De una iluminación, o puede que simplemente un modo de descubrir que eres idiota.

/An epiphany is just a fancy way of realising you're an idiot./

Por Linpatootie

Resumen: Sherlock y John tienen una especie de… discusión de pareja. Cosa realmente extraña, porque no son pareja.


NdT: Respecto a toooodos los posibles comentarios que haya tenido, muchas gracias a todos. Siempre hace ilusión. Segundo: lamento mucho haber tardado tanto en subir el segundo capítulo, es difícil que se me junten el tiempo libre y las ganas de traducir a la vez. Mucho. Y, para terminar, decir que esto no se me da extraordinariamente bien, pero lo hago lo mejor que puedo. No manejo lo suficientemente el inglés como para atreverme a traducirlo directamente del fic subidopor Linpatootie, así que me limito a traducirlo del francés, así que es normal si hay diferencias (bastantes) del relato original a este. Es difícil hacer coincidir las dos lenguas o no añadir cosas de tu propia cosecha cuando estás escribiendo algo, cosa que me pasa a mí. Muchas veces pongo expresiones o palabras, la mayoría de las veces cuando pienso que servirá para aclararos la lectura cuando lo estéis leyendo, así que si hay diferencias y errores, es completamente normal, y me disculpo de primeras.

Sé que puedo tardar en subir el tercer capítulo, de aquí a... ¿un mes? ¿dos? ¿un año? ¿cuando salga el especial de Sherlock?

Me lo he pasado pipa traduciendo esto. Un descojone. Que aproveche.


Hacía 101 noches que John dormía en la cama de Sherlock. Las había contado. Puede que no conscientemente, puede que no con un objetivo claro, pero cada noche era como una melladura sobre madera; imposible de olvidar. Ciento una noches. Si las noches fuesen dálmatas se habría podido hacer un bonito abrigo de lunares (una metáfora tan inútil como contar las noches, pero llevaba pensando en aquel número toda la noche, preguntándose si era o no el principio de alguna extraña obsesión).

Había incluso publicado un artículo en su blog sobre ello: una sola entrada, de una sola línea, en la que simplemente ponía "101", con un solo comentario, de Harry, que consistía en un solitario y escueto punto de interrogación. Sherlock lo había visto y Sherlock había comprendido la referencia, informándole de ello con prepotencia detrás de un microscopio casi tan grande como su cabeza. Esto último le había molestado de forma considerable, porque significaba que él también contaba las noches y qué demonios significa eso.

Era también plenamente consciente de no haber dormido con nadie más en todos aquellos meses. Había tenido alguna que otra cita, pero todas habían acabado en el mismo punto muerto. Había incluso salido con la misma chica dos veces, una agradable camarera pelirroja y de culo espectacular, pero al cabo de dos semanas Sherlock había acabado por espantarla, incluso antes de que John pudiese pensar en cómo contarle que comparte cama de forma regular con su compañero de piso, de forma voluntaria, esperando que no lo encontrase excesivamente perturbador.

A John le gustaba dormir al lado de Sherlock. A John le gustaba dormirse al lado de Sherlock y despertarse al lado de Sherlock, y mientras que al principio había aceptado aquello sin dificultad alguna (generalmente esa era la mejor estrategia, tratándose de un Holmes), empezaba a preguntarse, cada vez más a menudo, qué significaba. Todas aquellas noches que no habían compartido cama habían resultado ser desagradables, agitadas, y sin embargo había algo reconfortante y que le aportaba seguridad sabiendo que Sherlock estaba ahí, justo a su lado. Por supuesto, la reacción del detective no ayudaba en absoluto. Nunca había sido un gran durmiente, pero últimamente era mucho más proclive a irse a dormir, cosa que aterrorizaba y halagaba a John a partes iguales. Incluso cuando las noches de Sherlock eran agitadas y John se iba a dormir a su cama, se despertaba la mañana siguiente con éste a su lado, que se había deslizado antes de que John se despertase.

Resumiendo, había alguna clase de extraña rutina de pareja entre ellos que empezaba a perturbar a John, ya que implicaba algunas cosas. Cosas que, ciertamente, no podía decir que fuesen del todo falsas. Era como si él y Sherlock se hubiesen convertido, sin comerlo ni beberlo, en una pareja, con todo lo que ello suponía. Sherlock parecía extrañamente satisfecho y John no sabía muy bien cómo reaccionar ante todo aquello. En serio, soy demasiado viejo para este tipo de incertidumbres.

