Si que me he tomado mi tiempo, ¿eh?

¡Lamento mucho la tardanza en subir un nuevo capitulo!

Y eso que apenas voy empezando. Es que tengo el problema de que me pongo a hacer más de una cosa, y acabo distrayendome. Entre dibujar, ver videos en internet, los trabajos de la escuela; debo aprender a manejarme mejor, sin duda.

Tratare de que eso no pase de nuevo. Aviso que Entre el Destino y el Tiempo ya ha empezado a publicarse en Ingles, siendo el Prologo lo único traducido hasta el momento. Traducire el capitulo uno y dos antes de crear el capitulo tres, por lo que de nuevo puede que tome un tiempo antes de que sea visto. ¡Tratare de que no sea tan extendido dicho tiempo!

Por el momento, ¡los dejo con el siguiente capitulo de esta historia! ¡Espero la disfruten!


La noche había caído, y ahora era la luna y las estrellas eran las que se encargaban de iluminar el reino de Hyrule. La brillante luna llena podía ser admirada a la perfección gracias al cielo despejado, y eso también les facilitaba a los habitantes aun despiertos admirar el paisaje nocturno.

Una de esas habitantes era la reina Zelda, quien se encontraba en el balcón que había en su habitación, apoyando las manos en el borde mientras observaba las extensiones de su hogar.

Por más que quisiera evitarlo, la perturbación de la junta de la tarde seguía latente en su interior. El hecho de que en todo el día no hubo ningún tipo de noticia respecto a la nave que seguía en altamar, o que el General Galen no reportara ninguna novedad respecto a aquel misterioso bandido, no le ayudaba en nada para recuperar la calma.

Además de ello, su discusión con Lord Frederick seguía molestándole. Sabía que las cosas no estaban perfectas entre ella y todo su grupo de consejeros. Puede haber desacuerdos o dudas. Pero aun así le molestaba que el Lord hiciera esos comentarios tan directos de que ella sola no iba a poder con la carga, y la mejor opción era que se encontrara un marido.

— No creo haberles dado motivos a ninguno para que me subestimen de esa manera…

Sentiría la suave brisa contra su rostro, moviendo con suavidad sus cabellos. La joven usaría su mano izquierda para retener los que se pegaban a su rostro por la dirección del viento; cerrando sus ojos mientras hacia otro intento por tranquilizarse.

Era bastante relajante estar ahí afuera, con sus pies descalzos y un ligero vestido blanco, que le llegaba a las pantorrillas, no tenía cuello, dejando al descubierto su esternón, mientras que las mangas eran largas y un poco sueltas.

Sonriendo suavemente, Zelda volvería a susurrar para si misma.

— Años atrás, a esta hora ya estarían diciéndome que me fuera a la cama…y honestamente eso suena como una maravillosa idea ahora mismo…

Pero aunque quisiera, sabía que no lo conseguiría. Que si se recostaba, de cualquier forma su preocupación no la dejaría conciliar el sueño.

Lentamente, giraría su cabeza para ver por encima de su hombro hacia el interior de su habitación; o más específicamente, hacia uno de los muebles que tiene ahí, sobre el que se encontraba un cofre de tamaño mediano, midiendo entre los veinte y treinta centímetros de altura, y no más de medio metro de largo.

Su vista se quedaría clavada en dicho objeto, con su expresión notándose un tanto más perturbada, mientras que sus dedos presionan más la piedra del borde de su balcón.

¿De verdad vas a dármela? ¿Enserio puedo quedarme con esto?

— ...

— ¡Muchas gracias! ¡Te juro que siempre la atesorare!

Sacudiría su cabeza como ha estado haciendo últimamente que los recuerdos empiezan a invadirle. Regresando su vista hacia adelante, llegando a tener, a lo lejos, la Villa Kakariko en su campo de visión.

Cuando pone su atención en la villa, se centraría una vez más en la información que le fue recibida ese mismo día. Bajando un poco la vista para ver el sendero que iba hacia la ciudadela, manteniendo sus mismos pensamientos.

En estos momentos se encontraban varios grupos de soldados revisando las calles, así como también lo están haciendo en la villa; buscando cualquier pista del delincuente que se encontraba causando problemas desde hace unos días.

— No puedo quedarme de brazos cruzados, esperando que me traigan una respuesta.

No desconfiaba de la capacidad de sus guerreros; era que ella misma no iba a poder obtener paz si no buscaba un modo de arreglar eso de forma más directa que esperar a que alguien más haga el trabajo.

Así que, decidida a sacarle provecho a su incapacidad para dormir, se daría media vuelta y entraría de regreso a su habitación, cerrando las dos puertas del balcón tras de ella, al igual que las elegantes cortinas que bloqueaban la vista para ambos extremos.

Naturalmente no molestaría a nadie en esta ocasión, por lo que ella misma iría hacia su armario, abriéndolo para buscar la ropa apropiada para esta ocasión ligeramente poco convencional.

— Salir con un vestido para algo como esto sería ridículo, tiene que haber algo aquí que sea más aceptable.

Movería ropa tras ropa, hasta que por fin se topa con algo apropiado, una camisa de manga larga de un color azul oscuro. Era del tipo de prendas que usaba cuando práctica la equitación, siendo definitivamente mucho más recomendable que algún vestido.

Encontraría después de ello un pantalón negro, el cual se notaba iba a quedarle ajustado, pero está acostumbrada a ello por esos tiempos de práctica, siendo parte del atuendo convencional.

