Mente rota, alma quebrada

La cámara de los secretos

Harry había vuelto a casa de los Dursley. Algunas cosas estaban mejor, otras peor. Seguía en la segunda habitación de Dudley, pero todas sus cosas relacionadas con el mundo mágico habían sido puestas bajo llave en el armario debajo de la escalera. Seguramente iba a tener problemas por no haber hecho las tareas de vacaciones, ¿pero cómo podía ponerse a trabajar si le habían sacado todos los libros? A Hedwig tuvo que soltarla y le indicó que fuera a Hogwarts y que no volviera, tío Vernon había amenazado con matarla.

La primera cosa que su tío le preguntó el mismo día de su regreso fue si había contado algo sobre ellos. Harry le aseguró que no, pero tío Vernon no le había creído. Recurrió a los cinturonazos para sacarle la verdad. Boy salió de inmediato gritando que no había contado nada, pero Vernon no se sintió satisfecho sino hasta media hora después y lo mandó muy maltrecho a encerrarse en su cuarto. Harry se había despertado al día siguiente, ya curado y sin recordar nada de la brutal azotaína. Hubo muchas otras durante el verano, pero Harry nunca se acordaba, Boy salía siempre para sufrirlas.

Rose salía todos los días para trabajar en el jardín y para cocinar pero tía Petunia ya no la admitía en las sesiones de té con sus amigas. Para Rose había sido una gran decepción, le gustaban esas reuniones. Silas estaba muy inquieto pero era consciente de que no era conveniente que saliera, poco o nada era lo que podía hacer en lo de los Dursley. Gabriel también se sentía nervioso pero para él era más difícil contenerse. Tanto el uno como el otro dormían de cuando en cuando pero la mayor parte del tiempo iban siguiendo lo que pasaba a través de los ojos de Harry.

Una mañana hacia fines de julio, Rose estaba trabajando muy contenta en el jardín hasta que salió Dudley y vino a fastidiarla. Rose no oía las cosas que le decía pero podía percibir la animosidad y quizá también algo de aprensión en su primo. Cuando Dudley le dio un empujón, Gabriel no aguantó más y saltó al exterior tomando el control.

—¡¿Qué me estás mirando, anormal!? —le gritó Dudley, Gabriel lo había taladrado con ojos amenazadores.

—Estaba considerando cuál sería el mejor hechizo para prenderle fuego a tu ropa. —contestó Gabriel con una sonrisa maliciosa.

Dudley se puso lívido. —No… no podés… Papá me dijo que no podés hacer ma… magia acá… que te iba a echar a patadas si llegabas a hacer algo así… y vos no tenés adonde ir… no tenés amigos que quieran recibirte.

—¿¡Qué podés saber vos de mis amigos?! —le espetó Gabriel acercándosele intimidante— Tengo montones.

Dudley retrocedió un paso. —¡Mentira! Si eso fuera verdad te habrían escrito hoy. —replicó Dudley recuperando en parte la confianza en sí mismo— Es tu cumpleaños, ¿o no? Pero vos no tenés ningún amigo, anormal.

Gabriel alzó ambas manos y empezó a mover los dedos frente a la cara de Dudley. —Sinsalabín, birlibirloque, pirlimpimpín, chinchulín… —musitó maliciosamente.

—¡MAMÁ! —chilló Dudley aterrado y salió disparado hacia la cocina —¡MAMÁ! ¡Está haciendo eso que ya sabés!

Silas le puso muy mala cara cuando Gabriel volvió a entrar, Gabriel tuvo la decencia de mostrarse un poco avergonzado y mirando hacia Harry que dormía sobre el sofá susurró una disculpa. Boy había salido para recibir el castigo severísimo. Tía Petunia le propinó una lluvia de sartenazos, quedó en tal mala condición después de la golpiza que ella misma tuvo que llevarlo a la rastra a su habitación porque Boy no podía levantarse siquiera y ni hablar de poder caminar.

—Tenemos visitas importantes esta noche. —le siseó ella furiosa— Más te vale que no hagas ni el menor ruido, o Vernon va a subir y te va a enseñar lo que es bueno, ¿entendiste?

—Perdón… sí… me voy a portar bien… —gimoteó Boy arrollado sobre sí mismo como una pelota temblorosa, las lagrimas le bañaban la cara y sus lamentos resonaban en las paredes— Perdón, perdón… me voy a portar bien… perdoname… voy a ser bueno… no me pegues más… por favor… me voy a portar bien…

Petunia salió y cerró con llave. Boy quedó acurrucado sollozando y hamacándose suavemente en agonía. Pero su magia ya había empezado a actuar para mitigar el dolor y curarlo. Harry se despertó varias horas más tarde. Trató de desperezarse pero los músculos todavía le dolían, soltó un gran bostezo, con cierta dificultad se puso de pie y, tambaleante, se encaminó hasta la cama y se acostó. Estaba tan exhausto que no se había dado cuenta de que no estaba solo en el cuarto.