Se ha recostado, boca arriba, manos en la nuca, sobre la cama de Sherlock, y se dedica a escuchar los ruidos que hace su compañero en el cuarto de baño. Había memorizado por completo su rutina de antes de acostarse, que no variaba un ápice de noche a noche. Empezaba lavándose las manos y la cara, casi siempre con agua fría, dejando el grifo abierto y el agua cayendo sin pausa sobre el lavabo. Después se cepillaba la boca durante lo que parecía durar una eternidad, prestándole atención a absolutamente todos sus dientes (aunque, para ser honestos, Sherlock nunca había necesitado la atención de un dentista desde que se conocieron). Se peina. Y no es que John sea capaz de oírle peinarse, pero sabe que lo hace, que se quita la gomina que ha estado usando durante todo el día para dominar aquella melena. Después hay un momento de silencio, el ruido de la cadena, y atravesaba el umbral de la habitación, satisfecho consigo mismo. Aquella mirada es una mirada que John sólo ve cuando están ellos dos solos, y le hace sentir cosas. Que, a decir verdad, no está seguro de poder describir. O querer.

-Tenemos que hablar, lanza John mientras que su compañero se deslizaba dentro de las sábanas.

-¿De qué?, pregunta, como si no estuviese aún allí del todo, dando a entender que aún seguía el hilo de sus propios pensamientos, esos que seguramente había empezado a masticar cuando aún estaba lavándose los dientes.

-De esto.

Sherlock suspira y se vuelve hacia John, rodeando la almohada con su brazo. Ahora que le presta atención.

-Vas a tener que ser más específico, John –y lo dice sin ninguna clase de inquina; está incluso contento.

Le pone nervioso.

-Esto, Sherlock. Tú. Y yo. En tu cama. Desde hace más de tres meses ya.

-¿Y?

John mantiene su mirada en el techo, más que nada porque si la volvía hacia él, se veía totalmente capaz de darle un puñetazo en la cara - ¿quieres captar de una vez lo que te estoy diciendo, pedazo lerdo?

-Estamos a medio paso de rozar los límites de la amistad, Sherlock. Tenemos que hablar. Sobre ello.

El apelado le observa, en silencio, como un gato curioso.

-Mira, escucha, es… simplemente no es normal ¿no? ¿Compañeros de piso que comparten cama?

-Lo normal es aburrido, John. ¿Qué importancia tiene?

-Es importante, Sherlock, ¿vale? Lo es. Simplemente, quiero decir, ¿qué pasaría si tuviese novia?

Él frunce el ceño.

-¿En serio, John, crees que seguiría insistiendo en dormir contigo si tuvieses una chica en tu cama?

-No quería decir que… por dios, espero que no. Pero ese no es el problema. ¿Cómo se lo explicaría?

-¿Por qué se lo ibas a explicar?

-Porque las relaciones amorosas funcionan así, sabes y, honestamente, no sé muy bien qué pensar del hecho de no poder dormir bien si no está mi compañero de piso a mi lado.

Voilà. Ya está dicho. Vuelve a respirar, y las palabras que acaba de soltar flotan en el aire, mientras Sherlock las analiza silenciosamente.

-¿No puedes dormir cuando yo no estoy aquí?

- (…) Por poder puedo, solo que lo hago mejor cuando estás a mi lado susurrando cosas sin sentido mientras duermes, murmura John, sintiéndose vagamente miserable.

-No hablo mientras duermo, responde el otro, levemente perplejo, y John tiene unas ganas increíbles de arrearle porque de verdad no era eso lo que quería que cuajase de todo lo que acababa de confesar.

-Sí, sí que lo haces, e incluso bastante a menudo, en realidad. No me molesta. Es simplemente que n…

-John, he estado la mitad de mi infancia durmiendo en internados y nadie me ha dicho nunca que habla en sueños, creo que lo sabría si…

-Sherlock. En serio. Que hablas mientras duermes, créeme. Incluso respondes cuando se te hace una pregunta, de vez en cuando. Siento tener que anunciártelo así pero por dios, ¿podemos dejar de andarnos por las ramas e ir al grano?

