Chicos y chicas les traemos una nueva traducción: La corona de Ptolomeo. En nuestros perfil podrán encontrar los links para descargar el pdf. Cambien pueden encontrarlos en nuestros perfiles de Twitter y Facebook. Gracias a todo el equipo de Argo III que intervino en la traducción de esta historia.
NO SOMOS DUEÑOS DE ESTA OBRA. SIMPLEMENTE NOS DEDICAMOS A TRADUCIRLA.
Claro, tenía otras habilidades. Podría hacer olas (literalmente) y ocasionalmente incluso preparar un buen huracán espumoso. Pero mi espada era una gran parte de lo que yo era. Sin ella, me sentía paralizado.
—¿Cómo combinamos ataques?
Carter tenía un brillo travieso en sus ojos que le hacían parecer más como su hermana.
—Usamos la estrategia de Setne contra él. Él está usando magia híbrida… griega y egipcia juntas, ¿verdad? Nosotros hacemos lo mismo.
Annabeth asintió.
—Ataques de estilo griego no funcionarán. Ya viste lo que Setne hizo con tu espada. Y Carter está bastante seguro de hechizos egipcios regulares no serán suficientes, tampoco. Pero si podemos encontrar una manera de mezclar nuestros poderes…
—¿Sabes cómo mezclar nuestros poderes? —pregunté.
Los zapatos de Carter aplastaron el lodo.
—Bueno... no exactamente.
—Oh, por favor —dijo Sadie—. Eso es fácil. Carter, dale tu varita a Percy.
—¿Por qué?
—Solo hazlo, querido hermano. Annabeth, ¿Te acuerdas de cuando luchamos contra Serapis?
—¡Es verdad! —Los ojos de Annabeth se iluminaron—. Agarré la varita de Sadie y se convirtió en una daga de bronce celestial, igual a la anterior. Era capaz de destruir el ejército de Serapis. Tal vez podamos crear otra arma griega de una varita egipcia. Buena idea, Sadie.
—Salud. Ves, yo no necesito pasar horas planeando e investigando para ser brillante. Ahora, Carter, por favor.
Tan pronto como tomé la varita, mi mano se cerró como si me hubiera agarrado un cable eléctrico. Espigas de dolor se dispararon por mi brazo. Traté de dejar caer la varita, pero no pude. Las lágrimas llenaron mis ojos.
—Por cierto —dijo Sadie—, esto puede doler un poco.
—Gracias —Apreté los dientes—. Un poco tarde la advertencia.
El marfil comenzó a arder. Cuando el humo se disipó y la agonía se calmó, en lugar de una varita estaba sosteniendo una espada de bronce celestial que definitivamente no era Riptide.
—¿Qué es esto? —pregunté—. Es enorme.
Carter silbó por lo bajo.
—He visto de esas en los museos. Esa es una kopis.
Sopesé la espada. Como muchas que he intentado, no se sentía bien en mis manos. La empuñadura era demasiado pesada para mi muñeca. La hoja de un solo filo tenía una curva torpe, como un cuchillo de gancho gigante. Intenté un golpe y casi pierdo el equilibrio.
—Ésta no se parece a la tuya, —le dije a Carter. —¿La tuya no se llama kopis?
—La mía es una khopesh —dijo Carter—. La versión original egipcia. Lo que estas sosteniendo es una kopis… un diseño griego adaptado del original egipcio. Es la clase de espada que los guerreros de Ptolomeo han utilizado.
Miré a Sadie.
—¿Está tratando de confundirme?
—No —dijo alegremente—. Es confuso, sin intentarlo.
Carter se golpeó con la palma de la mano la frente.
—Eso ni siquiera era confuso. ¿Cómo fue eso..? Olvídalo. Percy, lo importante es, ¿puedes luchar con la espada?
Balancee a kopis a través del aire.
—Siento como que estoy usando un cuchillo de carnicero, pero lo voy a tener que hacer. ¿Qué pasa con las armas para ustedes?
Annabeth frotó los dijes de arcilla en su collar, de la forma en que lo hace cuando está pensando. Se veía hermosa. Pero estoy divagando.
—Sadie —dijo—, esos hechizos con jeroglíficos que utilizaste en Rockaway Beach... ¿cuál hizo la explosión?
—Se llama… bueno, no puedo decir realmente la palabra sin hacerte estallar. Espera. —Sadie rebuscó en su mochila. Sacó una hoja de pergamino amarillo, un lápiz y un bote de tinta. Supongo que por el lapicero y el papel sería uno no-egipcio. Se arrodilló, con su mochila como un escritorio improvisado, y garabateó en letras normales: HA-DI.
