Ives se dirigió a los aurores yendo por un largo camino arbolado, que cruzaba amplias zonas de césped bien cortado, iluminado con farolas a tramos. Llegó a la entrada de la mansión estilo Regencia, de planta rectangular y catorce ventanas en fachada, donde los aurores contratados como guarda-puertas por los padres de Pansy, revisaban las invitaciones ilustradas con imágenes de brujas bailando alrededor de un gigantesco caldero, en un bosque. El Huflepuff llevaba la suya, que como cada, una, confirmaba de viva voz la identidad de quien la llevaba:
FIESTA SLYTHERIN De VACACIONES De Segundo Trimestre
++ GrAn AqUeLaRRe ++
¡No PuEdeS FaLtAr!
Ven disfrazado de NOCTÍFAGO
El Sr. Ives Cavendish (novio de Ms. Pansy Parkinson)
es Invitado Especial AAA
CiTa a LaS 21:00 H
EN:
++++ PARKINSON MANOR ++++
Little Cressingham, Thetford, Norfolk, IP25 6LY
N.R.D.A.
NO mascotas NI Gryffindors
Los aurores lo analizaron seriamente y entró al terreno circundante de Parkinson Manor, pues numerosos Slytherin viven en Manors, a excepción de los más peligrosos -de los que un ser inteligente corre-, que son los Slytherin mestizos y de menores recursos económicos.
La música, desde lejos había anunciado lo que apareció a oído y vista de Ives cuando entró a la residencia.
Una fiesta Hufflepuff es de música alegre, a buen volumen, de baile animado, pausas para hablar, grupos comparando sus colecciones, bebiendo sodas, algunos en pijamas, otros descalzos, chicas haciendo coreografías de baile, a la luz de una casa fresca donde se intercambia o conversa.
Lo nunca visto por él fue al cruzar el umbral de casa de Pansy: el peso del claroscuro inundado con la estridencia de música estilo guerra que retumbaba en el tórax, en ambiente denso, trepidante, que invitaba a la exaltación; Slytherin bailaban en un bloque ondulante, vestidos estilo siglo 18, repartidos en salones tapizados de diferentes colores, moviendo los brazos en oleadas o hablando emboscados en los corredores o bailando en el comedor de paredes rojas, en salas azul claro dominadas por tapices de tonos pastel o de colores vivos, en sofás, sillones y divanes donde conversaban cual conspiradores.
Cavendish, que llevaba pantalón y botas negras, con camisa blanca de encajes en mangas y con eso parecía anunciar Aquí Está el Hufflepuff, recorrió los pisos de losas bicolores en tablero de ajedrez.
¿Se ponían de acuerdo? La mayoría de los Slytherin, aunque de esa misma moda antigua, la mayoría se vestía de negro, con vivos plata o verdes. Eran muchos invitados, parecían ser el total de los Slytherin de Hogwarts y posiblemente ex estudiantes, aproximadamente seiscientos, pero aun así la residencia les quedaba grande. Más allá del salón acondicionado como pista principal por sus dimensiones, se bailaba en otras dos salas, dejando salones y recintos sin ocupar, o con dos o tres alumnos en los divanes. Ninguno le prestó atención, si acaso dos de quienes lo conocían en clases le hicieron un saludo mínimo inexpresivo, siguiendo con lo suyo. Ente tanta gente no vio a Bulstrode, ni a las Greengrass, ni a Malfoy, lo que agardeció. Recorrió un salón marrón claro, de mural en el techo y bellas sillas azul turquesa, estilo rococó.
Entró a una sala pintada de azul agua, con divanes y pocos Slytherin hablando en ellos, más dos chicas bailando solas al ritmo de Las Brujas de Macbeth.
Sorpresivamente, un par de brazos delgados lo rodearon por la espalda.
La presión que hicieron le fue gratísima. El contacto en su nuca de los breves cabellos le causaron un escalofrío; los besos breves y juguetones en sus orejas, le agradaron tanto que poco más y se asustaba.
