Ya empiezo a estudiar de nuevo, así que ya empieza mi estrés, asíiiii que ya empiezo a escribir otra vez. Esto va así.
* Todos los personajes pertenecen a Pendleton Ward y Cartoon Network
*Algunos personajes o lugares pueden ser inventados por mí.
* Escrito en español de España, algunos nombres pueden ser distintos.
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-Creo que vamos a tener que hacerlo ya-la voz de la Reina Hielo sonaba fría y distante-estos estúpidos aspirantes a héroes no dejan de hacer tentativas de ataque, además han logrado que las chucherías escapen, no puedo arriesgarme más.
-Son... ¡I-NA-CEP-TA-BLES!
Marceline sentía como su cabeza se partía en dos. Reconoció esa voz chillante que tanto le irritaba: el Conde Limoncio. Abrió los ojos un poco, lo suficiente para ver la escena y para que no la pillaran despierta. Estaban en las mazmorras, lo cual quería decir que no lo habían conseguido. Marshall estaba al otro lado de la celda, con el labio partido y sangrante y varios moretones violáceos esparcidos por su piel gris. Al otro lado de los barrotes, la Reina Hielo y Limoncio, charlaban.
-Bien, es imprescindible que acabemos con esto cuanto antes. La prioridad ahora es encontrar a las chucherías del reino, a las princesas y deshacernos de estos héroes de pacotilla-dijo la Reina Hielo con voz solemne-ya he mandado a varios de mis guardias en su busca. Estos dos morirán junto con la otra chica humana llegado el momento, pero antes...
La Reina Hielo extendió su mano y Limoncio le tendió el Enchiridión. A ambos les brillaban los ojos, llenos de codicia y egoísmo. Sabían lo que ese libro significaba.
-Me desvincularé de la Princesa Chicle gracias a este libro, has hecho bien en traérmelo y serás recompensado. Cuando todo esto termine, te doy mi palabra de que será tuyo.
Limoncio se frotó las manos complacido.
-Pero aún estoy débil, solo soy un ente, soy una nada. Para poder materializarme necesitaré una cadena de ADN a la que poder aferrarme...
-Permíteme que sea yo quién te sirva-contestó Limoncio, haciendo una reverencia.
Marceline apretó los ojos ante lo desagradable de la situación. Quería levantarse y plantarles cara, impedirles llevar a cabo su plan, pero no podía ni moverse y aunque pudiera, no debía hacerlo. Tenía todas las de perder.
-No. Tengo un plan mejor.
La Reina Hielo, aún poseyendo el cuerpo de la Princesa Chicle, arrancó un mechón de pelo de ella y se lo puso a Limoncio delante de los ojos. Este comprendió. Usaría la cadena de ADN de la Princesa Chicle para volver a su forma original, para ser la Reina Hielo y tener un cuerpo propio, sin embargo, aunque saliera de ese cuerpo, compartiría un vínculo con la princesa y eso podría ser fatal porque si una era herida, la otra también lo sería. Iba a jugar con los héroes de Ooo, ser indestructible. Pues si la dañaban, también dañarían a su Princesa Chicle.
La Reina Hielo sostuvo el Enchiridión y lo abrió por la mitad. Pasó un dedo por una de las páginas hasta encontrar el hechizo deseado y lo pronunció alto y claro bajo la atenta mirada de Limoncio. Marceline hubiera dado lo que fuera por poder taparse los oídos. ¿Qué pretendía hacer con Chicle? ¿Qué quería decir con materializarse? De pronto una luz azul llenó toda la estancia y una risa malvada se extendió por el lugar con una fuerza arrolladora. Marceline no lo resistió por más tiempo y abrió los ojos de par en par a la vez que se incorporaba. Ahora había tres personas frente a ella. Limoncio contemplaba igual de asombrado como una preciosa mujer alta y de piel blanca azulada había aparecido delante de él. Tenía el cabello sedoso y largo, de color blanco con un pequeño mechón de color rosa, y lucía un vestido azul de telas suaves y rematadas con finas puntillas de seda. A su lado, inconsciente, yacía el cuerpo de la Princesa Chicle.
-¡CHICLE!-chilló Marceline incapaz de poder contenerse.
