Mente rota, alma quebrada

Confianza perdida, confianza restaurada

El sábado, Harry bajó hasta la puerta a despedir a sus amigos que partieron a pasar el día en Hogsmeade. Volvió a entrar al castillo con tristeza dibujada en el rostro y encaminó sus pasos hacia la oficina de Remus. Pero a mitad de camino fue interceptado por los mellizos Weasley.

—¿En qué andan ustedes? —preguntó con desconfianza— ¿No van a ir a Hogsmeade?

—Dentro de un rato. —dijo Fred sonriendo— Pero antes queríamos darte algo para animarte un poco.

—Un regalo de navidad adelantado. —dijo George y sacó de un bolsillo un gran folio de pergamino plegado, se veía muy deteriorado.

—¿Qué es? —preguntó Harry con curiosidad.

—Éste es uno de los secretos de nuestro éxito. —contestó George orgulloso. Y seguidamente pasó a explicarle todo sobre el Mapa.

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Harry quedó maravillado y encantado con el regalo. Y entre otras cosas el Mapa indicaba la existencia de varios pasajes secretos… ¡y dos ellos llegaban hasta Hogsmeade! La oportunidad era ideal. Subió corriendo a la torre de Gryffindor a buscar el Manto.

oOo

Ron y Hermione estaban en Honeydukes comprando golosinas para ellos y las que le llevarían a Harry.

—¿Te parece que le van a gustar las cucarachas de chocolate? —preguntaba Ron en ese momento.

—No, gracias. —dijo Harry antes de que Hermione pudiera contestar.

Los dos se dieron vuelta muy sorprendidos. —¡Harry! —susurró ella— ¿Qué estás haciendo acá?

Por alguna razón Harry había decidido que por el momento no les iba a contar del Mapa. Quizá Silas había tenido algo que ver con esa decisión y lo había influenciado de manera solapada, a esa altura Harry ya se había dado cuenta de que a Silas sus amigos no le caían precisamente bien.

—Estaba aburrido y me puse a explorar un poco. En el tercer piso, detrás de una estatua, encontré una entrada secreta y un pasadizo… no sabía adónde llevaba, pero terminé acá.

—¡Genial, cumpa! —lo felicitó Ron palmeándole la espalda.

—¡Ron! —lo reconvino Hermione poniéndole mala cara— Aventurarse en pasadizos desconocidos puede ser muy peligroso.

—Pero no le pasó nada y está acá. Y no es justo que no le permitan venir, Harry también tiene derecho a divertirse… en la calle hay mucha gente y mucha vigilancia y con nosotros está seguro.

Hermione protestó un poco pero terminó cediendo. Los tres estuvieron paseando durante más de dos horas por el pueblo. Ni siquiera fue preciso que Harry usara el Manto, nevaba copiosamente y cubierto con la capa que le había regalado Snape pudo pasar inadvertido. Finalmente decidieron entrar en Las Tres Escobas para tomar algo.

Harry y Hermione fueron a sentarse en una mesa ubicada en un rincón del fondo al lado del árbol de navidad, Ron fue a la barra a pedir las cervezas.

Estaban conversando muy entretenidos pasándola muy bien pero desgraciadamente en ese momento entraron al local varios profesores: McGonagall, Flitwick, Hagrid y un hombre cubierto con un sombrero hongo que resultó no ser otro que el propio ministro Fudge. Los adultos enfilaron a la mesa vecina a la de ellos, Harry se escondió de inmediato debajo de la mesa, McGonagall seguía ofendida con él después de la discusión que había tenido con Gabriel y Harry no quería que descubriera que se había escapado furtivamente del castillo. Hermione usó un encantamiento para desplazar el árbol de navidad delante de la mesa de modo de disimular mejor su presencia. Estaban tan cerca que podían escuchar todo lo que hablaban los profesores y el ministro.

Madame Rosmerta se sumó al grupo unos minutos después. Se quejó ante el ministro de que con la presencia de los dementors en la zona la afluencia de clientes a su establecimiento había disminuido mucho. De los dementors pasaron a hablar de Sirius Black.

Harry se quedó helado cuando se enteró de que Sirius Black había sido el mejor amigo de su padre y que durante los años de escuela habían formado una "bandita" de la que también habían sido miembros Remus Lupin y otro alumno llamado Peter Pettigrew.

Pero faltaba todavía lo peor, el pérfido Sirius Black había traicionado a sus padres entregándolos al Señor Oscuro, una bajeza despreciable porque no sólo era muy amigo de James sino que además era el padrino de Harry.

Para Harry fue un shock tremendo, pero ahora comprendía mejor por qué Severus había sospechado de Remus; Remus y Black habían sido amigos.

—Harry… —murmuró Hermione con voz temblorosa, en sus rasgos se dibujaban la compasión y la gran preocupación que sentía.

Pero ya no era Harry el que tenía al lado, sino un Gabriel muy enojado. Que se cubrió con el Manto y salió disparado hacia el sótano de la bombonería, sus amigos habían intentado retenerlo pero no lo lograron.

