POR FIN. NO ME HA COSTADO NI NADA. ÚLTIMO EPISODIO, agárrate que vienen curvas.
La suma de ti y de mí (generalmente calculada por los demás)
/ The sum of us (mostly calculated by everybody else) /
Por Linpatootie
Resumen: John decide salir del armario. Más o menos. No es que sea gay ni nada, simplemente se acuesta con su compañero de piso.
Nota de la autora: Tengo esta pequeña teoría que me encanta en la cual John y Harry son gemelos, basada en algunos comentarios en las entradas del blog de John. Intentad procesarlo.
John Watson no se da cuenta cualquier día de que está harto de guardar en secreto su relación con Sherlock. Sucede mientras van a la compra, cuando tiene que arrastrar detrás de él a un Sherlock muy poco entusiasta.
Sherlock es como un alien en el supermercado, un extraterrestre que observa a las cajas de cereales como si esperase que saltasen de las estanterías para hacerle un bonito número de claqué, justo ahí, en la sección de los desayunos. Esa única razón ya es suficiente para que John le arrastre consigo al súper de vez en cuando –incluso días después, el simple hecho de acordarse le da ganas de descojonarse. El detective se queja con todos los átomos de su cuerpo, por supuesto, pero siempre encuentra algo para mantenerse entretenido, y lanza al carrito de la compra cosas que no son realmente necesarias, declarando con satisfacción que podría usarlas para alguna experiencia terrible que se le acababa de ocurrir.
Aquel día parece interesarse especialmente en la mayonesa, y seis tubos distintos acaban misteriosamente entre las botellas de leche y el pan que John acaba de meter en el carrito. Añade tranquilamente una caja de huevos, para poder hacer una ensalada de huevos o lo que fuese en el caso de que Sherlock se desinteresase en la idea que tenía en cabeza. El detective se pasea entre los pasillos, leyendo ingredientes en botellas y latas, y alarmado de vez en cuando al resto de los clientes cuando exclamaba
-¡Hay una concentración perfecta de polisácaros* en esta compota! (NdT: *no lo busquéis, me lo acabo de inventar)
Pero esta vez la broma se vuelve en contra de John cuando se cruza con una exnovia en el pasillo de frutas y verduras. Se llama Tessie, es una azafata de largas piernas con la que John estuvo saliendo durante algunas semanas, hacía un año. Sherlock merodea alrededor de los tomates, pero no interviene, lanzándole a la pobre chica miradas asesinas. Tessie sonríe, retorciéndose un mechón, y le pregunta a John que qué tal le va la vida con un tono que sugiere que aún tiene opciones por aquel lado, y una parte del cerebro del médico deja de funcionar de repente.
-Tengo una relación homosexual con mi compañero de piso.
Las palabras se escapan de su boca y el ambiente se carga de incomodidad tan rápidamente que hasta la lechuga parece estar avergonzada.
-Oh. ¡Genial! –dice ella, y lo que está intentando hacer es seguramente una sonrisa, o algo similar, ahí, enseñando su dentadura, pero no.
John se siente fatal, sobre todo cuando se da cuenta de que Sherlock está casi tan rojo como los tomates que tiene delante, a fuerza de intentar contener la risa. Tessie le dirige una mirada glacial y desaparece en el pasillo de productos lácteos con un frús de su falda, y Sherlock se interesa repentinamente en los brócolis como quien no quiere la cosa.
-Oh, por dios, suspira John, posando la mirada en un calabacín – no consigue levantarle la moral, en todo caso. A John nunca le han gustado los calabacines.
-Bien manejada, John. Magníficamente bien manejada, la situación.
-Acabo de salir del armario en el Tesco.
-Sí, se podría decir que sí.
De reojo observa a Sherlock, y ve la sutil sonrisa que se remarca en las comisuras de sus labios, y sin poder evitarlo estallan los dos en carcajadas, sin dejar realmente de reírse hasta haber pagado los productos y haber vuelto a su casa, el sol calentándoles agradablemente la coronilla.
-Supongo que eso quiere decir que estoy preparado para decírselo a la gente, dice John pensativamente mientras Sherlock busca las llaves del piso en su bolsillo.
-¿A hablarles de qué?
-De nosotros. De que somos novios, digo.
-Oh, de acuerdo.
Andan a trompicones en el hall y en la escalera, los brazos de John llenos de bolsas de la compra y las manos de Sherlock en sus bolsillos.
-En fin, ¿no te molesta, no?
-¿El qué?
Ya está distraído, probablemente pensando en los ingredientes que componían la mayonesa.
-¡Pero sígueme un poco! Hablo de decirle a la gente que somos novios.
-Ah, sí. No, me da igual. La gente que cuenta para mí ya lo sabe, y me da igual lo que puedan pensar los demás.
Hay algo de verdad ahí dentro, John lo sabe, incluso si deja sobreentender algo bastante deprimente en lo que Sherlock considera "su familia". Sea como fuere, Mrs. Hudson ya lo sabe, y visiblemente Mycroft también. No había hecho falta ni de decírselo con palabras, el mayor de los Holmes había sido capaz de deducirlo nada más verles, ya fuese por sus expresiones, o por el estado de sus ropas, o por lo que demonios fuese que les hubiese traicionado.
"Muy bien, John, ¿tengo la necesidad de comentarte que, en este tipo de situación, si le rompes el corazón yo te rompo las piernas?, había preguntado, con tono amable.
-¿Podemos dejar eso como algo que se sobreentiende y ahorrarnos el discurso?, propuso, y Mycroft le dirigió una sonrisa educada que le congeló la sangre y se había ido del apartamento.
-Tu hermano es aterrorizador, comentó John, y Sherlock simplemente se encogió de hombros y empezó a afinar su violín.
En fin, John era el único que podía decidir sobre aquello. Reflexionó, durante tres noches, hasta despertarse un fantástico martes por la mañana y encontrarse a Sherlock dormido, la cabeza debajo de su brazo, el cabello despeinado y los labios ligeramente entreabiertos, y la visión le provoca tal sensación de felicidad que todas las dudas se borran de su mente de un plumazo. Le besa con una sonrisa para despertarle, y Sherlock se queja, y se dice que estaría bien llevar toda esa felicidad como un collar alrededor de su cuello para que pudiese verlo todo el mundo.
Sabe que debería empezar por Harry – lo sabe, pero es difícil, así que decide dejar ese punto aparte pasándose por Barts para hacerle una visita a Mike Stamford. Se dice que se lo tiene que anunciar en persona; fue él quien le presentó a Sherlock, al fin y al cabo. Debería ofrecerle una montaña de regalos sólo por eso, un gran GRACIAS escrito con flores, trazado en el cielo de Londres con uno de esos pequeños aviones turísticos, o al menos comprarle una corbata bonita; pero en realidad le va a ver un poco impulsivamente, diciéndose que si le lleva un capuccino será suficiente.
-Por favor, bendito seas, aquí siguen sirviendo ese jugo destilado en una bolsa de basura con pan, azúcar y agua en el comedor, dijo Mike, aceptando su café con gratitud por encima de la pila de papeles que estaba corrigiendo.
-Menuda novedad, le sonríe John.
Mike tiene el despacho más pequeño del mundo, lleno hasta arriba de libros, ficheros, y los muros empapelados con diplomas y fotos de familia. Empiezan hablando de cosas banales; John se entera de que la hija de Stamford se ha fracturado la clavícula en un partido de fútbol, y observa las copias, sorprendiéndose por el hecho de que el aprendizaje de medicina no hubiese cambiado tanto como habría podido pensar.
