Cuando seamos novios, me llevarás a Hogsmeade.

La suave voz en su oreja lo sobresaltó, haciendo volar sus papiros. Todavía él con escalofrío, Pansy lo rebasó, sonriéndole misteriosa, dejándolo recibir una lluvia de deberes escolares.

Al día siguiente salía de Adivinación, cuando Pansy volvió a susurrarle al oído:

―Cuando seamos novios, nos adivinaremos todo.

Ives sintió un estremecimiento en la columna vertebral y terminó abrazado al barandal.

―¿Se encuentra bien, señor Cavendish? -le preguntó Trelawney, al salir del aula.

―Sí, profesora, gracias -asintió, recargado-, es un ejercicio de estiramiento para el quidditch.

El fin de semana, en Florean Fortescue, en compañía de varios Hufflepuff al aire libre, Pansy lo sorprendió nuevamente en su oído.

Quiero darte helado en la boca...

―¡Ay, mi madre!-saltó Ives, tirando la copa.

Sus amigos por poco y se atragantan. Él las miró alejarse: Pansy entre Tracey Davis y Daphne Greengrass, que echó la rubia cabeza atrás, soltando una carcajada.

Se divertían con él. Eso es, pensó, volviendo a lo que quedaba de su helado de chocolate con menta. Ya se aburrirán, aunque también se les puede ayudar.

Al cruzarse con la Slytherin en un corredor, Ives le entregó una carta que ensayó quince veces escribió a la primera:

Pansy, no entiendo a qué estás jugando, pero te la pasas sobresaltándome lo que no es buena idea, una chica tan bonita como tú debe tener muchos admiradores, ¿por qué no juegas con ellos? :P

El dibujo luego de "ellos" lo inventó en un rapto porque le gustaban los símbolos alquímicos, creyendo que cualquiera entendería que le mostraba la lengua en franca agresividad.

Esa noche, a punto de entrar a la Sala Común, a vuelta de lechuza le llegó la respuesta, que abrió esperando un "vete al diablo" o semejante y con eso terminar, pero:

Ives: Me llamaste bonita… Me sorprendes, pero me ENCANTA saber que TE GUSTO. Confesado en la primera carta que me escribes, es tan...

Me pusiste un símbolo que entendí rápido, ¿va a ser nuestro lenguaje? El punto de arriba significa "te quiero", el otro es "me gustas" y después la P de Pansy. Que bello eres.

Pícaro, ¿no te importa que juegue con otros, pero que contigo sea en serio? Mh, lo voy a pensar, haha. Besos.

Carta en las manos, Ives dejó caer los brazos con cara de desolación. Pansy sólo había visto lo que quería ver o ignoraba tramposamente el mensaje. Ése era un problema de tantos con los Slytherin, lo había escuchado. Si por cualquier razón echaban el ojo a alguien, ya no lo soltaban.

Tratado de explicar era indefinible, pues era una suma de momentos sutiles, espontáneos en apariencia, pero planificados. Rescatando algunos, era que el objeto de su interés se volvía una meta cuyo deseo los consumía. Se hacían los encontradizos, se inventaban tácticas para hacerse presentes como inscribirse a las mismas clases opcionales o hallar modos de trabajar juntos, se acercaban poco a poco, dejaban tal o cual huella, iban viendo cómo se deshacían de posibles competidores, podían ser muy buenos para decir sus sentimientos de forma impactante y lo más extraño, agendaban los tiempos en que deberían ir obteniendo resultados amorosos. Estaban presentes, ocasionalmente un poco distantes, hasta el día en que te saltaban con las fauces abiertas. Su presa respondía a un saludo casual, sin darse cuenta que en su mente, el Slytherin ya la había merendado.

Lo peor para los Slytherin era no darse cuenta de su naturaleza y luchar con su parte oscura, porque eso era igual a tratar de arrancarse el cuero cabelludo a tirones con las manos. O mejor dicho: lo peor era que se dieran cuenta de su naturaleza y se entregaran a ella sin limitaciones, porque así no sólo abrazaban a su amor con vueltas de serpiente, sino que ellos mismos podían estrangularse al apretar.

¿De qué forma de actuar sería Pansy Parkinson?, se preguntaba. ¿O no eran diferentes formas de ser? ¿Serían distintos momentos de una forma de ser?

―Pansy -la abordó al salir de Historia de la Magia.

Dejando que el resto de los alumnos siguiera su camino, la chica giró rápido hacia él, con sonrisa irónica y mirada atenta, cargando sus materiales. Él se cohibió, pero sacó fuerzas del espíritu tejón.

―No es cierto -afirmó él.

―¿Qué no es cierto?

―Lo que me respondiste: yo no te encanto y tú no me quieres.

―Yo no dije que te quisiera.

Como el rayo Ives sacó la carta buscando la palabra con el índice para comprobárselo y respondió:

―Okey no, pero sí dijiste que te encanto.

