Cap. 15

Damon observó la expresión de la cara de Elena.

- Dios, esto es precioso mi vida… - sonrió, y se acercó a él para agradecérselo con un beso. Aun que eso era poco, demasiado poco.

- Todo por ti, estas van a ser nuestras… - se quedó pensando – segundas vacaciones, las primeras de verdad – los dos rieron – y quiero que sean especiales aunque, mi amor, cada momento que paso contigo es especial… - la cogió de las mejillas y presionó sus labios contra los de ella, impregnándose de su gloss con sabor a fresa.

Elena miraba fascinada la casa que Damon había alquilado. Eso le habría costado un pastón. Él la rodeó por detrás y le besó la nuca, ya que Elena llevaba una trenza lateral.

- Entonces, ¿te gusta, pequeña?

- Muchísimo. – sonrió y volvió a besarlo.

- Vas demasiado guapa. – dijo dándole una palmada en el culo.

- Voy normal.

- Demasiada guapa. – repitió Damon con ese rintintín suyo.

Y era verdad. A ella le gustaba vestirse bien, normal, cómoda. Pero a la vez guapa, solo para él. Llevaba unos pantalones pitillo tejanos y unas camperas de tacón. Y la chaqueta con la capucha emplumada.

- ¿Entramos? A dentro encenderé la chimenea, ya verás que bien se estará. – mordió el lóbulo de la oreja de Elena y ella se estremeció.

- Vamos.

Damon sacó unas llaves y abrió la puerta de entrada. Elena aún quedó más fascinada por el interior.

- Esta casa es fantástica.

- Si quieres la compro y venimos aquí a pasar las vacaciones.

Elena lo miró boquiabierta.

- ¿Estás loco? Ya bastantes gastos tenemos con nuestra casa en Los Ángeles. Además de que tienes una cala privada con esa casa… - Elena se sonrojó en pensar todo lo que había pasado allí.

- ¿Y qué? Pues bien que nos lo podemos permitir.

- Tú te lo puedes permitir, Damon. Yo tengo un oficio en el que cobro bien, muy bien para ser exactos, ya que tengo mi carrera y todo eso. Pero no estoy forrada como tú. – alzó una ceja y a Damon le pareció muy gracioso.

- Sabes que mi dinero también es tuyo.

- Demasiado que lo sé. – dijo mirando hacia el suelo. – parezco una niña de papá de lo mimada que me tienes.

- No, no pareces una niña de papá. – la volvió a abrazar, pellizcando una de sus mejillas y viendo esos ojos, ligeramente maquillados, deliciosamente teñidos de un color precioso. – eres la niña de Damon. – Y ambos rieron.

- Eso, ni lo dudes.

- ¿Sabes que aquí no vive nadie? – Rió Damon – quiero decir, si hay gente, pero esto es muy turístico… perfecto para los amantes, pues la isla tiene forma de corazón. – desató la trenza de Elena.

- Eh. – se quejó ella.

- Desmelenada estás mejor. – dijo alborotando su pelo. – Bueno, estás perfecta de todas las maneras, pero me gusta el pelo a lo leona, cuando terminas de follarme. – eso fue suficiente para que la temperatura empezara a crecer.

- ¡Damon! – se quejó ella.

- ¿Qué? Bien que te gusta que te hable sucio cuando estás montándome…

- Damon… - se volvió a quejar ella.

Él no dijo nada. Cogió su mano. Aún llevaba las uñas pintadas de ese granate oscuro, pasional. Las uñas, ni largas ni cortas, sin morder, perfectas. Quiso que en esos momentos esas perfectas manos le cogieran… allí abajo y hasta clavaran aquellas uñas. Provocando una sensación de placer y dolor. La lujuria creció en el interior de Damon. Besó su mano, entrecerrando sus pequeños ojos color cielo. Y lamió sus dedos, haciendo gemir a Elena. Le desabrochó la chaqueta y le empezó a quitar el jersey, sin dejar a parte esos eróticos y seductores besos, que ahora subían por su brazo. Elena lo retiró, suavemente.

- Será mejor que vayamos a dar una vuelta. Quiero visitar el lugar, ahora que hay la luz del día.