La criatura se paró de golpe al pie de la cama y lo saludó con una profunda reverencia. Harry encogió las piernas sobresaltado. El visitante tenía orejas inmensas, aleteantes y grandes ojos, verdes y saltones, del tamaño de pelotas de tenis. Medía ochenta centímetros como máximo, y no lucía amenazador, particularmente porque iba vestido con una funda de almohada.

Y fue así que Harry conoció a Dobby, oyéndolo advertirle que no debía volver a Hogwarts. Pero Harry sabía que no podía quedarse en casa de los Dursley. Ya sabía cómo era Hogwarts y de ninguna manera estaba dispuesto a cambiarla por una vida con los Dursley.

Cada ruido que hacía la criatura lo hacía estremecer, tío Vernon podía aparecer en cualquier momento para ver qué pasaba.

Pero todo cambió radicalmente cuando se enteró de que Dobby le había estado reteniendo las cartas. Primero sintió alivio, sus amigos no lo habían olvidado. Inmediatamente se enojó, pero cuando quiso arrebatarle las cartas, el elfo escapó escaleras abajo. Harry lo persiguió tratando de hacer el menor ruido posible, el corazón le latía desbocado y doloroso en el pecho.

—¡No! —dijo ahogando un grito cuando vio el postre de tía Petunia flotando en medio de la cocina— ¡Por favor! ¡Me van a matar!

—Harry Potter debe prometer que no va a volver a Hogwarts. —insistió el elfo.

—Dobby… ¡por favor! —gimió Harry. Sentía que la cabeza iba a explotarle en cualquier instante.

—Prométalo, señor.

—¡No puedo! ¡No puedo quedarme acá! ¡Tengo que volver! —suplicó Harry.

—Entonces Dobby debe hacerlo, señor, por el bien de Harry Potter.

Y lo hizo.

Más tarde llegó la carta del Ministerio amenazándolo con la expulsión de la escuela si se repetían episodios como ése.

Tío Vernon sonrió pérfidamente cuando la leyó.

Las golpizas de los tres días siguientes fueron casi continuas. La magia de Boy no bastaba para curarlos, apenas empezaba a recuperarse de una venía otra más brutal que la anterior.

Silas y Gabriel no podían ver qué era lo que pasaba porque Boy, como siempre, bloqueaba todo. Pero sí podían sentir que se iban quedando sin energía. Si seguían así se iban a morir. Silas y Gabriel peleaban constantemente, pero ninguno de los dos podía salir porque el dolor físico anclaba a Boy en el exterior. Así y todo discutían porque querían ser el primero en tomar el control apenas hubiese un atisbo de oportunidad.

—¡Yo soy el que mejor nos puede proteger! —aulló Gabriel.

—¡Pero yo soy el mejor cuando se trata de mantenernos vivos! —contraargumentó Silas— No tenemos que buscar la forma de presentar batalla, tenemos que buscar la forma de poder escapar.

Por suerte no fue necesario que redimieran las diferencias porque esa tercera noche tras los terribles castigos, Ron y los mellizos vinieron al rescate en el auto volador. Los Weasley quedaron horrorizados cuando vieron los barrotes que clausuraban la ventana y más aun cuando oyeron los sollozos y gemidos.

—¡Harry, Harry…! —gritó Ron— ¿Estás bien? ¡Contestame!

Boy alzó la cabeza y miró hacia la ventana. Hizo una mueca cuando los vio, el llanto aumentó de volumen y se acurrucó incluso más que antes. Silas y Gabriel dejaron de discutir y se pusieron a trabajar juntos, nadie de Hogwarts debía enterarse de Boy, las consecuencias podían ser terribles.

Con mucho esfuerzo lograron que Boy entrara y que saliera Harry. Silas ignoró los llantos histéricos de Boy en su armario, sabía que lamentablemente nada podía hacer por él. Gabriel igual se sentó junto la puerta cerrada del armario, a Boy no le gustaba que lo miraran y mucho menos que lo tocaran, y trató de calmarlo un poco con palabras de consuelo.

Harry se sorprendió muchísimo de ver a sus amigos allí, pero enseguida se puso muy contento. No hizo caso alguno de los dolores remanentes, por suerte la mayor parte del daño ya había sido curada. Gracias a los mellizos pudo recuperar sus cosas de la escuela y poco después escaparon en el auto volador.

