HIJO ROJO CAPÍTULO 13: ¿QUIENES SOIS?
El psicólogo que trataba a Madison estaba muy preocupado. La mujer no estaba respondiendo a la terapia y su deterioro físico y mental estaba yendo en aumento. Habían pasado ya tres meses desde aquel fatídico día, tres largos y duros meses en los que ella había perdido más de doce quilos.
El pueblo entero se había volcado en ayudarla, nunca la dejaban sola. Pero de nada servía todo lo que podían ofrecerle. Ella solo quería una cosa, y era volver a escuchar la voz de Alex.
Como cada mañana había ido a la capilla a rezar, allí se encontró con Estefania y Laura. Se abrazaron y rezaron juntas durante más de media hora. Ya estaban a punto de marcharse cuando la jefa de enfermeras de la primera planta, entró sin aliento por la puerta. Había corrido desde el edificio principal del hospital general de Seal Beach, hasta la pequeña capilla que estaba situada en el jardín exterior.
-¡Rápido Madison! ¡Se está despertando!
Esas palabras surtieron más efecto en su cuerpo que cualquier terapia. En un segundo la mujer abatida y deteriorada había desaparecido y ahora en su lugar había una madre que corría con esperanza. La esperanza de volver a ver a su hijo despierto. Entre la capilla y la habitación de Alex había apenas medio kilómetro. Pero a las tres se les hizo una distancia casi astronómica.
En la habitación un niño de siete años y medio, rapado y escuálido como una anguila se estaba reclinando sobre la almohada de la cama. Madison lo estrujó contra su pecho, dejando al pequeño casi sin respiración. Lloraba agradecida, mientras él con cara de susto y totalmente desconcertado miraba a su alrededor.
El pequeño pelirrojo, ahora sin apenas pelo, no había podido ni articular palabra. Cuando un séquito completo de médicos irrumpió en la habitación como un ejército. Las enfermeras sacaron de la habitación a las mujeres y solo Laura se intentaba zafar de los brazos del celador que la llevaba a cuestas. Los doctores le efectuaron un sin fin de pruebas para comprobar el estado neuronal de Alex. Desde el día que llegó no habían tenido muchas esperanzas de que despertase. La probabilidad que barajaban era tan solo del diez por ciento.
En la sala de espera Madison no podía quedarse quieta, caminaba de un lado a otro esperando que los médicos le dieran permiso para entrar. Por momentos temía que todo fuera un sueño y que cuando despertarse Alex siguiera en coma. Había acumulado tantos miedos estos tres meses... Sin Alex simplemente no tenía vida.
Estefanía no conocía a Madison antes del accidente, pero desde el primer día se había unido a ella. No podía quitarse de la cabeza la imagen de aquel chico pelirrojo con las amapolas en la mano. El día que conoció a Alex en el hostal. Y ver a Laura destrozada por su amigo era un calvario para ella. Precisamente de ese día estaban hablando las tres en la sala de espera. Recordando como Alex con su bicicleta y su vieja mochila de pana había encontrado por si mismo el hostal. Solo para llevarle flores a Laura.
El jefe de neurología entró en la sala acompañado de dos doctores más. Empezó a explicarle a Madison el estado real de Alex. Ella se abrazó a Estefania y las dos lloraron, el médico agachó la cabeza y se pasó la mano izquierda por el pelo. La enfermera les indicó que podían ir a verlo, que podían estar un rato con él. Pero que luego tendrían que dejarlo descansar.
Todas se limpiaron las lágrimas y dibujaron una sonrisa en sus caras, tenían que ser fuertes por él. Madison entró decidida, pero siguió las indicaciones que el doctor le había dado en la sala de espera. Las tres se colocaron en el costado izquierdo de la cama, justo delante de la ventana. Los rayos de sol iluminaban las pecas de la cara de Alex. Sus ojos que habían permaneció cerrados durante tres meses, las observaban ahora con curiosidad. Miró a su madre un buen rato, observando cada detalle de su rostro, de su pelo rizado. Después observó a Estefania de igual forma. Y finalmente su mirada se cruzó con la de Laura que le sonreía y le saludaba agitando la mano. Él le sonrió, con esa sonrisa que podía usar para cautivar a cualquiera y le devolvió el saludo con la mano. Todas rieron. Se acomodó sobre la cama, que ahora estaba en posición inclinada y a media voz dijo:
-¿Quienes sois?