El detective parece tremendamente aterrorizado ante aquella confesión, preguntándose sin duda alguna qué oscuros secretos habrían podido arrancarle sus compañeros de internado mientras dormía. John se siente ligeramente culpable, pero la sensación no tarda en desvanecerse, como siempre.

-Escucha, es simplemente… esto. Poco importa lo que sea. Tenemos que hablar.

-No lo entiendo.

-Sherlock, por dios, para. No eres tan ingenuo, sabes de sobra de qué te hablo.

Sherlock no quiere hablar sobre ello ni poner las cartas sobre la mesa y eso le agota la paciencia. Tampoco es que él tenga muchas más ganas de hablar sobre el tema, pero tienen que hacerlo, y le irrita ver cómo el otro intenta evadirlo tan descaradamente.

Sherlock le mira, únicamente interrumpido por los tic-tac de los segundos del despertador de su mesa de noche, su celebro funcionando a una velocidad impresionante para intentar encontrar las palabras adecuadas. John sabe que es difícil para él. La gente, las relaciones, no está especialmente dotado para eso pero por dios, es sólo él, es John, el hombre con el que duerme apaciblemente desde octubre, y va a tener que intentarlo.

-No veo dónde está el problema, acaba por decir. Somos tú y yo, sin más, ¿de qué tenemos que hablar?

Evidentemente.

-No soy gay, Sherlock, rechina él, presionando la mandíbula.

Sherlock explota. John no tiene ninguna otra palabra para describirlo mejor que esa. Se da la vuelta bruscamente, sus brazos en el aire, y sus talones golpeando la sábana.

-¿¡Qué tiene que ver!?, exclama, con voz frustrada. Cada vez que… tú... ¡que se sobrentiende algo, entre nosotros, dices siempre lo mismo, te proteges detrás de esa frase como si fuese algún tipo de escudo, ¿pero cuál es el problema?! Todo el mundo sabe que no eres gay, John, te encantan las mujeres, te conviertes en un charco de babas en cuanto pasa alguna chica guapa delante de ti, pero por qué debería eso excluirte del hecho de que… - eso no quiere decir que no puedas… - es casi hiriente, ¿sabes?

John se queda ahí, congelado, mientras las palabras de Sherlock le golpean de un modo que no le gusta nada.

-Es… es… qué más da lo que sea, continua Sherlock, agitando los brazos. ¿Por qué tienes la necesidad de hacer esto, de volver sobre tus pasos continuamente, únicamente porque tengo pene? Es ridículo. Me saca de quicio. Compartimos una cama, no te estoy pidiendo matrimonio ni que circules en el Orgullo Gay.

John se incorpora, los codos sobre las rodillas y las manos en la cara, antes de deslizarlas por su cabello y dejarlas ahí, luchando contra las ganas de levantarse y salir sin más de la habitación. Sherlock le mira, y su mirada parecía hacer un agujero ardiente en la nuca de su compañero.

-Escucha, es importante. Sé que no lo es para ti, porque tú… a ti te da igual lo que signifique, pero a mí no. No se trata de lo que la gente pueda pensar. Soy yo. Tengo treinta y siete años, y siempre he creído tener las cosas claras, y ahora… tú. Y esto. Qué más da lo que sea. Tiene tantísimas consecuencias, y no sé qué pensar del hecho de que entre nosotros soy seguramente el único que se preocupa por eso. Tiene que ser maravilloso poder no preocuparse de nada como tú lo haces, de limitarse a acostarse al lado de alguien y decirse cuán agradable es, pero yo no puedo. ¿Vale?

Sherlock se queda en silencio, las palabras de John deshaciendo su escudo de furia poco a poco, y espera a que termine.

-Creo, comienza John, y su garganta se seca. Mucho- los dos lo sabemos, yo sé que tú también lo sabes. Que somos… en fin, que hay un lazo muy fuerte -¿en serio acababa de usar la palabra "lazo"?-. Incluso aunque no durmamos juntos.

Suspiro.

-Es simplemente que esto, compartir cama, hace tan evidente el hecho de que no es… - de que no es completamente platónico, y no – no sé si estoy preparado del todo para afrontar ese hecho.

Silencio. Y en ese silencio hay algo que aturde a John, que le da ganas de tirarse por la ventana. Había oído decir que la basura de Mrs. Hudson era ideal para una caída violenta.

