Cocodrilos, y caníbales, y poner cosas en el pelo de Sherlock.
/ Crocodiles and cannibals and putting things in Sherlock's hair. /
Por Linpatootie.
NdA: Lo he pasado francamente mal traduciendo esto. Es la primera vez que escribo slash, no sé, la mala suerte del principiante. De nuevo, puntúo, hay seguramente miles de millones de cambios con la historia original (de Linpatootie, que es mil veces mejor, salid de aquí y corred a leerla en inglés, vamos), porque lo traduzco de segunda mano, pero oye, el concepto está ahí. Sí hay alguna falta de ortografía y cosas por el estilo, perdón de antemano. El retraso es genético.
Y luego, tío. Como se puede ser tan cursi y tan gay. CÓMO.
Resumen: Hablemos de sexo, baby.
Hay tan pocos cambios en su relación que John considera el sentirse ofendido. Ya viven juntos. Ya duermen juntos. Se siguen el uno al otro como cachorros dependientes, y ya tienen esas pequeñas discusiones sobre quién tiene que ir a hacer la compra y quién, en serio, John, ¿otra vez? se dejaba la pasta de dientes sin taponar. ¿Todos esos pequeños detalles que las parejas adquieren poco a poco, sin darse cuenta? Ellos ya los dominan, lo que vuelve su conversión de "sólo amigos" a "¡ups! novios, al fin y al cabo" increíblemente fácil. Y la guinda del pastel era que nadie parecía haberse dado cuenta de que habían empezado un nuevo capítulo. Eso estaba bien; a John no le agradaba particularmente la idea de desvelar a tontas y a locas su relación con Sherlock al resto del mundo. Se plantea contárselo a sus amigos más cercanos, pero termina dándose por rendido después de escribirle el mismo texto a Harry y borrarlo al menos cinco veces seguidas, porque no encontraba la manera de decírselo sin que sonase demasiado pegajoso, demasiado casual, o simplemente demasiado ñoño.
Mrs. Hudson lo sabía, por supuesto. Se lo dice, un jueves por la tarde mientras está sentado en la cocina, ayudándola a rellenar una factura a la par que se comía aquellos deliciosos pasteles que traía del Speedy's. Las palabras se escaparon de su boca ("Estoy enamorado de él. Él lo está de mí. Es genial, incluso si aún se me hace un poco raro"), y ella le lanza esa mirada que equivalía a la vez a un "¡estoy tan contenta por vosotros!" y a un "ya era hora, ¿no?", y John espera que todos sus demás conocidos tengan la misma reacción cuando se lo diga.
-Pero ten cuidado con su corazón, querido, le advierte ella al subir las escaleras. Hace como si fuese de piedra, pero los dos sabemos que se rompe tan fácilmente como si fuese cristal.
Sin saber muy bien por qué, esas palabras le hieren, y se sienta mirando atentamente a Sherlock durante toda la tarde antes de que este se enerve y le pregunte si tiene algo en la cara.
Por lo tanto no, no es un cambio tan grande como lo habría temido en un principio, lo que es también ligeramente vergonzante (porque aparentemente, sí, había sido la pareja de aquel hombre durante más de un año sin saberlo – gracias a su cerebro por no haberse dado cuenta nunca). Era probablemente por culpa de esa cosa que esperaba ver cambiar y que finalmente, no había cambiado tanto como esperaba – el lado "físico" de su relación. No era que no se tocasen; Sherlock se sienta más cerca de él cuando ven la televisión, y duerme también más cerca de él, generalmente con un brazo o una pierna enrollada alrededor de cualquier parte del cuerpo de John que se encontrase más cerca de él.
Se besan, también, aun cuando no sucede tan a menudo como a John le gustaría. Los labios de Sherlock tenían algo adictivo, sobre todo cuando no estaban escupiendo insultos. Es cálido y es suave, e incluso ligeramente azucarado (pone demasiado azúcar en su té, en serio), y está ese extraño sentimiento de orgullo ante la idea de que es la única persona en el mundo con los permisos para explorarle tan minuciosamente. Nadie más conoce esa mirada que crece en Sherlock cuando le besa de forma exhaustiva, como si John acabase de tener una idea brillante, como si John fuese la idea más brillante que ha existido jamás – bajo forma de pequeño bloguero rubio. Nadie más había visto aquello, y hacerlo posible ya era como una pequeña (su pequeña) aventura, y tenía aquel comezón por profundizar, por así decirlo, aquella exploración en país extranjero, incluso si el país en cuestión era terriblemente misterioso y plagado de cocodrilos y caníbales en miniatura.