-Bueno, ¿y a ti qué tal te va la vida con Sherlock?, pregunta Stamford, y John se dice que ahí está, allá vamos.
-Bien. Muy bien, en realidad. Nos acostamos juntos.
-¿Qué?
-Sep.
Stamford le mira durante un largo rato, en silencio, su taza de café a medio camino entre el escritorio y su boca, y luego suelta su media sonrisa habitual, combinada con un encogimiento de hombros divertido.
-Oh, Ya veo. Felicitaciones. Enhorabuena por ti… en fin, creo.
- Sí, yo no estoy muy seguro tampoco. Salir con Sherlock Holmes no es la mejor decisión que he tomado en mi vida… pero no me aburro nunca, en todo caso. Ayer consiguió hacer estallar tres tubos de mayonesa en nuestra cocina y estuve una hora intentando lavarle el pelo. Si eso no es amor…
Mike le observa, John le devuelve la mirada, y los dos empiezan a reírse. Más o menos por millonésima vez, John se repite que tiene suerte de poder considerar a aquel hombre su amigo.
-Ya son dos muertes similares, Sherlock, pensé que te interesaría un poco más.
Es un tono que le resulta familiar, ese; el que Lestrade utiliza cada vez que intenta desesperadamente obtener ayuda del detective en un caso. Pero Sherlock no está convencido. Para él, es un seis, como mucho, y ni siquiera merece la pena ponerse ropa decente. Greg está ligeramente irritado – tiene ya dos muertos en sus espaldas, después de todo. Un poco de ayuda por parte del único detective consultor del mundo no le vendría nada mal.
-Los asesinatos no están todavía relacionados entre ellos, masculla Sherlock, hundiéndose aún más en su sillón.
-Por eso mismo te necesito. Demuéstralo. Tengo una corazonada, ¿vale?
Sherlock suelta una risa ante la mención de la "corazonada" de Lestrade, bufando.
John se queda fuera de la conversación, sentado en el sillón mientras se ata los cordones, listo para hacer una visita imprevista a la clínica. Sarah le había llamado hacía un rato diciéndole que uno de los doctores estaba de baja, que si no le importaría hacer una o dos horas en su sitio. John no iba a decirle que no a un pequeño salario extra, y de todos modos Sherlock no parecía propenso a aceptar el caso de Lestrade, así que…
-Si cambias de opinión. Llámame. Por dios. Como los asesinatos estén relacionados, estamos jodidos, dijo Greg con tono sombrío.
Parece haberse dado cuenta de que John está a puntito de salir de apartamento, y no es muy entusiasta ante la idea de quedarse sólo con Sherlock. John no puede culparle, la verdad.
-Vale, vosotros dos, dejad de picaros, me voy.
Coge su abrigo, sujeta su portafolio y se acerca al sillón de Sherlock.
-No hagas el tonto. Volveré pronto.
Y posa una mano sobre el hombro del detective, depositando un beso cariñoso en sus labios totalmente receptivos. Es entonces cuando se incorpora y procesa que lo ha hecho delante de Lestrade, quien le miraba como si acabase de sacar un mono de su bolsillo que silbaba God Save the Queen.
-Ehh… adiós, dijo John, incómodo, haciendo tap-tap en el hombro de Sherlock antes de huir del apartamento.
Finge no oír al detective a sus espaldas muriéndose de la risa mientras se aleja. Lestrade le sigue y le intercepta en las escaleras.
-¿Qué demonios acabo de ver ahí arriba?
Parece divertido – eso es bueno.
-Yo besando a mi novio para decirle adiós.
-Oh. Ah. Entiendo.
Caminan en silencio, y John puede prácticamente oír a Lestrade reflexionando, como un hámster en una rueda acelerando el ritmo.
-Entonces, ¿desde hace cuánto tiempo que…? Porque nunca me había dado cuenta, así que o yo estoy realmente ciego, o a vosotros dos se os da tremendamente bien interpretar la escenita de "no somos pareja".
Las dos, se dice John, pero habría sido maleducado comentarlo en voz alta. Sherlock lo habría hecho, sin duda, pero bueno, al menos uno de los dos se tenía que ceñir a los protocolos de las convenciones sociales.
-Es más bien reciente, sólo dos meses. Para ser sincero sucedió un poco al… azar, de algún modo, pero parece ir bien, así que seguimos con ello.
-¿Mycroft lo sabe?
-Euh, sí. ¿Importa?
-No, en realidad no, responde Greg distraídamente, metiendo sus manos en los bolsillos.
-Por ahora lo hemos guardado en secreto, dice John como si nada. Tantea el terreno.
-Vale, de acuerdo. Pero si de verdad quieres guardarlo en secreto deberías prescindir de las pruebas de afecto en público.
-Nuestro apartamento no es público…
-Va, eso es verdad. Pero al menos verificad si hay alguien en la habitación antes. No estoy muy seguro de qué pensar de esta experiencia más bien inesperada.
John suelta una carcajada, golpeando suavemente el hombro de Lestrade, quien sonríe antes de llamar a un taxi.
Desde que han empezado a acostarse, Sherlock ha desarrollado rápidamente la costumbre de dormir completamente desnudo. John no le ve absolutamente ningún inconveniente, por supuesto. Por la mañana, el detective está tumbado cuan largo era en su perezosa desnudez, y John se siente un poco demasiado viejo para sentirse tan excitado ante esa vista. Se ha convertido en una especie de reflejo de Pavlov, donde la simple imagen de la curva de su espalda, o la silueta de su figura a mitad escondida por una ligera sábana blanca de forma insólitamente artística bastaba para hacer descender toda la sangre de John de su cerebro hasta un par de palmos más abajo.
-Joder, suspira John, y Sherlock sonríe perezosamente.
-No estoy en contra.
-Cállate. Llego tarde al trabajo.
-No, no llegas tarde. Al menos, no aún. ¿Te apetece llegar tarde?
-No, no, no, cállate.
Se viste velozmente y se escapa del apartamento a fin de evitar la visión de Sherlock desayunando desnudo. Al final se podría haber quedado a disfrutar de las vistas, porque no pasan ni diez minutos en la clínica antes de que su teléfono se ponga a vibrar, primero una vez, y luego dos; a la tercera termina dejando que Sarah se ocupe de todo (probablemente no podrá jamás devolverle todos los favores que le debe) antes de moverse a Scotland Yard.
El mensaje ni siquiera es de Sherlock. Lo ha envido Lestrade, un mensaje exasperado que "por favor, consigue que tu novio deje de aterrorizar a mi equipo médico", y aún le hacen falta cuatro mensajes más, uno de ellos que contenía la amenaza de revelar públicamente la identidad del novio, para que John comprendiese al fin que tres otras víctimas habían sido halladas envenenadas, para asombro general, y que Sherlock había aceptado inmiscuirse (por fin) con un entusiasmo frenético.
Todas las víctimas habían sido envenenadas con arsénico, pero no tenían absolutamente nada en común entre ellas – incluso a Sherlock le cuesta encontrar un denominador que las relacionase. Era preocupante, obviamente, y John empieza a pensar que no compraría nunca más un sándwich en plena calle, pero Sherlock está convencidísimo de que tiene que haber una relación, probablemente comida, cualquier cosa que pudiese usar para descubrir al asesino. Pone entonces la vista encima de todos los vendedores de comida en Londres, y John se dice que hay muchísimas posibilidades de que todo esto termine con Sherlock baneado de todos los restaurantes durante el resto de su vida (¿y entonces cómo iba John a divertirse, eh?).
