Ahora que estoy más nerviosa por exámenes esto es una buena vía de escape, je.
* Algunos personajes y lugares pueden ser inventados por mí.
* Personajes e historia propiedad de Pendleton Ward.
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-¡Marcy! ¡Oh, rebichos, devuélveme ese tubo de ensayo!
-Para qué... ¿para qué sirve este líquido viscoso y verde tan extraño?
Chicle intentó ponerse de puntillas para alcanzar a Marceline que flotaba encima de su cabeza. Era imposible.
-Es un reparador. Chuchelandia y parte de Ooo está devastada por el paso de la Reina Hielo y sus secuaces. Ahora que la hemos vencido estoy intentando preparar grandes cantidades de este reparador. Una sola gotita y todo lo destruido se recompone en un segundo-explicó la princesa, orgullosa-debo terminarla antes de la fiesta que vamos a dar en un par de horas, ¡dámela!
-¡Diablos! ¿Te das cuenta de lo que has descubierto, Bonnie? Puede ser incluso una cura... ¡para la muerte! ¿Y si pudiera "reparar personas"?
-No creo que pueda, Marceline, a la muerte no se la puede burlar con una simple poción que terminaría SI ME LA DEVOLVIERAS.
Marceline rio y bajó hasta ponerse de pie a la altura de la princesa.
-Ummm...-murmuró colocándose frente a ella, rostro frente a rostro, se paradas por un par de centímetros-te la daré si...
Chicle frunció el ceño, pero la vampira no le dio tiempo a quejarse y la besó. Chicle olvidó la poción por un instante y correspondió al beso atrayendo a Marceline hacia sí y enredando los dedos en su pelo oscuro. Algo gruñó en el interior de Marceline que pegó su pecho contra el de la princesa y asió su cintura con fuerza. Mientras sus lenguas jugaban una con otra dentro de sus bocas, Marceline guió a Chicle hasta la mesa de laboratorio y retiró con una mano todos los tubos de ensayo e ingredientes que en ella se encontraban. Con fuerza, sujetó a la princesa y la subió a la mesa, sin dejar de acariciar sus suaves brazos con olor a chuchería. La boca de Marceline viajó de la boca de la princesa a sus mejillas y luego a su cuello.
-Mar...Marceline...
Chicle contraía su vientre, nerviosa. Estaba experimentando sensaciones desconocidas, sensaciones que se veían representadas en su cuerpo de una forma más ténue cada vez que pensaba en Marceline. Cada vez que soñaba que la tocaba así. Pero ahora era real, lo estaba haciendo, estaba poderosamente cerca y de la manera más salvaje y tierna. Marceline mordió con suavidad el cuello de la princesa y gimió contra el mismo, su olor la llamaba.
-...quiero...tu olor...
-Hazlo-susurró Chicle, casi sin fuerza, con los ojos cerrados a causa del placer que le provocaban los movimientos de la vampira.
-No quiero hacerte daño-murmuró Marceline aún contra su cuello.
-No me lo harás, hazlo. ¡HAZLO, MARCELINE!
Aquel grito desesperado que la princesa sacó de dentro fue razón más que suficiente para que el interior de la vampira volviera a gruñir con una fuerza salvaje y la mordiera. Lentamente bebió una pequeña parte del rojo de la piel de la princesa, que fue tiñéndose de color gris a medida que Marceline succionaba.
-Ah...-se quejó Chicle. Marceline se apartó pero la princesa no dejó que lo hiciera. Era un quejido lastimero que escondía el más profundo placer. Chicle podía sentir su saliva dentro de ella, colándose por los agujeros que habían dejado en su cuello los colmillos de su amada. Podía sentir que de algún modo, aquello era más privado que hacer cualquier otra cosa, que aquello las unía más. Quería tenerla así para siempre.
