Mente rota, alma quebrada

Sustitutos

El día del partido de quidditch amaneció con una tormenta feroz. Cuando bajó a desayunar se encontró en el hall con su equipo en pleno, todos parecían muy inquietos.

—¿Qué pasa? ¿Se suspendió el partido?

—Nah… —contestó Fred sonriendo— El quidditch no se cancela por nada. Pero los Slytherin se acobardaron. Vamos a jugar contra Hufflepuff.

—Dieron la excusa de que el brazo de Malfoy todavía no está curado del todo. —explicó George— Pero lo cierto es que no quieren jugar en un temporal como éste.

Harry supuso que Snape ya debía de haberlo sabido la noche anterior, algo había insinuado con eso de "el partido que estaba programado".

—Esto nos viene pésimo. —protestó Oliver muy nervioso— Las tácticas que estuvimos practicando no nos van a servir. Hufflepuff tiene una forma totalmente distinta de jugar. Y además tienen nuevo capitán, Diggory, que es muy buen buscador.

Los otros trataron de calmarlo. Harry miró hacia la ventana e hizo una mueca. Iba a ser imposible avistar la snitch en esa tormenta.

El mal tiempo no disuadió a los espectadores, las tribunas estaban llenas. De tanto en tanto algún paraguas salía volando, arrancado por el viento de la mano de su portador. Los truenos eran estremecedores y los relámpagos constantes.

Los capitanes se estrecharon la mano en el centro del campo y luego todos montaron y emprendieron vuelo. La Nimbus se sacudía mucho por el viento pero Harry se las arregló para controlarla. Aunque no resultaba fácil, estaba empapado y los dientes le castañeteaban. El uniforme mojado pesaba el doble y el vuelo se hacía muy dificultoso. Y encima con la cortina de lluvia y los anteojos mojados no veía prácticamente nada.

Una hora más tarde tenía las manos ateridas al punto de que ya no las sentía. Por fortuna, en ese momento sonó el silbato de madame Hooch. Un intermedio que sonaba a bendición, al menos iba a poder recuperarse un poco.

El equipo se reunió en una de las esquinas al amparo de unos paraguas. Fred usó unos encantamientos para secarlos un poco y George puso otro para entibiarlos. Harry les sonrió agradecido.

—Llevamos cincuenta puntos de ventaja. —gritó Oliver por encima de un trueno— Sería ideal capturar la snitch pronto.

—Pocas posibilidades tengo con éstos. —se lamentó Harry señalándose los anteojos empañados.

Por suerte en ese momento llegó Hermione corriendo, al parecer se había dado cuenta del problema y había venido a ayudar. Le pidió que se sacara los lentes y les puso un encantamiento para que repelieran el agua. Todo el equipo se lo agradeció. Ella se sonrojó complacida.

—¡A ganar el partido! —los animó Oliver y todos montaron y despegaron.

Harry volvió a mojarse y a aterirse casi enseguida, pero por lo menos ahora podía ver mucho mejor. En un momento cuando estalló un relámpago le pareció ver la silueta del Grim en lo alto de una de las tribunas. Pero cuando se apartó las mechas del flequillo de la cara para ver mejor el perro había desaparecido, o quizá se había tratado sólo de una ilusión óptica.

Fue entonces que distinguió un fulgor dorado. ¡La snitch!

Viró hacia la derecha y aumentó la velocidad. Diggory probablemente también la había visto porque volaba en la misma dirección pero más atrás.

Le faltaba muy poco para alcanzarla, sólo un esfuerzo más, la mano estirada casi la tocaba. Y fue entonces que aparecieron planeando sobre el estadio las formas aterradoras y los gritos desgarrados estallaron en sus oídos. Antes de perder el sentido llegó a registrar que estaba cayendo.

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Le dolía mucho la cabeza cuando se despertó. Le costó ubicarse pero lo logró después de unos segundos. Estaba en el ala hospitalaria. Los del equipo y Hermione y Ron estaban alrededor de la cama. Todos empezaron a hablar al mismo tiempo consolándolo, Cedric había capturado la snitch, habían perdido.