-Olvídalo. Duérmete, masculla, enterrando la cabeza en su almohada.

El silencio asciende en la penumbra, únicamente roto por el ruido de John al respirar, recostado sobre su espalda, manos en su cabeza. Normalmente duerme mejor con Sherlock a su lado, pero sabe que esta noche va a ser más bien una tortura. Tal vez sería mejor volver a su propia habitación, la cola entre las piernas, acobardado, para darles a ambos un poco de espacio, sólo por una noche.

Sherlock se mueve y se da la vuelta y sin aviso alguno John siente esa sensación cálida en su mano al cubrir la suya, sus dedos enrollándose entre los suyos, el dedo gordo deslizándose sobre la palma de su mano. La respiración de John se bloquea en su garganta, e intenta disimularlo con una débil risa, y aun así coge la mano de Sherlock con precaución, aunque sólo fuese para intentarlo, para decirle que no pasa nada.

Le necesito, piensa, y es difícil de aceptar, así que se limita a cerrar los ojos y concentrarse en el hecho de que es agradable, en realidad, aquel gesto de afecto, mientras que Sherlock, a su lado, se desliza en los brazos de Morfeo casi sin ningún esfuerzo.


-Ciento dos, constata Sherlock, con un trozo de tostada en la boca al pasar al lado de John la mañana siguiente – a este le entran ganas de tirarle el desayuno entero a la cara.

-Para. Deja de intentar sacarme de quicio, es súper rastrero, termina por decir, acribillándole con la mirada.

Sherlock no dice nada, se come su única tostada en dos poderosas mordidas antes de levantarse y coger su violín, entonando algo que John identificó como derivado de Vivaldi. Se bebe el café tan precipitadamente que se quema la lengua, y desaparece del apartamento para ir a hacer la compra.


Los cuatro días siguientes apenas tuvieron tiempo de respirar, y menos aún de sentarse y reflexionar sobre su situación. Salió al escenario un asesino serial; Sherlock estaba increíblemente emocionado, tres muertos, tres hombres de edad media encontrados estrangulados en sus camas sin ninguna señal de robo, ni forzamiento de la puerta. El detective acabó persiguiendo al asesino, un hombre joven con un gran problema psicológico, antes de terminar el día peleándose a puño desnudo y cayendo los dos por la ventana de un primer piso. El asesino se rompe dos costillas, y Sherlock consigue salirse de la situación únicamente con un par de rasguños y moratones, mientras que las piernas de John aún tiemblan por la impresión de haberle visto caer de cabeza al vacío.

Durante algunos días duermen escasamente, lo que les brinda la ocasión de evitar la situación muy fácilmente. Sin embargo, las cosas acaban calmándose, como siempre, John sermonea a Sherlock unos buenos quince minutos por tirarse desde una ventana y el efecto que esto tiene en los nervios de cierto compañero de piso, y terminan sentándose en silencio en el salón, John relatando los acontecimientos en su blog y Sherlock se meneaba en su asiento, intentando alcanzar una gran magulladura en su codo con una botella de desinfectante medio vacía. John le propone ayuda, Sherlock la rechaza, así que se limita a observarle pelearse con su propio brazo durante una docena de minutos antes de obligarle a tomar asiento y coger la botella.

-¿Duermes conmigo esta noche?, pregunta Sherlock lentamente, arrastrando su tono de voz deliberadamente, sin apartar la mirada de su brazo – el desinfectante fluye, inundando su codo.

-Si quieres, responde John, intentando tapar sus movimientos con sus dedos índice y anular de forma lenta pero segura, sabiendo que sacaba de quicio a Sherlock.

-Obviamente.

Suspira, deja la botella, agarra un pañuelo y lo pasa por la herida. El rasguño hace un recorrido completo por su brazo, rodeándolo y retorciéndose para intentar alcanzarse a sí mismo. La mano de John se tensa al ver aquello, pero no dice nada.

Termina una frase. Punto. A la línea. Nuevo párrafo. Suspira, estirándose, girando la cabeza y haciendo crujir su cuello de modo tentador.

-Bueno, dice.

-Bueno, repite Sherlock, arqueando una ceja – aquel movimiento ya lo decía todo.

-No hace falta ponerte nervioso. Que nos hayamos encontrado con un caso entre los brazos y que te hayas tirado teatralmente por una ventana no significa que no tengamos que… tenemos que…

No sabe cómo terminar su frase, lo que es muy frustrante, ya que sabe que Sherlock la va a terminar por él.