Molly ni siquiera se mostró desconcertada cuando apareció Sherlock por su laboratorio con tres sacos llenos de comida. John intenta no pensar mucho en ello mientras que Sherlock, súper excitado, empieza a cortar trozos de todo lo que pillaba y lo observaba en el microscopio. Molly le ayuda, sin ni siquiera pedirle explicación alguna, añadiendo diferentes substancias y observando cuidadosamente las reacciones químicas. John intenta ocuparse como puede, alcanzándoles todo lo que pudiese hacerles falta, pero aun así se siente bastante inútil.
Sherlock deja aparte una manzana cortada por la mitad, y John la coge y la olisquea.
-¿Está envenenada, madrastra?
-¿Qué?
-(…) Nada, da igual. ¿Me la puedo comer?
Sherlock frunce el ceño, mirándole: está concentrado en los resultados, los nombres, las enzimas y otras cosas de nombres impronunciables para John, y lucha por volver a la realidad constantemente, como por ejemplo el hecho de tener hambre estando rodeado de comida de proveniencia sospechosa.
-Oh, eh, sí, está bien, sí. Es sólo una manzana.
John sonríe y la muerde, y los ojos de Sherlock se depositan en sus labios durante varios largos segundos antes de sonreír y apartar la mirada. John sonríe a su vez y se da la vuelta, empujando suavemente la espalda de Sherlock con su hombro antes de acercarse a donde estaba Molly. Se sienta y la mira trabajar, hincándole el diente a su manzana.
-¿No tiene peligro, esa manzana?, pregunta, levantando los ojos de su placa de Petri.
-Sí, Sherlock lo ha verificado.
-Algo ha cambiado entre vosotros dos –dice bruscamente, los ojos llenos de una pregunta que no se atreve a formular.
Comprende bien a las personas, piensa John. Para una chica que vive rodeada de muertos, es impresionante hasta qué punto es perspicaz en cuanto a vivos se refiere.
-Sí. –responde, sin más.
No hace falta dar explicaciones. Molly es una chica lista, sabrá relacionar los hechos ella sola.
-Oh.
Le mira y John puede ver su corazón hacer crac, descomponerse en pequeños trozos, hacerse trizas, y se siente extraordinariamente culpable.
-Así que… estáis… Ya veo, continúa ella, intentando esbozar una sonrisa. Fe… felicitaciones. Quiero decir… me alegro.
Está siendo sincera y a la vez no lo está siendo, y John se pierde durante un instante. Le entran incluso ganas de acariciarla, de decirle que todo irá bien y que, después de todo hay muchos peces en el mar, pero a la vez está esa intensa necesidad de hacerle saber que, hey, vale que este pez tropical es tremendamente raro y exótico y que es increíble, pero es mío. (No había experimentado ese nivel de posesión nunca antes. Era positivamente esclarecedor.)
-Gracias, dice pese a todo, y se obliga a esbozar también una sonrisa algo forzada.
Se quedan así un rato, mientras Sherlock insulta al microscopio al otro lado de la estancia y levanta su pipeta como si fuese una varita mágica y tuviese ganas de que el resultado deseado apareciese así, delante de él, a buenas y a primeras.
-¿Desde hace cuánto?, pregunta Molly, intentando mantener la conversación en un tono agradable y amistoso, y John tiene ganas de decirle que no hace falta, que no tiene la necesidad de pretender que no le afecta.
-No mucho. Un mes, o dos.
-Oh.
Sus rasgos se hunden levemente, y desvía la mirada durante un instante, antes de inspirar profundamente y volverse de nuevo hacia él.
-Me siento tan estúpida, dice, tan suavemente que es casi un murmuro. Lo siento, no quiero decir que… pero, en fin…
-Lo entiendo, y John encuentra el coraje necesario para levantar su mano y colocarla en su hombro empáticamente.
Vuelve la sonrisa falsa a su rostro, se recoge un mechón de pelo, mira a Sherlock durante un instante y se da la vuelta.
-Disculpadme, acaba por decir antes de desaparecer por la puerta.
John la observa correr por el pasillo y esfumarse en la esquina. No sabe muy bien cómo manejar la situación, y le duele el alma por ella, pobre chica sin suerte. Todo lo que espera es que no sea una herida tan grande que no se pueda curar con un tarro de helado y una maratón de Glee.
Sherlock no es consciente en absoluto de lo que acababa de suceder, girando la rueda de su microscopio, frustrado. John pasa un brazo alrededor de su cadera y deposita la cabeza en su hombro. Sherlock ni siquiera reacciona, pero no importa. Tampoco se esperaba que reaccionase.
-No tiene ningún sentido, murmura el detective.
-¿No tienes los resultados que esperabas?
-No.
Sherlock levanta la mirada, y solo entonces se percata de la ausencia de Molly.
-¿A dónde ha ido? Necesito que haga algunos test por mí.
-Necesitaba una pequeña pausa, murmura John.
-¿Por qué?
-Sabe lo nuestro.
-¿Se lo has dicho?
-No, se ha dado cuenta ella sola. No eres la única persona en el mundo dotada de perspicacia, sabes.
-Oh. ¿Por qué se ha ido?
-Porque necesitaba un descanso. Déjala.
No lo entenderías, de todos modos, se dice. Sherlock frunce el ceño mirando el espacio vacío, y John se inclina para besarle suavemente, sólo durante un instante –lo necesitaba. El detective vuelve a su microscopio, centrándose de nuevo, y John se queda apoyado en él durante unos segundos más antes de alejarse y sentarse en alguna parte, esperando a que terminase.
El caso se soluciona (como de costumbre) gracias a otra de las brillantes iluminaciones de Sherlock, y John se jura que no volverá a probar el pudding en lo que le queda de existencia. La vida continúa, como de costumbre otra vez, y el médico intenta no pensar en que ya prácticamente es algo normal para él y para Sherlock atrapar a asesinos seriales.
Apenas dos días después de que el supuesto asesino fuese hallado muerto en su celda, alguien más se entera de que Sherlock y John son novios. El detective le había dicho a John, poco antes, después de su inesperado ataque de sinceridad en el Tesco, que todas las personas importantes para él ya lo sabían.
Era mentira.
Obviamente no era algo que pudiese revelarle a su compañero. Comienza con un simple SMS, y acaba derivando en una conversación mucho más compleja en la cual Sherlock se lo cuenta a la única persona a la que en realidad había querido contárselo. Siente una extraña satisfacción al hacerlo, y entiende, por fin, por qué es tan importante para John. La felicidad de una persona, se da cuenta, está hecha para lucirla, como la cola de un pavo real, para enseñarla y que brille más que nada.
Guatemala está preciosa en esta época del año. Deberías acompañarme. –I
No creo que a John le gustase que me fuese de garbeo a América Central únicamente por un capricho tuyo. –S
El Dr. Watson es realmente protector contigo, ¿no? –I
Bueno, soy "suyo", así que algo protector sí que puede ser. –S
¿Me engaña la vista o acabas de decir que le perteneces? –I
Exactamente. –S
¿Al final ha cedido? Enhorabuena. Estoy extrañamente orgullosa de vosotros dos. –I
No creo que "cedido" sea la palabra apropiada para describir lo sucedido, pero sí. –S
Supongo que eso significa que ya no te puedo llamar "El Virgen". –I
Puedes, pero sería incorrecto. –S
La conversación continúa un rato más, centrándose en un terreno bastante más específico. Sherlock termina con un montón de nuevas y fabulosas ideas concerniendo cosas que podría hacerle a John, y no le dice de dónde las sacas.
