Capítulo 6: Adiós...
1.
Sobrevivir, dícese de vivir después de la muerte de otra persona o después de un determinado suceso.
Cloud tardó varios minutos en procesar lo que estaba escuchando provenir de los labios de Zack. Le estaban diciendo que la última de las pruebas podría matarlo. Nada más, nada menos. Su mente se conmocionó, se puso de pie de un salto y apuntó a Zack con el dedo.
—¡Nunca nadie mencionó nada sobre Mako!
—Es porque se trata de algo confidencial. La información no podrías saberla hasta que firmaras un documento donde prometieras jamás revelar el secreto. Una vez que has sido sometido al tratamiento, si pasas las pruebas médicas, se firma otro para controlar tus recién adquiridos poderes. También te registran en una base de datos.
—¡Pues yo no quiero hacerlo! —espetó Cloud presa del disgusto, la sorpresa y el miedo más que de la rabia—. Además, si es confidencial, ¿por qué me lo estás contando tan campante?
—¿Me lo preguntas? —dijo Zack con lentitud—. Bueno pues, porque yo hubiera querido que hicieran lo mismo por mí —se levantó la camiseta y mostró su abdomen. Antes de poder analizar bien las marcas, Cloud desvió la mirada poniéndose tímido. Zack tenía abdominales.
—¿Qué es eso?
—Son las marcas que dejan las inyecciones de antisuero. Verás, el mako cambia la composición química de tu cuerpo y no es tan simple, no viene solo. Se han detectado cuarenta y tres enfermedades producto de la infusión. Lo mío es una alergia. Requiero del mako para seguir funcionando, pero me mata no tener algo con que contrarrestar sus efectos.
Cloud se animó a mirar. Su enojo se había disipado. De pronto dejó de importarle lo que podría llegar a pasarle a él y se preocupó mejor por lo que le pasaba al otro.
—¿Por qué accediste? —preguntó.
—No tuve opción —musitó Zack negando con la cabeza—. Nunca hice las pruebas porque cuando llegué aquí estaba muriéndome ya. Angeal me encontró y me trajo. Entre Sephiroth, Genesis y Lucrecia, una enfermera, decidieron exponerme a corrientes mako sin previa autorización. Pensaron que no lo lograría pero se equivocaron. Aunque casi los expulsan… rompieron las reglas, tal como estoy haciendo yo en este momento.
De modo que el chico lindo tenía un horrible pasado. Bien decía su abuela que entre más negro el cielo, más brillaba la estrella.
—Hay otras cosas que posiblemente no estés dispuesto a aceptar —continuó Zack.
Aquello no podía ser. Demasiadas sorpresas desagradables en un día. Cloud tuvo que sentarse y desde allí esperar sin mucho entusiasmo por la nueva información. La que fuera.
—Cloud —sentenciaron—, si aceptas el contrato de confidencialidad, no se te permitirá el contacto con el mundo exterior. Eso implica cortar vínculos con tu pasado, tus amigos, tu familia. Si me preguntas… esta es la parte que se me hace más irracional.
Un dejo nostálgico en el tono de Zack, hizo al otro levantar la cabeza. Lo escrutó severo.
—¿Los extrañas?
Abrupto, Zack lo miró.
—No lo sé —susurró—. No recuerdo nada.
Había nacido cuando abrió los ojos y se encontró de frente con el ventilador de techo que giraba parsimonioso sobre él; sin un solo atisbo de quién era, de donde venía, ni porque estaba ahí. Lo que lo devolvió al camino de la consciencia fueron las exclamaciones de júbilo de quienes lo cuidaban.
Tardó seis meses en ser capaz de caminar. Tuvo que aprender a hacer todo de nuevo, empezar de cero. Era tan solo un niño, rescatado por los tres instructores en una guerra en las cercanías de Gongaga.
La historia tocó partes de su alma que hasta entonces Cloud no se había percatado que tenía. Derramó unas cuantas lágrimas amargas, y aunque intentó ocultarlas cubriéndose la cara con las manos, Zack se dio cuenta de su llanto.
Se le acercó, lo sostuvo y le robó un abrazo a la vez que le decía consiliador: "se trata de ti, depende de ti, está en ti. Si no lo deseas de corazón, no obligues a tu voluntad a aceptarlo. La libertad vale más que cualquier cosa en el mundo. Recuérdalo."
2.
Cloud nunca sabría cuál habría sido su respuesta de no haber ocurrido lo que ocurrió cuando le dijeron que era apto para recibir el tratamiento mako.
