Chicos y chicas les traemos una nueva traducción: La corona de Ptolomeo. En nuestros perfil podrán encontrar los links para descargar el pdf. Cambien pueden encontrarlos en nuestros perfiles de Twitter y Facebook. Gracias a todo el equipo de Argo III que intervino en la traducción de esta historia.
NO SOMOS DUEÑOS DE ESTA OBRA. SIMPLEMENTE NOS DEDICAMOS A TRADUCIRLA.
Me di cuenta de que tenía razón. Yo habría saltado a la acción, excepto que Nejbet y yo teníamos un momento de parálisis. La diosa quería su corona de vuelta. Pero le eché un vistazo al misterioso resplandor de la corona, recordé la forma en que la diosa de la cobra había sido devorado y decidí que no tocaría esa corona sin guantes de látex y tal vez un traje de materiales peligrosos.
Antes Nejbet y yo pudiéramos resolver nuestras diferencias, la tierra retumbó.
Setne se levantó del suelo como si estuviera en una plataforma elevadora y miró a Carter.
―¿Te hago una oferta perfectamente justa, y me golpeas con un puño gigante? Tal vez tu padre no estaría orgulloso, después de todo.
El rostro de Carter se desencajó. Todo su cuerpo brillaba con luz azul. Levitó lejos de la tierra mientras el avatar de Horus tomaba forma a su alrededor.
Setne no parecía preocupado. Cerró los dedos recién vueltos a crecer en un gesto de ven aquí, y el avatar de Carter se hizo añicos. La luz azul se arremolinó hacia Setne y fue envuelta en su creciente aura. Carter se derrumbó, inmóvil, sobre el suelo mojado.
―¡SETNE! ―gritó Sadie, levantando su báculo―. ¡Por aquí, pequeña comadreja!
Ella atacó al mago con un chorro de fuego blanco. Setne lo atrapó con su pecho y absorbió la energía.
―Sadie, cariño ―la regañó―. No te enojes. Carter ha sido siempre el aburrido. En realidad no quería concederle la vida eterna. Pero, ¿por qué no trabajas conmigo, si? ¡Podemos tener un montón de diversión! ¡Desgarrando el universo, destruyendo cosas a medida que nuestros ojos se fijan en ellas!
―Eso es... eso no es justo ―dijo Sadie con voz temblorosa―. Tentarme con destrucción.
Ella intentó su habitual tono descarado, pero sus ojos se quedaron fijos en Carter, que aún no se movía.
Sabía que tenía que hacer algo. Habíamos tenido un plan... Pero no podía recordarlo. La diosa buitre en mi cabeza volaba en círculos en piloto automático. Incluso Annabeth parecía que estaba luchando para concentrarse. El estar tan cerca Setne era como estar al lado de una cascada. Su ruido blanco ahogaba todo.
―Sabes ―continuó Setne, como si estuviéramos planeando una fiesta juntos―, creo que esta isla será perfecta. ¡Mi palacio irá justo aquí, en el nuevo centro del universo!
―Un campo de fútbol fangoso ―señaló Annabeth.
―Oh, vamos, hija de Atenea! Puedes ver las posibilidades. ¡Ese viejo tonto Serapis tenía la idea correcta: reunir toda la sabiduría de Grecia y Egipto en un solo lugar y utilizar ese poder para gobernar el mundo! Excepto que Serapis no tenía mi visión. Voy a consumir los antiguos panteones: Zeus, Osiris, todas esas deidades polvorientas. ¿Quién los necesita? Voy a tomar las partes y piezas que puedo usar de todos ellos. Voy a ser la cabeza de una nueva raza de dioses. Los seres humanos vendrán aquí de todas partes del mundo para hacer ofrendas y comprar recuerdos.
―¿Recuerdos? ―dije―. ¿Quieres Inmortalidad para poder vender camisetas?
―¡Y bolas de nieve! ―Setne puso una mirada soñadora―. Me encantan las bolas de nieve. De todos modos, hay espacio para más de un nuevo dios. Sadie Kane, serías perfecta. Sé que te encanta romper las reglas. ¡Vamos a romper todas ellas! ¡Tus amigos pueden venir también!
Detrás del mago, Carter gimió y comenzó a moverse.
Setne miró con disgusto.
―¿Aún no estás muerto? Chico duro. Bueno... supongo que podemos incluirlo en nuestros planes. Aunque, si lo prefieres, Sadie, sin duda puedo acabar con él.
Sadie dejó escapar un grito gutural. Avanzó, pero Annabeth la agarró del brazo.