Y no obstante la cosa se detiene ahí, con besos robados y Sherlock abrazándose a él por detrás de vez en cuando mientras intentaba atarse los cordones o lavarse los dientes. No era que Sherlock ignorase conscientemente la parte física; era más bien que no se le ocurría la existencia de aquella opción, lo que era incluso peor, de algún modo.
El detective se mantenía de pie en la cocina, untando mantequilla sobre una tostada de manera poco metódica, mientras que John le mira e imagina. Lo hace a menudo, a decir verdad. Le lleva a un lugar a medio camino entre la satisfacción y el malestar, y en el fondo no le desagrada estar ahí, como cuando tenía quince años y se moría por deslizar su mano debajo de la camiseta de su primera novia.
-Tenemos que hablar, dijo, probando el terreno con precaución.
Aunque también hacerlo directamente – comunicarse de modo sincero se había revelado como una manera bastante mejor para hacer avanzar las cosas con Sherlock, en lo referente a aquel tema, después de todo.
-¿Y ahora de qué? Ya me has dicho que me querías, John, no hay necesidad de revivir eso, respondió Sherlock, mordiendo su tostada.
-De eso no, cretino. Hablo de… euh… sexo.
Sherlock alza una ceja en su dirección, dejando de masticar.
-La última vez que puse eso sobre la mesa casi inhalas tu café.
-Eso fue… antes, replica John, ligeramente avergonzado. Y ahora, pues es ahora. Me decía que podríamos… hablarlo, al menos. Lo hacemos todo en desorden, sabes. Primero me fui a vivir contigo, y después empecé a dormir contigo. Te dije que te quería incluso antes de haberte besado. Son todas esas etapas que en teoría deberíamos pasar poco a poco cuando se construye una relación, pero estamos tan lejos de eso que… Bueno, no sé muy bien dónde estamos. Odio esto.
-Ya te dije una vez que me picaba la curiosidad por ello, se encogió de hombros el detective, lamiendo un par de migas llenas de mantequilla de su dedo.
-Me dijiste que no te picaba la curiosidad lo suficiente como para hacer algo al respecto.
-Eso fue antes, responde, con la sombra de una sonrisa. Ahora es ahora.
John no sabe muy bien si tiene ganas de pegarle o de besarle.
-Lo haría por ti, si quieres, en cualquier caso, continúa Sherlock.
-Oh, sí, qué súper excitante es eso, replica John con ironía, cogiendo distraídamente un vaso de cristal y haciéndolo girar en sus manos.
-¿No?
-Pues no, Sherlock, no mucho.
Le mira, con el ceño fruncido, dando a entender que le costaba entenderle. A John le encantaban esos momentos; era bueno saber que no siempre es un libro abierto para él.
-¿Pero tienes ganas?, pregunta Sherlock.
Pregunta merecida. Se encoge de hombros.
-Sí. Tengo ganas, en fin, imagino que sí. Pero es más bien complicado, ¿no?
-… ¿ah sí?
John suspira, dejando el vaso.
-Pareces olvidar que los dos somos hombres. Presenta un problema de logística al cual no me he enfrentado hasta ahora. Soy… estoy un poco verde sobre ello, sabes. Me avergüenza un poco.
Sherlock pone una cara que le indica que está preparado a sobrellevar ese contratiempo. John no sabe su debería temerle o no.
-Podemos encontrar las respuestas juntos, entonces. Si quieres. Como para un estudio.
Oh, genial. Justo lo que necesitaba.
-No estoy seguro de que sea una buena id…
-No, no, es perfecto, John. Ya me dijiste una vez que era estúpido aceptar resultados ajenos si no los has comprobado tú mismo y quedarme toda mi vida sin tener testimonios propios y concretos sobre el sexo. Si hay alguien en el mundo con quien querría llevar a cabo ese estudio es, por supuesto, contigo.
John explota.
-¡No me quiero acostar contigo para… completar un estudio, me quiero acostar contigo porque tengas ganas tú!
Sherlock le lanza una mirada extraña, como si fuese estúpido pensar que fuesen exclusivos el uno del otro.
-Escucha, vamos… vamos a dejarlo estar por ahora, ¿vale? Me alegro de haberlo hablado. Bueno, en realidad no, pero me alegro de que estés… abierto a la discusión.
Y suspira, y se siente estúpido. Sherlock le pega un sorbo a su té con una sonrisa ligeramente demente, y le entran ganas de huir muy lejos.
Una tarde, al entrar John del trabajo, se encuentra con el detective absolutamente fascinado mientras mira porno gay, con aire de estar extremadamente concentrado. Garabatea sobre su cuadernillo como si le fuese la vida en ello -¿eso es un diagrama?- y le quita tanto las ganas de todo que considera entrar en un monasterio y vivir el resto de su vida en magnífica castidad.
