Orange boy.
Mickey.
¿Qué coño estaban haciendo? Estaban poniendo vocecilla de idiotas buscando… ¿Qué? ¿Qué coño buscaban? "Oh, cariño, ¿Has encontrado un buen sitio donde esconderte?" ¡Lo que coño fuese que buscaban estaba dentro de un puto armario, no era el puto mejor sitio del mundo!
¿A qué me sonaba eso…?
Que me jodan.
– ¿Quieres un poco de zumo de naranja, precioso? – Ah… El niño negro. El hermano pequeño de Ian. ¿Qué coño hacía ahí dentro…? Fiona lo cogió en brazos mientras el de los ojos saltones le pellizcaba los mofletes. Al menos a él no se le quedarían rojos si tiraban muy fuerte… ¿No? ¿O sí?
– No queda. – Dije con la garrafa de zumo aún en la mano. Yo mismo me lo había acabado hacía unos segundos. Le enseñé la botella vacía agitándola en el aire y me giré para hacerme un tazón de cereales.
Está bien, después de todo esto, la pregunta más interesante de todas: ¿Qué coño hacía en casa de los Gallagher? Y en gayumbos. Bien. No quería ver a la puta de mi mujer ni a su maldito hijo. Que les jodiesen. Que les diesen por el culo a los dos… A ver si con suerte podía crecer rapidito y llevar algo de dinero en casa… Joder, otra puta boca que alimentar, como si no tuviésemos ya bastante…
– Oye, ¿Puedes decirle a quien vaya a la tienda que traiga huevos y… tabasco? – El hermano pequeño, el retorcido… Carl creo que se llamaba, bajó las escaleras.
– ¿Ahora vives aquí?
– Problemas de pareja. Ian dijo que podía dormir en el suelo. – Me excusé… Siquiera sé porqué coño lo hice. Cogí una cuchara y mezclé los cereales con la leche.
– Esto no es un albergue. – Dijo el que se había estado tirando a mi hermana hasta hacía poco, con el monito negro entre las manos.
– Claro que no, un puto albergue tiene mejor presión de agua.
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Ian:
Dios… Estaba agotado aún. Pero tenía que levantarme. Necesitaba tomarme un café… O algo que me activase. Lo había dado todo durante la noche; no solo en la cama con Mick, también en el trabajo. Escuché como alguien subía por las escaleras y me estiré, desperezándome. Era hora de arreglar las santas escaleras, sonaban como un cráneo al pisarlo… Jesús… Mickey me estaba pegando su bestialidad.
– De acuerdo, amigo, vamos a vestirte. – Era Lip. Subía con Liam en brazos. Aproveché para incorporarme y quedarme sentado, cerrando mucho los ojos, haciendo que me sonase la espalda. Cuando abrí los ojos me topé con el sol de la calle en la cara, pues la ventana estaba abierta y la persiana levantada. Tuve que cerrarlos de nuevo enseguida y taparme con una mano – Mierda. – Me quejé. Arrastrando el trasero por la cama me moví, sentándome al borde de la cama, buscando mis pantalones.
– ¿Una noche larga? – Preguntó Lip que se había puesto de cuclillas a mi lado para ponerle la ropa de vestir al enano.
– Salí del trabajo a las… Dos, más o menos. Oye, ¿Hay café abajo?
– Sí, sí.
Me puse los pantalones, me froté la cara con las manos y me puse en pie, abrochándome el botón de éste.
– Así qué… Mickey sigue aquí. – Sabía por donde iría esa conversación, ahora tendría que evitarla.
– Sí. – Dije animado, casi parecí sorprendido yo mismo de decirlo en voz alta. Mickey seguía aquí.
– ¿Por cuánto tiempo? – Lo que yo decía. A penas había pasado una noche conmigo y ya le estaban echando… Cuando Lip se traía a todas esas tías, incluso a mi mejor amiga, para follar, yo no le decía nada, al contrario, muchas veces le había tapado. Además, ¿Qué era ahora? ¿Alguien responsable, o qué? Era bastante gracioso verle actuar como si fuese padre.