Volvió corriendo por el túnel a Hogwarts y se dirigió directamente a la oficina de Remus.

—Hola, Harry, ya me empezaba a preguntar si te había pasado algo, te esperaba antes. —dijo Remus saludándolo con una sonrisa. Pero su expresión cambió de inmediato a una de sorpresa y temor cuando Gabriel lo taladró con una mirada verde durísima y levantó la varita apuntándolo.

—¿Por qué no me lo habías dicho? —lo acusó Gabriel en voz muy baja, apenas audible. —¿Por qué no me dijiste nada de mi papá, de Black y de vos?

Remus se puso pálido y tuvo que apoyarse contra el escritorio porque las piernas le flaquearon. Se cubrió la cara con una mano, los ojos le ardían. Gabriel se le había acercado siempre apuntándolo. Remus había querido decírselo, pero había tenido miedo de que si se lo decía, eso interferiría en la relación que habían logrado construir entre ellos. Y por eso lo había pospuesto. Y ahora ya era tarde… y era muy posible que Harry no quisiera saber nada más con él… nunca.

—Perdón. —susurró. Y era evidente que lo decía con sinceridad, pero para Gabriel no bastaba. Movió la varita presionándolo para que se explicara mejor. —Quería decírtelo pero tenía miedo. Vos podías haber llegado a pensar que mi afecto por vos era debido sólo a que sos el hijo de James y Lily. Perdón, Harry. Dejar pasar tanto tiempo sin decírtelo estuvo mal. Traicioné tu confianza.

—¡Bien podés decirlo! —bramó Gabriel furioso— ¡Vos sos igual que todos los otros! ¡A ninguno le importamos! Eh… quiero decir, nosotros los alumnos… ¡Todos se creen que porque tengo trece años soy incapaz de manejar las cosas y no me dicen nada! ¡Pero se equivocan! ¡Y ocultarme las cosas sólo complica todo y me hace un daño peor! ¡Todos dicen que lo hacen por mi bien… pero no es así! ¡Sólo piensan en ellos! ¡Ahora no me queda nadie en quién confiar…! ¡¿Qué clase de vida es ésa!? ¡No me facilitan la vida tratando de protegerme manteniéndome a oscuras… me la dificultan!

—Tenés razón. —reconoció Remus con lágrimas en los ojos— Tenés toda la razón. Estaba equivocado y me estuve comportando de manera egoísta. Debería habértelo dicho antes. Perdón, Harry, realmente lo siento mucho. Por favor, permitime al menos que te lo cuente todo ahora.

—¿Es que acaso no escuchaste nada de lo que te dije? ¡No confío en vos! —le espetó Gabriel con tono incluso más duro. Giró sobre sus talones y abandonó la oficina.

Encaminó sus pasos hacia los subsuelos, en el trayecto Silas lo reemplazó. Snape no estaba en el aula de Pociones así fue que enfiló a los aposentos del profesor y golpeó a la puerta. Severus lo miró con curiosidad al abrir. Silas entró sin esperar a que lo autorizaran.

—No estoy para formalidades ni cumplidos. —se le adelantó cuando Severus abrió la boca para decir algo— ¿Por qué no nos dijo quién era Black cuando nos previno sobre él?

Toda expresión desapareció de los rasgos de Severus. Estudió con atención al chico que tenía delante. La postura del chico parecía distendida e indiferente a primera vista, pero un ojo avizor como el suyo podía detectar una cierta rigidez en los muslos y los hombros. Buscó algún signo de debilidad o de indecisión en la expresión, algo que pudiera explotar en su provecho, no detectó nada.

—Yo fui enemigo de infancia tanto de tu padre como de Black. Después de que nos graduamos aprendí a tolerar a tu padre e incluso trabajamos juntos en esporádicas ocasiones, aunque debo admitir que me seguía cayendo mal. A Black, en cambio, seguí detestándolo siempre. Esas cuestiones no resueltas fueron la razón de que me comportara de manera particularmente cruel durante tus dos primeros años en Hogwarts. Cuando asumí la tarea de ayudarte, decidí que lo mejor era apartar por completo de mi mente a Black y a James Potter, no quería que mis sentimientos contra ellos interfirieran en mi relación con vos.

—Y supongo que eso debería considerarlo una proeza suya, dado lo difícil que es para Ud. superar nimios resentimientos de adolescentes. —le espetó Silas con desdén, el argumento esgrimido por Snape le parecía muy endeble.

—Vos no me conocés. —replicó Severus endureciendo el tono y la mirada— No te arrogues el derecho de juzgar mi carácter.

—Por supuesto que no, profesor Snape. —dijo Silas haciendo una reverencia burlona— ¡Qué necio de mi parte haber esperado lealtad de la persona en la que depositamos tanto de nuestra confianza! ¡Y fui yo nada menos el que animó la confianza de los otros en Ud.! Y Gracias a eso fue que Harry se convenció de que podía contarle todo, confiarse enteramente. Obviamente que eso no lo obligaba a Ud. hacer lo mismo, ni tampoco era lo que esperábamos… pero habernos ocultado algo tan críticamente importante como lo de Black… es una burla a lo mucho que lo recomendé ante los otros… Ud no sólo ha demostrado que no es digno de nuestra confianza sino también que mi juicio no es confiable.

