Cap. 16
Pero Elena se escapó, hacia a fuera. Se levantó el albornoz, porque con él era un poco más complicado de correr. Y salió de la casa. Damon la persiguió. Jugando de nuevo, como dos niños. A buscarse, a encontrarse, a amarse. Le daba ventaja a Elena, que se metió descalza en el próximo bosque. Él la alcanzó, rodeándola totalmente de la cintura.
- Te pillé, pequeño monstruito. – la abrazó y le quitó el regalo, guardándoselo en el bolsillo del albornoz. – mira donde estamos, y de qué manera.
- Ya veo. – Elena se giró y rodeó el cuello de Damon. Lo besó. – Supongo que tendré que esperar a que sea de noche para que me des el regalito… - inclinó la cabeza. – dame una pista.
- No, si no ya lo sabrás.
Él cogió su cara por las mejillas y le devolvió el beso, con lengua, tan profunda y excitante, que hizo que Elena anhelara la fuerza de su cuerpo, su abrazo, su todo. De repente, la levantó.
- Al agua vas… - murmuró, dejándola caer en el río. Elena gritó.
- ¡Damon! – dijo apartándose el pelo chorreante de la cara y haciéndolo a un lado. Abriendo la boca, asombrada. - ¡Damon Salvatore vas a morir! – intentó salir del agua, pero el peso de esta en el albornoz hizo que perdiera el equilibrio y volviera a caer. - ¡Ah! – se quejó, histérica.
Desabrochó el cinturón del albornoz y lo dejó caer en el césped. Damon se quedó embobado, mirando su cuerpo desnudo, temblando de frio, húmedo. La lujuria empezó a crecer en él. Vio como Elena colocaba una pierna en una de las piedras cerca del césped para subir. Él se puso en cuclillas y la cogió del tobillo. Así, con una pierna en lo alto y la otra reposando en el agua, tenía una visión perfecta, ni montañas, ni mar, ni ríos, ni paisajes, ni . El sexo de Elena era lo mejor que sus ojos podían ver. Elena lo miró interrogativa.
- Quédate así, mi nena… - se inclinó hacia adelante y paseó sus labios por los vaginales de ella. Colocó la mano sobrante en la cintura de Elena y la paseó. Sintió su piel de gallina. - ¿tienes frió?
- Oh, no… - dijo ella irónicamente. – es que un idiota me acaba de tirar al río.
- Mmh… me pones cuando te cabreas.
Ella se sonrojó.
- Tranquila, yo ahora te caliento… - recorrió su tripa con la mano y besó su monte de Venus. Acarició sus pliegues con el dedo índice y paseó la lengua por su interior. Un suspiro se escapó de la boca de Elena. Agarró el pelo de Damon e hizo que se hundiera en su vagina, sintiendo como comía de ella.
Damon apartó las manos de Elena, aun que ella siguió con la misma posición. Y él siguió moviendo su boca expertamente, sabía justo donde darle. Dejó caer su albornoz al lado del empapado de Elena y terminó por levantarse. Elena se quejó.
- Espera… tengo otra cosa para ti… - dijo masajeándose la erección. – y creo que prefieres esto…
Elena asintió, mordiéndose el labio. Siempre sabía exactamente que decir para excitarla.
- Si no me equivoco te prometí cumplir tus fantasías… - besó su cuello, mordisqueando hasta el lóbulo de la oreja. – y una que deseabas es que hiciéramos el amor en el exterior, aquí lo tienes.
Hacía frió joder, muchísimo más que en Los Ángeles. Pero no estaban pendientes de la temperatura, al menos no de la del ambiente. Damon se metió en el río con ella.
- Mierda – masculló – está helada.
- ¿No me digas? – se burló Elena. – no siento las piernas.
Damon volvió a besarla.
- No te preocupes, pronto dejaras de sentir todo el cuerpo. – La levantó por los músculos y salió del agua, con ella a cuestas. Buscó algún apoyo.
Una piedra grande le sirvió para recostar a Elena. Le abrió más las piernas y se colocó en su entrada.
- ¿Estás caliente para mí? – le preguntó un Damon salvaje.
- Si… - dijo Elena alzando las caderas para invitar a Damon.
No hizo falta nada más. Una fuerte sacudida de caderas y se encontró adentro de ella. Movió las caderas en círculos, metiéndose aún más en su cuerpo. Observó la expresión de la cara de Elena.
- Eres preciosa… - dijo gimiendo. – Te amo, te amo Elena Gilbert.
- Yo a ti, Damon. – se agarró a él y siguió el compás de las caderas de Damon, para empezar a moverse coordinados. – Cielos, esto es tan bueno… - jadeó, viendo el punto de unión entre Damon y ella.