-Qué es lo que… Sherlock, ¿en serio hace falta que hagas eso con la puerta sin cerrojo? ¿Y si entra Mrs. Hudson qué?
-Estoy investigando, John. Tampoco es como si me estuviese tocando aquí mismo.
Eso, al menos, es verdad. John habría tenido seguramente un ataque cardíaco de entrar y encontrarse con ese espectáculo, así que le da las gracias a dios por esos pequeños favores y se sitúa detrás de Sherlock, mirando la pantalla con circunspección.
-Por qué estás investigando sobre… No, espera, no contestes, eso ya lo sé. Pero ¿porno? ¿en serio?
-Deberías mirar conmigo, John, aunque sólo fuese para hacernos una idea en cuanto a nuestras opciones. Esos dos… perdón, esos tres señores no parecer tener problemas de logística en lo que concierne a sus colas.
Sherlock acaba de decir colas. John no está seguro de poder soportar aquello.
-Oh, por dios, Sherlock, no soy de otro planeta, sé de sobra lo que esos tíos pueden hacer entre ellos, en teoría. Es simplemente que no… No estoy seguro de cómo, ni de si me gustaría. Y el porno nunca ha sido buena educación sexual, vale, y madre mía, qué narices están haciendo con el pomo de la ducha.
Miran los dos la pantalla durante un momento, desconcertados, antes de que Sherlock cierre la pantalla, perturbado.
-Olvidemos eso.
-Me alegro de que opines lo mismo que yo.
Después del enorme chasco del porno de 2012, Sherlock no vuelve a mencionarlo durante dos días. No era por decepcionar a John, pero ¿no sabía que esas cosas raramente duraban – acaso tenía realmente ganas, al fin y al cabo? El detective está sentado en el suelo, al lado del sillón, hurgando en una vieja máquina de fax con un destornillador que a John no le apetece mirar más de cerca. Ya le había preguntado a Sherlock si estaba intentando volver a 1993, cosa que le había valido únicamente una mirada asesina y una anotación sarcástica sobre la existencia de piezas de recambio reutilizables. John está volcado de mala manera en el sillón, con un ojo sobre la BBC3. Ponían algo sobre zorros. A Sherlock le gustaban los zorros, por eso mismo había encendido la televisión, pero ahora mismo parece estar más apasionado por su máquina de fax, y John se pregunta si se daría cuenta si cambiaba de canal para ver una película en E4.
-¿Con cuántas personas te has acostado?, pregunta Sherlock con tanta naturalidad que asusta y John deja el mando a distancia porque venga, vale, de acuerdo.
-Varias. No tantas, en fin, no creo. Más que tu seguro.
Se dedica a trazar con el dedo la columna vertebral de Sherlock, distraído, pero el detective no responde, ocupado trasteando con una pinza en el interior su máquina.
-Sólo mujeres y jamás hombres, termina por él.
-¿A dónde pretendes llegar?, interroga el médico.
Hay un lápiz en el suelo, justo al lado de donde Sherlock está sentado. John se agacha, lo recoge y se pone a juguetear con él.
-Imagino que habrás adquirido cierta práctica sexual con mujeres que puede también aplicarse con hombres.
Oh. De acuerdo.
-No tengo ganas de hablarte de eso, replica John, simplemente porque está fuera de juego el que Sherlock le pida que escriba una lista de todas las cosas que le ha hecho a las mujeres que podría hacerle a él también.
Tendrá simplemente que usar su imaginación. Podría serle incluso beneficioso.
-Aburrido.
-Sí, responde sin más.
Sostiene el lápiz entre sus dos índices, para después inclinarse hacia él y deslizarlo a través de los bucles de Sherlock. No se cae, y le encanta.
-¿Estás menos cómodo con la idea de hacerme esas cosas que con la idea de hacérselas a una mujer?
John se sienta, con un poquito más de vivacidad, buscando a su alrededor cosas que podría meter, también, en el pelo de su compañero. Encuentra una especie de lazo de plástico que Sherlock había sacado algo antes de la máquina de fax y la enfila en su cabello con una sonrisa experta, divertido por el juego. Sherlock no se mueve, ni siquiera dice nada, ya fuese porque e dejaba hacer de mala gana o porque estaba demasiado absorbido con su máquina del 93 como para darse cuenta.
-No se trata de estar cómodo o no. Diría que estoy perfectamente cómodo contigo.