―Lucha de forma inteligente ―dijo Annabeth―. No enojada.
―Buen punto, ―dijo Sadie, aunque sus brazos todavía temblaban de rabia―. Pero voy a hacer ambas cosas.
Desplegó el Libro de Thoth.
Setne sólo se rió.
―Sadie querida, sé cómo derrotar todos los hechizos en ese libro.
―No ganarás ―insistió Sadie―. ¡No le quitarás nada más a nadie!
Ella comenzó a cantar. Annabeth levantó la khopesh prestada, lista para defenderla.
―Ah, bueno ―suspiró Setne―. Supongo que entonces quieres esto de regreso.
El cuerpo de Setne comenzó a brillar. Gracias a Nekhbet, me di cuenta de lo que iba a pasar una fracción de segundo antes de que lo hiciera, lo que nos salvó la vida.
Carter estaba luchando por ponerse de pie cuando grité:
―¡Abajo!
Cayó como un saco de piedras.
Un anillo de fuego explotó desde Setne.
Descarté mi espada y me lancé delante de las chicas, extendiendo mis brazos al estilo portero. Una cáscara de luz púrpura me rodeó, y las llamas rodaron sin causar daños sobre las alas translúcidas que ahora se extendía a ambos lados de mí. Con mis nuevos accesorios pude proteger a Sadie y Annabeth de lo peor de la explosión.
Bajé los brazos. Las alas gigantes se retractaron. Mis pies, flotando justo separados de la tierra, ahora estaban encerrados en grandes piernas fantasmales con tres largos dedos y garras de un ave.
Cuando me di cuenta de que me movía en el centro de un buitre púrpura brillante gigante, mi primer pensamiento fue: Carter nunca dejará de hacerme bromas sobre esto.
Mi segundo pensamiento fue: Oh, dioses. Carter.
Sadie le debe haber visto al mismo tiempo que yo. Ella gritó.
El fuego había ennegrecido todo el campo, convirtiendo el barro húmedo en arcilla agrietada al instante. La niebla y luces mágicas se habían quemado. Mi nueva espada era una línea de bronce humeante yaciendo en el suelo. Carter estaba justo donde se había dejado caer, envuelto en humo, su cabello chamuscado, con el rostro rojo con ampollas.
Me temí lo peor. Entonces sus dedos se crisparon. Graznó un sonido, como 'Gug', y pude respirar de nuevo.
―Gracias a los dioses ―dijo Annabeth.
Setne sacudió un poco de ceniza de la gabardina de color púrpura.
―Bueno, le puedes agradecer a los dioses si quieres, pero no será por mucho más tiempo. Unos minutos más y la magia que he empezado será irreversible. Ahora, Percy, por favor deja caer ese tonto avatar antes de que te lo quite. Y, Sadie, te sugiero que me des el Libro de Thoth antes de que te hagas daño. No hay hechizo que puedas leer que me haga daño.
Sadie dio un paso adelante. Su cabello naranja se curveaba alrededor de su rostro. Sus ojos se volvieron de acero, dándole un aspecto aún más como una joven Annabeth.
―Ningún hechizo que yo pudiera leer, ―Sadie estuvo de acuerdo―. Pero tengo amigos.
Le entregó el Libro de Thoth a Annabeth, quien parpadeó sorprendido.
―Eh... ¿Sadie?
Setne rió.
―¿Qué va a hacer ella? Puede ser inteligente, pero no puede leer Egipto Antiguo.
Sadie agarró el antebrazo de Annabeth.
―Señorita Chase ―dijo formalmente―, tengo una palabra para ti.
Ella se inclinó y le susurró algo al oído de Annabeth.
El rostro de Annabeth se transformó. Sólo una vez antes le había visto con una expresión de asombro puro: cuando vio los palacios de los dioses en el monte Olimpo.
Sadie se volvió hacia mí.
―Percy... Annabeth tiene trabajo que hacer. Tengo que atender a mi hermano. ¿Por qué no mantienes a nuestro amigo Setne entretenido?
Annabeth abrió el rollo. Comenzó a leer en voz alta en Antiguo Egipto. Brillantes jeroglíficos flotaban fuera del pergamino. Se arremolinaban en el aire a su alrededor, mezclándose con palabras griegas como si Annabeth estuviera añadiendo su propio comentario al hechizo.
Setne parecía aún más sorprendido que yo. Hizo un ruido ahogado en el fondo de su garganta.
―Eso no es... Espera ahora. ¡No!
