Lo hago por ti, capullo.

IAN:

"Abogados procesalistas de América", Conferencia de Chicago.

Siquiera yo sabía qué era aquello… Solo sabía que lo que había en los bolsillos de uno de los tipos de ese lugar, era lo que había en los bolsillos de toda mi calle de Canaryville. Mucho dinero. Era lo que Mickey quería, ¿no? Lo necesitaba para pagar a su mujer… Para a saber qué… La verdad es que no me paré demasiado a preguntármelo, vi una oportunidad de abandonar la rutina y divertirme un poco. Cierto es que hacía bastante tiempo que no cometía una de esas locuras como las que hacía cuando estaba con Mónica… Esta vez Mickey iba a ser el cabecilla del plan.

Me encantaba ese teatro. Me sentía como una auténtica estrella de cine, el centro de las miradas. Era joven, llamativo… No sé, ¿Mi pelo naranja influiría en la forma de mirar de esas personas? Pero noté la mirada que buscaba cuando me llevé la primera y última copa de la noche a los labios. Ese tío de pelo blanco me estaba mirando de una forma distinta a la que todos lo hacían… Se había fijado en mí tal y como necesitaba que se fijase. Cualquiera hubiese valido, pero fue él. Mostrando mis dotes teatrales y aguantando la risa por dentro (sin un atisbo de ella en la fachada) dejé la copa de cristal y me levanté. Me acerqué a ese tío que olía… Olía como la gran mayoría de los tíos que trataban de meterme mano en el Cuento de Hadas… ¿Sería verdad eso de que tenía un extraño imán para los viejos? ¿Mickey tendría razón? No le miré, ni él me miró a mí, siguió apoyado en la barra, acabando su copa cada vez con más rapidez… Se había dado cuenta de mi presencia. Estaba muy seguro. Hablé con casi autoridad, claro:

– Tengo una habitación arriba.

– Vas sin rodeos, ¿eh?

– Sé lo que quiero. ¿Y tú?

Y el Óscar es para… tan-ta-ta-cháaaaaaaan… ¡Ian Gallagher! No pude contenterlo más y sonreí suavemente, conforme con mi interpretación, aprovechando que no podía verme.

Rápido le tuve pisándome los talones.

Sin dirigirnos una sola palabra abrí la habitación y entró tras de mí. Esta parte no me hacía tanta gracia, pero estaba aguantando. Todo sería por colaborar en la causa de Mickey…

– ¿Te gusta duro?

Preguntó el tipo a mi espalda. Me senté al borde de la cama y me quité la camisa.

– Lo que sea que a ti te guste. – Dije con el tono más amable que pude poner. Ladeé la cabeza y le vi. Ya estaba en calzoncillos, como yo. Me agarró por el brazo y me empujó hacia la cama; lo logró, por supuesto, no opuse resistencia. Apoyé la cabeza en la almohada y me quedé quieto el escaso segundo en el que tardó en romperse la tranquilidad para nuestra pobre víctima.

– ¡Di queso, hijo de puta! – El flash iluminó la habitación. Mickey había salido del armario… Mmm… No metafóricamente… Aunque no estaría mal… ¿No…? Lo que quería decir… Mickey había salido del armario y nos había sacado una foto en esa situación taaaan comprometida como en la que estábamos.

– ¿Qué demonios…? – Escuché el puñetazo que le atestó en la cara, seguido un quejido. Aproveché para levantarme y coger la camisa mientras miraba como el tipo se retorcía de dolor.

– Oye… Esto es un Bulgari. – Dijo Mickey cogiendo el reloj que acababa de quitarse el tío que gimoteaba sobre la cama – Son unos… doscientos en efectivo. – Agitó el reloj en dirección al hombre y añadió – Bonito reloj, tío. – Sonreí apretando los labios.

– ¿Qué está pasando? – Preguntó el tío confuso. De pronto se incorporó y se puso en pie - ¡Voy a llamar a la puta policía!

– Sí, haz eso… ¿Qué crees que pensarán Claire y la pequeña Eleanor de la foto que acabo de hacer? – Dejé la camisa para luego, me puse los pantalones mientras escuchaba lo que Mickey decía. Lo decía con un ego tan exagerado que me estaba muriendo por no reírme en voz alta. Me estaba hasta excitando…

– ¿Quién…? – Preguntó el hombre aún confuso, pero sin moverse del sitio.

