para cuando terminó, ya las luces habían sido apagadas. Sin más pues, se dejó caer en la cama de Zack. La que aún conservaba su olor.
Medio dormido, horas después escuchó que alguien entraba. Pensando que se trataba de Leonhart no se dignó a comprobarlo, pero entonces sintió que alguien se le acostaba al lado y le echaba las cobijas encima.
Su cercanía no resultaba molesta y su aroma por alguna razón fue el más delicioso que hubiera aspirado. La inconsciencia le sorprendió sin embargo, impidiéndole abrir los ojos… aunque no fue necesario pues sabía de quién se trataba.
Entre los brazos de Zack, fue la primera vez en mucho tiempo desde su llegada que Cloud durmió plácidamente.
5.
Haciendo fila para la última prueba (la temida), los chicos escucharon el cantico del instructor conocido como Genesis. Emergió de una puerta al fondo del pasillo recitando una poesía que hablaba sobre el fin de la vida y el mundo. Quizás queriéndose burlar de la preocupación que parecía ser palpable. Nadie sabía lo que le esperaba.
Zack se había despertado primero que Cloud. En absoluto silencio se preparó para empezar su día y del mismo modo salió. Así era, un chico extremadamente hiperactivo pero que sabía ser considerado para con los demás.
Al ver a su rubio amigo recargado contra la pared no dudó en acercársele. Lo tomó del brazo arrancándole un gritito del susto.
—¿Zack?
El mencionado solo se limitó a señalar con un gesto de la cabeza un punto incierto. Con eso y aferrando de la mano al otro se encaminaron los dos hacia algún lugar.
—Espera, Zack, debo formarme… aun no presento las pruebas.
Zack tardó en contestar porque estaba ocupado descifrando la clave de una compuerta mecánica de pinta más bien futurista. Dejó salir una exclamación de éxito cuando lo logró.
Una vez se encendieron las luces, una habitación parecida a la de un cuartel médico se revelo. Había archivadores, utensilios, una camilla, sillones y una pared al fondo de color verde azulado que resultó ser un líquido contenido tras un cristal.
—¿Qué es este lugar?
—Yo tomaré tu prueba —fue la contestación de Zack—. Siéntate donde gustes
Cloud eligió el borde de la camilla. Se quedó ahí mansamente observando al otro en lo que revolvía cajones. No tenía el uniforme sino unos pantalones con muchos bolsillos unas botas y una musculosa negra. Regresó a su lado al obtener el objeto deseado del escritorio.
Todo lo que tienes que hacer es llenar este formulario —dijo extendiéndole una hoja blanca—. Tómate tu tiempo, por favor, y sé muy honesto en las respuestas. Recuerda que nadie tendrá acceso a esta información salvo los médicos y el personal autorizado.
Cloud leyó las primeras líneas. Se trataba de su información básica, nombre, apellido, edad, grupo sanguíneo. El segundo cubículo era una encuesta sobre sus capacidades físicas, hábitos, hobbies, personalidad y antecedentes. Diligenciado todo, se lo devolvió a Zack.
A pesar de lo que había hablado sobre el carácter privado de dichos datos, Zack echó una ojeada al documento.
—Dejaste algunos espacios en blanco… —farfulló—. Método de planificación y orientación sexual —Cloud se sintió un imbécil. Miró a su compañero suplicante—. No te preocupes —le ayudó—. Es una estupidez, en realidad. El amor no tiene etiquetas, ¿verdad? —sonrió.
Era cierto, nadie nunca debería atravesar por un interrogatorio tan ambiguo. No se podía decir que no te gustaban las mujeres o los hombres porque no los conocías a todos, lo mismo ocurría con los prejuicios raciales y culturales. Que Zack le diese un punto de vista tan maduro y sincero hizo que Cloud se interesara todavía más por él.
Ambos coincidiendo, tacharon método de planificación de barrera y rellenaron la casilla de orientación sexual "Otra" y la línea de "especifique cuál" con las siguientes palabras: Amor es amor.
—Así está mucho mejor —dijo Zack, dejando el documento de lado—. ¿No lo crees?
Fue Cloud quien se permitió sonreír en esta ocasión. No duró mucho, eso sí. Porque lo siguiente que le pidieron lo hizo ruborizarse.
"Necesito que te quites la camiseta."
6.
No eran propiamente caricias. Pero las sintió como tal. Cada vez que él deslizaba el metro por su piel y accidentalmente le tocaba con los dedos, se crispaba, tambaleándose su compostura. En algún momento llegó a poner las manos sobre los hombros ajenos con el fin de evitar desplomarse. Y todo lo que Zack Fair estaba haciendo era tomarle las medidas.
Dios santo. Bendito. Divino.
—Creo que quiero contarte lo que ocurrirá a continuación, Cloud. No debería.
—Por favor, dime.
Zack pausó su tarea para mirarlo a los ojos.
—Mako —fue la palabra que encabezó su discurso. Posteriormente pasó a explicarle que era una especie de energía procedente de la corriente vital. Los miembros de la academia debían ser expuestos a ella y a células Jénova—. ¿Ves mis ojos?
¿Cómo no? Pensó Cloud. Nunca hubiera imaginado que el raro color que poseían se debiera a eso. En su opinión, los ojos de Zack debían ser los más bonitos.
—¿Y por qué tanto misterio en cuanto a esto?
De repente, el joven de cabello negro se puso serio.
—Me temo… —murmuró despacio— que no todos son capaces de sobrevivir a dicho tratamiento.
Escribo mediocremente para actualizar rápido, así que me disculpo. Son silenciosos como las sombras, aunque las visitas los delatan: están ahí. Gracias por eso.
