"Envíame a la rusa."
No tenía ni puta idea de donde se había metido el puto pelirrojo. Al parecer, ya no se acordaba de mi existencia… Yo en cambio, sí que me acordaba de él a menudo. Cada vez que trataba de sentarme en una puta silla. No. No era precisamente por que me hubiese dejado el culo como una auténtica mierda a base de follarme. Me dolía el puto culo por el disparo de la vieja chocha a la que robamos, por y gracias al puto zanahorio. ¿Desde cuando hacía un favor a nadie? Joder, ahora tenía que tener cuidado hasta para ponerme los calzoncillos.
Gracias a antibióticos y unas cuantas cervezas el dolor era soportable la mayoría del tiempo, pero cuando se pasaba el efecto… De nuevo, me cagaba en los muertos del primero que pasaba por delante de mí en ese instante.
Entré a trabajar a la puta tienda, Ian tardó en venir, al principio me ahorré saludos, él se ahorró tocarme las pelotas, pero quería saber qué coño había pasado. Era raro que no me hubiese escrito al móvil preocupado o pidiéndome perdón por lo que había pasado. Marica.
- ¿Dónde coño has estado? ¿Has vuelto con el viejales?
- No. ¿Recuerdas la asistente social que vino a casa mientras te sacaban la bala del culo?
- Me acuerdo más del hecho de que me sacasen la bala del culo.
- Bueno, pues… Nos han puesto en manos del estado otra vez.
- ¿Qué coño?
- Han separado a mis dos hermanos pequeños por un lado, a mi hermana pequeña por otro y a mí y a Lip nos han metido en la casa comunal a unos cuantos kilómetros de aquí. Parece una puta cárcel, tío… Es decir, no hay privacidad. Si quiero hacerme una paja tengo que hacerlo en el baño.
- No quiero ni pensar lo que una nenaza como tú haría en un reformatorio. – Me burlé, dejando la caja de sandías que acababa de traer de la trastienda en su lugar. Ian cogió una lata de cualquier mierda y me la lanzó. La cogí al vuelo, a la vez me reía con diversión.
No sé porqué coño pregunté. Siquiera le miré al hacerlo, me dediqué a golpear y mover la puta lata entre mis manos - ¿Ya te has follado a alguien ahí dentro?
- Dios, no.
Me acerqué para colocar la lata en su sitio. Le miré de reojo mientras contestaba:
- Sabia elección. Incluso si te hacen proposiciones seguro que es una trampa. Esos tíos quieren averiguar si eres gay y sacarte la mierda. Y no de buena manera. – Cogí una nueva caja. ¿Qué cojones estaba haciendo? ¿Le estaba dando clases de cómo comportarse en un sitio como ese? Joder… Lo que faltaba… No era el puto padre de nadie.
- Genial.
Le miré de reojo de nuevo. Volví a centrarme en las cajas, cargando una tras otra, colocándolas. Pesaban de cojones.
- Hey, mi padre se ha llevado a mis hermanos fuera de la ciudad por un par de días, así que… - ¿Qué… cojones… haces, tío? – Si quieres salir de ese sitio de mierda y quedarte en mi casa, puedes. – Jodido gilipollas. ¿Acababa de invitarle a mi puta casa?Oh, sí. Acababa de hacerlo. Bueno… Tenía ganas de echar un polvo. Desde el puto disparo no habíamos vuelto a follar.
- ¿Acabas de invitarme a quedarme a dormir contigo?
- A follar. Eso es a lo que acabas de ser invitado, gilipollas.
Me largué a cagarme en mis putos muertos por no haber sido directo. Me había tocado más las pelotas que hubiese dado la vuelta a mi proposición de esa manera, que la risa que escuché a continuación. "Que te jodan", pensé. Seguramente en voz alta.
Galletas, cervezas, tabaco, una peli de mierda y sexo. En eso se había resumido nuestra noche. Estaba agotado, joder, me había dejado molido, pero aún así tenía que aprovechar la situación… No sabía qué coño pasaría si los de ese puto sitio se daban cuenta de que Ian no había pasado la noche allí, ni qué coño pasaría si se diesen cuenta de que, en ese momento, por la mañana, seguía sin aparecer. Tampoco me importaba una mierda, la verdad.
Había algo que quería probar. Me acerqué al sillón, donde el pelirrojo había pasado la noche. Los dos seguíamos en bolas. Joder. Me acababa de tomar la puta medicación para dejar de ver el espacio sideral cada vez que rozaba el culo contra cualquier superficie. Un parche en forma de cruz cubría la herida.
- De acuerdo… Tengo que ir al trabajo.
- Joder, solo un minuto, ¿vale? – Dije con cierta diversión. Esas putas bolas chinas me estaban llamando desde hacía días, era el momento perfecto para probarlas. - ¿Quieres hacer los honores? –Pregunté, enarcando una ceja, enseñándole lo que tenía entre manos. Se puso en pie, justo delante de mí, y las cogió con las manos, jugando con ellas.
- ¿Un rosario para gigantes? – Ya estaba cachondo. Y su gilipollez me puso mucho más.
