¡Hola!
En el cap anterior olvidé mencionar que Los Jóvenes Titanes no me pertenecen.
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Tamaran
Probablemente un baño me ayude a olvidar esta sensación después de todo, era absurdo, como la mayor parte de sucesos y sentimientos en mi vida; tantos años deseando volver a casa y ahora que lo había conseguido lo que más deseaba en estos momentos, era irme.
Las miles de partículas que se desprendían del grifo salpicaban mi rostro, no me generaban placidez o tranquilidad alguna. Al contrario. Me asfixiaban. Prefería el agua fría, la temperatura ideal para mantener alejadas a mis cavilaciones.
El agua no lograba quitarme la suciedad que tría pegada, el asqueroso hedor de los cuerpos sudorosos de los diferentes miserables que atentaron en mi contra, el estruendo de las gotas contra los azulejos rejuntados rápidamente se convirtieron en gemidos de los acosadores, me sentía sucia, jamás podría limpiarme por completo. De algún modo, estaba tatuada, la suciedad se había adherido a mí.
Y jamás podría borrarla, ni lavarla, ni sacarla, ¡estaba aquí!, ¡y viviría conmigo!, me acompañaría ¡siempre!, incluso mis propios lamentos me provocan repulsión. Nada podrá alejar a los fantasmas que me atormentan. Salí, antes de que pudiese causarme más daño; detrás del espejo empañado se escondía un rostro opacado por las sombras, demacrado por los años; en cuento lo limpié con torpeza pude examinar con detenimiento el rostro de una chica de mediana edad, pelirroja un tanto delgada, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
El espejo siempre mentía, para bien o para mal nunca mostraba el interior de las personas, quizás lograba exponer las ojeras y los hombros delgados, los brazos esqueléticos y la felicidad fingida escondida tras un encorvamiento de labios. Por otro lado me alegraba que mi interior no se mostrara, nadie querría ver un alma en estado de putrefacción.
Al final mi hogar se había convertido en lo que más temía puesto que las sombras por muy pequeñas o prolongadas que fueran, me asechaban, discretamente me observaban me transmitían con su sonrisa maliciosa que ellas estarían ahí, siempre, esperando a mi descuido para atacar, para dañarme, aquellos espectros desdichados se habían apoderado de mi para convertirme en una paranoica. Disfrutaban viéndome retorcerme por las noches, alimentándose con mis miedos, con mí sudor salado producto de mis pesadillas. De algún modo, era más fuerte de lo que ellas creían o, al menos eso quería creer.
— Cariño, ¿te gustaría acompañarme a dar un paseo por los jardines? — Escuché la voz de mi padre, quién días antes me había liberado de mi encierro y sin darse cuenta me había traído a otro….
— Por supuesto. — No deseaba salir pero le debía mucho, después de todo seguía siendo mi padre.
— Una flor para otra flor— extendió la flor de diente de león frente a mí con su sonrisa torcida pero genuina. — Debes esperar a que florezca para pedir tu deseo —En ese entonces, no deseaba herir sus sentimientos, pero no podía dejar que siguiera fantaseando con que existía vida luego de la muerte.
— Cuando la arrancaste evitaste que floreciera… la asesinaste. — dije con delicadeza.
— A veces no todo es lo que parece, podrías volver a sembrarla, quién sabe…
Asentí varias veces pretendiendo escuchar.
El viento golpeaba nuestros rostros, los pies se movían a la par, las alturas me fascinaban era sorprendente la facilidad con la cual habíamos llegado. La oscuridad se abría paso dejando al descubierto las brillantes constelaciones que derramaban con suma lentitud su imperceptible luz sobre nosotros. Supongo que debió percatarse de mi ensimismamiento ya que, empezó a gesticular una serie de "palabras" en diferentes idiomas, algunas aparentemente inexistentes. Lo miré con suma extrañeza, mi curiosidad era sumamente grande pues me atreví a preguntar.
— ¿Qué se supone qué…?
— Es tamaraniano. — Enarqué las cejas, más confundida que antes. Rió. — Es un nuevo idioma. — Su risa se apagó y contestó serio. — Mientras te buscaba tuve que aprender varios idiomas para poder comunicarme con las personas de los distintos países que visitaba; no aprendí por completo probablemente sólo lo básico. — Sonreímos con nostalgia...
— Gracias. — susurré.
— Será nuestro lenguaje secreto, ¿te parece?
Asentí con entusiasmo.
— Será mejor que comencemos, ¿aún te gusta aprender nuevos idiomas?
— ¡Claro! — expresé con alegría.
— Bien, entonces vamos, de todos los idiomas que conoces éste será tu favorito mi querida Starfire.
— ¿Estrella de fuego?
Señaló el cielo salpicado de pequeñas estrellas resplandecientes, descendió lentamente su mano hasta llegar a mi cabello. Fue allí cuando comprendí todo. Mi hermana mayor poseía el cabello azabache de mi fallecida madre. Ryan era pelirrojo, pero era un tono más suave, incluso me atrevería a decir normal. Por el contrario mi cabello tenía un rojizo intenso al igual que los primeros reyes.
Mi cabello no era rojo, quizás se asemejaba al tono escarlata ,pero a decir verdad, era fuego.
— ¿Por qué Tamaraniano?— en mucho tiempo no había sentido ésta sensación en el estómago, impaciencia. Alegría.
— Proviene de Tamaran. — Mencionó como si fuese obvio.
