Yendo a la clase opcional de Cuidado de Criaturas Mágicas, sus libros se fueron al suelo de un manotazo.
Los tres Gryffindor, que eran del equipo de quidditch, se adelantaron varios pasos y voltearon a él:
―¡Novio de los Slytherin! -se burlaron.
Ives, que veía aquello como tonterías típicas de niños, levantó sus libros.
La fama que le dieron los últimos días, más las ocasiones que alumnos y profesores lo hubieran visto hablando con Pansy Parkinson, confirmaron lo que se decía sin oír el susto del Hufflepuff. Eso conllevaba a que el bullyiing en su contra tuviera una justificación: tratar al Mal como se merece.
Recordó que Cedric descalificaba a Pansy por ser acosadora escolar... ¿También estaban descalificados, por ejemplo los acosadores Gryffindor del pasado? Ciertas historias se sabían. ¿O con ellos cabían las disculpas, diciendo que eran errores de juventud, etcétera? De ser así, los Slytherin merecían el mismo voto de confianza.
Sobre eso de que lo verían como parte del acoso que hacía Pansy sólo por estar él presente, se podía recordar que los Gryffindor también se limitaban a estar presentes, sin ayudar a Granger cuando se le buleaba. Su pasividad los volvía tan culpables del acoso como los Slytherin. Y cada vez que en el futuro se limitaran a ser testigos, los Valientes de Hogwarts serían cobardes.
Con esas ideas quedó satisfecho, teniendo en mente lo que más le interesaba: comprender los fines de Pansy Parkinson. ¿Se divertía junto con sus amigas o en el fondo pensaría que él era un terrateniente o estaba encaprichada o ni ella misma podría explicarlo? Cada una de esas opciones sonaba posible. Cada una podía formar la verdad completa.
A punto de dar vuelta hacia la entrada del salón, lo detuvo la primera frase que escuchó.
―¿Cuál su problema? -preguntaba Pansy, secamente.
―Cuando nos dijiste "voy a hablar con él" -le recordó Tracey Davis-, pensamos que te ibas a divertir a sus costas. Cuando le hablaste al oído esa vez que íbamos en la heladería pensamos que nos estábamos burlando de él.
―Daphne y yo creemos que tienes un capricho -afirmó Millicent.
Pansy no respondió.
―¿Qué le miras? -la cuestionó Tracey con voz despectiva, un poco alarmada- Ése es uno de los… ¡Corrientes! ¡Es de la Casa que nadie quiere, los Rechazados de Hogwarts!
Ives pensó, como otras veces, que pese a que Hogwarts estimaba la democracia, la Casa más democrática era mal vista por muchos. Se decía que recibía a todos, pero en sentido despectivo. Para ellos, Helga Hufflepuff era tan amorosa que perdía estilo. Los Hufflepuff vivían en nubes color de rosa. Cedric Diggory, por valiente, en realidad era de Gryffindor. Esas ideas generaban fricciones en el ambiente.
―Yo sé qué le veo -afirmó Pansy, impositiva- Y si quieren ser mis amigas, lo aceptarán.
Al parecer habían estado discutiendo desde hacía rato, o no era ésta la primera vez que tenían un altercado por la misma causa. Es decir, por Ives, que no supo si seguir caminando o regresar. Tracey Davis elevó la protesta, asumiendo un tono retador:
―Aceptar qué, Pansy… Lo tienes asustado… -opinó con hastío- Es un soso en tonos pastel… Le hablas y le gana el nerviosismo al muy ridículo, es un torpe que no sabe responderte. De hablarle yo como lo haces tú, él lloraría de miedo -rio, como lady- ¡Sólo porque no pueden ponerlos co los elfos…!
―¿Ah sí, Tracey? -la voz de Pansy se hizo risueña- ¿Quieres ponerte conmigo a los sarcasmos?
El tono de voz fue elocuente. La expresión de Pansy también debió ser descriptiva, porque las otras callaron. El mismo Cavendish se inquietó.
―Ay, Pansy -Millicent buscó reducir la tensión-, discutir por esto no tiene importancia, yo te apoyo hagas lo que hagas, amiga.
―Lo mismo digo, amiga, somos una misma, siempre juntas, siempre una misma -intervino Daphne, un poco demasiado comprensiva.
―¡Pues yo no lo acepto! -soltó Tracey, furiosa.
Silencio.