- No. – Me reí mientras acercaba las bolas a mi cuello para fingir medirme. – No, tío, son bolas chinas. Ya sabes, me las metes en el culo y las sacas jodidamente despacio.
- ¿Y qué tiene de divertido para mí? – Dijo burlón. Jesucristo. El jueguecito me estaba excitando de verdad y no podía dejar de reírme entre coña y coña.
- Vaamos. – Me moví, dando la iniciativa, apoyé las rodillas en el sillón, los brazos sobre el respaldo, y mientras notaba sus manos frías sobre la parte baja de mi espalda le recordé – Vale, vale, ten cuidado con mi cachete jodido, ¿eh?
- Iré por el otro lado. – Siguió burlándose, tuve que apretar los labios para no reírme otra vez. Entonces lo noté. No tardó ni medio segundo en acercarse y comenzar a entrar en mí. Mierda. Aún no sabía si debía sentirme mal o bien por lo que estaba haciendo, pero… Me sentía en otro puto mundo, era increíble. Me mordí los labios, cerré los ojos y dejé que continuase moviéndose contra mí.
La paz de pronto se vio irrumpida. Todo ocurrió demasiado rápido: el ruido de la puerta, alguien entrando, Ian corriendo, yo incorporándome.
- ¿Qué coño es esto? – Mi padre. Mi puto padre… Me acojoné. Coño que si me acojoné.
- Papá, papá, ¡Espera, espera! – Tan solo me dio tiempo a ponerme los bóxers, vi que Ian había logrado lo mismo.
- ¿Mandy no fue suficiente para ti, cabrón? – Joder. Siquiera lo pensó. Su puta expresión daba miedo. Le pegó un puñetazo a Ian en toda la cara que le hizo caer de espaldas sobre el sillón. Pensé en hacer algo, pero… Joder, sí, me daba demasiado miedo.
- ¡Papá, espera!
- ¡Maldito pedazo de mierda! ¡Pedazo de mierda! – Y volvió a pegarle, no una, ni dos, ni tres veces, hasta que le hizo sangrar. No pude hacer nada para frenar mis impulsos y me lancé sobre él para apartarle de encima de Ian, cogiéndole por el cuello. Logré apartarle, pero eso nada más hizo que también se cebase conmigo… Aunque sabía que no iba a salir ileso de esa puta situación.
Ahora fui yo quien cayó sobre el otro sillón, traté de escapar, removiéndome como pude, pero era más fuerte que yo y me obligó a quedarme tumbado boca arriba. Me pegó, trataba de apartarle poniendo mis manos sobre su cara, volvió a pegarme, joder, ya podía notar el metálico sabor de la sangre en mi boca tras el segundo puñetazo. Y eso que cayeron unos ocho más - ¡Ningún hijo mío va a ser un mono sidoso de mierda! – No pude más. Dejé de luchar porque no podía contra él y me había reventado. Creo que Ian trató de salir corriendo, pero mi padre le sacó una pistola y eso le hizo retroceder - ¡Pon tu ojete en el sofá, maldito rompeculos! – Gritó, furioso. Joder, estaba acojonado. Muy acojonado. Iba a matarme. No sería la primera vez que Terry Milkovich se manchaba las manos de sangre de ese modo. Ian se sentó en el sillón de enfrente y mi padre me golpeó en la cara haciendo que perdiese el conocimiento largo rato.
"Soy Terry. Envíame a la rusa."
No tardé mucho en despertarme, pero aún así no podía moverme. Era mejor no hacerlo, mi padre tenía una puta pistola entre sus manos, y cuando eso pasaba… Lo mejor era hacerle caso. ¿Qué coño pretendía? ¿Qué cojones iba a hacer con nosotros? Iba a matarnos, joder. Claro que iba a matarnos.
Llamaron al timbre. Una tía de pelo oscuro, ojos claros y vestida como una zorra entró.
- A ese. – Dijo mi padre, señalándome. No necesité más para saber que era lo que pretendía – Ella te va a quitar el amariconamiento, hijo. Móntalo hasta que le guste, Suka. - La puta no llevaba nada debajo de ese corto vestido, el cual no tardó en quitarse. – Y tú vas a verlo, maldita sea.
Se montó encima de mí, no tardó en ponérmela dura aunque mi puta cabeza dijese que era asqueroso. Sus manos eran las de una experta. Una puta. Pero una puta experta, joder. Me daba asco, puto asco, y más aún si Ian tenía que ver aquello. No hice nada por ayudar, dejé que ella se moviese, no reaccioné, joder, tenía hasta ganas de vomitar.
Y entonces le miré.
¿En qué puto momento miré a ese gilipollas? ¿Estaba llorando, o estaba haciendo el puto mayor esfuerzo del mundo por no hacerlo delante de mí? Negaba con la cabeza, trataba de no desviar la mirada hacia nosotros, estaba matándose por no levantarse e irse. Tenía que ver lo que el hijo de la gran puta de mi padre me estaba obligando a hacer. No podía verlo así, tenía que acabar rápido, así que me moví, con brusquedad, sacando fuerzas de donde no las había, la coloqué contra el sofá y comencé a follármela con el único objetivo que hacer que aquello acabase cuanto antes, para ambos.