- ¿Te gusta lo que ves? – le murmuró en el oído. – Obsérvalo, míralo, mira como tu coño se traga mi polla…
Elena se arqueó al oír esas sucias palabras. Le gustaba, joder si le gustaba que Damon le hablara de ese modo. Se acercó a su cara. Le lamió la comisura de los labios, recorrió con los suyos la tensa mandíbula de Damon, hasta llegar a la oreja.
- Sigue, sigue… - gimoteó, haciendo que el miembro de Damon endureciera adentro suyo. – me gusta, me gusta mucho lo que haces…
Hubo algún cruce de miradas, mientras Damon aumentaba el numero de embestidas, rápido, se la quería follar duro, mucho. Quería oírla gritar, quería que se corriera con fuerza, encima de esa maldita roca, alrededor de él. Quería que le entregara su alma, su corazón, su todo, como él lo había hecho con ella.
Era increíble llevaban todo el día, allí tumbados, tapados con un simple albornoz. Y ahora observaban las estrellas, juntos. Una noche romántica, perfecta en la isla de Galesnjak. Habían estado hablando de tantas cosas, riendo, enfadándose en broma, coqueteando. Sabiendo, encontrando el punto de felicidad. La compatibilidad de ambos daba al cien por cien. Parecían inseparables.
Pero a veces las cosas dan giros de trescientos sesenta grados…
- Damon… - Elena se acurrucó en su pecho, aún húmedo. Le había tocado a ella tirarlo al río. Y se notaba mucho que él se había dejado caer. Porque sinceramente, Elena no podía con Damon. Pero le hizo gracia.
- Dime mi amor. – apartó los mechones húmedos. Que ahora parecían de un castaño intenso a causa de la oscuridad, y a la vez, de un tono más rojizo, por la luz del cuarto de luna.
- ¿Qué es el regalo? – suspiró, haciendo dibujitos en su pecho.
- La luna. – le besó la cabeza.
Elena se rió.
- No puedes regalarme la luna.
- Por ti, haría lo que fuera. Te aseguro que si fuera posible llegar hasta ella y bajártela, lo haría. – ella le sonrió, enternecida. Buscó sus labios para saborearlos. Una vez más, de nuevo.
- Eres hermoso. – dijo mirándolo a los ojos, donde se podía ver a ella misma, en esas limpias pupilas, oscuras como el mismo mantel del cielo.
Damon le dedicó otra sonrisa. Y de la nada, apareció la cajita de antes.
- ¿Puedo? – dijo Elena, contenta.
- Si, ahora si… - suspiró mirándola. Un suspiro, ¿quizás de amor? – creo que es el momento.
- A ver, a ver… - Desabrochó primero el lacito. Y después rascó los trozos de celo, con cuidado. Damon amaba observar esos pequeños detalles. Eso que ella hacía, con plena delicadeza.
- ¿Sabes que hoy he descubierto una cosa en ti?
- ¿A si? – dijo Elena concentrada en lo que estaba haciendo: desenvolver su regalo. - ¿Cuál?
- Tienes una peca… - metió la mano entre sus piernas. – justo aquí… - murmuró. Elena se estremeció, riendo a la vez.
- ¡Damon! – rió y mordió su hombro, juguetona.
- Te amodoro. – dijo, simpático.
- ¿Qué?
- Te amodoro. – repitió.
- ¿Eso qué es? – dijo prestando atención ahora a Damon.
- Te amo y te adoro. A la vez. Más intenso.
- ¿De verdad? – rió. - ¿Una nueva palabra?
Damon asintió.
- La nuestra. – acarició con los nudillos su brazo. - ¿Vas a terminar de abrir eso? – sonrió. Elena asintió y terminó de quitar el último trozo de celo. Sacó una caja. Ahora, azul marino. - ¿preparada? – el pulso de Damon temblaba. Ella hizo una breve pausa, aun que se moría de curiosidad.
- Damon, tu no eras así. – dijo, frunciendo el ceño.
- ¿Cómo?
- No te ponía nervioso nada. No eras cariñoso. – miró la expresión de Damon. – no te ofendas, cariño. Tenías un carácter frívolo.
- Pero es que tú me has cambiado. – dijo, desviando la mirada hacia el vació.
- ¿Yo?
Damon asintió de nuevo.
- Nunca me he enamorado. Y lo que siento por ti es más que eso. Nunca he dependido de nada. Ahora eso ha cambiado. Porque dependo de ti. Te necesito, Elena. Te quiero, te amo. Pero también te necesito.
Elena empezó a llorar. Damon la abrazó.
- Abre la caja, por favor. – le pidió él.
Elena intentó dejar de temblar, de llorar, pero no podía. Y entre lágrimas, se inclinó hacia adelante y destapo la caja, dejando la tapa a un lado. Un anillo de plata de ley, con un zafiro pequeño en medio yacía entre suero blando en el centro de la superficie de la caja. Elena entreabrió la boca. Sintió como Damon la abrazaba, poniendo sus cálidas y grandes manos en sus hombros. Cuándo le susurró cerca del oído:
- Cásate conmigo.
