Capítulo 7: Compañero de guerra.

1.
Miércoles, dieciséis de Noviembre.

Ese debió ser el despertar más contradictorio del mundo. Porque al hacerlo, lo primero que lo recibió fue el impacto de su dolorosa condición; los brazos entumecidos, las piernas engarrotadas, la cabeza henchida de sangre, y después, como acariciando un trozo de terciopelo luego de haber estado pasando las manos sobre vidrios rotos, la hermosa imagen de Zack Fair durmiendo en una silla con la boca abierta y los ojos cubiertos por la pañoleta negra de su uniforme, llenó su campo de visión.

Desde la cama, Cloud lo miraba. Trató de moverse solo para darse de cara con la realización de que no podía. Se sentía terrible, casi como si lo hubiera arrollado un camión a toda velocidad. Y bien que recordaba haber experimentado ya esa misma sensación cuando abordó el tren camino a la academia por primera vez, solo que ahora era mil veces peor. Tenía nauseas.

Bastó un lloriqueo suyo para que Zack reaccionara de inmediato.

—¿Qué, qué? —exhaló. Se creyó a sí mismo ciego hasta que recordó la razón de su limitada vista. Mandó una mano arriba y se quitó la pañoleta de la cara—. ¡Cloud!

—Hola… —sonaba ronco, casi sin fuerzas. Iba a añadir algo más pero un repentino ataque de tos le cortó el habla.

Una vez el rubio hubo recuperado la respiración y estuvo estable, Zack, quien se había puesto de pie y cruzado de brazos, dio algunos pasos por la habitación con el fin de alcanzar la mesilla de la esquina para servir agua en un vaso de cristal. Cloud lo vio beber un poco y reponer el contenido de nuevo antes de que se dirigiera a él.

—Te hará bien —dijo—. Necesitas recuperar energías y empezar a acostumbrar tu cuerpo a los alimentos sólidos otra vez —miró el vaso, haciéndolo girar. Sus ojos tenían un brillo parecido al del reflejo del sol en el agua. Sin dejar de percatarse de ello, Cloud se estiró. Frunció el ceño cuando sus dedos ya se amoldaban a la circunferencia del vaso.

—¿A qué te refieres con acostumbrar mi cuerpo a…?

Como tratándose de una ilusión, en un segundo tuvo Cloud el vaso en su agarre y al otro ya no. Desconcertado, en parte por la reacción de Zack y el extraño sonido, miró hacia abajo. Había fragmentos de vidrio por todas partes, una pequeña porción de la cama que ocupaba estaba mojada y de su mano, la abrió lentamente, unas gotas de sangre fluyeron.

Zack se encogió de hombros, mordiéndose el labio.

—¿Dije 'acostumbrar tu cuerpo'? —murmuró—. Tal vez sería más acertado decir 'acostumbrarte a tu cuerpo'.

Un estremecimiento recorrió a Cloud de arriba abajo. Ignorando su mano herida, se miró. Palpó su pecho por encima de la ropa, descubriendo unas cuantas curvas que antes no estaban allí.

En el mismo tono de voz sutil que utilizó antes, Zack continuó:

—Quizás te apetezca comprar ropa nueva.

—Zack… —le interrumpió Cloud sin aliento—. Zack, ¿qué es esto?

El aumento de su musculatura no era mucho, seguía pareciendo un chico, pero para Cloud, el típico pueblerino detallista, el más mínimo cambio no le pasaba desapercibido.

—Mi camiseta —respondió Fair.

Cloud parpadeó rápido y volvió a mirarse. La prenda que cubría su torso era, a pesar de su renovado tamaño, varias tallas más grandes que él. Se sonrojó.

—¿Tú me la pusiste?

—No —se rió Zack—. Se la di al personal médico. Me alegra que hayan seguido mis instrucciones: estás al lado de una ventana, en una habitación privada y bien abrigado.

—¿Por qué?

—Pensé que te gustaría la vista —Zack se apartó para que la ventana tras su espalda quedara visible, al igual que el paisaje del otro lado.

Aunque no había sido esa la contestación que esperaba recibir, Cloud igual se maravilló al ver el cielo. De repente, con el surco parsimonioso de las nubes por el firmamento, se le vino a la mente la idea de que hacía mucho no veía algo como eso.

¿Cuánto tiempo llevaba dormido?