Cavendish entró en otro momento de vacilación cuando ella bajó un poco la cabeza y algunos de sus mechones oscuros le enmarcaron los ojos negros.

―Eso es verdad -susurró ella-. Me encantas. ¿No te has dado cuenta?

―Sí... -las manos le sudaron- ¡No...! Tú estás….

―Me gustas mucho -afirmó Pansy, con toda seriedad-. Mucho, Ives.

Quedó boquiabierto. La suavidad de la voz de la Slytherin, contrastada con la convicción desus palabras, se sumaba al mensaje que le hizo ecos en la mente: Me gustas mucho…

―¿Yo... te gusto?

Aquello llevaba días siendo evidente, o pareciéndolo, mas oírlo era muy diferente. Le ejercía la curiosa sensación de estarse enterando.

―Sí, me gustas. Tú me gustas, Cavendish -afirmó ella - ¿Qué tiene de malo?

―Pe.. pe...

―¿Pepe qué?

―Tú... tú...

―¿Tútú qué?

―¿Yoyo?

―¿Yoyo?

―¿Yoyo cuándo te gusté...? -suspiró- Te engañas, ni nos conocemos -se cubrió la cabeza con las manos-, ay, esto es...

―Fue el día que te hablé. Estabas doblado en tu libreta, me gustó tu gesto de concentración. ¡Y cuando vi que dibujabas un bicornio! -alzó las cejas- ¡Ternurita! ¡Estabas para comerte…!

Ay, sí lo vio, qué ridículo soy…

―No entiendes -aclaró él-, somos muy diferentes, yo soy muy diferente a ti. Tú... tú eres la reina de Slytherin...

―Por eso te amo -sonrió, halagada en su vanidad-, por cómo me dices.

―¡A eso me refiero!

―¿A que te amo?

Santa Artemesia, cruzo dos palabras con Pansy Parkinson y no sé cómo, me envuelve, pensó Ives, que se defendió.

―¡Me refiero a que tú no me... amas! ¿Qué palabra es esa? ¡Ni nos conocemos! ¿Cómo hablas de esa manera?

―¿Y entonces por qué te busqué, te saludé, llamo tu atención? ¿Crees que lo hago con cualquiera?

La serpiente se había acercado un poco más, pero él se retiró a su vez:

―No sé, dime tú, a mí qué me preguntas, debes querer un hámster disecado en tu mansión, vi que te reías con tus amigas cuando me hablaste en la heladería, estás jugando. ¡Y deja de susurrarme al oído!

Ella asintió, con expresión de "es tan claro".

―Seremos novios.

―¿Quiénes?

―Tú y yo, ¿quiénes más?

―¿... nonó?

―Sí, lilindo -le pellizcó una mejilla-, nonovios fefelices.

Ives no daba crédito.

―¿Cuándo se te ocurrió esa enormidad?

Ella reiteró, con la paciencia que necesita quien debe entender en términos de manzanitas y peritas, asintiendo en cada parte de la frase:

―Te vi, me gustaste y lo decidí. Seremos novios.

―¿Así de fácil?

―No es fácil -negó enfática, con aire de entendida-. Un mundo se nos opone. Dos casas enfrentadas por la incomprensión y la intolerancia hacia dos seres tomados de la mano en la tormenta de las pasiones serán nuestro mayor obstáculo. Afortunadamente saldremos del desafío gracias a la fuerza de nuestro amor y a varias raciones de Ranas de Chocolate, nuestro único alimento cuando perseguidos por el odio pasemos dos semanas ocultos en el Bosque Prohibido. De esa lucha saldrán pocos Hufflepuff vivos, pero no te preocupes. Slytherin te aceptará en su seno.

―Tengo qué objetar -él alzó un dedo.

Ella le acercó el rostro a sus labios, susurrándole:

―La historia es emocionante, no lo niegues…

Ives trató que no se notara su agitación.

―A ver: eres la más bonita de Slytherin…

―¿Sí? -ella sonrió, pestañeando en broma coqueta.

Dos estrellas latieron en los ojos de Ives. ¡Pero qué linda! Y miró a otro lado. Prudencia. Medida.

―Cualquiera que tú quieras puede ser tu novio -volvió-. ¡Malfoy! ¡Graham! ¡Dankworth!

―No, ese no -hizo boca de desdén.

―Es cierto, a ese le gusta Granger, bueno, ¿a quién le gusta Granger?

―A los que se hacen emparedados con libros. Bórralo.

―Borro. El tema es que tu estilo de novio es un mago oscuro, poderoso, intrigante, asesino de leones con la mirada y yo no soy así, yo soy como... como...

―¿Como qué?

―… yo soy como un conejo -suspiró, agachando un poco la cabeza.

―Tú me gustaste, ¿qué quieres que te diga?

―Tú quieres un oso de felpa.

―¿Un qué de qué?

―Un juguete, que colocas en tu escritorio, en tu ventana, en tu edredón, un juguete que haces a tu capricho, aprovechándote de que le gustas.