Chicle cogió una de las manos de Marceline y la llevó hasta uno de sus pechos. Quería sentirla completamente, quería que se colara por cada resquicio de su cuerpo. Quería que no existieran obstáculos y se sorprendió a sí misma tomando la iniciativa de aquel modo. Pero la respuesta de la vampira no se hizo esperar y apretó con su mano el pecho de la princesa que llevó su cabeza hacia atrás en un acto reflejo. Marceline dejó su cuello para seguir bajando con su boca hasta la clavícula y poco a poco hasta el pecho, abriendo la bata de laboratorio que portaba la princesa.
Marceline dejó al descubierto la camiseta que tenía puesta bajo la bata. Aquella visión del pecho de Chicle subiendo y bajando a causa de la respiración agitada, fue el aliciente que le hizo falta para quitarle la bata finalmente y subirle la camiseta hasta deshacerse de ella por completo. Un sujetador del mismo color rosa de su piel estaba frente a ella, pero Chicle no se contentaba con eso. Acercó a Marceline hasta ella de nuevo y le sacó su camiseta de tirantes gris, con una fuerza que no creía que tuviera. Frente a ella, un sujetador negro de encaje que parecía gritarle que se lo quitara.
"Quítamelo, quítamelo, quítamelo..." susurraba una voz sensual parecida a la de Marceline, dentro de su cabeza. Chicle obedeció.
Buscó el cierre del sujetado de la vampira y se deshizo de él, tirándolo por el suelo del laboratorio. Y ahí estaban. Los pechos de Marceline. Como un tesoro que hubiera buscado toda la vida en arduas expediciones por el mundo. Como un oasis tras un largo paso por el desierto. Los quería, quería que fueran suyos. Quería tocarlos, deleitarse, disfrutarlos. Y así lo hizo.
Chicle acercó sus manos hasta ellos y los masajeó. Se dio cuenta de lo redondos y bien formados que estaban, de la suavidad con la que los pezones se agrandaban con la caricia de sus suaves dedos. Marceline gimió sin poder contenerse y arqueó la espalda. Chicle acarició sus pezones de nuevo, esta vez con más fuerza y la vampira perdió el equilibrio mientras flotaba y cayó encima de la princesa. Ambas quedaron tumbadas sobre la mesa y se miraron largo rato. Una mirada mezclada entre el nerviosismo y la pasión más absoluta.
Marceline abrió el cierre del sujetador de la princesa y se lo sacó por los brazos. Comenzó a morder su clavícula y bajó hasta encontrarse con sus pechos. Su larga lengua empezó a lamerlos y trazar círculos que provocaban a la princesa. Ya no podía más, era demasiada pasión contenida. Chicle posó sus manos en el cierre del pantalón de Marceline y abrió la cremallera. Marceline cerró los ojos, anticipándose a lo que iba a ocurrir y entonces Chicle bajó sus vaqueros con destreza y estos se deslizaron por las largas piernas de la vampira hasta quedar fuera. Unas braguitas de color negro habían quedado al descubierto y Chicle cada vez lo soportaba menos. Necesitaba tocarla.
Pero Marceline no permitió que siguiera. Continuó besando sus pechos y bajó por su vientre y volvió a subir de nuevo hasta su boca. Aquellos movimientos frenéticos hacían que la espalda de la princesa se contrajera. Entonces las manos de Marceline bajaron por sus costados, por sus caderas y se colaron debajo de la falda de la princesa. Sin quitarle las braguitas, Marceline las apartó un poco con sus dedos y pudo tocar el vello púbico de Chicle. Ya solo estaba a un paso...
-¿Estás nerviosa?-susurró Marceline entre jadeos.
-No...-contestó Chicle como pudo-...quiero que lo hagas.
-¿Segura? Nunca hemos hecho... esto antes.
-Nos queremos, saldrá bien.
Aquello fue más que suficiente. Marceline introdujo dos de sus alargados dedos en la cavidad de la princesa, que lanzó un grito ahogado. Chicle abrió más las piernas para dejarla hacer a placer y la vampira intensificó el movimiento de sus dedos dentro de ella. Aquello provocaba a la princesa sensaciones que jamás había experimentado, quería más. Quería que Marceline y ella se fundieran en uno solo. No podía con esa tortura, necesitaba todo de ella.