Una cucharilla se une al lápiz y al lazo de plástico, suspendida precariamente por encima de la oreja de Sherlock.
-Entonces es otro problema, ¿no?
Sherlock se queda en silencio durante un momento mientras que el médico esconde un clip en lo alto de su cabeza.
-Sí, imagino que sí. ¿Estás metiendo cosas en mi pelo?
-Sí.
-… ¿por qué?
-Porque no se caen. Es genial.
Sherlock frunce el ceño y sacude la cabeza, enviando pequeños objetos por todas partes, y John se recuesta sobre el sillón muerto de la risa porque es lo más divertido que Sherlock ha hecho jamás. El detective deja la pinza y clava sin miramientos el destornillador en la máquina antes de darse la vuelta, atrapar a John por los hombros y besarle con una sonrisa en los labios. Y, oye, sin problema. De todos modos la conversación ya se estaba tornando estúpida.
Miércoles, por la tarde, lluvia. John abre su portátil y es inmediatamente agredido por una página titulada "La Guía del Sexo Gay". Casi se ahoga, vuelve a cerrar la pantalla, llama a Sherlock.
-¿Qué?, pregunta su compañero, con unas gafas demasiado grandes para él descansando sobre el puente de su nariz.
-¿Qué narices has hecho con mi ordenador?
-Investigar. Me he dicho que tal vez lo encontrarías útil.
-Me dijiste que tus conocimientos teóricos sobre el tema estaban ya lo suficientemente completos, ¿en serio necesitas quitarme el portátil para seguir investigando?
-Están bastante completos, sí, pero nunca he hecho búsquedas con el objetivo de llevarlas a cabo en poco tiempo.
Llevarlas a cabo. En poco tiempo. Por dios, sí.
-Haz tus investigaciones en tu propio ordenador, gruñe John.
Lo desliza debajo del sillón y sale del salón.
Algo más tarde, mientras que Sherlock se había ido bruscamente del apartamento – algo sobre un coche que desviar, lo que deja a John más bien perplejo, y se arrepiente de haber estado distraído, porque tiene la impresión de haberse saltado algo importante, ahí – John recupera su portátil de debajo del sillón. Se pasa prácticamente una hora entera leyendo todo lo que ponía en la página web, y la hora siguiente se dedica a realizar los cien pasos en el apartamento, increíblemente perturbado, hasta que Sherlock vuelve, recubierto de hollín. Así que se pasa la siguiente hora buscando cómo hacer desaparecer manchas de aceite de motor de una bufanda de cachemir.
Es viernes y Sherlock no ha mencionado el tema desde hace casi 48 horas, y John empieza a sentirse un poco paranoico. Dos opciones: la primera, que Sherlock sigue realizando búsquedas sobre cosas poco limpias que le gustaría hacerle, y que no tiene nada que decir sobre ello hasta haber encontrado lo que quería, y, la segunda, que había terminado aburriéndose y pasando página. John no tiene particular gana de ninguna de las dos opciones.
El apartamento está increíblemente silencioso, y John está ahí, tumbado en la cama, despierto pero satisfecho. Londres murmura detrás de la ventana, la gente vuelve a sus casas después de pasar la tarde en el bar, una sirena de policía se hace oír brevemente a lo lejos. Rozamiento de tela y movimiento de brazos y se confirma que Sherlock está ahí, abrazándose a él, a su espalda, con un brazo alrededor de su cadera.
-¿Por qué no duermes?, murmura, cerca de su oído.
-No lo consigo. Pero no me importa, responde con pereza, cerrando los ojos durante un instante.
Sherlock le acaricia. No había hecho eso nunca, y es algo que, en serio, le dilata el corazón y es cálido y es adorable.
-¿En qué piensas?, pregunta el detective.
Sherlock frota su nariz contra él hasta detenerse en su cuello, sus labios paseándose sobre la zona de piel justo encima del cuello de su camisa, y John cree que se va a quedar sin oxígeno ahí mismo.
-No te puedo decir en qué estoy pensando ahora mismo, sería demasiado escandaloso, dice, y la risa profunda que suelta en el hueco de su cuello hace que un escalofrío le recorra por completo. ¿Y tú?, añade.
Sherlock se queda en silencio un instante, sus labios ocupados con la camisa de John.
-Pienso que es agradable, que parece que estás hecho a medida justo para mí. Pienso que tu camisa está limpia, pienso que me gustaría que te pusieses una mía un día de estos. Pienso en la sirena de policía que hemos oído hace poco, y también en el vecino, porque ya es la cuarta vez en una semana que vuelve a su casa borracho. Podría continuar, si quieres, pero la lista tiene pinta de ser larga.