—¿Es posible hablar con ella una última vez, por favor? —pidió a Zack quien estaba concentrado en comprobar los proveedores de unas armas automáticas. Se volvió sonriente.
—Ah, eres tú. Hola. Dime qué necesitas.
—Hacer una llamada.
La expresión consternada, las ojeras, el rostro pálido de su amigo no le pasó por alto al mayor. Era muy receptivo y sensible. Preocupado estiró la mano y se la puso sobre la frente en busca de signos de fiebre o cualquier otra dolencia.
—¿Qué pasado? —inquirió empleando una calma poco natural a su carácter hiperactivo.
—Aprobado —le respondió Cloud. Interrumpiendo cualquier intento de hablar en medio de la ligera pausa, añadió—: Quisiera escuchar a mi abuela y mi tía. Necesito aclarar ciertos asuntos que desde un tiempo hacia otro, no me dejan en paz.
Hubo comprensión en el asentimiento de Fair. Se relamió los labios pensativos y después de un meditabundo silencio, tomó a Cloud del brazo. Su gesto por defecto.
3.
Squall se había acomodado donde cayó primero. Cruzó las manos tras la nuca y, disfrutando de la tranquilidad excepcional de un cálido atardecer, se dejó mecer por las brisas que traspasaban la ventana hasta dormirse. Estaba tan feliz que ni siquiera la presencia de la terrible pesadilla que lo visitaba siempre fue suficiente para perturbarle el sueño.
Pero entonces un ruido molesto cimbró en lo más profundo de su canal auditivo, destrozándole los nervios. El teléfono.
Llevaba sonando quien sabe cuánto porque le dolía algo dentro de la cabeza. Squall trató de ignorarlo más sin embargo, transcurridos unos segundos, después de volver de su letárgico viaje, parecía como si los timbrazos fueran el doble de fuertes. Le taladraban el cerebro. Ladeó la cabeza para ver el aparato moderno disparar luces y hacer vibrar la mesa a sus pies. ¿Debería desconectarlo? Se preguntaba. Pero aún tenía los parpados pegados y lo único que se le ocurrió fue darle una patada sin ceremonias y derribarlo con todo y mesa.
Sintió tal satisfacción al oír el estrepito que casi hasta se dejó tragar por el acolchado del asiento. Cuando volvió a cerrar los ojos, el molesto latido de su celular volvió a despertarle. No alcanzó a quitarlo de su oreja a tiempo y cuando la melodía metálica empezó a sonar en su máximo volumen, Squall casi se cae al suelo. Hundió todos los botones, desesperado.
—¡DIOS SANTO! —gritó a la bocina como un maniático—. ¿¡QUÉ!? ¿¡QUÉ!? —del otro lado se oyeron las particular risas de Reno y Rude. Squall continuó su griterío fastidiado—: ¿Cuándo van a entender que si alguien no atiende el maldito puto jodido teléfono no significa que esté muerto?
Y colgó.
—Creo que lo hicimos enojar —murmuró Reno.
4.
Los grupos oficiales que se formaban en la academia a veces participaban de competencias amistosas que les ganaban puntos y privilegios. No era solo una forma de organización sino también la persecución del compañerismo. Se buscaba fortalecer el trabajo en equipo. Porque las misiones generalmente no eran llevadas a cabo por una sola persona. Era importante tener buenas relaciones interpersonales.
Habiendo culminado un extenuante entrenamiento, Vincent, Reno y Rude estaban reunidos en la fuente de la entrada principal. Con el consentimiento de su líder hacían cálculos para la siguiente competencia. Una carrera más o menos importante. En base a ella se crearían los fundamentos para la repartición de tareas cotidianas dentro de la academia.
Los que quedasen de último lugar, por lo general, recibían los trabajos más aburridos, asquerosos y poco interesantes
Reno había llamado a Squall para solicitar su presencia pero este, aun tratándose de un tipo indiferente, se había cabreado.
—Es que sin ti no somos más que unos idiotas —bromeaba el pelirrojo. Cuidaba bien de no excederse con el sarcasmo para no ir a empeorar el malgenio del otro (su especialidad), pues era la quinta vez que le colgaba.
—Más te vale que sea importante —refunfuñaba Leonhart.
—Que sí, que sí. ¿Dónde estás, pequeño león? ¿Debemos ir a buscarte?
—No —fue Vincent el que habló mientras señalaba a Squall que venía haciendo equilibrio con la chaqueta que intentaba ponerse y el celular por el que hablaba.
Al llegar. El chico de cabello castaño suspiró.
—Bien.
—Bien —dijeron los otros al unísono. Se miraron y se rieron, como si no hubiesen estado irritados jamás.
5.
