Gracias no parece suficiente! Así que preparé un pequeño BONUS TRACK de esta historia.
Disclaimer: I do not own Phineas and Ferb.
Sin más preámbulos: disfruten del último capítulo de esta historia.
Previamente en "La Máquina de Cumplir Deseos":
-Tarde, tarde, tarde. –se regocijó Doofenshmirtz levantando su brazo con seguridad dispuesto a bajar la palanca. Una vez que lo hubiese hecho Charlene perdería sus sentimientos por Francis y la boda se echaría a perder por completo. Finalmente su plan se concretaría y nunca más sería detenido por un agente de la O.S.B.A. o al menos eso era lo que él pensaba.
Vanessa levantó la mirada y se percató de que había vuelto a interrumpir a su nueva amiga Candace y a su novio Jeremy cuando estuvieron a punto de besarse. Se sintió culpable por un segundo.
-Sé cómo podríamos compensarlos. –le dijo Lucas.
Ella lo miró a los ojos. Comprendió exactamente a qué se refería el muchacho. Sonrió divertida e invitó a los muchachos a pasar al salón de la boda. Los nuevos amantes tenían un plan, porque ambos conocían cuál era la escenografía que podrían ofrecerles a ellos para que fuese la cita perfecta.
Capítulo XVII: Al fin, EL FIN
El plan de Doofenshmirtz salía a la perfección. Todos lo observaban atónitos e inmóviles, excepto por Linda Flynn quien había entrado hacia apenas unos sengundos a contestar su teléfono.
Una milésima de segundo previa a que la mano de Heinz tocara la palanca un fuerte golpe en el rostro lo detuvo. Era el coletazo de un ornitorrinco, quien aunque no había parecido escuchar o prestar atención a lo que la hija del malvado científico le rogaba había sido tocado internamente por las palabras de la muchacha.
-¡¿Perry el ornitorrinco?! ¿Qué haces aquí? –exclamó asombrado Doofenshmirtz.
-¡Agente P!–gritaron al unísono en un tono alegre Carl y el Mayor Monograma ante el regreso de su fiel aliado.
Charlene se mantuvo callada, no quiso intervenir en esta ocasión.
-No me detendrás de todas formas, Perry el ornitorrinco. –lo desafió Doofenshmirtz tomando una cuchara como arma, desde luego por accidente, pues sus intenciones estaban dirigidas al cuchillo para cortar pastel que su ex mujer y su rival Francis debían usar para cortar el pastel. –Oh, como sea. –dijo reparando en su error y golpeando a Perry sencillamente con una patada directamente hacia una de las mesas decoradas con listones rosados que se desmoronó tras el impacto con el ornitorrinco.
Tres extraños hombres entraron en el jardín mientras se desarrollaba la pelea. Dos de ellos vestían como verdaderas estrellas de rock, el tercero parecía más bien un bibliotecario con una camisa anaranjada y una corbata a rayas.
-¿Oigan qué es esto? –preguntó uno de ellos que vestía un traje amarillo y llevaba un extravagante cabello blanco. –¿Un espectáculo? ¿Y nosotros qué se supone que somos? ¿No somos suficiente como para animar una boda? Esto es ridículo, te lo digo, insultante.
Parecía ofendido de que se hubiese contratado a otros animadores para la fiesta, y no le quitaba los ojos de encima al científico y el ornitorrinco que pegaban saltos y se daban duros golpes mientras peleaban.
-Podrías ayudarnos a descargar. –le insinuó el que tenía aspecto de bibliotecario que sostenía uno de los lados de un pesado equipo.
-Sí, siempre te estás quejando. –le dijo Danny, el líder de la banda que tenía el cabello castaño recogido en una cola de caballo.
-Yo no cargo con esas cosas. Soy fabuloso. –le respondió Bobbi con su actitud usual.
-Bueno no fue mi idea trabajar en bodas. –refunfuñó por lo bajo Swampy.
-Oye, la paga es buena. –le contestó Danny mientras le ayudaba a descargar el equipo.
El trío intentó darse prisa y mover los equipos para preparar el espectáculo lo antes posible, en especial porque Bobbi insistía en sobremanera que se les opacara prontamente a esos dos "payasos amateur" que le precedían.
Perry el ornitorrinco luchaba con toda su astucia para frustrar los planes de su némesis. Tomó uno de los lazos rosados de la mesa e hizo que el científico se tropezara con él, cayendo inevitablemente sobre una mesa con un enorme tazón de ponche que salió despedido por los aires, empapando el Desbodifinador y haciendo que este se tambaleara e hiciera pitidos extraños. En el ambiente se percibía un indiscutible aroma a quemado.
-Mira lo que has hecho, Perry el ornitorrinco. –le reprochó Heinz. –Espero que aun funcione. –dijo mientras se acercaba corriendo a su aparato.
Perry tomó la misma cinta rosa y ató su mano derecha al aparato. Doofenshmirtz bajo y subió la palanca repetidas veces, pero nada ocurrió. El sonido del aparato era cada vez más intenso.