La Reina Hielo y Limoncio se giraron hacia ella, y la Reina esbozó una malvada sonrisa. Chasqueó los dedos y un guardia de nieve apareció para coger a la Princesa Chicle como si fuera un trapo, flácida. Abrió la celda y la tiró dentro sin reparos. La princesa cayó sobre Marceline que la abrazó desesperada y comenzó a tocar todas las partes de su cuerpo para comprobar que estaba bien. Tenía la piel helada y respiraba muy lentamente.
-Si le ha pasado algo...-gruñó Marceline enseñando los colmillos, pero la Reina Hielo soltó una carcajada.
-¿Qué vas a hacer?-amenazó, divertida-no podéis salir de aquí y mis guardias de nieve ya van en busca de tus amiguitos, tenéis poco tiempo vampirita. Disfruta mientras puedas.
La Reina Hielo se carcajeó una vez más e indicó a Limoncio que salieran de las mazmorras. Tras el fuerte portazo, Marceline los olvidó por completo y comenzó a sollozar enterrando su rostro en el pecho de la princesa. Toda la angustia, toda la tensión que habían vivido, salieron por fin de su interior aunque en forma de lágrimas. La vampira aún no podía creerse que su princesa estuviera con ella y viva. Creía que la Reina Hielo permanecería dentro de ella para siempre, hasta que lograran la manera de expulsarla para impedir sus malvados planes y hacer que Chicle volviera a ser la misma. Lo que no sabían es que quería el Enchiridión para construirse un cuerpo propio, para volver a resurgir y ahora era más peligrosa que nunca.
La princesa Chicle inhaló una gran cantidad de aire de repente, como si hubiera estado varios minutos bajo el agua. Comenzó a toser y Marceline se separó levemente de ella hasta que se recuperara. Estaba confundida y bastante desorientada. Chicle parpadeó varias veces antes de averiguar dónde se encontraba.
-¡Marceline!-exclamó.
A Marceline se le llenaron los ojos de lágrimas y enterró el rostro en el pecho de Chicle de nuevo, que le acarició con suavidad el pelo mientras la vampira se desahogaba.
-Estoy bien, Marcy...
Marceline se apartó un momento y Chicle secó sus lágrimas atrapándolas con sus dedos. La princesa le sonrió y la vampira se acercó a ella para darle un beso, lento y suave. Chicle correspondió mientras pasaba sus brazos alrededor del cuello de Marceline y esta asía con fuerza su cintura, como si tuviera miedo de que volviera a desaparecer. Habían pasado varios minutos hasta que se separaron de nuevo, riendo. Marceline acarició su mullido pelo del color de la fresa y se percató del mechón blanco que ahora lucía.
-... y yo ahora también-contestó Marceline.
-¿Qué es lo que ha pasado? Lo único que recuerdo es la fiesta y...
Marceline le explicó todo lo que había pasado con la Reina Hielo, los personajes que habían cobrado vida del libro del Rey Hielo, el Enchiridrión y Limoncio y cómo habían llegado todos hasta ahí. Aún estaba cerca de ella, con las manos posadas en su cintura, negándose a perderla de nuevo. A tener que separarse.
-Debemos salir de aquí-convino Chicle-si dices que están reuniendo a los ejércitos de las princesas, debemos reunirnos con ellos. Solo juntos podremos batir a la Reina Hielo. Es peligrosa con el Enchiridrión y además de sus sicarios, cuenta con los de Limoncio.
-Estoy de acuerdo, Bonnie, pero no podemos salir. Es imposible que nosotras solas...
-Te olvidas de que estoy aquí, vampira-dijo alguien tras ellas.
Marshall se había levantado y se había acercado a ellas. Chicle lo miró sorprendida. Este era el personaje ficticio que había cobrado vida, salido de la imaginación del Rey Hielo. No podía dejar de mirarle, era asombrosamente parecido a Marceline, de piel ligeramente más gris que ella y con el mismo tono de pelo, del color del ébano. Él la miraba asombrado, pues salvo por el pelo largo y aquel desgastado vestido de seda, era idéntica al Príncipe Chicle.
-Creo que conmigo completamos el lote y podremos intentar salir juntos de aquí-añadió Marshall y tomó la mano de Chicle para darle un pequeño beso-encantado de conocerte, princesa, soy Marshall Lee.
Marceline gruñó y le sacó los colmillos mientras aferraba a Chicle y hacía ademán de colocarla tras ella, a lo que Marshall respondió riendo y alejándose flotando hasta el fondo de la celda.