Llevándose ambas prendas hacia la cama, las dejaría sobre el colchón, no tardando en tomarse del vestido desde la tela de la falda, y alzárselo completamente hasta poder sacárselo por encima cabeza; quedando momentáneamente casi totalmente desnuda a excepción de la ropa interior en su cintura.

Al verse por unos instantes, regresaría al armario para poder tomar de ahí otra prenda interior, colocándose esta para cubrirse el pecho, acomodando bien los tirantes y jalándolos un poco para evitar cualquier incomodidad en el busto.

— Sera incomodo si no me llevo esto —negaría luego con su cabeza mientras va de vuelta a la cama, tomando primero la camisa azul—. Creo que debería hacer caso a Impa y dejar mi hábito de decir mis pensamientos en voz alta cuando estoy sola.

Sin querer demorarse más, se pondría la camisa que caería al nivel de la cintura, luego tomando el pantalón para sentarse en la cama y así poder ponérselo, metiendo la poca tela que sobra de la camisa dentro de los pantalones, cerrándose estos al instante.

Su siguiente objetivo serían sus botas, las cuales no tardaría en encontrar y colocárselas por encima de los pantalones, llegando ligeramente más debajo de las rodillas. Y después de ello vendría el cinturón, el cual se colocaría para poder acomodarse contra la cadera izquierda el arma envainada que descansaba horizontalmente en la pared.

Con su confiable estoque colgando seguro de su cinturón, la reina tomaría un elemento más, siendo esta una gran tela negra que se colocaría por encima de los hombros y se la acomodaría como una capucha, cubriéndose el pecho por delante y cayendo el resto de la tela por detrás de ella, cubriéndole un poco por los lados.

— Hora de irse…

Murmuraría para sí misma. Pero antes de ponerse en marcha, sus ojos se toparían nuevamente con el cofre que había sobre la mesa que tiene contra la pared.

Se mordería suavemente el labio inferior sin poder despegar su mirada del objeto, apretando inconscientemente su mano derecha en un puño.


Soltaría un suspiro cuando por fin pasa el sendero que va hacia la ciudadela. Afortunadamente en realidad no tuvo que pasar todo el castillo esquivando a sus propios guardias que naturalmente no iban a dejarla salir a estas horas de la noche y con las intenciones que tiene. Pero tampoco fue un trayecto fácil el llegar hasta este punto.

— Creo que lo mejor será empezar a revisar desde aquí.

Avanzaría de forma sigilosa por el camino que da al mercado, sabiendo que podía haber un par de guardias justo en ese punto.

— Se puede saber ¿Qué estás haciendo aquí a esta hora?

La joven se tensaría apenas escucha esa familiar voz, y peor aún, en ese familiar tono que siempre se precedía a un regaño.

Lentamente comenzaría a girar su cuerpo, empezando por su cabeza, para ver detrás de ella, ya imaginándose con que iba a toparse. Y justo como pensaba; ahora delante de ella, con una mirada frustrada y los brazos cruzados, golpeando constantemente su bicep con el dedo índice, estaba su protectora, Impa.

Por alguna razón, la primera reacción prácticamente involuntaria de la joven reina seria llevarse el dedo índice derecho frente a sus labios, pidiéndole silencio a la Sheikah.

— Impa, ¡por favor…!

— Dame una buena razón para no regresarte yo misma al castillo justo ahora.

Naturalmente ambas mujeres, aunque hablaban con ligera agitación debido a las emociones que tienen, de todas formas lo hacían en un murmullo; no queriendo llamar la atención de nadie.

— ¡Necesito hacer esto, Impa!

— No es completamente necesario que seas tú quien salga a buscar a ese desconocido bandido.

— Tampoco hay una razón por la que no pueda hacerlo. No quiero simplemente quedarme sentada esperando. No cuando sé que puedo salir y encargarme de la seguridad de mi pueblo personalmente.

— Tienes que confiar más en las habilidades de la guardia del reino.

— Y confío en ellos. Simplemente quiero aportar también mi parte. Algo mayor a estar sentada en un trono por tiempo indefinido hasta felicitar a los soldados por haber logrado detener a la persona que este cometiendo esas fechorías.

— Tú tienes tus propias responsabilidades, y entre ellas es precisamente estar en ese trono manteniendo el orden.

Ante eso, Zelda se plantaría firmemente delante de la imponente guerrera, mirándola fijamente a los ojos con una expresión decidida.

— Y mi principal responsabilidad es mi gente. Me puedo encargar de revisar que el estado de cuentas este en una situación favorable después. Si ahora mismo puedo detener a un criminal antes de que lastime a una persona, eso hare.

Impa mantendría su mirada fija en los decididos ojos de la reina. Era obvio que no iba hacerle cambiar de opinión; así que luego de unos momentos de mantener ese duelo de miradas, la Sheikah soltaría un suspiro.

— De acuerdo, tú ganas. Pero no pienso dejarte ir sola.

La rubia no tardaría en sonreír ampliamente por la aceptación de su guardiana.

— De verdad te lo agradezco, Impa.

— Por cierto, ¿cómo burlaste a los guardias?

Zelda ya estaba dándose la vuelta para seguir el sendero cuando le preguntan ello, por lo que volvería a girarse para ver a su acompañante; parpadeando un par de veces, como si no asimilara la pregunta, aunque luego sonreiría un poco.

— Bueno, si de verdad quieres saber. Me he movido tanto como he podido con el Viento de Farore.

La mujer mayor se sorprendería un poco por la respuesta, abriendo sus ojos más ampliamente de lo normal. Aunque no era porque no supiera que la joven reina podía realizar tal hechizo.