-Únicamente tú podrías pensar tantas cosas abrazado a tu novio en mitad de la noche, comenta John con una ligera sonrisa, enganchando su pie derecho en el tobillo de Sherlock y tirando hacia él.
-Novio, repite Sherlock, saboreando la palabra.
-Sí.
-Bien.
-Sí.
La noche se desliza con parsimonia por Baker Street, y se dedican a escucharla durante un rato. John se da cuenta de que respiran ambos al mismo tiempo, y se pregunta si es un esfuerzo voluntario por parte de Sherlock. Está ahí acostado, cálidamente y ligeramente excitado (vale, puede que algo más que "ligeramente"), y respiran como si fuesen un solo ser, y durante algunos latidos de corazón el mundo entero de John se reduce a un simple sí.
-¿Sherlock?
-¿Sí?
-¿Hay espacio en todos esos pensamientos que te rondan la cabeza para consideraciones algo más sensuales?
-¿Estás sobreentendiendo que esas consideraciones no estaban ya ahí?, le provoca Sherlock, el brazo alrededor de su cintura, juntándose un poco más.
-No has hablado de ello. Te preocupaba bastante más, la semana pasada.
-¿Es mucho?
-No. Tal vez.
John dibuja pequeños círculos sobre el brazo de su compañero con la yema de sus dedos, sonriendo en silencio al notar que a éste se le ponía la piel de gallina.
-Si es mucho para ti, dímelo, no pienso enfadarme.
-No te preocupes. Me conoces, sabes que nunca he hecho nada que no me apeteciese hacer.
-¿Pero realmente tienes ganas? Esa es la cuestión, ¿sientes esa necesidad de ser tan cercano a alguien? ¿A mí?
Sherlock se queda en silencio durante demasiado tiempo, y John se plantea retirar todo lo que acaba de decir y detener el mundo ahí mismo.
-Sí, acaba por decir, con prudencia. Tengo ganas. Creo. Tengo curiosidad. Es simplemente un poco… nuevo.
Y de repente ahí le tenía, justo ahí. Tan humano, de un plumazo. Quitad toda la ciencia, todos esos muros, todos esos problemas que tiene con el resto de la humanidad salvo con John, y os encontraréis simplemente con un hombre inexperimentado y simplemente un poco superado por todo aquello. Se rompe como el cristal, piensa John, y es tan bonito y tan simple que podría incluso arrancarle una lágrima.
-Tenemos todo el tiempo del mundo. No quiero que parezca que nos precipitamos.
-No es el caso. No soy una frágil florecilla de campo, John.
A decir verdad, en la vida se le habría ocurrido sugerir una comparación así.
-¿Pero a ti te viene bien? Esperar, digo. Eres un hombre, con la fuerza de los años, tienes… necesidades.
Las palabras salen de la boca de Sherlock con precaución, como porcelana que se rompería si John caminase por encima.
-Tengo mis necesidades, sí, admite con honestidad. Pero nunca te forzaría a nada que no te apeteciese hacer.
-Sí que me apetece, murmura Sherlock contra su cuello. Puedo… si quieres.
Y su mano se insinúa en el pijama de John, y está muy bien así. Mejor que bien, incluso. John se arquea contra el torso de Sherlock, procurando controlar su respiración, y a decir verdad no dura mucho, pero de todos modos era totalmente inesperado y le libera de una enorme tensión que no sabía que estaba ahí hasta haber desaparecido.
Acto seguido Sherlock desaparece en el cuarto de baño y se queda algo más que lo que dura un lavado de manos. John tarda un momento en reponerse y volver a la realidad, sintiéndose estúpido por aceptar aquello de parte de Sherlock y no compensarle de modo alguno. Sin embargo, antes de poder levantarse e ir a reparar su error, Sherlock ya ha vuelto, deslizándose contra él de nuevo, visiblemente más relajado. Se abraza a él confortablemente, y John piensa en aquel instante que sería feliz así para siempre.
-Gracias, murmura John, ligeramente culpable.
-No, gracias a ti por dejarme, oye por respuesta, con tono satisfecho, y sabe que Sherlock se ha dormido.
Habla en sueños, pero John no tiene ni idea de lo que habla – sin poder comprender el porqué, habla en portugués. Pero diríamos que habla de amor, así que opta por apreciar esa voz grave y apacible, y se duerme a su turno pensando que no estaba tan mal, dejarse masturbar por Sherlock Holmes.
