¡Hola!
Los Jóvenes Titanes no me pertenecen.
3
La visita de Blackfire.
¿Cuándo aprenderé?
No me puedo quedar así todo el día, debo salir de aquí estoy preocupando a todos… que ironía. Los únicos que viven conmigo son Ryan, mí amado Silkie… y el ama de llaves, comparado con las personas que antes vivían conmigo.
Mi vida es igual o peor a una de esas telenovelas que ve mi hermana. Mi hermana… el sabor que me queda en la boca con tan sólo pronunciarlo es repugnante, tal cual mostaza rancia.
Soy un corazón roto, que camina por el mundo sin rumbo, sola, con el vacío sobre mis hombros, me hubiese evitado todo esto como había dicho ella, simplemente debí hacer algo o mejor dicho no hacerlo. Nacer.
— Ryan regresa a tu cuarto, por favor. — me da vergüenza mirarlo. Vergüenza ajena.
— ¡Que se quede! ¡Debe quedarse! para que conozca la clase de escoria con la que vive.
— Por favor… hermana…
— ¡Eres una tonta! — mi mejilla ardía, pobre Ryan, pobre Galfore, si supieran.
— ¡Detente! — Ryan, no, cerré los ojos con desesperación, el dolor de cabeza se expandía con rapidez, las punzadas eran insoportables, el golpe había sido inesperado, la pared contra la cual me había aventado tenía una pequeña grieta. Con mis últimos esfuerzos me levanté, debía impedirlo, ella no debía, no debía tocar a mi hermano, no se lo permitiría.
— ¡Pequeña sabandija esto te enseñara a respetar! — Mis ojos se cerraron por inercia, el golpe fue lo único se escucho en la estancia, luego se le sumaron las respiraciones agitadas de Ryan y los latidos incontrolables de mi corazón. Llegué tarde.
— Y en cuanto a ti…— Fue lo último que escuché antes de quedar inconsciente. Su voz asquerosa apesadumbrada con el toque sádico que la caracterizaba.
— Princesa, su hermana la está esperando. — Los golpeteos en la pared se detienen en cuanto lo dejo entrar. Había olvidado que había venido de visita.
A pesar de lo triste que me encontraba no pude evitar entornar los ojos, divertida. Él sabía que odiaba las formalidades.
— Debes ser fuerte Star, no puedes seguir permitiendo que te trate así.
Suspiré cansada — Lo sé.
Respiro, respiro y vuelvo a respirar. Su rostro muestra otra vez esa sonrisa maliciosa que se cola en mis sueños.
— Es un gusto volverte a ver, hermana. — ¿Aún debo llamarla así?
— Hermanita. Mírate tan asquerosa y repulsiva como siempre.
— Si no tienes nada bueno que decir, será mejor…
— Y por lo que veo tan arrogante como siempre, ¿cuándo vas a aprender a respetar a tus mayores?
— Eso no te da derecho a abusar de las personas.
— ¿Qué? Pero ¿de qué hablas? si lo único que deseo es tu bienestar… — deslizó sus dedos entre mis cabellos. Me alejo. Ruedo los ojos y tuerzo la boca, no tengo tiempo para falsedades.
— Mírame cuando te hablo, soy la reina de… — Mi mano arde tanto como su mejilla. Nuestras miradas se cruzan y nuestro odio se vierte a través de ellos.
— Tú no eres la reina de nada, ni de nadie. Ese lugar me pertenece por derecho.
— No creas que lo obtendrás, deja de hacerte ilusiones con algo que no es tuyo. — sisea. Me empuja. Agarro su cabello antes de caer.
— ¡Eres una Troq! — "Troq- Nada" ¿cómo puede decirme eso? soy su hermana.
— ¡Cállate! mi padre jamás crearía una palabra con ese fin.
— ¡Tu padre! un rey tonto, nada más. — Su puño se estrella contra mi estómago. Duele.
