HIJO ROJO CAPÍTULO 12: MADRUGADA ROJA
La multitud se agolpaba formando un círculo. Una veintena de paraguas se abrieron al unísono, cuando las primeras gotas comenzaron a caer. Jack, el fotógrafo del periódico de Seal Beach, intentaba abrirse camino entre las personas. Quería sacar una buena foto para la portada, pero rápidamente el Sheriff y su ayudante disiparon a la multitud y a Jack con ella. Las luces de la ambulancia seguían encendidas y sus destellos se reflejaban ahora en los charcos que poco a poco la lluvia iba formando.
Los médicos seguían intentando salvarle la vida. Pero cada minuto que pasaba la dificultad aumentaba. Las caras de los presentes eran el vivo retrato de lo que estaba pasando en ese momento. La desesperación de los médicos se contagiaba al resto, que presos de la impotencia, maldecían o vociferaban palabras mal sonantes que el viento recogía y cambiaba de lugar.
El Sheriff se rascaba la nuca, tenía la mente llena de preguntas. Su vista saltaba de un punto a otro, lo mismo se posaba sobre la fachada de la iglesia, que sobre el suelo de la entrada. Las piezas del puzzle no le encajaban. Él ya sabía que la parafernalia que había montado Visualiza traería problemas. Pero nunca se imaginó algo así…
Los curiosos iban llegando de todas partes del pueblo, aunque aún era muy temprano. Las campanas acababan de repicar indicando que eran las siete de la mañana. De los asistentes a la reunión no quedaba ni rastro. Muchos habían venido de otros lugares y ya se habían marchado. Y los que no eran foráneos debían estar durmiendo, ya que según los vecinos de las casas colindantes la reunión duró hasta altas horas de la madrugada.
De todas formas no fue ninguna persona relacionada con Visualiza, sino el jardinero quien le encontró. El hombre de unos cincuenta años, se asustó mucho cuando vio toda aquella sangre esparcida por la entrada de la iglesia. Enseguida intentó socorrerle, pero había perdido mucha sangre y el golpe en la cabeza parecía muy fuerte. Por suerte el centro médico estaba apenas a un kilómetro de allí y los médicos no tardaron en llegar.
Las primeras hipótesis parecían indicar que el golpe se había producido hacía al menos dos horas y que había sido desde una altura considerable. Seguramente desde la ventana del primer piso de la iglesia.
A pocos kilómetros de allí sonaba la alarma del despertador de Madison. La mujer se desperezaba lentamente levantando los brazos hacia el techo. Y sin muchas energías se puso en pie. Lo primero que hizo fue acercarse hasta la habitación de Alex, su hijo se había comportado de manera muy extraña la noche anterior. Y ella realmente no había dormido nada bien, pensando que algo le pudiera estar pasando a su pequeño. Con mucho cuidado abrió la puerta de la habitación y observó su silueta envuelta en la ropa de cama. No quiso despertarlo aún, pensó que sería mejor preparar el desayuno. Quizá el niño estaba cansando debido al estrés que le había supuesto esta nueva vida. A lo mejor necesitaba un poco más de tiempo para adaptarse. Con esos pensamientos se reconfortaba ella, mientras preparaba unas deliciosas tortitas.
El reloj de la cocina ya marcaba las siete y veinticinco, si no despertaba a Alex ahora mismo iban a llegar tarde. Con la mano izquierda sujetaba la bandeja donde llevaba el desayuno, mientras que con la derecha abrió la puerta de la habitación. Llamó a su hijo, pero éste no respondió... con el corazón acelerándose por momentos puso la bandeja en la mesita de noche y se arrodilló para despertar al pequeño diablillo pelirrojo. Pero al levantar el edredón se dio cuenta del burdo engaño. Allí no estaba Alex... solo la ropa de recambio de la cama dispuesta en forma humana.
El instinto de madre le dijo que él había salido por la ventana y allí dirigió ella su mirada. Dos patrullas de la policía venían directas hacia la casa, a toda velocidad. Se llevó las manos a la boca y cuando escuchó el timbre de la puerta se arrinconó contra la pared... como si esa realidad no fuera la suya... quizá se había despertado en un universo equivocado. Ella no quería estar allí, solo quería volver a despertarse, pero hacerlo en su mundo, el mundo que anoche estaba perfecto. Y que ahora se estaba rompiendo en pedazos a cada segundo.
Las voces de los policías al otro lado de la puerta le hicieron reaccionar y entonces corrió... La bandeja de desayuno voló por los aires, las tortitas cayeron al suelo y el zumo de naranja se volcó, derramándose poco a poco, gota a gota... girando sobre si mismo para finalmente parar y rodar hasta desaparecer debajo de la cama.