―… me encantan, me encantan tus orejas -aseguró Pansy Parkinson-. Me las quiero comer, Ives...
―Pansy, vine por tu invitación… pero deja mis orejas… -sonrió, con cierta agitación- realmente para mí es muy difícil, no lo hagas…
Ella lo soltó y al verla de frente, le agradó verla con otra ropa; sin el uniforme aparentaba más libertad, menos rigidez. Llevaba una falda muy corta, circular, a cuadros verdes y grises, mallas negras, botas verdes y blusa negra de cuello cerrado; se adornaba con un collar ceñido, de pequeñas perlas, y unos pendientes pequeños, colgantes, en forma de S.
―Te ves muy guapa, Pansy.
Ella giró sobre sí misma; su falda onduló con sus cabellos y se detuvo con una figura de danzarina en los brazos. Ives le sonrió.
―También te ves bien -aseguró ella-, muy diurno para mi nocturnidad, pero bien.
Ella giró y de un sillón a su espalda levantó una bandeja con bebidas.
―Hay zumo de uva y bebidas más fuertes, ¿te gustaría probar una?
―Zumo de uva, gracias -tomó un vaso.
Pansy dejó la bandeja; para congraciarse trató de hablar como muggle o squibb.
―No bebes nada un poco fuerte. En Hogwarts somos unos sangurrones, tú eres un sangurrón.
―Quieres decir santurrón.
―¿San Turrón? ¿Es el santo del huevo batido?
―Tal vez.
Ives probó su bebida. Pansy alabó su atuendo con una mirada sonriente, revisándolo por delante y espalda.
―Ven -lo invitó.
Fueron a uno de los divanes rococó, forrados de tapiz tonalidad vino. La luz de la fiesta entraba a destellos por la puerta abierta, entintándolos de un rítmico claroscuro.
―Mh… -él paladeaba el zumo- ¿De qué uva es? Mh… sabe buenísimo, tiene un toque aterciopelado…
―Es del viñedo australiano de mis papás.
Cavendish iba dejar el vaso a un lado, pero volvió a probar el zumo. De haber sido mayor se diría que acababa de paladear un vino excelente.
―¿Qué ocurre? -rio ella- ¿No conocías las uvas?
―No éstas, me sorprendieron, son exquisitas -dejó el vaso medio lleno en una mesa que estaba enfrente.
Apoyando ambos una mejilla en el respaldo, quedaron cara a cara. Pansy le miró los labios y le pasó una servilleta por encima. Para Ives esos gestos no eran extraños, ni poseían un significado especialísimo; los Hufflepuff tenían actitudes iguales por ternura o simple atención.
―¿Qué te parece esto de vernos afuera del colegio? -le preguntó ella.
―No se siente la presión de los profesores. ¿Tus papás están de viaje?
Ella sonrió viendo bajo, notando que la evadía.
―Regresarán pasado mañana, para que tomemos unos días juntos.
Ives experimentó un levísimo mareo, como si el piso se hubiera ido a un lado a otro, pero la sensación se borró rápidamente.
―Bailemos -dijo ella.
Fueron al salón oro, donde se mezclaron con unos cien Slytherin que bailaban alzando los brazos y haciendo figuras con ellos.
Ives bailaba diferente, muchos menos dramático. Pansy también hacía figuras entre sombrías e intensas, pero no le importaba que Ives fuera tan tranquilo y éste encontró belleza en la forma de bailar de ella.
De pronto se vio sin pareja en la pista.
Pansy Parkinson estaba al frente del cónclave, en un estrado, y ellos seguían los movimientos de la chica a ritmo cadencioso y oscuro. Pansy, vestida a la psicodélica, de formas en espiral, movía rítmicamente la cintura de un lado a otro, dando vueltas con la mano a una cola de diablo que salía de su espalda. Movía la cara de un lado a otro, dejando que su cabello le hiciera un velo en movimiento, balanceando hombros y piernas. A su espalda giraban espirales amarillas sobre fondo rojo, donde brillaba el rótulo psicodélico Óikos Negaga, otro era Tamchatqa Nejötivckö y El Señor Tenebroso Quiere La Quaffle, y la profesora Sinistra a un lado de Pansy llevaba un largo cigarrillo con boquilla en los labios, chasqueando los dedos por enfrente, como asesina de la carretera. Pansy caminó hacia enfrente, manos en la cintura, un pie delante del otro, llamando a Ives, al ritmo del balanceo de su cintura, poniendo labios de pedirle un beso...