2.
Al salir, a pasos cortos y seguros, vistiendo unas ridículas sandalias, con el pelo todo pegajoso en la frente y el cuello donde el sudor le hacía una cascada natural que se desbordaba por su espinazo, Cloud fue testigo de algo más. Abrió la mano ante la extraña pelusilla blanca de tacto frío que de pronto se posó en la punta de su nariz, con la cara dirigida hacia arriba, para comprobar que lo que caía era nieve. Sonrió sin poder evitarlo.

—¿Qué ocurre? —inquirió Zack al notar el súbito cambio en la expresión del rubio. Había pasado de extrema felicidad a desconcierto absoluto. Horrorizado, por toda respuesta, Cloud le mostró la mano. La herida ya no estaba.

Uno de los efectos de Mako era autoregeneración de su huésped. Por algún motivo, contemplar el milagro antinatural provocó en Cloud una reacción igualmente inesperada: se acordó de su reunión con Lazard y Rufus, directores de la academia. Como Zack le había ilustrado ya, uno de los puntos dentro del contrato de permanencia dentro de la academia era desprenderse de cualquier vínculo con el mundo exterior.

—Debes estar seguro, pues una vez hecho no puede ser desecho —le había advertido Rufus sin inmutarse. Esa charla demoledora la había pronunciado tantas veces que el hielo alrededor de su lengua había terminado por invadir su corazón también. Si bien al principio sentía el pésame de dar el ultimátum a sus estudiantes, ahora era como recitar un aburrido discurso en medio de un salón vacío lleno de fantasmas. Zack se mantuvo a raya, solemne con las manos unidas tras la espalda y la cabeza inclinada en una venia de respeto hacia sus superiores y hacia la voluntad de su amigo. Su quietud solo fue interrumpida cuando Cloud retrocedió, pues Zack interpretó aquello como una negativa de su parte y asintió diciendo para su sayo que era lo correcto.

Más Cloud, que había llorado la pérdida de su abuela lo suficiente para hacerse llagas en las mejillas, no iba a tirar la toalla. Ni aunque Zack se lo pidiera. Y eso a tales alturas era su más grande convicción. Había retrocedido no para anunciar que se retiraba, sino para arrodillarse ante los hermanos Rufus y Lazard.

—A su servicio, siempre a su servicio —fueron sus palabras. Mientras las dijo mantuvo la vista en el suelo y se aseguró de que le dolieran las rodillas en la posición, que le doliera porque después de tanto sufrir hallar la satisfacción debía ser incluso peor cura que el mismo veneno. Poco a poco, muy lento, fue levantando la mirada. Las directivas contuvieron el aliento ante la renovada fiereza del muchacho inocente.

—No quisiera interrumpir tus cavilaciones mentales, pero me preocupa que esté haciendo tanto frío aquí y tú… bueno, tú…

Zack perdió el hilo de lo que estaba diciendo en el momento en que Cloud lo miró. Parecía diferente. El chico rubio siguió su camino apartándolo por el pecho con la mano de manera suave para luego plantarse frente a él.

—¿Qué otros poderes tengo?

Antes de responder, Zack lo analizó. Se había ido una vez más la pasividad y ahí estaba la bravura, la fuerza e inclusive la arrogancia en pantalla. Sonrió de medio lado acomodándose de tal forma que quedara alineado con el otro, cara a cara. Esa expresión entre desafiante y divertida del mayor le causó a Cloud una arritmia. Tomó aire y lo siguiente que musitó lo vocalizó paladeando cada palabra como si quisiera enfatizar cada letra para no dejar lugar a dudas:

—Pelea conmigo.

3.
Zack se carcajeó tan fuerte que tuvo que echarse hacia atrás. Hizo un aspaviento de resignación divertida con los brazos mientras sacudía la cabeza de lado a lado en un vaivén suave, aceptando.

—Vale, vale. Pero no creas que por ser amigo mío o un principiante, voy a ser amable.

Cloud se estaba acordando de cómo le había cerrado la boca a su amigo arrojándose sobre él para impactarle una patada en el estómago, camino al comedor. Pero al encontrarse de pie en un portón diferente, tuvo que detenerse. Miró hacia arriba, extrañado, pues sin querer había llegado al edificio de oficinas. Cloud de repente dejó de mostrarse severo y volvió a su forma original: un chico de ojos grandes y alarmados que tenía miedo y se sentía solo. Acarició la pared de ladrillos a un lado suyo y echó un vistazo a su alrededor. Estaba oscuro porque recién caía la noche. Unas esferas de luz flotaban iluminando los senderos en lo que varias personas se movilizaban ajenas a todo. Cloud las miró a través de un cristal muy fino pero resistente. Esa impresión lo afectaba a menudo. Constantemente, aunque estuviera en medio del tumulto, se sentía en otro planeta, un mero espectador en lugar de un participante.

