CAPÍTULO 9: LA SEÑAL.
Después de salir a toda pastilla de la consulta del doctor Rubens, Roy se encerró en su habitación. Estaba convencido de que la terapia era una pérdida de tiempo. Así que su último recurso sería acudir a la conferencia de Visualiza que había visto anunciada en el periódico. No es que tuviese muchas esperanzas puestas en ello, pero se estaba quedando sin recursos.
Al cabo de unas horas estaba más calmado, aunque lo que empezaba a surgir en su interior era un sentimiento de tristeza. Era como si toda la rabia que había ido acumulando se transformara en una depresión que le ahogaba el corazón y se le hundía cada vez más en el pecho. La habitación se le estaba haciendo pequeña, necesitaba tomar el aire. Así que salió al patio trasero y se sentó sobre la boca de piedra del pozo. El día se estaba poniendo feo, unas nubes negras empezaban a acumularse sobre su cabeza, en unos minutos empezaría la lluvia. Él lo sabía, al fin al cabo era un hombre de campo. Pero esperaba la lluvia como si las gotas de agua pudiesen limpiar su corazón.
Laura observaba la escena desde la ventana de su cuarto. La niña solo asomaba media cara por encima del marco del ventanal. Quería saber que hacía allí el señor Tagliaferro sin que él la descubriese. Tan solo unos pocos minutos más tarde, empezó a llover con mucha intensidad. Y la pequeña se asombró al ver que el hombre permanecía inamovible.
La lluvia fue aumentando de intensidad de manera exponencial, la fuerza del agua era tanta, que en pocos minutos el sumidero del patio no daba abasto para desalojar la cantidad de agua acumulada. El sonido retumbaba en las paredes del recinto y Roy se sentía como en un ritual de purificación. Llegó a desprenderse tanto de la realidad que tenía la sensación de haber conseguido entrar en un estado alterado de conciencia. Desde el cual intentó ponerle fin a su sufrimiento. Quería respuestas y las quería ahora.
"¿Qué debo hacer? ¿Es buena idea acudir a esa conferencia? Solo necesito una señal, saber si es o no el camino que tengo que escoger."
Se repitió las mismas frases mentalmente una y otra vez. Hasta que sintió el impulsó de abrir los ojos. Con la mirada aún levantada hacía el cielo, pudo ver la señal. Esa señal que tanto necesitaba y que acababa de pedir. Para él no había duda, la conferencia era su salvación y allí pondría fin a su sufrimiento.
Ahora Roy estaba más seguro que nunca de que iba por el camino correcto. Lo que él no podía ni tan siquiera sospechar, era que lo que realmente estaba pasando es que estaba más cerca que nunca de perder el juicio. Aquella señal que tanto le había impresionado no era más que el dibujo de una niña de siete años. Laura que había permanecido agazapada en la ventana del segundo piso, se percató de que Roy estaba con los ojos cerrados. Y decidió gastarle una broma. Así que usando tres dedos de la mano derecha y aprovechando el vaho del cristal, dibujó una cara sonriente. Como las que solía dibujar en su pupitre.
Pero claro, él estaba demasiado sugestionado para darse cuenta de la sencilla explicación del suceso. Y aquel ridículo dibujo se le marcó a fuego en la memoria. Tanto fue así que en cuanto llegó a su habitación comenzó a dibujarlo por todas partes. Se había convertido en un símbolo de culto. Otro más… fruto de una mente desequilibrada y con tendencia a las más variopintas obsesiones. Como su obsesión por recitar los poemas de Blake mentalmente siempre que se angustiaba o perdía el control.
Estaba tan emocionado que apenas podía contener las ganas de cantar y saltar por toda la habitación. Solo tenía que esperar un día más y su vida cambiaría radicalmente. La conferencia sería dentro de veinticuatro horas, eso era todo lo que tenía que aguantar.
A esa misma hora Clara estaba desesperada. Había pasado toda la tarde intentando encontrar a Fermín, su gatito de pelo rojizo. Pero no estaba por ninguna parte… Clara era un año menor que Laura y vivía en el edificio de enfrente. Fermín era un gato travieso, se escapaba a menudo de casa para cazar pájaros y ratones. Pero si algo sabía hacer bien Fermín, era volver a casa. Siempre había vuelto al cabo de unas horas, salvo esta vez.
Ya no sabía donde buscar, así que decidió ir a visitar a Laura. Tenía la esperanza de que su amiga lo hubiese visto. Llovía muy fuerte en ese momento, pero ni la lluvia, ni su madre pudieron persuadirla de continuar la búsqueda.
Estefanía le ofreció un chocolate caliente y una toalla para secarse. La niña esperó en la recepción hasta que Laura bajó.
- Hola Laura… ¿Has visto a Fermín? No ha vuelto a casa… Y es muy raro, nunca ha estado tanto tiempo sin aparecer.
- Hola Clara. ¿A Fermín? No, no lo he visto… ¿Crees que se ha perdido?
- Si… y con la que está cayendo. –suspiró angustiada.
- Bueno no te preocupes, seguro que está bien.
- No se… a lo mejor está encerrado en alguna parte y no puede volver. Tengo que encontrarlo.
- Bueno si quieres te ayudo… pero tendrá que ser mañana. Con este tiempo mi madre no me va a dejar salir. Y tu madre se va a enfadar contigo si sigues por ahí a estas horas y con este tiempo. Sabes he tenido una idea genial. Mañana le diremos a Alex que lo encuentre.
- ¿Alex? ¿Quién es ese?
- Es un amigo nuevo. Va a mi clase, acaba de llegar al pueblo. Y no te lo vas a creer… ¡Tiene poderes!
- ¿Poderes? ¿Qué clase de poderes?
- Pues adivina cosas… y… y además quiere ser detective. ¡Seguro que nos ayuda!
- ¡Qué bien! Ojalá Fermín haya podido refugiarse de la lluvia.
Clara se marchó un poco más tranquila. Con la esperanza de que al día siguiente todo mejoraría y que alguien con poderes le ayudaría. Con ese pensamiento se durmió en la cama de sus padres, abrazada por su madre. Y no era la única que había depositado sus esperanzas en el mañana. En la habitación catorce del hostal de enfrente, Roy se durmió con una esperanza en mente muy parecida…