A decir verdad, John tampoco se queja.
Cada dos o tres meses John queda con sus antiguos camaradas de rugby del equipo de Blackheath. Ya no juega, no desde que salió de Afganistán, no desde que tiene ese problema en su hombro, en la pierna y un compañero exasperante que le seguía allá donde iba, pero volver a ver a sus compañeros de equipo le recuerda agradablemente su juventud y hasta qué punto le gustaba comerse el suelo regularmente en un terreno embarrado.
Todos se acerca a la línea de los cuarenta, la mayoría de ellos están casados y con hijos – hombres de familias respetables, con sillines para bebé en sus coches. Pese a eso sus noches juntos siguen siendo tan viriles como cabría esperar, pegarse golpes amistosos en el hombro, cerveza a palo seco, y es un sentimiento de normalidad en la vida de John de todo menos corriente.
Sin embargo, se presenta ante él un dilema importante. ¿Debería hablarles de Sherlock, o no? Se termina su cerveza de un trago, dejando germinar la idea en el cargado ambiente del pub. La discusión no tarda en moverse al terreno de sus vidas - Kev había tenido un bebé hacía un mes, y la foto del susodicho pasa de mano en mano, e incluso el delantero más musculoso del grupo se derrite ante la visión del infante. Stephen tenía la intención de casarse con su novia Joyce el próximo verano (lo que da pie a un montón de bromas que implicaban una pelota, cadenas y de vez en cuando la imitación del chasquido de un látigo). Es un pesado bastión de heterosexualidad, y por supuesto no tardaron en acosar al (según pensaban) último soltero del club - John Hamish Watson, gracias y buenas tardes.
-¿Y bien, piensas en asentarte, tú también, Johnny?, pregunta Kev, pasándole un brazo amistosamente alrededor de los hombros.
-¡Más le vale que no! Tiene que quedar alguien en el grupo del cual podamos sentirnos celosos, ¿no?, exclama Amir alegremente - feliz padre de tres hijos.
-De todos modos a John nunca le ha faltado atención femenina, hm, puntualiza Stephen, y John sonríe.
-¡Es increíble cómo siempre se lleva todos los lotes, siendo un enano como es!
Eliot le pega un ligero empujón, y John le da un golpe de hombro en su enorme barriga.
-Se llama sex-appeal, colega. Sex-appeal, dice, socarrón.
-¡Venga, no seas sieso! Danos más, ¿frecuentas a alguien últimamente?, pregunta Kev, curioso.
Muy bien. Ahí vamos. Le pega un buen trago a su cerveza y sacude la cabeza, asintiendo, boca llena.
-¡Genial, ese es nuestro Johnny! Va, ¿cómo se llama?
Esa cosa de ahí es su corazón latiendo a velocidad de vértigo, sin duda.
-Sherlock, suelta, ligeramente incómodo.
-¿Sherlock? ¿Qué clase de nombre es ese para una tía?
-No es una tía.
Surge un momento de silencio intenso, y el brazo de Kev se separa de su hombro - crea un sentimiento de vacío increíblemente tangible, como una corriente de aire frío infiltrándose entre el espacio que Kev ocupaba segundos antes.
-Espera, ¿te has cambiado de acera?, exclama, y hay un algo en su entonación que suena como una advertencia - esa clase de advertencia que John preferiría que no existiese, que no debería existir con un viejo amigo.
-No, no realmente.
-Eres bisexual.
-No. No creo, no.
-Pero sales con un tío.
Parece que a Kev le cuesta seguir el hilo, y John prácticamente puede ver cómo intenta darle la vuelta a la situación para poder comprenderle. En vano. Supone que será más fácil para él si pudiese ponerle en la frente ésa etiqueta de "homosexual", una categoría bien clara, pero John se ve incapaz de simplificar tantísimo sus sentimientos hacia Sherlock.
-Sí, responde. Salgo con un tío, sí. Estoy enamorado de un tío, incluso. Sé que es raro. Es... en fin, es a la vez muy complicado y muy sencillo. No tiene ningún sentido, pero es súper lógico, sé que parece raro, pero simplemente...
-La gente no se vuelve gay así como así, le interrumpe Kev.
Eliot se clava en el sitio, moviendo las manos con nerviosismo alrededor de su cerveza. Amir está a su lado, y mira a John boquiabierto, como si le hubiese crecido una segunda cabeza.
-Sherlock es el nombre de tu novio, ¿no? ¿Desde hace cuánto te acuestas con él, entonces?, continúa Kev.
Hay algo acusador en su voz, como si la confesión de John le hubiese resultado una afronta personal, una traición, y no hace falta más para terminar de cabrearle.
-No veo qué coño te importa cuánto tiempo lleve acostándome con él, replica, a la defensiva. Me hace feliz, más feliz que nunca. Si te crea algún problema que esté saliendo con un tío, te puedes ir a la mierda.
-Eh, venga, tíos, no perdamos la compostura...
Stephen eleva ambas manos en tono tranquilizador, pero John le deja de lado.
-No, no me gusta tu tono. ¿Tienes algún problema? ¿Con que tenga novio?
La palabra "novio" parece terminar de sacudirles del todo - da una imagen mucho más clara que decir simplemente que está saliendo con un tío.
-Pues puede que sí, gruñe Kev. No es un crimen, tener algo en contra, ¿no? No te estoy pegando una paliza. Pero sí, me molesta que uno de mis colegas me diga de repente que es maricón como si no tuviese ninguna importancia.
-Mi hermana es lesbiana, lo sabes desde hace años, ¿te molestaba, eso, eh?
Kev acababa de tratarle de maricón. John ya sabía que sucedería, tarde o temprano, pero el insulto seguía resonando en sus oídos, y le golpea - tiene la impresión de estar masticando papel albal.
-Me la suda tu hermana. Lo que no me la suda es que nos sueltes esto así de buenas a primeras. Nos duchábamos juntos, joder.
Algo en el cerebro de John hace "clic" ante sus palabras, una especie de flashback, un destello de algo para lo que de verdad estaba demasiado mayor, y tiene que contenerse para no lanzarse sobre Kev. Es más grande que John, pero sabe que podría abatirle si quisiese.
-¿¡Estás enfermo o qué coño te pasa!?, exclama, mientras Amir da un par de pasos hacia atrás, temeroso. ¿Tienes miedo de que fantasee en secreto contigo? ¿Es eso? ¡Pues bien, siento romperte el corazón, pero no te tocaría ni con una escoba de tres metros! Así que sí, me he enamorado de un tío. Es guapo, y genial, y sin duda más inteligente que todos vosotros juntos, e infinitamente mejor que cualquier persona que podríais imaginar. Así que no temas que me convierta en una especie de depredador gay que se abalanza sobre todos vosotros porque, créeme, tengo a alguien muchísimo mejor esperándome en casa.
-¿Me estás acusando de algo?, responde Kev, furibundo, hinchando el pecho.
-¡Pues puede que sí, me cago en la puta! ¡Mírate! Todo va bien hasta que te enteras de que estoy enamorado de un tío. Si tienes algo que decirme, Kevin, dímelo a la cara.
Sus miradas se cruzan, con furia, pero Kev se queda en silencio, tensando la mandíbula.
-¿Alguien tiene algo más que decir, eh?, continúa John.
Les observa, lanzándoles a todos ellos esa mirada de pura ira que sólo una persona de baja estatura podría reunir – furia en bruto dentro de un contenedor demasiado pequeño. Amir esquiva su mirada, y Eliot parece estar ridículamente indefenso para un hombre del tamaño de una montaña.
