¿Porqué coño te importa tanto?

Mandy apareció por nuestra espalda y abrazó a Lip.

– Eh, ¿Has visto a Mickey por ahí? – Pregunté. Llevaba días sin saber absolutamente nada de él. Había apagado el móvil, había dejado muy claro que no quería tener ningún tipo de contacto conmigo. Y al parecer, con nadie.

– Ha desaparecido. Me debe 50 dólares. – Respondió Lip, divertido. No me hizo demasiada gracia… Joder, ¿Cómo iba a reírme? Nadie sabía lo que había pasado, nadie sabía la situación, lo que habíamos tenido que aguantar. Había tenido que ver como Mickey se follaba a una puta… O una puta se follaba a Mickey… Ya no tenía ni idea de qué demonios había pasado realmente, solo daba gracias de que ese momento ya estuviese lejos, y casi rezaba porque nunca más volviese a encontrarme en una situación semejante. Dolía, mierda, como dolía. No solo físicamente, el capullo de Terry me había dejado como una mierda… "nos" había dejado como una mierda, a los dos… Dolía de verdad ver al tipo del cual estás… ¿pillado…? tirándose, tocando a otra persona. Y más a una tía. Joder. Mickey era gay aunque jamás, en su vida, lo fuese a decir en voz alta.

– Volverá a las andadas pronto. – Dijo Mandy de un tono casual que no me gustó en absoluto.

– ¿Qué ha pasado? – Preguntó Lip. Sabía que lo había hecho a propósito, era el único que conocía lo que Mickey y yo teníamos… eso tan raro que ninguno aún podía definir. Tampoco estaba muy seguro de si Mickey quería definirlo realmente. Agradecí en silencio que fuese él quien tratase de hacer hablar a Mandy, y no yo, me hubiese notado raro, estoy seguro. Mierda, Mandy era mi mejor amiga.

– Mi padre le ha dado una paliza.

– ¿Porqué? – Siguió preguntando.

– ¿Desde cuando alguien necesita una razón para no pegar a Mickey?

Desconecté del resto de la conversación. Contuve las ganas de tocarme la herida que tenía bajo el ojo izquierdo, moldeada entre las brutas manos de Terry Milkovich. Ahora estaba preocupado, más aún… ¿Dónde podía estar? Mandy y Lip siguieron hablando de la universidad, de los papeles que necesitábamos que firmase el notario para que le diesen la custodia de los niños a Fiona, y de muchas más cosas que ignoré.

Antes de marcharme, Lip me dio una palmada en la espalda en forma de ánimo, sabía que aunque no dijese nada en voz alta, estaba preocupado por mí. Lo agradecí, de veras que sí, pero de todos modos no me sentí conforme; puse una excusa basada en el inventario de la tienda y corrí a buscar a Mickey por todo Canaryville.

Sabía donde podía encontrarse, ya conocía su escondite de alguna vez… Lo había mencionado.

"Cuando quiero partirle la boca a alguien y no puedo, disparo contra unas cuantas latas imaginando que lo que atravieso con las balas es el puto cerebro de quien me ha tocado las pelotas." Subí a la azotea de uno de los edificios más altos situados a las afueras del barrio, tras las vías del tren, y al fin lo escuché. Ladeé una sonrisa y me dirigí hacia el lugar del que provenían los disparos.

Era un edificio abandonado, lleno de graffitis, pero aún se mantenía en pie, y se mantendría por largo tiempo. Tenía una buena estructura, seguramente durante la noche se llenaba de drogadictos buscando un lugar donde meterse una buena dosis de heroína para dormir bien y no soñar con su mierda de vida. Le ví, me daba la espalda. Tal como imaginé, Mickey estaba disparando contra unas cuantas latas que estaban elevadas sobre un gran montón de piedras. Sé que me escuchó llegar, pero no movió ni un ápice de su cuerpo, siquiera bajó la pistola hasta que no me paré, situándome dentro de su campo de visión pero no en una trayectoria fácil del arma que sostenía entre las manos. Un nuevo disparo y bajó ambas manos. La risa me salió sola y siquiera sé aún porqué. Estaba nervioso, era una sensación muy rara. Quizás a veces actúo de manera imprevisible, por impulsos, como diría Fiona.