Estaba ahí. Delante de él. Un teléfono negro sobre una mesita. Cloud lo veía como si se tratara de algo rarísimo. Miró hacia atrás en busca de Zack y lo encontró de pie cruzado de brazos, otorgándole el permiso que pareció necesitar.
—Adelante.
Llamar a casa estaba prohibido. Los teléfonos no servían más que de referencia para comunicarse entre dependencias dentro de la academia. Solamente ese, antiguo y destartalado, daba tono para un radio mayor hacia las ciudades aledañas.
Aerith y Zack lo habían descubierto juntos. Lo tenían en casos de emergencia, oculto en uno de los pasajes del vestíbulo del edificio de oficinas en la sexta planta que por lo general permanecía vacía. Nunca se imaginaron que lo iban a necesitar.
Descolgando el auricular muy despacio, Cloud marcó a casa. Tuvo que intentar varias veces, persuadido por Zack.
Algo ansioso, el último se tronaba los dedos. Casi se tuerce el índice cuando sintió el estremecimiento ajeno. Lo que no entendió fue por qué de inmediato, Cloud colgó con brusquedad.
—¿Qué? —boqueó Zack—. ¿Te contestaron? —el otro asintió rígido—. ¿Y entonces por qué…?
—No sé.
—Dame eso —le arrebató el teléfono. Presionó el botón de redial y una vez escuchó la voz femenina del otro lado, lo obligó a hablar.
La cosa fue que Cloud no pudo decir mayor cosa. Tartamudeaba balbuceos. Apenas se identificó mencionando su nombre, un grito de dolor escapó de la bocina.
Y entonces los ojos azules del chico rubio se abrieron. Sus labios temblaron. Todo cambió. El teléfono cayó y solo se salvó de estrellarse contra el suelo porque el cable que lo unía al resto del aparato no era lo suficientemente largo.
6.
Lloraba miserable contra el cuello de Zack.
—Es mi culpa —sollozaba—. Mi culpa. Yo la maté.
Entre sus brazos Cloud Strife constituía una criatura indefensa. Su abuela había muerto hacía dos días según le informó su enfadada y afectada tía que, sin tener otro objetivo con el cual desquitarse, le echó la culpa. Él se había ido sin dar detalles, él era la causa del estrés y por tanto, del paro cardíaco.
Lo peor de todo es que tuvo que disimular su dolor, guardar el secreto entre él, Zack y eventualmente Aerith, porque nadie podía saber que se habían roto las reglas. Ya era el causante de muchos problemas, uno más y se suicidaría.
Pero como nuestro sufrimiento no es razón suficiente para que el mundo se detenga, el tiempo pasó y el día en que tuvo que decidir si se quedaba o se iba, llegó.
7.
De los miles de postulantes que habían resistido hasta los exámenes médicos, solo ochocientos cuarenta y cinco habían resultado aptos para lo siguiente y solo quinientos treinta y dos aceptaron continuar.
En la cámara número tres, Cloud esperaba con nada más que una rauda bata aguamarina encima. Descalzo. Nervioso.
Por una semana le habían aplicado pequeñas dosis de mako y no había presentado reacciones adversas, de modo que se supuso que podría recibir una carga más grande.
En frente de él descansaba una cámara especial. Se despidió de Zack, que observaba desde el segundo piso a través del ventanal, y entró en ella.
Encerrado no podía escuchar nada. Le habían puesto una mascarilla con oxígeno y unas gafas protectoras para los ojos. La bata estaba hecha de un material duradero que no se descomponía por lo que no debió quitársela.
Se escuchó un sonido como de motor y la cámara empezó a llenarse en el acto de un líquido espeso y fosforescente. Cloud cerró los ojos.
El equipo médico que lo atendía envió a través del aparato que le suministraba el oxígeno, un somnífero que lo dejaría inconsciente. Fue algo acordado, consentido, junto con todo lo demás que implicaba el proceso, pues debería permanecer allí metido varias horas.
Y no era el único. Había un batallón enorme de cámaras, todas correctamente supervisadas y conteniendo a un único ocupante.
Si Cloud optó por aquello y no por regresar a casa, a pesar de las advertancias de Zack sobre lo peligroso que resultaría, fue porque de pronto se encontró a sí mismo en un laberinto donde no importaba en qué dirección mirara, sería lo mismo.
Podía morir en cualquier momento, era una realidad. Bajándose de la cama, regresando a casa, comiendo. ¿Qué cambiaba entonces el dejar o no de arriesgarse? La muerte siempre estaba a la vuelta de la esquina y él ya lo había perdido todo como para que aquello le importase.