-No pares, Marceline, por favor...
Chicle arañaba los brazos de su vampira y seguía abriéndole paso para que pudiera ir más aprisa, para que lo hiciera con más fuerza, para que la dejara disfrutar como tanto lo estaba haciendo. Marceline descubrió como sus partes más íntimas se humedecían a medida que oía los gritos de su amada princesa, no había nada que la provocara más que escucharla. Que saber que estaba provocándole todo aquello.
La princesa no pudo contenerse y bajó hasta las braguitas de Marceline para abrirse paso con los dedos. Bajó hasta encontrar el punto exacto e introdujo dos de los suyos dentro. Escuchar a Marceline gemir contra su oido, le provocó otro gemido a ella. Intenso, desenfrenado. No podía parar y comenzó a moverse dentro de Marceline con furia. Ambas echaban sus cabezas hacia atrás y hacia delante, debido a los espasmos y la pasión de sus movimientos.
-Bo...Bonnie...
Marceline advertía a su princesa que ya no podía más, que estaba apunto de alcanzar el clímax y a la princesa le pasaba lo mismo. Un último movimiento rápido y desenfrenado de ambas en el interior de la otra provocó que ambas gimieran con fuerza y a la vez, declarando que habían llegado a lo más alto. Al culmen.
Agotadas, se tumbaron una al lado de la otra y se abrazaron.
-...me vuelves loca, Bonnibel-susurró Marceline a su oído, aún jadeando.
El pelo se les pegaba a la piel a causa del sudor, y sus cuerpos, empapados debido al esfuerzo, habían quedado débiles.
-Tú también a mí, Marcy-contestó Chicle, y besó el cuello de su vampira para luego enterrar su rostro en él y descansar-te amo.
Te amo.
Te amo.
Te amo.
Te...
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-¡MARCELINE!
Marceline despertó de su sueño y comenzó a jadear casi sin aliento.
-¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué ha...?
-Te pusiste a dormir como un tronco, tía. Y luego comenzaste a murmurar y a moverte... parecía que te habían poseído-contestó Jake.
Estaban ocultos tras unos matorrales, a las afueras de un bosque. Marceline alzó la vista a lo lejos y vio el castillo del Conde Limoncio, imponente como siempre.
-¿Me has dejado dormir? ¿Y Finn?
-Estabas agotada, ¿qué querías que hiciera? Nos sentamos a hablar para matar el tiempo y esperar a que Finn volviera y te quedaste dormida sobre mi hombro. Finn aún no ha vuelto y han pasado dos horas.
-Deberíamos...
-¡No digas entrar, colega! Me niego, está lleno de limones-mutantes raritos. Finn sabe apañárselas.
En aquel momento contemplaron una mancha azul y blanca moverse por entre los matorrales que había detrás del castillo. La mancha viajó de matorral en matorral hasta llegar hasta ellos y Finn hizo su aparición, exhausto, débil y magullado.
-¡FINN! Pensábamos que tendríamos que ir a por ti. Las esferas teletransportadoras de las princesas solo funcionan de ida, no de vuelta, me lo ha explicado Marceline, ¡no sabíamos cómo diablos ibas a conseguir salir!-dijo Jake.
-Finn, ¿tienes el Enchiridrión?
Finn los miró compungido.
-De ahí que haya tardado tanto-sentenció Finn-Limoncio tiene el Enchiridrión, pero... ahí dentro no está Limoncio.
Marceline le miró asustada y Jake abrió mucho la boca.
-Me he pasado dos horas ahí dentro intentando averiguar dónde está.
-¿Y bien?-preguntó Marceline ansiosa.
-Adivinad...
-¡NO!-exclamó Jake-malditos bultos, tío. Pues será mejor que nos demos prisa en volver.
-Esto no me gusta nada-dijo Marceline.
-Tranquila, Marceline, ahora tenemos a Fionna y a los demás de nuestra parte, ¿verdad?