-¿Tenemos que hablar del hecho de que te guste estar a mi lado te pone incómodo? Sin problema. Habla.

-No seas así. Estás siendo un cretino.

-Tal vez tengas razón. Estoy cansado.

Suspira. Se levanta.

-¿Sabes? Mejor duerme en tu propia cama. Tengo ganas de estar solo.

Y desaparece, atravesando a pasos largos la cocina hasta su habitación. La puerta se cierra silenciosamente, como si no se atreviese a interrumpir el momento. John está confuso. Apenas son las diez y es más que ridículo, pero aparte de seguirle y meterse en lo que sin duda se convertiría en una discusión inútil, no sabe qué hacer.

Sube las escaleras hasta su propia habitación y se tumba sobre su cama, vestido, intentando poner en orden sus pensamientos durante una buena hora. No funciona.


A John le encantaría que Sherlock dejase de pregonar sus problemas personales en plena escena del crimen, pero eso es exactamente lo que hace mientras se pavonea detrás de la cinta amarilla, contando trozos de cuerpo dispersos a lo largo del río. Lestrade les había llamado, y Sherlock se había emocionado de sobremanera al enterarse de que los restos desmembrados de un cuerpo antes humano habían sido repartidos a lo largo de los setecientos metros de un río mohoso. El detective ya había anunciado que la víctima era un hombre, caucásico, y probablemente conductor de autobús. El cómo ha adivinado todo eso para John es un misterio.

Sherlock le ignora, dándole la espalda prácticamente cada vez que pasa por su lado mientras examina la escena del crimen algo agitado, con la determinación férrea de no mirarle. Distraído, John pisa algo desagradablemente blando y recula de un salto.

-Ten cuidado, es el intestino grueso, le espeta Sherlock con una sonrisa burlona al verle tan asqueado.

-Gracias por avisar, imbécil, murmura John, más para sí mismo que para otra cosa, limpiándose el zapato con un matojo de hierba.

-Vaya, alguien está de mal humor, ¿eh?, interviene Lestrade a su lado, manos en los bolsillos.

-Sí, está "un poco" enfadado conmigo, responde John.

Va a tener que tirar sus zapatos. O quemarlos.

-¿Qué le has hecho?

-Oh, créeme. No quieres saberlo.

Lestrade no pregunta nada más – sabe de sobra que si John dice que no quiere saberlo, es que en serio no quiere saberlo. El médico se plantea aun así contárselo, por un instante – dormimos en la misma cama desde hace tres meses y creo que se ha podido convertir de repente en mi novio sin darme cuenta y no sé muy bien cómo reaccionar y está enfadado por culpa de mi estúpido sentimiento de inseguridad – pero no cree que Lestrade sea capaz de procesar tantísima información. Y más si la conversación se desarrolla alrededor de los intestinos de un conductor de autobús desmembrado. Se lleva las manos a la nuca y observa a Sherlock saltar por encima de una caja torácica, gesticulando hacia Donovan para que coja notas sobre una cosa y otra, y espera a que termine.


-¿Habría algún modo de que guardases nuestros problemas privados, no sé, privados?, pregunta John un poco más tarde, sentado en un taxi hacia Baker Street, observando a lo lejos a un grupo de turistas parlotear en la acera.

-No he dicho nada de particular, responde su compañero arrastrando la voz, los ojos fijos en la nuca del conductor.

-No hacía falta. Hasta el perro del policía se habría dado cuenta de que estás cabreado conmigo.

-Si no quieres que la gente sepa que estoy cabreado contigo, no hagas que me cabree contigo.

-Oh, por el amor de- Sherlock. Es ridículo. Es normal discutir de vez en cuando, pero eso no quiere decir que tengas que arrastrarte por todo Londres con la misma cara que si te hubiese robado tu helado.

-Ya hemos discutido antes. Esta vez es diferente, creo que tengo todo el derecho a estar enfadado contigo. No me pidas que finja que es como un abrigo que pudiese quitarme al salir del apartamento, porque no quiero y no puedo.

John le observa mientras él mira por la ventana, totalmente indescifrable. La tensión entre ellos es tan palpable que se pregunta si el taxista no la añadirá al precio una vez hayan llegado a casa.