– Eh… - Dije sin saber qué responder realmente. Cogí una sudadera y la estiré con las manos, entretenido.
– ¿Crees que es una buena idea? – Ni tenía ganas de esa conversación, ni sabía qué responder, así que salí por patas nada más soltar lo primero que se me pasó por la cabeza.
– Mmmmmmmm… ¡Café!
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Mickey:
¿Qué estaba haciendo el zanahorio? Se estaba cortando los pantalones del ejército… Mejor, eso significaba que no iba a volver a utilizarlos.
– Hey, ¿Qué estás haciendo?
– Me hago unos pantalones cortos. Ya sabes. Para el trabajo.
– Los trolls del pub tienen la fantasía del general Patton, ¿eh? – Dije con diversión, sentándome en el sillón, cogiendo una revista que había sobre la mesa. Una puta excusa para quedarme por ahí cerca.
– Se acerca más al Equipo Seis SEAL. – Respondió con esa maldita sonrisa ladeada, sin mirarme. Alguien llamó a la puerta, fue Ian quien se acercó a abrir.
– ¿Dónde está? – Dijo esa puta voz… Dios. Puto. Santo. Tenía ese puto acento clavado en el maldito cerebro. Rodé los ojos sin moverme, sin siquiera mirar a la puta que se acercaba hasta mí con ese puto… mocoso entre los brazos. Se me escapó la mirada y miré al niño, con gesto contraído. Mierda. ¿Ese maldito crío era mío? No dijo nada y eso me puso de los malditos nervios, así que hablé yo.
– ¿Qué coño quieres?
– ¿Tu herrmana sabes donde estás pero no la madrre de tu hijo? – Solté la revista. No podía con esa tía, en serio. Era como un puto grano en el culo. Escuché como Ian subía las escaleras y nos dejaba solos. Eso me tocó las pelotas, por lo que me levanté, pasándome el dorso de la mano por la nariz, fastidiado - ¿Cuándo vuelves a casa?
– No vuelvo a casa. – Le di la espalda mientras me alejaba, en dirección a la puta cocina. Lo que fuese con tal de no verle la puta cara a ella y a ese niño.
– Tres kilos y medio – Sonreí irónico al escucharla, bajando la cabeza un segundo para aguantarme las ganas de mandarle a la mierda. La quería saltar los dientes de la puta boca – El peso de tu hijo, por si te interesa.
– Un puto gordo. – Dije sin interés. Escuchaba como me seguía como un puto pollo persigue a una gallina.
– Hago todo lo que puedo para que no se convierrta en un pedazo de mierda como tú.
– Sí. Estoy seguro de que le convertirás en un amable y honorable ciudadano ya que se la has chupado a muchos de ellos.
– Necesitamos dinero, recambios, carrito…
– ¡Pues ve a trabajar!
– Lo hago, pero no es suficiente para Raisa.
– ¿Quién coño es Raisa?
– Una de las chicas. Se quedó dorrmida usando Nail; tiene quemaduras de terrcer grado en el pubis, no puede trrabajar, así que cuida al bebé.
– Espera, espera. ¿Se supone que tengo que pagar a una puta para que haga de niñera? – Cogí el abrigo y me lo puse. Me largaba, donde coño fuese, pero no iba a escucharla más con ese puto acento. Vomitivo acento de mierda.
– Podrías cuidarlo tú.
– Tengo mejores cosas que hacer. – Volví a girarme, dirigiéndome de nuevo a la puerta.
– Sí, ¿Cómo qué? ¿Tenerr sexo por el culo con el chico zanahorria?
Zorra. Era una maldita hija de puta. Una maldita rusa con veneno en la puta sangre. Como sabía como tirarme de la jodida lengua la muy… Ahora entendía a su puto padre, cuando la vendió por cuatro putas cabras. Yo la habría vendido por dos.
Me giré, encarándome a ella, acercándome lo suficiente para no tener que alzar la voz demasiado. Alcé las cejas y gesticulé para que pudiese entenderme en mi puto idioma, sin una maldita duda.