Desde que cumplió los doce años, Zelda fue insistente en que deseaba aprender mucho más que la política del reino y las clases de nobleza y modales que una princesa debía conocer bien.

Ella, como su tutora y guardiana, fue el principal blanco de las peticiones de la princesa de recibir entrenamiento. Al final había accedido si Zelda lograba que su padre estuviera de acuerdo, ya que ella no deseaba poner a la joven en una situación donde escondiera sus entrenamientos y trataba de manejarse con todas sus clases. Si el rey accedía, se podía manejar de forma más nivelada.

Sorprendentemente, el monarca no tardó mucho en aceptar, declarando que sería prudente que la princesa tuviera los medios necesarios para poder defenderse, en caso de cualquier situación.

Y entonces su entrenamiento dio comienzo. Impa se encargó de que la pequeña joven recién entrada en la adolescencia, pudiera manejarse bien en el combate físico, así como en el uso de algunas armas. El estoque que ahora carga es algo en la que ella le ayudo a entrenarse, aunque ella misma no luchara con uno.

Pero para Zelda no fue suficiente. Ella estaba al tanto de que sus habilidades podían desarrollarse en otra dirección. Aunque se manejara muy bien en el combate directo y físico; sabía que sus capacidades serian mejores en la mentalidad de la magia.

Por ello es que empezó a buscar cualquier pergamino o libro que le ayudara, y en cada momento que tenía oportunidad, entrenaba ella misma para poder realizar correctamente los hechizos que encontraba, o simplemente canalizar su poder mágico en maneras específicas, como una simple bola de energía.

La Sheikah aún no olvida la cara completamente impactada y paralizada de la princesa cuando su primer intento de esfera de energía se desprendió de su mano y acabo rompiendo su ventana.


— ¡N-no fue intencional, Impa! ¡Fue solo un error de cálculo!

La mujer estaría turnando su vista entre la jovencita que agitaba ambas manos con algo de desesperación frente a sí misma, luego de diez segundos de haber mantenido los ojos y la boca bien abiertas y el resto del cuerpo paralizado de la sorpresa; y la ventana que había quedado destrozada por el impacto del poder mágico.

— ¿Cómo fue exactamente un error de cálculo?

Zelda jugaría un poco con sus dedos, bajando con cierta vergüenza su mirada, teniendo sus mejillas sonrojadas.

— E-estaba practicando el concentrar mi poder en la palma de mi mano…y cuando por fin lo logre, me emocione tanto que la concentración se alteró, y el ligero movimiento de mi brazo al emocionarme hizo que la esfera saliera disparada hacia la ventana…

Soltando un suspiro mientras niega con la cabeza, Impa cerraría sus ojos unos momentos, meditando lo que acaban de decirle. Seria luego de unos momentos que vuelve a mirar a la preocupada joven, quien le observaba de reojo con la cabeza aun algo inclinada.

— Por suerte no causó un accidente mayor, y no saliste herida con ello. Pero, debes aprender a no perder la calma, especialmente cuando manejas la magia. Requiere de mucha concentración hasta que sea algo natural para ti canalizar tu poder mágico del modo que quieras.

La mirada de la princesa cambiaria, a una más decidida y segura.

— Y te aseguro que pienso lograrlo. No me rendiré, aprenderé a controlar mi magia.

Impa solo podría sonreír ante la seguridad de su protegida.


Definitivamente, la actual reina había recorrido un largo camino en su aprendizaje desde entonces. Aunque…

— ¿Cuántas veces es que usaste ese hechizo?

Zelda se sorprendería de nuevo por la pregunta, aunque después desviaría muy ligeramente la mirada.

— Digamos…unas ¿tres veces?

Su guardiana movería su cabeza de un lado a otro con ligera frustración.

— Sabes que el transportar tu cuerpo de un punto a otro de esa manera consume mucho poder mágico. No debes de sobre esforzarte, menos si estas son tus intenciones.

— Quería salir pronto del castillo, no sabemos en qué momento algo podría pasar…que hablando de eso, no podemos seguir perdiendo tiempo aquí, ¡hay que irnos!

Dando media vuelta para tratar de seguir con su camino, nuevamente seria detenida por Impa, quien le sujetaría de su hombro con la mano derecha.

— Así no.

Y levantando su brazo izquierdo, lanzaría hacia abajo un objeto que al impactar con el piso crearía un destello de luz, haciendo que la reina cerrara momentáneamente sus ojos, sintiendo su cuerpo ser trasladado en un instante. No se sorprendería del todo cuando al abrirlos se encontraba entre los callejones del pueblo.

Cuando ya están seguras en el lugar, Zelda miraría a la mujer mayor con sus ojos ligeramente entrecerrados, reflejando un inocente reproche.

— Pudiste haberme avisado en lugar de hacerlo tan repentinamente.

— Creí que ya habías asumido que haría eso.

Esta vez, la rubia sonreiría suavemente, admitiendo que su acompañante tenía razón. Pero decidiría no seguir con el tema, prefiriendo centrarse en el motivo por el que están ahí en primer lugar. Comenzando a mirar cautelosamente los alrededores, solo pudiendo notar la calle vacía y algunas casas con una luz saliendo por las ventanas cerradas.

— No parece que haya ocurrido nada fuera de lo ordinario por aquí.

Las dos continuaron avanzando con cautela, moviéndose de forma sigilosa, y ocultas entre las sombras. Los entrenamientos de la Sheikah sin duda habían tenido excelentes resultados en la joven monarca.

