¡Hola!

Los jóvenes Titanes no me pertenecen.


5

Silkie

De niña me gustaba el sonido de las hojas crujiendo bajo mis pies, cuando era otoño y con mi hermano salíamos a corretear por ahí.

Hasta ese asqueroso día cuando una mano opacó mis gritos y vendaron mis ojos, cuando empecé a vivir entre ratas y olvidé el color brillante de mi vestido.

Me deshice de mis pensamientos y me concentré en mi vaho mezclándose con la oscuridad de la noche.

— ¡Silkie!— grité nuevamente, mi garganta ardía pero no me iría hasta encontrarlo.

No otra vez, pensé, al escuchar las pisadas acercándose rápidamente hacia mí. Vivía con el temor pisándome los talones, con el tiempo había logrado ignorarlo, pero hoy era diferente. Podía sentirlo.

— ¡Aléjate!— el pánico me invadía y mis piernas se rehusaron a avanzar en un intento estúpido de escapar, me traicionaron en el último momento dejándome de bruces sobre mi barbilla adolorida.

— ¡Detente, por favor! … Mis uñas estaban destrozando mis brazos, mi respiración era forzosa y las lágrimas se retenían valientes en mis pupilas.

— ¿Quién eres?

— Tú-tú-eres… ¿un niño?—Definitivamente mi paranoia no tenía límites.

— Te hice una pregunta. — dijo tajante, le regalé una media sonrisa, un poco más calmada.

— Yo soy Kory ¿y tú?

— Damián, Damián Wayne. ¿Qué estás haciendo aquí?

— Busco a mi mascota. ¿No la habrás visto por aquí? Mucho pelo, de esta estatura— le indiqué con mi mano— muy similar a un labrador…

— No.

Suspiré, él no iba a ayudarme— ¿Qué haces en el bosque a estas horas? —le pregunté, después de un rato.

— No es algo que te importe.

— Supongo que me lo debes, primero casi me matas del susto y además yo te conté por qué estoy aquí.

— No deberías confiar en personas desconocidas.

— Tú tampoco.

— Puedo cuidarme solo.

No pude contener la risa.

— Odio a los adultos. — siseó.

— Lo lamento mucho, no quería reírme pero… — y sin saber que más decir aclaré con tono acusador — Yo no soy ningún adulto, apenas y tengo diecisiete.

Imitó con burla todo lo que le decía, repitiendo cada uno de mis gestos—Como sea, de todas formas por tu culpa van a castigarme.

— ¿Mi culpa? ¿Acaso te obligué a salir a estas horas? — ironicé.

— Claro, a ti no te importa porque no tienes que soportar las miradas maliciosas de Jasón, las burlas de Dick, ni tampoco…

— ¿Dick?

— Mi hermano…

— ¿Dick? ¿Richard-Richard Grayson?

— Umm no, Wayne.

El silencio se apoderó de nosotros, apoyó su mentón en su mano y entró a una ensoñación de la cual no regresaría hasta un par de minutos después.

— ¿Cuál dijiste que era tu nombre?

— Kory...

— ¿Anders?

— ¿Cómo lo sabes?

La sonrisa socarrona que se apoderó de su rostro me asustó un poco.

— ¿Está…todo bien?

Su carcajada me inundó de pánico a pesar de ser sólo un niño.

— Un gusto conocerte, al fin, Kory Anders. — dijo aún riendo.

— Umm… ¿Lo mismo digo?

Y antes de que siquiera pudiese preguntar algo, se dio la vuelta y con ágiles movimientos trepó la pared, que tampoco había notado, y desapareció.

Las luces que irradiaban de los faroles se reflejaban lánguidas en el lago, el puente como siempre estaba desolado y hacía más de una hora que había salido del bosque.

Me sentía más segura buscando a Silkie desde un lugar iluminado.

Seguí caminando mientras seleccionaba "Suite N1 de Bach, para violonchelo en G mayor" era petulante, en las noches cuando tenía pesadillas mi padre iba a mi cuarto y solía tocarla para mí hasta quedarme dormida; las notas salían puras del instrumento, era intrigante en el segundo que ascendían par luego mientras reposaban en aire, su manera tranquila de viajar a mi alrededor logrando meterse por mis oídos, flotando en mi sangre, manteniéndose húmedas en mi memoria.

De pronto, la batería murió junto con la música llevándose a mi padre lejos, volviendo a lo recóndito de mi mente.

¿Cuánto tiempo había estado caminando?

Levanté la vista sin detenerme y las luces del auto cegaron mis pasos.

Por un segundo sentí que las hebras de mi cabello se rompían una a una, tan lentas y dolorosas.

Como el día en que papá decidió dejarse ir, dejándome sola también; así de imperceptible era el dolor, si es que podía llamarse así.

Mis dedos jugaban con la sangre a su alrededor, era asquerosa, viscosa, vomitaría al mismo tiempo en que comenzaría a llorar.

Los gemidos salían de mi boca, oleadas y oleadas de dolor comenzaron a manifestarse en forma de lágrimas, las sombras ascendían y a mí alrededor todo empezó a difuminarse.

Pensé en Ryan, recordé sus ojos encendidos al tocar la guitarra junto a Dick… Incluso hice un intento de sonrisa al escuchar mi nombre de sus labios. La mejor forma de morir era al lado de su recuerdo, con su voz parloteando en mi cabeza.

— Dick— susurré en cuanto sentí su mano con la mía.

Las voces se escuchaban lejanas.

Las luces dejaron de parpadear.

Y me encontré corriendo entre arbustos, rápido, cada vez más. Incluso llegó un momento en el que mis pies no tocaban el suelo. Con la desesperación apretando mi pecho. Estirando los brazos para llegar a mi Galfore.

Pero antes de llegar tropecé.

Tropecé y di mil vueltas en el aire, antes de terminar en la tierra húmeda.

Los arbustos se cerraron a mí alrededor.

Y lo demás, se torno negro.