La máscara imperturbable de Severus iba perdiendo solidez. Él no había considerado que fuera su obligación discutir ese tema con Harry. Él había odiado a James Potter y a Black. A otro le correspondía explicitarle a Harry la cuestión… a Lupin, naturalmente… pero el licántropo imbécil no le había dicho nada… nadie le había dicho a Harry lo que necesitaba saber.

Porque Harry necesitaba saber todas las complejidades de la situación ahora que Black estaba suelto. Pero a él le había resultado imposible hacerlo, habría significado incursionar en áreas en las que se sentía torpe e incompetente. Severus había eludido su deber. Y por su negligencia acababa de perder algo precioso y el pesar que le provocaba eso era muy doloroso.

Los rasgos de Severus dejaron entrever algo de esos sentimientos que lo invadían y a Silas no se le pasaron inadvertidos. Él también lamentaba profundamente que hubieran llegado hasta ese extremo pero lo que puede llegar a tolerarse tiene límites, límites que en ese caso habían sido superados. —Ud. ha hecho mucho por nosotros, profesor. Se lo agradecemos. Pero no vamos a continuar la terapia con Ud. Estoy seguro de que sabrá entenderlo. Con su permiso.

Silas enfiló hacia la puerta y salió.

Severus apretó los puños. Claro que podía entenderlo. Nada podía alegar para justificarse. De haber estado invertidos los papeles él habría actuado de la misma forma. Todo se había ido al diablo y la culpa era suya.

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Harry se había refugiado en su cama, había puesto barreras para frenar cualquier tipo de invasión. A la luz de su varita leyó el relato de sus alter sobre las confrontaciones que habían tenido con Snape y Lupin. Silas y Gabriel también expresaron su opinión sobre las reacciones y razones de los profesores.

Harry no sabía qué pensar. En cierta forma podía entender el dilema que se les había presentado a los adultos. Lo ponía contento saber que Lupin lo quería por él mismo y no sólo por haber sido amigo de James. Y también era gratificante saber que Severus no había querido hablar mal de su padre. Pero el que callaran todo sobre Black no podía justificarse. Expresó esas ideas por escrito y luego apagó la luz y se acostó. Se acurrucó bajo las mantas. Se volvía a sentir muy solo. Lloró quedamente hasta que se durmió.

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Ron y Hermione estaban muy preocupados. Harry se había amurallado en su cama y ellos no sabían qué hacer. Ya estaban considerando la posibilidad de ir a informárselo a un profesor. Pero poco después del almuerzo Harry bajó a la sala común, tenía un aspecto pésimo y se veía muy cansado. Se negó sin embargo a aceptar palabras de consuelo.

Ron ensayó una estrategia distinta. —Vayamos a visitar a Hagrid… salir un rato nos va a hacer bien a todos.

Hermione no estaba tan segura de que fuera una buena idea salir del castillo, pero finalmente accedió. Un rato después golpeaban a la puerta de la cabaña.

Grande fue la sorpresa cuando salió a atenderlos un Hagrid que lloraba a lágrima viva y se lamentaba como un nene. Entraron y trataron de calmarlo, les costó bastante pero finalmente les contó lo que pasaba. Le iban a hacer juicio a Buckbeak y si no se encontraban buenos argumentos de defensa lo iban a ejecutar. Todo era una consecuencia del incidente del primer día con Malfoy. Los tres le prometieron que lo iban a ayudar.

Mientras Ron y Hermione seguían consolando al medio gigante, Harry se acercó al hipogrifo que estaba en un rincón de la cabaña. Sabía que era el que había montado Gabriel y quería conocerlo por sí mismo. Ciertamente no era una criatura indefensa pero si muy cariñosa, le bastaron unos pocos momentos para comprobarlo. Sería una cosa horrible que lo mataran.

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Al dia siguiente fueron a la biblioteca y se pusieron a investigar para tratar de elaborar una estrategia de defensa. Mantener la mente ocupada en otra cosa le hizo bien, no quería pensar en la situación con Snape y Lupin. Y Ron y Hermione no le hicieron preguntas sobre lo que habían oído en Las Tres Escobas.

Las pesadillas recrudecieron a pesar de las medias dosis de poción. Se sentía exhausto constantemente y Ron y Hermione estaban cada vez más preocupados.

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Seis días después, Ron lo despertó de un almohadazo. Era la mañana de navidad. Se apresuraron a ir a abrir los regalos. Harry sólo les había hecho tarjetas, él no había ido a Hogsmeade las veces anteriores y la última había sido una escapada improvisada. Pero Hermione y Ron le aseguraron que estaba todo bien.

Hagrid, McGonagall y el director seguramente quedarían muy contentos con sus tarjetas. También había hecho una para Lupin y otra para Snape, pero ésas no las había mandado.