Ives regresó cuando a mitad de la canción, Pansy con sonrisa misteriosa lo tomó de la manga y lo llevó de regreso al sofá del salón verde agua.
Acalorado por el baile y la muchedumbre, Ives casi terminó el zumo.
Sentados frente a frente, apareció un tercero, que saludó con voz irónica:
―Pansy.
Era un Slytherin de edad post-Hogwarts, viendo a Cavendish a los ojos.
―¿Es él? -sonrió, refiriéndose a Ives.
El Hufflepuff le sostuvo tranquilamente la mirada. Pansy chasqueó los dedos.
―Cállate. Cállate y lárgate. Te vuelves a aparecer y haré que te echen.
El chico, sonriendo, alzó las manos y se alejó hacia la música.
Ives, viéndolo alejarse, experimentó una leve conmoción. ¿Cómo no lo había pensado? Pansy Parkinson era más sociable que él. ¿Podría decirse que era más madura que él? Ya debería haber tenido novios. Que ella fuera la primera para él, no obligaba a ser el primero para ella. Esa idea le dolió un poco. Se sintió ingenuo. Ives podría ilusionarse por algo que para Pansy no tenía importancia. El de novios y exnovios era un tema desconocido para Cavendish; le pareció un mundo de mayores dimensiones que las conocidas, lleno de trampas y sorpresas que no sabría manejar. Sin agitarse, comentó:
―Veo que me conoce, lo que no me extraña. ¿Quién es?
―Se llama Gale Nelms -le explicó ella-. Estaba en séptimo cuando nosotros entramos a primero. Desde entonces dice que me pretende. Lo que pretende es… -recorrió el salón con vista y manos- esto.
―¿Por qué los Slytherin se quieren tanto?
―No todos somos de esa manera. Lo de Nelms es muy, muy habitual, pero… no juzgues a la Casa entera por ciertas personalidades que se hacen famosas.
La iluminación azul y el que ninguno de los otros Slytherin los atendiera más, le permitió contemplar a Pansy: su cabello, su rostro en ese cambio de la luz, el resonar de la música.
―Ives -empezó ella-, yo pienso…
―Y yo pienso que eres un primor -le sonrió.
Ella parpadeó, desconcertada.
―¿Ives…?
El mareo del Hufflepuff se había ido, pero le quedó una idea. La idea de decirle cómo la veía. Luego de presenciar la actitud de Nelms, como nunca entendió que la situación era complicada, mucho, como para perder tiempo sin decir lo que sentía de verdad. Ciertamente Pansy Parkinson enfrentaba problemas y oposiciones por estar con él. Que tuviera una forma extraña de llevarlo no quitaba aquel esfuerzo. El Hufflepuff, saltó sobre su propia timidez e inseguridades, y le colocó los dedos en las mejillas, con cara de tejón anhelante.
La primera reacción de Pansy fue la natural en un Slytherin: una desconfianza patente en su mirar los dedos de Ives y su ceño medio fruncido. Pero no se apartó, como si la serpiente viera un avance no esperado en el tejón y no supiera cómo reaccionar, mas llevara tiempo esperándolo.
―Te creo que no se debe juzgar a todos ustedes por unos cuantos -aseguró Ives-. Te creo que no eres igual a esos cuantos. Es más, te creo lo que no me has dicho, que eres una persona admirable en muchos sentidos. Que me aleje de ti porque eres Slytherin y tu lenguaje me sea difícil como Hufflepuff, no quita ni tus virtudes, ni que eres un primor. Estás preciosa, Pansy, no sé dónde ponerte de lo preciosa que estás… -recorrió su rostro con la mirada,, y le dio un beso en la mejilla, aspirando su aroma aterciopelado.