Levantó los brazos para lanzar un contrahechizo. Su corona comenzó a brillar.
Me necesitaba mover, pero Nejbet no estaba ayudando. Estaba un poco demasiado centrada en Carter, que olía tierno y sabroso.
Ese es débil, murmuró en mi mente. Pronto Muerto. Los débiles deben morir.
La ira me dio la ventaja. Carter Kane era mi amigo. No perdería el tiempo mientras mi amigo moría.
Muévete, le dije a Nekhbet. Y tomé el control del avatar buitre.
Antes de que Setne pudiera terminar de emitir su hechizo, lo agarré en mis garras espectrales y lo llevé hacia el cielo.
Bien… vivo y respiro rarezas. Viene en el contrato cuando eres un semidiós. Pero todavía hay momentos en los que aún me sorprendo: como cuando vuelo dentro de un gigante buitre brillante, agitando mis brazos para mover mis alas místicas, sosteniendo a un mago casi inmortal en mis garras… todo para poder robarle su sombrero.
Ese sombrero no pensaba salirse, tampoco.
Volé en espiral en la tormenta, sacudiendo a Setne, tratando de tirar la corona de su cabeza, pero el amiguete debe haberla pegado a su jopo con súper pegamento.
Me atacó con fuego y rayos de luz. Mi exoesqueleto de ave esquivaba los ataques, pero, cada vez, el aura púrpura comenzaba a atenuarse y mis alas se sentían más pesadas.
—¡Percy Jackson! —dijo Setne retorciéndose en mis garras—. ¡Esto es una pérdida de tiempo!
No me molesté en responder. La pelea comenzaba a hacerme mella.
En nuestro primer encuentro, Carter me advirtió que la magia podía literalmente incendiar a un mago si la usaba demasiado. Supongo que aplica a los semidioses también. Cada vez que Setne me atacaba o trataba de zafarse de mis garras con su casi-divina fuerza, mi cabeza palpitaba. Mi visión se emborronaba. De repente, estaba cubierto en sudor.
Esperaba que Sadie estuviera ayudando a Carter. Esperaba que Annabeth estuviera terminando ese súper raro hechizo que estaba haciendo para poder atrapar a Setne, porque no podía permanecer en el aire mucho tiempo.
Atravesamos la capa superior de las nubes. Setne dejó de pelear, lo que me sorprendió tanto que casi lo dejo caer. El frío comenzó a traspasar mi aura de buitre, congelando mi ropa mojada, empapándome hasta los huesos. Era una especie de ataque sutil, probando mi debilidad, y supe que no podía dejarle hacerlo. Apreté mis patas de buitre más fuerte alrededor del pecho de Setne, tratando de aplastarlo.
—Percy, Percy. —Su tono sonaba como si solo fuéramos dos amigos dando una vuelta—. ¿No ves que increíble oportunidad es esta? Otra oportunidad. Tú sobre todos debería entender eso. Los Olímpicos una vez te ofrecieron su regalo más valioso. ¡Te ofrecieron ser un dios! ¿O no? Y tú, adorable idiota, ¡los rechazaste! Esta es tu oportunidad de corregir ese error.
Mi aura parpadeó y vaciló como un tubo fluorescente roto. Nejbet, mi compañera cerebral, centró su atención en mí.
—¿Rechazaste la inmortalidad? —sonó incrédula, ofendida.
Ella escaneó mis recuerdos. Vi mi propio pasado desde su cínico y desaprobante punto de vista: Yo, parado en la sala de trono del Monte Olimpo luego de la guerra contra los titanes. Zeus me ofreció una recompensa: ser un dios. Simplemente lo rechacé. En vez de eso, quería justicia para otros semidioses. Quería que los dioses dejaran de ser unos patanes y prestaran atención a sus hijos.
Una respuesta estúpida. Un deseo ingenuo. Rechacé el poder. Jamás rechazas el poder.
Me esforcé para mantener mi agarre en Setne.
—Nejbet, esos son tus pensamientos, no los mío. Hice la decisión correcta.
—Entonces, eres un tonto —siseó la diosa buitre.
—Sí, hermano —dijo Setne, quien aparentemente podía oírla—. Tengo que estar de acuerdo con Nejbet esta vez. Hiciste algo noble. ¿Y qué pasó? ¿Los dioses cumplieron sus promesas?
No pude separar los amargos pensamientos de Nejbet de mis sentimientos. Claro, me quejo de los dioses todo el tiempo, pero nunca me arrepentí de mi decisión de permanecer mortal. Tengo una novia. Una familia. Toda mi vida por delante, suponiendo que siga con vida.