A Harry le encantó La Madriguera y en ningún momento notó las miradas muy preocupadas que le dirigían de tanto en tanto los Weasleys adultos. Silas juzgó prudente que ninguna de las personalidades saliera hasta que estuvieran de vuelta en Hogwarts. Gabriel refunfuñó un poco pero finalmente se avino.

oOo

Unas semanas más tarde fueron a Diagon para comprar los útiles. Harry aterrizó equivocadamente en Borgin & Burkes y fue testigo involuntario de la extraña venta de los Malfoy. Por la tarde conoció a Lockhart y estuvo presente en el entredicho entre el señor Weasley y Lucius Malfoy en Flourish & Blotts.

Para el 1º de septiembre casi que lamentó tener que regresar a la escuela, la había pasado tan bien durante esas semanas sintiéndose parte de una gran familia. Pero así y todo extrañaba Hogwarts.

Casi que tuvo un ataque de pánico cuando la barrera de la plataforma 9 ¾ quedó bloqueada y no pudieron pasar. En el interior, Silas revoleó los ojos, ¿qué importancia tenía que no pudieran tomar el tren? De un modo u otro los Weasley se encargarían de llevarlos a Hogwarts y hasta era posible que se libraran de tener que asistir a la aburrida ceremonia de selección.

Gabriel chilló de entusiasmo cuando Harry y Ron decidieron usar el auto volador para llegar al castillo. Silas lo miró con muy mala cara.

—Oh, vamos, Silas… ¡va a ser muy divertido!

Pero ni siquiera Gabriel lo consideró divertido más tarde cuando el motor del auto empezó a fallar. Salió de inmediato para controlar la situación cuando Ron entró en pánico. Se apoderó del manubrio y apuntó intecionalmente hacia el árbol con el propósito de atenuar la caída.

Logró su propósito, pero de inmediato el sauce irascible empezó a atacarlos. Gabriel quedó perplejo por unos segundos pero se recuperó rápidamente. —¡Marcha atrás! —gritó y finalmente pudieron escapar de los golpes del temperamental árbol. El auto los expulsó sin miramientos poco después y se alejó desapareciendo en el Bosque Prohibido.

Superado el peligro crítico, Gabriel entró dejándole el lugar a Harry, que no entendía bien qué era lo que había pasado.

Snape los encontró poco después y los condujo a los subsuelos asegurándoles que los expulsarían. Harry se retrotrajo horrorizado y Silas se hizo cargo. Probablemente iba a tener un duelo de voluntades e ingenio con el profesor, pero no creía que hubiera motivo de preocupación. Estaba seguro de que no iban a expulsarlos, ¿quién se atrevería a expulsar a El Niño Que Sobrevivió? Y Dumbledore quería a Harry bien cerca para poder controlarlo mejor.

Ante Snape, McGonagall y Dumbledore, Ron explicó plañidero lo que había pasado. Dumbledore hizo todo un acto mostrándose supuestamente muy decepcionado.

Silas agachó la cabeza para ocultar una mueca de desdén. ¡Al diablo con el director! La decepción era fingida. ¡Viejo manipulador! Seguramente estaba encantado por la temeridad que había demostrado Harry. Dumbledore iba a necesitar esas cualidades en su arma de guerra. Pero Silas no demostró nada de lo que realmente pensaba, se limitó a mostrarse lo más contrito posible, era lo que se esperaba de él en esa situación.

Superada esa etapa consideró que ya no hacía falta y le dejó el lugar a Harry.

—Vamos a juntar nuestras cosas… —decía Ron en ese momento con voz desamparada. Una vez más Harry no sabía qué estaba pasando, otra de esas lagunas.

—¿De qué está Ud. hablando, señor Weasley? —preguntó McGonagall frunciendo el ceño.

—Nos van a expulsar, ¿no es así?

—Eso no ocurrirá… al menos no hoy. —dijo Dumbledore.

Harry suspiró aliviado. Aceptó sin contrariarse la penitencia que les impusieron, hubiera aceptado cien con tal de poder quedarse.

Pero el alivio le duró poco. Al día siguiente durante el desayuno llegó el vociferador de la señora Weasley. Harry se sintió muy mal, el señor Weasley iba tener muchos problemas en el trabajo por causa de ellos.

Las cosas no mejoraron, todo lo contrario, ese mismo día tuvo que aguantar a Lockhart que en la clase de Herbología se las arregló para ponerlos en ridículo ante todos, a sí mismo y a Harry.