Abrió el primer paquete, era de la señora Weasley. Había varias cosas, un pulóver rojo con un león amarillo tejido a la izquierda de la pechera, bollitos de fruta horneados, un trozo de torta de navidad y otras confituras de factura casera. A Ron le había mandado un regalo similar, los dos rieron y se pusieron los pulóveres.

Harry pasó al siguiente. Era un paquete muy largo y estrecho y venía acompañado de una tarjeta.

Feliz Navidad,

de parte de los profesores Snape y Lupin

Apenas la hubo leído la tarjeta se desvaneció en el aire. Sintió una profunda emoción en el pecho y con dedos temblorosos fue desenvolviéndolo. Ron se acercó presuroso y soltó una exclamación de asombro, los dos se miraron y sonrieron ampliamente.

—¡No puedo creerlo! —exclamó Harry con ojos húmedos. ¡Era una flamante Firebolt!

—¿Quién te la mandó? —preguntó Ron extasiado— ¿Venía con una tarjeta?

—No. —mintió Harry. Ron no iba a entender cómo era que Snape le mandaba un regalo tan caro y todavía no podía explicarle todo el asunto de su condición.

—¡Es maravillosa! —susurró Ron.

Harry la sacó del paquete y la escoba levitó por su cuenta y quedó flotando en el aire a una altura ideal para que él la montara.

—¡Oh, Harry! ¿Quién te mandó eso? —preguntó Hermione que en ese momento había entrado con Crookshanks.

—No sé. —contestó Harry.

—Ésta es la mejor escoba que se haya creado hasta ahora, Hermione. —exultó Ron— Debe de valer más que todas las escobas de los Slytherins puestas juntas. No veo la hora de verle la cara a Malfoy cuando lo sepa. ¿Me vas a dejar dar una vuelta después de que la estrenes? Dale, cumpa, ¡por favor!

—¡Creo que nadie debería montarla por ahora! —dijo Hermione vehemente.

Los dos la miraron como si estuviera loca, pero antes de que pudieran decir nada Crookshanks saltó desde la cama de Seamus y se abalanzó sobre el baúl de Ron. Los tres se apresuraron a contenerlo antes de que le hiciera daño a Scabbers. Hermione salió un minuto después llevándose al gato, ya faltaba poco para la hora del almuerzo.

Ron estuvo despotricando durante todo el trayecto cuando bajaron al Gran Salón, Hermione ignoró sus quejas con la nariz en alto. Harry estaba en el medio y cada tanto soltaba un suspiro, realmente le hubiese gustado que sus amigos empezaran a llevarse mejor, reñían casi constantemente, era muy fatigante.

El festín de navidad fue soberbio. Aparte de los Gryffindor sólo se habían quedado otros cinco alumnos, así que habían dispuesto una sola mesa para comer todos juntos. Hasta Trelawney había bajado. Harry trató de evitar mirar a Snape o Lupin, pero en un momento las miradas se cruzaron. Les dirigió una muy tímida y rápida sonrisa.

Después de comer, Harry y Ron partieron corriendo hacia el dormitorio para buscar la escoba. Planeaban ir a dar una vuelta. Pero cuando estaban por salir por la puerta retrato la profesora McGonagall se les interpuso. Detrás de ella estaba Hermione, muy ruborizada.

La profesora le confiscó la Firebolt, había que probarla antes por si le habían puesto alguna maldición, explicó escuetamente. Harry no podía creerlo. Ron le empezó a gritar de todo a Hermione y ella se defendía gritando a su vez que lo había hecho por el bien de ellos.

Sintió los ojos ardientes y las lágrimas a punto de escapársele. Salió corriendo al pasillo no les prestó atención a los gritos de sus amigos llamándolo. Unos minutos después estaba a la puerta del profesor Lupin.

—¿Harry? —murmuró Remus inquieto. Él se le abrazó a la cintura.

—¡Me la quitó! —sollozó— Y seguro que la van a despedazar… creen que puede tener una maldición porque yo no les pude decir que era un regalo tuyo y del profesor Snape.

—Calmate… —dijo Lupin apaciguador, lo guió hasta una silla y lo hizo sentar— Estoy seguro de que no va a sufrir daño alguno. El profesor Snape me va a ayudar a recuperarla.

Harry asintió apenas y se secó las lágrimas con la manga. —Gracias. Es el mejor regalo que haya recibido hasta ahora… realmente me gusta.

—Me alegro. —dijo Remus, se le arrodilló al lado y le pasó un brazo por encima de los hombros.

—Te hice una tarjeta. —admitió tímidamente— La tengo en mi habitación. Puedo ir a buscarla.

—Gracias, Harry. —dijo abrazándolo estrechamente— Me va a encantar, pero podés mandármela más tarde. Ahora preferiría hablar con vos. Te extrañé durante toda la semana.

—Yo también te extrañé. —dijo Harry abrazándolo a su vez— Pero estaba tan confundido… y enojado… y herido. Pero creo que ahora entiendo mejor por qué demoraste y no me lo dijiste. Y es bueno saber que me querés por ser yo y no sólo por ser el hijo de mi papá.