Pero por más que recorrieran cada callejón, el resultado siempre era el mismo. La situación era increíblemente tranquila y regular, solo el ocasional perro paseando por ahí.

Cuando habían recorrido ya varios de los callejones, la reina no podía decidirse si le aliviaba el que no pareciera haber ningún problema en el pueblo, o sentirse frustrada de no encontrar siquiera una pista que la guiara hacia el delincuente.

Llegando cerca de donde se encuentra el puente cerrado, impidiendo el paso hacia las planicies de Hyrule, Zelda e Impa se detendrían, aun escondidas en las sombras, ocultándose de algunos de los soldados que estaban ahí cubriendo su turno de vigilancia.

La rubia sería la primera en hablar.

— Al parecer aquí realmente no ha ocurrido nada, al menos no recientemente.

— ¿Ya puedes volver tranquila a tu habitación?

Negando con la cabeza, la joven miraría a su acompañante.

— No puedo aun. Dijeron que la Villa Kakariko también era otra víctima de estos atentados, tenemos que revisar también que todo este con calma ahí.

— Y ¿Cómo piensas llegar hasta allá con la salida cerrada?

— Tu deberías saberlo ya, ¿no?

La Sheikah solo podría suspirar porque efectivamente ya sabía exactamente cómo es que la reina pensaba ir a la mencionada villa.

— Vas a quedar agotada si sigues usando tu magia de esa manera.

Zelda meditaría eso unos momentos, observando la palma de su mano derecha, antes de volver a mirar a Impa.

— De acuerdo, hagámoslo a tu manera. Pero no pienso cambiar de opinión respecto a ir a Kakariko.

— No iba obligarte a hacerlo, tranquila.

Luego de decir eso, la mujer tomaría a su protegida del hombro una vez más, usando luego el brazo izquierdo para hacer un movimiento vertical con este, en el que acabaría azotando un nuevo objeto contra el piso, causando un ligero destello que forzaría a la joven a cerrar los ojos. Así como la ocasión anterior, cuando abre los ojos se encontraría del otro lado de los muros del pueblo, en las planicies del reino, no dudando en aprovechar el momento para observar los alrededores y a la distancia, tanto como puede.

— Por aquí todo también parece tranquilo.

Impa asentiría con su cabeza, igualmente fijándose en los alrededores por unos momentos, en busca de cualquier pista que le señalara algo sospechoso, pero sin poder encontrar ninguna.

— Aun así, hay que ir con cuidado, no sabemos si puede aparecer algo en cualquier momento.

— Lo sé. Tenemos que apresurarnos, en caso de cualquier cosa.

Ambas mujeres comenzarían a avanzar hacia su izquierda, en dirección a la Villa Kakariko. Impa aun miraba en diferentes direcciones, poniéndole atención a todo lo que podía; al igual que Zelda, quien sostenía firmemente la funda de su estoque, aun colgando contra su cadera, con la mano izquierda, para así poder desenvainar rápidamente de ser necesario.

En el momento en que estaban a punto de cruzar el corto puente que hay sobre el río; tanto la reina como la Sheikah se pondrían alertas, dando un ligero salto hacia atrás y desenfundando sus armas, sacando Zelda su estoque, e Impa su kodachi. En ese mismo instante, por debajo del puente se verían salir un brazo de cada lado, sosteniéndose el borde del terreno para tomar impulso y así saltar fuera del agua, quedando de pie frente a las dos.

Los recién aparecidos también eran un par, y aunque su vestimenta era gruesa, especialmente las capas que se notaban más pesadas por estar mojadas, la complexión física de los dos los delataba como hombres, pero sus rostros estaban cubiertos por las capuchas que estaban usando, generando una sombra que no dejaba ver bien la parte superior de la cara.

— Vaya, vaya. No pensé que fuera a ser tan rápido que Su Majestad saldría a jugar.

La joven se tensaría un poco ante las palabras del hombre de la derecha; sosteniendo con más firmeza su estoque, manteniéndose firme en su posición, y respondiendo con la voz más calmada posible, aunque sin dejar fuera la firmeza.

— ¿A qué te refieres? ¿Quiénes son ustedes y cuáles son sus intenciones?

Como respuesta solo recibiría la burlona risa de ambos hombres, gruesa y claramente maliciosa. Siendo luego el sujeto de la izquierda quien se digna a hablar

— Creímos que tendríamos que esperar unos cuantos días más, antes de que quisieras venir a revisar por tu cuenta. Pero parece que eres mucho más necia e impaciente de lo que se pensaba.

— ¿Qué es lo que buscan de mí?

— ¿Qué caso tendría solo decírtelo? Preferimos ver si es que logras descubrirlo por tu cuenta, O sabia gobernante.

Apretando un poco la mandíbula, la reina levantaría un poco más el brazo derecho, con el que sostiene el estoque, apuntando ligeramente hacia los dos contrincantes.

— No permitiré que nadie cause problemas en mi reino. Si tengo que sacarles la información a la fuerza, así lo hare.

Los hombres volverían a reír de la misma manera, sacando cada uno el brazo derecho de dentro de sus capuchas, cargando ambos en su mano un sable que no era tan ancho como para considerarse una scimitar, como las espadas de las Gerudo, pero tenía una forma similar.

— Parece que realmente te comportas como una reina guerrera —comentaría burlón el hombre de la derecha, alzando igualmente su sable —. De acuerdo…—se lanzaría de un impulso hacia Zelda, preparando el brazo para hacer un corte con su arma — ¡Veamos si realmente puedes hacerlo!