Bien… tal vez solo es Nejbet en mi cabeza, o Setne jugando conmigo, pero comencé a preguntarme si cometí un gran error.
—Te entiendo, chico —La voz de Setne estaba llena de compasión—. Los dioses son tu familia. Quieres pensar que ellos son los buenos. Quieres pensar que los haces sentir orgullosos. Yo quería eso con mi familia. Mi padre era Ramsés el Grande, ya sabes.
Estaba planeando lentamente en círculo ahora, mi ala derecha rozaba las nubes de tormenta. La corona de Setne brillaba con más fuerza. Su aura se volvió más fría, adormeciendo mis garras y mezclando mis pensamientos. Sabía que estaba en problemas, pero no sabía qué hacer.
—Es difícil tener un papá poderoso —continuó Setne—. Ramsés era el faraón, por supuesto, así que la mayor parte del tiempo hospedaba al dios Horus. Decir que se hizo distante es poco. Seguía pensando: Si hago las decisiones correctas y pruebo que soy un buen hijo, eventualmente se dará cuenta de mí. Me tratará mejor. Pero la cosa es, que los dioses no se preocupan por los mortales, ni siquiera por sus hijos. Mira en la mente de la buitre, si no me crees. Actúa como un buen niño, actúa noble… eso solo hará que les sea más fácil a los dioses ignorarte. La única manera de conseguir su respeto es plantar cara, ser malo y tomar lo que quieres.
Nejbet no trató de convencerme de lo contrario. Ella era la diosa protectora de los faraones, pero no le importaban ellos como seres humanos. Le importaba mantener su poder sobre Egipto, lo que hace a los dioses seguir vivos. A ella no le importaban los actos nobles o la justicia. Solo los débiles querían justicia. Los débiles eran cadáveres, esperando morir, aperitivos en la larga cena de la vida eterna de Nejbet.
—Eres un buen chico —dijo Setne—. Mucho mejor que la diosa que tratas de hospedar. Pero has visto la verdad. Deberías haber tomado la oferta de Zeus. Serías un dios ahora. ¡Serías suficientemente poderoso para hacer los cambios que querías!
—El poder es bueno —convino Nejbet—. La inmortalidad es buena.
—Te estoy dando una segunda oportunidad —dijo Setne—. Ayúdame, Percy. Conviértete en un dios.
Nos revolvimos en el aire mientras la conciencia de Nejbet se separaba de la mía. Ella había olvidado cual de nosotros era el enemigo. Nejbet favorecía al fuerte. Setne era el fuerte. Yo era el débil.
Recordé la manera en la que Setne había escavado la Duat, haciendo fisuras en la realidad, destruyendo todo el orden cósmico para hacerse inmortal.
Solo tomo las partes y piezas que puedo usar, le había dicho a Sadie.
Mis pensamientos finalmente se aclararon. Entendí como Setne operaba, como nos había derrotado tanto hasta ahora.
—Estás buscando algo en mi mente —dije—. Algo en lo que puedas relacionarte y usar en mi contra. Pero no soy como tú. No quiero la inmortalidad, especialmente si eso significa destruir el mundo.
Setne sonrió.
—Bueno, ¡valía intentarlo! ¡Especialmente si así acabas perdiendo a tu buitre!
Una explosión de frío destrozó mi aura. De repente, estaba cayendo.
Tenía una ventaja: Todavía sostenía a Setne en mis garras, lo que significa que el estaba justo debajo mío. Me pegué a él y cerré mis brazos alrededor de su pecho. Caíamos juntos a través de las nubes.
Me estremecía tan fuerte que era sorprendente que aún estuviera consciente. El frío atravesó mi ropa. El viento y el hielo picaban mis ojos. Sentía como si estuviera esquiando por una colina sin una máscara.
No estoy seguro por qué Setne no se encantó a si mismo fuera de allí. Supongo que incluso un poderoso mago puede sucumbir al pánico. Cuando estás cayendo en picada del cielo, olvidas pensar racionalmente como: "Rayos, tengo hechizos y cosas así." En vez de eso, tu instinto animal toma el mando y: "¡OH DIOS MÍO, ESTE CHICO ESTÁ AGARRADO DE MÍ, Y ESTOY ATRAPADO Y CAYENDO Y VOY A MORIR!"
Incluso cuando estaba a segundos de convertirme en tortilla de buitre, Setne gritando y retorciéndose me traía algo de satisfacción.