— El idioma es una recopilación de varios idiomas…
— El nombre es la recopilación de cada uno de los países…
Me sonrió con ternura, seguí contemplando las estrellas mientras me enseñaba, lo contemplé durante un rato quería mantener su imagen viva en mi memoria; cabellos rojizos un tanto canos, tenían razón al decir que el cansancio consumía a las personas y el paso de los años no pasaba desapercibido en mi padre.
Aunque su alma, continuaba con la misma vitalidad y fuerza que la de siempre.
— ¿Quién eres? — me miraba con curiosidad, aunque podía notar su nerviosismo; a pesar de que sus ojos se encontraban ocultos tras una máscara podía sentirlos, aplastándome, presionándome a responderle tan solo con la mirada.
— Me lla… mi nombre es… Starfire.
— ¿Starfire?
— Algo así. — susurré con extrema incomodidad. ¡Tonta! era un secreto…
— Debes irte, no se supone que estés aquí.
— Lo lamento… yo-yo sólo quería escucharlos cantar…
— ¿Nunca te han dicho que no sabes mentir?
— …— ¡¿Quién se creía que era?! — No deberías juzgarme…
— ¿Juzgarte?— resopló— Lo único que debería ser juzgado aquí es tu forma absurda de entonar el violín.
— Yo…yo, debo irme.
¡Cobarde! Me recriminaba mentalmente mientras corría por el campus, el sol era potente, me cegaba a cada paso mas no importaba ¡vergüenza! es lo único que sentía. Sabía mi secreto.
Volteé para asegurarme si me seguía, pero no lo hacía; escuché sus gritos incongruentes tratando de pronunciar mi nombre, exigía que regresara… aunque luego de aquella pequeña humillación no quería volver a verlo.
En lo que quedaba de la mañana pasé intranquila, nadie notaba mi inconformidad, como siempre, de todas formas era algo bueno.
El parque se mostraba tranquilo, las risas de los diversos estudiantes se iban apagando conforme avanzaban, sólo quedaba el eco vacío de mi corazón avergonzado, era tan inestable y tan silencioso que podía sentir sus latidos, rítmicos, en completa discordancia a las punzadas de mi cabeza.
Escondí el rostro entre mis rodillas luego de subirlas al asiento, me sentía ridícula como si quiera se me había ocurrido "tocar" ahí.
— ¡Estúpida! ¡estúpida! ¡estúpida!— me reprochaba al tiempo que golpeaba mi cabeza, nada puede ser más frustrante ahora.
— ¿Puedo?— Y como siempre me equivoqué. Mi mandíbula por poco y toca el suelo, tragué saliva despacio intentando digerir la escena que se presentaba ante mis ojos.
— Adelante. — ¡Morir suena dulce!
Un silencio incómodo nos hizo compañía.
— Lamento haber entrado sin autorización, no volverá a suceder. — Suspiro con extremo cansancio, antes de continuar, los músculos de su cuello se relajaron, lo había estado observando de reojo.
— Guardaré tu secreto, si tú guardas el nuestro. — ¿Secreto? ¿Nuestro? — O es que acaso todo el mundo sabe que no…
— ¡No! … ¿guardarás mi secreto?
— Siempre y cuando no reveles la ubicación de nuestro escondite.
— ¿Por qué?— Supongo que se debía internamente si debía responderme; no es como si dijese la clave de seguridad de una caja fuerte o algo así, ¿o sí? mis pensamientos fueron interrumpidos por su voz taciturna.
— No se supone que toquemos ahí, ni en ningún lado a decir verdad; en el colegio es prohibida cualquier clase de música.
— No tenía idea.
— Si como sea, ¿lo harás? — su voz era cortante, se notaba a leguas que hacía esto por obligación mas que por cualquier otra cosa.
— Claro… — Bien, mientras más rápido se marchara mejor. — Debo irme, voy a…
— Espera. Entiendo que no son las mejores situaciones, digamos que… no he tenido un buen día. — ¿Tan obvia había sido? Supongo que deje ver mi tristeza por su actitud hacia mí. Seguramente debe ser por las pesadillas, es todo. — Si tú… quieres yo… podría darte clases….
— ¿En serio?— sonrió al igual que yo, ¡qué emoción! ¡aprendería a tocar!
— Claro… sólo si…
— ¡Sí!, ¡por supuesto! — ¡rayos! , su expresión era entre confusión y alegría se podía atisbar su confusión además su media sonrisa lo confirmaba todo. Un poco más tranquila añadí — Gracias, por cierto… ¿cuál es tu nombre?
— Dick…Richard— carraspeó—Cualquiera de los dos está bien. — hizo una pausa, masajeándose el tabique de la nariz— Supongo, que me mentiste…
— ¿Por qué? ya te dije que quería escuchar quienes…
— No, sobre tu nombre.
— Ah, pues…bueno…yo —titubeé— me llamo Kory.
Emitió una risa seca y agregó—No eres buena mintiendo.
— ¿Quieres dejar de dejar de decir eso?
Se rió nuevamente y se acomodó su uniforme. Él no era muy amigable.
— No vemos mañana.
— Bien, hasta mañana.
Caminaba de una forma extraña, su andar era lento y pausado. Su espalda era ancha y fácilmente se notaba su cuerpo fornido, sus cabellos azabaches se entrelazaban cayendo ligeramente sobre su cuello… ¡demonios! el color de mi cabello bajo hasta mi rostro, las mejillas me ardían; moví la mano devolviéndole la sonrisa también, me había descubierto mirándolo.
Me volteé y seguí caminando, podía sentir la sonrisa extendiéndose en mis labios. No me molesté en quitarla, se marcharía muy pronto de todas formas.
Mi hermana mayor vendría de visita.