Ahora bien, mis queridos cometitas amorosos, como diría Casandra Woodward, aquel era el encanto Hufflepuff que puede marear al Slytherin: decir las cosas tiernamente, tal cual las sienten, en forma directa, no por impactar, sino porque no saben no ser sinceros, llamando a las cosas por su nombre, con el candor de la plena convicción:
―Creo que has hecho más esfuerzos que yo por entender lo diferente -siguió Cavendish-. A mí. Y eres una muñeca, me encanta la forma de tu cara, tu voz, tu peinado, tus manos, tus sonrisas. Me gusta tu forma de ser, en ocasiones rara para mí, pero no imposible de entender. Lo que debe ser imposible para los Slytherin es no derretirse por ti. Aun si Nelms no quisiera tu mansión, sino a ti y se sintiera mal por verme como a un intruso, lo entendería.
Pansy no dejaba de observarlo, como quien se ve ante una revelación. Con las palmas del Hufflepuff en sus mejillas, ella le tomó una muñeca. Un brillo de la Luna parpadeó en uno de sus ojos.
―Ives, lindo…
La ausencia de presión por los limitantes horarios de Hogwarts y sin la presencia del impecable Cedric Diggory -modelo de corrección omnipresente-, lo ayudaron, aunque en lo siguiente su sinceridad natural desbarró un poco:
―Me encantas, no he conocido a una chica tan loca como tú, eres el misterio de misterios, la bella de las bellas. Eres de lo más retorcido, pero eso te hace tan simpática…
―Me dijiste retorcida… -asintió, boquiabierta- ¿Sabes que nadie me habla así?
Su percepción de Pansy había cambiado desde que la oyera peleando por él con sus incondicionales. También había sospechado que montaron la escena, no obstante, había comprobado que Tracey y ella ya no se hablaban. Aun con eso, dudaba que Pansy estuviera segura de lo que decía sentir; sin embargo, estando en una fiesta Slytherin, Ives no encontraba ninguna razón para no decir, no lo que él dudaba, sino lo que él sentía y deseaba.
―Retorcida -insistió-, con tus otras mucho trabajo para lograrlo. Ocurra lo que ocurra, aunque no te viera después de esta noche, no olvidaré tu linda locura, Pansy.
Estupefacta, la Slytherin alzó un dedo, negando lentamente.
―Yo no puse ninguna nota en el Prophet…
Aturdida, su forma de negarlo se oyó a lo contrario, a confesión. La serpiente buleadora de Hogwarts sacaba y metía la lengua por puro trámite, cayendo en la gracia de un tejón; ¿quién decía que eran los débiles de Hogwarts? Pensar eso era subestimar el encanto. Era no poderse creer que su cena la estaba hipnotizando, ni entender cómo lo lograba.
Tal vez por verse ingenuo no parecía peligroso, pero Ives dio más acelerador a esa forma rara de entre hacerlo bien y hacerlo mal.
―¿Qué ocurre? ¿Es que esos petulantes y agrios Slytherin dueños del insufrible mundo que no los merece, no tienen el valor de decirte que eres una muñeca divina y lo más extraordinario que por siglos ha pasado por su Casa?
Pansy estaba absorta. La falta de respeto que él metió en su elogio tuvo el efecto de marearla gozosamente, en gran medida porque sentía que Slytherin era tan elevada que nadie la tocaba, pero también porque era inaudito que un Tejón se atreviera a tentar su suerte con tal desfachatez; jugaba sin miedo con el cascabel de la serpiente, quizá listo para dar un salto y huir, y eso le gustó. Había un reto.
Él la abrazó y Pansy abrió la boca sin poder decir casi nada.
―… Ives…. yo…
―Tu locura es encantadora, te hace encantadora, aunque me estés tomando el pelo y quieras reírte del corazón de un Hufflepuff. ¿Por qué no decirte que son maravillosas las locuras que cometes? Y tú crees que son tan cuerdas. Te adoro.