John revolotea y tararea durante todo el día siguiente, resistiéndose a las ganas de dar un par de pasos de baile por aquí y por allá. Sherlock le mira con un aire que consigue combinar a la vez alegría por hacerle feliz y un sentimiento de intensa autosatisfacción. John se dice a s mismo que, si los gatos se pusiesen a hacer cosas raras, esa sería la precisa expresión de su cara. Arrodíllate y venera mi grandeza, infiel, porque he hecho algo que te ha encantado.
John tararea cuando va al Tesco, tararea mientras hace la cola, tararea al volver a casa y tararea mientras guarda las bolsas de la compra, sin ni siquiera irritarse por ese par de pulmones depositados delicadamente en una bandeja dentro de la nevera (incluso si debería, en serio, algún día, discutir sobre eso con Molly – por su salud mental y por el bien de Sherlock, tiene que dejar de darle trozos de gente al detective). Es sólo entonces cuando se empana del extraño silencio que reina en todo el apartamento, y la ausencia de Sherlock en el salón de hace notar inmediatamente.
-¿Sherlock?
-En la habitación, recibe como única respuesta.
Se lo encuentra ahí, de piernas cruzadas sobre la cama y rodeado de lo que John no tarda en reconocer como oh dios mío una cantidad insana de paquetes de preservativos, más de una docena de botes de lubricante, todas de diferentes formas y colores, y un inquietante objeto de caucho naranja que intenta ignorar con todas sus fuerzas. Sherlock está leyendo las instrucciones de una de las cajas, la tapa abierta y varios preservativos cerrados dispersos por sus rodillas.
Un instante de silencio. John le mira e intenta hacerse a la idea, pero definitivamente no lo consigue.
-BUENO, creo que este es un buen motivo para salir de la habitación, dice con voz ausente, antes de girar sobre sus talones y disponerse a la huida.
-¡John! Vuelve aquí.
-No.
-Sí. Mira esto.
John suspira, de pie en el umbral, pasándose una mano por la cara. Por dios, piensa, antes de acercarse a él de nuevo.
-¿Qué estás haciendo ahora?
-He entrado en una tienda. Hay tantas posibilidades, es fascinante. Pero la dependienta me ha ayudado bastante.
-Ya se nota, comenta John débilmente.
Y sin embargo acaba por picarle la curiosidad, y se apropia de un bote de lubricante. Saber cereza. ¿Quién lo habría pensado? Por dios, las imágenes mentales van a acabar por matarle. Lo vuelve a dejar sobre la cama, como si le quemase.
-No necesitamos tantas cosas, Sherlock.
-No quería correr el riesgo de necesitar algo y no tenerlo, se justifica él con tono ausente, abriendo uno de los botes y oliéndolo, antes de hacer un mohín que John no sabría cómo describir y tirarlo por ahí.
-Cualquiera diría que estás preparando una pedazo fiesta.
-Puede que sea el caso.
Eso sí que le da fuerte. John está entre la espada y la pared, a la vez terriblemente avergonzado e increíblemente excitado, y duda un momento, sin saber qué hacer con sus manos ni con su vida.
-De acuerdo, termina por decir, sentándose en la cama, entre todas esas cajas, tubos y botes extrañamente intimidantes. Por dios, hay muchas cosas que elegir. Es de locos.
-Hmm. Había mucho más. Las posibilidades parecían ser infinitas.
John coge una caja de Durex y la sostiene delante de Sherlock, enarcando una ceja.
-¿"Con textura, para el placer de la mujer"?
-Oh, cállate.
-Bueno, implica… un montón de actividades muy específicas, de todos modos.
¿En serio acaba de decir eso? No se lo puede creer. Si Sherlock empieza ahora a soltarle términos en latín sobre eso, puede que le pegue. Sólo un poco.
-Sí, evidentemente. No te preocupes, me puedo encargar de ser el dominado, si es lo que quieres. Comprendo que hayas crecido con cierto número de nociones preconcebidas sobre el papel del hombre en una relación sexual, y que la idea te resulte incómoda, no creo que me moleste.
Vaya por dios.
-(…) en serio, tenemos que hacer algo con esa costumbre que tienes de abrir la boca y soltar sonidos, dice John, con aire sombrío.
-Simplemente creo que es mejor discutir las cosas de antemano.
-Escucha, Sherlock, no. El sexo no es esto, ¿vale? No es un proyecto científico con parámetros que puedes programar antes de empezar. Es mejor dejar que las cosas sucedan, y ya está.
-No me estás animando mucho, John, se queja.
Y sin embargo, John está casi seguro de que miente. Sherlock es tal vez la única persona en el mundo que rivaliza con él en cuanto a hacer decisiones en el último momento.
-Espera. ¿Acabas de darme permiso para sodomizarte?