Si caíamos ahora, habíamos golpeado el sólido suelo y muerto. Sin dudar.
Afortunadamente, el viento era fuerte y la Isla de los Gobernadores era un pequeño objetivo al lado de un gran puerto.
Caímos al agua con el hermoso sonido familiar de ¡KA FLUUUUM!
El dolor desapareció. El calor llenó mi cuerpo de nuevo. El agua salada se revolvía a mí alrededor, llenándome con nueva energía. El agua de mar siempre hacía cosas buenas para mí, pero normalmente no tan rápido. Tal vez la presencia de Nejbet me ayudaba a sanar. Tal vez mi papá Poseidón estaba tratando de hacerme un favor.
En cualquier caso, me sentía genial. Agarré a Setne de la garganta con una mano y comencé a apretar. Peleaba como un demonio (créanme, he peleado con algunos). La corona de Ptolomeo brillaba en el agua, humeando como un respiradero volcánico. Setne arañaba mi brazo y exhalaba chorros de burbujas, tal vez tratando de pronunciar un hechizo, o tal vez tratando de hablar cariñosamente conmigo para que lo soltara. Bajo el agua, yo estaba a cargo.
Tráelo a la orilla, dijo la voz de Nejbet.
¿Estás loca?, respondí mentalmente. Este es mi territorio.
No puede ser derrotado aquí. Tus amigos esperan.
No quería hacerlo, pero entendía. Tal vez podía mantener a Setne ocupado por debajo del agua por un tiempo, pero él estaba muy cerca de la inmortalidad como para que yo lo destruyera. Necesitaba destruir su magia, lo que significaba que necesitaba ayuda.
Mantuve mi agarre en su garganta, y deje que las corrientes me empujaran hasta la Isla de los Gobernadores.
Carter me esperaba en la costa de la isla. Su cabeza estaba envuelta en vendajes como un turbante. Las quemaduras de su cara habían sido tratadas con alguna clase de ungüento púrpura. Su pijama de lino Ninja parecían como si hubieran sido lavados en brasas. Pero estaba vivo, y enojado. En una mano agarraba una cuerda brillante, como el lazo de un vaquero.
—Bienvenido de vuelta, Percy —miró a Setne—. ¿Este tipejo te ha dado algún problema?
Setne se retorció y disparó fuego en dirección a Carter. Carter azotó las llamas a un lado con su cuerda.
—Lo tengo bajo control por ahora —dije.
Estaba seguro de que era cierto. El agua me había llenado de fuerza. Nejbet volvía a cooperar, lista para defenderme de lo que sea que Setne tratase. El mago se veía aturdido y agotado. Ser estrangulado en el fondo del puerto de Nueva York le hacía eso a la gente.
—Vamos, entonces —dijo—. Tenemos una linda recibida planeada.
De vuelta en el incendiado campo de futbol, Sadie y Annabeth habían dibujado un blanco de tiro en el piso. Al menos, eso es lo que parecía. El círculo de tiza era de aproximadamente dos metros de diámetro con bordes elaborados con palabras de poder en griego y en jeroglíficos. En la Duat, podía ver que el círculo irradiaba luz blanca. Estaba dibujado sobre la grieta que Setne había hecho, como una venda sobre una herida.
Las chicas se pararon en lados opuestos del círculo. Sadie cruzó los brazos y plantó sus botas militares desafiante. Annabeth todavía sostenía el Libro de Thot.
Cuando me vio, mantuvo su cara de batalla, pero por el brillo en sus ojos parecía aliviada.
Quiero decir... acabábamos de pasar nuestro primer aniversario. Me imaginé que yo era una inversión a largo plazo para ella. Esperaba que pagara dividendos eventualmente; si moría ahora, ella habría soportado todas mis molestas cualidades por nada.
—Estás vivo —notó ella.
—No gracias a Elvis. —Levanté a Setne por el cuello. Pesaba casi nada—. Se puso bastante difícil hasta que descubrí su sistema.
Lo tiré en el centro del círculo. Los cuatro lo rodeamos. Los jeroglíficos y las letras griegas se quemaban y giraban, creando una nube con forma de embudo que contenía a nuestro prisionero.
—El tipo es un excavador —dije—, no muy diferente a un buitre. Él excava en nuestras mentes, encontrando cualquier cosa con la que identificarse, y lo usa en contra nuestra. El amor de Annabeth por la sabiduría. El deseo de Carter de hacer a su padre orgulloso. La…
—Increíble modestia de Sadie —interrumpió ella—. Y mi obvia belleza.
