CAPÍTULO 6: LO HE VUELTO A HACER.

Los rayos de sol se colaban entre las cortinas de la habitación y le daban en los ojos. Roy se movió hacia el otro lado, no quería levantarse aún. Después de todo había pasado buena noche... Y eso que su llegada al pueblo no había sido nada positiva. La parte mala era que para controlar esos enormes sentimientos negativos, había tenido que hacer aquello de nuevo...

No era algo de lo que se sintiera orgulloso, pero como se solía decir a si mismo: "¡Qué demonios, nadie es perfecto!" Y si así había conseguido volver a la calma, pues ya estaba más que justificado. Además aquel pequeñajo se lo había buscado, si no hubiese entrado en su habitación... ahora estaría vivo. Así que después de todo había sido cosa del destino.

Siguió en la cama hasta que el sonido de su despertador se tornó insoportable. Lo apagó de un manotazo y sin querer lanzó por los aires el cuchillo que había dejado en la mesita de noche. "¡Joder!" gritó a media voz. Sus dedos se habían manchado de sangre. Había vuelto a la realidad y tenía que limpiar aquello cuanto antes. Esa siempre era la peor parte, dejar la zona como si nada hubiera pasado. Se esmeró en dejarlo todo reluciente, quitó hasta la más diminuta gota de sangre. Luego lo metió todo en una bolsa de basura, incluido el pequeño cadáver. Y la escondió en su maleta de viaje.

Se dio una buena ducha de agua tíbia, se afeitó y se vistió con la mejor camisa que había traído. Al pasar por la recepción Estefania le detuvo.

- Buenos días señor Tagliaferro. ¿Va todo bien? –la mujer puso cara de duda.

- ¡Buenos días! Toda va genial, gracias. –Roy sonrió mientras admiraba la belleza de Estefania.

- Lo digo porque parece que se marcha y aún tiene pagadas dos noches más.

- ¡Ah! Lo dice por la maleta... no me marcho... aún no. –se rascó la nuca. –Es solo que he traído ropa de la ciudad para un amigo y voy a llevársela. Eso es todo.

- Vaya... menos mal. Pensé que a lo mejor la habitación no había sido de su agrado.

- ¡He dormido fenomenal! Hacía tiempo que no dormía tan bien. –se despidió con la mano y le guiñó un ojo.

Cargó la maleta en el coche y volvió dentro para desayunar. La camarera le sirvió enseguida, había pedido un té muy caliente y unas tostadas. Mientras lo degustaba leía atentamente el periódico. Uno de los anuncios le resultó interesante: "¿Quieres controlar tu mente? ¿Estás cansado de ser una marioneta de tus sentimientos? Nosotros te ayudamos a obtener tu verdadero potencial. Ven a nuestra próxima conferencia. VISUALIZA" . Quizá no fueran más que otros charlatanes, pero si la terapia seguía sin funcionar, a lo mejor pasaría a verles.

De camino a casa del doctor Rubens se deshizo de la bolsa. La tiró en uno de los contenedores de un restaurante de carretera. Cuando llegó, el doctor le abrió la puerta, era un hombre mayor de unos sesenta años. Tenía el pelo totalmente blanco y en su cara unas enormes cejas del mismo color que no pasaban desapercibidas. Lo observó por encima de la montura de sus gafas, ya era la cuarta vez que venía a su consulta.

- Póngase cómodo señor Tagliaferro. ¿Quiere beber algo?

- Gracias doctor, tomaré un té.

- Claro té, como siempre... Es usted un hombre de ideas fijas.

A los pocos minutos el señor Rubens apareció de nuevo. Cargaba una pequeña bandeja de metal con dos tazas, las dispuso sobre la pequeña mesa y se acomodó en su butaca de cuero marrón.

- Y bien señor Tagliaferro, ¿Cómo le han ido estas semanas? ¿Ha puesto en práctica lo que hablamos?

- No está resultando... Sigo teniendo esas ideas en mi cabeza. Y pierdo los nervios constantemente...

- Hábleme de las cosas que le hacen perder los nervios. ¿Qué cosas son?

- Pues hay muchas cosas... pero lo que no soporto es el desprecio. Ni sentirme poca cosa.

- Sabe que eso no es así. Nadie le desprecia, es usted mismo. Usted lo ve así, porque su mente lo interpreta de esa forma. Algo normal o sin importancia, lo mal interpreta y lo ve como un desprecio.

- Si, es verdad... ayer me pasó otra vez. Un niño no me hizo caso y yo perdí la cabeza...

- Todo viene de lo mismo. Es lo que hablamos las otras veces. No ha superado lo de su hermano.

- ¿Y qué debo hacer? No quiero ser así...

- ¿Qué hizo para volver a la calma?

- Lo he vuelto a hacer.