Capitulo 3
El despertador sonó. Como cada día. Pura rutina. Aun que ahora, teniendo a Damon en su vida, era más diferente. Elena se levantó de la cama. Tenía varias partes del cuerpo doloridas. El sexo con Damon era fantástico, pero madre mía, terminaba hecha polvo. Aun no se creía que anoche hubiera perdido la cuenta de las veces que había hecho que se corriera.
- Buenos días… - dijo besando el hombro desnudo de Damon, susurrándole al oído.
Él sonrió. Se giró hacia a ella y la abrazó, dándole un ligero beso en los labios.
- Y si me despiertas así, cada día… sí que serán buenos.
Ella le devolvió la sonrisa. Se dirigió hacia la persiana y la levantó un poco, para que no molestara en los sensibles… - pequeños y adorables – ojos de Damon, recién despertados.
Elena buscó unas braguitas limpias, sujetador y alguno de sus conjuntos para ir a trabajar. Sintió un apretón en la nalga, al agacharse para subirse las bragas. Seguido sintió algunos besos subiendo desde su trasero y por su espalda. Tuvo algún escalofrío.
- ¿Por qué no te quedas un rato más aquí conmigo? Estás muy bien sin vestir.
- A ti aun te queda más de una hora, pero yo entro a las ocho. – le recalcó Elena. – Además, ¿no tuviste suficiente con todo lo de ayer? – Elena rió
- Cuando se trata de ti, nunca tengo suficiente.
Elena se giró. Lo miró, tierna. ¿Cuándo el frio de Damon había decidido cambiar y empezar a decir esas cosas? Como desearía quedarse allí, entre sus brazos.
Se tumbó de nuevo, dejándose caer encima de Damon. Sintió la cálida piel de su amante, empegada con la suya. Un enrevesado juego de piernas. Damon la abrazó, y a ella le gustaba esa sensación de… protección.
- ¿Uno rápido?
- ¡Damon! - Elena lo miró mal. Se levantó de nuevo.
- ¿Qué? – dijo Damon riendo, siguiéndola por la casa.
- Que eres peor que los conejos ¿Es que no puedes estar seis minutos sin meter tu…en mi...? – miró hacia abajo. Y a estas alturas, al ver todo lo potente que era Damon, aun se sonrojaba. – Tápate...
- Será posible… - masculló Damon, cogiendo unos bóxers de un cajón. – Que aun te atrevas a pedirme que me cubra cuando la conoces hasta mejor que yo, después de todo lo que le has hecho últimamente… ¿me equivoco? Creo que habéis hecho hasta buenas amigas.
- ¡Damon! – Elena estaba como un tomate.
- Adoro que te sonrojes. – tiró de su brazo – Ven aquí pequeña. – Le dio un beso en la frente – mi pequeña.
Elena terminó de ordenar algunos papeles. Alguien llamó a la puerta.
- ¿Sí?
- ¿Se puede?
La piel se le puso de gallina al escuchar tal voz.
- S…si.
Él atravesó la estancia. Ella lo miró, tan mal como pudo.
- Hola mi amor…
- ¿Qué haces aquí?
- Me enteré de que tienes novio... ¿Tan pronto te olvidaste de mi?
- Fuiste tú el que no quisiste saber nada más de mí.
- Es que, entiéndeme, mi vida… eras tan inocente… tuve miedo.
- ¿y por eso huiste? Tu lo que eres es un sinvergüenza, David. – suspiró Elena. – Ahora si me permites, tengo faena.
- ¿Qué te pasa muñeca? ¿No quieres ver a tu viejo David? – él se acercó. Apartó algunos folios y se sentó en frente de ella, encima de la mesa. – Serás guarra… los rumores son ciertos. Te has conseguido a un buen agente para que te folle como querías ¿no?
- No me hables así, David…
- Ya sabía que en el fondo eras una fulana.
Elena se levantó y sin pensárselo le dio un bofetón.
- Vete a la mierda.
- No antes sin ver lo que te ha enseñado ese idiota a hacer. – la agarró de las manos, por encima de la cabeza y la empotró contra la pared, con brusquedad.
- ¡Suéltame! – ella no fue capaz de gritar mucho más.
David la calló con un beso, bruto. El peso del cuerpo de ese hombre no dejaba que Elena se pudiera mover. Sus muñecas estaban fuertemente sujetadas. Y con la otra mano, sentía como David empezaba a desabrochar su bata.
De repente, un fuerte golpe dejó aturdido al hombre.
- Serás gilipollas. – dijo Damon. – Como le pongas otra vez un dedo encima te mato. Te juro que te mato. – dijo cogiéndolo del cuello.
Elena se abrochó la bata, a toda prisa. Asombrada por él… asombrada porque siempre estaba allí cuando lo necesitaba.
- ¿Estás bien, nena?
Elena asintió, masajeándose las muñecas. Damon soltó de un empujón a David.
- Vete. Como vuelva a verte, te reviento.
Miró a Elena. Apoyó ambos brazos a los lados de la cabeza de Elena y besó dulcemente sus labios.
- ¿Quién era ese?
- Mi… mi ex…
- ¿El que desapareció en cuanto…?
- Supo que era virgen. Si.
- Alucina. – dijo mirando hacia el suelo. - ¿Por qué se presenta ahora?
- A saber… siempre ha buscado chicas que se regalan…
- Tú no eres una regalada.
- Pero alguien le habrá dicho algo, por lo que sé…
- La gente habla de más.
Elena asintió, sonriéndole.
- Gracias. – besó sus labios. Ambas caras quedaron a centímetros.
- Nadie toca a mi princesa. – apoyó más su cuerpo con el de ella. – Nadie. Eres mía.
Damon empezó a estimular el punto débil de Elena. Empezó a besarle el cuello y se lo mordió. Ella soltó una carcajada.
- Aquí no… aquí no… - musitó ella, juguetona.
- ¿Por qué? Me da morbo esto… quiero hacértelo encima del escritorio… - la agarró del culo y la apretó contra su erección – me pones tanto… dios mío, es verte… con esta bata… - Damon bajó la vista – este escote… me pone durísimo.
- ¿No te cansas de mí? – dijo ella inclinando la cabeza.
- Nunca.
Ella sonrió y lo besó en los labios. Pequeños, seguidos besos que dejaban a Damon con las ganas de más.
- ¿Por qué has venido? – dijo ella sin dejar de lamerle el labio inferior.
- Mmh… no hay faena. Pensé que sería de más provecho aquí.
- Veo que mi agente tiene la porra apunto… - dijo ella riendo y sobándole la erección por fuera.
- Así es… ¿No quieres jugar a policías? Te la dejo un rato…
Elena le empezó a desabrochar el pantalón. Mientras Justin le subía la bata, desesperadamente por corta que esta ya fuera.
- Eres mía… - repitió Damon escondiéndose entre algunos mechones de pelo de Elena, mientras la cargaba hasta encima de la mesa. Algunos folios se arrugaron.
- Sí, soy tuya… toda tuya… - Sintió como su pene se clavaba en el muslo, ya a punto de penetrarla. – Dios Damon, fóllame… -le pidió.
- Tus palabras son órdenes para mí. - Damon estaba a punto de entrar en el caliente cuerpo de Elena cuando se oyeron risas y pasos. Se sintió observado. Y si no fuera porque Elena estaba en frente de él, y no se podía ver nada. La situación era embarazosa. Muy embarazosa.