―¡No te entiendo, Pansy! -se exasperó- ¡Que te diviertas con… quien sea por un rato, está bien! -tronó Tracey- ¡Aunque sea un mediocre Hufflepuff! ¡Pero que lo digas en serio es muy distinto, es un gravísimo, gravísimo problema!
―¿Qué tan grave?
―¡Sería definitivo! ¡No podemos ser amigas si te empecinas con ese…!
―Haz lo que quieras, amiga.
Tracey soltó un ruido como de hipo.
―¿En verdad me lo dices? ¡No... no puedo creer lo que acabo de escuchar!
―Así soy de dura. ¿Algún problema?
―¡Eres… una traidora a la sangre!
―¡Tracey…! -exclamaron Daphne y Millicent.
―¡Una traidora a la sangre, eso eres! -insistió Davis- ¡Un Hufflepuff es lo más ridículo que existe, ineptos oledores de rosas, es una traición a la Casa de Slytherin que una de nosotras caiga tan bajo! ¡Por tu culpa seremos el hazmerreír, Pansy! ¿Qué van a decir de nosotras, de mí? ¿De mí, te imaginas eso? ¡Y no me digas que lo quieres porque tú no quieres a nadie, solo a ti misma! ¡Caeremos lo más bajo por tu capricho!
―Tracey -se burló Pansy-, yo no tengo la culpa de que no te quieran en tu casa.
Ives se paralizó al oír pasos, pero por suerte fueron en dirección contraria a él. Daphne comentó:
―Primero Pansy y ahora Tracey nos deja paradas… ¡Qué bochorno! Vayamos juntas o daremos una mala señal a las Gryffindor.
―… bah, déjala, se le pasará el capricho por ese amarillo…
Ives quedó con tantos temas para pensar, que decidió no pensar en nada. No estaba en su carácter involucrarse en asuntos tortuosos, ni preocuparse en demasía.
―¿Tan mal piensan de nosotros? -se dijo con sonrisa de desconcierto, sacando de su túnica un osito de felpa cantarín que regalaría a una de su Casa- ¡No somos tan inmaduros como dicen…!
En clase, sentados lado a lado, Ives la observó escribiendo en silencio. Pansy se apoyaba en la muñeca, apuntándole con ella. Sus cabellos contrastaban con lo rosa de su tez y sus labios. Desde los primeros días de colegio, hoy Pansy Parkinson había cobrado tanta realidad para él como para notar la porcelana de su piel, la noche de sus cabellos y las locuras que se le ocurrían.
Pansy escribía, atenta a la libreta, con gesto serio, disgustada. Cavendish se preguntó cuáles serían sus pensamientos. ¿Ella lo recordaría? Ives tenía la impresión que Pansy reparaba en él hasta que lo veía, como si dijera: "toca acosar al Hufflepuff".
Nunca supo que en ese momento exacto ella pensaba en él. Al conocerlo de vista al inicio de la escuela, sabiendo que era un Hufflepuff, él le dio lo mismo. Fue verlo repetidamente cuando volvió a sus pensamientos, encontrando que le despertaba extrañas sensaciones.
Con el tiempo lo descubrió: era lo diferente. De los Hufflepuff que para ella eran un mar gris, Ives resaltaba por su aire amable, su invariablemente verse sin conflicto y para ella, desconcertarla sobre cómo alguien podía vivir sin tormentas, siempre amable con profesores y alumnos, un ser simpático y dulce.
Entonces, contrariada por estarse fijando en un Hufflepuff -lo más distinto que, pensaba, existía para ella-, pasó por épocas de rechazarlo en su mente, diciéndose llena de dignidad que nunca se haría amiga de un Tejón. ¡Qué ridícula idea!, se burlaba.
Ayudó a su rechazo el descubrir que él la miraba muy ocasionalmente, no con admiración, sino como formulándose preguntas. Mas era obvio que él nunca se le acercaría. Eso alivió a Pansy, pues le permitió sentirse en un sitio superior. ¿Bajar al nivel de un Hufflepuff? ¡Por favor!
Viéndolo a regañadientes, cuando pasaba cerca de él hacía notoria su indiferencia, porque de manera prácticamente inconsciente se estaba forjando planes. Y cuando lo vio dibujando en su libreta, movida de una forma que no quiso explicarse, siguiendo su carácter Slytherin sencillamente decidió que serían novios y se lo hizo saber.