—Ese es un buen hechizo —Carter estuvo de acuerdo—. Les podríamos mostrar el jeroglífico para ello, pero a menos que sepan cómo decir las palabras de poder…
—No hay necesidad —dijo Annabeth—. ¿La frase significa explotar?
—Más o menos —dijo Sadie.
—¿Puedes escribir el jeroglífico en un rollo sin activar el ka—boom?
—En efecto. El rollo almacenará la magia para más adelante. Si puedes leer la palabra desde el pergamino... bueno, eso es incluso mejor. Más ka-boom con menos esfuerzo.
—Bueno —dijo Annabeth—. ¿Tienes otro pedazo de pergamino?
—Annabeth —dije—. ¿Qué estás haciendo? Porque si estás jugando con palabras que estallan…
—Relájate —dijo—. Yo sé lo que estoy haciendo. Más o menos.
Se arrodilló junto a Sadie, quien le dio una hoja de pergamino.
Annabeth tomó el lápiz y escribió algo en griego antiguo:
Κεραυνóω
Al ser disléxico, tenía suerte si podía reconocer palabras en inglés, pero al ser un semidiós, el Griego Antiguo estaba configurado en mi cerebro.
—Ke-rau-noh, —dije—. ¿Explosión?
Annabeth me dedicó una pequeña sonrisa.
—El término más cercano que se me ocurre. Literalmente significa bombardear con relámpagos.
—Oh —dijo Sadie—. Me encanta bombardear cosas con relámpagos.
Carter se quedó viendo el pergamino.
—¿Piensas que podríamos invocar una palabra del Griego Antiguo de la misma manera que lo hacemos con los jeroglíficos?
—Vale la pena intentarlo —dijo Annabeth—. ¿Quién de los dos es mejor con ese tipo de magia?
—Sadie —dijo Carter—. Yo soy mejor como mago de combate.
—Modo de pollo gigante —recordé.
—Amigo, mi avatar es un guerrero con cabeza de halcón.
—Aún sigo pensando que podrías llegar a un acuerdo publicitario con KFC. Podrías ganar mucho dinero.
—Desistan, ustedes dos. —Annabeth le alcanzó el pergamino a Sadie—. Carter, hagamos un cambio. Yo tendré tu khopesh, y tú puedes tener mi gorra de los Yankees
Ella le lanzó la gorra.
—Por lo general lo mío es el basquetbol, pero… —Carter se puso la gorra y desapareció—. Guau, está bien. Soy invisible, ¿verdad?
Sadie aplaudió.
—Nunca te habías visto mejor, hermanito.
—Que graciosa.
—Si puedes escabullirte hacia Setne —sugirió Annabeth—, podrías tomarlo por sorpresa, arrebatarle la corona.
—Pero nos dijiste que Setne pudo verte, incluso cuando eras invisible —dijo Carter.
—Esa fui yo, —dijo Annabeth—, una griega usando magia griega. Para ti, quizás funcione mejor, o al menos de otra manera.
—Carter, inténtalo —dije—. Lo único que es mejor que un hombre pollo gigante es un hombre pollo gigante invisible.
De pronto, el suelo tembló bajo nuestros pies.
Cruzando los campos de fútbol, hacia la costa sur de la isla, un brillo blanco iluminó el horizonte.
—Eso no puede ser bueno —dijo Annabeth.
—No —dijo Sadie en acuerdoQ. uizás deberíamos ir un poco más rápido.
Los buitres estaban teniendo una fiesta.
Más allá de una línea de árboles, un campo lodoso se estiraba hacia el borde de la isla. En la base de un pequeño faro, unas cuantas mesas se acurrucaban como si buscaran refugio. Cruzando el puerto, la Estatua de la Libertad brillaba en la tormenta, con nubes pasando a su lado como olas en la proa de un barco.
En medio de las mesas, seis zopilotes negros giraban en la lluvia, rodeando a nuestro amigo Setne.
El mago estaba estrenando un nuevo atuendo. Ahora vestía una chaqueta roja, supongo que para que haga juego con su corona roja. Sus pantalones de seda brillaban en negro y rojo. Sólo para asegurarse de que su aspecto no era demasiado discreto, sus mocasines estaban totalmente cubiertos de diamantes de imitación.
Se agitaba con el Libro de Thoth, entonando una especie de hechizo, de la misma manera que lo había hecho en el fuerte.
—Está invocando a Nekhbet —murmuró Sadie—. En serio preferiría no verla de nuevo.
—¿Qué clase de nombre es trasero de cuello1? —pregunté.
Sadie rió bajo.
—Yo la llame así la primera vez que la vi. Pero, la verdad es que ella no es muy amable. Poseyó a mi abuela, me persiguió a través de Londres…
—Entonces, ¿cuál es el plan? —preguntó Carter—. ¿Quizás una maniobra de flanqueo?