Y se complicaron incluso más. Ron estaba de muy mal humor porque la varita rota y reparada funcionaba pésimo y Oliver se mostraba más fanático y exigente que nunca durante los entrenamientos. Y a eso había que sumarle las habituales peleas con Malfoy y los Slytherins.

A Silas todas esas "nimiedades" poco le importaban. Salía todas las noches e iba a estudiar a la biblioteca. El único que le significaba algún inconveniente a veces era Gabriel, que quería salir para "darles su merecido a los Slytherins", contenerlo no era siempre fácil pero la opinión de Silas terminaba imponiéndose.

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Ese primer sábado del año, McGonagall les informó que iban a tener que cumplir la penitencia, a Ron le tocó con Filch, a Harry con Lockhart. El presuntuoso mentecato estaba contestando el correo de sus fans.

—Vos vas a ocuparte de ponerle las direcciones a las respuestas. —le indicó Lockhart— La primera es para… Gladys Gudgeon… una gran admiradora… ¿qué te parece si pedimos un servicio de té para encarar el trabajo con más brío?

Harry había estado escribiendo los sobres durante más de una hora cuando notó que el profesor se había puesto de pie y se había parado a espaldas de su silla. Se puso rígido cuando las manos de Lockhart se posaron sobre sus hombros y empezaron a frotárselos.

—Estás muy tenso. —le dijo con tono amable— Tratá de relajarte… ¿esto ayuda?

El masaje no era desagradable. Harry asintió en silencio. Lockhart sonrió y se animó a bajar un poco por la espalda. Poco después le hizo sacar la toga escolar y continuó sobándolo. Harry empezó a sentirse incómodo, nadie lo había tocado nunca antes de esa forma.

—Quizá sería conveniente que te sacaras la camisa. —dijo el profesor— Tengo un aceite perfumado, regalo de una admiradora, que obra maravillas para desatar los nudos musculares.

—Este… no sé si… —masculló Harry nervioso.

—Oh, vamos, Harry… nosotros tenemos mucho en común… somos famosos… no seas tímido. Y se trata sólo de un ungüento pero tiene virtudes milagrosas, te lo aseguro.

Harry finalmente aceptó. El aceite se sentía cálido sobre la piel y los masajes iban aflojándolo y comenzó a sentirse liviano y algo mareado, como si flotara. Sonrió. Era una sensación extraña. Una vocecita muy en el fondo de su mente pareció susurrarle que eso que pasaba no estaba nada bien, pero no le prestó atención. Y se sentía muy agradable, ¿por qué iba a estar mal?

Los manoseos se multiplicaron. Cuando las manos de Lockhart empezaron a desabrocharle el cinturón, intentó impedirlo haciéndoselas sacar.

—Shh… Harry… está todo bien… y se va a poner mejor aún… no tenés nada que temer…

Dejó de oponer resistencia y se dejó llevar por las ondas de placer. El entorno pareció desdibujarse por unos momentos. Poco después se dio cuenta de que Lockhart estaba de rodillas delante de él… ¡lamiéndosela! ¡No! ¡Eso no podía estar pasando! Quería gritar, pero parecía haber perdido la voz. Era una situación que no podía manejar y recurrió para enfrentarla al método que ya le había dado resultado en ocasiones anteriores. Y nuevamente algo de él se fragmentó y se separó.

—Te gusta, Kitten [gatito]… ¿no es así? —ronroneó Lockhart.

Los ojos se le cerraron y empezó a lanzar gemidos de placer, sí que se sentía agradable. Echó un poco la cabeza hacia atrás y arqueó ligeramente la espalda… las sensaciones eran totalmente nuevas y muy placenteras. Lockhart contuvo una exclamación complacida por la reacción obtenida y comenzó a masturbarse mientras proseguía trabajando con la boca.

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Silas miró con tristeza al chico que dormía en el sofá. Gabriel caminaba de un lado al otro furioso, quería salir en ese mismo instante y coser a maldiciones al muy hijo de puta. Pero la nueva estaba en su elemento y resultaba imposible desplazarla. Media hora después, Harry se desvaneció y una mujer joven apareció en un rincón. Les sonrió seductora y muy satisfecha.

A los dos chicos les dio la impresión de que era un poco mayor que ellos, de quince o dieciséis quizá. Llevaba puesto un vestido rojo sangre de cuello alto y sin mangas. Muy ceñido al cuerpo, los pechos se le destacaban rotundos. La pollera le llegaba a los tobillos pero tenía sendos tajos a cada lado que subían hasta las caderas. El cabello era de un caoba muy oscuro y largo hasta por debajo de los hombros. Iba descalza. El flequillo y unas mechas laterales le enmarcaban muy bien el bello rostro. Los ojos eran marrones oscuros. Los labios muy rojos y suculentos se fruncían dibujando un delicioso mohín tipo puchero.

