Cap. 12

Cogió la alcachofa de la ducha y cambió el tipo de chorro de agua para que se hiciera uno solo, más grueso y potente. La posición de ellos dos no variaba, seguía siendo su espalda contra el pecho de él. Damon apoyó su mentón en la cabeza de Elena para observar su reacción al pasar ese chorro de agua por su piel. Ella tuvo un escalofrío cuando llegó a sus sensibles pezones.

- ¿Te gusta? – dijo Damon.

Ella asintió. Alzó la cabeza para mirarlo.

- Bésame. – le pidió.

Damon se incorporó para besar sus labios. Ella lo sintió, su tierna boca, como se movía junto con la suya, como su lengua la recorría, y hacia que doblara los dedos de los pies. Gimió contra su boca. Damon se separó para coger aire, igual que ella. Ahora se dio la vuelta y lo miró.

- Tus besos son perfectos. – dijo Elena, mirando su boca, ahora con los labios hinchados.

- Sigo preguntándome porque no te encontré antes… - rodeó su espalda y la juntó más hacia su cuerpo. – Llevo ya un año contigo, pero debí haberte conocido en otra vida… - besó su frente – eres todo lo que me faltaba.

Ella apoyó su cabeza en su pecho. Sus ojos cristalinos, emocionados, se camuflaban entre las gotas de agua que volvían a caer desde arriba por qué Damon había vuelto a dejar la alcachofa tal y como estaba.

- Te amo. – murmuró ella. Y le plantó un besito en el pectoral superior.

- Yo más. – dijo él apretando el abrazo. - ¿Estás llorando?

Elena escondió su cara en el cuerpo de Damon. Pero él tenía más fuerza, mucha más y se apartó un poco para mirarla. Elena abajó la mirada, avergonzada. Damon volvió a besar sus labios, enternecidos. Era indiscutible, él sabía cuando reía, cuando lloraba, cuando le mentía. La conocía más que a él mismo. Pero surgió una duda.

- ¿Por qué? – murmuró, a un milímetro de sus labios.

Elena le contestó con otra pregunta.

- ¿Eres feliz? – se escapó de su boca.

Damon sonrió.

- Más que nunca.

Dios, en su vida había conocido un hombre más tierno que él. A cualquiera esto le parecerían cursilerías, pero él la aguantaba.

- ¿Por qué me preguntas esto, Elena? – dijo dándole pequeños besitos, en la sien, en la mejilla húmeda por todo. - ¿A caso lo dudas? Tú eres la que me ha hecho el hombre más feliz de este mundo.

El llanto de Elena aumentó. Empezó a sollozar. Damon empezó a preocuparse.

- Mi vida… - dijo suspirando, y abrazándola fuerte. - ¿No estarás sensible porque tienes la regla? – Damon abajó la mirada, separando sus piernas con uno de sus muslos. Observó. – No, definitivamente no es eso.

Elena apretó sus manos contra su espalda.

- Abrázame, no me sueltes. – susurró.

Él sonrió de nuevo y ella sintió, como ahora la cubría con sus fuertes brazos, como la protegía.

- Pequeña… - musitó Damon– harás que llore yo también.

- Tú no lloras. – sonrió Elena.

- Te he hecho reír.

Ella sonrió más, intentando apartar las lagrimas, aun que se desvanecieron por si solas con la ducha que se estaban tomando.

- Dime que me amas. – dijo Elena haciendo puchero.

- Lo sabes y de sobras… - fue a besarla de nuevo – te amo, te amo, te amo muchísimo. Infinito, para ser exactos, de aquí a Plutón. - Elena rió de nuevo, aun que era una mezcla entre lloro y risa. - ¿Me contarás por que estas así? – dijo Damon con una voz graciosa, un rintintín adorable, confortable.

- No sé… es que… dios, eres perfecto… lo que me dices, no te merezco.

- Soy yo quien no te merece. Sabes que soy un cínico, que he matado a muchas personas, que trabajo en algo peligroso y que me he recorrido medio mundo con mis misiones. Y no sé como tuve la oportunidad de conocerte a ti.

- El destino, quizás. No creo en las coincidencias.

- Yo tampoco. – Damon se la quedó mirando. Amaba sus ojos. Cuando lloraba se le aclaraba la vista, se le tornaban de un color entre miel y dorado, preciosos, grandes. – tu si eres perfecta. – musitó. - Volim te, moj zivot.

- ¿Damon? – se rió Elena. - ¿Qué dices?

- ¿No que nos vamos a Croacia? Algo de croata sí que se… - murmuró – lo justo para decirte que te amo en diferentes idiomas. – acarició el lateral de su cara, poniendo su pelo mojado detrás de la oreja. – no quiero que tengas dudas sobre mí. Te amo, te amo a morir…

Y Elena volvió a estallar en lágrimas. Puede que no, puede que no tuviera la regla, pero esa era una señal de que definitivamente le estaba por venir.