Carter resopló.
—Como sea —dije—. Setne trató de ofrecerme la inmortalidad. Trató de agarrarse a mis motivos para aceptar la inmortalidad que una vez rechacé, pero…
—Disculpa —interrumpió Sadie—. ¿Dijiste que rechazaste la inmortalidad antes?
—¡Todavía puedes ser un dios! —graznó Setne—. ¡Y todos ustedes! Juntos podemos…
—No quiero ser un dios —dije—. ¿No entiendes eso? No me parezco nada a los dioses, lo que considero un buen cumplido.
En mi mente, Nejbet siseó:
Mátalo. Destrúyelo por completo.
No, dije. Porque yo tampoco soy así.
Me acerqué al centro del círculo.
—Annabeth, Carter, Sadie… ¿Están listos para sacarnos a este tipo de encima?
—Cuando quieran. —Carter levantó su cuerda.
Me agaché hasta que estuve cara a cara con Setne. Sus ojos delineados con kohl estaban abiertos y desenfocados. En su cabeza, la corona de Ptolomeo estaba inclinada hacia un lado como el telescopio de un observatorio.
—Tenías razón sobre una cosa —le dije—. Hay mucho poder cuando mezclas Grecia y Egipto. Estoy agradecido de que me presentaras a mis nuevos amigos. Seguiremos mezclando esto.
—Percy Jackson, escucha…
—Pero hay una diferencia entre compartir y robar —dije—. Tienes algo que me pertenece.
Él comenzó a hablar. Metí mi mano directo en su boca.
¿Suena asqueroso? Espera, se pone peor.
Algo me guió, tal vez la intuición de Nejbet, tal vez mis propios instintos. Mis dedos se cerraron alrededor de un pequeño objeto puntiagudo en el fondo de la garganta de Setne, y tiré: mi bolígrafo, Contracorriente.
Fue como si tirara de la boquilla de un neumático. La magia salía vomitada de la boca de Setne: una corriente de jeroglíficos de luz.
—¡ATRÁS! —gritó Nejbet en mi mente mientras Annabeth gritaba lo mismo.
Me alejé a tropezones del círculo. Setne se retorció y giró, y la magia que había absorbido hasta ahora salía en un asqueroso torrente. Había escuchado que la gente "vomitaba arco iris" cuando veían algo demasiado lindo.
Déjame decirte algo: si en realidad ves a alguien vomitando arco iris… no va a ser nada lindo.
Annabeth y Sadie gritaron comandos de magia al unísono. El embudo de nubes se intensificó alrededor del círculo, concentrándose en Setne, quien se encogía rápidamente. La corona de Ptolomeo se cayó de su cabeza. Carter dio un paso adelante y tiró su cuerda brillante.
Cuando la cuerda tocó a Setne, un destello de luz me segó.
Cuando mi visión volvió, Setne y la cuerda ya no estaban. No habían más luces mágicas. La diosa buitre dejó mi mente. Mi boca ya no sabía a hiena muerta.
Annabeth, los Kane y yo estábamos parados en el anillo, inmóviles, mirando la corona de Ptolomeo, que yacía de lado en el suelo. A su lado, había una burbuja de plástico del tamaño de un huevo de ganso.
Lo agarré.
Dentro del globo de nieve, había un modelo en miniatura de la Isla de los Gobernadores sumergida en nieve. Corriendo y nadando por el paisaje, tratando de esquivar las ráfagas de nieve falsa, había un hombre del tamaño de una termita con una gabardina púrpura.
Setne había hecho de la Isla de los Gobernadores su cuartel general, después de todo.
Había sido aprisionado en un recuerdo barato de plástico
Una hora después, nos sentamos en los parapetos del antiguo fuerte, mirando al sol bajar por la costa de Nueva Jersey. Tenía un sándwich de queso y una fría Ribena del casillero de comida chatarra extra dimensional de Sadie, junto con dos aspirinas extra fuertes, así que me sentía suficiente valiente para oír explicaciones.
—¿Alguien podría explicarme lo que pasó ahí? —pregunté.
Annabeth puso su mano sobre la mía.
—Ganamos, Sesos de Alga.
—Sí, pero… —Señalé al globo de nieve, que Carter estaba admirando. —¿Cómo?
Carter sacudió el globo. La nieve falsa se arremolinó dentro. Tal vez era mi imaginación, pero juraba que podía oír a Setne chillando bajo el agua mientras se daba un tour de licuadora en su pequeña prisión.