Harry no les prestó mucha atención, había empezado a concentrarse en respirar para abortar un ataque de pánico. El efecto de los dementors perduraba, se sentía nauseoso, estaba bañado en sudor y el dolor de cabeza se le intensificó. Se sentó en la cama y abrazó las piernas contra el pecho.

Madame Pomfrey les dijo a las visitas que se retiraran. Obedecieron, pero Ron y Hermione se quedaron. La sanadora refunfuñó un poco pero finalmente cedió.

Sus amigos empezaron a contarle de inmediato lo que había pasado.

—Dumbledore estaba enojadísimo. —dijo ella— Yo nunca lo había visto ponerse así. Él fue el que amortiguó tu caída con un encantamiento. Los otros profesores se encargaron de espantar a los dementors, con esa cosa blanca plateada, la misma que había usado Lupin en el tren.

—Después te pusieron en una camilla y te trajeron acá. —continuó Ron— Pero tu escoba, cumpa…

—Lo siento, Harry… —explicó ella llorosa— Se la llevó el viento y fue a dar contra el Sauce Golpeador…

Harry contuvo un gemido lastimoso y escondió el rostro en las rodillas. Quería que lo dejaran solo. ¿Por qué le estaban contando eso? Le dolía la cabeza y estaba asustado. ¡Qué le importaba lo que hubiera pasado! Pomfrey notó que se estaba alterando más y les dijo a Ron y Hermione que se fueran. La sanadora le indicó que volviera a acostarse pero él no le hizo caso.

Madame Pomfrey bufó un poco pero finalmente se dio por vencida y se alejó. Estuvo durante un rato, que quizá fue bastante largo, meciéndose suavemente en la misma posición. Hasta que sintió una mano que se le posó gentil sobre la cabeza. Alzó la vista. Remus estaba junto a la cama… y Severus también. Soltó las piernas agradecido de verlos, Remus se sentó a su lado y lo envolvió en un abrazo, al tiempo que murmuraba palabras tranquilizadoras y le acariciaba los cabellos.

Harry se sintió algo incómodo porque Severus estaba viendo todo, pero no intentó separarse porque necesitaba el confort del contacto con Remus. Severus, sin embargo, no había dibujado ninguna mueca desdeñosa, en su expresión sólo podía leerse una profunda preocupación. Unos momentos después, Harry se dio cuenta de que estaba llorando en el hombro de Remus.

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Severus había sentido como si la sangre se le hubiese helado en las venas cuando al entrar con Lupin lo había visto meciéndose sobre la cama. ¿El chico había perdido la razón? Sintió gran alivio cuando Harry respondió al abrazo de Lupin. Luego esperó pacientemente hasta que agotó las lágrimas.

—Ahora sería mejor que trates de descansar. Si no pudieras dormir, podés usar esto. —dijo y dejó un frasco de poción para dormir sin sueños sobre la mesita de luz. Harry no sonrió como hubiera hecho en otras circunstancias pero los ojos le brillaron de gratitud y se distendió en el abrazo de Lupin, los ojos se le cerraban exhaustos, probablemente no iba ser necesario que recurriera a la poción.

—Todo va a estar bien, Harry. —se oyó decir Severus— No te vamos a dejar solo. Uno de los dos va a estar al lado de tu cama en todo momento.

Lupin sonrió intencionado. Severus frunció los labios con desdén, giró sobre sus talones y se encaminó hacia la puerta. Alcanzó a oír la voz de Lupin antes de salir. —Te queremos, Harry. Dormí. Te vamos a cuidar y no dejaremos que te pase nada.

Naturalmente, fue lo que le vino a la cabeza a Severus. Y por alguna razón el pensamiento lo asustó.