Los chicos pudieron sentir la magia que la rodeaba como un sutil halo de glamour y de atracción, como el de los veela. Por suerte a ninguno de los dos lo afectó. Silas quedó desconcertado y Gabriel le puso muy mala cara cuando ella les sopló un besito y se encaminó hacia la nueva puerta que había aparecido meneando las caderas provocativamente. El llanto de Boy en su armario había aumentado el volumen de golpe.

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Harry se removió incómodo en su silla al escribir la siguiente dirección, seguramente había sufrido otra laguna porque las velas parecían haberse consumido de golpe. No le gustaban las miradas que le lanzaba el profesor. Trató de concentrarse en el sobre, se sentía muy nervioso y quería irse cuanto antes de allí.

—¡Oh, pero qué tarde se ha hecho! —exclamó Lockhart de repente— Creo que ya es hora de que vuelvas a tu Casa. Espero que sabrás guardar nuestro divertido secreto. No sea que haya otros que se sientan celosos. —dijo sonriendo intencionado.

—Sí, señor. —contestó Harry al tiempo que se ponía de pie y se cargaba la mochila al hombro.

—Así me gusta. —dijo Lockhart sonriendo una vez más— Nos veremos mañana en clases.

Entró a la sala común sintiéndose todavía algo mareado. Era muy tarde y estaba casi vacía. Fue directo a su dormitorio. Dio gracias de que todos ya estuvieran durmiendo, no estaba como para contestar preguntas esa noche. Se acostó poco después y se quedó dormido apenas posó la cabeza sobre la almohada.

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Pasaron dos meses. La nueva personalidad se había bautizado a sí misma Kitten. Los chicos se negaron a llamarla de esa forma y optaron por acortarlo a Kit. Era como Rose y Boy, dormía la mayor parte del tiempo y salía sólo cuando la situación lo requería. Desgraciadamente había sido preciso que tomara el control otras tres veces durante esos dos meses. Como pasaba con Boy, los otros no podían ver lo que ocurría cuando ella estaba afuera. Tenían que conformarse con preguntarle lo que había pasado cuando volvía. Era difícil entenderla porque siempre estaba muy somnolienta cuando volvía a entrar. Así y todo, Silas había podido inferir que Lockhart no había avanzado más allá de los besos, los manoseos y las mamadas.

Él y Gabriel habían conversado varias veces sobre la conveniencia de recurrir a algún profesor para contarle todo. La idea no los entusiasmaba porque era muy posible que la condición de Harry terminara saliendo a la luz. Además Gabriel quería decírselo a McGonagall y Silas no quería saber nada al respecto, la profesora era demasiado leal a Dumbledore. Para Silas la mejor opción era Snape. Finalmente decidieron que dejarían por el momento que las cosas siguieran su curso sin revelarle nada a nadie.

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Harry, Ron y Hermione cumplieron la promesa que le habían hecho a Nick y asistieron a la fiesta de los fantasmas. Era lo menos que podía hacer Harry porque Nick lo había salvado del castigo de Filch por haberle ensuciado el suelo con barro después de la práctica de quidditch.

Cuando volvían esa noche, Harry se detuvo de repente en medio del pasillo.

rasgar… destripar… matar…

La voz había sonado fría, sedosa y asesina. Tuvo que apoyarse contra la pared como para sostenerse. Ron y Hermione se volvieron a mirarlo sorprendidos. Ella abrió la boca para decir algo, pero Harry la contuvo alzando una mano.

tan hambriento… durante tanto tiempo…

—¡Escuchen! —exclamó Harry— ¿Lo oyen? ¿Qué es?

matar… llegó la hora de matar…

La parecía que se iba alejando. ¿Por qué sus amigos no alcanzaban a oírla? Pero se trataba claramente de una amenaza. ¡Alguien iba a resultar lastimado! Gabriel tomó el control. —¡Síganme! —ordenó y apresuró la marcha hasta el Hall de entrada. Del Gran Salón les llegó el bullicio del banquete de Halloween. Gabriel los guió por la escalera de mármol que subía al primer piso.

—Harry, que es lo que…

—Shh… —la hizo callar Gabriel al tiempo que sacaba la varita y aguzaba el oído. Desde el piso superior le llegó nuevamente la voz.

puedo oler la sangre… sangre deliciosa…

—Va a matar a alguien. —explicó Gabriel sobresaltando a los otros dos. Pero Gabriel no se detuvo, apresuró los pasos subiendo hasta el segundo piso. Los otros dos venían un poco más atrás, jadeando.

