- ¿Ya saben que van a tomar? – dijo con un acento realmente italiano el joven camarero.

Damon asintió, cerrando la carta.

- Tráiganos el mejor vino de la casa para acompañar la carne. – miró a Elena. – Yo quiero un Carpaccio di filetto. – A Elena le fascinó ese intento italiano. Era hermoso. - Y mi esposa... – se detuvo, sonriéndole a Elena. – Quiere un Provolone.

- De acuerdo. Ahora les traigo el vino mientras se hace la comida. – se inclino como modo de salutación y desapareció adentrándose en la cocina.

- ¿Por qué? – preguntó Elena asombrada.

- ¿Por qué, que? – dijo Damon, haciéndose el tonto.

- ¿Por qué me llamaste lo de tu esposa?

- Supongo que queda un poco mal decir 'mi amante' o 'mi novia'. Lo que sea, además, tu y yo ya parecemos una verdadera pareja. – dijo acariciando su brazo.

- Eres demasiado.

- Te amo. – dijo Damon en una sonrisa.

- Y siempre me sorprendes cuando menos me lo espero. - Elena suspiró. – eres lo mejor que me ha pasado. – dijo mirándolo enamorada.

- Y tú a mí. – Damon le guiñó el ojo, coqueto. Elena no lo pudo encontrar más adorable. Quería apartar las copas, los cubiertos y besarlo allí mismo, voraz. Cuando algo culminó su mente.

- Tengo que contarte algo… - suspiró – más bien consultártelo.

- Lo que sea, ya sabes. – terminó entrelazando sus dedos con la mano de Elena. - ¿Te he dicho que te has puesto muy guapa?

Elena se había puesto un mini vestido gris, su campera aviadora corta de cuero y de color negro y unas botas mosqueteras del mismo color.

- Tu también. – Damon iba con su chaqueta de cuero que le quedaba tan sexy, un jersey que se adornaba con dos botones al cuello, de color vino, y unos pantalones negros, terminando con unas bambas botas militar negras. – tendré que ponerme a tu altura ¿no?

- Siempre lo estás. – entrecerró los ojos. Precioso, pensó Elena. – Al contrario, soy yo quien tiene que estar a la tuya.

- No seas tonto. – musitó ella.

- ¿Qué tenias que decirme? – dijo Damon, jugueteando con su pulgar en la palma fría de la mano de ella, mientras que los otros dedos seguían entrelazados. Se dio cuenta de que llevaba las uñas pintadas de un granate oscuro que aún afeminaba más sus delicadas manos.

- No te enfades, por favor. - ¿Pero por que se tenía que enfadar? Se preguntó por unos instantes. Oh, solo porque metes a su jodida ex novia en casa, durante Dios sabe cuánto tiempo. – Prométemelo. – le pidió.

- No te puedo prometer nada. – La cara de Elena se tensó al escuchar eso – Pero te aseguro que enfadarme contigo sería difícil.

- No tanto.

Damon esbozó una sonrisa juguetona.

- Venga, ¿Tan grave es?

Elena inclinó la cabeza.

- Contéstame tú. – inspiró y expiro. Sentía el suave roce tranquilizador de la mano de Damon en la suya. - ¿Dejarías que tu ex novia se quedara por unos días en casa?

- ¿A cuál de mis ex novias te refieres? – dijo Damon alzando una ceja, gracioso. – Porque a la mayoría contestaría que no.

- A Katherine. – dijo Elena mirando la expresión de la cara de Damon.

- Has ido a elegir la peor de todas. – Damon negó con la cabeza – No, definitivamente no la quiero en mi jodida casa.

- Damon…

- No, Elena. ¿Querías consultármelo? La respuesta es: no. No sabes cómo es ella, es el diablo en persona.

- Ha cambiado. – dijo Elena. Damon apartó su mano, dejó de acariciarla para cruzarse de brazos, imponente. – Esta mañana he estado hablando con ella. – Le explicó – es una buena chica, ha cambiado. Tiene sus problemas y me lo pidió. Dice que soy la única persona en la que puede confiar.

- Es una grande mentirosa.

- Se me puso a llorar.

Damon se pasó la mano por el pelo, despeinándose, de una forma muy sexy.

- Solo te pido que la dejes quedar unos pocos días. No sé porque te pones tan negativo, entre tú y ella ya todo acabo ¿no es así?

- ¿Te recuerdo la escena de hace unos meses en tu clínica? Porque fue ella la que se me lanzó.