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Harry estuvo dos días internado. Fieles a su palabra, siempre había por lo menos uno de los profesores a su lado. Severus se sentaba a leer en silencio, pero le había dado también un par de clases sobre Pociones. Remus en cambio le contaba chistes y anécdotas graciosas y constantemente le acariciaba los cabellos como si tratara de acomodárselos. Los dos terminaban riendo ante la total inutilidad de los intentos.

Harry no había hablado mucho, más que nada asentía o negaba con la cabeza, a veces sonreía y otras veces fruncía un poco el ceño. Ni Remus ni Severus lo presionaron y además hacían retroceder a madame Pomfrey cuando empezaba a ponerse fastidiosa. Harry se lo agradeció en silencio y decidió que iba a buscar alguna manera para compensárselo.

Sus amigos habían venido a visitarlo dos veces por día, pero la sanadora nunca les permitía que se quedaran mucho tiempo, los echaba luego de unos minutos dirigiéndole un guiño cómplice a Harry.

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El lunes madame Pomfrey le dio el alta. Harry pensaba que ya estaba en condiciones de afrontar las clases, se sentía mucho mejor, pero apenas entró en el Gran Salón lo atacó el miedo. Tanta gente y tanto bullicio de golpe fue demasiado para él. No, todavía no estaba listo… sintió que empezaba a temblar y gotas de sudor le perlaron la frente… no iba a poder soportarlo y se retrajo.

Silas tomó el control. Los temblores cesaron instantáneamente, el color le volvió a las mejillas, con un gesto distraído se secó el sudor de la frente y se encaminó con andar seguro y elegante hacia la mesa de Gryffindor. Pero Malfoy y sus secuaces se le interpusieron. El Slytherin ya no llevaba el brazo vendado y los ojos le brillaban con animada malicia.

—¿Tuviste un buen viaje, Potter? —lo provocó riendo— ¿Te measte encima cuando aparecieron los dementors? No deberías haberte alterado tanto, estoy seguro de que sólo querían darte un besito.

Silas se adelantó un paso acercándosele y una sonrisa sedosa se le dibujó en los labios. Los Slytherin rugieron de risa, muchos Gryffindors se habían puesto de pie gruñendo enojados. Los ojos de Malfoy se abrieron de sorpresa cuando Silas se acercó incluso más hasta que las caras casi se tocaban. Silas habló en susurros de manera que sólo él alcanzó a escucharlo.

—Tené cuidado, Draco, no sea que vos también termines besado. Vos no contás ni con la décima parte de la habilidad de tu padre y no vas a poder escapar de las consecuencias de tus crímenes tan fácilmente. Yo en tu lugar apelaría más a mis fortalezas y empezaría a poner en juego más astucia y mucho menos arrogancia.

Dicho lo cual, Silas enfiló a su asiento dejando detrás a un Malfoy boquiabierto. Los Gryffindor intercambiaron algunas miradas desconcertadas pero volvieron a sentarse. Silas alzó apenas una comisura. De inmediato Hermione y Ron demandaron saber qué era lo que había hecho. Pero Silas los ignoró olímpicamente. Hermione se quedó bufando ofendida y Ron le puso muy mala cara. Silas empezó a servirse sin prestarles atención. Sí, así las cosas estaban mucho mejor.

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Severus había estado observando a Silas con ojos entrecerrados. Las miradas de ambos se habían cruzado en algunas ocasiones, Silas se había limitado a alzar una comisura al tiempo que agregaba como al descuido otro ingrediente más a la poción que estaba preparando. La poción resultó excelente, naturalmente, pero cuando Ron empezó a entusiasmarse de que finalmente se les estuviera dando una bien, Silas la arruinó agregando a propósito un poco de polvo de jengibre que la transformó en una especie de barro negro inservible.

—¡Harry! —gritó Ron horrorizado.

—Ups, perdón… —dijo Silas sarcástico.

