No tengo excusas más que una larga falta de inspiración. Mis más sinceras disculpas, ya todos saben el por qué.

En el capítulo anterior:

(Vanessa) Había preguntado por él antes que nadie. Sabía su nombre, sabía que existía, no era total y completamente invisible. A ella de verdad le importaba él, no sabía cómo, pero sabía que de verdad le importaba.

Capítulo XII: De aquellos que se aman a destiempo

Un sentimiento de alegría súbita había invadido a Ferb. Vanessa le apreciaba, y en realidad, no se imaginaba cuánto le estimaba. Ferb disfrutaba de un éxtasis pero poco a poco fue volviendo a la realidad, no podía permitirse fantasear y perder el tiempo. No esa noche, esa era la única noche que tenía.

Cuando la breve charla entre Vanessa y Linda cesó, Ferb le propuso tener una pequeña caminata. El ambiente de la boda era romántico, luces de colores adornaban grandes arcos con flores y el jardín era lo suficientemente grande como para recorrerlo extensamente mientras disfrutaban de su compañía mutua.

-Lucas. –le dijo ella mientras pasaban por encima de un puente sobre un estanque de peces dorados. –Te sonará extraño, pero siento como si te conociera. Te pareces mucho a alguien que conozco.

-¿Y es eso algo bueno? ¿Te recuerdo a alguien agradable? – argumentó él ilusionado.

-Me recuerdas a alguien muy agradable, Lucas. – respondió logrando que se sonrojara. –¿Sabes? Realmente me recuerdas mucho a un chico. Bueno, un niño, pero que en realidad es muy maduro. El cabello verde, el adorable acento…

-Vaya. –le interrumpió él. – De no ser porque acabas de hacer una referencia a su edad diría que hasta te sientes atraída por él.

-¿Insinúas que me siento atraída hacia él o hacia ti porque me lo recuerdas?

-Ambas. Así tendría menos chances de equivocarme.

-Tal vez no te equivocas. –respondió ella coqueteándole con las pestañas largas como rascacielos.

-Es un alivio. Hace que sea más sencillo insinuarte más cosas. –dijo él con más seguridad a pesar de que el corazón le daba mil vuelcos.

-¿Qué cosas? –preguntó ella sonrojada pero entusiasmada de que siguiera.

Por esas breves horas, desde que había visto a Lucas en la puerta de la iglesia por primera vez, desde que sus ojos oscuros y profundos se habían posado en ella, había dejado de pensar en Johnny y en su novia. Lo había olvidado casi por completo. Sólo lo recordaba en aquellos momentos en los que se sorprendía a sí misma lo sencillo que había sido olvidarle una vez que estuvo cara a cara con el peliverde. Y ahora que lo tenía allí y a solas no tenía ninguna intención de volver a sufrir por Johnny, sólo suplicaba en silencio y rogaba que ese atractivo chico inglés no la dejara escapar de esa situación que en ese momento era perfecta y en ese momento era todo lo que le importaba.

-Pues, podría insinuarte que me siento atraído por ti también. -le regalo una sincera sonrisa a Vanessa.

-¿Y cómo lo insinuarías?

Ferb no estaba seguro de que una respuesta verbal fuese la indicada en esos instantes. Si ambos habían ya confesado atracción mutua y ambos se miraban a los ojos como hechizados, entonces ya no había palabras que tuvieran lugar allí.

La acercó a sí suavemente tomándola de la cintura con su mano derecha mientras con la izquierda le acariciaba el cabello y la mejilla. Sin despegarle los ojos ni un instante. Las estrellas brillaban en lo alto, las luces a su alrededor, los sonidos de la fiesta sonaban distantes y vagos. Sus corazones se aceleraron latiendo en una intensa taquicardia, que en realidad estaba perfectamente coordinada, porque cada corta diástole de Vanessa era una diástole de Ferb, y cada sístole de la morena era una sístole del peliverde. Como conectados, más allá de lo que es humanamente posible. Entonces ambos cerraron los ojos y Ferb inclinó la cabeza hasta que sus labios tocaron los carnosos labios rosas de su mujer amada. Y se besaron, en el exacto momento, en el exacto lugar; tan cerca como se es humanamente posible estar de la perfección.

Apenas a unos metros de ellos continuaba la celebración de Francis Monograma y Charlene Doofenshmirtz, quien probablemente volviera a cambiar su apellido después de esa noche. Heinz sostenía un vaso vacío con cara de amargado. Un mesero pasó frente a él sosteniendo una bandeja con vasos llenos. El doctor Doofenshmirtz hizo el obvio intercambio.