-Creo que lo que Kev intenta decir…
Stephen alza la voz prudentemente después de un buen momento de silencio incómodo, pero John se prende de nuevo.
-¿Estás de su lado? ¿De verdad? ¿Así sin más? Jamás me habría esperado esto de vosotros, tíos, en serio, dice, exasperado. Sólo estoy intentando ser honesto, joder. ¿Os cuento qué es de mi vida y me soltáis toda esta mierda?
Se quedan todos en silencio, mirándole o a él o a su vaso de cerveza, y John decide que tiene suficiente.
-¿Sabéis qué? No necesito nada de esto. –escupe, dejando su jarra de cerveza en la barra bruscamente.
Sabe que si no se va en ese momento preciso terminará por enervarse, y uno de todos ellos (probablemente Kev) volvería a su casa con la nariz cubierta de sangre. Agarra su abrigo, lo deja sobre su hombro y sale del local a grandes zancadas, sin dirigirles siquiera una última mirada. Sus pasos resuenan en el cemento mientras lucha por ponerse el abrigo mientras camina, tan cabreado que apenas siente el frío de la llovizna posándose en su cara. A decir verdad, no sabía muy bien qué se esperaba. Podría haber sido peor, podría haber sido mejor, y se pierde intentando procesar qué cojones acababa de pasar.
No se le ocurre pedir un taxi o de meterse en el metro hasta que ya lleva la mitad del camino recorrido, evitando a varios borrachos y un grupo de turistas alemanes demasiado ruidosos. Decide seguir caminando, ya que está, qué más daba si Londres se volvía cada vez más sombría y húmeda a su alrededor. Cuando empuja la puerta del 221B la lluvia se resbala irremediablemente por el cuello de su abrigo.
El olor le golpea nada más llegar a la mitad de las escaleras.
De algún modo consigue ser el olor de algo orgánico y químico al mismo tiempo, con cierto toque a carne quemada, sin duda. Sube con velocidad, precipitándose en la cocina, donde una masa inidentificable medio carbonizada descansa apaciblemente sobre la mesa como si nada. Sherlock al menos había tenido la decencia de cubrir la mesa con un mantel de plástico, pero el apartamento entero olía como si un Transformer acabase de combatir a muerte con un rinoceronte y hubiesen terminado los dos convertidos en esa cosa arrugada y calcinada sobre la mesa.
-¿¡Pero qué cojones ha pasado aquí!?
-Una experiencia.
Sherlock está sentado delante del portátil de John, escribiendo tan tranquilo.
-¿¡Q… qué!? ¿¡Qué es eso!?, exclama, señalando con el dedo el infame desastre ese, pero Sherlock le detiene con un grito.
-¡No toques eso sin guantes!
-¿QUÉ? ¡Dios, no te puedo dejar sólo ni cinco minutos!, grita, cada vez más enfadado.
Sherlock levanta la vista y frunce el ceño.
-¿Sólo te has ido durante cinco minutos?
Evidentemente. Evidentemente, Sherlock apenas se ha dado cuenta de que ha estado fuera durante dos horas, evidentemente, no se da cuenta de que John está en casa antes de lo previsto.
-¿Qué has hecho? ¿Qué es, esa cosa?
-Los efectos del calor junto a una mezcla de componentes químicos sobre piel animal, John. Lo necesitaba para un caso.
-Vale, y ¿¡cuándo piensas limpiarlo?!
-Aún no he terminado.
La respuesta es la gota que colma el vaso, suficiente para esfumar el último trozo de paciencia que queda dentro de John, y agarra lo primero que pilla –en este caso, un libro que él mismo había dejado sobre la mesa aquella mañana-, tirándolo con fuerza al suelo. El libro rebota contra el muro y aterriza tristemente en la alfombra. Sherlock se aleja del escritorio y le mira con los ojos muy abiertos, estupefacto.
-¡Haces siempre lo mismo!, grita, exasperado. ¡Lo… lo desordenas todo y luego no te responsabilizas! ¿Por qué nunca te das cuenta de las consecuencias que tienen tus actos en las vidas de los demás? ¡Nuestro apartamento huele a un condenado zoológico, te das cuenta, te das cuenta de que tengo que vivir aquí!?
De acuerdo, tal vez está juntando y mezclando y haciendo una gran bola con todos sus problemas. Es dolorosamente consciente de ello, pero lo camufla con una furia claramente dirigida contra la persona equivocada.
-¿… lo limpiaré?, propone Sherlock, pero no es suficiente.
-¡Ese no es el problema, Sherlock! ¡Reflexiona antes de hacer las cosas! ¡Piensa un poco! ¡Piensa en mí, por una vez en tu vida!
Sherlock parece casi ofendido ante sus palabras, y John se percata de lo que está haciendo y se siente totalmente irracional, pero qué quiere que le haga, en ese instante odia a todo el mundo, sin excepciones.
-¿Sabes qué? Da igual, olvídalo, me voy a acostar. Déjame tranquilo, gruñe.
Se da la vuelta sobre sus talones, ignorando a sabiendas el caos de la cocina y arrastrándose hasta su habitación. Tira su ropa de mala gana y prácticamente desgarra su camiseta del pijama, enfundándosela tan violentamente que las costuras se ponen a protestar, y se enfunda con enfado en la cama de Sherlock.
No tarda en darse cuenta de que el concepto "me voy furiosamente de la habitación" habría sido bastante más eficaz si hubiese tenido la brillante idea de meterse en su propia cama. Su habitación seguía donde siempre, escaleras arriba, pero la idea de irse allí a dormir le retorcía dolorosamente el estómago, así que se queda donde está, hecho bola en un lado de la cama con tozudez.
Sherlock entra en la habitación media hora más tarde, tal vez, y se mete en la cama en la obscuridad. Es todo tan dolorosamente silencioso que John cree poder oírle contener la respiración.
-Te he cabreado, dice Sherlock en la penumbra, calculando cada palabra con prudencia.
-Te has dado cuenta, bravo.
-Lo he limpiado todo. Aunque el olor se quedará aún durante un día o dos. Lo siento.
John le da la espalda, mirando al techo.
-No, no lo sientes. Deja de disculparte cuando ni piensas en ello.
Sherlock se calla durante un rato, y John cierra los ojos e intenta dormirse con todas sus fuerzas. Evidentemente, no funciona – el enfado y ese extraño sentimiento de impotencia siguen ahí, en bucle, como un perro intentando morderse la cola. Sin olvidar ese sentimiento de culpabilidad por cómo le había gritado Sherlock momentos antes, pero decide ignorarlo por ahora. No cree tener la capacidad emocional suficiente para afrontar todo eso sin explotar.
-Dime qué es lo que he hecho mal.
Debía sonar como una orden, pero encubierta; la entonación meticulosamente medida para no encender de nuevo la cólera de su compañero.
-Oh, por dios, gruñe John. Por lo pronto, parece que en nuestra cocina ha ardido Troya, eso lo primero. Escucha. No es… no es simplemente culpa tuya.
Suspira, pasándose las manos por la cara.
-Le he hablado de nosotros a mis antiguos compañeros de rugby. Su reacción… bueno, no ha sido muy favorable.
-Oh.
Sherlock parece tardar un tiempo en procesarlo.
-Y has canalizado tu mal humor en mí.
-Sí. Exactamente. Porque soy un imbécil, por lo visto. Pero era justificado, imagino, viendo el estado de la cocina.
-Lo siento.
-No, no lo sientes. La lías siempre por todas partes y no te disculpas nunca.