Se acaba de dar cuenta, y la idea deja K.O. a una buena parte de su cerebro que podría necesitar en un futuro, pero que ha quedado completamente inutilizada ante la idea de obligar a Sherlock a inclinarse contra cualquier mueble y… eso.
-No. Retiro lo que acabo de decir. Vete.
-Fascinante.
Sherlock le tira una caja de preservativos a la cabeza.
Finalmente, y como suele suceder, las cosas terminan por llegar solas.
John está sentado en el borde de la cama un par de noches después cuando aparece Sherlock, rascándose la nuca, y durante un instante sus miradas se encuentran y todo cambia completamente, y el tiempo y el mundo se pausan. Pasa de ser un martes-como-de-costumbre a un, bueno, ahora, y ni siquiera necesitan palabras para hacer comprender al otro que están justo ahí. Sherlock se le sube encima, con su pijama de algodón, y le besa lentamente.
Se quitan la ropa mutuamente y oh dios mío John se pierde completamente en Sherlock, en su gusto, en su olor, en el calor de su piel. Toca y besa todo lo que puede, recordando qué lugares hacen que Sherlock se estremezca, y reposa su cabeza contra la almohada. Sherlock es increíblemente vocal, no retiene nada, y es tan nuevo y tan excitante que John siente que se marea por completo. Le besa las costillas, murmurando declaraciones de amor, y a cambio los dedos de Sherlock trazan ensayos de adoración en la parte interior de sus muslos. Encuentra poesía en la columna vertebral del detective, en sus rodillas, en sus hombros, y piensa que se ahoga en la curva de su cadera. Procesa que sería capaz de hacer esto durante el resto de su existencia, y sin embargo al mismo tiempo esa pequeña brasa ardiente de deseo que hervía en él desde hace semanas se transforma en el fuego digno de un dios, y quiere más.
Se da un momento para recomponerse, con la cara hundida en el cuello de Sherlock, quien, por cierto, le está mordisqueando el hombro, sus dedos jugueteando a lo largo de su columna vertebral.
-¿Quieres continuar?, consigue decir, un poco sorprendido de no haber perdido la capacidad de componer una oración.
Sí, suspira Sherlock. Sí, por favor, sí, por favor, sí, por favor.
Las palabras van directamente a la entrepierna de John, y necesita otro momento más, respirando contra su piel, antes de incorporarse e inclinarse hacia la mesita de noche.
-Por dios, sí que has comprado lubricante, murmura, inspeccionando el lote de botes.
-La dependienta dijo que nunca se tiene suficiente lubricante, justificó con pereza.
-No estoy seguro de que lo dijese en ese sentido, dice John.
Pero no tiene ninguna importancia, no realmente, así que simplemente atrapa el que está más a su alcance y casi tiene una crisis cardíaca al darse la vuelta hacia Sherlock, porque, oh, señor.
Sherlock está recostado sobre la cama, con las rodillas separadas, mirándole con los ojos ensombrecidos y el pelo despeinado, y con un delicioso toque rojizo en la cara. Está tan abierto, listo, ofreciéndose con tal abandono que John se dice que habría llorado ante semejante belleza, si no hubiese tenido tan intensa y dolorosamente ganas de él. Empieza a prepararle, con un dedo a la vez, y la reacción de Sherlock es tan agradable, sorprendente, que John se dice (John se dijo muchas cosas aquella noche) que podría simplemente sentarse ahí y continuar hasta el infinito. Hay un pequeño momento de histeria cuando sus dedos resbaladizos no consiguen abrir el envoltorio del preservativo, y Sherlock ríe levemente cuando le ve intentarlo con los dientes.
-Por dios, John, me estás matando, sonríe, tapándose los ojos con las manos.
John ríe con él al conseguir desenvolver el condenado preservativo, pero enseguida se calman los dos, y silencio cuando John se introduce en él y Sherlock le mira con los ojos abiertos, reteniendo la respiración.
-¿Quieres que pare?, consigue decir John, no con poco esfuerzo, aun cuando sus instintos primarios le informan de que definitivamente eso es lo último que quiere hacer en aquel momento porque oh-dios-mío era maravilloso.
-Si paras voy a tener que matarte, jadea Sherlock.
Hay algo en su voz que se asemeja al esfuerzo, así que John tira de él hacia sí, sosteniéndole en sus brazos, y Sherlock gime en su cuello cuando empiezan a moverse el uno contra el otro, y absolutamente todos los demás sonidos excepto ese desaparecen en el mundo entero. John juraría que está mascullando algo, pero ni siquiera está seguro de ello; podría estar recitando el sermón de Hipócrates entero contra el hueco húmedo del cuello de Sherlock, pero si está mascullando algo ininteligible sabe que es la confesión de amor más sincera que ha salido jamás de sus labios.