Sin embargo, el ataque no sería detenido por Zelda, sino por Impa, quien se pone delante de ella, sosteniendo su kodachi de lado, con la hoja hacía el lado opuesto del pulgar, en la mano derecha, de modo que podría poner más resistencia con la fuerza de su brazo para detener el gran sable; escuchándose el fuerte choque de metales ante el impacto.

— ¡No permitiré eso!

Aunque a la reina le había sorprendido un poco la defensa de la Sheikah, había podido notar como el segundo hombre no se lanzó contra ellas, sino todo lo contrario, dio media vuelta y comenzó a correr en dirección a la villa, cosa que la impactaría enormemente.

— ¡Oh, no!

Sin pensárselo dos veces, la rubia se movería hacia un lado y se impulsaría para poder avanzar en persecución del otro bandido, impidiendo Impa que el primero hiciera algo para detenerla, aunque eso no evitaría que ella misma se preocupara.

— ¡Zelda!

— ¡No puedo permitir que se vaya, Impa!

Confiando en que su protectora podría contra ese sujeto, ella seguiría su rápido avance contra el otro, no queriendo perderlo de vista por ningún motivo.

Pero ocurriría un problema cuando alcanza las escaleras. El hombre se cortaría gran parte de su capa, solo dejando la capucha y la tela hasta los hombros, y arrojaría el aun mojado y pesado montón de tela hacia atrás, justo en el camino de Zelda. Quien al no esperarse eso, se quitaría del camino de forma apresurada, inconscientemente desviando la mirada unos instantes hacia la tela que le pasa por un lado, además de deteniendo momentáneamente su avance. Aunque solo fueran unos segundos cuando se dispondría a seguir, al mirar hacia adelante, notaria que ya no podía ver al hombre a causa de la vuelta hacia la derecha que hay en las escaleras.

— ¡Maldición!


— ¿Enserio crees que está bien dejarla ir sola?

Impa se mantendría mirando con agresiva frialdad al bandido con el que aún mantenía las hojas de sus armas presionadas una contra otra.

— ¿Oh? Parece que no eres de muchas palabras. De acuerdo, veamos que puedes hacer.

Ambos se lanzarían hacia atrás, tomando distancia uno del otro, manteniendo la mirada fija en su oponente por unos momentos. El silencio que se había formado se cortaría cuando el hombre empuña su sable con las dos manos, y soltando un grito, se lanzaría contra la Sheikah, quien lo esperaba firme en su posición.


Corriendo rápidamente, subiría los escalones restantes, notando con desesperación que no puede divisar por donde se pudo haber ido el bandido dentro de la Villa. Así que cuando está cerca del árbol que hay en el centro del lugar, comenzaría a avanzar con más cautela, mirando a sus alrededores.

¿A dónde se habrá ido?...No debí dejar que su táctica me distrajera de esa manera.

Abriría sus ojos ampliamente de forma repentina, antes de arrojarse hacia adelante, sosteniéndose por unos segundos con su mano izquierda en el suelo antes de rodar, justo en el momento que alguien más cae detrás de ella, impactando la dura hoja del sable contra la tierra. En el momento en el que Zelda se ponía de pie con rapidez, girándose para quedar cara a cara con su enemigo, el encapuchado hombre estaría levantando su arma nuevamente.

— Tus instintos y reflejos no están nada mal.

— Vaya, gracias. Yo por otro lado no estoy segura si llamarte temerario o pretencioso por atacarme en la zona más abierta de esta villa.

— ¿Qué diferencia hay? Ninguno de estos pueblerinos ha hecho realmente algo antes, de modo que dudo que alguien salga para ayudarte.

No podría evitar apretar un poco los dientes ante el insulto a su gente. Ella no pensaba que su gente fuera cobarde, pero por desgracia tenía que aceptar que realmente no haría gran diferencia si alguien se presentara. Además de que estarían en aun más peligro.

— ¿Cuál es su objetivo?

— ¿No se te dijo ya? ¿Qué diversión habría si solo te lo contara?

— ¿De modo que todo lo que quieren es divertirse a costa mía?

El hombre reiría una vez más, girando su muñeca un par de veces para maniobrar un poco con el sable en su mano.

— Podría ser. Pareces una mujer a la que resultaría muy divertido frustrar.

Apretando el mango de su estoque, lo sostendría frente a ella con firmeza, mirando con fría decisión al hombre unos metros delante de ella.

— Estoy segura que habrá gente que tenga una opinión diferente. Pero eso será un tema para otra ocasión.

— Estoy de acuerdo, no tiene caso perder más el tiempo hablando.

Y sin esperar más tiempo, el hombre se lanzaría contra ella, jalando el brazo hacia atrás por encima de su hombro antes de regresarlo en un tajo vertical. La princesa levantaría su arma para sostenerla en posición horizontal para así bloquear el ataque, tensándose un poco al sentir el obvio peso superior del hombre en ese impacto. Sin embargo no dejaría que eso la retuviera, haciendo presión para empujar aunque sea un poco hacia atrás a su oponente, haría un contraataque en un tajo horizontal hacia afuera para poder alejar el sable de ella; rápidamente jalaría su brazo hacia atrás para poder hacer una estocada hacia el hombro derecho del sujeto, pero este se colocaría de lado en un cuarto de giro hacia la derecha, haciendo que simplemente pasara por delante de su pecho, sin siquiera rozarle.