—O podemos intentar una distracción… —dijo Annabeth.
—¡A la carga! —Sadie se precipitó hacia el claro, con su báculo en una mano y el pergamino griego en la otra.
Miré a Annabeth.
—Tu nueva amiga es increíble.
Entonces seguí a Sadie.
Mi plan era bastante simple; correr hacia Setne y matarlo. Incluso con mi nueva y más pesada espada, superé a Sadie. Dos cuervos se lanzaron hacia mí. Los corté en el aire.
Estaba a un metro de Setne, imaginándome la satisfacción de cortarlo por la mitad, cuando se giró y se dio cuenta. El mago se desvaneció, y mi espada cortó el aire.
Tropecé, sin equilibrio y molesto.
Tres metros hacia mi izquierda, Sadie golpeó a un buitre con su báculo. El ave explotó y se convirtió en arena blanca. Annabeth vino corriendo hacia nosotros, lanzándome una de esas miradas molestas, como si dijera, si haces que te maten, te mataré. Carter, siendo invisible, no estaba en ningún lugar que lo viera.
Con una saeta de fuego blanco, Sadie hizo explotar a otro buitreen el aire. Las aves restantes se dispersaron en la tormenta.
Sadie escaneó el campo en busca de Setne.
—¿Dónde está ese Viejo fastidioso?
El viejo fastidioso apareció justo detrás de ella. Pronunció una sola palabra de su pergamino de sorpresas desagradables, y el suelo explotó.
Cuando recobré el sentido, seguía de pie, lo cual era un pequeño milagro. La fuerza del hechizo me había empujado lejos de Setne, así que mis zapatos se atascaron en el lodo.
Miré hacia arriba, pero no podía hallarle el sentido a lo que estaba viendo. Alrededor de Setne, la tierra se había fraccionado en un anillo de tres metros de diámetro, abierto como una vaina de semillas. Penachos de tierra se habían esparcido hacia afuera y estaban congelados en mitad del aire. Zarcillos de arena roja se enrollaban alrededor de mis pies y se agitaban contra mi rostro mientras se deslizaban en todas las direcciones. Parecía que alguien había detenido el tiempo mientras arrojaba lodo rojo desde una ensaladera gigante.
Sadie estaba acostada en el suelo a mi izquierda, sus piernas enterradas bajo una sábana de lodo. Ella se resistía pero no podía liberarse. Su báculo estaba fuera de alcance. Su pergamino era un trapo lodoso en su mano.
Di un paso hacia ella, pero los espirales de arena me lanzaron hacia atrás.
En algún lugar detrás de mí, Annabeth gritó mi nombre. Volteé y la vi justo afuera de la zona de la explosión. Estaba tratando de entrar, pero los zarcillos la bloqueaban, moviéndose como brazos de pulpo.
No había señales de Carter. Solo confiaba en que no había quedado atrapado en esta estúpida red de tierra flotante.
—¡Setne! —grité.
El mago se limpió las solapas de su chaqueta humeante.
—En serio deberías dejar de interrumpirme, semidiós. La corona deshret era originalmente un regalo para los faraones del dios Geb, sabes. ¡Puede defenderse sola con una magia de tierra espectacular!
Rechiné mis dientes. Annabeth y yo habíamos peleado no hace mucho contra la Madre Tierra Gea. Más magia de tierra era lo último que necesitaba.
Sadie seguía peleando, sus piernas seguían aun en el lodo.
—Limpia toda esta tierra vieja. Danos la corona y vete a tu habitación.
Los ojos del mago se iluminaron.
—Ah, Sadie. Tan encantadora como siempre. ¿Dónde está tu hermano? ¿Acaso lo incineré por accidente? Me puedes agradecer después. Ahora mismo, tengo cosas que hacer.
Nos dio la espalda y continuó con su entonación.
El viento aceleró. La lluvia se arremolinaba a su alrededor. Las líneas flotantes de arena se estiraban y cambiaban.
Pude dar un paso hacia adelante, pero era como avanzar a través de cemento húmedo. Detrás de mí, Annabeth no estaba teniendo mucha más suerte. Sadie zafó una de sus piernas, sin su bota de combate. Comenzó a maldecir peor que mi amigo inmortal, el caballo Arión (lo cual es bastante malo), mientras recuperaba su bota.
El hechizo de Setne se estaba debilitando, pero no lo suficientemente rápido. Solo pude dar dos pasos más cuando Setne terminó su encantamiento.
En frente de él, un espectro de oscuridad creció hasta adoptar la forma de una majestuosa mujer. Rubís en el cuello de su vestido negro. Brazaletes de oro rodeaban sus brazos. Su cara tenía una cualidad intemporal, que había aprendido a reconocer. Quería decir; soy una diosa, acéptalo. Por encima de su cabello trenzado estaba una corona cónica, y no podía evitar preguntarme porque un ser inmortal tan poderoso escogería usar un sombrero con forma de boliche.