- Porque no sabía que tu y yo estábamos juntos. Ahora si lo sabe.

- Es una cerda.

- Damon, ella ya no está por ti, o eso parece. Y definitivamente, tú no sientes nada por ella. – lo miró fijamente. - ¿O sí?

- Claro que no. – dijo él decidido. – Solo tengo ojos para una persona, y esa…

- Es la puta de PlayBoy. - Elena se había acostumbrado a llamarla así. Rió.

- No. – dijo Damon enfadado. - ¿Me lo vas a remarcar de por vida?

- Puede. - Elena negó. – sabes que no, mi niño, pero me hace gracia.

- Sí, pero en tu momento cogiste el cabreo del siglo. – suspiró. - ¿Dónde estaba? La muñequita de mis ojos eres tú. – dijo sonriéndole. – todo lo demás quedó atrás. Solo son recuerdos inútiles.

- Eso espero. – suspiró.

- ¿Confías en mí?

- Más que en nadie. – abajó la mirada. – por eso deberíamos dejar a Katherine estar unos días en casa. Tengo la fe necesaria como para saber que no pasará nada.
Damon asintió.

- Entonces que se quede. Pero solo unos días. – volvió a alborotarse el pelo, nervioso. – A la mínima, se irá a la puta calle. - Elena asintió, conforme.

Katherine entró cargando las maletas.

- Deja, ya te ayudo. – dijo Damon, refunfuñando. Y cogió las dos maletas enormes de ruedas como si nada. Sus músculos se tensaron.

- Creo que no soy muy bienvenida por tu parte.

- Escucha, si hago esto es por Elena. No sé qué mierda le has dicho que le caigas bien.

- No le he dicho nada, simplemente soy yo misma. Por eso le agrado, de la misma manera que te agrade a ti. Hasta llegar a enamorarnos. – le guiñó un ojo.

- Yo no me enamoré de ti. Y tú de mi tampoco. Si no, no te hubieras ido de esa manera, haciéndome pensar que estabas muerta.

- No lo hice por gusto. Lo tenía que hacer.

- ¿A sí? – Dijo Damon, intentando parecer sorprendido. – Mira, dejemos el tema, lo hecho está hecho, ya no hay nada más que hablar sobre lo que pasó entre tú y yo. Será mejor que los días que estemos aquí nos llevemos algo mejor. – Katherine se inclinó, tan peligrosamente, que a Damon se le aceleró el corazón.

- Gracias por acogerme. – y le dio un suave pico.

- Apártate. – gruñó Damon, dándose la vuelta y hiendo hacia la habitación de invitados. – no vuelvas a hacer eso, si no te hecho a patadas de mi casa.

- Cuidado. – dijo Katherine, irónica. – que viene el matón.

Damon la miró mal. Luego se relajó al ver la misma cama donde había tenido un sexo magnifico hacía nada con Elena. Sonrió al saber que Katherine dormiría allí, sin saber lo que había pasado.

- Esta es tu habitación.

Katherine la observó de arriba abajo.

- Confortable.- sonrió y pasó. – puedes dejarme las maletas aquí mismo. – lo dijo en un tono imperativo que a Damon no le gustó nada.

- Toma anda. – Dejó ir las grandes maletas. – intenta que no sea un total caos esto.

- ¿No sabes que yo soy muy ordenada? – Sonrió – no se tu querida novia como será, pero sabes que yo siempre cuido bien las cosas, lo que es de otros, pero sobretodo lo mío. – quizás eso lo dijo en un sentido literal, mirando a Damon. Como si él entrara en esas cosas.

Él negó con la cabeza y se fue hacia su habitación. Ya eran las once de la noche y solo quedaba un día para marchar hacia Galesnjak, Croacia.

- ¿Qué tal está Katherine? – dijo Damon en cuanto lo vio entrar.

- Demasiado bien, creo yo. ¿Seguro que es buena idea irnos y dejarla sola?

- No te preocupes, Damon. – la voz de Katherine apareció al otro lado de la puerta. Los observaba a los dos. Una chispa de envidia saltaba a la vista que yacía en sus ojos. ¿Pero por qué? – ya hablé con Elena; creo que ella mantiene la mínima confianza como para saber que no haré nada malo en o con su casa.

- Si, Damon, ¿qué podría pasar? ¿Qué montara una fiesta descomunal? Katherine no conoce a casi nadie aquí en Estados Unidos.

Damon no dijo nada más. Aun que seguía no muy convencido.