Seria luego su turno de contraatacar, prosiguiendo con su giro para dar toda una vuelta y levantando el sable a la altura del hombro, para así preparar otro corte horizontal en ese ataque semi-circular. Pero Zelda se agacharía para evitar el tajo, y respondería igualmente girando hacia la izquierda agachada para poder estirar la pierna del mismo lado y darle una patada en los talones que lo haría caer hacia atrás. Mientras termina su giro, la rubia se alzaría para poder continuar su ataque rápidamente, buscando el poder amenazarlo con la punta del estoque contra la garganta, pero antes de poder hacerlo, sentiría el como el hombre había levantado ambas piernas flexionadas, y con los dos pies juntos le daba una fuerte patada en su estómago, empujándola y haciendo que impacte contra el árbol que aún seguía cerca de donde estaban, soltando un doloroso quejido al sentirse aturdida por los dos golpes recibidos uno tras otro.

Afortunadamente podría reaccionar lo suficiente para ver el cómo su oponente ya se había puesto de pie y esta vez era el quien daba una estocada, con la clara intención de atravesarle el pecho. Se lanzaría hacia un lado, rodando y dándose media vuelta al pararse, rápidamente levantando su estoque para defenderse. Y de hecho lo necesitaría, porque el hombre no quería darle tiempo de reaccionar, habiendo ido a seguir con su ataque, dando un tajo tras otro que Zelda respondería, bloqueando todos los que puede, esquivando otros, y a su vez buscando atacarle ella misma para no estar completamente a la defensiva.

Lo que más le afectaba en esta situación, es que Impa no se había equivocado respecto a los resultados del repetitivo uso que le dio al Viento de Farore para poder salir del interior del castillo con facilidad. Si lo hubiera usado una vez más para aparecer del otro lado del muro que divide la ciudad con los campos, seguro habría quedado completamente agotada. Porque realmente ahora mismo no creía que podía usar alguna magia para atacarlo sin afectar su propia condición física a un nivel peligroso para este momento. Por esa razón solo podría mantenerse en un combate directo.

Cuando logra imponerse un poco y repele uno de los ataques de su oponente, viéndolo aturdirse un instante, la joven rápidamente clavaria su arma en el suelo, usándola de soporte al sujetarla con las dos manos para impulsar sus piernas en un salto, elevando los pies completamente hacia el lado derecho, y al girar sus brazos a la izquierda, sosteniendo sus manos por encima de la empuñadura, es que acabaría dándole una fuerte patada en la cabeza al hombre, aturdiéndolo todavía más, y forzándolo a dar unos cuantos pasos hacia atrás. Durante el giro es que Zelda bajaría las piernas para poder pisar el suelo una vez mas, sacando su estoque de la tierra, sosteniéndolo nuevamente con la mano derecha, para atacarle otra vez, buscando clavarle el arma en el hombro derecho con el objetivo de inmovilizarselo e impedirle el buen manejo de su sable, viendo que es su brazo dominante.

Grande seria su sorpresa cuando solo lograría hacerle un pequeño agujero en la tela, solo para escuchar el sonido de metal chocando uno contra otro; sintiendo como su impacto rebota después de ello.

— ¡Debí imaginar que podría cargar con protección debajo de esa capucha! ¡Estoy en desventaja en ello!

Antes de poder recuperar la compostura, su muñeca derecha seria sujetada con fuerza, sacándole un nuevo quejido, pero haciendo lo posible por no abrir su mano y perder su estoque, como seguramente el hombre buscaba.

— ¡No lo has hecho nada mal hasta ahora! ¡Pero buscando someterme en lugar de matarme te hará imposible el vencerme!

Sentiría como el apretón en su muñeca se hace más fuerte, y cuando el bandido hace un giro con su mano, torciéndole ligeramente, es que no podría evitar abrir su mano por pura inercia, cayendo su arma al piso. Sin darle oportunidad siquiera de quejarse de eso, el hombre mantendría el agarre en su muñeca para jalarla y hacerla girar un poco antes de lanzarla contra un muro de piedra cercano, impactando su espalda contra este, sintiéndose ahogada por unos instantes al caer al suelo.

— Admito que no esperaba que pudieras dar tanta pelea, parece que realmente tienes potencial de guerrera…una verdadera lástima, la verdad.

Mientras escucha las pisadas en el pasto, Zelda trataría de levantarse, haciendo una mueca de dolor cuando se apoya en su mano derecha por la reciente torcedura, pero aun así se alzaría hasta al menos quedar sobre sus rodillas, con la mayor parte de su cuerpo cubierto por la capa que no se había removido.

— Esa sin duda es una buena imagen. La reina de Hyrule de rodillas ante mí. Creo que la recordare siempre.

Tratando de recuperar el aliento, y aprovechándose de la capa que le tapaba, llevaría su mano izquierda cautelosamente hacia detrás de su cintura, buscando que no se notara el movimiento de su brazo por debajo de la gruesa tela. Esperando el momento justo.

— Al parecer no estas hecha para proteger a este reino. Sera mejor que simplemente desaparezcas.

Abriría sus ojos sorprendida por el comentario, para luego sentirse alterada, frunciendo su entrecejo mientras observa el cómo su enemigo decide hacer su ataque, realizando un corte diagonal con su sable. Ya teniendo su mano izquierda preparada, en el momento justo que tiene la mano de él lo suficientemente cerca, es que haría su rápido movimiento, sacando su brazo izquierdo de dentro de su capa, jalándolo hacia la derecha ligeramente por encima de su cabeza, escuchando claramente el sonido de carne rebanándose, seguido de un horrible grito de dolor.