—¡Tú! —ella gruñó hacia Setne.
—¡Yo! —él dijo—. Es bueno verte de nuevo Nekhbet. Perdona que no tengamos más tiempo para hablar, pero no puedo mantener a estos mortales atrapados para siempre. Tendremos que hacer esto breve. El hedjet, por favor.
La diosa buitre abrió sus brazos, que se convirtieron en grandes alas negras. A su alrededor, el aire se volvió tan oscuro con humo.
—No me rindo ante advenedizos como tú. Soy la protectora de la corona, el escudo del faraón, la…
—Sí, sí —dijo Setne—. Pero te has rendido ante advenedizos muchas veces. La historia de Egipto es básicamente una lista de los advenedizos ante los que te has rendido. Así que dame la corona.
No sabía que los buitres podían sisear, pero Nekhbet lo hizo. Humo salió de sus alas.
Alrededor de Setne, el hechizo de tierra se rompió. Los zarcillos de arena roja se deshicieron, y pude moverme nuevamente. Sadie se levantó con esfuerzo. Annabeth corrió a mi lado.
Setne no pareció preocupado por nosotros.
Le ofreció a Nekhbet una reverencia burlona.
—Muy impresionante, pero mira esto.
No tuvo que leer el pergamino esta vez. Gritó una combinación de palabras griegas y egipcias, que reconocí del hechizo que uso en el fuerte.
Miré a Annabeth. Podía decir que estábamos pensando lo mismo. No podíamos permitir que Setne consumiera a la diosa.
Sadie levantó su pergamino.
—Annabeth, tú y Percy, saquen a Nekhbet de aquí. ¡Ahora!
No hubo tiempo para discutir. Annabeth y yo arrastramos a la diosa como apoyadores, y la empujamos a través del campo, lejos de Setne.
Detrás de nosotros, Sadie gritó.
—Ke-ra-noh.
No vi la explosión, pero debió ser impresionante.
Annabeth y yo fuimos arrojados hacia adelante. Aterrizamos encima de Nekhbet, que graznó en disconformidad. (Por cierto, no recomendaría llenar tu almohada con plumas de buitre. No son para nada cómodas.)
Me las arreglé para ponerme de pie. Donde Setne había estado ahora era un cráter humeante.
El cabello de Sadie estaba chamuscado en las puntas. Su moño estaba deshecho. Sus ojos estaban enormes de la sorpresa.
―Eso fue brillante. ¿Le di?
―¡Nop! ―Setne apareció a unos cuantos metros de distancia, tropezando un poco. Sus ropas estaban ardiendo, pero lucía más aturdido que herido.
Se arrodilló y juntó algo cónico y blanco... La corona de Nekhbet, que se le debe haber caído cuando la abordamos.
―Gracias por esto. ―Setne extendió los brazos triunfalmente, la corona blanca en una mano, el Libro de Thoth en la otra―. Ahora, ¿dónde estaba? ¡Oh, cierto! ¡Consumiéndolos por completo!
Al otro lado del campo, la voz de Carter gritó:
―¡STAHP!
Supongo que stahp es en realidad una palabra en Antiguo Egipcio. ¿Quién sabía?
Un brillante jeroglífico azul segó a través del aire, cortándole a Setne la mano derecha por la muñeca.
Setne chilló de dolor. El Libro de Thoth cayó al césped.
A seis metros de mi, Carter apareció fuera de la nada, sosteniendo la gorra de Annabeth de los Yankees. No estaba en modo gigante-gallina, pero, ya que acababa de salvarnos la vida, no iba a quejarme.
Setne bajó la mirada al Libro de Thoth, todavía en su mano cercenada, pero me lancé hacia adelante, empujando la punta de mi nueva espada bajo su nariz
―No lo creo.
El mago gruñó.
―¡Toma el libro, entonces! ¡Ya no lo necesito!
Se desvaneció en un remolino de oscuridad.
En el suelo detrás de mí, la diosa buitre Nekhbet se revolcó e hizo a un lado a Annabeth de un empujón.
―¡Quítate de encima mío!
―Oiga, señora ―Annabeth se levanta―. Estaba tratando de evitar que la devoraran. De nada.
La diosa buitre se puso de pie.
No parecía tan impresionante sin su corona. Su peinado era una ensalada de barro y hierba. Su vestido negro se había convertido en una bata de plumas de muda. Ella lucía arrugada y encorvada, con su cuello extendido como... bueno, un buitre. Todo lo que necesitaba era un cartel que dijera, VAGABUNDA, CUALQUIER COSA AYUDA, y le habría dado mi cambio de repuesto sin dudar.