—Supongo que la idea del globo de nieve se había quedado en mi cabeza —dijo Carte—. Cuando tiré la cuerda e inicié la trampa, la magia hizo lo que estaba pensando. Como sea, Setne será un genial pisapapeles.
Sadie casi estornuda su Ribena por la nariz.
—Pobre Setne… Atrapado en el escritorio de Carter para la eternidad, obligado a observarlo hacer horas y horas de aburrida investigación. Hubiera sido mejor haber dejado que Ammit devorara su alma.
No sabía quién era Ammit, pero no necesitaba más monstruos devora almas en mi vida.
—Así que, la trampa funcionó —dije, lo que era un poco obvio—. No necesito entender todos los detalles…
—Está bien —dijo Annabeth—. Porque no creo que ninguno de nosotros los sepa.
—…pero hay una cosa que tengo que saber —señalé a Sadie—. ¿Qué le susurraste a Annabeth para que se convirtiera en una maga?
Las chicas intercambiaron una sonrisa.
—Le dije a Annabeth mi nombre secreto —dijo Sadie.
—¿Tu qué?
—Se llama ren —explicó Sadie—. Todos tienen uno, incluso si no lo sabes. El ren es… bueno, la definición de lo que tú eres. Cuando lo compartí, Annabeth tuvo acceso a mis experiencias, mis habilidades, y toda mi genialidad en general.
—Eso fue riesgoso —Carter me dio una mirada sombría—. Quienquiera que sepa tu ren puede controlarte. Nunca debes compartir esa información a no ser que sea necesario, y solo a la gente a la que realmente confías. Sadie adivinó mi nombre secreto el año pasado. Mi vida ha apestado desde entonces.
—¡Oh, por favor! —dijo Sadie—. Solo uso mi conocimiento para el bien.
Carter se abofeteó en la cara de repente.
—¡Oye! —se quejó.
—Ups, perdón —dijo Sadie—. Sin embargo, confío en Annabeth. Sabía que se necesitaría de las dos para crear ese círculo de contención. Además, una semidiosa conjurando magia Egipcia… ¿Viste la cara de Setne? No tenía precio.
Mi boca se secó. Imaginé a Annabeth invocando jeroglíficos en el Campamento Mestizo, explotando carros en la pista de carreras, lanzando puñetazos azules en Captura la Bandera.
—Así que, mi novia es una maga ahora, ósea, ¿permanentemente? Ella ya daba bastante miedo.
Annabeth rió.
—No te preocupes, Sesos de Alga, el efecto de saber el ren de Sadie esta pasándose. Ya no seré capaz de hacer magia por mí misma.
Suspiré de alivio.
—Bien. Así que, eh, una última pregunta…
Ladeé la cabeza señalando a la corona de Ptolomeo, que estaba apoyada al lado de Sadie. Parecía parte de un disfraz de Halloween, no la clase de sombrero que podría destrozar el mundo violentamente.
—¿Qué hacemos con eso?
—Bueno —dijo Sadie—. Podría ponérmela y ver qué pasa.
—¡NO! —gritaron Carter y Annabeth.
—Estaba bromeando —dijo Sadie—. Honestamente, deberían calmarse ustedes dos. Sin embargo, debo admitir que no sé porque Uadyet y Nejbet no reclamaron sus coronas. Las diosas fueron liberadas, ¿o no?
Carter se rascó el vendaje de su cabeza.
—Así que… ¿Ellas solo olvidaron sus coronas?
Huellas de la personalidad de Nejbet todavía estaban en las esquinas de mi mente… solo para hacerme saber incómodamente, que había dejado la corona de Ptolomeo a propósito.
—Es una prueba —dije—. Las Dos Señoras querían ver qué hacemos con ellas. Cuando Nejbet supo que había rechazado la inmortalidad antes, estaba algo ofendida. Creo que tenía curiosidad de saber si alguno de nosotros lo hará.
Annabeth pestañeó.
—¿Nejbet haría eso por curiosidad? ¿Incluso si causa la destrucción del mundo?
—Suena a Nejbet —dijo Sadie—. Ella es una vieja ave maliciosa. Ama ver a los mortales pelearse y matarse entre ellos.
Carter miró la corona.
—Pero… sabemos que es mejor no usar esa cosa. ¿O no? —su voz sonaba pensativa.
—Por una vez, tienes razón, querido hermano —dijo Sadie—. Amaría ser una diosa literal, pero supongo que debo permanecer como una diosa figurativa.