— ¡Aahhh!


Recibiendo una fuerte patada directa en el plexo solar, el hombre saldría impulsado hacia atrás hasta caer al piso, habiendo soltado su sable por el golpe recibido. La manera en que cayó haría que la capucha se removiera hacia atrás, descubriéndole la cabeza. Por desgracia debajo de ello estaba usando una máscara que le cubría como un antifaz y también por encima del cabello.

La mujer no tardaría en impulsarse hacia adelante y retener sus brazos al presionarle con las rodillas, acomodándose encima del torso para amenazarle con su kodachi justo en la garganta.

Ninguno de los dos estaba ileso, tenían varias marcas de golpes, pero al parecer los dos habían logrado evitar los ataques de las armas de cada uno.

— Sera mejor que comiences a hablar.

El hombre se aguantaría un quejido, y aunque su boca hacia una pequeña mueca, sonreía de forma burlona de nuevo, observando desde su posición a la Sheikah.

— ¿Ahora quieres hablar? Por desgracia no creo que vayas a tener mucho tiempo para ello.

Internamente extrañada por lo que le dice, de pronto escucharía algo acercándose. Unas fuertes pisadas que parecían venir en gran cantidad; pero lo que más le sorprendería fue que junto con eso, escucharía algunos de aullidos. Eso haría que levantara la mirada para notar como desde cierta distancia ya podía ver a un grupo de criaturas caninas de gran tamaño acercarse hacia donde ellos estaban, notando sus ojos brillantes, y claramente hambrientos.

¡¿Wolfos?!...

La presencia de esas bestias, especialmente en manada, por esos lugares, la dejaría bastante sorprendida; tanto que el sujeto debajo de ella aprovecharía ese pequeño momento de distracción para aplicar la suficiente fuerza en ambos brazos y hacer que Impa se desequilibrara un poco, pero eso fue más que suficiente para poder empujarla y quitársela de encima, rodando para hacerse hacia atrás y mantener la distancia de la mujer mientras se pone de pie.

— Creo que vas a estar ocupada por un rato. Sera mejor que te deje para que te encargues de tus asuntos.

Viendo cómo mete una mano dentro de su capa y luego la saca para prepararse para arrojar algo al piso, Impa trataría de alcanzarlo antes de que lo hiciera.

— ¡No escaparas!

Por desgracia sería tarde, el bandido lanzaría el objeto al suelo y este causaría una explosión de luz, obligándola a cubrir su vista de la luz cegadora solo para ver después como el hombre ya no se encontraba en el lugar. Eso claramente le molestaría, apretando los puños y la mandíbula mientras mira el lugar vacío donde antes estaba el enemigo.

— ¡Maldita sea…!

Escuchando de nuevo las constantes y veloces pisadas de los Wolfos, centraría su atención en estos, poniéndose en posición de defensa para prepararse para enfrentar a todas esas criaturas.


Una mano y un sable caerían en la tierra, a una corta distancia de donde estaban los dos. Y mientras que el hombre da algunos pasos hacia atrás, sujetándose la muñeca sangrante; la reina lentamente se ira poniendo de pie, teniendo en su mano izquierda una muy corta espada, casi se le podría considerar una daga. Su mango y empuñadura eran de un color marrón, y en esta última se podía admirar una esfera de color rojo en el centro.

Una pequeña conversación volvería a resonar en la mente de la joven.

— ¿De verdad vas a dármela? ¿Enserio puedo quedarme con esto?

— Por supuesto que sí, Zelda. ¡Seguro que te servirá para salir de un apuro!

— ¡Muchas gracias! ¡Te juro que siempre la atesorare!

Por un instante, su vista estaría en la pequeña arma manchada de sangre en su mano.

Y realmente así fue…

Pero no se permitiría una mayor distracción. Rápidamente, volvería a fijarse en su oponente, quien seguía sosteniéndose de su muñeca, pero ya no estaba gritando, solo jadeaba, y probablemente la miraba enfurecido, considerando que todavía no podía ver sus ojos por su capucha.

— M-Maldita…n-no me imaginaba que eras capaz de algo así…

Zelda mantendría una expresión seria, pero una mirada bastante endurecida, a pesar de que aún se sentía afectada por los daños que recibió hace unos momentos.

— Te dije que si tenía que sacarte las respuestas a la fuerza, así lo haría.

El hombre gruñiría mientras se le veía apretar los dientes, soltando lentamente su muñeca para llevar su mano izquierda detrás de su cuerpo. Cuando Zelda ve eso, reaccionaria levantando el brazo derecho, con la palma de su mano hacia adelante. El movimiento le haría soltar un quejido.

— ¡E-Espera!

Trataría de concentrarse en generar una esfera de energía, sentiría una gran tensión en el brazo derecho, por lo que le resultaría imposible hacerlo a tiempo. Solo siendo capaz de ver como su oponente levantaba el brazo y luego lo jalaba hacia abajo, arrojando algo al suelo, por lo que ella giraría la cabeza cerrando los ojos, sabiendo que el efecto de ese objeto sería un cegador destello de luz.

— ¡Nos veremos de nuevo, Reina de Hyrule!

Sería lo último que escuchara del sujeto, e incluso su voz se notaría alejándose, por lo que no se sorprendería cuando al poder abrir los ojos, observa que el bandido se ha ido.