Ron se puso a chillar y Severus lo echó del aula por perturbar la clase, pero antes le sacó veinte puntos. Todos ya estaban terminando y algunos ya habían empezado a limpiar los elementos y el lugar de trabajo. La campana sonó diez minutos más tarde. Ninguno de los Gryffindor se quedó a esperarlo, pero a Silas no podía importarle menos, de hecho tenía una expresión muy ufana en el rostro.

—¿Qué es lo que está pasando? —demandó Severus.

—Sólo estoy sustituyendo a Harry, profesor Snape. —contestó con tono distraído al tiempo que se quitaba una inexistente pelusa de la manga— No se sentía del todo bien para soportar las clases.

—¿Y por qué estás provocando y fastidiando a sus amigos? —preguntó Snape endureciendo la mirada— No creo que él vaya a sentirse precisamente complacido cuando regrese.

—Es lo más probable. —dijo Silas demostrando su acuerdo con un breve asentimiento y entrecerrando los ojos con disgusto— Pero en realidad no me importa. Esos dos imbéciles poco se preocupan por Harry. "Espero que todo esté bien con los Dursley" fue todo lo que escribieron en su momento. Creo que ellos sabían que Harry no estaba nada bien, pero aparte de esas palabras inútiles no agregaron nada más y pasaron a hablar de sí mismos. No los necesitamos, es posible que Harry no sepa lo que es la verdadera amistad, pero yo sí lo sé, y no es lo que ellos le están ofreciendo. Y ahora si me disculpa, tengo que marcharme, se me está haciendo tarde para el almuerzo.

Severus lo observó salir en silencio, lo había dejado sin palabras. Por primera vez desde hacía mucho tiempo no tenía idea de qué hacer.

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Remus se sentía muy confundido. Harry se había ubicado bien atrás y se había pasado todo el tiempo bostezando sarcásticamente de tanto en tanto para poner de manifiesto su aburrimiento. A Harry siempre le habían gustado sus clases. ¿Había hecho algo para que se enojara con él? Y tampoco parecía estar en buenos términos con sus amigos. La confusión de Remus empezó a trocarse en preocupación.

—Harry, quedate unos minutos después de clase. — le indicó cuando sonó la campana. Silas aguardó en su asiento y no se le acercó hasta que todos los demás hubieron salido. —¿Qué es lo que está mal?

—No hay nada que esté mal. —respondió Silas enfatizando cada sílaba— Sólo que me estaba preguntando por qué nos estás enseñando sobre hinkypunks. Esto es Defensa contra las Artes Oscuras, dejá las criaturas para Hagrid, se supone que nos enseñes a defendernos.

—Creo que empiezo a entender. —dijo Remus y le posó una mano sobre el hombro. Silas tuvo que hacer un esfuerzo para no separase. —Estás enojado conmigo porque no te he enseñado a defenderte de los dementors.

—Me consta que vos sabés cómo, en el tren lo espantaste. —dijo Silas con tono frío— No quiero que me malinterpretes, sos el mejor profesor que hemos tenido en esta materia… aunque considerando los anteriores eso no es gran elogio que digamos.

—Lamento haberte decepcionado, Harry. —dijo Remus, el remordimiento y el pesar eran evidentes en sus rasgos.

—Compensámelo entonces. —lo presionó Silas, pero al mismo tiempo trató de adoptar una expresión que se viera más cálida y una mirada que se reflejara esperanzada— Enseñame a defenderme de los dementors. Por favor.

—Es un encantamiento poderoso y difícil, que consume mucha energía mágica. —explicó Remus— Estoy un poco débil porque todavía no me he recuperado del todo. Pero comprendo que vos estés muy ansioso de aprenderlo. ¿Qué te parece si lo dejáramos para después del receso?

Silas consideró por un instante exigirle que empezaran ya mismo, pero sabía que Harry nunca lo perdonaría si provocaba una ruptura con Remus, así fue pues que cedió. Asintió y hasta dibujó una pequeña sonrisa… y soportó estoicamente el abrazo que le dio Remus a continuación.