-Lo siento, dice John casi automáticamente.

Sherlock deja escapar una risa burlona.

-Sherlock, para. No intentes castigarme por estar como estoy, ¿vale? Lo intento comprender. Intento.

-No veo por qué tienes la necesidad de etiquetar todo lo que sientes, responde el detective hacia la ventana, mientras sus ojos siguen fugazmente el paisaje de Londres.

-Porque es importante, ¿vale? Es importante para mí, y qué más da de qué se trate, que yo también estoy implicado, así que tengo derecho a opinar. Punto.

Se siente un poco rebelde. Sherlock podría sencillamente dejar de ser tan cretino y darle el espacio que necesita sin tener que pelearse por él.

-¿Te será más fácil de aceptar cuando le hayas puesto nombre, o qué?

-No lo sé. Puede. Espero. Sí.

John hace todas las pausas posibles en cuanto a esa pregunta y aterriza sobre la conclusión con un sentimiento cercano a la satisfacción. Sí.

-Hmm, dice Sherlock, frunciendo el ceño.

En algún lugar John tiene miedo de lo que ese "hmm" pueda implicar – Sherlock comprende algo que John tendrá que descubrir solito, por lo visto.

El taxi gira en Baker Street y el detective es el primero en salir, agitado.

-Te dejo hacer tus propias deducciones, dice – eso implica que ya tiene la respuesta y John paga al conductor, considerando mudarse a Cardiff y terminar con todo aquel paripé.


Duermen separados, otra vez, aquella noche. El médico se duerme intentando comprender qué le falta cuando Sherlock no está a su lado, y se despierta dándose cuenta de que la respuesta a aquella pregunta estaba lejos de algo específico. Las relaciones humanas y su naturaleza, parece ser, no son algo que se pueda categorizar por un sencillo "sí" o "no". No es binario. Puede ver las asociaciones, juntar los puntos, es extraño.

Lo que le falta cuando Sherlock no duerme con él, es Sherlock. Lo que es bastante lógico, salvo que no lo es, salvo que John se da cuenta de que jamás ha sentido nada similar por nadie así antes, y esa idea le pone tan nervioso que se corta al afeitarse.


-¿Te quieres acostar conmigo?

John casi se atraganta con el café al escucharle. Están los dos sentados en un pequeño restaurante, con una tienda de animales al otro lado de la calle que Sherlock quiere vigilar por culpa de extrañas operaciones concernientes al tráfico de animales exóticos. Acaba de pasarse los diez minutos anteriores explicándole los diferentes métodos para traficar con serpientes, así que la pregunta es más bien inesperada.

-No hablo sólo de dormir juntos, por supuesto, eso ya lo hacemos, hablo de sexo, añade Sherlock, consiguiendo de forma magnífica empeorar más la situación.

-… ¿qué?

-Es una cuestión de lógica, John. Estamos en plena disputa de pareja, o algo similar, lo que ya es raro, porque no somos pareja. Ya me has explicado que tus sentimientos al respecto no son del todo platónicos, así que deduzco que eso quiere decir que te quieres acostar conmigo.

Su voz es distante. Busca tener resultados científicos, alejarse del problema para intentar, de algún modo, facilitarse la tarea, y para intentar ayudar a John a que comprenda lo que pasa entre los dos, pero no es ni más ni menos que un gran fracaso. Evita la mirada de John y sus dedos juegan con una bolsita de azúcar vacía sobre la mesa. Ni siquiera el gran Sherlock Holmes se atreve a implicarse en el problema.

John le mira fijamente, frotándose una mancha tibia de café que se ha derramado sobre la camisa.

-¿Y bien?

-Oh, por dios, masculla John, mirando a otro lado.

No hay nadie a su alrededor. La camarera que parece estar aburriéndose, limpia la máquina de café por encima y, aparte de ellos dos, el lugar está vacío.

-Sherlock. Escucha. No es- no se trata de eso. Su buscase… si se tratase sólo de sexo, sería incluso más fácil de solucionar.

Sherlock enarca una ceja hacia él.

-Fascinante.

John tiene ganas de estrangularle.

-En ese caso, tiene que ver con el amor.

Esas palabras caen entre ellos como un gran saco de ladrillos. John le observa, boquiabierto, su mano inmóvil sobre la mancha.