Aunque como buena Serpiente lo cazaba dando avances por partes o armando revuelo, tenía la sensación de que él se le escabullía de una forma incomprensible. No se movía, no protestaba, no se enojaba, pero su forma de reaccionar era como si no le dejara sitio dónde morder. En ocasiones ella no dudaba que lo tenía, pero en otras la desconcertaba.
Pansy no comprendía por qué tanta demora en él para aceptar que eran novios, primero porque la fortuna le había sonreído con la atención de una Slytherin y segundo, porque era sencillo aceptar que se gustaban mutuamente. ¿Qué más se necesitaba? ¿A qué tanto perder tiempo?
No alcanzaba a comprender el ser gentil y sin prisas de un Hufflepuff. Para ella como Slytherin todo era más intenso, movido, tormentoso y arrebatado.
Pansy se descubría pensando en Ives con una inconformidad rayana en el berrinche, sin darse cuenta que la opción de darse tiempo y comprender era mejor. No aceptaba, pues la asustaba, cambiar al grado de entender la ternura.
El Hufflepuff la miró de reojo.
―¿Qué te dicen los otros Slytherin por el Prophet? -susurró.
―¿Por qué? -preguntó ella suavemente, también en voz baja, atendiendo la libreta- ¿Sabes que me hayan dicho?
―No, pero se llevan duro entre ustedes, ven que hablas conmigo, deben criticarnos.
―Tampoco pasa desapercibido contigo, ya vi cómo te acosan los de Gryffindor. ¿Quieres que los encare?
―¡Oh, no, no! -exclamó, amable- ¡No quiero que te vayan a responder!
Pansy sonrió con curiosidad. La respuesta de él le era muy extraña, pero no le desagradaba.
―Silencio -ordenó Burbage.
Cuidando si los veía la profesora, pluma en mano Pansy le oprimió el meñique y el anular.
―Quédate cuando termine la clase.
Ives no podía -no veía cómo- evitar la sensación placentera de esos contactos de Pansy Parkinson. Dado el altercado que oyera, se preguntó si la escena no sería montada, pero este gesto semejaba mucho al afecto real.
Haciendo tiempo en el salón, Pansy se demoró hasta que no quedó nadie aparte de ellos.
―¿Listo para lo que voy a mostrarte, amor mío?
Ives había renunciado a convencerla de no darle ese nombre.
―Te va a encantar -le dijo al oído.
Tampoco había podido convencerla de no hablarle de esa manera, pero esto lo afectaba más; con ella lo había descubierto.
¡Éste habia sido un día agitado para el oído! Lo recorrió un estremecimiento; el Hufflepuff no supo evitarlo; sus conceptos de la buena educación y la imposibilidad de ser brusco le impidieron empujar a la chica. Optó por hacerse atrás, experimentando ese hormigueo entre agradable y perturbador que le provocaba la Slytherin cuando le hablaba a la oreja.
―… no, Parkinson…
Pedirle que no hiciera algo era invitarla a que continuara; ella insistió, recargándose contra su oreja:
―No te estoy haciendo nada, nada, lindo.
Otra vibración. Y el mote que ella elegía. El tono cariñoso de "lindo" le hacía más efecto que si le llamara "pantera".
―¡Por los diez mil duendes, Pansy!
Ives giró la cabeza buscando sus libros para huir, pero manoteó al vacío, lejos de sus pertenencias; ella lo siguió.
―¿Prefieres que sea el fin de semana? -le propuso ella- Como siempre tienes pretextos en esos días…
Pansy llevó una mano a su falda. En su agitación, Cavendish pensó que la desabrocharía.
―¡No, espera, no vayas a alzar…! -se aterró.
Ella sacó del bolsillo un libro pequeño: Compatibilidad de las Casas de Hogwarts y Cómo Descompatibilizarlas.
―¿Alzar qué? -le preguntó, sin entender, apartándose.
Dándose cuenta de su tremendo error, el color subió a la cara de Ives.
―Nada.
La Slytherin comprendió rápidamente. Preguntó un poco incrédula, pero sobre todo, divertida.
―¿Pensaste que iba a mostrarte algo… de mí?
Se sintió ridículo. La humillación lo invadió. Entre su miedo se intercaló alivio al decirse: Ahora se burlará, va a dar vuelta, saldrá mofándose para reconciliarse con Davies y todo terminará. Gracias, Helga.
―Tejón… -susurró ella, pasmada- Nunca lo hubiera creído… Tienes malos pensamientos…
Se acercó a su oído y murmuró:
―¿Eso fue?
