CAPÍTULO 4: ¿AMAPOLAS ROJAS?

Desde que Laura le preguntó por su padre, Alex la había esquivado. Y aunque era solo un niño, sabía que eso no estaba bien. Al fin y al cabo ella no tenía la culpa de haber hecho la pregunta que él más temía. Así que pensó que debía recompensarla de alguna forma.

Después de la merienda le pidió permiso a su madre para salir a jugar a la calle. Le puso la excusa de que le apetecía mucho montar en bici y que sería una buena ocasión para ver el pueblo. Madison no pudo negarse, ese pillín sabía como pedir las cosas... y después de la confrontación de la última noche, mucho menos iba a decirle que no.

Alex partió con la promesa de no volver más tarde de las ocho. Con tres horas por delante era más que suficiente para cumplir su plan. El primer paso sería recoger unas amapolas rojas, seguro que Laura se pondría muy contenta al verlas. El niño pedaleó hasta el bosque en busca de las preciadas flores. El paisaje le maravilló, no tenía nada que ver con aquellas laderas secas de donde venía. Aquí todo eran tonos verdes y vegetación en abundancia. Y allí estaban, a los pies de un pequeño valle, un buen puñado de amapolas. Se bajó de su vieja bici de montaña y con la delicadeza de un cirujano, las cortó y las guardó en su gastada mochila de pana.

Ahora venía lo más difícil, y también lo más divertido, averiguar donde vivía Laura. Claro que si aspiraba a encontrar a su padre, aquella empresa se le antojaba sencilla. Necesitaba utilizar todos los detalles que conocía de ella. Por desgracia, no sabía el apellido y posiblemente Lauras hubiese unas cuantas en la zona. Así que tenía que recordar alguna cosa de ella que le pudiera encaminar los pasos. Fue así como le vino a la mente aquel olor. Esa misma mañana la mochila de la niña desprendía un dulce aroma a canela. A él no le pasó desapercibido que aquella fragancia dulzona provenía de unas rosquillas recién hechas.

Así que si encontraba la panadería que preparaba aquel manjar, tendría la zona de residencia de Laura. La primera panadería que encontró no tenía nada parecido a aquello, más bien olía a pan quemado. Preguntó a un anciano donde podía encontrar la siguiente panadería y el hombre le indicó que estaba a un par de manzanas. Ya había gastado la mitad de su tiempo, si quería llegar a su hora debía darse prisa.

Cuando vio el mostrador del siguiente establecimiento, supo que tampoco había acertado.

- ¿Sabe si está muy lejos la siguiente panadería? –preguntó poniendo cara de bueno.

- ¿Qué pasa es que no te gusta lo que tenemos o que? –la señora tenía un gesto desagradable.

- No, no es eso... –tartamudeó un poco.

- Chico en este pueblo solo hay dos panaderías y las dos son de mi marido. El género es el mismo, así que... ¿qué te pongo?

- Gracias... pero no quiero nada. –se marchó rápidamente.

- ¡Maldito crío! ¿Qué te piensas que es esto? –se metió a la trastienda refunfuñando.

Su fantástico plan había fracasado... había llegado el momento de darse media vuelta. A penas quedaba una hora para las ocho y de camino tenía veinte minutos. Con ese pequeño margen, le sería imposible dar con el sitio... Se montó en su bicicleta verde y pedaleó sin muchas ganas.

Pero como siempre su mente no iba a rendirse a la primera dificultad. Y le asaltó una nueva pregunta: "¿Y si no he hecho la pregunta correcta a la persona indicada? " Pegó un salto y desmontó, buscó entre los transeúntes y a su izquierda vio a un chico de unos quince años. Por su envergadura era de buen comer. Ese era el candidato que estaba buscando.

- Perdona, quiero comprar unas rosquillas de canela. ¿Sabes donde puedo encontrarlas?

- Si claro, el único sitio que las vende es el hostal Barkley. Está al final de la calle a mano derecha.

- ¡Muchas gracias! -dijo con una enorme sonrisa en la cara.

Estaba de suerte, el sitio estaba bastante cerca. Aún podría pasar al menos media hora con Laura.

Está vez pedaleó a toda prisa, en apenas un minuto había recorrido la calle y se encontraba delante del hostal. Observó su vieja fachada de madera, aunque antiguo el edificio estaba bien conservado. Aparcó su bicicleta y sacó las flores de su mochila. Las arregló un poco y entró con paso firme.

En el mostrador de la recepción una mujer de unos treinta y cinco años estaba atendiendo a un hombre. Le llamó la atención el parecido entre ella y Laura, seguramente era su madre. Bien mirado era tan guapa como ella. Su pelo ondulado le caía por debajo de los hombros, sus ojos verdosos desprendían alegría y sonrisa era amplia y sincera. Por el contrario al otro lado del monstrador había un hombre algo más joven. Según parecía de alrededor de treinta. Y que a Alex no le gustaba un pelo. Sin darse cuenta se había acercado demasiado y ya podía escuchar la conversación.

- Esa habitación me vale. Ahora aceptaría cualquier cosa, he conducido más de seis horas seguidas desde Napa. Necesito descansar cuanto antes... -la voz del hombre sonaba agradable, pero a Alex no le daba confianza.

- Muy bien, pues necesito su nombre y que deje un depósito del cincuenta por ciento de coste.

- No hay problema, puedo pagárselo todo por adelantado. Apunte el nombre, Roy Tagliaferro.

- Pues ya está todo señor Tagliaferro, aquí tiene la llave. -la mujer le puso la llave en el mostrador.

- Llámeme Roy. -cogió la llave y le sonrió. Se giró y se encontró con Alex pegado a su espalda. - ¡Hey jovencito! ¿Amapolas rojas?