– Así que… Gracias a mí te han dado una paliza y te han disparado en el culo. – Seguí con la sonrisa en los labios. No sabía porqué, pero necesitaba sonreír, necesitaba transmitir de alguna manera que no estaba preocupado, que por mi parte, todo era una gilipollez y que podíamos continuar. Necesitaba darle confianza, era solo una puñetera batallita más que contar. Como si no hubiese dolido ver todo aquello. Mickey se movió un poco, volvió a alzar la pistola para apuntar y me hizo caso omiso. Seguí hablando – Solo quería asegurarme de que estabas bien. – Me apoyé contra la pared del edificio, cruzándome de brazos, sin bajar la mirada de cada uno de sus movimientos. Volvió a disparar. Parecía que estaba respondiéndome tras cada disparo. Seguí hablando, con la esperanza de al menos arrancarle un "cierra la puta boca" de los labios – Oye, no puedo dejar de pensar en ello… en lo que pasó. – Siquiera se molestó en mirarme. Me estaba empezando a enfadar. Joder, estaba ahí, buscándole, tras él, ¡Estaba jodidamente preocupado! ¿Por qué diablos no me contestaba? ¿Era vergüenza? ¿Era asco? ¿Qué demonios le pasaba? ¡Ni que hubiese sido mi maldita culpa que su puñetero padre fuese un puto homófobo! – ¿Al menos podrías mirarme? – Alcé un poco la voz, quería dejarle claro que estaba molesto, que quería que me hiciese caso. Mierda… Necesitaba hablar con él, escuchar que todo estaba bien, que no era el puto culpable. No lo era. Pero nada. Tras balancearse un par de veces en el sitio volvió a disparar. Adiós paciencia. Era un gilipollas. – Bien. – Hice lo que me pedía en silencio: me aparté de su camino. Tenía un juicio al que acudir.

Señorita Gallagher, ¿Podría decirme porqué su padre debería ser declarado "no apto" a tener la custodia de sus hijos?

Una vez estábamos viviendo en un coche. El tío Nick nos había mandado a la mierda, no pudimos encontrar ningún otro sitio donde quedarnos. Lip, Ian y yo dormíamos en los asientos de atrás cuando de pronto Frank se detuvo, en medio de la noche, creo que estábamos en Halstead. Me dijo que cogiese a los chicos y saliese a la cuneta, que no tardaría en volver a por nosotros. Tenía seis años. Unas cuantas horas después, aún seguíamos sentados en la acera, donde nos dijo que le esperásemos, Ian tenía fiebre. Estaba delirando, no sabía qué hacer. Así que corrí por la calle, con Lip bajo un brazo, Ian bajo el otro, tratando de encontrar ayuda. Habría sido más fácil conseguir un poco de crack que una visita al médico. Al final lo hice a pie. Dijeron que Ian tenía cuarenta de fiebre, y que otro par de otras y… ¿Quién sabe? No encontré a Frank hasta que pasaron un par de días. Lo primero que me preguntó fue cuanto dinero llevaba encima. Ojalá pudiese decir que fue la única vez, pero solo fue la primera. Mi madre es bipolar, y mi padre es un alcohólico y un adicto. Coge lo que quiere y no da nada a cambio. Nada de dinero, nada de ayuda. He hecho lo que he podido para ayudar a criar a mis hermanos, ojalá pudiese haber hecho algo más. No le estoy pidiendo misericordia, señoría, o su admiración, solo quiero ser capaz de darles a estos niños lo que se merecen, porque son grandes chicos y se merecen lo mejor.

Fiona consiguió nuestra custodia, al menos había algo por lo que alegrarse entre tanta mierda que había pasado, también conseguimos quedarnos con nuestra casa cuando el capullo de nuestro tío trató de darnos la patada.