– Cuidado con lo que dices. – Pero la zorra era dura de pelar.
– ¿Te crrees que me asustas? Erres una nenaza ucrraniana de sesenta kilos, ¿Qué dirrá tu padrre cuando salga de la cárrcel y le diga que pasas todo el día con el chico zanahorria, frotando vuestrras pollas? Te la cortará, y se la meterá por el ano a tu novio, justo por donde le gusta. – Apreté los labios, sin apartar la mirada de ella a pesar de todo – 500 dólares mañana o le llamo. – Comenzó a caminar hacia la puerta, yo no me moví. Me llevé una mano a la cara, abriendo las fosas nasales, sonriendo de los putos nervios. Hija de puta – ¿Quieres saber el nombre de tu hijo?
– Vete a la mierda. Ese es su puto nombre.
Me reventé los nudillos contra la puta encimera de los Gallagher.
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Fui a pedirle mi parte del negocio, ¿Y qué coño me dio? 200 dólares. ¿Qué coño iba a hacer con 200 dólares? ¿Cambiarle el puto primer pañal al puto mocoso de esa zorra rusa? Me largué lo suficientemente molesto tras la conversación. Al menos me invitó a un trago, al parecer el tío también había tenido un hijo… O algo así.
– Kev, eres el peor putero del mundo.
– ¿Eso es un insulto?
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Ian:
El nuevo novio de Mandy me abrió la puerta. Jesús… Era un armario. Un armario negro y seguramente con una gran… Dios. Otra vez. Mickey me estaba pegando su forma de hablar, hasta de pensar. ¿Así eran siempre las cosas de pareja? Bueno, ¿Es que éramos una pareja? Sonreí al tipo y entré casi arrastrando la bolsa que tenía en las manos. Era un saco blanco con ropa que ya le había quedado pequeña a Liam. Cuando Svetlana fue a casa me di cuenta de que el niño tan solo estaba envuelto en un par de paños que seguramente no abrigarían nada… Podría ser de esa rusa, pero también era hijo de Mickey, y por alguna razón tenía ganas de protegerlo de alguna forma.
– Heeeey… Pensé que estabas ocupado jugando a las casitas con Mickey. – Dijo Mandy que estaba acabando de limpiar los platos, muy divertida. Apreté los labios con diversión; al fin podría hablar de ello, al fin todo se estaba dejando ver; podría hablar con Mandy sobre… Todo eso.
– Su mujer se pasó. - ¿A qué olía? ¿Era quemado…? Mmmm… Quizás no estaría mal cenar algo de pollo frito antes de ir al trabajo.
– Ajá… - Dijo Mandy tratando de llamar mi atención. La miré, dejando la bolsa en el suelo, alzando un poco las cejas.
– Con su hijo. ¿Crees que va a estar bien?
– ¿Mickey? ¿Por qué mierda tengo que saberlo?
– El bebé.
– Ah. Considerando que lo está cuidando una puta rusa de 20 años… Podría ser peor.
– Hace mucho frío. – Me senté en una de las sillas, metiendo las manos dentro de la bolsa, palpando toda esa ropa – Lo trajo a nuestra casa con solo unas telas. – Saqué una camiseta y se la enseñé – Son algunas cosas de Liam. ¿Te asegurarás de que esté abrigado? – Volví a meter la camiseta en la bolsa y me levanté; iba a llegar tarde al trabajo. Mandy se acercó, incluso me pareció notar que bajó un poco la voz. Echó un ojo a su novio, que seguía entretenido con… Ajá… Algo con chispas… Por eso olía a quemado…
Esto, eso. Echó un ojo a su novio y me preguntó.
– ¿Qué tal está Lip?
– No le digas a la mujer de Mickey de donde lo has sacado, ¿De acuerdo?
– Está bien, pero, ¡oye! – Tuve que girarme de nuevo, pues Mandy tiraba de mi mano tratando de frenarme, y lo consiguió – ¿Está Lip en casa?