-¿Sabes? No sé por qué vine a esta celebración de todas formas. –comenzó a conversar con su callado servidor sin que éste se lo pidiera. –Siempre he tenido una rivalidad con Francis. –continuó sin esperar respuesta y un poco risueño por el nombre de su rival. -¿Sabes? Él dirige una agencia. La Organización Sin Buen Acrónimo, tal vez hayas oído hablar de ella en el sindicato de meseros. Como sea, él es el jefe de mi enemigo, Perry el ornitorrinco. Es una sorpresa que no esté aquí para frustrar mis planes, es decir, son mi ex esposa y mi enemigo, y yo soy un científico malvado. El mal es mi vida, ¿sabes? Oye, es muy sencillo hablar contigo, me recuerdas a mi enemigo. Él también es verde y es un ornitorrinco igual que tú, pero tiene un sombrero. –siguió mientras describía la apariencia física del mesero que tenía adelante, quien poseía un brillante pelaje verde, un pico parecido al de un pato y una cola que se parecía mucho a la de un castor.

Desde luego el Dr. Doofenshmirtz no estaba advertido de que quien le estaba sirviendo era nada más y nada menos que su néme-néme-némesis: Perry el ornitorrinco. El pequeño animal se escabulló imperceptiblemente al otro lado de la habitación.

Mientras tanto en un jardín de los suburbios de Danville una chica pelirroja continuaba embobada con Jeremy Johnson, su indiscutible próximo novio mientras mantenían una conversación. Entre tanto su hermano Phineas, todavía estaba preocupado por Ferb y daba vueltas en círculos pensando en qué podía hacer. Estaba tentado a utilizar la máquina de los deseos que permanecía allí inmutable, pero las palabras de su dulce vecina rebotaban en sus oídos y le hacían dudar. Si la utilizaba quizás aquello tan importante que hiciera Ferb se estropearía. No era lo único que perturbaba su mente. Él le había aconsejado hacía apenas unas horas a su vecina que luchara por el amor de quién sabe qué desconocido, y de repente la idea le resultaba un poco incómoda.

Vanessa Doofenshmirtz alejó al fin sus labios de Ferb Fletcher, alias Lucas. Su corazón aún latía fuerte y tenía la sensación de su palpitar en el pecho. El momento que acababa de vivir era sencillamente mágico, con aquel desconocido al que sentía conocer. No tenía idea de qué era lo que la unía tan fuertemente al peliverde. Pero el momento perfecto había acabado para ambos, porque aunque se seguían amando el uno al otro sus mentes estaban ahora algo agobiadas entre el éxtasis, la culpa y los recuerdos. Ninguno de los dos pudo evitar pensar en aquel extraño chico gótico de cabello largo y mechón rosado: Johnny era su nombre.

-Lucas… yo… -intentó articular ella ante el incómodo silencio que se había producido.

-No digas nada. Entiendo por el brillo en tu mirada que tienes el corazón roto por alguien.

-Tal vez así sea. –contestó ella sin poder devolverle la mirada.

El corazón de Ferb se sintió aplastado. El nudo a la garganta volvía lentamente. Incluso volverían aquellas lágrimas que jamás habría de llorar ante nadie. Aunque en ese momento también sentía una gran felicidad por lo que acababa de suceder. El hombre invisible había quedado en el pasado, y ahora todo lo que tenía frente a él era la certeza de que tenía una oportunidad, quizás no era ese el día indicado, pero en unos años y siendo él mismo tendría todas las chances de conquistarla. Sólo debía esperar.

-Lo entiendo. –dijo con la voz inmutable.

-Pero, Lucas. –quiso añadir ella. –No sé cómo has hecho para encontrar el momento perfecto en este día que tan lejos estuvo de serlo. Estoy tan confundida.

-No lo estés. –la consoló sabiamente. –Lo que sucede es que fue el sentimiento correcto en el momento incorrecto.

Tal vez lo decía porque había recientemente desafiado las leyes naturales del tiempo hacía unas pocas horas, o tal vez le invadió una sabiduría aún mayor y se dio cuenta de lo que sucedía. Vanessa estaba herida, necesitaba tiempo para sanar, sentir algo por alguien tan pronto la confundía. Ahora bien, ¿por qué lo sentía? Quizás, sólo quizás, si en un futuro ellos se hubiesen reencontrado ella lo hubiese amado, lo hubiese amado sin dolor y sin culpa y sin necesidad de sanar.

Ferb y Vanessa no se amaban, pero se amarían. Y transfigurar el tiempo o distorsionar las situaciones no haría más que enredar las cosas y desfigurar el destino, porque sufrir y enredarse con pensamientos infructuosos es siempre el destino de aquellos que aman a destiempo.

Ferb besó su mejilla dulcemente. Vanessa sentía algo por el peliverde, no quería dejarlo ir, pero algo en ella no le permitió seguirlo cuando él se fue a buscar a su pequeña y dulce vecina para volver a casa. Quizás ese algo era el destino.

Continuará…

Espero que no les haya molestado la falta de diálogo de este episodio, sé que pudo hacerse un poquito pesado, pero llevaba mucho sin escribir y creo que parte de escribir es transmitir los sentimientos de alguna manera. Hoy mis sentimientos coquetean con lo que acaban de leer. Muchas gracias por estar aquí leyendo esto después de tantos años y perdón por tan poco.