-Marcy...-suspiró Chicle con una sonrisa, y le dio un beso en la mejilla-bien, Marshall, salgamos ya.
-¡Ahí está!-exclamó Cake al ver a su amiga.
Fionna estaba en una de las mazmorras del ala este del castillo. Estaba atada por unas cadenas, de pies y manos, y vigilada además por un buen puñado de soldados de nieve.
-Menuda idea, si pensamos que esto iba a ser fácil... ¿ahora qué?-preguntó el Príncipe Chicle exasperado.
-Desde luego no vamos a poder sacarla si nos ponemos tiquismiquis, tengo un plan.
Cake se alargó todo lo que pudo hasta convertirse en una especie de serpiente finísima, apenas visible. Era casi más un hilo de seda que una gata moteada. Chicle se quedó asombrado ante su conversión y la miró fijamente durante todo el proceso.
-Me colaré por la rendija de la cerradura e intentaré abrirla.
-¡Gran idea! ¿Por qué no se te ha ocurrido cada vez que hemos visto a alguien encerrado?
-Estás insoportable, principito. Pues no es que no se me haya ocurrido, es que es el último cartucho que me queda por agotar. No sé si va a funcionar, no lo he hecho nunca. Pero esta vez...
Chicle la miró, y suspiró.
-Lo siento, no quiero ser desagradable pero me preocupa toda esta situación. Además, el estúpido de Marshall...
-¿Te preocupa?-preguntó Cake con una sonrisa.
El Príncipe Chicle enrojeció y negó con la cabeza.
-Bah.
Cake sonrió de nuevo y comenzó a reptar hasta la celda de Fionna lentamente. Era tan fina que los guardias de nieve ni siquiera habían notado su presencia. Pero de pronto la puerta se abrió y una mujer de tez blanca que portaba un ostentoso vestido azul, entró en la estancia. El Príncipe Chicle enseguida supo quién era, la Reina Hielo. Eso significaba que, o bien se había conseguido materializar o bien le había pasado algo a la princesa que debían rescatar. Pero desechó esa opción en cuanto vio el mechón rosa que tenía en su largo pelo blanco. Se había materializado pero en parte, seguía teniendo algo de la Princesa Chicle.
Cake no se movió y el príncipe se agazapó más tras la columna en la que estaba escondido. La Reina Hielo no había visto a Cake que era tan fina que se camuflaba perfectamente.
-Bueno, bueno, bueno, heroína... tenemos a parte de tus amigos encerrados y mis fieles sirvientes ya están persiguiendo al resto. Temo que no puedas contar el cuento-rió la Reina Hielo-en cuanto mis guardias de nieve vuelvan, te mataré a ti y al resto de tus amigos encerrados delante de todo mi futuro reino. Desearás no haber querido escapar, pero mientras tanto... debes aprender la lección.
La Reina Hielo alzó sus manos de las que refulgieron chispas plateadas y azules que fueron directas hacia Fionna. Cake quiso detenerla pero sabía que si se movía y la veía sería su fin así que con profundo dolor tuvo que contemplar como su mejor amiga se retorcía de dolor en el suelo que poco a poco iba cubriéndose de nieve. La Reina Hielo le asestaba un golpe tras otro y parecía disfrutar de los gritos de la semi inconsciente Fionna. Y de repente, la nieve dejó ver pequeñas manchas marrones que resaltaban sobre el blanco. La Reina se acercó y tomó entre sus manos el hilo, es decir, a Cake...
-¿QUÉ ES ESTO? ¡ES LA GATA! ¡ENCERRADLOS A TODOS! ¡A TODOS!
Cake volvió a su forma original e intentó oponer resistencia, sin embargo fue en vano. Los guardias de nieve la rodearon y también encontraron al Príncipe Chicle y los metieron a los dos en la celda con Fionna. Cake abrazó a Fionna que tiritaba de frío y de dolor en el suelo.
-Habéis creído que podíais vencerme, ¡ja!-gruñó la Reina Hielo-guardias, id a comprobar que no hay más de sus amiguitos sueltos y doblad la vigilancia en las mazmorras. No podemos arriesgarnos de nuevo. Esto es vuestro fin.
Y dicho aquello salió de las mazmorras, para perderse por el castillo.