—Harry, ¿de qué se trata? —insistió Ron limpiándose el sudor de la frente— Yo no oigo nada…

Hermione contuvo una exclamación en ese mismo instante y señaló con un dedo hacia la pared del corredor. —¡Miren!

Gabriel decidió que no había llegado a tiempo para impedir lo que sea que había pasado y retrotrajo. Harry volvió a salir. Miró alrededor confundido, no sabía dónde estaban. Ya estaba acostumbrado, sin embargo. Se encogió de hombros y siguió a sus amigos. Había un charco de agua en el suelo y la señora Norris colgaba rígida como piedra de un portaantorcha de la pared. Sobre las piedras del muro en grandes letras rojas podía leerse.

LA CÁMARA DE LOS SECRETOS HA SIDO ABIERTA

¡ENEMIGOS DEL HEREDERO, TENGAN CUIDADO!

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Toda la escuela estaba muy convulsionada. Ron y Hermione estaban muy ansiosos por averiguar todo sobre la cámara, pero Harry tenía sus reparos. Sobre todo porque la mitad de la escuela estaba convencida de que él era el heredero. Hermione se sentía muy frustrada, todo lo que había logrado averiguar sobre la cámara en una semana se reducía a la información fragmentaria que les había dado Binns en una de sus clases.

Ese día durante la clase de Defensa, ella abordó a Lockhart y con un poco de adulación bien administrada consiguió que le firmara un permiso para poder acceder a la Sección Restringida.

—Así que mañana es el primer partido de la temporada, Harry —dijo Lockhart— Gryffindor contra Slytherin, según tengo entendido. Todos afirman que sos un excelente jugador. Yo también fui buscador en mis años mozos y hasta tuve ofertas para jugar profesionalmente, pero las rechacé porque quería dedicar mi vida a erradicar las fuerzas oscuras. Así y todo si considerás conveniente que te dé algunas lecciones privadas no vaciles en pedírmelo. Siempre estoy dispuesto a ayudar con mi experiencia a otros jugadores menos aventajados.

Harry contestó con un gruñido y se apresuró a seguir a sus amigos fuera del aula.

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El partido fue terrible. Ganaron, pero Dobby había encantado una bludger para que lo persiguiera. Y después Lockhart alardeando de sus conocimientos médicos le había hecho desaparecer los huesos del brazo. El proceso de hacerlos volver a crecer fue dolorosísimo, el que salió a soportarlo fue Boy, naturalmente. Por suerte estuvo solo casi todo el tiempo y nadie se dio cuenta de su extraño comportamiento.

A la mañana siguiente hallaron a la segunda víctima: Colin Creevey.

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Harry participó sólo pasivamente en la preparación de la polijugos, la poción les iba a permitir poder interrogar a Malfoy durante el receso de navidad. Por lo menos ese año Ron y Hermione iban a quedarse también.

Pero, desgraciadamente, ocurrió algo antes que le arruinó las vacaciones. A mediados de diciembre, Lockhart creó un club de duelo. Harry y Ron no querían saber nada al respecto pero Hermione los obligó a inscribirse. Todo venía desarrollándose bastante bien, al principio, hasta que lo emparejaron con Malfoy. Y en mitad del duelo Malfoy conjuró una serpiente.

—No se mueva, Potter —advirtió Snape con tono aburrido— Yo me ocuparé de ella.

—No se moleste, profesor. —se le adelantó Lockhart— Este tipo de cosas son mi especialidad. —afirmó al tiempo que la apuntaba con la varita.

La serpiente se elevó en el aire y volvió a caer pesada y dolorosamente al suelo. El reptil siseó furibundo y se enrolló sobre sí mismo y desnudó los colmillos dispuesto a atacar a la víctima más cercana, Justin Finch-Fletchey.

Gabriel entró en acción de inmediato. Se aproximó con tres zancadas y habló con tono imperativo. —¡Dejalo tranquilo!

La serpiente pareció deponer toda la hostilidad como por arte de milagro.

Gabriel sonrió satisfecho y le devolvió el control a Harry. Que se encontró de golpe frente a frente con la serpiente.

Como lo dessess, —siseó la serpiente fastidiada— no atacaré a esstos deplorabless humanoss.

Graciass. —respondió Harry con algo de desconcierto. Pero contento al mismo tiempo porque nadie iba a salir herido. Levantó la vista y le sonrió a Justin. Pero en los ojos del Hufflepuff sólo encontró miedo y enojo.