—Así es, Harry. Te quiero por vos y porque vos te lo merecés. Y lamento mucho haberte herido.

Se quedaron unos instantes abrazados en silencio.

—¿Vas a contarme de ellos? —preguntó finalmente Harry— De mis padres quiero decir…

—Por supuesto. —dijo Remus y le sonrió— ¿Qué te parece si salimos a dar un paseo?

—Bueno. Subo a buscar mi capa y tu tarjeta y nos encontramos en la puerta principal.

—Estaré allí esperándote.

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Caminaron rodeando el lago, una gruesa capa de nieve cubría el suelo. Harry prefirió mantenerse callado, sabía que a Remus le iba a costar bastante y no quería presionarlo. Esperó pacientemente.

—Creo que es mejor que empiece hablándote de mí. —dijo finalmente Remus con la mirada fija adelante— Vos ya sabés que tengo una… enfermedad. Estabas ese día que Severus me llevó la poción. Me enfermé cuando tenía cinco años. Un hombre lobo me mordió. Y así fue como yo también me transformé en uno. Todos los meses cuando se aproxima la luna llena me debilito y me altero. Y la noche de luna llena me transformo en un monstruo sanguinario mitad hombre, mitad lobo. La memoria se me desdibuja, dejo de ser una persona y paso a ser un animal. La poción cambia eso, gracias a ella puedo mantener mi mente humana y ya no resulto peligroso para otras personas. Pero cuando era chico no disponía de la poción, mi familia me encerraba y me encadenaba para que no los atacara. Hubo alguno que llegó a sugerir que debían matarme, pero mi madre no lo permitió. Pero crecí sabiendo que todos me temían. No tenía amigos. Nadie quería tocarme, algunos ni siquiera se animaban a mirarme. Y cuando me hablaban eran casi siempre palabras hirientes.

—Sé muy bien lo que se siente. —dijo Harry.

Remus se volvió a mirarlo y le sonrió. —Ojalá no te hubiera tocado soportarlo. Pero mi vida cambió completamente, al igual que la tuya, después de que cumplí once. El director me aceptó en Hogwarts a pesar de que sabía que era un licántropo. Y cuando la luna llena se aproximaba me llevaba a El Antro de los Alaridos, de esa forma no había peligro de que atacara a nadie. Durante es primer año James… y Sirius Black se me acercaron, ya habían notado que yo no tenía amigos y estaba siempre apartado… querían integrarme… me pidieron ayuda para una broma que tenían planeada. La víctima iba a ser otro chico del mismo año, Peter Pettigrew. Yo al principio no quería pero insistieron y me convencieron. La broma resultó bien, no era nada serio, e incluso a Peter le pareció simpática y terminamos los cuatro siendo amigos.

—¿Qué broma fue? —preguntó Harry.

—Fue un hechizo que le puso la nariz roja y brillante. —rió Remus— Peter siempre decía que le gustaba Rodolfo, el reno. A partir de entonces éramos inseparables, y yo tenía amigos por primera vez en la vida. Hacíamos muchas bromas. Tu padre y Sirius eran magos diestros y poderosos. La escuela tendía a aburrirlos y el quidditch no llegaba a ser suficiente para divertirlos. Así que se pasaban mucho tiempo pensando en bromas. Y las víctimas principales era los Slytherin, naturalmente, la rivalidad entre las Casas no es de ahora, existió siempre.

—Y Snape debe de haber sido uno de los más perjudicados, ¿no? —dijo Harry que empezaba a entender mejor— Él me había dicho que era enemigo tuyo cuando eran chicos y que detestaba a mi padre y a Black.

—Sí, Severus soportaba bromas casi a diario. Algunas eran graciosas, otras humillantes y una vez… una vez a Sirius se le ocurrió una que estuvo a punto de ser mortal.

Remus hizo una larga pausa, finalmente sacudió la cabeza como apartando un pensamiento.

—Yo los quería como a hermanos. Pero no les conté mi secreto. Era algo que me avergonzaba, yo era un monstruo y pensaba que ellos se alejarían de mí si se enteraban. Pero mis desapariciones mensuales eran difíciles de explicar y terminaron averiguándolo. Y no me hicieron a un lado, seguimos tan amigos como antes y ellos guardaron mi secreto. Para mí eso significó muchísimo.

—Puedo imaginármelo. —dijo Harry tomándole la mano. Remus se la apretó suavemente —Yo también voy a guardar tu secreto, te lo prometo.

—Gracias, Harry. —dijo Remus, se aclaró la garganta y prosiguió— A tu papá le había gustado tu mamá durante varios años, pero ella en algunos aspectos se parecía a Hermione, desaprobaba las bromas. James fue persistente y finalmente logró ganársela. En séptimo año se pusieron de novios y se casaron pocos meses después de haberse graduado. Yo fui al Continente a estudiar para ser profesor. Sirius y James estudiaron para aurores y sumaron sus esfuerzos en la guerra… Lily y Peter también colaboraban extraoficialmente.