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Harry volvió a salir cuando Silas regresó a la torre después de la cena. Estaba sentado en la cama con el diario abierto sobre la falda. Silas le había dejado un resumen de lo ocurrido durante el día. Harry se sentía mal por haberse mostrado débil y haber escapado. Se sentía culpable de que Silas hubiese fastidiado a sus amigos, pero le estaba agradecido de que lo hubiese reemplazado, lo había librado de las presiones de todo un día que seguramente habría sido muy duro.

Le escribió unas líneas amonestándolo con mucha indulgencia, dejó el diario y bajó a la sala común. Tuvo que emplear media hora para que Ron y Hermione lo perdonaran. Más tarde, cubierto con el Manto, se escabulló para ir a ver a Severus. Tenía miedo de que se mostrara muy decepcionado, pero Severus actuó calmo como siempre.

—Sentí que era demasiado. —le explicó— Había tanto ruido, todos parecían estar gritando. Quería escaparme para estar solo y en silencio… y creo que eso fue exactamente lo que hice y dejé a un alter en mi lugar.

—Silas. —precisó Severus— ¿Te parece que mañana vas a estar en condiciones de enfrentar la situación?

—No sé… quizá… —suspiró Harry— Humm… sé que es tarde pero… ¿podría tocar durante un rato?

—Podés. —lo autorizó Severus y empezó a desplazar algunos muebles para hacerle lugar al piano.

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Harry tampoco se sintió bien al día siguiente, pero fue Gabriel el que salió a sustituirlo. Las cosas anduvieron muy bien al principio, Hermione y Ron lo notaron más desenfadado que lo habitual pero no se sorprendieron demasiado.

El asunto se complicó en la primera clase: Historia de la magia.

—Ya no lo soporto más. —gruñó y se puso de pie.

La clase había empezado hacía quince minutos y la mayoría de los alumnos ya estaban dormidos. Y a Gabriel se le cerraban los ojos y no había captado ni una palabra de la monocorde perorata del profesor. ¡Eso era una pérdida de tiempo! ¡Tiempo que podría aprovecharse mejor haciendo alguna cosa útil! El profesor Binns pareció darse cuenta entonces de que había un alumno de pie e interrumpió su discurso, algunos alumnos se despertaron un poco cuando se hizo silencio.

—No sé bien cómo será su historia. —dijo Gabriel mirando directo al profesor— Pero es evidente que Ud. siente amor por esta materia. No podría ser de otra forma si viene enseñándola año tras año durante tantos años. Su dedicación es admirable… ¿pero acaso no se da cuenta de lo que está haciendo? ¡Nos pone a todos a dormir! ¡No aprendemos nada de Ud.! ¡Y cuando salimos del aula no nos llevamos nada útil! ¿Es esto realmente lo que quiere que ocurra con su materia? Yo creo que ha llegado la hora de que Ud. siga adelante… de acuerdo a lo que la naturaleza manda. Si no lo hace por Ud. o por nosotros, hágalo al menos por la materia por la que siente tanta devoción.

—No es Ud. quién para cuestionar mis métodos de enseñanza. —respondió Binns con acritud— Quizá si Ud. mostrara más interés y pusiera más esfuerzo…

—No tiene nada que ver con interés o esfuerzo. —replicó Gabriel sintiéndose insultado— Es su trabajo enseñarnos y está fracasando estrepitosamente. Si a algún alumno le va bien es sólo porque cuenta con buenos libros.

—Penitencia, señor Potter. Su jefa de Casa se la asignará más tarde. —dijo Binns y se quedó callado. Estaba recorriendo con la mirada las filas de bancos, a pesar de la discusión eran todavía unos cuantos los que seguían dormidos.

Tantos años… y nunca se había dado cuenta. La silueta del fantasma empezó a agitarse, lo que el chico había dicho era cierto. Lo venía a descubrir en ese instante. En algún momento a lo largo de todos esos años había perdido el ardor de la enseñanza y todo se había vuelto mecánico.