Sherlock, por su parte, está completamente deshecho. Después de la primera impresión recapacita y se vuelve más audaz, más ruidoso, sus largas piernas enrolladas alrededor de las caderas de John. Un par de movimientos y caricias perfectamente medidas de la mano de John, y se ha ido por completo, despojado de todo el autocontrol del que solía fardar, la cabeza echada hacia atrás y soltando los gritos más roncos de su vida, tanto que John se preocupa por un instante de que Mrs. Hudson llamase a la policía. Oh, pero después le toca a él, y ya podría todo Scotland Yard aparecer en su puerta que ni siquiera sería consciente de ello. Es un momento de iluminación pura, es perfecto, y John se pregunta durante una milésima de segundo si Sherlock y él no se habrán fusionado en un único cuerpo, hecho de placer y de calor, y que explosiona e implosiona y ya está, y nada más.
Después de que el mundo volviese a girar con hesitación, se hunde contra Sherlock, intentando normalizar su respiración. Los dedos del detective escriben en sus omoplatos – seguramente notas, componiendo una sinfonía sobre su piel sudorosa, y está impaciente por oírla y tocarla de verdad. Se incorpora, pero Sherlock le detiene, con sus piernas todavía alrededor de él.
-Sherlock, tengo que…
-No, le interrumpe con un murmuro. Quédate aquí.
-Sherlock. A no ser que realmente tengas ganas de ir al hospital para que te quiten un condón atrapado en tu interior, te sugiero que dejes que me levante.
Y funciona. El detective hace un mohín, dejando caer sus piernas y sus brazos, y John se dirige al cuarto de baño, aún temblándole las rodillas. Se limpia y se lava la cara, bajo la cruda luz, y se siente absolutamente radiante. Se mira al espejo, el pelo despeinado, la cara sonrojada, sus ojos brillantes y sus pupilas dilatadas, y en su rostro una sonrisa que no consigue suprimir – e, instintivamente, se levanta a sí mismo los pulgares, dirección a su reflejo.
-No voy a hacer ningún comentario sobre lo que acabo de ver, dice Sherlock al –evidentemente- seguirle al cuarto de baño.
Pilla una toalla y empieza a limpiarse con rapidez, y John se da la vuelta y le mira.
A sus ojos nadie en el mundo ha estado jamás más desnudo de lo que Sherlock Holmes lo está en aquel momento, sin remordimientos ni el más mínimo pudor. Ya había visto a Sherlock sin ropa antes –ya que tiene esa desgraciada costumbre que implica sábanas y el hecho de pensar que un pantalón es inexplicablemente molesto cuando se aburre-, pero ahora es distinto, como si se hubiese quitado una capa suplementaria y ahora le dejase ver más de lo que era capaz de ver anteriormente. Hay un chupetón en el lado derecho de su pecho, gracias a John, y es literalmente la cosa más violeta del mundo, creando un contraste casi imposible contra su piel pálida. E incluso así, en ese estado, y precisamente más que nunca, es sin duda alguna la cosa más bella que John recuerda haber visto. Sentimientos, diría Sherlock.
Espera impacientemente a que Sherlock haya terminado antes de atraerle de nuevo hacia él, desnudos el uno contra el otro en pleno cuarto de baño.
-¿Estás bien?, pregunta, hundiendo el rostro en su cuello.
-Sí.
-Hmmm…
Durante un instante considera la opción de la ducha, de atraer a Sherlock, y el jabón, y el agua, y toda esa piel para mantenerse ocupado.
-Cansado, murmura Sherlock.
Suficiente como para cortar su pequeña película imaginaria. Cama, entonces. También era una idea brillante.
-Sí, el sexo tiene por lo general ese efecto.
Sherlock ríe suavemente en los cabellos de John.
-Es bueno saberlo.
Se separa, masajeando casi inconscientemente la espalda de John ejerciendo alguna clase de mágica presión y le ofrece una de esas brillantes e insanas sonrisas que parecen estar reservadas únicamente a él.
-Has conseguido robarme la virginidad, sabes. Estarás contento.
John le devuelve la sonrisa, intentando imitar esa expresión increíble que Sherlock hace y sabe que está aún muy, muy lejos de conseguirlo, pero le da igual.
-Oh, sí. Mortalmente contento.
El detective ríe, atrapándole del brazo y tirando de él hacia la cama, de nuevo.
Yours anally y condomly también,
hasta el próximo episodio. Os jodéis si tarda