– Cualesquiera que sean sus putos nombres. – Mickey estaba mirando el móvil de nuestra víctima; al parecer había una foto de dos niñas que serían sus hijas… Qué listo. ¿Hay alguna cosa que pueda darle más miedo a un hombre con hijos que fallar a estos…? Bueno, sí, si se apellidaban Gallagher. Si se apellidaba Gallagher le importaba una auténtica mierda.

– ¿Vas a hacerle algo? – Pregunté con curiosidad. Mickey parecía muy centrado en lo que hacía.

– Solo si tengo que hacerlo. – Me abroché los pantalones y miré al tipo que no sabía donde esconderse. – Oye, es su culpa por vivir una mentira, ¿de acuerdo? – Ni que le hubiese reprochado nada… Mick le lanzó su cartera y el tipo tuvo que agacharse a recogerla – Oye, tú, ¿Por qué no hacemos un viajecito abajo? Vamos al cajero. – Se fue acercando a él, el tipo pareció recomponerse. Me apoyé en la cómoda y me crucé de brazos aún con el torso el descubierto. Tan solo miraba y escuchaba.

– Si vas a coger mi dinero, lo menos que puedes hacer es que el marica me la chupe. – Apreté los labios y sonreí con diversión, bajando la mirada. Cuando la alcé miré a Mickey, y todo lo que pude pensar fue "Se va a arrepentir de haber dicho eso". Mick se guardó la cartera en el bolsillo, me miró y habló con tranquilidad.

– ¿Es todo lo que piensas que es? ¿Un marica?

– Me calentó las pelotas, me las puso azules. – Dijo el tipo con chulería. Alcé la mirada de nuevo y volví a mirar a Mickey. Quería ver aquello.

– ¿Lo hizo? – Siquiera le dio tiempo a contestar; la rodilla de Mickey había hundido los pobres testículos del tío hacia dentro. Le había dado un buen rodillazo que le hizo doblarse. La satisfacción de ver que Mickey me miraba mientras trataba de hacer que el tipo no se cayese al suelo era indescriptible… Era como que me gritase a su modo "Lo hago por ti, capullo". Le soltó y el tío se ayudó de la cama para no caer al suelo. – Ahora las tienes azules y moradas.

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LIP GALLAGHER:

– Aquí están tus favoritas… Tortitas de plátano. – Tener que hacer el desayuno antes de ir a la universidad no era tan coñazo como parecía, era… Desconectar. La verdad es que aún no me fiaba de Fiona y prefería quedarme yo a cargo de Liam hasta que todo… No sé, hasta que todo se tranquilizase.

– ¡Me encantan las tortitas de plátano! – Ahí estaba otra vez Mickey Milkovich. ¿En qué estaba pensando Ian? Ya llevaba varias noches en nuestra casa, es más, daba gracias a que normalmente dormía en la Universidad, no quería escuchar lo que esos dos hacían bajo las sábanas… Fruncí el ceño cuando me fijé bien en él.

– ¿Es esa mi camiseta? – Volví tras los fuegos. Tendrían que darme unas cuantas medallas de oro; a ser el primer Gallagher que había pisado la Universidad, a ser un buen y lucrativo hermano prodigio y, la más importante… A cocinillas. Estaba aprendiendo más en esos meses que en toda mi vida.

– Sí, no he traído ropa para cambiarme… ¿Hay café? – Mickey tenía un buen taco de pasta entre las manos.

– Oh, siéntete como en casa. – Dije irónico mientras secaba unas cuantas cucharillas de desayuno.

– ¿Algún problema? Esto debería cubrir más que unas galletas, idiota. – Mientras le servía el zumo de melocotón a Liam pude mirar por el rabillo del ojo como dejaba un buen puñado de dólares sobre la mesa – Espero que estés feliz de quitarle comida de la boca a mi bebé – Eso me hizo gracia.

– Oh, sí, ¿Cómo está tu chaval? – Pregunté a sabiendas de la respuesta.

– ¿Cómo coño voy a saberlo? – Sonreí divertido.

Ian apareció entonces por las escaleras. Llevaba un chándal y parecía bastante animado. Como un hiperactivo tras días sin tomar su pastilla.

– Hey, tú. – Le saludé.

– Hey, hola, ¿Te vienes a correr? – Dijo enérgico mientras se abrochaba la chaqueta. Saqué le resto de tortitas de la sartén mientras respondí.

– Eh… no, no. Ya sabes. Prefiero los carcinógenos antes que las endorfinas… - Sonreí como pude, pero no le quité ojo de encima. Ian cogió una tortita del plato que había puesto en la mesa, el que su noviete custodiaba. – Oye, ¿Has visto a Fiona?