—¿A qué estás jugando, Potter? —le espetó Justin airado.

Muchos otros también empezaron a recriminarlo acerbamente. Hermione y Ron se apresuraron a sacarlo de allí cuanto antes.

Después le explicaron que el intercambio con la serpiente que a él le había parecido inglés estándar, a los oídos de los demás había sonado como una serie de siseos ásperos e ininteligibles. Harry podía hablar en pársel. Un talento rarísimo considerado oscuro, según se contaba, Salazar había sido uno de los muy pocos con ese don. Harry los miró horrorizado, otra cosa más que lo hacía diferente… no quería saber nada con ese nuevo talento…

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Silas aulló dolorido, de repente había sentido como si lo hubiese atravesado un relámpago. Gabriel corrió de inmediato a sostenerlo porque había empezado a tambalear.

—¿Qué fue eso? —preguntó preocupado.

—Pársel. —respondió Silas con voz débil— Ahora yo soy el único de nosotros que lo puede hablar.

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Las cosas empeoraron de ahí en más. Excepto muy pocos, casi todos se le pusieron en contra. Estaban convencidos de que era el heredero y que su objetivo era matar a los nacidos de muggles. Justin fue el siguiente petrificado.

Hacerse pasar por Crabbe y Goyle, polijugos mediante, no les aportó nada de utilidad. Lo único de cierto interés que le sacaron a Malfoy fue el saber que el señor Weasley había tenido que pagar una multa de cincuenta galeones por el incidente del auto.

Los días fueron pasando transformándose en semanas, la noche antes de san Valentín, Lockhart jugó una vez más con Kit, era la primera vez desde diciembre. El día después Harry encontró el diario. Harry conversó con Riddle pero inadvertidamente para él fue Silas el que le fue suscitando qué escribir.

Ron lo encontró poco después muy alterado tirado sobre la cama.

—¿Qué pasa? —le preguntó frunciendo el ceño preocupado.

—Fue Hagrid, Ron. Hagrid fue el que abrió la cámara hace cincuenta años.

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Ninguno de ellos se animó a confrontar a Hagrid al respecto. Pero la situación se tornó desesperada dos semanas después. Hermione fue petrificada, a Hagrid lo mandaron a Azkaban y a Dumbledore lo obligaron a abandonar el castillo. Las cosas se habían tornado insoportables, todos tenían miedo. La tensión era abrumadora. La única cosa positiva era que las nuevas normas de seguridad mantenían a Lockhart alejado de Harry.

El día que Harry vio un desfile de arañas que aparentemente marchaba hacia el bosque decidió que iba a seguirlas recordando lo que les había recomendado Hagrid. Esa noche se escaparon furtivamente y se encaminaron hacia el bosque, Ron tenía mucho miedo y se lo contagió rápidamente a Harry, así que Gabriel decidió tomar el control.

Gabriel fue el que habló con Aragog —con consejos susurrados por Silas— y el que logró que pudieran escapar vivos. Una vez que le hubieron salido del bosque le cedió otra vez el lugar a Harry. Harry se dio cuenta de que había tenido otra laguna, realmente se habían vuelto muy frecuentes últimamente. Y si bien hasta ese momento les había restado importancia ahora empezaba preocuparse.

Ron despotricó sobre la aventura todo el camino de regreso al castillo, así fue cómo Harry pudo hacerse una idea de lo que había pasado. Realmente le costaba creer que él hubiese sido capaz de hacer todas esas cosas que mencionaba Ron. Según Ron, una de las cosas que había dicho Aragog era que cincuenta años antes sólo había habido una víctima: una chica que había sido asesinada en un baño. ¿Y si acaso nunca se hubiese ido?

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La situación se volvió mucho más seria cuando a la semana siguiente desapareció Ginny. A Lockhart lo habían comisionado para que descubriera dónde estaba y para que la rescatara.

Ron sugirió que fueran a contarle lo que sabían.

—Ah, señor Potter… y señor Weasley… —dijo el profesor cuando abrió la puerta— Eh… en este momento estoy muy ocupado.

—Tenemos importante información que comunicarle. —insistió Ron.

A regañadientes, Lockhart los hizo pasar. La oficina parecía completamente desmantelada.

—¿Se va a algún lado? —preguntó Ron con desconcierto.

—Eh… sí… recibí una llamada urgente y tengo que partir de inmediato.

—¿Y qué de mi hermana?