-Va a explotar. ¡Aléjense! –gritó Carl al tiempo que el aparato y Heinz Doofenshmirtz salían despedidos hacia la estratósfera como si se tratara de un coherete.
La banda que había terminado de preparar el escenario para su presentación comenzó a tocar su canción sin previo aviso.
-¡Te odio, Perry el ornitorrinco! –lo maldijo el malvado hombre todavía atado al proyectil. –Un minuto, ¿es Love Händel?
Charlene se acercó a Perry con culpa.
-Lo siento mucho, agente P. –se disculpó. –Desde ahora prometo confiar en ti.
Perry sonrió. Francis Monograma se acercó a él también.
-¿Podrás perdonarme, agente P? –le dijo. –No tienes una idea de cuánto lo siento, siempre supe que podía confiar en ti.
-Y estás invitado a quedarte lo que queda de la fiesta. –añadió Charlene.
El ornitorrinco le dio una sonrisa a Francis, pero se limitó a saludar a todos con su sombrero e irse con un jet-pack que llevaba, puesto que tenía que llegar a la casa Flynn-Fletcher en los suburbios antes de que su ausencia se volviera demasiado notoria.
El desbodifinador se despedazó dando un hermoso espectáculo, como si se tratara de un fuego artificial seguido de millones de pequeñas explosiones pequeñas que adornaban el cielo al compás de la música de la antigua banda. Linda Flynn salió al jardín justo a tiempo para deleitarse con el espectáculo de fuegos artificiales y disfrutar de la música.
Entre tanto, Lucas y Vanessa guiaban a Candace y Jeremy hasta el jardín. Si bien allí se encontraban todos, nadie prestó atención a su presencia gracias al magnífico espectáculo que la banda de rock estaba ofreciendo a los afortunados invitados de la fiesta. Pasaron desapercibidos por detrás de todos ellos hasta llegar a un apartado sendero de rocas.
-Sé que los interrumpí ya muchas veces. –se disculpó Vanessa. –Pero, ¿por qué no dan un romántico paseo por aquí? Disfrútenlo. –dijo mientras tomaba la mano de Lucas y volvían a salir a la calle en donde los esperaban Isabella y Phineas.
Candace y Jeremy caminaron unos metros por el sendero de piedras y se detuvieron a observar el cielo colmado de luces en un puente sobre un estanque lleno de peces de colores. La música romántica sonaba a lo lejos.
-Son muy lindos. –dijo Candace refiriéndose a los fuegos artificiales.
-Sí, muy hermoso. –respondió él abrazándola.
La mirada de Candace entonces se apartó del cielo y se dirigió ahora a su rubio acompañante. La sangre se adueñó de sus mejillas sonrojándola. Verdaderamente sentía estar viviendo el momento perfecto. Su corazón se aceleraba segundo a segundo. Jeremy la tomó entre sus brazos, ambos cerraron sus ojos y se besaron. Él la estrechó fuerte entre sus brazos, y por suerte lo hizo, puesto que Candace sentía como si su cuerpo estuviera hecho de gelatina en ese instante. Un instante magnífico, perfecto. Ambos se amaban. Era el sentimiento correcto, el lugar correcto y el momento correcto. Como si los astros se alinearan. Candace Flynn y Jeremy Johnson habían sido hechos el uno para el otro.
-Creo que todo salió bien después de todo. –dijo Vanessa refiriéndose en parte a sus nuevos amigos tórtolos y en parte al hecho de que su madre y Francis parecían estar aún felices y enamorados y a que su padre y su extraño aparato habían desaparecido. –Gracias, Perry el ornitorrinco. –susurró lo suficientemente bajo como para que Lucas no la oyera.
Lucas abrazó a Vanessa, se despidió de ella y salió al frente de la casa en donde lo aguardaban Phineas e Isabella.
-¿Y bien? –preguntó la morena entusiasmada.
-Creo que todo salió muy bien para ellos.
-¿Deberíamos esperarlos? –preguntó Phineas.
-No lo creo. Están teniendo su cita. –respondió el peliverde. –Además tenemos un lío que solucionar esta noche. –dijo refiriéndose a su propio aspecto de adolescente.
Isabella tomó su bicicleta y los tres chicos comenzaron a caminar de vuelta a su casa.
-Fue una noche interesante. –comentó Phineas intentando romper un poco el silencio que había entre los tres.
-Sí, sí lo fue. –se limitó a responder Ferb que seguía como si estuviera caminando en las nubes.
Ninguno de los tres volvió a hacer otro comentario hasta que finalmente estuvieron en la calle de sus respectivas casas.
-Bueno chicos. –se despidió Isabella. –Los veré mañana. Ya quiero saber qué harán.
-Claro, Isabella. Hasta mañana. –se despidió el pelirrojo emprendiendo la entrada a su casa. -¿No vienes, Ferb?