– Ya se ha ido. – Respondió sin mirarme. Se acercó a la percha de la puerta del jardín trasero y comenzó a buscar entre las cosas que colgaban – Oye, ¿Has pensado en volver al instituto?

– ¿Dónde está mi gorro? Hace frío fuera. – No me estaba prestando atención. No solo porque el tema no le llamaba demasiado la atención, estaba actuando raro otra vez… – ¡Oye! ¿Qué piensas de los juegos online? – Otra vez me cambiaba de tema y parecía no darse cuenta de ello – World Of Warcraft, Second Life…

– ¿Te refieres a jugar a ellos…? – Se rió mientras masticaba. Seguía buscando su gorro, y me estaba mareando de tanto ir de un lado a otro. Yo seguía estático, mirando lo que hacía. Esa situación… me era tan sumamente familiar qué…

– No, no. Me refiero al negocio de los juegos online. Ya sabes… Los juegos multijugador online son el futuro – Se acercó a mí y comenzó a hablarme muy en serio, enfatizando sus palabras con movimientos de su mano derecha – He leído todo acerca de eso en una revista. – Se retiró otra vez. Tuve que pestañear, confuso, "¿Qué coño haces, Ian?" - ¿Piensas que sería bueno en eso?

– Eh… No… ¡No sé! – Dije al fin reaccionando, tratando de seguirle el ritmo. Me asomé al salón, ya estaba en la puerta principal, me hablaba alzando la voz para poder escucharle.

– Sí. Yo creo que sería bueno – De espaldas a mí seguía moviendo los brazos de un lado a otro, sin parar – ¿Sabes? Tengo muchas ideas para juegos. – Me crucé de brazos bajo el marco de la puerta de la cocina cuando dejé de verle puesto que estaba en la entrada de la puerta… Pero rápido volvió a salir, dando una vuelta sobre sí mismo para volver a su posición anterior – ¡Aquí está! – Sacudió el gorro y volvió a caminar, retrocediendo de inmediato para mirarme – ¡Hey! ¿Estás seguro de que no te quieres venir? Doce kilómetros. – Estaba en shock. Tardé en contestar, aún tratando de entender lo que estaba pasando con mi hermano…

– Eh… no, estoy bien. – Se encogió de hombros y salió por la puerta, cerrando con un golpe. No me moví durante unos segundos, mirando cualquier punto de la pared, digiriendo todo aquello. Finalmente me giré para mirar a Mickey y pude percatarme de que éste había girado la cabeza hacia el frente de golpe, evitando el contacto visual.

Estaba seguro de que no era el único que pensaba que algo raro estaba pasando en la cabeza de mi hermano.

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MICKEY:

La casa de los Gallagher se quedó sola. No sabía donde coño se había metido Ian… Empezaba a tocarme las pelotas eso de que tardase el doble de lo habitual tras cada una de sus putas salidas. Necesitaba fumarme un cigarro y tranquilizarme si no quería partirle las piernas a la primera persona que pasase por delante mía antes de volver al maldito Alibi, donde Kevs me esperaba. Y la zorra. Y un buen vaso de whisky mañanero. Pero un gran nubarrón negro envuelto en un chándal barato se acercaba. El puto Kenyatta frenó su forma de andar al estilo "nigga":

– ¿Qué quieres? – Pregunté sin ganas, sin apartarme el cigarro de los labios.

– Mandy. ¿Estuvo aquí anoche?

– ¿No estuvo contigo?

– No, yo estuve trabajando. Estuve llamando a vuestra casa pero nadie me respondió. Después llamé a su móvil y me dijo que estaba en casa. ¿Está con Lip?

– ¿Sumaste dos y dos, eh? – Dije divertido, retirando el cigarro de mis labios para hablar – Bien por ti, Einstein. – Le di una nueva calada al cigarro.

– ¿Está aquí el hijo de puta?

– No, el gilipollas está en la Universidad. – Ese ojos de sapo nunca me había caído demasiado bien… Le vendría bien una buena patada en el culo. Solté el humo por la boca al ver que el cuernudo no decía nada, alzando las cejas hablé – Es un lugar grande con muchos edificios. La gente va allí para aprender… Bah, no te preocupes de ello. – Me moví, me estaban esperando y no podía entretenerme más con el idiota ese.

– Eh, tío, ¿Dónde está?

– West Maxwell. – Dije sin girarme. Entonces caí en algo. Divertido le miré y se paró - ¡Hey! ¿Tienes pensado darle una paliza a cada tipo que ha estado con Mandy? – Retomé mis pasos antes de girarme – Te van a doler los jodidos brazos.