—¿Así que ellos participaron activamente de la guerra?

—Oh, sí. —confirmó Remus con tono sombrío— Voldemort estaba muy activo, incluso cuando todavía estábamos en la escuela. Se habían registrado ya centenares de muertes. La desesperación y el terror cundían, el lado de la Luz iba perdiendo. Un año y dos meses después de que vos naciste, el profesor Dumbledore se enteró de que Voldemort planeaba atacar a los aurores que más bajas habían causado en sus filas. Muchas familias tuvieron que recurrir al Fidelius. James eligió a Sirius como Guardián Secreto.

—Ya sé que él traicionó a mis padres y le reveló a Voldemort el lugar donde estaban. —se apresuró a decirle Harry para ahorrarle a Remus el dolor de tener que contárselo— ¿Qué pasó cuando Voldemort desapareció?

—Sirius fue a buscarte pero Hagrid se negó a entregarte a él. Sirius pasó a la clandestinidad y Peter fue tras él. Yo estaba lejos y me enteré de todo recién varios días más tarde. Peter lo encontró y Sirius lo mató, y a otras doce personas inocentes además. Los aurores lo capturaron poco después y lo encerraron en Azkaban al día siguiente de la captura. Yo quería tomarte a mi cargo, pero no era tu padrino… y licántropo además… te dejaron con tus tíos.

Remus notó que la mano de Harry se ponía tensa en la suya. Se detuvo, se arrodilló y lo abrazó. Harry vaciló un segundo pero luego lo abrazó a su vez.

—Siento mucho no haber ido a controlarte, pero Dumbledore no quiso revelarme la ubicación de la casa por razones de seguridad.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Harry, todo el cuerpo se le había puesto rígido. Él nunca le había dicho que los Dursley lo trataban mal. ¿Remus sabía? ¿Se lo había dicho Snape?

—Ellos no te trataron bien. —dijo Remus serio— Me di cuenta enseguida cuando noté cómo reaccionabas a los menores gestos de afecto. A mí me pasó lo mismo que a vos.

La tensión del cuerpo de Harry se aflojó. —Contame más de cuando estaban en la escuela.

Remus lo soltó y no insistió. Le correspondía a Harry decidir si quería contarle o no. Volvió a tomarle la mano y continuaron la caminata. Habló largamente de anécdotas graciosas y de las bromas. Se concentró más que nada en James y Lily, a Sirius prácticamente no volvió a mencionarlo.

A Harry le agradó saber que tenía los mismos ojos que su madre. Varios ya le habían hecho notar antes que se parecía mucho a su padre. Pasaron juntos unas horas muy agradables.

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—Adelante. —ladró Severus desde el escritorio de su oficina.

Harry asomó la cabeza. Severus se puso ligeramente tenso y le hizo una seña para que entrara. Harry fue a sentarse en la silla frente al escritorio. Se removió nervioso en el asiento pero le dirigió una tímida sonrisa.

—Gracias por el regalo. —dijo ruborizándose un poco— ¡Es estupendo!

—Supe que Minerva lo había confiscado.

Harry asintió decepcionado y bajó la vista a la falda.

—No te inquietes, Lupin y yo vamos a ocuparnos de que te la devuelvan en perfectas condiciones.

—¡Gracias, señor! —dijo alzando la mirada y sonriendo, pero la sonrisa no le duró demasiado— Hum… señor… estuve hablando con Remus… quiero decir, con el profesor Lupin… y creo que ahora entiendo mejor por qué no me habían dicho nada sobre Black… yo… este… quisiera continuar con la terapia… si es que Ud. sigue dispuesto…

Severus respondió con calma. —Por supuesto, Harry. Será para mí un placer que retomemos las sesiones. Todo se ha vuelto demasiado… silencioso sin tus visitas habituales.

La sonrisa de Harry retorno para quedarse. —Le hice esto… —dijo tendiéndole la tarjeta— …es una pavada, no tuve tiempo de salir de compras… nada en comparación con la Firebolt… ¡No sé como agradecérselo!

—Ya lo has hecho. —dijo Severus acompañando las palabras con ese gesto tan habitual que usaba para indicar que no hacía falta agradecer nada. Harry había dibujado una escena del lago con el castillo de fondo— Es muy bonita…

Harry amplió la sonrisa. Había extrañado a Severus tanto como a Remus y se sentía muy contento de que las cosas entre ellos volvieran a encarrilarse. Sintió en el pecho una inmensa calidez pensando en todas las cosas que Severus había hecho y seguía haciendo por él. El sentimiento era tan poderoso, nunca antes lo había experimentado con tal intensidad… y era algo para lo que no estaba preparado…

Severus se sorprendió cuando de repente Harry enderezó la postura, juntó las piernas y las inclinó ligeramente hacia un lado. Era Rose. ¿Qué era lo que la había hecho salir? Rose le sonreía tímidamente y los ojos verdes se le habían encendido con un brillo muy especial, que Severus no recordaba haberle visto antes y cuyo significado no alcanzó a discernir. Rose lo miraba expectante, quería hacer algo, algo que lo complaciera.