―Ustedes niños miserables, ―se quejó―. ¡Yo podía haber destruido a ese mago!
―No tanto ―le dije―. Hace unos minutos, vimos a Setne inhalar una diosa cobra. Ella era mucho más impresionante que usted.
Los ojos de Nekhbet se estrecharon.
―¿Uadyet? ¿El aspiró a Uadyet? Dímelo todo.
Carter y Sadie se unieron a nosotros mientras informábamos a la diosa lo que había sucedido hasta ahora.
Cuando terminamos, Nejbet se lamentó en indignación:
―¡Esto es inaceptable! Uadyet y yo éramos los símbolos de la unidad en el Antiguo Egipto. Éramos veneradas como las Dos Señoras! ¡Ese advenedizo Setne ha robado a mi otra señora!
―Bueno, él no te consiguió ―dijo Sadie―. Lo que supongo que es una buena cosa.
Nejbet enseñó los dientes, que eran puntiagudos y rojos como una hilera de pequeños picos de buitre.
―Usted Kane. Debería haber sabido que estaría involucrado. Siempre curioseando en los asuntos divinos.
―Oh, ¿así que ahora es nuestra culpa? ―Sadie sopesó su báculo―. Escucha esto, aliento de buitre...
―Vamos a manteneros concentrados ―dijo Carter―. Al menos conseguimos el Libro de Thoth. Detuvimos a Setne de devorar a Nejbet. Entonces, ¿cuál es el siguiente movimiento de Setne, y cómo lo detenemos?
―Tiene ambas partes de la pschent! ―dijo la diosa buitre―. Sin mi esencia, la corona blanca no es tan poderosa como lo sería, es cierto, pero aún así es suficiente para los propósitos de Setne. Sólo tiene que completar la ceremonia de deificación llevando la corona de Ptolomeo. Entonces se convertirá en un dios. ¡Odio cuando los mortales se convierten en dioses! Siempre quieren tronos. Construyen McPalacios chillones. No respetan las normas en la estancia de los dioses.
―¿La estancia de los dioses? ―pregunté.
―¡Debemos detenerlo! ―gritó Nejbet.
Sadie, Carter, Annabeth y yo intercambiamos miradas inquietas. Normalmente, cuando un dios dice, Debemos detenerlo, significa, Ustedes deben detenerlo mientras yo me siento y disfruto de una bebida fría. Pero Nejbet parecía seria acerca de unirse a la pandilla.
Eso no me pone menos nervioso. Trato de evitar asociarme con diosas que comen animales atropellados. Es uno de mis límites personales.
Carter se arrodilló. Sacó el Libro de Thoth de la mano cortada de Setne.
―¿Podemos usar el rollo? Tiene una magia poderosa.
―Si eso es cierto, ―dijo Annabeth―, ¿por qué Setne lo dejaría atrás? Pensé que era la clave de su inmortalidad.
―Dijo que había terminado con él, ―recordé―. Supongo que, como, pasó la prueba, así que tiró sus notas.
Annabeth miró horrorizada.
―¿Estás loco? ¿Tiras tus notas después de una prueba?
―¿No lo hace todo el mundo, señorita Genia?
―¡Chicos! ―interrumpió Sadie―. Es terriblemente lindo verlos atacarse el uno al otro, pero tenemos negocios. ―Se volvió hacia Nejbet―. Ahora, su Alteza Revuelca Basura, ¿hay una manera de detener a Setne?
Nejbet curvó sus uñas garra.
―Posiblemente. Todavía no es un dios completo. Pero, sin mi corona, mis propios poderes están muy disminuidos.
―¿Qué pasa con el Libro de Thoth? ―preguntó Sadie―. Puede que ya no le sirva a Setne, pero nos ayudó a derrotar a Apophis.
Ante la mención de ese nombre, la cara de Nejbet palideció. Tres plumas cayeron de su vestido.
―Por favor, no me recuerden esa batalla. Pero estás en lo correcto. El Libro de Thoth contiene un hechizo para encarcelar a los dioses. Se necesitaría una gran cantidad de concentración y preparación...
Carter tosió.
―Supongo que Setne no se quedará alrededor en silencio mientras nos preparamos.
―No ―Nejbet estuvo de acuerdo―. Por lo menos tres de ustedes se necesitarían para poner una trampa adecuada. Un círculo debe ser dibujado. Una cuerda debe estar encantada. La tierra tiene que ser consagrada. Otras partes del hechizo tendrían que ser improvisadas. No me gusta la magia de Ptolomeo. Mezcla poder griego y egipcio es una abominación. Ahora Bien...