―Vuelves a decirme que te gusto... -su mirada se hizo acariciante- Eso me encanta de ti... que no te cohíbes aun siendo un Tejón comerrábanos...

―¡Ese no es el tema!

De haber sido él un Slytherin habría tomado un puñado de hojas secas y estrujádolas para ilustrar su idea, pero sacó de su manga un globo para inflar.

―¡Tú quieres hacer esto con mi corazón, mira!

Lo infló con tal vehemencia que al ser un globo pequeño se le reventó en la nariz, dejándolo con cara dolida.

Pansy casi suspira.

―¿Y me preguntas por qué te quiero?

Con los libros en una mano, con la otra ella le tomó una oreja, haciendo con el cuerpo el paréntesis que cierra. Intimidado, él hizo la misma curva.

―Me gustas por lindo, en Slyhterin no hay lindos. Es así de sencillo.

―En otras casas debe haber lindos... -respondió, forzado por la postura.

―Son nenes, lindos torpes o lindos nobles como Diggory, soporíferos y detestables como ghoul. Tú por lo menos me haces sonreír y eres tierno.

Le soltó la oreja, con lo que él pudo volver a pararse bien y quiso saber, con indignación:

―¿Soy lindo y tierno? ¿O sea que no soy noble…?

Olvida ser lindo. No ser visto como noble lo indignó en su orgullo Hufflepuff, pero cuando iba a añadir en su defensa, ya no estaba en Hogwarts.

El pasillo oscureció por efecto de una sombra que se robó al sol de la tarde. No había nadie más en esa noche súbita, excepto él caminando por la arcada, vestido con un largo hábito negro y cuello blanco, Misal en mano, abad de aquel vetusto monasterio, viendo a Pansy Parkinson caminar del otro lado de los arcos, ella con un largo vestido negro, gargantilla de terciopelo, aves negras volando sobre los campanarios, detrás de los cuales se elevaba la mole azul de los Montes Cárpatos.

Ella -de la que mucho temió, tenía vida eterna- no le apartaba la vista, acechante. Sus blancos dientes resaltaban, dando la impresión que dos de ellos estaban un poco demasiado afilados... Era una belleza joven, oscura, sabedora, mirándolo con intensidad, avanzando paso a paso, con él siguiéndola, oyendo su voz acariciante:

¿Qué quieres que te diga? -le susurró, Pansy, a pasos felinos- ¿Que te descubrí una tarde de rojas maldiciones de vida eterna? ¿Que me enamoré de ti en un sueño de la oscura eternidad? ¿Que decidí que serás mío, mío nada más? Es así, no hay más... ¿Qué quieres que te diga, amado mío? Para esta Luna pálida no importamos, ni tú, ni yo. Yo sólo hago lo que debo hacer. Soy el Reloj de la Sombra Roja. Mías son las Negras Alas del Destino. Por eso, no podrás escapar.

El monje Ives no podía apartarse de esos profundos y ávidos ojos negros, enmarcados por los cortos cabellos a la egipcia, de aquella vampira que tomó con las manos una columna, apoyando la cabeza.

―¿Por qué no huyes? -lo interrogó ella, fingiendo dolor anhelante, que era en realidad, ironía- ¿Por qué no huyes? No lo haces porque no tiene sentido, amor mío. Tu alma sabe que los caminos que tomes, te llevarán de regreso al santo monasterio donde habita mi pecado. Porque tú quieres que yo te atrape. ¡Porque deseas el cálido abrazo de mi eternidad...!

La vampira Pansy volvió a andar acompasadamente, oculta por las columnas y volviendo a salir. Esos breves momentos de no verla, le dolieron. Ella le leyó la mente:

―Pronto odiarás parpadear cuando estemos juntos -le aseguró-. Antes de lo que crees no podrás dejar de verme. No sufras más. ¿Para qué? Es muy fácil olvidar tu pesar. Déjate llevar por tu dolor y dime "te quiero".

Ella se detuvo, por lo cual, él la imitó, pero buscando afanosamente el crucifijo en su cuello, forjado en Voronet.

―Déjame cruzar hacia ti. ¡No puedo entrar! -pidió ella, pasando un brazo por el arco-. ¡Di que puedo pasar! ¡El Aquelarre será tu oportunidad para encontrarme...!

Lo raro del cuadro fue que la vampira lo tomó por una oreja y se puso a frotársela.

El chasquido del beso que Pansy le dio en la punta de la nariz lo regresó al pasillo de Hogwarts y al bullicio de los alumnos, rumbo a sus clases. Ives cayó sentado en el borde de los arcos. Otra vez sus papiros volaron por el aire, en lluvia de desconcierto.

―Nos vemos pronto, lindo -aseguró la Slytherin, alejándose, no sin pellizcarle una mejilla.

Si Ives dudaba qué esperar, una noticia del Daily Prophet al día siguiente confirmó sus inquietudes: el colegio se enteró de las decisiones de Pansy Parkinson.