Capitulo 5

- Deja la pistola, por dios, Katherine… - Damon suspiró – estás loca ¿lo sabías?

- No piensas así en el fondo.

Damon rió.

- Venga, basta de tonterías, vete, no pintas nada aquí.

- ¿Nada? Soy clienta de tu novia. Creo que tiene que atender a cualquier persona, además, ella no me conoce. – miró a Damon ladeando la cabeza - ¿O sí? ¿Le has hablado de mi alguna vez? Seguro que si meto la mano en el fuego, no me quemo. –

- No. – Mintió Damon – no sabe quién eres. ¿Para qué debería hablarle de alguien tan insignificante?

- Cállate, mentiroso. ¿Tan insignificante? Recuerda que he sido a la mujer que más has amado, o, si no recuerdo mal, como tu solías decir, a la única que has amado.

- Me he dado cuenta de que ni una ni la otra. Elena es la que encaja en ese papel.

- ¿En qué papel? ¿El de princesita? Por dios Damon, ¿desde cuando te va ese rollo?

- Ella es perfecta.

- No. Vosotros dos no pegáis ni con la goma más fuerte. – Entrecerró los ojos – mírate. Eres demasiado hombre para una joven así.

- ¿Así como? – Damon se sentó en la butaca de en frente de Katherine.

- Pues… así… - se sentó a horcajadas encima de los muslos de Damon. Él se opuso, pero Katherine se salió con la suya – a la que le falta de esto… - cogió la mano de él y la pasó por su sien – y de esto. – ahora la llevó, directamente hacia uno de sus pechos, bajando por la curva del vientre, hasta su trasero.

- Kath…

Un portazo sobresaltó a Damon y a Katherine. Él se giró. Se levantó de golpe, haciendo que Milena casi cayera al suelo.

- ¿Te lo pasas bien, eh? Primero te comes con los ojos a una de mis amigas mientras ella te tira la caña y ahora estas a punto de follarte a una de mis clientas en mi propia oficina. – Cruzó los brazos y intentó que las lagrimas de rabia no salieran, al menos, más allá de sus parpados temblorosos.

- No es lo que piensas, mi amor… - Damon se acercó a ella e intentó abrazarla – Yo no…

- Vete a la mierda. – Le espetó Elena.

- Yo… lo siento. – Dijo Katherine con una voz culpable – No sabía que él era tu marido.

- No, cariño, no es mi marido. – Dijo Elena suspirando – es mi novio, o eso creía. – Intentó sonreír. – No te preocupes, tú no tienes la culpa. No es la primera vez que Damon se olvida de que tiene pareja.

- Oh, eso es muy indignante por tu parte, Damon. – dijo Katherine.

- Katerina. – dijo Elena, cogiendo su lista

- Dime…

- Si no te importa, cambiamos tu hora para mañana.

- Como quieras.

- Ahora discúlpame, tengo que perder de vista a una persona. – le lanzó una última mirada, llena de odio a Damon y cerró la puerta, de nuevo, con un portazo detrás de ella.

- Guau. – se rió Katherine. Damon aun estaba con la boca abierta. – Entonces, no es tan mosquita muerta. Tiene su mala hostia.

Damon negó con la cabeza. Apretó los labios, intentando no soltar toda la rabia en darle una paliza a aquella jodida mujer.

- No me puedo creer que seas tan hija de puta. – Y la dejó allí, saliendo del despacho de Elena. – Mi amor, espera… - dijo, corriendo detrás de Elena. – No es lo que piensas, por favor, déjame explicarte…

- Que no, que no me cuentes nada. Que me dejes. - Elena ni siquiera se giró. Se metió dentro del coche. – Anna, ¿me cierras tu el centro, por favor?

La morocha le hizo un gesto de aprobación. Elena sonrió a su vez, metiendo las llaves para encender el motor.

- Que hagas lo que quieras con tu vida, pero ahora mismo, estoy EN-FA-DA-DA. Así que, mejor déjalo aquí. – Le dio al acelerador – Ahora, si me permites…

*****

La una de la noche. Damon mete las llaves en el cerrojo de la puerta. Va algo borracho, pero es lo que pasa cuando se deprime. ¿Deprime? ¿Des de cuando un agente como él se deprime? ¡Nunca!

Intenta no hacer ruido. Elena está enfadado con él, y con motivos. Pero odia que no le deje explicarle su versión. Siempre es así… siempre se pone estúpida cuando malentiende algo.

Alguien encendió las luces. Elena apareció con una preciosa bata blanca.
Parecía un ángel. No. Era un ángel.

- Mi amor… - dijo Damon, cerrando la puerta y acercándose a ella.

- Alto. – Elena lo miró de arriba abajo – Has bebido.

- Solo un par de cervezas.

- Un par, tres, cuatro.

Damon agachó la cabeza.

- Sabes que estoy cabreada contigo, mucho. Por putero. Y tú no haces más que irte a un bar a beber y volver a casa a las tantas. - Elena apretó los labios, intentando no llorar. – Joder. – se pasó la mano por la frente, retirando algunos mechones de pelo. – Cuando te dije que me iba, esperé relajarme por el camino. Que vinieras tú también y que pudiésemos hablar, como una pareja normal.

- ¿En serio? – Damon frunció el ceño. – Habérmelo dicho, mujer…

- ¿Qué querías que te dijese en esos momentos? Eres tu el que se tiene que dar cuenta.

- ¿Es que me tengo que dar cuenta siempre de lo que mierda quieras?

Elena lo miró. Apenada por la situación y por las palabras de Damon.

- Supongo que si estamos juntos es por algo. – Dio media vuelta y se metió en el cuarto de invitados.

Damon picó a la puerta.

- Princesa… - Dio un par de golpes más. – Ábreme, por favor, no quería decir eso…

- No, ya basta… - por el tono de voz, estaba llorando – odio discutir contigo ¿vale? Y encima le echas más leña al fuego.

- Es que cuando te pones así…

- Solo estaba hablándote normal.

Tenía razón. ¿Entonces? ¿Era él el raro? ¿Era a él al que le pasaba algo?

- Elena, ábreme, por favor… - Damon se apoyó en la puerta. – Por favor…

Un ruido sonó al otro lado. Damon se alegró por dentro y abrió la puerta. Estaba a oscuras. Entró. Alguien lo abrazó por detrás. Él le cogió, las pequeñas manos y las apretó contra su pecho, justo donde latía su corazón. Se giró y la abrazó. Buscó su boca, y la besó, pidiéndole mil perdones a su manera.

- No me quieres… - murmuró Elena. Él buscó sus ojos. Las mejillas estaban húmedas. Las escurrió con el dedo pulgar.

- No. No te quiero. – Sonrió y besó su frente – Te amo. Más que a mi vida, más que a nadie en este jodido mundo. – Buscó de nuevo su aliento, sus labios. – Nunca me faltes, porque si eso ocurre, muero.