―Ives, yo no te estoy engañando… -cerró los ojos, recargándose en su rostro.
Él sentía vértigo al notar que las razones en contra de abrazarla le importaban muy poco, sin saber precisar el momento cuando habían dejado de importarle. Llevó una de sus mejillas contra la de ella. El calor de sus caras, subió.
―Ives, tú me quieres…
―No, no te quiero, pero adoraría quererte.
―Me hablas como sí…
―No somos novios, ni lo seremos, los Slytherin están muy mal aspectados, pero me encantas. Estoy de acuerdo en que me encantes, aunque sea de lejos.
La miró a los ojos. Pansy contempló los ojos de él, que tenían expresión embelesada. O era ruego o una exigencia tersa. Sin saber de qué manera sus rostros se acercaron, sus labios fueron uno al otro; la noche, la música, la enorme casa, la falta de límites, el deseo de romperlos, la necesidad de conocer, la oportunidad... sus labios se tocaban...
―Pansy -intervino un tercero.
Abrazada por Ives, que le arqueaba la espalda al acercarla a él, enmarcados en el rectángulo amarillo del umbral, Pansy miró a la puerta, contrariada.
―¿Qué quieres?
―Estamos listos -anunció Crabbe.
Pansy dudó en ir. Estaba tan a gusto con el chico que casi besaba… pero pudo más la tendencia de su carácter. Le pidió, muy cerca.
―Acompáñame.
Ives asintió, encogiéndose de hombros. Pensó que la noche era muy larga, no había prisa. Por suerte no soy Slytherin, se dijo, o ya habría desalojado la casa para que no me interrumpieran.
Crabbe salió. Pansy se puso en pie tocando a Ives de un hombro y éste, al levantarse, vio un pequeño rollo de papiro en el diván.
Creyendo que era carta de Pansy se la guardó, anticipando un mensaje agradable, olvidando que los Slytherin escriben cartas de amor sólo cuando se sienten en peligro mortal.
Poco después, Ives caminaba tras Goyle y Crabbe. Pansy iba delante, llevando una cazadora negra de piel de dragón que le cubría los dedos, semejando la jefa de una banda de emboscados.
―¿A dónde vamos, Pansy? -preguntó Cavendish, extrañado.
―A esa calle -señaló tras una vía arbolada, pasando los límites de la propiedad Parkinson.
Goyle y Crabbe se detuvieron, como si la jefa de la pandilla les hubiera marcado el alto. O así fue, porque ellos la imitaron cuando se agachó un poco haciendo un "¡shh!", mirando a través de la línea de árboles hacia una carroza lujosísima que destacaba entre otras lujosas, estacionada afuera de una gran residencia, de donde salía ruido de otra fiesta.
―Espéranos aquí -pidió Pansy a Ives.
―¿Dónde vas?
Crabbe lo miró de reojo, con cara de pocos amigos.
―Es la carroza de Tracey Davis -aclaró ella.
Ives no pudo preguntar más, porque los tres salieron corriendo agachados siguiendo los árboles y después bordeando.
Viéndose sin saber qué hacer, excepto esperar, recordó el papiro y se dispuso a leerlo.
―Hola, galán -oyó a su espalda.
Pensando que era el Slytherin Nelms, volteó a la voz, decidiendo que se hacía hora de responder a los buleadores, o se sumarían de otras casas. Pansy le gustaba; si ella era sincera, Cavendish decidió que enfrentaría los problemas.
Para su sorpresa, era uno de los Gryffindor que lo buleaban en el Colegio.
Los Cavendish eran educados en la esgrima muggle y en el modo villano de responder a las amenazas. No le gustaba, pero los hechos lo orillaban.
El Gryffindor era mayor que él. Con nerviosismo, se puso en guardia.
―¡El tejón se defiende! -sonrió el Gryffindor- ¡Qué valeroso, debería ser de los nuestros!