Una nueva discusión entre Mandy y Lip. ¿Por qué se esforzaban tanto en darme esos dolores de cabeza? ¿Qué había pasado ahora? Había oído algo sobre Facebook, sobre Karen y unas fotos, la Universidad y Lip… Parecían un maldito matrimonio. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto yo seguía sin saber nada de Mickey. Hasta las heridas ya habían desaparecido. Habían pasado… ¿Dos semanas, tres? Desde la última vez que nos vimos en ese edificio abandonado. Traté de darle espacio, quise ver si intentaba algo… Pero en la tienda a penas nos cruzábamos, y si lo hacíamos, me mandaba a la mierda mascullando. Me rendí, la verdad es que pensé que todo había acabado, pero… En esos momentos era cuando me daba cuenta de que de verdad le echaba de menos.

– ¿Crees que tiene razón? – Me preguntó Mandy. Me encogí de hombros dejando claro que no me metería en sus asuntos, pero me resultaba divertido verlos de ese modo, como un matrimonio cascarrabias de esos de la televisión – Los hombres nunca tienen razón, por eso se creó a las mujeres, para pensar por vosotros, gilipollas. Vamos, mira Mickey, casándose con una puta a la que ha dejado embarazada. – El maldito mundo se me derrumbó encima.

– ¿Qué? – Fue lo único que fui capaz de decir. Me paré en mitad del pasillo, mirándola fijamente, esperando que aquello que había escuchado hubiese sido un error y que rectificara. Un estúpido error.

– Los hombres sois débiles y estúpidos, incluso los que sois buenos. ¡Vamos! ¡Especialmente los buenos! No, joder, no voy a quedarme quieta viendo como Lip arruina su vida de la forma en la que Mickey está jodiendo la suya.

El timbre sonó, el pasillo se quedó vacío mientras a mí me temblaban las piernas en mitad de ese maldito silencio.

– ¿Es verdad que Mickey va a casarse? – Le susurré a Mandy en mitad de la clase de Español. No podía creerlo. No quería creérmelo. Jesucristo… ¿Qué iba a pasar con nosotros? Mejor dicho, ¿Iba a seguir habiendo un "nosotros" después de todo esto?

– Sí, en un par de semanas. – Respondió Mandy aún con el lápiz entre los labios.

– Dios… ¿Con quién? Siquiera sabía que estaba saliendo con alguien.

– Bueno… No creo que estuviese viéndola tanto como haciéndoselo.

– Entonces, ¿Por qué se casa?

– Está preñada.

– ¿Y? No lo entiendo… ¿Tu padre le obliga?

– ¡No lo sé! ¿Por qué coño te importa tanto?

Guardé silencio. Si abría la boca sabía que Mandy me pillaría. Ya me conocía demasiado bien.

Me estaba matando. Necesitaba hablar con él. Ya. En ese maldito momento. Necesitaba preguntarle qué demonios estaba ocurriendo, quería saber porqué no se negaba, o, joder, porqué quería casarse. ¡Cualquier cosa me valía, pero necesitaba una maldita explicación! Iba a casarse con la tía… Dios… ¿Era la tía a la que su padre le obligó a follarse delante mía? Maldita sea…

Aparecí en aquel edificio abandonado donde la última vez le encontré. Esta vez no venía con ganas de reírme, esta vez tenía ganas de gritarle y hacer que abriese los malditos ojos.

Estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared del edificio, bebiendo a morro de una botella de Jack Daniel's.

– Así que es cierto. Vas a casarte. – Hablé. Seguía evitándome, seguía sin mirarme a la cara cuando le hablaba, escondía su mirada tras cada trago. – Entonces, ¿Quién es? ¿Es Angie Zahgo o alguna otra tía de mierda que te tiras fingiendo que no te importo? – Estaba muy molesto, era palpable. Quería saber quién era ella. Necesitaba saberlo si no quería volverme completamente loco. Al fin pareció reaccionar. Alzó la mirada y me lanzó una piedra en señal de advertencia. Iba a hablar más de la cuenta y lo sabía, ambos lo sabíamos. Dolía. Me sentía como una verdadera y auténtica mierda. Una gran mierda pisoteada, herida, una mierda que le quería. ¿Cómo había llegado a querer a Mickey? No lo sabía… Pero joder, ya era tarde… le quería.