Bajando lentamente sus brazos, Zelda haría un chasquido con su lengua, frustrada de no haber logrado impedir que el hombre escapara. Aunque observando a su alrededor, no evitaría la sensación de alivio al ver que la Villa seguía perfectamente; pero cuando su vista se posa en la mano cortada, inerte en el suelo, sentiría un escalofrío al saber que ella fue la causante de eso, especialmente al sentir la pequeña espada aun en su mano izquierda.

Soltaría un suspiro mientras empieza a caminar lentamente, avanzando hacia donde su estoque había quedado, para así recogerlo y envainarlo una vez más.

— ¡Zelda!

Se sorprendería un poco al escuchar el llamado, girando su cabeza hacia donde proviene la voz, viendo como Impa se acercaba corriendo a donde ella estaba.

— ¡I-Impa! ¡¿Qué fue lo que sucedió?!

Estaría bastante impactada de ver que su protectora se encontraba con una gran cantidad de sangre encima, por lo que empezaría a observarle en distintos lugares, tratando de encontrarle las heridas. Pero la Sheikah alzaría su mano derecha, agitando un poco esta.

— No, no es mi sangre, tranquila.

Un nuevo suspiro se escaparía de sus labios, esta vez de alivio. Aunque otro pensamiento llegaría a su cabeza.

— Entonces…

Impa volvería a negar, solo que esta vez lo haría con la cabeza.

— Desgraciadamente pudo escapar. Esta sangre es de una manada de Wolfos.

Eso sí que la dejaría muy sorprendida, y se notaba en su expresión, con sus ojos bastante abiertos y manteniendo la boca abierta unos momentos antes de poder responder.

— ¿Wolfos? Pero…pero ¿Cómo es que una manda de Wolfos estaba en las planicies? ¿No es que solo están en los bosques?

— También me sorprendí. Ese sujeto aprovecho mi momento de distracción para huir. Pero ¿Qué sucedió contigo? ¿Te encuentras bien?

La reina desviaría ligeramente la mirada, cerrando con suavidad su mano derecha.

— Sí, estoy bien. Unos cuantos golpes nada más, seguro que un baño ayudara a relajar mis músculos y disminuir el dolor. Pero tampoco pude impedir que el bandido huyera…

La mujer mayor se quedaría observando a la joven unos momentos; aunque luego notaria algo particular, viendo un poco más hacia abajo. Sería en ese momento en el que nota la daga ensangrentada que la reina está sujetando.

— Zelda, ¿eso es…?

Curiosa por la repentina pregunta incompleta de la Sheikah, Zelda la miraría de nuevo; notando como está viendo hacia abajo, por lo que ella también bajaría la mirada, pudiendo deducir con facilidad a que se refería. Así que volvería a mirarle, sonriendo muy ligeramente.

— Sí, creí que podría necesitarla en caso de un apuro, así que la traje conmigo. La verdad es que si acabo siendo necesaria…

Cuando dice eso, miraría hacia un lado, dirigiendo su vista una vez más a la mano que seguía ahí tirada. Impa igualmente seguiría su vista, no tardando en encontrarla.

— Por favor encárgate de eso, Impa.

La aludida asentiría con su cabeza, avanzando hacia donde estaba aquella mano. Mientras lo hace, Zelda escucharía una nueva voz, proviniendo del lado contrario.

— ¿Su Majestad?

Mirando hacia el otro lado, se encontraría con una aldeana, una mujer adulta y robusta quien la mirada con cierto miedo pero mayor preocupación. Misma mirada que cargaban otros cuatro habitantes de la Villa que estaban ahí cerca.

— ¿Se encuentra bien? ¿Qué fue lo que sucedió?...La verdad es que escuche un poco desde dentro de mi casa. Pero tenía mucho miedo de salir.

Zelda sonreiría con tranquilidad, buscando calmar a la mujer, así como a las demás personas.

— No se preocupe. Fue mejor que todos se quedaran dentro de sus casas. Lo importante es que se encuentran bien, y que nadie salió herido.

Un hombre de complexión gruesa se acercaría un poco más, llamando la atención de la monarca.

— ¿Qué es lo que está pasando, Majestad?

— Por desgracia, yo tampoco tengo las respuestas para eso. Pero si puedo asegurarle algo —miraría de forma más seria a los presentes—. Sea lo que sea que pase, yo me encargare de protegerlos.

Los aldeanos aún se veían preocupados, intercambiando algunas miradas, pero luego todos verían de nuevo a la reina, afirmando con sus cabezas. El mismo hombre volvería a hablar.

— Se lo agradecemos mucho. Si hay una manera en la que podamos ayudarle, sabe que puede contar con nosotros.

Eso haría que la rubia volviera a sonreír, esta vez de manera más dulce, suavizando su mirada.

— Soy yo quien les agradece entonces. Lo único que necesito es que no duden en comunicar si es que algo llega a suceder. Ya sea aquí, o en otra parte del reino donde estén.

Miraría complacida como los habitantes de la villa vuelven a asentir con sus cabezas, teniendo unas expresiones más relajadas.

— Majestad.

Guiando su mirada hacia la derecha, atendería el llamado que Impa, quien ya se había colocado fielmente a su lado.

— Es hora de volver a casa.

Moviendo su cabeza en modo de afirmación, se despediría de los aldeanos, quienes se inclinarían un poco, pero con mucho respeto, mientras la ven partir en compañía de su guardiana.

Mientras avanzaba hacia la salida de la villa, Zelda usaría la tela de su capa para limpiar la sangre de la hoja de su arma, y después de eso, envainaría la Espada Kokiri de vuelta en su funda.