―Funciona ―dijo Annabeth―. Carter fue capaz de volverse invisible usando mi gorra. El rollo explosivo de Sadie al menos aturdió a Setne.
―Pero vamos a necesitar más ―dijo Sadie.
―Sí... ―La diosa buitre fijó sus ojos en mí como si yo fuera una sabrosa zarigüeya muerta en el lado de la carretera―. Uno de ustedes tendrá que luchar contra Setne y mantenerlo desequilibrado mientras que los otros preparan la trampa. Necesitamos un ataque híbrido muy potente, una abominación que incluso Ptolomeo aprobaría.
―¿Por qué me miras? ―pregunté―. No soy abominable.
―Eres un hijo de Poseidón ―señaló la diosa―. Eso sería una combinación de lo más inesperada.
―¿Combinación? ¿Qué...?
―Oh, no, no, no. ―Sadie levantó las manos. Lucía horrorizada, y cualquier cosa que pueda asustar a esa chica yo no quería saber de ello―. Nejbet, no puede hablar en serio. ¿Quieres que un semidiós te hospede? Ni siquiera es un mago. ¡Él no tiene la sangre de los faraones!
Carter hizo una mueca.
―Ese es su punto, Sadie. Percy no es el tipo habitual de anfitrión. Si la vinculación sirve, podía ser muy poderoso.
―¡O podría derretirle el cerebro! ―dijo Sadie.
―Espera ―dijo Annabeth―. Prefiero a mi novio con un cerebro sin fundir. ¿De qué exactamente estamos hablando aquí?
Carter movió la gorra de los Yankees hacia mí.
―Nejbet quiere que Percy sea su anfitrión. Esa es una forma en que los dioses egipcios mantienen una presencia en el mundo de los mortales. Ellos pueden habitar cuerpos mortales.
Mi estómago se revolvió.
―¿Quieres que ella... ―Señalé a la agotada vieja diosa buitre― ...me habite? Eso suena...
Traté de pensar en una palabra que expresar mi completo disgusto sin ofender a la diosa. Fallé.
―Nejbet... ―Annabeth se adelantó― ...únete a mí en su lugar. Soy una hija de Atenea. Podría ser mejor...
―¡Ridículo! ―La diosa se burló―. Tu mente es demasiado astuta, chica... demasiado terca e inteligente. No podría manejarte tan fácilmente.
―¿Manejarme? ―protesté―. Oiga, señora, no soy un Toyota.
―Mi anfitrión necesita un cierto nivel de simplicidad ―continuó la diosa―. Percy Jackson es perfecto. Es poderoso, pero su mente no está demasiado llena de planes e ideas.
―Guau ―dije―. Realmente se siente el amor aquí.
Nejbet se volvió hacia mí.
―¡No hay tiempo para discutir! Sin un anclaje físico, no puedo permanecer en el mundo mortal mucho más tiempo. Si desea impedir que Setne se convierta en inmortal, necesita el poder de un dios. Debemos actuar ahora. ¡Juntos, triunfaremos! ¡Vamos a festejar sobre el cadáver de ese advenedizo mago!
Tragué saliva.
―En realidad estoy tratando de recortar los festejos de cadáver.
Carter me dio una mirada de simpatía que sólo me hizo sentir peor.
―Desafortunadamente, Nekhbet tiene razón. Percy, tú eres nuestra mejor oportunidad. Sadie y yo no podríamos hospedar a Nejbet incluso si ella quisiera. Ya tenemos dioses patronos.
―Quiénes, convenientemente, se han quedado en silencio ―señaló Sadie―. Asustados de que sus esencias sean aspiradas, supongo.
Nejbet fijó sus brillantes ojos negros en mí.
―¿Estás de acuerdo en hospedarme, semidiós?
Podía pensar en un millón de maneras de decir no. La palabra sí simplemente no pasaría mis labios. Miré a Annabeth en busca de apoyo, pero ella lucía tan alarmada como me sentía.
―Yo... no sé, Percy, ―confesó―. Esto está mucho más allá de mí.
De repente, la tormenta se apagó. En el silencio bochornoso misterioso, un resplandor rojo iluminó el centro de la isla, como si alguien hubiera iniciado una hoguera en las canchas de fútbol.
―Ese sería Setne, ―dijo Nejbet―. Ha comenzado su ascensión a la divinidad. ¿Cuál es su respuesta, Percy Jackson? Esto sólo funcionará correctamente si usted da su consentimiento.
Tomé una respiración profunda. Me dije a mí mismo que hospedar a una diosa no podía ser peor que el resto de cosas horribles y extrañas que había experimentado en mi carrera semidiós... Además, mis amigos necesitaban mi ayuda. Y no quería que ese flaco imitador de Elvis se convirtiera en un dios y construyera un McPalacio en mi barrio.