-No por la cocina. Por tus amigos.
-Ah, vale. Sí… yo también, en realidad.
-¿Te han insultado?
-No. No ha habido nada… realmente homofóbico, supongo. Es simplemente que no consiguen aceptarlo. Aceptarte. Hemos discutido.
Sherlock hace un breve gesto hacia él, pero se detiene en seco a la milésima. La hesitación parece invadirle a medias, y John se alegra de no poder ver en la penumbra la mirada de cachorro abandonado que fijo, fijo se ha dibujado en la cara de su compañero. Suspira.
-Anda, ven aquí, murmura.
Sherlock aparece a su lado casi al instante, sus largos brazos alrededor de su cuello y abrazándole contra él como un niño pequeño. Lleva puesto su pijama, lo que indica a John que la situación le incomodaba demasiado como para dormir desnudo como de costumbre. El detective no es el único capaz de deducir cosas sobre los demás, al fin y al cabo.
-No pasa nada… creo –añade John, apoyando su frente contra el cálido algodón de la camisa de Sherlock-. Al menos ahora sé quién es mi amigo y quién no.
-Sí, sí que pasa, responde Sherlock, y John sabe que en el fondo también tiene razón.
Siente la respiración de Sherlock en su cuello, e incluso aunque John detestase admitirlo, su simple presencia basta para deshacer ese gran nudo de emociones negativas que le oprimía el pecho. Enrolla sus dedos alrededor del dobladillo del cuello del pijama del detective y escucha, en silencio, los latidos de su corazón. Y le ayuda a retomar la calma, un tempo tranquilo.
La realidad de los latidos del corazón de su compañero, ese martilleo sordo y constante, le sorprende de vez en cuando. Sherlock se sale tanto de las normas, está tan lejos de lo común, que es fácil considerarle algo más que un simple ser humano, algo por encima (o por debajo, según por dónde se mire). El hecho de que sea como el resto de la humanidad, el hecho de que su corazón late, que su estómago hace ruidos extraños de vez en cuando, que también necesite cortarse las uñas como la persona más corriente del mundo, no deja de sorprender a John, a veces, cuando lo piensa. Esa sensación viene siempre acompañada de saber que él es, seguramente, la única persona que Sherlock ha autorizado jamás a acercarse tanto como para darse cuenta de aquellos detalles. Esos detalles, como que habla en sueños o que las contusiones en su piel aparecen con increíble facilidad en cuando John desliza sus labios con demasiado entusiasmo.
-Ha sido nuestra primera pelea de pareja, puntúa el detective suavemente.
Su voz profunda retumba infinitamente, o al menos eso le parece, y se siente más en casa que nunca.
-Mhm. Y seguramente no la última.
Sherlock ríe – otro estruendo bronco, y John querría quedarse ahí para siempre.
-Te quiero, dice Sherlock.
-Serás pelota…
-Idiota.
-Yo también te quiero.
-Lo sé.
John sonríe, mordiendo distraídamente un trozo de tela del cuello de la camisa del detective Se siente mejor.
Bien temprano por la mañana John recibe un mensaje, que resulta ser de Eliot.
Lo siento por lo de ayer, tío. No pretendía ofenderte. –Eliot
Ya, ya lo sé. Aun así fue una gran cagada. –J
Ya sabes cómo es Kevin… salta enseguida. No estoy de acuerdo con lo que dijo, personalmente. –Eliot
Sé cómo es Kevin. Y creo que voy a dejar de quedar con él de ahora en adelante; no necesito a alguien así en mi vida. –J
Seguimos siendo colegas ¿no? Me la bufa con quién te acuestes, tío, sea quien sea. –Eliot
Seguimos siendo amigos, Eliot. –J
Gracias. –J
Ntp, Johnny. Saluda a tu chico de mi parte. –Eliot
John lo hace. Sherlock le mira, terriblemente confuso.
Tres semanas y cuatro días después de tomar la decisión de ser abierto en cuanto a su nueva sexualidad (que generalmente considera "hetero con una excepción"), John no puede evitar lo inevitable.
Una cosa es salir del armario delante de Mrs. Hudson, del hermano de tu novio, de tus amigos. La familia, resumiendo, es un nivel que está bastante más allá, en lo que concierne a juzgarte. Porque te han conocido durante toda su vida; la posibilidad de una hipotética desaprobación, decepción o incluso negación es algo que le quita el sueño por las noches, que le angustia, que le ahoga y le distrae constantemente.
Le gustaría creer que la cosa se hará más fácil por el hecho de tener una hermana abiertamente lesbiana desde los diecinueve años. No es el caso. Es justamente el saber cómo su familia reaccionó a lo de Harry lo que lo hace todo tan difícil. Ese sentimiento de responsabilidad, de no querer que su madre pase por lo mismo por lo que pasó con Harry es tan brusco que le revuelve entero. Se siente como un traidor, traicionando a Harry, traicionándose a sí mismo e incluso traicionando a Sherlock, culpable de sus propios sentimientos, pero está tan enraizado en su interior que es incapaz de deshacerse de ello.
Entonces, Harry. Sí. Harry. Se planta delante de su puerta durante casi diez minutos antes de decidirse a llamar, y pasan otros tantos hasta que la puerta se abre, y aparece su hermana, con aire sorprendido y culpable. Intenta no darse cuenta, no pensar en lo que Harry estaba haciendo, pero había un vaso de vino vacío y una botella a medio camino encima de la mesa, y nadie más en casa. Tiene buena cara, ha cogido un poco de peso, pero el maquillaje esparcido sobre su faz a penas escondía las oscuras sombras que achacaban sus ojos.
El apartamento no había cambiado un ápice, pero la ausencia de Clara era más que evidente; todas sus cosas habían desaparecido, así como las bonitas velas perfumadas que encendía a menudo y el ganchillo afgano que ocupaba un espacio terrible siempre encima del sofá. No lo menciona. Tampoco menciona la botella de vino sin abrir que trae en mano desde la cocina, y acepta en silencio la copa que le tiende.
Hablan sobre cosas banales durante un buen rato – Harry habla de su trabajo, John de la clínica, y rellenan los vacíos entre los dos con palabras dichas tan a menudo que ya apenas tienen sentido. Es el tipo de conversación para pasar el rato que Sherlock desprecia y rechaza completamente, y durante veinte buenos minutos John envidia su capacidad de simplemente declinar todo aquel tipo de obligaciones sociales.
Finalmente, cuando Harry ya va por su segundo vaso de vino, le pregunta qué hace allí. Una pregunta que habría sido bastante maleducada, sin duda, si no fuese tan poco habitual que John apareciese en su apartamento de buenas a primeras y sin avisar.
-Te tengo que decir una cosa, dice lentamente, sacando costosamente las palabras de su garganta.
El vino le pesa y le libera la lengua. Harry enarca las cejas, interrogante.
-Sobre Sherlock, continúa.
Aún demasiado impreciso. Una de las cejas vuelve a su posición normal; la otra sigue enarcada.
-Sobre Sherlock y yo.
La observa, esperando a que su revelación hiciese efecto.
Al cabo de unos segundos sucede al fin, se hace la luz en una parte del cerebro de Harry, esa que aún no está demasiado afectada por el alcohol.
-Oh, dice. Por dios, Johnny, ¿lo dices en serio?
Asiente, sujetando la copa contra su pecho.
-Mortalmente en serio.
-Oh. Oh, por dios.