—Voy a vomitar arco iris ahora —dijo Carter.
—Así que, ¿qué hacemos con la corona? —preguntó Annabeth—. No es como si fuera la clase de cosa que dejamos en los Objetos Perdidos de la Isla de los Gobernadores.
—Oye, Carter —dije—. Luego de que derrotamos a ese monstruo cocodrilo en Long Island, dijiste que tenías un lugar seguro donde poner su collar. ¿Podrías meter la corona ahí también?
Los Kanes tuvieron una conversación silenciosa entre los dos.
—Supongo que podría llevar la corona al Primer Nomo en Egipto —dijo Carter—. Nuestro tío Amos está a cargo allí. Tiene las bóvedas mágicas más seguras en el mundo. Pero nada está cien por ciento seguro. Los experimentos de Setne con la magia Griega y Egipcia hicieron temblar la Duat. Los dioses y los magos las sintieron. Seguro que los semidioses también. Esa clase de poder es tentador. Incluso si guardamos la corona de Ptolomeo…
—Otros podrían tratar de hacer magia híbrida —dijo Annabeth.
—Y mientras más lo intenten —dijo Sadie—, más daño podría hacerse en la Duat, y en el mundo mortal, y en nuestra cordura.
Nos sentamos en silencio mientras dejamos asentarse a la idea. Imaginé que pasaría si los hijos de Hécate en la cabaña del campamento oían sobre magos en Brooklyn, o si Clarisse de la cabaña de Ares aprendía como crear un aura de oso gigante de combate.
Me estremecí.
—Tenemos que mantener nuestros mundos separados tanto como podamos. La información es muy peligrosa.
Annabeht asintió.
—Tienes razón. No me gusta mantener secretos, pero tenemos que ser cuidadosos con quienes lo hablamos. Tal vez le podríamos decir a Quirón, pero…
—Apuesto a que Quirón ya sabe sobre los egipcios —dije—. El es un astuto centauro anciano. Pero, sí. Tenemos que mantener nuestra pequeña fuerza de misiones en secreto.
—"Nuestra pequeña fuerza de misiones" —Carter sonrió—. Me gusta como suena. Los cuatro podemos mantenernos en contacto. Tenemos que estar listos en caso de que esto pase de nuevo.
—Annebeth tiene mi número —dijo Sadie—. Lo que, honestamente, hermano, es mucho más fácil que escribir un jeroglífico invisible en la mano de tu amigo. ¿En que estabas pensando?
—Parecía tener sentido al momento —protesto Carter.
Guardamos nuestro picnic y nos preparamos para tomar caminos separados.
Carter envolvió con cuidado la corona de Ptolomeo en tela de lino. Sadie le dio una buena agitada al globo de nieve de la Isla de los Gobernadores, y lo metió en su mochila.
Las chicas se abrazaron. Le estreché la mano a Carter.
Con una punzada de dolor, me di cuenta cómo iba a extrañar a estos chicos. Estaba cansado de hacer nuevos amigos, solo para decirles adiós, especialmente desde que algunos de ellos nunca regresaban.
—Cuídate, Carter —dije—. No más ser rostizado en explosiones.
Me sonrió.
—No puedo prometértelo. Pero llámennos si nos necesitan, ¿bien? Y, eh, gracias.
—Oye, fue trabajo en equipo.
—Supongo. Pero, Percy… resulta que sí eres una buena persona. Setne no pudo controlarte. Honestamente, si me hubiesen tentado con la inmortalidad como te tentaron a ti…
—Hubieras hecho lo mismo —dije.
—Tal vez. —Sonrió de nuevo, pero no parecía convencido—. Bien, Sadie, hora de volar. Los iniciados en la Casa de Brooklyn deben estar preocupados.
—Y Keops estaba haciendo ensalada de gelatina de fruta para la cena —dijo ella—. Debe estar deliciosa. ¡Adiosito, semidioses!
Los Kanes se convirtieron en aves de caza y se arrojaron al atardecer.
—Ha sido un día raro —dijo Annabeth.
Deslizó su mano en la mía.
—Estaba pensando en hamburguesas de queso para cenar en P.J. Clarke's.
—Con tocino —dije—. Nos lo ganamos.
—Me encanta como piensas —dijo—. Y estoy feliz de que no seas un dios.
Me besó, y decidí que estaba feliz también. Un beso en el atardecer y la promesa de una buena hamburguesa de queso con tocino…con esa clase de pago, ¿quién necesita la inmortalidad?
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