Ives no respondió. Las manos le sudaban.
Una sombra se elevó a espaldas del Gryffindor, lentamente. No era sombra, pero se confundía con la noche por ir enteramente vestido de negro, excepto una rendija para los ojos.
Cavendish quedó inmóvil, hasta que el recién llegado propinó un golpe con la palma en la cabeza del Gryffindor, exclamando:
―¡Kiai!
―¿Eh…? -volteó.
El sujeto se hizo atrás, colocándose en postura de defensa, anunciando marcialmente:
―!Soy el Tokubetsu Jounin, Shen-dric Di-gon-ri, en Misión Rango A!
Antes que el otro respondiera, el ninja realizó varios movimientos marciales en diferentes direcciones, lanzado el sonido liberador del Ki:
―¡Jú, jú, jú!
Desconcertado, el Gryffindor trato de sacar su varita, pero recibió un tremendo golpe que le dobló las piernas y lo hizo caer al suelo. El ninja remató la acción con el grito marcial, en tono agudo.
―¡Kia-i-iiiii-iii…!
Cavendish no apartaba la vista del caído.
―¿Cómo fue?
―¡…iiiii-iii…!
―¿Quién eres?
―¡…iii…!
Al alzar al vista del caído, Ives se encontró con Cedric Diggory, con una mano en un bolsillo, vestido de calle, tomando al noqueado de una solapa.
―Campeon: me sustraje a la vista de los aurores, recorrí la residencia por fuera, no hay más, estás a salvo.
―¿Cedric? ¿Cómo lograste entrar?
―La propiedad Parkinson es muy grande. ¿Ves esos árboles de tu derecha? Son un tercio de bosque. Supuse que querrían bulearte ya que todo Hogwarts sabe que te encuentras en la fiesta. Lo seguí. Dudo que los demás Gryffindor estén de acuerdo con la actitud de este alumno, Dumbledore lo sabrá.
―Gracias, Cedric -Cavendish estaba admirado.
―Lo entregaré a los aurores y me iré. Cuídate, campeón.
―Sí. Gracias de nuevo.
Sin saber qué añadir, lo vio cargarse el noqueado a la espalda y correr, sin agitación, hacia la entrada de la residencia.
Ese Cedric era grande. Y ni siquiera se despeinaba.
Serenándose, Ives recordó la carta.
Para animarse, pensando que leería un mensaje emocionante de Pansy, abrió el papiro y lo leyó.
Fue rápido de entender.
Una expresión de tristeza recorrió su cara conforme leía.
Al doblarla de nuevo y guardarla, un flamazo espectacular se levantó de la distante carroza, pero debió ser un fuego retardado, mediante un hechizo, porque los tres Slytherin ya estaban de vuelta. Ives no daba crédito.
―Pansy, destruiste la carroza de Tracey…
―Sí. ¿Quieres vengarte de los Gryffindor? Sé donde están, en una fiesta a seis millas de Norfolk. Podemos quemarles las carrozas de sus papás.
―¡No, vámonos de aquí! -exigió, alarmado.
Alejados del sitio, la mirada de Ives cambió, volviéndose más grave. No le diría lo del Gryffindor, pero esto, sí.
―Pansy.
Ella no respondió.
―¿Por qué hiciste eso a Davis? -preguntó él, apesadumbrado.
―Para que aprenda a no meterse en lo que no le importa.
―¿Qué no le importa?
―Nada.
―¿Tiene qué ver contigo y conmigo?
―Váyanse -ordenó ella a Crabbe y a Goyle, volteando hacia Ives.
Al quedarse solos, afirmó:
―Es un asunto entre ella y yo, te digo que no importa.
―¿Y esto sí importa? -preguntó Ives, , mostrando el papel que leyera.
Sacada de balance, Pansy llevó una mano al bolsillo de su falda, preguntándose cómo aquello no estaba en su lugar.
Era una receta de filtro de amor.
―Para añadir a un zumo de frutas -remató Ives-, como indica tu letra.