-En un minuto. –contestó este.
Phineas entró en la casa dejando al peliverde y la morena en la vereda de enfrente.
-Nos interrumpieron antes. –dijo el peliverde.
-Lo sé. –respondió ella sonrojándose, de repente la idea de hablar sobre Phineas le parecía avergonzante otra vez.
-Oye, sobre tu pregunta… Acerca de cómo estoy tan seguro de que Phineas algún día se fijará en ti. La respuesta es bastante sencilla: él sería un tonto si no lo hiciera. –explicó Ferb sonriente haciendo que la morena se sonrojara todavía más y le devolviera la sonrisa. –Gracias por ayudarme esta noche. No podría haberlo hecho sin ti.
-No fue nada. Me alegro que hayas conseguido lo que querías. Tal vez en unos años podamos tener una cita doble. –se burló un poco ella.
-Sería un placer, amiga. –respondió el muchacho.
Dicho esto, ambos dividieron sus caminos. Isabella entró a su casa y Ferb cruzó la calle para entrar en su jardín trasero. Allí se encontró con su hermano Phineas, quien miraba la máquina que todavía estaba allí cuestionándose si no debía utilizarla para algo más antes de pedir que todo regresara a la normalidad. Ferb adivinó sus pensamientos.
-¿Quieres usar la máquina para algo, hermano? –le preguntó.
-Algo así. Sabes, hoy me sentí un poco tonto. Usualmente no me importan las cuestiones amorosas, pero noto que soy el único. Tú estás tan enamorado de Vanessa, Candace y Jeremy, incluso Isabella aunque no tenga idea de quién sea ese chico. Todos saben de ello, pero yo no. Y me cuestiono si, tal vez… usando la máquina yo podría hacerme sentir algo. Para saber qué se siente, para poder entender…
-Detente. –le pidió su hermano. –Oye, hoy vivimos una aventura algo loca. Pero aprendí una lección: y es que las cosas han de llegar en su debido tiempo, no debemos forzarlas a que sucedan antes de lo debido. Has lo que quieras, es tu decisión, pero si quieres mi consejo: no uses la máquina. Algún día vas a sentirlo y entonces te darás cuenta de que el amor tal vez está cruzando la calle.
-Cruzando la calle. –se repitió Phineas en voz baja con una gran sonrisa.
Ferb se acercó a la máquina y pidió el deseo, el deseo que lo volvería a él un niño nuevamente y desde luego, volvería a ser callado como de costumbre. Volvía a ser el hombre invisible, pero ya no se sentía tan invisible como se sentía antes. Acto seguido pidió como segundo deseo que la máquina desapareciera. Una luz envolvió a la propia máquina y de inmediato se desmaterializó ante los ojos de los hermanos. Ambos chicos subieron juntos a descansar.
-¡Candace! –los despertó a ambos un grito de su madre a su hermana mayor cerca de las 23 horas. -¡¿Qué horas son estas de llegar, jovencita?! ¡¿En dónde has estado?! ¡Estás castigada!
Candace oyó el sermón, pero no le importaba, estaba tan feliz como Ferb lo había estado. Nada, absolutamente nada arruinaría su noche perfecta. Así que el castigo no le importó, no le importó no poder atrapar a sus hermanos o ninguna otra cosa sobre la faz de la tierra pudo perturbar a Candace Flynn esa noche.
La mañana siguiente no fue tan agitada como lo había sido la noche anterior, aunque sucedieron algunos hechos relativamente importantes además de los obvios. Phineas desde luego despertó enérgico y dispuesto a trabajar en un nuevo proyecto, en el cual por su puesto participó Isabella, su tropa, Baljeet y Buford. Candace regresó a ser la acusona hermana mayor que había sido siempre, aunque se la percibía notoriamente más alegre. Por otro lado, Vanessa recibió una visita inesperada. Johnny, quien había seguido los consejos de Isabella y había terminado con aquella chica insoportable quiso confesarle que tenía sentimientos por ella, así que fue a su casa y la invitó a salir una vez que hubieron aclarado el malentendido de que Vanessa, en realidad, jamás había dicho nada malo acerca de él, ni lo haría. Ambos salieron a dar una vuelta por los suburbios tomados de la mano ahora que eran una pareja, y pasaron casualmente por la casa Flynn-Fletcher. Ferb, que estaba en el jardín delantero recibiendo algunos materiales para el proyecto del día los vio pasar juntos, pero esta vez su corazón no se estremeció y sus ojos no se entristecieron. Los saludó a lo lejos. Vanessa le devolvió el saludo simpáticamente. Las palabras de Lucas habían quedado grabadas en su mente. "Yo te atraigo porque te recuerdo a alguien más" le había dicho, y sin duda Lucas le recordaba a Ferb, aquel misterioso y callado muchacho inglés. Sonrió para sí misma. "Quizás en algunos años" pensó y continuó caminando de la mano con Johnny hasta doblar en la esquina.