Los minutos se suceden uno tras otro en el reloj de la pared – el reloj más llamativo que uno se podía imaginar, con los números escritos de forma demasiado elaborada en los bordes del que Harry se enamoró en alguna tienda de bric-à-brac demasiado cara en Hastings – y, siempre sentado, observa a su hermana uniendo mentalmente toda la información que tenía de Sherlock.
-¿Cómo ha sucedido?, acaba por preguntar.
Sin poder evitar una ligera sonrisa, alza los hombros y le cuenta su historia, la de Sherlock y él; es la primera vez que se toma el tiempo de hacerlo, de narrar todo lo pasado, de principio a fin.
-Parece una tontería, pero empezó a venir a mi cama por una de sus estúpidas experiencias. Simplemente dormir, nada más. En fin, al principio. Era solo… bueno, no sé. Me di cuenta, en un momento dado, hasta qué punto era agradable el tenerle ahí, todo el rato, a mi lado. Habla mientras duerme, sabes, y es… extrañamente reconfortante. Después me percaté de que era como si ya estuviésemos juntos, aunque que ninguno de los dos hubiese hecho ese esfuerzo consciente por estarlo, y me hizo falta un buen, buen rato de introspección. Llegué a la conclusión de que estaba completamente enamorado de él y nunca me había dado cuenta… Se lo dije. Él me dijo que sentía lo mismo. Hace dos meses de eso ya, y… bueno. Es muy simple, en realidad, incluso si a veces no lo es, y jamás me había sentido tan bien… no sé si me entiendes.
-Sí, te entiendo perfectamente.
Harry le responde con una voz dulce, tierna, y le mira con una expresión que John nunca antes había visto en su cara – se percata entonces de que, por primera vez en su vida, se comprenden el uno al otro.
-¿Se lo vas a decir a mamá?
John hace una mueca.
-No lo sé. Puede. Yo no… no nos hablamos muy a menudo, de todos modos. Seguramente esté actuando como un cobarde, lo sé, pero…
-Sí, estás actuando como un cobarde, pero lo entiendo, le interrumpe con un suspiro. No hay ninguna necesidad de revivir el drama de nuestra infancia.
-Se lo diré algún día, añade, sin convicción, y los dos saben que miente.
-A papá le habría dado igual.
Habría preferido no oír aquel último comentario, pero pese a eso asiente con la cabeza. Harry se sirve otra copa, y él se permite declinar una tercera.
-Vale, lo tengo que preguntar: ¿entonces eres gay, ahora?
-Dudo que la gente se vuelva súbditamente "gay, ahora", responde, reflexionando.
-Venga, ya sabes a lo que me refiero.
-Sí. No, no soy realmente gay. Es sólo él, estoy seguro. No es que mi horizonte no esté ahora un poco más abierto que antes, pero ya sabes. Tiene ese efecto en la gente, no soy… sólo yo. Todo lo que crees saber sobre ti misma y sobre el mundo, él… lo coge y le da la vuelta.
Ella sonríe, dándole un trago a la copa.
-He leído en alguna parte que si uno de los gemelos es gay, el otro tiene un 70% de posibilidades de serlo también.
-Estoy casi seguro de que esa encuesta sólo es válida para mellizos.
-Vamos, eso es un detallito. Míranos, sigue siendo un poco raro, ¿no? Pero, mirando la parte positiva, mamá tiene por fin el suegro que siempre ha querido.
-Oh, créeme, Sherlock no es precisamente el suegro perfecto.
-Sabes que va a hacer falta que le conozca, ahora. Incluso más que antes. Formamos parte de la misma familia, casi.
-Huy sí… Le vas a ver antes de lo que crees, estoy seguro. Prepárate para una ducha fría, le encanta insultar a la gente.
-A ti también. Es simplemente más directo.
La mira, sorprendido ante su perspicacia, y deja su copa vacía en la mesa.
-¿Vais en serio, aun así?, pregunta su hermana después de vaciar la suya, y sin rellenarla de nuevo.
-¿Qué?
-Quiero decir, ¿consideráis el matrimonio y todo eso?
-Oh, dios. No, no, no.
No es que John no pueda verse junto a él durante el resto de sus vidas –no cree que Sherlock dejaría que se fuese, de todos modos-, pero la idea de atravesar esa etapa le resultaba bastante inútil, por el momento.
Aun así, Sherlock se arriesgaría a morir de risa si propusiese la idea. Ve más bien su futuro como "una larga vida juntos bajo una relación no-oficial".
-¿Estás seguro? Estoy convencida de que él estaría ideal en un vestido blanco con volantes.
John ríe, tirándole un cojín.
John se siente entero. Es una sensación extraña, ya que no recuerda haber estado nunca "a medias", o a dos tercios, o a cualquier otra fracción de sí mismo, pero es lo que siente, y es agradable, así que se conforma.
Está enamorado. No lo oculta. Tiene seguramente el compañero de piso y novio más excéntrico (por decirlo de algún modo) de todo Londres (pero si hay alguien más ahí fuera cuyo novio guarde un thymus humano en un tupperware dentro del frigorífico, estará encantado de conocerle, y seguro que se entenderían entre los dos a la perfección), y se lleva más hostias de las necesarias, pero está enamorado y todo el mundo lo sabe, simplemente está bien y, por encima de todo, es feliz.
Entre todo lo malo que ha podido sucederle y todo lo bueno, ha llegado a un equilibrio. Tiene la sensación de que eso es lo más importante que alguien podría nunca desear.
Deja su sopa de tomate y pasta delante de Sherlock, en un bol con dibujitos de pitufos que le habían regalado en alguna oferta del Súper. Sherlock observa atentamente el pitufo durante unos instantes, y John se pregunta si sabe acaso lo que es esa impertinente figurita azul.
-No tengo hambre, John, dice simplemente.
Vuelve a concentrarse en su taco de papeles interesantísimos sobre el thymus, llenos de números y de parrafadas cubiertos de anotaciones a pie de página de caótica escritura. John no le hace ninguna pregunta. Es divertido, a veces, ver cómo su relación se reduce a menudo a eso.
-¿Has comido, hoy?
-He desayunado.
-Mentiroso.
-Que sí.
Evidentemente que miente. Sherlock estaba dormido cuando John se fue a trabajar, pero apostaría su alma a que el capullo no ha comido nada durante todo el día.
-A ver, saca la lengua.
Sherlock lo hace, enseñando un diminuto trozo de lengua, y levanta la mirada hacia su compañero de piso.
-¿Lo ves? Has comido nada en todo el día.
Su lengua desaparece en la boca y Sherlock le mira, entre estupefacto y maravillado.
-¿¡Cómo lo sabes!?
John sonríe.
-No lo sabía, acabas de confirmármelo tú. Ahora me vas a escuchar y te vas a comer esa sopa.
Sherlock frunce el ceño y emite un ruido de descontento que la mayoría de las personas evitarían a partir de los seis años, pero aun así acaba por pillar una cuchara y catar la sopa. Está buena, de todos modos. John está orgulloso de su capacidad para meter cualquier cosa en una olla con agua y hacerlo hervir.
Se sienta delante de Sherlock, abre su portátil y espera pacientemente a que se encienda. Necesita actualizar su blog- hace casi semana que no publica nada nuevo. Pero no están encima de ningún caso, actualmente, y no hay casi nada que decir, aparte de… bueno. Se pregunta si debería. Se pregunta si podría. Sabe que a Sherlock le da igual y también sabe que sería el modo más rápido y eficaz de clarificar las cosas a ojos de los demás.
Observa atentamente la pantalla de su ordenador, y reflexiona.
-¿Puedo?, le pregunta repentinamente Sherlock, empujando el bol de sopa lo más lejos posible.