—En cuanto a eso… realmente es algo muy desafortunado…

—¡Pero Ud. es el profesor de Defensa! —intervino Harry— ¡No puede irse justo ahora con todo lo que está pasando! Esto debería ser fácil para Ud. En sus libros describe situaciones mucho peores de las que salió airoso.

—Mi querido muchacho, trate de aplicar el sentido común. Mis libros no se habrían vendido tan bien si la gente no creyera que fui yo el que hizo todas esas cosas. Nadie quiere oír la historia de un decrépito mago armenio que salvó a una población del ataque de un grupo de licántropos. Imagínenselo en la tapa, daría una pésima imagen. Y la bruja que se deshizo del Banshee de Bandon… tenía labio leporino…

—Entonces, ¿Ud. se acreditó cosas que habían hecho otros?

Harry no podía creer lo que oía. Lockhart le había caído mal desde el principio pero que pudiera reconocer tan despreocupadamente algo así, era propio de alguien muy rastrero.

—Lo siento mucho chicos, pero no puedo permitir que vayan desparramando mis secretos por todos lados. Voy a tener que usar un encantamiento de memoria…

¡Expelliarmus! —bramó Gabriel desarmándolo.

Lockhart sabía que le convenía capitular, por el momento al menos. —¿Qué es lo que quieren que haga?

Gabriel lo contempló unos instantes en silencio. Silas le estaba susurrando lo que debían hacer. Confirmar el lugar de entrada a la cámara, arrojar a Lockhart adentro para que se las arreglara con el basilisco y luego ir a pedirle ayuda a algún otro profesor, pero a uno competente. Gabriel sonrió por la malicia de la sugerencia y cuando habló dio una versión ligeramente modificada.

—Sospechamos donde está la entrada a la cámara. Y lo que hay adentro. Vayamos, así tendrá la oportunidad de añadir una nueva hazaña a su lista.

Myrtle les indicó dónde estaba la entrada. Silas salió un momento para abrirla usando pársel, pero una vez abierta Gabriel retornó y lo desplazó. Ignorando las protestas de Silas, Gabriel se dejó deslizar con los otros por el túnel limoso. No tenían tiempo para ir a buscar a otro profesor. Ginny estaba en peligro de muerte, tenían que salvarla cuanto antes. Harry y todos ellos estaban en deuda con los Weasley que los habían rescatado de los Dursley ese verano.

Silas hubiese querido gritarle de todo al Gryffindor inconsciente pero decidió dejarlo para más tarde, en la situación en que se encontraban no convenía que se distrajera.

Lockhart se lanzó sobre Ron apenas aterrizaron y le quitó la varita. Les lanzó un hechizo pero el tiro le salió por la culata. La fuerza de la maldición produjo una intensa vibración y causó el desmoronamiento de parte del techo.

—Ron, ¿estás bien? —preguntó Gabriel cuando cesaron los desprendimientos.

—Sí, estoy bien… —le llegó la voz de Ron desde el otro lado de la pila de escombros— Lockhart está inconsciente.

—Tratá de despejar un poco los escombros para que podamos salir cuando volvamos. Yo voy a ir a buscar a Ginny.

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Gabriel salió victorioso, mató al basilisco y se deshizo del espectro de Riddle apuñalando el diario, pero el esfuerzo lo dejó exhausto así que fue Silas el que tomó el control para el regreso.

En la dirección estaban McGonagall y los Weasley pero, para gran sorpresa y disgusto de Silas, también estaba Dumbledore. Lo invadió una intensa ola de odio que canalizó como hacían siempre en esos casos hacia Demon.

El muy hijo de puta del director había estado en Hogwarts todo el tiempo. Y prácticamente los había empujado a que actuaran como lo habían hecho, era una nueva forma de poder probar a su Gryffindor/arma.

Silas depositó el diario atravesado por el colmillo, la espada y el sombrero sobre el escritorio. Hizo un breve relato de lo que había pasado en la cámara y contó sobre la participación involuntaria de Ginny en los misterios que habían tenido lugar a lo largo del año.

Luego se retrotrajo y le dejó el lugar a Harry, él también se sentía exhausto.

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Harry se despertó al día siguiente en el ala hospitalaria. Ron y Hermione habían venido a visitarlo, le comentaron que Ginny se estaba recuperando bien y que los exámenes habían sido suspendidos. También le informaron entre otras cosas que Lockhart había sido enviado a St. Mungo al pabellón de enfermos mentales.

Cuando se fueron una hora más tarde se tomó unos instantes para reflexionar. Considerando todo en su conjunto las cosas no habían salido tan mal. Ahora sólo le quedaba tratar de resignarse porque pocos días más tarde le tocaría volver a casa de los Dursley.

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