―Muy bien ―dije―. Buitréame.
Nejbet se disolvió en humo negro. Se arremolinó a mi alrededor... llenando mi nariz con un olor a alquitrán hirviendo.
¿Cómo era el fusionarse con un dios?
Si deseas todos los detalles, lee mi reseña en Yelp. No tengo ganas de repetirlo. Le doy a la experiencia media estrella.
Por ahora, digamos que ser poseído por una diosa buitre era aún más perturbador de lo que me había imaginado.
Me elevé sobre las ciudades del Antiguo Egipto, rodeando el palacio del faraón. Yo era la diosa buitre Nekhbet; protectora del rey, escudo de los fuertes, azote de los débiles y moribundos.
También tuve un ardiente deseo de encontrar un bonito cadáver de hiena caliente, meter mi cara bien ahí y...
Bueno, básicamente yo no era yo mismo.
Traté de concentrarme en el presente. Me quedé mirando mis zapatos... el mismo viejo par de Brooks, cordón amarillo de la izquierda, cordón negro a la derecha. Levanté mi brazo de la espada para asegurarse de que todavía podía controlar mis músculos.
Relájese, semidiós. La voz de Nejbet habló en mi mente. Déjame tomar el control.
―No lo creo ―dije en voz alta. Me sentí aliviado de que mi voz todavía sonaba como mi voz―. Lo hacemos juntos o en lo absoluto.
―¿Percy? ―preguntó Annabeth―. ¿Estás bien?
Mirarla era desorientador. La parte 'Percy' veía a mi usual impresionante novia. La parte 'Nejbet' de mí vio a una mujer joven rodeada por un aura poderosa ultravioleta; la marca de un semidiós griego. La visión me llenó de desprecio y miedo. (Para el registro: Tengo mi propio miedo saludable de Annabeth. Ella me ha pateado el trasero en más de una ocasión. Pero, ¿desprecio? No tanto. Eso era todo Nejbet.)
―Estoy bien ―le dije―. Estaba hablando con el buitre en mi cabeza.
Carter caminó a mi alrededor, frunciendo el ceño como si yo fuera una escultura abstracta.
―Percy, trata de encontrar un equilibrio. No dejes que se haga cargo, pero no luches contra ella, tampoco. Es como correr una carrera de tres piernas. Tienen que conseguir un ritmo con su pareja.
―Pero si tienes que elegir ―dijo Sadie― golpéala y mantén el control.
Gruñí.
―¡Estúpida chica! No me digas... ―Forcé mis labios a cerrarse. El sabor de chacal podrido llenó mi boca―. Lo siento, Sadie, ―me las arreglé para decir―. Eso Fue Nejbet hablando, no yo.
―Lo sé. ―La expresión de Sadie se tensó―. Me hubiera gustado que tuvieras más tiempo para acostumbrarte a hospedar una diosa. Ahora bien...
Otro destello rojo iluminó las copas de los árboles.
―Cuanto antes saquemos esta diosa de mi cabeza, mejor ―dije―. Vamos a romperle la cara a Setne.
Setne realmente no podía decidir sobre su vestuario.
Se pavoneaba alrededor del campo de fútbol con pantalones acampanados negros, una camisa con volantes blanca y un abrigo morado brillante; todos los cuales se enfrentaban con su corona de color rojo y blanco recién combinada. Parecía Prince de una de las viejas portadas de discos de mi mamá, y, a juzgar por las luces mágicas que se arremolinan a su alrededor, Setne se estaba preparando para la fiesta como si fuera 1999 AC.
Tener una sola mano no parecía molestarle. Agitó el muñón de estilo conductor, cantando en griego y egipcio, mientras la niebla se levantaba a sus pies. Los estallidos de luz bailaban y se agitaban a su alrededor, como si un millar de niños escribieran sus nombres con bengalas.
Yo no entendía lo que estaba viendo, pero Nejbet sí. Al tener su visión, reconocí la Duat: la dimensión mágica que existía bajo el reino de los mortales. Vi capas de realidad, al igual que los estratos de la jalea multicolor brillante, que caían hasta el infinito. En la superficie, donde los mundos mortales e inmortales se encontraban, Setne azotaba la Duat en una tormenta, produciendo ondas de colores, y plumas blancas y espumosas de humo.
Después de la aventura de Annabeth en Rockaway Beach, ella me dijo lo aterrador que era ver la Duat. Se preguntaba si el Duat egipcio estaba de alguna manera relacionada con el concepto griego de niebla; el velo mágico que evito que los mortales reconozcan a los dioses y monstruos.
Con Nejbet en mi mente, supe la respuesta. Por supuesto, la niebla estaba relacionada. La niebla era simplemente un nombre griego de la capa superior entre los mundos, la capa que Setne ahora estaba triturando.