—No tengo acá ingredientes de los que puedas ocuparte.

—¿Me permite? —dijo ella señalando los papeles sobre el escritorio.

Severus lo pensó un segundo y asintió. En realidad hubiera preferido que no tocara nada, la superficie de su escritorio podía dar el aspecto de estar desordenada pero él sabía dónde estaba cada cosa. Sin embargo, tenía que darle algo para que hiciera. Cuando Rose terminó con el escritorio tuvo que pensar en otra cosa porque al parecer Rose no tenía intenciones de retrotraerse. Le dio un lienzo y le indicó que le quitara el polvo a los libros de la biblioteca, Severus tenía muchos libros en su oficina y no estaban polvorientos pero al menos Rose iba a tener algo para entretenerse durante un largo rato. Lo que más lo intrigaba era la razón por la que había salido.

Cuando ya se aproximaba la hora del toque de queda, se le acercó y le llamó la atención tocándole un hombro. Ella se volvió a mirarlo con una sonrisa en los labios.

—Ya es hora de ir a dormir. ¿Vas a saber volver a la torre?

Ella asintió.

—Bien. Andá entonces.

—Gracias.

—Buenas noches, Rose.

—'nas 'otes… —articuló ella con dificultad. Y partió.

Severus tenía miedo de que pudiera extraviarse así que decidió seguirla desde cierta distancia. Pero mientras avanzaba por el pasillo, ella lo percibió, se detuvo y giró para mirarlo sonriente.

Severus dibujó una media sonrisa y le hizo una seña para que siguiera su camino. Retornó a su oficina esperando que llegara segura a destino, supuso que los otros alter intervendrían si había algún problema.

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¿Silas? ¿Gabriel? ¿Qué fue lo que pasó esta noche? Preguntó Harry mordiéndose el labio.

No sé. Contestó Gabriel. Parece que Rose necesitaba salir un rato.

Yo tengo una teoría diferente. Escribió Silas. Por ahora es una especulación. Te voy a decir más cuando sepa algo seguro.

Oh, bueno… Se resignó Harry y pasó a escribir otras cosas en el diario.

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Harry y Ron se sentaron a desayunar lo más alejados posible de Hermione, la habían marginado después de la "traición". Remus se acercó a Harry y le pidió que cuando terminara de comer fuera a verlo a su oficina.

Remus lo saludó con una amplia sonrisa cuando le abrió la puerta y lo invitó a pasar, Harry le devolvió la sonrisa… pero la que entró fue Rose.

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Remus no cabía en su asombro al observar el comportamiento de "Harry". Había tomado asiento adoptando una postura más propia de una señorita que de un chico. Y actuaba como si fuera sordo. ¡Ése que tenía delante no podía ser Harry! Articulando las palabras cuidadosamente para estar seguro de que pudiera entenderlo leyéndole los labios le pidió que lo acompañara al aula de Pociones. "Harry" asintió muy contento, se puso de pie y se sacudió la falda como si tuviera puesto un vestido.

Remus golpeó con vehemencia a la puerta del aula y llamó con tono ansioso. —¡Severus!

Severus los hizo pasar a su oficina sin demora y puso encantamientos y barreras de privacidad. No era una buena señal, pensó Remus que se iba sintiendo cada vez mas preocupado a cada segundo que pasaba. Sintió que Harry le tomaba la mano.

Severus sabía que había llegado el momento de revelarle todo al licántropo. Si Silas no había podido impedir que Rose saliera frente a Lupin era mejor que supiera todo. Y era obvio que a Harry le iba a venir muy bien la ayuda adicional que Lupin pudiera brindarle. Miró a Rose que tenía los ojos concentrados en Lupin, probablemente se había dado cuenta de su estado alterado y estaría buscando alguna forma de complacerlo para calmarlo.

Severus hizo un movimiento con el brazo para captar la atención de Rose. Ella se volvió a mirarlo.

—Rose, gracias. Quisiera hablar con Harry o Silas ahora. ¿Podrías dejarle el lugar a uno de ellos?

Ella sonrió y asintió. Abrazó primero a Remus y después a Severus, luego cerró los ojos. Durante unos segundos se quedó quieta y luego adoptó una postura completamente distinta. El que abrió los ojos fue Silas, su expresión trasparentó algo de desdén cuando los miró, no parecía muy contento de estar en la misma habitación que ellos, obviamente no los había perdonado como Harry.

—Harry… ¿qué es lo que está pasando? —preguntó Remus con manifiesto desconcierto.

—Oh sí… adelante, Severus, explíquele todo detalladamente — dijo Silas enfatizando burlonamente el apelativo— Sabe el Cielo que él sabrá mostrarse muy comprensivo con cualquier situación problemática que afecte a Harry.

Al oír a Harry referirse a sí mismo en tercera persona los ojos de Remus se abrieron más grandes aun, si cabe. Quizá empezaba a entender… igualmente Severus pasó a resumir los puntos principales de la situación.