—Estúpido —se reprochó negando y ayudado de su mano que se deslizó por la pared en la que se apoyaba, ingresó al edificio aunque no fuera su destino original. A pesar de su desconcierto inicial, entendía por qué sus pies lo habían llevado hasta allí, lo que quería hacer y debía también. Las reglas de súbito ya no le importaban.

Sin embargo, cuando Cloud se halló de pie delante del teléfono y escuchó la línea muerta del otro lado en su imaginación, se negó a ejecutar su "travesura" volviendo a negar, volviendo a reprocharse.

Se disponía a abandonar el habitáculo acarreando toda su amargura y tristeza, pero unas voces emergiendo del fondo del pasillo le obligaron a detenerse. Se ocultó tras una columna. Asomando una pestaña por su borde, casi le da un infarto. Quienes venían charlando eran Zack y Angeal. Se detuvieron en el portal que dividía el edificio en dos.

—No es un juego —decía el mentor, quien, a juzgar por su tono, venía repitiendo lo mismo desde hacía bastante tiempo.

—¿Quién ha dicho que lo es? —preguntó Zack.

—Es una misión importante. No puedes permitir que se nos vaya esta oportunidad de las manos. Es una sola, Zack, y en la vida…

Fue el chico de pelo negro el que completó la frase:

—No hay botón de reinicio —suspiró—. Lo sé, lo sé, lo entiendo. ¿Por qué me sigue dando la sensación de que me tratas como a un crío?

Ambos rieron. Angeal tomó a Zack de los hombros y lo miró con los mismos ojos con que vería a un hijo. Un riego de nostalgia envolvió al muchacho.

—¿Cuándo me voy? —quiso saber.

—Todavía tienes tiempo.

—Eso espero…

Se separaron y se fueron por caminos opuestos, más en el último segundo, Angeal se volvió para exclamar:

—¿Algo que debas confesarme, Zack?

Como le daba la espalda, el mentor no pudo ver que su pupilo sonreía.

—Lo haré en cuanto me parezca prudente.

Angeal se quedó quieto, pensando que si en una cosa fallaba ese chico, era en la prudencia. Sus miradas se encontraron en medio del pasillo, se hicieron el signo de amistad por defecto: puño sobre el corazón y se despidieron.

A Cloud, que la conversación lo había afectado en lo más hondo de su alma se desvaneció quedando tendido en el suelo. Afortunadamente pudo reaccionar y ocultarse de Zack. No tenía ganas de dar explicaciones, se le antojaba más bien recibir unas cuantas, pero no presionaría el asunto, se dispondría a esperar el momento oportuno. Quizás no solo Zack tenía algunas confesiones que hacer.

4.
Jueves, diecisiete de Noviembre.

Entró arrastrando los pies con la toalla en una mano y el shampoo en la otra. No importaba su humor, su situación o el contexto, Cloud siempre luciría como lucía en ese momento: confundido y desorientado. Una ligera capa de humo blanco flotaba por todo el recinto; el calor de los cuerpos sofocaba, los baldosines blancos manchados de sustancias corporales le causaba tanto horror como repulsión. El olor lo estaba enloqueciendo. No por desagradable, pues a duras penas se captaba camuflado entre el aroma del vapor y el del sudor, sino por su procedencia. Eran muchos hombres los que había ahí congregados, restregándose y lavándose de aquí allá. Cloud tuvo que detenerse a mirar: los espejos pegados del techo estaba empañados y solo pudo obtener de sí mismo una imagen distorsionada en amarillo, azul y blanco. Los colores de la demencia. El largo pasillo azulejado le pareció de repente más largo. Ya no pensaba claramente.

Al rato, uno de los chicos, uno que nunca había visto durante toda su estadía, salió de la regadera exhibiendo sin ningún pudor su masculinidad, su pecho desnudo y carente de senos donde la planicie era interrumpida únicamente por dos protuberancias que vendrían a ser sus pectorales y en la cima de los mismos, dos pezones morenos. Cloud se llevó de inmediato la mano a la cara en un gesto de respeto, pero con la misma rapidez la bajó al notar que a él no parecía incomodarle su introspección visual pues se siguió acicalando como si nada. ¿Acaso le parecía normal?