―¡Ay, Hierbasanta!
Ives encontró como un gran reto intelectual, saber rodear el pupitre. Para él fue que simplemente no lo dejaba pasar, clavado a las raíces del planeta o su orejaa los labios de Pansy.
El siseo de las palabras de la Slytherin y el sonido de sus labios chasqueando entraban por el oído de Cavendish, recorriendo su espalda. El sonido de las d, las th y las dobles f lo sacudían (Tell me, what did you think, what did you think, Hufflepuff?), entraban por su oído, desorientándolo:
―Dime, ¿qué pensaste, qué pensaste, Hufflepuff?
―…no, no, espera, espera… -la mirada se le perdía.
¿Pansy habría hecho lo que Cavendish creyó? No, pero ese error del Hufflepuff tuvo la cualidad de morderla en la fantasía. De remover el gusto de acosar la debilidad de otro; más todavía: de aumentar una debilidad que ella le provocaba..
―¿Pensaste que ibas a ver algo de mí, Cavendish?
Hablándole sin pausa, los ojos cerrados de Pansy revelaban su goce por la sensación de poder sobre el Hufflepuff, que no atinaba a quitarse por lo atrayente, pero a la vez perturbador.
―Santa Reina de las Paflagonias, no, no, retiro lo dicho, Pansy, espera, espera …
Tuvo que tomarla por los hombros, pero eso le resultó peor porque la ayudó a recargarse. Sus sentidos le pedían abrazarla. De reojo notaba su mirada irónica y adivinó que ella sonreía.
―¿Por qué, Hufflepuff, no es bueno que te guste una Slytherin?
El tono de voz y el murmullo siseante le causaron conmoción.
―Y no te parece mejor que ¿me gustes a mí?
El balbuceo que fuera salir de Ives terminó en un suspiro afligido, que Pansy usó para hacerle una risa quejosa al oído.
―¡Mh, Cavendish -suspiró-, nunca te había oído así!
―¡San Ulfilas del Cáucaso…! ¡Expéliate o como se diga, Parkinson!
Logró apartarse. Las mejillas le ardían. La Slytherin siguió en parte su movimiento, pero se detuvo, abriendo pesadamente los ojos.
―¿Te desagrada?
Ives sólo consiguió reunir aire para hablar, jadeando:
―No sé si es agradable… -se estremeció por un escalofrío- Más bien es como una tortura… Es un gusto que hace sufrir… Parkinson, no lo hagas más, me arde la cara…
―Dime qué pensaste o sigo -le guiñó un ojo.
―Si sigues me aviento por la ventana sin escoba.
Ives se preguntó lo que nunca. ¿Cuál sería el mayor morbo para un Hufflepuff, que tu novia esté comiendo una paleta y te la dé?
―Dime, Ives, ¿qué tiene?
―En fin. ¿Entiendes que no te lo estoy pidiendo, sino que por torpe y pánfilo entendí mal?
―Ajá…
―¿Por qué quieres saber?
―Me gusta oír.
―Me avergüenza.
―Dímelo al oído.
Avergonzado, Ives se inclinó hacia Pansy, diciéndole en voz baja. Los dibujos de la diminuta oreja de la chica en sus labios le provocó el deseo de besarla, pero finalizó y se quitó.
Pansy estaba seria, pero no enojada, no divertida, no sarcástica.
―No te espantes, Huffie. No tiene nada de malo.
La aceptación de ella lo hizo sentir como si no tuviera dónde esconderse, pero no era desagradable.
―¿Espantarme? ¡Nada de eso, siento que me desmayo!
―Vamos a hacer de cuenta que no sucedió -le sonrió.
―Haz de cuenta tú, yo necesito tomar aire, discúlpame que te deje por un momento -tomó sus cosas exhausto y se dirigió a la puerta.
―Ives.
Giró hacia ella, hallando su mirada fija, brillosa, su media seriedad que lo derretía:
―¿Sabes cuándo voy a dejarte?
―¿Ahora? -se esperanzó.
―Nunca.
Ives salió viendo al cielo, desalentado.
Yendo a la Sala Común recordó que no vio el libro que Pansy le llevó (la Slytherin se había dado cuenta que Diggory revisaba copias del Amarga Beggs y se buscó otro).
No obstante, al día siguiente Ives descubrió que esa otra versión de las relaciones Hufflepuff-Slytherin no estaba excesivamente mal.