-¿Que si puedes qué?
-Actualizar tu blog.
-¿Tú quieres actualizar mi blog?
-Estás intentando escribir sobre lo que hay entre nosotros, pero no encuentras las palabras. ¿Puedo?
¿Cómo cojones lo hace? ¿Cómo?
-Quieres escribir una entrada… sobre nosotros, procesa John. Mirándole por encima de la pantalla del portátil, enarca una ceja.
-Sí, John, evidentemente. Intenta no perderte.
Sherlock ni siquiera le mira, sigue garabateando cosas al lado de lo que parece un esquema sorprendentemente detallado de un thymus.
-¿Por qué no lo escribes en tu propio blog?
-Nadie lee mi blog, John.
Oh. Sí, efectivamente, es un buen motivo, ese.
-De acuerdo, acaba por ceder.
Sherlock levanta la vista hacia él, esta vez, enarcando a su turno las cejas.
-¿En serio?
-Sí, en serio. Pero déjame releerlo antes de que lo postees, porque no quiero ni borderías ni burradas.
Su compañero se encoge de hombros, permitiéndose una sutil sonrisa, y abandona bruscamente su trabajo sobre el thymus, lo que significa que se estaba tomando la cosa en serio, al menos. John se levanta, recupera el bol de pitufos y se dice que, mientras, no le vendría mal ponerse a fregar. Sherlock se sienta y teclea tranquilamente en el ordenador.
John ha terminado de fregar, limpiado las encimeras, la cocina, y el agua del té está medio bullendo cuando Sherlock le llama.
-He terminado.
Gira el ordenador hacia él, y John se sienta a leerlo…, y casi se cae de la silla.
Buenos días. Hoy no es el honorable Dr. Watson quien escribe para entretener a las masas, sino yo, el mismísimo Sherlock Holmes, ya que he obtenido el puntual privilegio de poder escribir en su "famosísimo" blog.
Abro un pequeño paréntesis para decir que mi propio blog está en línea, y para más información visitar www:thescienceofdeduction:co:uk. No dudéis en pasar para una experiencia más… instructiva.
La razón por la cual John me autoriza a escribir aquí es, simplemente, que quiere informar al mundo entero de un suceso en especial, pero es incapaz de encontrar las palabras apropiadas para ello. Le he propuesto mi ayuda, ya que al fin y al cabo es algo que me incumbe a mí tanto como a él.
La cosa es – ¿esos rumores? ¿Aquellos que han corrido, concerniéndonos a los dos, prácticamente desde el día que nos conocimos? La cosa es que, hoy, confirmamos que sí, que son ciertos. Total y absolutamente ciertos. No siempre han sido ciertos, pero lo son ahora. John y yo estamos, efectivamente, implicados tanto amorosa como sexualmente.
Durante mucho tiempo la gente ha asumido que éramos pareja, mientras que no, no lo éramos. Durante todo ese período John asumió que esos rumores derivaban de él, tal vez a causa de cierta… ambigüedad en su comportamiento, pero estaba equivocado. Era yo. La forma en la que le mirada, y de la que todo el mundo se dio cuenta enseguida, excepto aquel que estaba implicado.
John es el hombre más fascinante con el que me haya cruzado jamás. Extraordinario, incluso. En ningún momento he conseguido (y me atrevo a decir, conseguiré) entenderle del todo, lo que me resulta fantástico. Me sorprende continuamente. Justo cuando creo haberlo conseguido, hace algo impredecible, y tira abajo casi todos mis esquemas previos. Justo cuando pienso que mi mundo rota suavemente hacia la derecha, él lo patea y se pone a girar, imprevisiblemente, hacia la izquierda.
Justo cuando pienso que ya sé cómo manejar la situación, nuestra situación, se encoge de hombros y me dice que me quiere. Jamás había resentido nada hacia nadie como hacia John Watson, lo que es, a partes iguales, exaltante y aterrador.
John escribe en su blog, sobre él y sobre mí y la vida que llevamos, y vosotros comentáis diciéndole que tiene suerte, que su vida es excitante e interesante gracias a mí, pero os equivocáis. Es mi vida la que es interesante y excitante gracias a él y, sin duda, soy yo el que tiene suerte.
Así que ahí está, la verdad, sólo para vosotros: jamás he querido a alguien, ni a algo en toda mi vida, como quiero a John Hamish Watson. Y soy incapaz de describiros lo feliz que me hace el saber que es algo recíproco.
Sinceramente,
Sherlock Holmes.
John lee. Relee. Lee de Nuevo. Mira a Sherlock, aún procesando, quien ha vuelto a sus papeles como si no hubiese pasado nada y no acabase de escribir la declaración de amor más increíble del mundo, ni nada, vaya. John lo relee por quinta vez.
Aprieta sobre el cuadradito de "publicar". La página tarda unos segundos en actualizarse, y ya está, circulando por el mundo, ya está en línea. Y John se siente increíblemente bien.
-Madre mía, estás hecho todo un dramas, ¿eh?
Como única respuesta Sherlock se encoge de hombros, evasivo.
-¿Quién hubiese creído que tenías alma de poeta, después de todo?
Ahí no, ahí Sherlock le lanza una mirada asesina –cómo osa siquiera sugerir que es siquiera algo más que un científico, por supuesto-, pero ahí hay algo, ahí, en la comisura de sus labios, un amago de sonrisa, un pliegue satisfecho que le indica que, en el fondo, se lo ha tomado como un halago.
John se levanta, cierra su ordenador –está casi seguro de que le espera una avalancha de comentarios, pero por ahora no le apetece nada preocuparse de ello- y camina hasta Sherlock, rodeándole por la espalda con los brazos y apoyándose en él.
-Idiota.
-La sopa estaba buena. ¿Queda?
-Acabo de terminar de limpiar toda la cocina, no me digas que ahora tienes hambre…
-Hm-hm.
John suspira y se incorpora, desordenándole antes de encaminarse a la cocina. Coge los restos de sopa de la nevera, y enciende el fuego.
¡Hasta aquí hemos llegado! Por favor, he tardado cuatro meses en traducir la cosa esa, un mes por episodio, A VER SI APRENDEMOS, MOFFAT. Nótese el recochineo que me he permitido a la hora de traducir la entrada del blog de John, ya que lo he hecho un pelín a mi libre albedrío, así que ahora no me agüeis la fiesta con el OOOOOOO, EN EL FIC ORIGINAL LA AUTORA DICE "oh-so-famous" EN VEZ DE "famosísimo" (se oyen abucheos en la distancia). A parte, claro está, que las he pasado canutas escribiéndolo porque madre mía, qué baboso todo, ¿no? (soy un poco como el Grinch con eso de los sentimiendos, no sé). POR CIERTO, NO BUSQUÉIS LA DEFINICIÓN DE THYMUS PORQUE NI IDEA. Es que por lo visto es una planta, pero lo acabo de buscar en google imágenes y es una cosa, ahí, situada entre los dos pulmones. Ahora ya sabéis que tenéis un thymus entre los dos pulmones, qué cosas.
Bueno, resumiendo (y tonterías aparte), espero que os haya molado este fic tanto como a mí (porque me cago en la puta, ¿para qué lo he traducido sino? Estas cosas se avisan de antemano) porque es muy bonico y muy gracioso y si no os ha gustado fuera de aquí, pelmas. En el fondo me lo he pasado bien re-escribiéndolo, asíque supongo que me tocará buscar otro fic que traducir próximamente.
No se me dan bien los finales, así que hala, hasta otra.