—Tiene razón. —dijo y su voz había sonado distante— Flaco favor le estoy haciendo a la asignatura. —a cada palabra el sonido de su voz parecía alejarse más— Ha llegado para mí la hora de seguir adelante.

Y el fantasma empezó a disolverse delante de los muchos pares de ojos asombrados. Y unos segundos después desapareció por completo. Muchos estaban asustados y no se animaban siquiera a mirar en dirección a Gabriel.

—¿Y eso qué fue, cumpa? —preguntó Ron.

—No creo que haya sido una buena idea. —lo reconvino Hermione.

—Yo no lo obligué a hacer nada que él no quisiera hacer. —protestó Gabriel— Y con una mano en el corazón, díganme si no es mejor así para todos. Esta clase siempre fue una farsa.

—¡Harry Potter! ¡¿Qué hizo ahora?! —lo apostrofó la profesora McGonagall que había entrado como una tromba al aula— ¡Cómo si todas las penitencias con Snape no fueran suficientes ahora también recibo una notificación de una impuesta por el profesor Binns!

Interrumpió la diatriba abruptamente al notar que no había nadie en el escritorio del profesor. Apretó duramente los labios y ladró demandando saber qué era lo que había pasado. Muchos empezaron a contarle hablando al mismo tiempo, pero así y todo entendió enseguida de qué se trataba porque agarró a Gabriel de un brazo y se lo llevó hacia la puerta.

—Todos quédense en sus asientos. El profesor Dumbledore vendrá enseguida.

—¿Adónde vamos? —preguntó Gabriel al tiempo que con cuidadosos movimientos logró que la profesora le soltara el brazo.

McGonagall lo fusiló con una mirada negra y no contestó. La siguió en silencio y no se sorprendió cuando llegaron a la puerta de la oficina de ella. Lo hizo pasar y siempre con la más adusta de las expresiones le indicó que se sentara. Ella también tomó asiento pero del otro lado del escritorio. Gabriel le sonrió culpable pero no se amilanó, aunque era indudable que estaba enojadísima.

—Oh vamos, —dijo Gabriel— Tampoco es para ponerse así. Y no hice nada que sea reprochable.

—El profesor Binns había estado en la escuela durante casi trescientos años. —reaccionó McGonagall con brusquedad— Y con esto se ha ganado Ud la vigésimo cuarta penitencia en menos de un trimestre. Estoy muy decepcionada con Ud., señor Potter.

Gabriel revoleó los ojos y cruzó los brazos sobre el pecho. —No hice nada malo. Y si como Ud. dice hace casi trescientos años que estaba en la escuela, hace rato que venía siendo hora de que se marchara. Y en cuanto a las penitencias… las estoy cumpliendo sin quejarme. No entiendo por qué se queja Ud. si yo no lo hago.

—¡Señor Potter! —exclamó ella indignada— ¡Es evidente que no ha Ud. aprendido nada de todas esas penitencias! Ahora comprendo por qué el profesor Snape insiste que Ud. las merece y las necesita. Cumplirá Ud. dos penitencias esta semana con el profesor Snape y espero que esta vez le sirvan para aprender.

—¿Dos? —protestó Gabriel poniéndose de pie— ¡El profesor Binns me asignó solo una!

—Y yo le estoy imponiendo la otra. ¡Sientese! —aulló.

—¿Y para qué? —dijo Gabriel sacudiendo la cabeza disgustado— Creo que ahora es mi turno de sentirme decepcionado. Empiezo a pensar que Silas tenía razón sobre Ud. todo el tiempo. Yo creía que Ud. era una persona justa. —le espetó y enfiló hacia la puerta.

—¡Señor Potter! ¡No le di autorización para retirarse! ¡Vuelva acá ya mismo!

Pero Gabriel no le hizo caso y salió. En el ínterin había sonado la campana, apresuró el paso para no llegar tarde a Encantamientos.