Por si acaso, Cloud intentaba no detallar cada curva de su cuerpo. Fallando, claro. Aunque había más curiosidad en él que deseo. Nunca había visto desnudo a otro hombre. Se preguntó si la misma reacción tendría lugar de haberse tratado de un cuerpo femenino, y eso lo hizo sentir culpable.

—¡Cloud!

Zack apareció para empeorar su dilema. Cloud estaba nervioso, sus ojos azules de mirada penetrante, amable y tangible se clavaron en los suyos asustados. Quiso huir de la sensación, pero cuando experimentó las caricias de unas cosquillas arderle en el vientre y el pálpito de un corazón violentándosele en el pecho, supo que no había marcha atrás.

—¿Por qué traes ropa todavía? —siguió parloteando Zack. Cloud ya se había quedado sin habla para entonces por lo que no pudo responder. Envuelto en ese remolino de vaho, Zack parecía un ángel. Su hombría envuelta de una tela traslucida y hermosa, como él mismo. A simple vista no daba la impresión de estar reparando en el hecho de que Cloud se hubiera quedado contemplándole boquiabierto. Y lo dejó aún más en claro al tomar de la mano al chico para guiarlo hacia las duchas.

—Quítate todo eso de encima —mandó Zack tirando de la pretina del pantalón ajeno—. Vamos, tenemos que aprovechar el agua caliente. La quitan después de una hora. Vamos, vamos.

Cuando sus manos expertas comenzaron a deshacerse de la camiseta del rubio, le entraron ganas de gritar. Sintió pánico ante lo que pudiera ver en su piel expuesta. Se encerró en sí mismo y comenzó a manotear hasta alejarlo para rodearse, buscando refugio entre sus propios brazos.

—¿Qué ocurre? —Zack se apresuró a tomarle el pulso—. ¿Te he lastimado?

Cloud negó con la cabeza tratando de mantener la compostura. Muchos hombres seguían pasando por su lado, completamente desnudos. Antes de que pudiera preverlo, Zack había empezado a deshacer el cinturón alrededor de su cadera. No. Trató de decir, pero todo lo que salió de su boca fue un bufido maltrecho. Retrocedió en alarma, cubriéndose.

—¡No! —gritó inquietando a los otros. Luego echó a correr como alma que lleva el diablo huyendo de los cuerpos que se parecían tanto al suyo, alterado, sin saber qué le pasaba. El camino a la cabaña se la antojó eterno, y no obstante llegó. Y una vez allí se encerró en el baño. Lo que pasaría después era apenas predecible.

5.
Una mano pálida se interponía entre su frente y la pared. La fina capa de sudor cubriéndolo entero desde el cuero cabelludo hasta los dedos de los pies, los ojos entrecerrados brillándole gracias a la moribunda luz del baño entre otras cosas le otorgaban la apariencia de quién está a punto de ceder ante la tentación.

Justamente eso le ocurría. Una reacción natural que por algún motivo se había retrasado y que despertaba bajo el estímulo visual de un cúmulo de hombres desnudos. Se odió. Se maldijo. Se volvió a odiar. Nada ahuyentó su deseo sino que por el contrario lo avivó.

Su mano libre vagó rozando de manera errática los adoquines sucios que recubrían la pared del baño hasta ir a posarse en su muslo y escalarlo lentamente hasta el punto en que se unía con el otro. Hizo un último intento por contenerse pero aquello se sentía demasiado bien. ¿A quién le importaba después de todo? Respiró hondo, implorando perdón y dejó salir en su totalidad el aire como si así pudiera desprenderse de la culpa y estuviera dejando escapar su arrepentimiento. Las cosas dieron un giro de inmediato y sonrió para simbolizarlo. Mordió sus labios para marcar el placer sobre su piel. Las cicatrices valían la pena.

No supo en qué momento Zack se hizo presente o cuánto tiempo llevaba allí contemplándolo pero lo cierto es que quiso morirse. Su superior se acercaba hacia a él. Cada vez más y más cerca, expresión serena y fresca. En vez de reprenderlo, se plantó frente a él y le hizo darse la vuelta de nuevo ya que se había girado por el susto. Lo dejó de espaldas pegándole el estómago a la pared. Zack, qué haces. Zack, qué haces. No. Espera. Zack, qué haces. Le dio un abrazo apoyando la barbilla en su hombro. Cloud no tuvo cara para mirarlo durante un instante. Pero para cuando se decidió hacerlo ya no fue necesario pues se había apagado la luz.