-¿Es eso?, insiste Sherlock.

-Dímelo tú, consigue articular el otro.

Sherlock no se esperaba una respuesta tan flagrantemente evasiva y hace un mohín, su rostro tiñéndose de descontento. Arruga la bolsita de azúcar y no añade nada más. John se termina su café y se quedan los dos así, sentados en medio del silencio más incómodo que ha podido existir jamás entre los dos. Por un instante, John se dice que no se ha sentido jamás tan miserable.


Sí, dice John bruscamente aquella tarde, mientras está sentado de mala forma sobre su sillón y Sherlock en la cocina, mirando a través de su microscopio.

-¿Sí qué?, pregunta.

-Sí. Sí a secas.

No le apetece ser más conciso. O lo comprende, o no lo comprende, y la verdad es que para ser honestos no habría una gran diferencia entre ambos términos. Le importa a él, más que nada.

-Oh.

Así que, al fin y al cabo, lo ha comprendido. La cocina se queda silenciosa durante un instante y después el detective vuelve a sus tareas, enterrando la cabeza en recipientes de vidrio con diferentes materiales.

John se queda sentado sobre el sillón y mira el cielo nocturno por la ventana. No es más feliz de lo que lo era esa mañana, en aquel restaurante deplorable, pero tiene la impresión de que sus pensamientos empiezan a desfilar con algo más de coherencia.


Aquella noche duermen de nuevo en la misma cama. Sherlock habla de Hungría mientras duerme, y John le mira durante un rato, tumbado boca abajo, la cabeza enterrada en la almohada. Está enamorado de ese hombre. Es algo tan obvio que no sabe cómo le ha podido costar tanto definir la situación antes. Incluso esa parte de sí mismo que está todo el día a la defensiva, afirmando una y otra vez que no es gay, acaba aceptándolo sin problema de forma inesperada. Puede escuchar a Irene Adler en su cabeza, las palabras que le dijo en su día y que él había negado con vehemencia, pero que de repente tienen tantísimo sentido que le entran ganas de llamarla aunque sólo fuese para decírselo. No tiene importancia. Esa etiqueta, esa insignificante faceta de su identidad, era simplemente un ejemplo suplementario de todo lo que Sherlock Holmes consigue trascender – no encuentra otra palabra. Era como si se correspondiesen, a un grado increíble, que iba más allá de cualquier noción de sexualidad o identidad, que tiraba la casa por la ventana y les obligaba a volver a empezar a partir de cero para definir ese sentimiento extrañamente adorable que había nacido entre los dos. John se dice que habría podido escribir tesis al respecto, piezas líricas narrativas de lo más cursis, si le hubiese dado la gana.

En vez de eso se contenta con quedarse ahí tumbado y observar a Sherlock dormir, y se imagina estar con él. En el sentido no-platónico del término. Se dice a sí mismo que tendría que empezar a considerarle de modo romántico, incluso si eso se le antojaba ridículo porque vamos a ver, estamos hablando de Sherlock, ¿existe algo de romanticismo ahí? Aun así. Está enamorado. Se siente extrañamente orgulloso de poder pensar en ello sin que se produjese un cortocircuito en su cerebro, lo que ya es un progreso.

Ahora le toca pensar en qué demonios hacer con todo aquello.


Sherlock lleva, más o menos, dos horas sentado en su sillón de cuero. Está reflexionando. John no sabe sobre qué está reflexionando, pero no es algo inhabitual, de todos modos. Ha hecho dos tentativas de establecer contacto hace poco, la primera preguntándole que si quería té y la segunda lanzándole a la cara un ticket de compra hecho bola, pero ninguna reacción.

Debería enojarse, puede, pero aun así aprovecha y saborea los momentos de silencio que le brinda. Antes de poder decir nada Sherlock saltará de su sillón emocionadísimo con alguna idea estúpida en la cabeza, así que el silencio está… bien. John se sienta y se lleva su té a los labios. Se lo merece, después de todos esos días de tormento psicológico.

Pasan otros treinta y cinco minutos antes de que Sherlock salga finalmente de su coma voluntario. Hace tiempo que John ha terminado su té y lee una vieja revista que se ha encontrado debajo de su propio sillón, considerablemente cómodo. Fuera, la nieve fundida recorre la ventana sin pausa, y en estos momentos se encuentra mejor que nunca, a gusto en casa, gracias.