—Harry está afectado por una condición psicológica conocida como Trastorno de Personalidades Múltiples. El alter con el que viniste se llama Rose. Tiene once años de edad y es sorda. El que tenemos ahora delante es Silas, de alrededor de quince años.

—Pero no se detenga ahí. —lo espoleó Silas alzando una comisura— Está omitiendo la mejor parte. —Se volvió hacia Lupin que seguía el intercambio turbado y anonadado— Soy Slytherin hasta la médula. Seguramente no se le había ocurrido a Ud. que su precioso Harry pudiera tener esta marcada veta interna, ¿verdad?

—¿Es eso que creo detectar animosidad? —inquirió Severus muy calmo— ¿Estás resentido con Harry?

—No. —contestó Silas con tono aburrido al tiempo que revoleaba los ojos— Mi animosidad iba dirigida al lobo… y a Ud., se lo aclaro por si no se había dado cuenta.

—Ya veo. —dijo Severus— Ud. sigue reprochándonos que hayamos retenido información.

—Eso y otras cosas. —dijo Silas y miró al uno y al otro con ojos glaciales— Yo sé lo que ustedes quieren. Quieren que les diga por qué Rose empezó a salir tan seguido. Lo único que pienso decirles al respecto es que si ustedes quieren que eso deje de ocurrir, les convendría mantenerse lo más alejados posible de Harry.

—¿Qué querés decir con eso? —preguntó Lupin, con una mano se sostenía del escritorio, la otra le temblaba visiblemente. No podía creer lo que le estaban diciendo. ¿Qué le había pasado a su consentido Harry para terminar en una situación como ésa?

Silas no se dignó a responder, le dirigió una mirada de desdén y enfiló a la puerta. Pero apenas tocó la manilla se detuvo de golpe y se dio vuelta. Desanduvo los pasos de Silas pero su andar era completamente diferente y su expresión también. —Mis disculpas por esto que acaba de pasar. Habitualmente el maleducado soy yo. —dijo Gabriel sonriendo con una nota de descaro— Creo que te convendría sentarte o te vas a caer en cualquier momento.

Era cierto. Lupin se había puesto lívido y daba la impresión de que estuviera a punto de desmayarse. Con un rictus desdeñoso en los labios, Severus le acercó una silla. Con un gesto le indicó a Gabriel que se sentara en otra y él ocupó una tercera.

—Veamos… —empezó a decir Gabriel— Yo no sabía lo que estaba pasando con Rose hasta hace un rato, pero me empecé a dar cuenta mientras Silas conversaba con ustedes hace unos minutos. —Se permitió una sonrisa. — Silas sólo actúa de esa forma cuando siente temor por Harry… cuando cree que Harry puede salir muy lastimado. Pero yo sé que ustedes no le van a hacer daño. Y si bien Ud., Snape, me cayó muy mal al principio, he ido poco a poco cambiando de parecer. Ahora sé que ustedes dos no quieren otra cosa que lo mejor para Harry.

—Déjese de dar vueltas y vaya al punto. —se impacientó Snape.

—¿Quién… quién sos vos? — farfulló Remus que a cada segundo se sentía más consternado.

Gabriel por el momento ignoró la pregunta y se volvió hacia Snape poniéndole muy mala cara. —Si quiere que lo ayude más le vale que cambie esa actitud, no estoy dispuesto a tolerar su mierda, Snape. —le espetó enojado y luego se volvió hacia Remus y con tono afable se presentó— Yo soy Gabriel. Yo soy el que se ocupa de las confrontaciones, las batallas y cosas por el estilo.

Hizo una breve pausa y encaró el punto.

—Durante esta última semana, Harry los extrañó mucho y se dio cuenta de cuánto ha crecido en él el afecto que les tiene, podríamos decir que comprendió que los ama… pero él no sabe cómo manejar un sentimiento tan poderoso y por eso le cede el control a Rose cuando está con ustedes.

Severus entendió de inmediato y la revelación lo conmovía profundamente y al mismo tiempo lo hacía sentir incómodo. Así que ésa había sido la emoción que no había sabido reconocer en los ojos de Rose… mucho explicaba eso sobre sí mismo, pensó al tiempo que dibujaba una expresión de disgusto.

—¿Harry no puede amar? —preguntó Remus con voz quebrada, un par de lágrimas le corrían por las mejillas.

—Yo no soy bueno para los detalles… —se disculpó Gabriel— Afectos más o menos "normales" sí puede manejarlos pero en este caso…

Gabriel no alcanzó a completar la idea porque Silas lo desplazó. Se puso de pie de inmediato, les dirigió a los adultos la más dura de las miradas y sin agregar nada más marchó hacia la puerta. Las barreras de privacidad que había puesto Severus no lo detuvieron, con un movimiento de varita cedieron ante su destreza, su poder y su ira.

Severus las renovó y se volvió hacia Lupin. Iban a tener que conversar mucho. Era una suerte que estuvieran en su aula. Iban a necesitar varias pociones tranquilizantes.

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