— No sabes nada. No lo conociste ni porque viviste más años a su lado que yo. — Un golpe tras otro. Esto se acabo. La sangre se me revuelve dejando paso a la ira Me cansé. Jamás olvidaré la expresión de su rostro cuando me levanté y, en cuanto me puse de pie me aventé sobre ella, dispuesto a golpearla.
— Fue tu culpa, niña tonta. — Se soltó de mi agarre, y se sobo la cabeza con frustración, no esperaba mi reacción, sinceramente yo tampoco.
— ¡Jamás planeé mi secuestro! ¡Tú sí! — Le arrojé lo primero que encontré, el ruido de los objetos estrellándose era lo que se escuchaba en toda la casa, nuestras respiraciones y las diversas amenazas y gritos.
— ¡No sabes nada! ¡ya cállate! — Estaba ¿asustada? retrocedía lentamente de sus ojos sea asomaban ¿lágrimas?
— Me vendiste, y cuando regresé ¿qué fue lo que hiciste? ¡entregaste información de nuestras defensas!, la Ciudadela se apoderó de Tamaran fácilmente, se llevaron a Ryan y me torturaron a mí. Y ¡¿para qué?! , nuestros padres murieron por tu egoísmo, nuestro reino quedó destruido, por tu culpa. — Mi voz fue perdiendo intensidad, recordar todas las tragedias que me habían sucedido costaba trabajo, un esfuerzo sobrehumano, dolía. La cabeza me latía, los ojos me ardían y podía jurar que la adrenalina recorría todo mi cuerpo.
— Lo siento… lo siento, ¡lo siento! he cometido muchos errores, pero-pero… lo siento…— ¿Debía creerle? Era mi hermana, mi familia, la misma sangre, la misma madre, el mismo padre, el mismo reino, el mismo hogar… pero, ella lo destruyó todo y a todos. El hilillo de sangre que recorrió mi mentón me recordó con quien estaba tratando.
— Debes irte, no puedes volver a esta casa, ni tampoco a Tamaran…
— ¿Tamaran? — desaprobó molesta— deja de inventarle nombres a mi reino. — Sus lágrimas desaparecieron tan rápido como se levantó, es sorprende su hipocresía.
— No es tu reino, y ese el nombre que le dio nuestro padre días posteriores a mi regreso. Tienes prohibido regresar allí. — mi voz resonó en la habitación, no gritaba, pero, era lo suficientemente alta para que las personas que residían en ella me escucharan.
— ¿Y quién me lo va a impedir? Pequeña Troq…
— Soy la futura soberana y eso me da derecho a hacerlo.
— Bien dicho, fu-tu-ra.
— Ella tiene razón Starfire. — ¿Galfore? esto no puede ser peor, ¿de qué lado estaba? — Aún no estás en la edad de ascender al trono. — Mi quijada podría llegar al suelo desde donde estoy.
— Ves hermanita, siempre serás…
— Guarda silencio— demandó con voz grave, ¿qué está haciendo? — Antes de que sus padres muriesen, me nombraron regente, hasta que la princesa Koriand'r pueda desempeñar su cargo sin inconvenientes. —La sonrisa de satisfacción apareció en mi rostro, por el contrario de mi hermana, sus muecas de disgusto me confirmaban que la ira se apoderaba de ella de nuevo. — Por lo tanto, como te niegas a reconocer a la princesa Koriand'r como heredera y soberana quedas desterrada.
Nunca la había visto tan enojada, ni siquiera cuando se enteró que el reino quedaría en mis manos— Esto no va quedarse así hermanita…ya verás— amenazó.
Esperaba más, un grito, un golpe, alguno que otro insulto, pero nada. Esto no traería nada bueno tampoco. Se fue así como vino, con la mirada vacía llevada de la mano por su naturaleza sombría, enojada. Con ganas de vengarse.
Mientras se cerraba la puerta sentí una completa repugnancia hacia ella. Jamás había sentido esto ¿acaso era odio? Una persona no podía odiar a su propia familia. Era inhumano.