Joder. Le quería y se iba a casar. Le quería y ahí estaba, sin hablarme, ahogando toda su mierda en alcohol.

Me moví, cogí una botella vacía que reposaba sobre el alféizar del hueco donde iría una ventana y la estallé contra el suelo.

– ¿Qué mierda, Gallagher? – Preguntó molesto, alzando la voz.

– ¡Vaya! ¡Si habla! – Seguí en ello, presionándole, metiendo el dedo en la herida. ¿Qué importaba? Ya lo había perdido todo.

Mickey se levantó, comenzó a caminar y para mi sorpresa, en vez de enfrentarse a mí, salió por la puerta del edificio. Le seguí hasta que salimos. Insistí:

– Así que, esto es todo. Se acabó. Tu padre nos da una paliza y tú simplemente te casas… ¿Sin hablarlo? ¿Nada? – Le agarré, traté de hacer que me mirase, joder, me estaba matando, necesitaba que me hiciese caso, que me diese una maldita contestación coherente.

Su respuesta fue brusca; apartó mis manos con rapidez, quedándose frente a mí. Nos miramos durante unos segundos. Estaba bebido, pero no estaba borracho. Volví a intentarlo, traté de acercarme, y me apartó otra vez.

– ¡Lárgate de una puta vez! – Me empujó. Quería pegarme, y, ¿Qué mierda? ¿Qué importaba ahora? Estaba enfadado, lleno de rabia, si quería pegarme, adelante, que lo hiciese.

– ¿Quieres pegarle a un marica? ¿Eso te hace sentir como un hombre? Vamos. – Me acerqué otra vez, me encaré, haciendo que nuestras caras quedasen prácticamente a la misma altura – ¡Adelante! ¡Hazlo! ¡Pégame! – Y tal como pedí, respondió. Recibí un puñetazo en la boca del estómago que me obligó a doblarme, apoyé una rodilla en el suelo, y una mano también, para aguantar el equilibrio. Me quejé, en bajo, aguantando como podía.

– Mierda. – Le escuché murmurar entre dientes mientras se giraba para coger una botella semivacía que estaba en el suelo. Se dispuso a irse y eso me hizo hablar de nuevo. Hablar sin pensar. Lo que dije, fue lo que quería decir.

– Me quieres, y eres gay. – Se paró. Era obvio que aquello que había soltado no le hizo mucha gracia. Me miró de reojo, esperando seguramente a que dijese algo para enmendar mi error. Pero eso no iba a ocurrir. Era verdad. Todo lo que había dicho era verdad. Mickey me quería como yo le quería a él. – Solo admítelo una vez. Solo esta maldita vez, admítelo. – Casi se lo supliqué. Necesitaba escuchárselo decir para tener en claro que debía seguir luchando. Para mi sorpresa respondió. Me pegó un puñetazo en la cara que dijo mucho más que todo el silencio que había guardado durante todo este tiempo. Caí al suelo, sangrando, con las manos en el estómago, mirando al cielo, jadeando, dolorido – ¿Te sientes mejor ahora? – Pregunté, metiendo el dedo en la herida de nuevo – ¿Te sientes como un hombre? – La patada que me atestó en la cara me hizo perder el norte. Pero siquiera eso, siquiera que estuviese dándome esa paliza, dolía tanto como verlo marcharse de ese modo. De no haberle tratado de frenar me habría arrepentido durante toda mi maldita vida. Lo sabía.

– Me siento mejor ahora. – Contestó chulesco, tirando la botella a mis pies tras darle un buen trago, dejándome ahí, roto, destrozado, herido, ya echándole de menos. Joder si le echaba de menos… Y siquiera le había tenido.

En el piso de abajo todos celebraban una fiesta; Fiona había logrado nuestra custodia. Kevin y Vero se habían unido, pero yo no tenía fuerzas para dar la cara.

Esa noche no pude contenerlo más, y por mucho que lo intenté, por mucho que luché, las lágrimas salieron solas, sin control.

Había perdido todo aquello que siquiera había llegado a tener. ¿Cómo era posible desearlo de vuelta?