Debería haber estado aterrorizado. Ver el mundo en todos sus niveles infinitos era suficiente para darle vértigo a cualquiera.
Pero yo había sido abandonado en océanos antes. Estaba acostumbrado a flotar en las profundidades con capas térmicas sin fin a mi alrededor.
También, Nejbet no era impresionada fácilmente. Ella había visto casi todo a lo largo de los milenios. Su mente era tan fría y seca como el viento del desierto de noche. Para ella, el mundo de los mortales era un páramo en constante cambio, salpicado de los cadáveres de los hombres y sus civilizaciones. Nada duraba. Todo eran animales atropellados a punto de ocurrir. En cuanto a la Duat, siempre se revolvía, levantando nubes de magia como las llamaradas del sol en el mundo de los mortales.
Aún así, ambos estábamos perturbados por cierto hechizo de Setne que rasgó a través de la niebla. No sólo la estaba manipulando. Magos hacían eso todo el tiempo. Setne estaba minando a cielo abierto la Duat. Dondequiera que diera un paso, fracturas irradiaban hacia afuera, cortando a través de las capas de la esfera mágica. Su cuerpo succionaba energía desde todas las direcciones, destruyendo los límites entre la Duat y el mundo de los mortales, entre magia griega y la magia egipcia; lentamente transformándolo en un ser inmortal. En el proceso, estaba rasgando un agujero en el orden cósmico que nunca podría ser cerrado.
Su magia nos empujaba, a Nejbet y a mí, nos impulsaba a renunciar y ser absorbidos en su nueva forma gloriosa.
Yo no quería ser absorbido. Tampoco lo quería la diosa buitre. Nuestro propósito en común nos ayudó a trabajar juntos.
Me dirigí a través del campo. Sadie y Annabeth se desplegaron a mi derecha. Supuse que Carter estaba en algún lugar a mi izquierda, pero se había vuelto invisible otra vez, así que no podía estar seguro. El hecho de que no pudiera detectarlo, incluso con los sentidos súper buitre de Nekhbet, me dio la esperanza de que Setne tampoco lo vería.
Tal vez si mantenía a Setne ocupado, Carter sería capaz de cortar la otra mano de Setne. O sus piernas. Puntos de bonificación por la cabeza.
Setne paró de cantar cuando me vio.
―¡Impresionante! ―Sonrió―. Trajiste al buitre contigo. ¡Gracias!
No es la reacción que había estado esperando. Sigo esperando el día en que el malo de la película me vea y grite, ¡me rindo! Pero aún no ha sucedido.
―Setne, suelta la corona. ―Levanté mi kopis, que no se sentía pesado con el poder de Nejbet fluyendo a través de mí―. Ríndete, y es posible que salgas de esta con vida. De otra manera...
―¡Oh, muy bien! ¡Muy mortal! Y sus amigos aquí... Déjame adivinar. ¿Tú me mantienes ocupado mientras ellos ponen alguna trampa increíble para contener al dios recién hecho?
―Todavía no eres un dios.
Desestimó con la mano el comentario.
―¿Supongo que Carter está al acecho por aquí también, todo sigiloso e invisible? ¡Hola, Carter!
Si Carter estaba cerca, no respondió. Chico Inteligente.
Setne levantó el muñón de muñeca.
―Donde quiera que estés, Carter, me quedé impresionado con el hechizo corta mano. Tu padre estaría orgulloso. Eso es lo que te importa, ¿no? ¿Hacer orgullo a tu padre? Pero piensa en lo que sería posible si te unes a mí. Tengo la intención de cambiar las reglas del juego. Podríamos traer a tu padre de vuelta a la vida, me refiero a la vida real, no esa horrible media vida tan horrible que consiguió en el Inframundo. ¡Cualquier cosa es posible una vez que sea un dios!
Alrededor de la muñeca de Setne, la niebla se acurrucó, consolidándose en una nueva mano.
―¿Qué dices, Carter?
Por encima del mago, el aire brillaba. Un puño azul gigante del tamaño de un refrigerador apareció sobre la cabeza de Setne y lo tiró al suelo de un golpe como un clavo en madera blanda.
―Digo que no. ―Carter apareció a través del campo, la gorra de los Yankees de Annabeth en su mano.
Me quedé mirando la corona de Ptolomeo, la única parte de Setne todavía visible en la superficie.
―Se suponía que esperaras ―le dije a Carter―. Poner la trampa. Déjenme tratar con Setne.
Carter se encogió de hombros.
―No debió haber mencionado a mi padre.
―Eso no importa ―dijo Annabeth―. ¡Obtén la corona!
1 Neck Butt.