- Pero…

- Por la noche… - dijo inclinando la cabeza – Te juro que nunca me canso de hacerlo contigo, y nunca me cansaré. Pero dejémoslo por la noche. – sonrió y lo esquivó. – ahora voy al baño

Damon sonrió. Aun que se había quedado con las ganas de más, de mucho más. Sintió como su dolorida erección se movía dentro de sus vaqueros azul marino. Se quitó la chaqueta, esperando a Elena. En el comedor había un espejo grande. Observó su reflejo por unos instantes. No cabía duda de que era atractivo, ¡dios! En poco tiempo había echado más músculo y todo. Se fijó en un detalle. Sus ojos, oscurecidos por la excitación. ¿Siempre se le ponían así cuando Elena lo calentaba?
Concluyó que sí. Eso lo hacía aún más erótico. El gris de sus ojos se había extendido de tal manera, y solo por la excitación.

- Que me has hecho Elena... – entonces, se dio cuenta de todo lo que había podido cambiar por una mujer. Ya no era frio, ya no. No solo pensaba con la polla. Pensaba más con la cabeza de arriba. Pero sobre todo con el corazón. Por muy cursi que sonara, estaba enamorado de Elena. Nunca había sentido todo esto, pero no se arrepentía. De nada, hasta el momento. – Que me has hecho, mujer de mi vida… - se volvió a repetir, sonriendo y negando con la cabeza.

Elena yacía de espaldas a él. Medio dormida, aceptando las caricias que le daban sus dedos. Después de hacer el amor estaban más cariñosos. Sobre todo él. Sintió sus besos en el hombro. Se giró y le plantó un beso en la boca. Él lo aceptó gratamente.

- Este sitio es fantástico. – Miró de reojo la casa. Estaban iluminados por el fuego de la chimenea. Sus pieles desnudas parecían ahora más doradas. Se incorporó para colocar la mitad de su cuerpo encima del torso de Damon.

- Sabía que te gustaría. – la miró un poco des de su altura y jugueteó con su cabello.

- Debo contarte algo.

- ¿Más aún? Solo falta que metas a tu ex en casa. – Damon rió.

- Para nada. – dijo algo molesta. - Debo irme durante un par de semanas, el centro médico nos ha mandado a mí y a un grupo de enfermeras y doctoras, que están haciendo un cursillo, hacia a Nueva York, debemos pasar unas prácticas, ya me han alquilado un piso y todo donde estaremos allí yo y las demás chicas… - acarició su mejilla, una áspera pero fina capa de barba de madrugada le irritó un poco la piel, pero ese tacto, sensual, le gustaba al despertar. – Te echaré de menos Damon, pero prométeme que no vas a portarte mal. – él la miró extrañado. – Vamos, sabes a lo que me refiero, solo quiero que sepas que confío en ti plenamente, no me decepciones.

Él asintió, aun que con un interrogante en mente, por lo que Elena había querido decir.

- Y a propósito. – Volvió a sonreírle. Damon dejó pasar lo anterior. – Feliz Navidad.

- Oh, cierto, con todo esto se me había olvidado que estamos a día veinticinco. – le pellizco suavemente una de sus mejillas. – Feliz Navidad mi amor. – Damon se levantó y buscó algo entre las maletas aún semi desechas.

- ¿Qué has cogido? – dijo Elena levantándose de la cama y dejándose ver, igual que él, totalmente desnuda. Damon escondió algo a sus espaldas.

- Nada. – dijo sonriendo.

- ¿Te crees que me chupo el dedo? – Damon la miró picara.

- El dedo no… - Elena se puso colorada.

- Bueno, ya me has entendido ¿Qué escondes? – intentó verlo, pero Damon la esquivaba.

- Ei, quieta. Te lo daré esta noche. – le sonrió. – supongo que te gustará.

Elena se puso su albornoz rosa y Damon hizo lo mismo con el suyo azul. Lo abrazó.

- Cualquier cosa que sea tuya me gustará. – y le cogió lo que tenía detrás de la espalda, entre las manos.

- ¡Eh! – dijo Damon, riendo. – devuélvemelo, anda…

Elena sacudió suavemente el paquete envuelto en un papel de regalo rosa eléctrico, con un lazo negro. No era muy grande.

- ¿Si no, qué?

- Ya no será una sorpresa… - tendió la mano para que le diera el paquete.