-Tenemos que dejar de dar vueltas alrededor del problema y llamar a un gato un gato.

-¿Qué?, pregunta John, que acaba de terminar un artículo sobre la pesca en Alaska.

-Para resolver nuestro problema. Tenemos que hablar de forma honesta.

Sus dedos, hasta ahora sobre su mentón, vuelan hacia los reposabrazos del sillón a la velocidad de la luz.

-Eres muy importante para mí.

John enarca una ceja por encima de la revista, la deja y se incorpora.

-Vale. Qué amable. Tú también lo eres para mí. ¿De qué quieres que hablemos ahora? Si me haces una sola pregunta más sobre el sexo, me voy.

Sherlock suelta un bufido que se debate entre la exasperación y el disgusto y John se siente como ofendido durante un instante. Y de repente Sherlock está de pie, girando sobre sí mismo y sobre la habitación mientras habla. John no tiene ni idea de por qué hace eso cuando habla, pero es lo suficientemente fascinante como para que se le olvide la expresión de su cara precedentemente.

-Me gusta pasar el tiempo contigo y me gusta dormir en la misma cama que tú. Y efectivamente no soy tan ingenuo como para pensar que es un comportamiento perfectamente normal entre dos jóvenes adultos que no son pareja.

John se levanta y le sigue hasta la cocina. Sherlock no tiene nada que hacer en particular, así que se contenta con quedarse ahí, tal vez para situarse en una luz mejor. A decir verdad, John no tiene ni idea, de nuevo.

-¿Y bien?, pregunta el detective.

-¿Y bien qué?

-Querías que hablásemos, la semana anterior. Te estoy ofreciendo la oportunidad.

-Soy un hombre de acción, no de palabras.

-Eso es algo irónico para alguien que lleva un blog.

-Oh, cállate, dice John con tono afectuoso.

-Lo digo en serio, de todos modos. Eres tú el que ha sacado el tema. Querías que hablásemos de cómo estábamos embrollando los límites de la amistad. Adelante. Embróllalos. Me gusta embrollar las cosas, así que no me importa que continúes.

-Estoy enamorado de ti.

Las palabras salen de su boca antes de siquiera darse cuenta de lo que acaba de decir, y el enorme shock no es por el hecho de haberlo dicho en voz alta, sino porque no le ha molestado decirlo en absoluto. Es sorprendente. Es fácil. Las palabras salen de su boca sin esfuerzo, casi como decir dos cafés, uno solo y otro con azúcar, por favor, y le sonríe a Sherlock, quien está poniendo la misma cara como si le acabase de anunciar un nuevo plan genial para asesinar al papa.

-¿Y bien?, continúa John. Has dicho que teníamos que dejar de dar vueltas alrededor del problema. He dejado de darlas.

-… Vale, articula Sherlock, con los ojos bastante abiertos. Era más que lo que me esperaba.

-¿Qué te esperabas?

-¿A que admitieses sentir una vaga atracción sexual? O tal vez algún lazo emocional básico, no… todo eso.

Hace un vago movimiento de manos para designar John en su globalidad. Y mientras, John sigue tan increíblemente tranquilo. Se esperaba algo más de pánico. Le recuerda a todas esas historias de gente que viven experiencias al borde de la muerte, que ven túneles de luz y todo lo demás, y que luego lo describen todo como si se deslizasen en una sensación de bendición y, de algún modo, calma absoluta. Llega a la conclusión de que probablemente esté teniendo una gran hemorragia cerebral, causada por demasiadas revelaciones repentinas.

-Bueno, continúa Sherlock. Está bien. Es muy… yo también.

-¿Tú también?

-Sí.

-¿Tú también qué?

-Oh, vamos. Simplemente… tú. Y yo. A decir verdad es una idea bastante… emocionante.

-¿Emocionante? ¿En serio? ¿Lo describirías así?

-Pues sí.

John estalla en risas, apoyado sobre la mesa. Era todo de locos. Era incluso superior a todas las locuras anteriores que Sherlock le había obligado a vivir, pero al fin y al cabo eso era lo que siempre había querido, ¿no? Así que le conviene. Era simplemente otro género de aventura. Sherlock le lanza una sonrisa luminosa. Radiante. John le agarra por el cuello y le besa, y el mundo entero se desvanece a su alrededor.