Ron y Hermione lo estaban esperando. —¿Te metiste en problemas? —preguntó Ron con tono comprensivo.

—Sí. Dos penitencias. ¿Podés creerlo? ¿Qué pasó después de que yo me fui?

—Vino Dumbledore y nos informó que él iba tomar a su cargo las clases de Binns por el resto del año. —dijo Hermione— Sólo tuvimos una media hora de clase pero se nota que es bastante bueno como profesor. Empezó explicando sobre los tiempos de Merlín, la realidad fue muy distinta de lo que se conoce por las leyendas.

—¿Quiere decir que yo tenía razón, entonces? —fanfarroneó Gabriel muy satisfecho al tiempo que tomaba asiento.

Hermione le puso muy mala cara y luego desvió la mirada al frente. Ron soltó una breve risita. Una media hora más tarde el director entró en el aula con una sonrisa en los labios y con los ojos titilándole como siempre. Flitwick, respetuosamente, hizo una pausa en su alocución. Gabriel ya se imaginaba para qué había venido el director y empezó de inmediato a guardar sus cosas.

—Necesitaría tomarle prestado a Harry durante unos momentos. —dijo el director.

—Naturalmente. —concedió Flitwick pero no fue necesario que le diera ninguna indicación al aludido puesto que Gabriel ya se había puesto de pie y enfilaba hacia la salida.

¡Gabriel, tarado! —siseó Silas en su cabeza— ¡El director no tiene que enterarse de nosotros!

Y no se va a enterar. —contestó Gabriel con una sonrisa satisfecha.

¿Podrías ponerte a pensar siquiera un momento sin que tus delirios de todopoderoso te obnubilen la razón? —preguntó Silas con sorna— Este hombre puede ver a través de los mantos de invisibilidad. Es muy poderoso y un experto cuando de manipulación se trata. Y cuenta con muchos recursos y puede ponerlos en juego para arrinconarte y obligarte a que le cuentes cosas de las que no debe enterarse.

Dumbledore no está en nuestra contra. —gruñó Gabriel— Yo nunca me sumé a tu paranoia y no lo odio. Hace las cosas que tiene que hacer y trata de protegernos lo mejor que puede. Pero es sólo un hombre. Poderoso, sí, pero humano al fin. Yo puedo manejarlo. ¡Y ahora callate! ¡Que me estás distrayendo!

—¿Harry? —cuestionó el director con voz suave.

Al parecer había tratado de ganar su atención más de una vez. Gabriel pestañeó confundido un par de veces y finalmente se ubicó, estaban a la puerta de la dirección. Se limitó a responder con una sonrisa culpable por su distracción.

Dumbledore le sonrió y lo hizo pasar.

—Tomá asiento, mi muchacho. ¿Un caramelo de limón?

Gabriel se sentó y declinó el ofrecimiento con un movimiento de cabeza. Silas le había hecho jurar que nunca comiera ni bebiera nada que le ofreciera el director. Gabriel no pensaba que fuera para tanto, pero había decidido darle el gusto, si con ello lograba que se quedara callado. Dumbledore sonrió y se llevó un caramelo a la boca.

—Tu jefa de Casa habló conmigo. Está muy disgustada con vos. —dijo como movida de apertura.

—Es que tenemos diferencia de opiniones respecto del profesor Binns. —dijo Gabriel a modo de explicación.

—Hum…sí… —Dumbledore se inclinó un poco hacia delante— ¿Qué ocurrió en la clase, Harry?

—Yo me puse a pensar… —empezó a decir Gabriel exagerando un poco una expresión reflexiva— Realmente debe de ser muy duro enseñar siempre las mismas cosas durante tanto tiempo… y no hay que olvidarse de que seguía haciéndolo después de haber muerto… Uno deduce de eso que la Historia lo fascinaba y que pensaba que se trataba de algo muy importante. Pero yo… y muchos otros… no aprendíamos nada porque ni siquiera nos podíamos mantener despiertos. Me pareció que era muy triste que él estuviera haciendo eso con la materia que tanto reverenciaba. No me pareció que estuviera bien quedarme de brazos cruzados y sin decir nada. No fue mi intención perjudicar a nadie, si expresé mi parecer en voz alta fue pensando en el bien de todos.