– Viene y va, pero está. Sobre todo la mayoría de las noches. – No quería hablar de Lip con Mandy, sabía que le había hecho daño. Que había estado muy jodida por culpa de mi hermano, y de alguna manera… Me sentía mal con eso. Mierda, Mandy era mi mejor amiga. – Tengo que irme a trabajar, ¿está bien? Nos vemos. – Besé su mejilla y me fui, sin olvidarme de ese pollo frito antes de llegar al trabajo.
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Mickey:
Ya me estaba poniendo jodidamente nervioso. Tardaba más de lo normal, joder, ¿y sí se había ido con algún puto viejo a… a hacer quién coño sabe qué? No estaba en su puta casa y solía ser puntual. Me encendí un cigarro y fumé, sin poder dejar de moverme, mirando a todos los lados, cerrando y abriendo la mano libre dentro de mi bolsillo. Al fin apareció. Joder. Qué puto alivio sentí.
– Eh, ¿Dónde coño has estado?
– Jesús… – Le escuché decir en voz baja. Capullo. ¡Encima le iba a molestar! ¡Con un par de huevos!
– Fui a tu puñetera casa y no estabas. – Le señalé con el cigarro entre mis dedos.
– Empieza mi turno. – Dijo sin parar de caminar.
– Eh, oye, ¿No tendrás algo de dinero? – La verdad es que no me costó soltarlo.
– Unos cuantos dólares, ¿Por qué?
– Necesito más que esa mierda… - Para ser exactos, 300 putos dólares más.
– ¿Para qué?
– La perra de mi mujer se cree que le debo algo. – Claro que no le iba a decir que me tenía cogido por los huevos… esa puta rusa chantajista. – Como si fuera el único que ha soltado todo dentro de ella. – Le di una calada al cigarro, nervioso.
– ¡Chicos!
¿Pero qué…? ¿Pero qué cojones…? Me giré, frunciendo el ceño, mirando a ese marica que asomaba medio cuerpo a través de la ventana de su coche blanco.
– ¿Una vuelta alrededor de la manzana? – Dijo el puto soplanucas. Eso me tocó las pelotas.
– ¿Te parecemos una pareja de maricones a la venta? – Volví a mirar a Ian, que había dejado escapar una sonrisa divertida. No me hacía ni puta gracia – Que te jodan… – Murmuré.
– ¿Sí? – Me giré al escuchar eso último. Agitando las manos respondí.
– ¡Esto no es Macy, puta de mierda! ¡No estás viendo escaparates!
– Estás en Boystown, en la puerta de un lugar llamado "Cuento de Hadas"…
– ¿POR QUÉ NO TE VAS A LA MIERDA ANTES DE QUE VAYA Y TE PARTA LA PUTA COLUMNA? – Maldito mariposón de mierda, le iba a partir la cara, los putos dientes contra el bordillo. Cogí un puñado de nieve que había cerca de la puerta y se la lancé contra el cristal – ¡Sí, vete yendo, puto palomo cojo! – El tío arrancó. Me paré unos segundos, con las cejas alzadas, y me giré para mirar a Ian, que estaba en silencio mirándome. Tenía una sonrisa divertida en los labios – Piensa que puede comprar todo lo que quiere por tener un puto rolex y un clase S. – Me excusé. Le di otra calada al cigarro y soltando el humo por la boca volví a hablar – ¿Esta mierda te pasa a menudo?
– Tooodas las noches. – Contestó con diversión, retomando su camino hacia ese puto garito de bujarras. Entonces algo se me pasó por la cabeza…
– ¿Con tipos ricos? – Pregunté alzando la voz.
– ¡Teeengo que ir al trabajo!
– Eh, eh, oye, espera. – Dije molesto. Me hizo caso… Tenía una idea para conseguir algo de pasta. – Dile a tu jefe que te vas a casa porque estás enfermo.
– ¿Enfermo?
– Sí, lo que sea. Dile que tienes… sida. Yo que coño sé.