—Muy noble de tu parte, Harry. —aprobó Dumbledore— Aunque me hayas dejado con un profesor menos, estoy muy orgulloso de vos. Yo había intentado durante muchos años de convencer al profesor Binns que tenía que seguir adelante, no lo había logrado. Lo que hiciste fue lo correcto.

—¿Significa eso que no voy a tener que cumplir las penitencias? —preguntó Gabriel con una sonrisa.

—Revoqué la que te habían impuesto por interrumpir la clase. Pero vas a tener que cumplir la que te impuso la profesora McGonagall. Ella realmente se preocupa por vos, Harry. Deberías mostrarle más respeto.

¡Decí que sí, Gabriel! —lo urgió Silas, pero Gabriel vaciló un instante, no le parecía bien tener que dar el brazo a torcer cuando estaba seguro de que tenía razón— Gabriel, por favor. Te pido encarecidamente que dejes pasar ésta. Sacrificá tu orgullo esta vez, por el bien de Harry y de todos nosotros.

—Sí, señor director. —aceptó finalmente.

Dumbledore notó que se trataba de una aceptación a regañadientes, era algo que podía leer claramente en el disgusto de los ojos verdes. —Yo me comprometo ha hablar con el profesor Snape para que se muestre indulgente.

—Gracias. —dijo Gabriel con un breve gesto de asentimiento. Dumbledore lo autorizó a retirarse.

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¿Mataste a Binns? —preguntó Harry después de leer el resumen del día.

¡Yo no lo maté! —protestó Gabriel— Además ya estaba muerto. Yo sólo le hice ver que ya era hora de que siguiera adelante. Y él se mostró de acuerdo con mi opinión.

Gabriel… —escribió Harry con firmeza— ¿Podrías por favor mantener un perfil más bajo? Realmente me siento culpable de ponerlos en este aprieto, pero necesito que Silas y vos me hagan este favor, durante unos pocos días más. Pero, te lo ruego… no me metas en más problemas.

Perdón. —respondió Gabriel contrito— No era mi intención meterte en problemas, Harry. ¡Pero la situación era intolerable!

Ya sé… —escribió Harry suspirando— Pero tratá de hacer un esfuerzo para tolerar las cosas al menos un poco durante estos días.

Haré lo mejor que pueda. —prometió Gabriel.

Gracias. —escribió Harry sonriendo, cerró el diario y se recostó en la cama.

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La rutina se repitió durante una semana. Silas y Gabriel se turnaban para sustituirlo. Los dos había adoptado un perfil más bajo, pero las diferencias de comportamiento igualmente eran notorias. Hermione había convencido a todos de que Harry sufría de trastorno bipolar.

Ron y los demás se preocuparon muchísimo, por supuesto, y todos empezaron a tratarlo con actitudes sobreprotectoras. Silas y Gabriel se negaron a volver a tomar el control porque todos se habían vuelto insoportables y si salían seguramente iban a explotar y todo iba a ser peor. Así que a Harry no le quedó otra que retomar el control.

Ya se sentía mucho mejor que al principio de la semana de todos modos. Todas las noches se escapaba para ir a tocar un rato el piano en la oficina de Snape y con Remus se reunía día por medio para almorzar. Poco a poco su balance mental fue retornando.

Después de una semana de mostrarse "normal" los Gryffindor aflojaron. Para gran alivio de Harry y de sus alter. Pero Ron y Hermione seguían preocupados y decidieron que iban a quedarse en Hogwarts durante el receso de navidad, para poder vigilarlo. Harry se puso muy contento cuando se lo informaron, aunque la perspectiva de que lo controlaran de cerca no lo seducía precisamente.

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